Lo que hicieron los capitanes atenienses Demóstenes y Eurimedonte en
el camino cuando iban en socorro de los sitiadores de Siracusa. --
Auxilio que reciben los sitiados. -- Batalla naval entre atenienses y
peloponesios junto a Naupacto.
Volvamos a lo que se hacía en Grecia. Después que Demóstenes cercó de
muro el lugar de que arriba hemos hablado en tierra de Laconia, partió
para pasar a Corcira, y navegando mar adelante, encontró en el puerto
de Fía, que está en tierra de Élide, un trirreme cargado de gente de
guerra de los corintios, que quería pasar a Sicilia, el cual echó a
fondo, aunque los que en él iban se salvaron, y después volvieron a
embarcarse en otro y pasaron a Sicilia.
Desde allí fue Demóstenes a Zacinto y Cefalenia, donde tomó alguna
gente de guerra que embarcó en sus naves, y después a Naupacto, donde
mandó ir a los mesenios.
Desde Naupacto atravesó la mar y pasó a Acarnania, que está de la
otra parte en tierra firme, y de allí fue a las villas de Alicia y de
Anactorio, que eran del partido de los atenienses. Estando en esto,
acaeció que Eurimedonte, que por aquella mar volvía de Sicilia, donde
había sido enviado para llevar dinero a la armada, fue a buscar allí a
Demóstenes y le dijo, entre otras cosas, que sabía que los siracusanos
habían recobrado a Plemirio.
Poco después llegó a ellos Conón, que era el capitán de Naupacto, y
les dijo que había veinticinco barcos de los corintios en la costa
frente a Naupacto, y no cesaban de ir a acometerles, ni esperaban ya
sino la batalla, y por eso les demandó que le proveyesen de naves en
número bastante, porque él solo tenía diez y ocho, las cuales no eran
bastantes para combatir a veinticinco.
Demóstenes y Eurimedonte accedieron a su demanda y le dieron diez
de las suyas, las más ligeras, con las cuales regresó, y ellos
partieron para ir a reunir gente, según les habían encargado, a saber:
Eurimedonte, enviado por compañero de Demóstenes, a Corcira, donde
llenó quince de sus trirremes con gente de la tierra, y Demóstenes por
tierra de Acarnania, donde tomó a sueldo todos los honderos y tiradores
que pudo para Sicilia.
Después que los embajadores de los siracusanos que habían sido enviados
a las otras ciudades de Sicilia para obtener socorro cumplieron su
misión y persuadieron a muchos de aquellos a quien demandaban ayuda,
cogiendo a sueldo alguna gente de dichas ciudades para llevarlas a
Siracusa, Nicias, que fue advertido de ello, envió mensaje a todas
las ciudades y villas que eran de su partido por donde había de pasar
necesariamente aquella gente de guerra, y principalmente a los de
Centóripa y Alicias, para que les impidieran el paso con todo su
poder. Los reclutados no podían buenamente ir por otra parte, a causa
de que los acragantinos les negaban el paso. A la demanda de Nicias
otorgaron de buena gana aquellas ciudades, y pusieron emboscadas al
paso en tres partes, las cuales acometieron de improviso a aquella
gente de guerra, mataron cerca de ochocientos, y juntamente con ellos a
todos los embajadores, excepto uno que era natural de Corinto, el cual
llevó todos los que se salvaron a Siracusa, que fueron cerca de mil y
quinientos.
Al mismo tiempo llegó a los siracusanos otro socorro, el de los
camarineos, que les dieron quinientos hombres muy bien armados y
seiscientos tiradores, y los de Gela les enviaron cinco naves, en las
cuales iban cuatrocientos ballesteros y doscientos de a caballo.
En efecto, excepto los acragantinos, que eran del partido de los
atenienses, la mayor parte de toda la tierra de Sicilia, aunque hasta
aquel tiempo no se había declarado, envió socorro a los siracusanos,
los cuales, con todo esto, por la pérdida sufrida de los ochocientos
hombres en los pasos de Sicilia, como antes se ha dicho, no osaron tan
pronto acometer a los atenienses.
Entretanto Demóstenes y Eurimedonte, habiendo reunido gran número
de gente, así de Corcira como de la tierra firme, pasaron la mar de
Jonia y aportaron en el cabo de Yapigia. En este lugar y en las islas
Quérades, allí cercanas, cogieron ciento y cincuenta ballesteros de
la nación de los mesapios por consentimiento de Arta, señor de aquel
lugar, con el cual renovaron la amistad que antiguamente había entre
los atenienses y él.
Partidos de allí fueron a aportar a Metapontio, que está en Italia,
donde persuadieron a los de la villa a que les diesen trescientos
tiradores y dos naves, por razón de la confederación y alianza antigua
que con ellos tenían.
De allí fueron a Turios, donde entendieron que todos aquellos que
seguían el partido de los atenienses habían sido lanzados poco antes
de la tierra, y pararon algunos días con toda la armada por saber
si había quedado en la ciudad alguna persona que fuese del bando de
los atenienses, y también por hacer con ellos más estrecha amistad
y alianza que tenían antes, a saber: que fuesen amigos de amigos y
enemigos de enemigos.
En este tiempo los peloponesios, que tenían los veinticinco trirremes
anclados en la playa de Naupacto, para guarda y seguridad de los barcos
que habían de pasar por allí con el socorro que enviaban a Siracusa,
se preparaban para combatir contra los de los atenienses, que estaban
en el puerto de Naupacto, y también habían abastecido de gente otras
naves, de manera que serían poco menos en número que los atenienses.
Fueron a echar anclas en una playa de Acaya junto a Eríneo, en Ripas,
que tiene forma de media luna. En las rocas que estaban a los lados de
aquella costa habían puesto su gente de a pie, así de los corintios
como de los de la tierra, de manera que la armada quedaba en medio
guardada por la parte de tierra y toda junta. Su capitán era el
corintio Poliantes.
Contra esta armada fueron los treinta y tres trirremes atenienses que
estaban en el puerto de Naupacto, cuyo capitán era Dífilo; viendo lo
cual, los corintios al principio se estuvieron quedos en su sitio, sin
salir fuera; mas cuando les pareció que era tiempo, salieron contra
los atenienses y combatieron gran rato una armada contra la otra, de
manera que fueron tres galeras de los corintios echadas a fondo y de
la armada de los atenienses, aunque ninguna fue lanzada a pique, siete
quedaron destrozadas en las proas por un saledizo de los corintios que
era más fuerte que el suyo, y todos los remos quebrados, de manera que
resultaron completamente inútiles para navegar.
La batalla fue tan reñida, que cada cual de las partes pretendía haber
conseguido la victoria. Los atenienses recogieron los náufragos y
despojos; mas como arreciara el viento se retiraron unos de una parte,
y otros de otra, los peloponesios hacia la costa, donde podían estar
más seguros a causa de la gente que tenían en tierra, y los atenienses
hacia Naupacto.
Cuando así fueron separados, los corintios inmediatamente levantaron
trofeo en señal de victoria a causa de que las naves que habían
destrozado de los enemigos, eran más en número que las que ellos habían
perdido, y les fueron echadas a fondo, teniendo por cierto que no
habían sido vencidos por la misma razón que tenían los enemigos para
pensar no haber triunfado, pues parecía a los corintios no haber sido
vencidos si la victoria de los enemigos no era muy grande, y asimismo
los atenienses, por el contrario, se juzgaban casi por derrotados si no
alcanzaban gran victoria.
Con todo esto, después que los peloponesios se ausentaron de aquella
costa y su gente de a pie que tenían en tierra también se fue, los
atenienses levantaron un trofeo en el cabo de Acaya como vencedores,
aunque a más de veinte estadios del lugar de Eríneo, donde estaban las
naves de los corintios.
Este fin tuvo la batalla naval entre ellos.