Los atenienses, preparadas las cosas necesarias para la guerra, sitian
Siracusa. -- Victorias que alcanzan contra los siracusanos en el ataque
de esta ciudad. -- Llega a Sicilia el socorro de los lacedemonios.
Al comienzo de la primavera, los atenienses que estaban en Sicilia
se hicieron a la vela, y saliendo del puerto de Catana, fueron
directamente a Mégara, que por entonces tenían los siracusanos, y que
después que los moradores de ella, en tiempo de Gelón el tirano, fueron
expulsados, según arriba hemos dicho, no había sido poblada de nuevo.
Desembarcando allí los atenienses, salieron a robar y destruir toda la
tierra, y después fueron a combatir un castillo de los siracusanos que
estaba cerca, creyendo que lo tomarían por asalto; mas viendo que no lo
podían hacer, se retiraron hacia el río Terias, pasaron el río, robaron
y destruyeron también todas las tierras llanas que estaban a la otra
parte de la ribera, mataron algunos siracusanos que encontraron por los
caminos, y después pusieron trofeo en señal de victoria.
Hecho esto, se embarcaron y volvieron a Catana, donde se abastecieron
de vituallas y otras provisiones, y con todo el ejército partieron
contra una villa llamada Centóripa, la cual tomaron por capitulación.
Al salir de ella, quemaron y talaron todos los trigos de Inesa y de
Hiblea, y regresaron otra vez a Catana, donde hallaron doscientos y
cincuenta hombres de armas que habían ido de Atenas, sin que tuviesen
caballos, sino solamente las armas y arreos de caballos, suponiendo
que de la tierra de Sicilia les habían de proveer de caballos, treinta
flecheros de a caballo y más de trescientos talentos de plata que les
enviaron los atenienses[7].
En este mismo año[8] los lacedemonios se pusieron en armas contra los
argivos; mas habiendo salido al campo para ir a la villa de Cleonas,
sobrevino un terremoto que les infundió gran espanto, y les hizo volver.
Viendo los argivos que sus contrarios se habían retirado, salieron
a tierra de Tirea que está en su frontera, y la robaron y talaron,
consiguiendo tan gran presa, que vendieron los despojos en más de
veinticinco talentos[9].
En esta misma sazón[10] la comunidad de Tespias se levantó contra los
grandes y gobernadores; mas los atenienses enviaron gente de socorro,
que prendieron a la mayor parte de los comuneros, y los otros huyeron.
En el mismo verano los siracusanos, sabedores de que había llegado
socorro de gente de a caballo a los atenienses, y pensando que si
tenían caballos inmediatamente irían a ponerles cerco, tuvieron en
cuenta que cerca de Siracusa había un arrabal, llamado Epípolas,
que dominaba la ciudad por todas partes y en lo alto de él un llano
espacioso con ciertas entradas por donde podían subir; que sería
imposible cercarlo, y que si los enemigos lo ganaban una vez, podrían
hacer mucho daño a la ciudad desde allí, por todo lo cual determinaron
fortificar aquellas entradas para impedir que los enemigos lo pudiesen
tomar.
Al día siguiente pasaron revista a toda la gente del pueblo y a
aquellos que estaban bajo el mando de Hermócrates, y de sus compañeros,
en un prado que está junto al río llamado Anapo, y de toda la gente del
pueblo escogieron seiscientos hombres de pelea para guardar el arrabal
de Epípolas, de los cuales dieron el mando a Diomilo, un desterrado de
Andros, mandándole que si por acaso se veía atacado de pronto, diese
aviso para que pudiera ser socorrido.
Aquella misma noche los capitanes atenienses pasaron revista a su
gente. Al despuntar el día, partieron de Catana y fueron secretamente
con todo su ejército a salir a un lugar llamado León, distante del
arrabal de Epípolas siete estadios, y allí alojaron toda su infantería
antes que los siracusanos lo pudiesen saber. Por otra parte, fueron con
su armada a una península, llamada Tapso, que está a una legua corta
de la ciudad, y cercada por todas partes de mar, excepto en un pequeño
istmo. Cerraron luego la entrada de él para estar seguros de parte de
tierra. Hecho esto, la infantería de los atenienses que estaba alojada
en León, con gran ímpetu, fue a dar sobre Epípolas, y lo ganaron antes
que los seiscientos hombres que los siracusanos habían señalado para
la guarda de él pudiesen llegar, porque aún estaban en el lugar donde
había sido la revista.
Sabido esto por los siracusanos, salieron del pueblo para socorrer
el arrabal, que estaba cerca de veinticinco estadios de allí[11], y
juntamente con ellos Diomilo con los seiscientos hombres que tenía a su
cargo.
Al llegar donde estaban los enemigos, tuvieron una refriega con
ellos, en la cual los siracusanos llevaron lo peor, siendo vencidos y
dispersados, y muriendo cerca de trescientos, entre ellos Diomilo, su
capitán; todos los otros fueron forzados a retirarse a la ciudad.
Al día siguiente los siracusanos, reconociendo la victoria a sus
enemigos, les pidieron los muertos para enterrarlos, y los atenienses
levantaron también allí un trofeo en señal de triunfo.
Al otro día de mañana salieron delante de la ciudad a presentar la
batalla a los siracusanos; mas viendo que ninguno acudía, regresaron
a su campo, y en la cumbre de Epípolas, en el lugar llamado Lábdalo,
hicieron un atrincheramiento hacia la parte de Mégara para recoger su
bagaje cuando saliesen hacia la ciudad, o para hacer alguna correría.
Poco tiempo después se les unieron trescientos hombres de a caballo
que los egesteos les enviaban de socorro, y cerca de otros ciento de
los de Naxos y otros sicilianos, además de los doscientos y cincuenta
suyos, para los cuales ya habían adquirido caballos, así de los que les
dieron los egesteos como de otros comprados por su dinero. De manera
que tenían entre todos seiscientos cincuenta caballos.
Habiendo dejado gente de guarnición dentro de Lábdalo, partieron
directamente contra la villa de Sica, la cual cercaron de muro en
tan breve espacio de tiempo, que a los siracusanos asustó su gran
diligencia, aunque por mostrar que no tenían temor alguno, salieron
de la ciudad con intención de pelear con los enemigos; pero como sus
capitanes los vieron marchar tan desordenados, comprendiendo que con
grande dificultad los podrían ordenar, hicieron retirar a todos dentro
de la ciudad, excepto una banda de gente de a caballo que dejaron para
impedir y estorbar a los atenienses llevar la piedra y otros materiales
para hacer el muro, y también para que recorriese el campo.
Pero los caballos de los atenienses con una banda de infantería les
acometieron con tanto denuedo que les vencieron, y haciéndoles volver
las espaldas mataron algunos. Por causa de este hecho de armas de la
caballería levantaron otro trofeo en señal de victoria.
El día siguiente los atenienses, en su campo, unos trabajaban en labrar
el muro a la parte del mediodía, otros traían piedra y otros materiales
del lugar que llaman Trógilo, y lo venían a descargar todo en la parte
donde el muro estaba más bajo del extremo del puerto grande hasta la
otra parte de la mar.
Viendo esto los siracusanos acordaron no salir en adelante todos juntos
contra los enemigos por no aventurarse a una derrota definitiva, sino
hacer reparar un fuerte de fuera del muro de la ciudad, frente al muro
que los atenienses labraban, porque les parecía que si hacían pronto
su fuerte, antes que los enemigos pudiesen acabar dicho muro, los
lanzarían fácilmente, y que, poniendo en él gente de guarda, podrían
enviar una parte de su ejército a que tomase las entradas y después
fortificarlas. Haciendo esto creían probable que los enemigos se
apartasen de su obra para atacarles todos juntos.
Con este consejo salieron de la ciudad y comenzaron a trabajar en su
fuerte y reparo, tomando desde el muro de la ciudad y continuando a
la larga frente al de los enemigos. Para esta obra cortaron muchos
olivos del término y sitio del templo, con los cuales hicieron torres
de madera para defensa del fuerte por la parte de la marina que ellos
tenían, porque los atenienses aún no habían hecho llegar su armada
desde Tapso al puerto grande a fin de poder impedirlo, del cual
lugar de Tapso hacían traer por tierra abastecimientos y otras cosas
necesarias. Habiendo los siracusanos acabado su fuerte, sin que los
atenienses se lo pudiesen estorbar por tener bastante que hacer por
su parte construyendo su muro, y sospechando que si atendían a dos
cosas al mismo tiempo podrían ser más fácilmente combatidos por los
atenienses, se retiraron dentro de la ciudad, dejando una compañía de
infantería guarneciendo aquel fuerte.
Por su parte los atenienses rompieron los acueductos por donde el agua
iba a la ciudad, y sabiendo por sus espías que la compañía de los
siracusanos que había quedado en guarda de su fuerte y parapetos, a la
hora del mediodía, unos se retiraban a sus tiendas y otros entraban
en la ciudad, y los que quedaban allí en guarda estaban descuidados,
escogieron trescientos soldados muy bien armados y algún número de
otros armados a la ligera para que fuesen delante a combatir el fuerte,
y al mismo tiempo ordenaron todo el ejército en dos cuerpos, cada cual
con su capitán, para que el uno fuese directamente hacia la ciudad a
fin de recibir a los de dentro si salían a socorrer a los suyos, y la
otra hacia el fuerte por la parte del postigo llamado Pirámide.
Dada esta orden, los trescientos soldados que tenían a su cargo
acometer el fuerte, le combatieron y tomaron, porque la guarnición lo
abandonó, acogiéndose al muro que estaba en torno del templo; pero los
atenienses los siguieron tan al alcance, que casi a una, mezclados,
entraron con ellos en Siracusa, aunque inmediatamente fueron rechazados
por los de la ciudad que acudían en socorro.
En este encuentro murieron algunos atenienses y argivos; los otros
todos al retirarse rompieron y derrocaron el fuerte de los enemigos,
y llevaron de él toda la madera que pudieron a su campo. Hecho esto
pusieron un trofeo en señal de victoria.
Al día siguiente los atenienses cercaron con muro un cerro que está
junto el arrabal de Epípolas, encima de una laguna de donde se puede
ver todo el puerto grande, y extendieron el muro desde el cerro hasta
el llano y desde la laguna hasta la mar. Viendo esto los siracusanos,
salieron de nuevo para hacer otro fuerte de madera a la vista de los
enemigos con su foso, para estorbarles que pudiesen extender su muro
hasta la mar, pero los atenienses, habiendo acabado el muro del cerro,
determinaron acometer otra vez a los siracusanos que trabajaban en
los fosos y reparos, y para esto mandaron al general de la armada que
saliese con ella de Tapso y la metiese en el puerto grande. Ellos, al
despuntar el alba, bajaron de Epípolas, atravesaron el llano que está
al pie y de allí la laguna por la parte más seca, lanzando en ella
tablas y maderos que les pudiesen sostener los pies, pasando a la otra
parte y venciendo, y dispersando a los siracusanos que allí estaban en
guarda, de los cuales unos se retiraron a la ciudad y otros hacia la
ribera; mas los trescientos soldados atenienses que fueron escogidos
para acometerles como la vez pasada, los quisieron atajar y dieron a
correr tras ellos hacia la punta de la ribera.
Viendo esto los siracusanos, porque la más era gente de a caballo,
revolvieron contra los trescientos soldados con tanto ímpetu, que los
pusieron en huida y después cargaron sobre los atenienses que venían
en el ala derecha tan rudamente, que los que estaban en primera fila
se asustaron y cobraron gran miedo. Mas Lámaco, que venía en el ala
izquierda, advirtiendo el peligro en que estaban los suyos, acudió a
socorrerlos con muchos flecheros y algunos soldados argivos, y habiendo
pasado un foso antes que le siguiesen los suyos, fue muerto por los
siracusanos, como también otros cinco o seis que habían pasado con él.
Los siracusanos trabajaban para pasar estos muertos a la otra parte
del río antes que llegase la demás gente de Lámaco; pero no pudieron,
porque les pusieron en tanto aprieto que les fue forzoso dejarlos.
Entretanto, los siracusanos que al principio se habían retirado a
la ciudad, viendo la defensa que hacían los otros, cobraron ánimo y
salieron en orden de batalla para pelear con los atenienses, enviando
algunos de ellos a combatir el muro que los atenienses habían hecho
en torno de Epípolas por creer que estaba desprovisto de guarnición,
como a la verdad lo estaba, y por eso ganaron gran parte del muro y
le hubieran ocupado del todo si Nicias no acudiera pronto en socorro
de los atenienses que habían quedado allí por mala disposición, y al
ver que no había otro remedio para poder guardar y defender el muro
por aquella parte por falta de gente, mandó a los suyos que pusiesen
fuego a los pertrechos y madera que había delante del muro, y así
se salvaron, porque los siracusanos no osaron pasar más adelante a
causa del fuego, también porque veían venir contra ellos la banda de
los atenienses que había seguido a los otros sus compañeros en el
alcance, y además, porque las naves de sus contrarios que venían de
Tapso entraban ya en el puerto grande. Conociendo, pues, que no eran
bastantes para poder resistir a los atenienses ni estorbarles que
acabaran su muro, acordaron retirarse hacia la mar, y los atenienses
pusieron otra vez su trofeo en señal de victoria, porque los
siracusanos la reconocían demandándoles sus muertos para enterrarlos,
los cuales ellos les dieron y también recobraron los cuerpos de Lámaco
y los otros sus compañeros que habían sido muertos con él.
Reunida ya la armada de los atenienses y todo su ejército, cercaron
por dos partes la ciudad por mar y por tierra, comenzando desde
Epípolas hasta la mar, y estando allí sobre el cerco les traían muchos
abastecimientos y vituallas de todas partes de Italia, y muchos de los
aliados de los siracusanos que al principio habían rehusado aliarse
con los atenienses, fueron entonces a rendirse a ellos. De la parte de
la costa de Tirrenia[12] recibieron tres pentacóntoros de socorro. De
manera que las cosas de los atenienses iban tan prósperas que tenían
por cierta la victoria, mayormente entendiendo que los siracusanos
habían perdido la esperanza de poder resistir a las fuerzas de los
atenienses, porque no tenían nuevas de que de los lacedemonios les
enviaran socorro alguno. Por ello tuvieron entre sí muchas discusiones
para capitular, y también con Nicias, que después de la muerte de
Lámaco había quedado por único caudillo de los atenienses, para hacer
algún tratado de paz o treguas, mas no se concluyó cosa alguna, aunque
de una parte y de la otra tuvieron muchos debates, como sucede entre
hombres que están dudosos y que se ven cercados y apremiados más y más
cada día.
Advirtiendo los siracusanos la necesidad en que estaban, desconfiaban
unos de otros, de manera que destituyeron a los capitanes que primero
habían elegido, so color de que las pérdidas y derrotas sufridas fueron
por culpa de ellos o por su mala dicha, y en su lugar nombraron otros
tres, que fueron Heráclides, Eucles y Telias.
Mientras esto ocurría, el lacedemonio Gilipo había ya llegado a Léucade
con las naves de los corintios, y con determinación de acudir con
toda premura a socorrer a los siracusanos. Mas teniendo nuevas de que
la ciudad estaba cercada por todas partes, por muchos mensajeros que
llegaban, todos conformes en la noticia, aunque no era verdad, perdió
la esperanza de poder remediar las cosas de Sicilia, y para defender
a Italia, partió con dos trirremes de los lacedemonios. Con él iban
el corintio Pitén, con otros dos barcos de Corinto, y a toda prisa
llegaron a Tarento. Tras ellos navegaban otras diez naves, dos de
Léucade y tres de los ambraciotes.
Al llegar Gilipo al puerto de Tarento, dirigiose a la ciudad de Turios
en nombre de los lacedemonios, y como embajador para procurar atraer
a los habitantes a su devoción y alianza. Al efecto les recordaba los
beneficios de su padre que en tiempos pasados había sido gobernador de
su estado. Mas viendo que no querían acceder a su demanda regresó a la
costa de Italia hacia arriba, y cuando llegó al golfo de Terina, le
sorprendió un huracán de mediodía que reinaba mucho en aquel golfo, de
manera que le fue forzoso volver al puerto de Tarento, donde reparó sus
naves destrozadas por el huracán.
Entretanto avisaron a Nicias de la llegada de Gilipo, mas como supo las
pocas naves que traía, no hizo gran caso de él, como no lo hicieron
los de Turios, pareciéndoles que Gilipo venía antes como corsario para
robar en la mar que para socorrer a los siracusanos.
En este mismo verano los lacedemonios con sus aliados comenzaron la
guerra contra los argivos, y robaron y talaron gran parte de su tierra,
hasta que los atenienses les enviaron treinta barcos de socorro,
rompiendo así claramente el tratado de paz con los lacedemonios, lo
cual no hicieron hasta entonces, porque las entradas y robos realizados
antes de una parte y de otra eran más bien actos de latrocinio que de
guerra, y hasta aquel momento no quisieron unirse con los argivos y
mantineos contra los lacedemonios, aunque muchas veces los argivos lo
solicitaran para entrar por tierra de lacedemonios y tomar parte en el
botín regresando después sin peligro.
Pero entonces los atenienses después de nombrar tres capitanes para
su ejército, que eran Pitodoro, Lespodias y Demárato, entraron como
enemigos en tierra de Epidauro Limera, y tomaron y destruyeron Prasias
y algunas villas pequeñas de aquella provincia, por lo cual los
lacedemonios tuvieron después más justa causa para declararse sus
enemigos.
Después de volver los atenienses de la costa de Argos y los
lacedemonios con su ejército de tierra, los argivos entraron en tierra
de Fliunte, y habiendo robado y talado mucha parte de ella y matado a
muchos de los contrarios, regresaron a la suya.