Los lacedemonios, por consejo y persuasión de los corintios y de
Alcibíades, prestan socorro a los siracusanos contra los atenienses.
Los embajadores que los siracusanos habían enviado a los lacedemonios,
al pasar por la costa de Italia, trabajaron por persuadir las ciudades
marítimas, y atraerlas a la devoción y alianza de los siracusanos,
mostrándoles que si los propósitos de los atenienses se realizaban
prósperamente en Sicilia les podría ocurrir después a ellos mucho daño.
Desde allí fueron a desembarcar a Corinto, donde presentaron su demanda
al pueblo, que consistía en rogarles les dieran ayuda y socorro como
a sus parientes y amigos. Se los otorgaron de buena gana, siendo en
esto los primeros de todos los griegos, y nombraron embajadores que
fuesen juntamente con ellos a los lacedemonios para persuadirles de que
comenzaran la guerra de nuevo contra los atenienses, y también al mismo
tiempo enviasen socorro a los siracusanos.
Todos estos embajadores fueron a Lacedemonia, y a los pocos días
llegaron también allí Alcibíades y los otros desterrados de Atenas,
que desde Turios, donde primeramente aportaron, pasaron a Cilene,
que es tierra de Élide, y de allí a Lacedemonia, bajo la seguridad y
salvoconducto de los lacedemonios que les habían mandado ir, porque sin
esto no se atreverían a causa del tratado hecho con los mantineos.
Estando los lacedemonios reunidos en su Senado entraron los embajadores
corintios, los siracusanos y Alcibíades con ellos, y todos juntos
expusieron su demanda con igual objeto.
Aunque los éforos y los otros gobernadores de Lacedemonia habían
determinado enviar embajada a los siracusanos para aconsejarles que
no hiciesen concierto con los atenienses, no por eso tenían deseo de
darles socorro alguno, pero Alcibíades, para moverles a ello, les hizo
el razonamiento siguiente:
«Varones lacedemonios, ante todas cosas me conviene primeramente hablar
de aquello que a mí en particular toca y podría ser objeto de calumnia.
Si por razón de esta calumnia me tenéis por sospechoso, en ninguna
manera deis crédito a mis palabras cuando os dijere algo tocante al
bien y pro de vuestra república.
»En tiempos pasados mis progenitores, por causa de cierta acusación
contra ellos, dejaron el domicilio y hospitalidad que tenían en
vuestra ciudad. Yo después le quise volver a tomar, y por ello os he
servido y honrado en muchas cosas, y entre otras principalmente en la
derrota y pérdida que sufristeis en Pilos. Perseverando en esta buena
voluntad y afición que siempre tuve a vosotros y a vuestra ciudad,
os reconciliasteis con los atenienses e hicisteis con ellos vuestros
conciertos, dando con ellos fuerzas a mis contrarios y enemigos y
haciéndome gran deshonra y afrenta.
»Esta fue la causa por que me pasé a los mantineos y a los argivos con
sobrada razón, y estando con ellos y siendo vuestro enemigo, os hice
todo el daño que pude.
»Si alguno hay de vosotros que desde entonces me tenga odio y rencor
por el mal que os hice, puede ahora olvidarlo si quiere mirar a la
razón y a la verdad; y si algún otro tiene mal concepto de mí porque
favorecía a los de mi pueblo y era de su bando, tampoco acierta
queriéndome mal o considerándome sospechoso.
»Nosotros los atenienses siempre fuimos enemigos de los tiranos. Lo
que puede ser contrario al tirano que manda se llama el pueblo, y por
esta causa la autoridad y mando del pueblo siempre ha permanecido entre
nosotros firme y estable, y así mientras la ciudad mandaba y valía,
fueme forzoso muchas veces andar con el tiempo y seguir las cosas de
entonces, pero siempre trabajé por corregir y reprimir la osadía y
atrevimiento de los que querían fuera de justicia y razón guiar los
asuntos a su voluntad, porque siempre hubo en tiempos pasados, y
también los hay al presente, gentes que procuran engañar al pueblo
aconsejándole lo peor, y estos son los que me han echado de mi tierra.
»Ciertamente, en todo el tiempo que tuve mando y autoridad en el
pueblo le aconsejé su bien, y aquello que entendía ser lo mejor a fin
de conservar la ciudad en libertad y prosperidad según estaba antes,
y aunque todos aquellos que algo entienden, saben bien qué cosa es el
mando de muchos, ninguno lo conoce mejor que yo por la injuria que de
ellos he recibido.
»Si fuese menester hablar de la locura y desvarío de estos, que a todos
es notorio y manifiesto, no diría cosa que no fuese cierta y probada.
Mas, en fin, no me pareció oportuno trabajar entonces por mudar el
estado de la república cuando estábamos cercados por vosotros nuestros
enemigos. Lo dicho baste por lo que toca a las calumnias que podrían
engendrar odio y sospecha contra mí entre vosotros.
»Quiero ahora hablar de las cosas que tenéis necesidad de consultar al
presente, en las cuales si entiendo algo más que vosotros lo podréis
juzgar por las siguientes razones.
»Nosotros los atenienses pasamos a Sicilia primeramente con intención
de sujetar a los sicilianos si pudiéramos, y tras ellos a los
italianos. Hecho esto, intentar la conquista de las tierras aliadas con
Cartago, y a los mismos cartagineses si fuese posible; y realizada esta
empresa, en todo o en parte, procurar después someter a nuestro señorío
todo el Peloponeso, teniendo en nuestra ayuda y por amigos todos los
griegos que habitan en tierra de Sicilia y de Italia, y gran número de
extranjeros y bárbaros que hubiésemos tomado a sueldo, principalmente
de los iberos, los cuales sin duda son al presente los mejores hombres
de guerra que hay en todos aquellos parajes.
»Por otra parte, proyectábamos hacer muchas galeras en la costa de
Italia, donde hay gran copia de madera y otros materiales para ello, a
fin de poder cercar mejor el Peloponeso, así por mar con estas galeras
como por tierra con nuestra gente de a caballo e infantería, con
esperanza de poder tomar parte de las ciudades de aquella tierra por
fuerza, y otras por cerco, lo cual nos parecía que se podía hacer bien.
»Conquistado el Peloponeso, pensábamos que muy pronto y sin dificultad
podríamos adquirir el mando y señorío de toda Grecia, y haríamos que
estas tierras conquistadas por nosotros nos proveyesen de dinero y
bastimentos, sin perjuicio de las rentas ordinarias que de ellas se
podría sacar.
»Esto es lo que intenta la armada que está en Sicilia, según lo habéis
oído de mí como de hombre que sabe enteramente los fines e intenciones
de los atenienses, que han de efectuar si pueden los otros capitanes y
caudillos que quedan al frente del ejército si vosotros no socorréis
pronto, pues no veo allí cosa que se lo pueda estorbar, porque los
sicilianos no son gentes experimentadas en la guerra; y aunque todos,
por acaso, se uniesen, lo más que podrían hacer sería resistir a los
atenienses, mas los siracusanos, que ya una vez han sido vencidos y
están imposibilitados de armar naves, en manera alguna podrán solos
resistir al valor y fuerzas del ejército que allí hay ahora. Si toman
aquella ciudad, seguidamente se apoderarán de toda Sicilia, y tras ella
de Italia, y hecho esto, el peligro de que antes os hice mención no
tardará mucho de llegar sobre vuestras cabezas.
»Por tanto, ninguno de vosotros piense que en este caso se trata
solo de Sicilia, sino también del Peloponeso, a menos de poner
inmediatamente remedio, y para esto conviene, en cuanto a lo primero,
enviar una armada, en la cual los mismos marineros sean hombres de
guerra, y lo principal de todo que haya un caudillo y capitán natural
de Esparta, prudente y valeroso, para que este tal, con su presencia,
pueda mantener en vuestra amistad y alianza a los que al presente
son vuestros amigos y aliados y obligar a ello a los que no lo son;
haciéndolo así, los que son vuestros amigos cobrarán más ánimo y
osadía, y los que dudan si lo serán tendrán menos temor de entrar en
vuestra amistad y alianza.
»Además, debéis comenzar la guerra contra los atenienses más al
descubierto, porque haciéndolo de esta manera, los siracusanos
conocerán claramente que tenéis cuidado de ellos, y con tal motivo
tomarán más ánimo para resistir y defenderse, y los atenienses tendrán
menos facilidades para enviar socorro a los suyos que allí están.
»También me parece que debéis tomar y fortalecer de murallas la villa
de Decelia, que está en el límite de Atenas, por ser la cosa que los
atenienses temen más, y solo a esta villa no se ha tocado en toda la
guerra pasada. Indudablemente causa mucho daño a su enemigo el que
entra y acomete por donde más teme y sospecha, y de creer es que cada
cual teme las cosas que sabe le son más perjudiciales.
»Por esto os advierto el provecho que obtendréis de cercar y fortalecer
la citada villa y el daño que haréis a vuestros enemigos, pues cuando
hayáis fortificado esta plaza dentro de tierra de los atenienses,
muchas de las villas de su comarca se os rendirán de grado, y las que
quedaren por rendir las podréis tomar más fácilmente.
»Además, la renta que tienen los atenienses de las minas de plata en
Laurio, y las otras utilidades y provechos que sacan de la tierra y de
las jurisdicciones cesarán, y mayormente las que cogen y llevan de sus
aliados, los cuales viéndoos venir con todo vuestro poder contra los
atenienses los menospreciarán y os tendrán más temor en adelante.
»En vuestra mano está, varones lacedemonios, efectuar todo esto. Y no
me engaña mi pensamiento de que lo podéis hacer a salvo, y en breve
tiempo si quisiereis, y sin que por ello deba ser tenido o reputado
por malo, porque habiendo sido antes vuestro mortal enemigo y amigo
de mi pueblo, ahora me muestre tan áspero y cruel contra mi patria: ni
tampoco debéis tenerme por sospechoso y presumir que todo lo que digo
es para ganar vuestra gracia y favor a causa de mi destierro. Porque
a la verdad, confieso que estoy desterrado, y así es cierto por la
maldad de mis adversarios, aunque no lo estoy para vuestra utilidad y
provecho si me quisiereis creer, ni debo al presente tener tanto por
mis enemigos a vosotros que alguna vez nos hicisteis mal y daño siendo
enemigos nuestros, como a aquellos que han forzado a mis amigos a que
se me conviertan en enemigos, no solamente ahora que me veo injuriado,
sino también entonces cuando tenía mando y autoridad en el pueblo.
»Echado por mis adversarios injustamente de mi tierra, no pienso que
voy contra mi patria haciendo lo que hago, antes me parece que trabajo
por recobrarla, pues al presente no tengo ninguna. Y a la verdad, debe
ser antes tenido y reputado por más amigo de su patria el que por el
gran deseo de recobrarla hace todo lo que puede para volver a ella,
que el que habiendo sido echado injustamente de ella y de sus bienes y
haciendas no osa acometerla e invadirla.
»En virtud de las razones arriba dichas, varones lacedemonios, me tengo
por digno de que debáis y queráis serviros de mí en todos vuestros
peligros y trabajos, pues sabéis que se ha convertido ya en refrán y
proverbio común, que aquel que siendo enemigo pueda hacer mucho daño,
siendo amigo puede hacer mucho provecho. Cuanto más que conozco muy
bien todas las cosas de los atenienses, y casi entiendo ya de las
vuestras por conjeturas, y por eso ruego y requiero que, pues estáis
aquí reunidos para consultar asuntos de tan grande importancia, no
tengáis pereza en organizar dos ejércitos, uno por mar para ir a
Sicilia, y otro por tierra para entrar en los términos de Atenas,
porque haciendo esto, con muy poca gente podréis realizar grandes cosas
en Sicilia y destruir el poder y fuerzas de los atenienses que tienen
ahora y podrían tener en lo porvenir.
»Así llegaréis a poseer vuestro estado más seguro y a tener el mando y
señorío de toda Grecia, no por fuerza, sino porque de propia voluntad
os lo dará.»
Cuando Alcibíades acabó su discurso, los lacedemonios, que ya
tenían pensamiento de hacer la guerra a los atenienses (aunque la
andaban dilatando y no tomaban resolución definitiva), se afirmaron
y convencieron de la conveniencia de realizarla por las razones de
Alcibíades, teniendo por cierto que decía la verdad por ser persona
que sabía bien lo que deseaban y proyectaban los atenienses. Y desde
entonces determinaron tomar y fortificar la villa de Decelia y enviar
algún socorro a Sicilia.
Eligieron por capitán para la empresa de Sicilia a Gilipo, hijo de
Cleándridas, al que mandaron que hiciese todas las cosas por consejo de
los embajadores siracusanos y de los corintios, y que lo más pronto que
pudiese llevase socorro a los de Sicilia.
Con este mandato fue Gilipo a Corinto para que le enviasen al puerto
de Ásine dos galeras armadas, y aparejasen todas las otras que habían
de mandar, a fin de que estuviesen a punto de hacerse a la vela lo más
pronto que pudieran, de manera que todos se encontrasen dispuestos a
navegar con el primer buen tiempo. Tomada esta determinación partieron
los embajadores de los siracusanos de Lacedemonia.
Entretanto, la galera que los capitanes atenienses habían enviado desde
Sicilia a Atenas a pedir socorro de gente, dinero y vituallas llegó
al puerto de Atenas, y los que venían en ella dieron cuenta a los
atenienses del encargo, lo cual, oído por ellos, acordaron enviarles el
socorro que demandaban.
En esto llegó el fin del invierno, que fue el decimoséptimo año de esta
guerra que escribió Tucídides.