Discurso de Eufemo, embajador de los atenienses, a los camarineos.
«Varones camarineos, hemos venido principalmente para renovar y
confirmar la amistad y alianza antigua que tenemos con vosotros, pero
calumniados por este siracusano en su discurso, será necesario hablar
de nuestro imperio y señorío, y de cómo le tenemos y poseemos con justo
título y causa. De ello, este mismo que ha hablado da el mejor y mayor
testimonio que ser pudiera, pues dice que los jonios siempre fueron y
han sido enemigos de los dorios.
»Empero conviene entender la cosa tal y como es cierta, a saber: que
nosotros somos jonios de nación y los peloponesios dorios, y porque
estos son muchos más en número que nosotros y nuestros vecinos y
comarcanos, hemos procurado por todas las vías y maneras posibles
eximirnos de su mando.
»Por esto, después de la guerra con los medos, teniendo tan buena
armada como poseíamos, nos apartamos del mando y dirección de los
lacedemonios que entonces eran los caudillos de toda la hueste de
los griegos, porque no había más razón para que ellos nos mandasen a
nosotros que nosotros a ellos, sino la de que ellos eran más poderosos
a la sazón que nosotros, y, por consiguiente, llegando nosotros a ser
señores y caudillos de los griegos que antes estaban sujetos a los
medos, hemos tenido y habitado nuestra tierra, sabiendo de cierto que
mientras tuviéremos fuerzas para resistir al poder de los lacedemonios
no hay razón para que debamos estarles sujetos.
»Hablando en realidad de verdad, tenemos buena y justa causa para
haber querido sujetar a nuestra dominación a los jonios y a los otros
isleños, aunque además fueren nuestros parientes y deudos como dicen
los siracusanos, pues estos jonios vinieron con los medos contra
nuestra ciudad, siendo su metrópoli de donde ellos descienden y son
naturales, por miedo de perder sus casas y posesiones, y no osaron
aventurar sus villas y ciudades como nosotros hicimos por guardar y
conservar la libertad común de Grecia, antes escogieron por mejor
ser siervos y súbditos de los bárbaros medos por salvar sus bienes y
haciendas, y aun venir con ellos contra nosotros para ponernos en la
misma servidumbre.
»Por estas razones somos dignos y merecedores de mandar y señorear a
otros, pues sin ninguna excusa dimos para aquella guerra más naves y
nos mostramos con más ánimo y corazón que todas las otras ciudades de
Grecia, y por la misma causa merecemos tener mando y señorío sobre
los jonios que nos hicieron todo el mal y daño que pudieron cuando se
unieron a los medos.
»Por tanto, si codiciamos aumentar nuestras fuerzas contra los
peloponesios, y no estar más bajo el mando de otro, con derecho y
razón queremos tener mando y señorío por haber sido los únicos que
desbaratamos y lanzamos a los medos, o a lo menos, por la libertad
común, nos expusimos a peligro y tomamos a nuestra costa los males y
daños de los otros, y principalmente de estos jonios, como si fueran
propios nuestros. Además, a cada cual es lícito, sin envidia ni
reprensión, procurar su salud por todas las vías que pudiere, y por
esta causa, para nuestra mayor seguridad y defensa, hemos venido aquí a
fin de que veáis que esto que os demandamos, es tan útil y provechoso
a vosotros como a nosotros, y mostraros las causas por las que estos
nos calumnian y quieren infundir miedo en vuestros ánimos.
»Sabemos muy bien que los que por temor o sospecha de alguna cosa
son fáciles de ser persuadidos al principio con elocuentes palabras,
después, cuando llegan a las obras, hacen aquello que más les conviene.
Y ciertamente nosotros tenemos y conservamos nuestro imperio y señorío
por temor como arriba hemos dicho, y por la misma causa y razón venimos
aquí con intención de guardar y conservar a nuestros amigos en su
libertad, no para someterles a nuestra dominación y servidumbre, sino
para estorbar que los otros les pongan bajo la suya.
»Ninguno se debe maravillar de que vengamos con tan gruesa armada
para ayudar y defender a nuestros amigos, ni menos debe alegar en
consecuencia que haríamos tan grandes gastos por cosa que no nos toca
en nada, sabiendo que cuanto más poderosos seáis para resistir a los
siracusanos, tanto más seguro estará nuestro estado para con los
peloponesios, porque tanto menos podrán recibir ellos el socorro de
los siracusanos. Esta es la principal cosa en que nos puede aprovechar
vuestra amistad y alianza, por la cual asimismo es justo y conveniente
que los leontinos sean restituidos en sus tierras y haciendas, y
no estén más tiempo sujetos como están los de Hiblea, sus deudos y
parientes, y para que tengan medios de sostener la guerra en nuestro
favor contra los siracusanos.
»Nosotros solos somos bastantes para mantener la guerra en Grecia
contra nuestros enemigos en nuestra tierra, y los calcídeos, nuestros
súbditos, por los cuales este siracusano sin razón nos calumnia
diciendo que no es verosímil queramos restituir a estos leontinos su
libertad, teniendo a los calcídeos en servidumbre, nos ayudarán muy
bien, porque eximiéndoles de dar gente para la guerra, nos proveerán
de dinero. Asimismo nos ayudarán los leontinos que habitan en tierra
de Sicilia, y los demás amigos y confederados, mayormente aquellos que
viven en más libertad.
»Cierto es que el varón que rige con tiranía, y la ciudad que ejerce
mando y señorío, ninguna cosa tiene por mala y fuera de razón si le es
provechosa, y ninguna considera suya si no la tienen segura; pero no lo
es menos que conviene hacerse amigos o enemigos según la oportunidad de
los tiempos y negocios, y ningún provecho nos traería al presente hacer
mal a nuestros amigos, sino al contrario, mantenerlos en su fuerza y
poder para que, por medio de ellos, nuestros enemigos sean más débiles.
Lo podéis muy bien creer por la forma y manera de vivir que tenemos y
guardamos con los otros aliados y confederados en Grecia, de quienes
nos servimos según conviene más a nuestro provecho. De los de Quíos y
de Metimna tomamos naves, y en lo demás les dejamos vivir en libertad
y conforme a sus leyes. A algunos tratamos con más rigor haciéndoles
pagar tributo, y a otros con más libertad como amigos y aliados y no
como súbditos en cosa alguna, aunque sean isleños y de fácil conquista
para los enemigos por estar más cercanos al Peloponeso, y por esta
causa más en peligro de ser invadidos por todas partes.
»Debe creerse, pues, que lo que allí hacemos lo queramos también hacer
aquí, y que por nuestro provecho deseemos fortaleceros y ayudaros
para poner miedo y temor a los siracusanos que desean sujetaros, y
no solamente a vosotros sino también a todos los otros sicilianos,
cosa que podrán muy bien hacer por las grandes fuerzas y poder que
tienen, o por la falta que vosotros tendréis de gente de guerra si nos
volviéramos sin hacer nada, que es lo principal que ellos procuran. Por
esta causa os hacen sospechar de nosotros, seguros de dominaros, si
ahora seguís su partido, porque no tendremos después tan buenos medios
para volver aquí con una armada como la de ahora, y ellos, viéndonos
ausentes, se hallarán más fuertes y poderosos contra vosotros.
»Si esto que decimos no parece a alguno verdad, se demuestra claramente
por la obra, pues al principio cuando nos demandasteis ayuda y socorro,
no alegabais para ello otra razón sino el miedo que teníais a que si
nosotros dejásemos de venir a socorreros, los siracusanos podrían
venceros y sujetaros, lo cual redundaría en peligro y mucho daño
nuestro.
»Sería, pues, en mi opinión, cosa injusta no querer vosotros perseverar
en nuestra amistad y alianza por las mismas causas y razones que
alegasteis cuando nos la pedisteis, y sospechar de nosotros solamente
porque nos veis venir con tan gruesa armada para ser más fuertes y
poderosos contra las fuerzas de los siracusanos.
»Ni esto sería cosa justa ni razonable, antes por lo contrario,
deberíais tener mayor sospecha de ellos que de nosotros, pues sabéis
muy bien que sin una amistad y alianza no podríamos estar en estas
tierras seguros, y si quisiésemos ser malos y poner a nuestros amigos
bajo nuestro dominio, no lo podríamos conservar en adelante, así porque
la navegación es muy grande desde Grecia a Sicilia, como también
porque sería cosa muy difícil poder guardar y defender las ciudades de
Sicilia, que son grandes y tienen mucha gente de guerra de la costa
mediterránea.
»Pero estos siracusanos no deben ser tan temidos de vosotros por el
ejército que tienen cuanto por la gran abundancia de gente. Siendo
vuestros vecinos y comarcanos estáis siempre en peligro, porque
continuamente os acechan y buscan ocasión y oportunidad para dar sobre
vosotros, según lo han demostrado contra otros muchos sicilianos, y
ahora a la postre contra los leontinos.
»Con todo esto, tienen osadía y atrevimiento de aconsejaros que toméis
las armas contra nosotros que hemos venido solo para estorbarles que os
hagan mal y dominen toda la tierra de Sicilia. No se comprende que os
tengan por tan locos y fuera de seso que queráis dar fe y crédito a sus
engaños y mentiras viendo que os amonestamos lo que es vuestro bien y
salud con más verdad y certidumbre.
»Os rogamos, pues, que no queráis por vuestra culpa perder el provecho
que obtendréis de nosotros, que miréis bien de cuál de ambas partes os
debéis confiar más, y sobre todo considerad que estos siracusanos en
todos tiempos tienen medios y recursos para poderos vencer y sujetar
sin ayuda de otro por la multitud de gente que son. Fijaos en que no
podréis tener siempre para vengaros de ellos y lanzarlos de vosotros
tanta y tan buena fuerza como al presente con la ayuda y socorro de
nosotros, vuestros amigos y aliados, a quienes, si ahora dejáis volver
sin hacer nada, por la sospecha que tenéis de nosotros, o no sentís que
nos suceda algún mal por vuestra causa, vendrá tiempo en que deseéis
ver siquiera una parte de nosotros, y será en balde, porque no nos
tendréis a vuestro lado.
»Porque vosotros, camarineos, y los otros sicilianos, no deis fe ni
crédito a las calumnias de estos que alegan contra nosotros, he querido
mostraros y declarar con verdad las causas por las cuales estos nos
quieren hacer sospechosos, y para que, habiéndolas oído y recogido en
vuestra memoria, queráis otorgar nuestra demanda.
»No negamos tener el mando y señorío sobre otros pueblos vecinos y
cercanos, porque no queremos ser mandados por otros; pero, en cuanto a
los sicilianos, decimos que hemos venido aquí para impedir que otros
los sometan, temiendo el mal y daño que nos podrían causar después
los que los sujetasen y fuesen sus señores. Cuantas más tierras
tenemos que guardar, tanto más obligados estamos a hacer más cosas que
otros. Por esta causa hemos venido aquí esta vez, y las otras pasadas
para defender y amparar a aquellos de vosotros que eran oprimidos
e injuriados por otros, y no venimos por nuestra voluntad y propio
_motu_, sino llamados y rogados por ellos.
»Sois al presente jueces y árbitros de nuestros hechos. No intentéis
innovar cosa alguna de que después os hayáis de arrepentir, ni
desechéis nuestra ayuda y amistad, sino aprovechaos de ella, puesto que
podéis hacerlo al presente.
»Considerad que esto no ocasiona igualmente daño a todos, sino provecho
evidente para los más de los griegos, porque por las fuerzas y poder
grande que tenemos para socorrer y ayudar a los oprimidos, y vengar sus
injurias, aunque no sean nuestros súbditos, los que están en asechanza
para hacerles alguna violencia, procuran mantenerse tranquilos; y los
que están a punto de ser injuriados y oprimidos, pueden vivir seguros,
sin ningún trabajo, a costa ajena.
»Así, pues, varones camarineos, os amonesto que no queráis desechar
esta seguridad que es común a ambas partes y necesaria para vosotros,
sino antes, con nuestra ayuda haced con los siracusanos lo mismo que
ellos han hecho con nosotros, y prevenid sus asechanzas, de manera
que no hayáis menester estar siempre en vela con pena y trabajo para
guardaros de ellos.»
De esta manera habló Eufemo.
Los camarineos estaban por entonces en tal disposición que tenían gran
voluntad a los atenienses, y de buena gana quisieran seguir su partido,
si no sospecharan que venían con codicia de conquistar a Sicilia y
ocupar su estado.
En cuanto a los siracusanos, aunque tenían a menudo cuestiones y
diferencias con ellos sobre los límites, por ser vecinos y comarcanos;
empero, por esta misma causa de vecindad les habían enviado algún
socorro de gente de a caballo, para si acaso alcanzasen la victoria no
les pudiesen culpar de que habían vencido sin ayuda de ellos, y también
para lo venidero tenían propósito de ayudar a los siracusanos antes que
a los atenienses a muy poca costa.
Pero después que los atenienses lograron la victoria pasada, por no
mostrar que los tenían en menos que a los vencidos, previa consulta
entre sí, dieron igual respuesta a los unos y a los otros diciendo que
habiendo guerra entre ambas partes, que eran sus amigos y aliados,
estaban resueltos, para no faltar a su juramento de ser neutrales, a no
dar ayuda ni a los unos ni a los otros. Con esta respuesta partieron
los embajadores.
Entretanto los siracusanos hacían todos los aprestos necesarios para
la guerra, y los atenienses por su parte pasaban el invierno en Naxos,
y desde allí tenían sus inteligencias por todas las vías y maneras que
podían con la mayoría de las ciudades de Sicilia por atraerlas a su
amistad y devoción.
Muchas de ellas, especialmente las que estaban en tierra llana, que
eran súbditas de los siracusanos, se rebelaron contra ellos, y las
otras ciudades libres y francas, que estaban más adentro, en tierra
firme, se confederaron con los atenienses, y les enviaron socorro, unas
de dinero, otras de gente y otras de vituallas.
De las ciudades que no lo quisieron hacer de grado, fueron algunas
obligadas a ello por fuerza de armas, y a las otras prohibieron y
estorbaron dar auxilio a los siracusanos.
Durante este invierno salieron de Naxos y volvieron los atenienses a
Catana, donde rehicieron sus alojamientos y estancias en el mismo lugar
que estaban antes, cuando los siracusanos las quemaron.
Estando aquí enviaron un buque con embajada a los cartagineses para
hacer alianza con ellos si podían, y asimismo a las otras ciudades
marítimas que están en la costa del mar Tirreno, de las cuales algunas
se aliaron con ellos y les prometieron socorro y ayuda en aquella
guerra contra los siracusanos.
Además mandaron a los egesteos y a los otros sus aliados de Sicilia
que les enviasen toda la gente de a caballo que pudiesen, e hicieron
gran provisión de madera, herramienta y otras cosas necesarias para
construir un muro fuerte delante de la ciudad de Siracusa, la cual
estaban decididos a sitiar inmediatamente después que pasase el
invierno.