Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de
Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra
contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una
embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los
atenienses demandándoles refuerzos.
Después que Gilipo y Pitén repararon sus naves en Tarento, partieron
para ir a Locros Epicefirios, hacia el poniente, y avisados de que la
ciudad de Siracusa no estaba aún cercada por todas partes y de que
podían entrar por Epípolas, dudaron si dirigir el rumbo a la derecha
de Sicilia, intentando entrar en la ciudad, o si, encaminándose a la
izquierda, irían primeramente a abordar en Hímera, reuniendo allí
toda la gente que pudiesen, así de los de la ciudad como de los otros
sicilianos, y yendo después por tierra a socorrer a los siracusanos.
Decidieron por fin ir a Hímera, por ser advertidos que las cuatro naves
atenienses enviadas por Nicias, no habían aún aportado a Regio. Nicias
las envió allí por creer que los de Gilipo estaban aún detenidos en
Locros.
Pasaron, pues, Gilipo y Pitén con su armada al estrecho antes que
los barcos de los atenienses hubiesen aportado a Regio, y después,
navegando al largo de la mar de Mesena, fueron derechamente a abordar
en Hímera. Estando en este lugar indujeron a los himereos a ajustar
con ellos alianza, y a que les proveyesen de barcos y de armas para
su gente, de que tenían falta. Tras esto ordenaron a los selinuntios
que se hallasen con todo su poder en cierto lugar que les señalaron,
prometiéndoles enviar con ellos alguna de su gente de guerra.
Ocurrió también que los de Gela, y algunos otros sicilianos,
mostráronse más propicios a entrar en esta alianza con los peloponesios
que lo habían estado antes, a causa de que Arcónides, que señoreaba
algunos de los sicilianos, había muerto pocos días antes, y en vida
tuvo gran amistad e inteligencia con los atenienses. También influyó en
esta decisión el rumor de que Gilipo acudía con diligencia y con muchas
fuerzas él y los suyos en favor de los siracusanos.
Gilipo, con setecientos hombres de guerra que tomó de los suyos entre
soldados y marineros armados, mil himereos armados de todas armas y
a la ligera, ciento de a caballo, algunos de los selinuntios y otros
hombres de armas de los de Gela, y con muchos soldados sicilianos hasta
el número de mil, fue derechamente a Siracusa.
Por su parte, los corintios partieron de Léucade para acudir a toda
prisa a aquellas partes con todos sus barcos. Góngilo, que era su
capitán, llegó el primero de todos cerca de Siracusa, aunque había
partido el último.
Tras él arribó Gilipo, quien al saber que los siracusanos estaban
resueltos a hacer tratos con los atenienses, lo estorbó, avisándoles el
socorro que les llegaba, con lo cual los siracusanos mostráronse muy
alegres y consolados.
Con estas noticias cobraron ánimo y salieron con todas sus fuerzas
fuera de la ciudad a recibir a Gilipo, por tener entendido que ya
estaba en camino, el cual habiendo tomado por fuerza de armas la villa
de Ietas, dirigiose con toda su gente puesta en orden de batalla hacia
Epípolas.
Llegó allí por la parte de Euríelo, por donde los atenienses habían
subido la primera vez, se unió a los siracusanos y todos juntos
marcharon hacia el muro de los atenienses, que ya entonces tenía
de largo hasta siete u ocho estadios desde el campamento de los
atenienses hasta la mar, y era doble por todas partes, excepto por
un extremo, hacia la mar, donde estaban construyéndolo, y de la otra
parte, hacia Trógilo, habían traído gran cantidad de piedras y otros
materiales. En algunos lugares estaba ya acabada la obra, en otros a
medias, y finalmente en otros no habían comenzado a causa de que por
aquella parte se extendía muy a la larga. En este peligro estaban los
siracusanos cuando les llegó el socorro.
Al ver los atenienses a Gilipo y los siracusanos ir de pronto contra
ellos, quedaron muy turbados al principio, aunque después se aseguraron
y pusieron a punto de batalla para salir contra sus enemigos.
Antes de que se acercasen las huestes de Gilipo, les envió a decir
por medio de un trompeta, que si querían partir de Sicilia dentro de
cinco días con su bagaje, y todas sus cosas en salvo, de buen grado
harían con ellos tratado de paz. De esta demanda no hicieron caso
los atenienses, regresando el trompeta sin ninguna respuesta. Así se
prepararon ambas partes para dar la batalla.
Viendo Gilipo que los siracusanos estaban desordenados, y que apenas
los podía poner en orden, pareciole que sería mejor hacerlos retirar, y
reunir en algún lugar más espacioso.
De igual manera, Nicias no quiso que marchase su gente adelante, sino
que los hizo a todos detener puestos a punto de batalla junto a los
muros y parapetos.
Observando esto Gilipo, mandó retirar los suyos a un collado allí cerca
llamado Temenitis, donde alojó todo su ejército.
Al día siguiente sacó la mayor parte de sus tropas en orden de batalla
hasta cerca del fuerte de los atenienses, para estorbarles que pudiesen
socorrerse unos a otros. Por otra parte, envió una banda de su gente a
un castillo que tenían los atenienses llamado Lábdalo, al cual tomaron
por asalto y mataron a todos los que hallaron dentro, sin que los otros
atenienses lo pudiesen ver ni oír.
Este mismo día los siracusanos tomaron un trirreme de los atenienses
cuando iba a entrar dentro del gran puerto.
Después comenzaron a hacer un muro que llegaba desde la ciudad hasta
encima de Epípolas, y labraron otro al través contra el muro de los
atenienses para impedir, si se lo dejaban acabar, que los atenienses
cercaran la ciudad completamente.
Acabado el muro que querían hacer desde su campo hasta la mar, los
atenienses se retiraron a su fuerte en lo más alto de él. Y porque una
parte del muro estaba baja, Gilipo fue de noche con su gente hacia
él, pensando tomarlo, mas sentido por los que hacían la guardia, les
salieron a su encuentro y fuele forzoso retirarse muy despacio sin
hacer ruido alguno. Después los atenienses alzaron más el muro y
dejaron en guarda algunos soldados de los de su propia tierra. Por las
otras partes pusieron otros de la gente de sus aliados.
También pareció a Nicias que era necesario cercar de muro el lugar
llamado Plemirio, que es una roca o cerro frente a la ciudad que
penetra en la mar y llega hasta la entrada del gran puerto, siendo
cierto que si le tenía fortificado, las vituallas y otras provisiones
necesarias que entraban por mar podrían desembarcar más fácilmente
teniendo gente de guarnición cerca del puerto, a donde antes no podían
llegar, quedando muy lejos, por lo cual los barcos que llegasen no
podían darles socorro de pronto. Hizo esto con propósito de ayudarse de
la armada y del ejército de tierra cuando Gilipo llegara, para lo cual
mandó embarcar una parte de su gente y la llevó hasta aquel lugar de
Plemirio, haciéndolo cercar y fortificar con tres muros y fuertes, y
metiendo allí una parte del bagaje. Junto a Plemirio podían guarecerse
sus naves grandes y pequeñas.
Por esta causa murieron muchos de sus marineros por falta de agua
fresca, que necesitaban buscarla bien lejos de allí, sin perjuicio de
que cuando salían a tierra para traer leña y provisiones, la gente de a
caballo de los siracusanos que estaba en el campo los hería y mataba, y
lo mismo hacía la gente de guarnición que tenían en una villa situada
junto al Olimpieo, y que los siracusanos habían puesto allí para
impedir que los atenienses que estaban en Plemirio pudiesen hacerles
mal alguno.
Avisado Nicias de que llegaban las galeras de los corintios, envió para
salirles al encuentro hasta veinte de las suyas, y ordenó al capitán de
esta armada que las esperase entre Locros y Regio, y les acometiese en
el estrecho de Sicilia.
Durante este tiempo Gilipo trabajó también para acabar el muro que
tenía comenzado entre la ciudad y Epípolas, y aprovechando la piedra y
materiales que los atenienses habían juntado allí para su labor. Hecho
esto salía muchas veces fuera de la ciudad con su gente y la de los
siracusanos en orden de batalla, y los atenienses por su parte hacían
lo mismo.
Cuando pareció a Gilipo tiempo oportuno de acometer a los enemigos, fue
a dar en ellos con toda furia, mas a causa de que el combate se hacía
entre los fuertes y parapetos de una parte y de otra, en lugar mal
dispuesto para poder pelear los de a caballo, de que los siracusanos
tenían gran número, fueron vencidos estos y los peloponesios, y
quedaron los atenienses victoriosos, devolviendo los muertos a sus
contrarios y levantando un trofeo en señal de triunfo.
Después de esta batalla, Gilipo mandó reunir a todos los suyos y les
habló de pasada, diciéndoles que no desmayasen, pues aquella pérdida
no había ocurrido por falta de ellos, sino solo por culpa suya, que
les mandó pelear en lugar estrecho, donde no se podían ayudar de la
gente de a caballo, y menos de los tiros de dardos y piedras, por lo
cual había determinado hacerles salir de nuevo a pelear en otro lugar
más a propósito para la batalla. Por tanto, que se acordasen de que
eran dorios y peloponesios, y que sería gran afrenta dejarse vencer
por jonios de nación e isleños, y otros advenedizos, siendo tantos en
número como ellos.
Dicho esto, cuando le pareció que era tiempo, los sacó otra vez al
campo en orden de batalla, y también Nicias había determinado, si no
salían a pelear los enemigos, presentarles la batalla, para estorbarles
que acabasen los muros y parapetos que tenían comenzados junto a los
suyos, que ya estaban muy altos, y le parecía que si pasaban adelante,
los mismos atenienses estarían antes cercados por los siracusanos que
no los siracusanos por ellos, y en peligro de ser vencidos. Por esto
determinó salir a la batalla.
Había Gilipo puesto en orden la gente de a caballo y tiradores más
lejos de los muros que no la vez pasada, en un lugar espacioso, donde
los muros y parapetos de ambas partes estaban muy apartados, y cuando
la batalla fue comenzada, los suyos atacaron la extrema izquierda de
los atenienses con tanto ímpetu, que les hicieron volver las espaldas
y les pusieron en huida, con lo cual los siracusanos y peloponesios
consiguieron la victoria esta vez, porque todos los contrarios, viendo
huir a los atenienses, hicieron lo mismo y se retiraron a sus fuertes.
En la noche siguiente, los siracusanos levantaron su muro a igual del
de los enemigos, y aún más, de manera que los contrarios no podían
impedirles continuar su muro tan adelante como quisiesen, y aunque
fuesen vencidos en batalla, no podían ya cercarlos con muralla.
Tras esto llegaron las naves de los corintios, leucadios y ambraciotes,
que serían en número de doce, al mando del corintio Erasínides, el
cual había engañado a las naves de los atenienses que les salieron al
encuentro, pues hurtándoles el viento, pasaron adelante.
Desde su llegada, ayudaron a los siracusanos a acabar el muro que
tenían comenzado hasta juntarlo con el otro que venía al través.
Hecho esto, y viendo Gilipo que la ciudad estaba segura, partió
hacia los otros lugares de Sicilia para tener negociaciones y tratos
con ellos, a fin de que aceptaran su alianza y amistad contra los
atenienses aquellos que estaban dudosos y no inclinados a la guerra.
Los siracusanos y los corintios que habían venido en su ayuda, enviaron
embajadores a Lacedemonia y a Corinto, pidiendo nuevo socorro, de
cualquier manera que pudiesen dárselo, en barcos de cualquier clase,
con tal que les trajesen gente de guerra.
Por su parte los siracusanos, suponiendo que los atenienses enviarían
también socorro a los de su campo, dispusieron sus buques para
combatirlos por mar, e hicieron todos los otros aprestos necesarios
para la guerra.
Viendo esto Nicias, que las fuerzas de los enemigos crecían más cada
día, y que las suyas disminuían y se apocaban, determinó enviar mensaje
a Atenas para hacerles saber el estado en que se encontraban las cosas
de su campo, que era tal, que se tenían por perdidos y desbaratados si
no se retiraban o les enviaban nuevo y suficiente socorro. Sospechando
que los que enviaba con el mensaje no tuvieran condiciones para decir
lo que les encargaba, o se olvidasen de alguna parte, o temiesen
decirlo por descontentar al pueblo, determinó escribir largamente lo
que ocurría, suponiendo que cuando el pueblo supiese la verdad de lo
que pasaba, adoptaría inmediatamente determinación, según requería el
caso.
Partieron los mensajeros con su carta e instrucciones a Atenas, y
Nicias se quedó en el campo con más cuidado de guardar su ejército que
de salir a acometer a los enemigos.
En este mismo verano, Evetión, capitán de los atenienses con el
rey Pérdicas, y otros muchos tracios, fueron a cercar la ciudad de
Anfípolis; mas como viesen que no la podían tomar por tierra, hicieron
subir muchas barcas por el río Estrimón, que corre por la parte de
Himereo, y en esto pasó aquel verano.
Al comienzo del invierno, los mensajeros que Nicias había despachado,
llegaron a Atenas e hicieron relación en el Senado del encargo que
traían, respondiendo a cuanto les preguntaron, mas ante todas cosas
presentaron la carta de Nicias, que era del tenor siguiente: