Lo que decía la carta de Nicias a los atenienses y lo que proveyeron
estos en vista de ella.
«Varones atenienses, por otras mis cartas antes de estas habréis sabido
lo que acá se ha hecho, al presente es menester que sepáis la situación
en que estamos para que proveáis sobre ello lo necesario.
»Después que en muchas batallas vencimos a los siracusanos, contra
quien nos enviasteis, e hicimos un muro y fuerte junto a su ciudad,
dentro del cual estamos ahora, llegó Gilipo, capitán de los
lacedemonios, con un gran ejército de peloponesios y de algunas otras
ciudades de esta tierra de Sicilia, al cual vencimos en el primer
encuentro, mas después por la mucha gente de a caballo y tiradores que
tenía, nos vimos forzados a retirarnos y recogernos dentro de nuestro
fuerte, donde al presente estamos sin hacer otra cosa, porque no
podemos continuar el muro en torno de la ciudad a causa de la multitud
de los contrarios, ni sacar toda nuestra gente al campo, porque es
necesario dejar siempre una parte de ella para guardar nuestros fuertes.
»Por otra parte, los enemigos han levantado un muro junto al nuestro,
de manera que no podemos estorbarles la obra sino acometiéndoles
con muy grueso ejército por fuerza de armas, de suerte que teniendo
nosotros cercada esta ciudad, a nuestro parecer estamos más cercados
por la parte de tierra que ellos, porque a causa de la mucha gente de
a caballo que tienen, no nos atrevemos a salir muy adelante de nuestro
fuerte.
»Además, han pedido al Peloponeso más socorro de gente, y Gilipo salió
hacia las ciudades de Sicilia, que no están de su parte, para ganar su
amistad y traer de ellas, si pudiere, gente de a pie y de a caballo
contra nosotros.
»A lo que he podido entender, tienen determinado invadir y dar en
nuestros fuertes y muros todos a una, así por mar como por tierra.
No os debéis maravillar que diga nos quieren acometer por mar,
porque aunque nuestra armada al principio era muy gruesa y poderosa,
porque las naves estaban enteras y enjutas, y la gente de ellas
sana y valiente, ahora los barcos, por haber estado mucho tiempo en
descubierto, se encuentran casi podridos, y muchos de los marineros
muertos, y no podemos sacar los trirremes a tierra para repararlos,
porque nuestros enemigos son tantos en número como nosotros, y aun más,
de manera que nos amenazan diariamente con querer acometernos, como
creo que lo harán sin duda alguna, pues está en su mano hacerlo cuando
quisieren, y porque pueden sacar sus naves a la orilla más fácilmente
que nosotros, no estando todas juntas.
»Hasta el presente no nos ha sido posible acometerles a nuestra
voluntad, porque aunque tuviésemos gran número de barcos, apenas
podríamos guardarlos, aunque estuviesen todos juntos, como ahora lo
están, pues si nos descuidásemos algún tanto en hacer la guardia, no
podríamos tener vituallas, y aun apenas las podemos tener ahora sin
gran peligro, porque nos conviene pasar por delante de la ciudad a
traerlas.
»Por estas dificultades y otras muchas, si hasta ahora hemos perdido
muchos marineros, más perderemos cada día que pase cuando salen a coger
agua o a traer leña y otras provisiones necesarias, o para robar lejos
del campo, porque muchas veces les atacan y cogen los de a caballo de
los enemigos.
»Y lo peor de todo es que mientras los nuestros pelean, los esclavos
que tienen consigo, y los forzados que están en la armada, los dejan y
huyen, y los que venían de su grado, viendo la armada de los enemigos
tan gruesa y su ejército tan pujante por tierra, muy de otra manera
que habían pensado, unos se pasan a los enemigos con cualquier
pretexto, y también los otros cuando se pueden escapar, lo cual pueden
hacer a su salvo porque la isla es muy grande.
»Algunos de los nuestros compran esclavos de Hícara, los cuales, por
tratos con los capitanes de las naves, hallan manera para hacerlos
servir en su lugar, y por estos medios corrompen y destruyen la
disciplina y orden militar en la mar.
»Porque hablo con gente que entiende bien las cosas marítimas, digo en
conclusión, que la flor y vigor de este gran número de gente de mar, no
puede durar mucho tiempo, y se hallan muy pocos pilotos y patrones que
sepan bien gobernar una nave.
»Entre todas estas dificultades hay otra que me pone en mayor cuidado,
y es, que aunque soy caudillo de esta armada no puedo establecer en
ella el orden que quería, porque el genio y carácter de los atenienses
es malo de corregir y castigar, y no podemos hallar otros marineros
para tripular nuestras naves, lo cual pueden hacer muy fácilmente los
contrarios, porque hay infinitas ciudades en Sicilia de su partido,
y muy pocos que sigan el nuestro, excepto Naxos y Catana, que son
muy poco poderosas, por lo cual nos vemos forzados a ayudarnos de la
poca gente que nos ha quedado, y tenemos a nuestras órdenes desde el
principio.
»Si las ciudades de Italia que nos proveen de vituallas llegan a saber
el estado en que nos encontramos y que no nos enviáis socorro alguno,
se pasarán a nuestros enemigos, y sin remedio alguno seremos destruidos
y desbaratados sin pelear.
»Os podría escribir otras cosas más apacibles y agradables, pero no tan
útiles y necesarias para vosotros si queréis poner atención en ello,
cosa que dudo en gran manera, porque conozco muy bien vuestra condición
y sé que oís de buena gana cosas placenteras, pero cuando el caso es
distinto de lo que pensabais, echáis la culpa a los capitanes que
tienen el mando. Por ello he querido escribiros la verdad, a fin de que
proveáis con diligencia. Y también os debo decir, que de las cosas que
nos habéis encargado en esta empresa, no podéis imputar culpa alguna a
los caudillos ni capitanes, ni menos a los soldados.
»Viendo, pues, que toda Sicilia conspira y se une al presente contra
nosotros, y que espera nuevo socorro del Peloponeso, o determinad
llamarnos, atento que somos más débiles y flacos de fuerzas que
nuestros enemigos, aun en la situación en que están al presente, o de
enviarnos nuevo socorro que no sea de menos naves ni de menos gente
que esta que tenemos, y buena suma de dinero. Además otro general,
porque yo no puedo soportar más la carga a causa del mal de riñones que
me fatiga en gran manera. Y me parece que la razón lo requiere, pues
mientras tuve salud os he servido muy bien.
»En conclusión, que todo lo que quisiereis hacer lo determinéis desde
ahora hasta el principio de la primavera, sin más dilación, porque en
breve tiempo los enemigos traerán a su devoción todos los sicilianos.
»Y aunque las cosas de los peloponesios se hagan más despacio, guardaos
que no os suceda como antes de ahora muchas veces os ha acaecido, que
ignoráis una parte de sus empresas, y la otra la sabéis tan tarde, que
sois sorprendidos por su ataque antes de que lo podáis remediar.»
De este tenor era la carta de Nicias, que leída por los atenienses,
en cuanto tocaba a enviar nuevo capitán, por sucesor en el cargo,
no fueron de esta opinión, sino que hasta tanto que le enviasen
compañeros, eligieron por adjuntos dos de los que con él estaban en el
ejército a saber, Menandro y Eutidemo, a fin de que, encontrándose solo
y enfermo, no estuviese muy fatigado.
En lo demás, determinaron enviarle nuevo socorro, así de naves como
de gente de guerra y marineros suyos y de los aliados, y además
nombraron otros dos nuevos capitanes juntamente con Nicias, que fueron
Demóstenes, hijo de Alcístenes, y Eurimedonte, hijo de Tucles, y a
Eurimedonte le enviaron enseguida cerca del solsticio del invierno
a Sicilia con diez naves y veinte talentos en dinero para proveer a
los que allí estaban, y darles nuevas del socorro que recibirían en
adelante, y del mucho cuidado que los atenienses tenían de ellos.
Demóstenes se quedó para preparar el socorro que habían ordenado
enviar, y embarcarse con él al principio de la primavera. Asimismo para
hacer a los aliados que proveyesen de naves, gente y dinero en la parte
que les correspondía.