Los atenienses por su parte, y los siracusanos por la suya, envían
embajadores a los de Camarina para procurar su alianza. -- Respuesta
de los camarineos. -- Aprestos belicosos de los atenienses contra los
siracusanos en este invierno.
Pasadas estas cosas, y advertidos los siracusanos de que los atenienses
habían enviado embajadores a los camarineos para confirmar la
confederación y alianza que en tiempo pasado habían hecho con Laques,
capitán que a la sazón era de los atenienses, también les enviaron
embajadores, porque no confiaban mucho en ellos, a causa de que en la
anterior jornada se habían mostrado perezosos en enviarles socorro;
sospechaban que en adelante no les quisiesen ayudar, y acaso favorecer
el partido de los atenienses, viendo que habían sido vencedores en
la batalla, haciendo esto so color de aquella confederación y alianza
antigua.
Llegados a Camarina, de parte de los siracusanos, Hermócrates con
algunos otros embajadores, y de la de los atenienses, Eufemo con otros
compañeros, el primero de todos, Hermócrates, delante de todo el pueblo
que para esto se había reunido, queriendo acriminar a los atenienses,
habló de esta manera:
«Varones camarineos, no penséis que somos aquí enviados de parte de los
siracusanos por temor alguno que tengamos de que os asuste esta armada
y poder de los atenienses, sino por sospecha de que con sus artificios
y sutiles razones os persuadan de lo que quieren, antes que podáis ser
avisados por nosotros.
»Vienen a Sicilia so color y con el achaque que vosotros habéis oído,
pero con otro pensamiento que todos sospechamos. Y a mi parecer,
tengo por cierto que no han venido para restituir a los leontinos en
sus tierras y posesiones, sino antes para echarnos de las nuestras,
pues no es verosímil que los que echan a los naturales de Grecia de
sus ciudades, quieran venir aquí para restituir a los de esta tierra
en las ciudades de donde fueron expulsados, ni que tengan tan gran
cuidado de los leontinos como dicen, porque son calcídeos como sus
deudos y parientes, y a los mismos calcídeos, de donde estos leontinos
descienden, los han puesto en servidumbre. Antes es de pensar que, con
la misma ocasión que tomaron la tierra de aquellos, quieren ahora ver
si pueden tomar estas nuestras.
»Como todos sabéis, siendo estos atenienses elegidos por caudillos del
ejército de los griegos para resistir a los medos por voluntad de los
jonios y otros aliados suyos, los sujetaron y pusieron bajo su mando
y señorío, a unos so color de que habían despedido la gente de guerra
sin licencia, a los otros con achaque de las guerras y diferencias que
tenían entre sí, y a otros por otras causas que ellos hallaron buenas
para su propósito cuando vieron oportunidad de alegarlas.
»De manera, que se puede decir con verdad, que los atenienses no
hicieron entonces la guerra por la libertad de Grecia, ni tampoco los
otros griegos por su libertad, sino que la hicieron a fin de que los
griegos fuesen sus siervos y súbditos antes que de los medos, y los
mismos griegos pelearon por mudar de señor, no por cambiar señor mayor
por menor, sino solamente uno que sabe mandar mal por otro que sabe
mandar bien.
»Y aunque la ciudad y república de Atenas, con justa causa, sea digna
de reprensión, empero no venimos ahora aquí para acriminarla delante
de aquellos que saben y entienden muy bien en lo que estos nos pueden
haber injuriado, sino para acusar y reprender a nosotros mismos los
sicilianos, que teniendo ante los ojos los ejemplos de los otros
griegos sujetados por los atenienses no pensamos en defendernos de
ellos, y en desechar estas sus cautelas y sofisterías con que pretenden
engañarnos, diciendo que han venido para ayudar y socorrer a los
leontinos como a sus deudos y parientes, y a los egesteos como a sus
aliados y confederados.
»Paréceme, pues, que debemos pensar en nuestro derecho y mostrarles
claramente que no somos jonios ni helespontinos, ni otros isleños
siempre acostumbrados a someterse a los medos o a otros, mudando de
señor según quien les conquista, sino que somos dorios de nación,
libres y francos, y naturales del Peloponeso, que es tierra libre y
franca, y que habitamos en Sicilia.
»No esperemos a ser tomados y destruidos ciudad por ciudad, sabiendo
de cierto que por esta sola vía podemos ser vencidos, y viendo que
estos solo procuran apartarnos y desunirnos, a unos con buenas palabras
y razones, y a otros con la esperanza de su amistad y alianza, y
revolvernos a todos para que nos hagamos guerra unos a otros, usando de
muy dulces y hábiles palabras ahora, para después hacernos todo el mal
que pudieren cuando vieren la suya.
»Y si alguno hay entre vosotros que piense que el mal que ocurriese al
otro, no siendo su vecino cercano, está muy lejos de él, que no le
podrá tocar el mismo daño y desventura, y que no es él de quien los
atenienses son enemigos, sino solo los siracusanos, siendo, por esto,
locura exponer su patria a peligro por salvar la mía, le digo que no
entiende bien el caso, y que ha de pensar que defendiendo mi patria
defiende la suya propia tanto como la mía, y que tanto más seguramente,
y más a su ventaja lo hace teniéndome en su compañía antes que yo sea
destruido y pueda mejor ayudarle.
»Tengan todos en cuenta que los atenienses no han venido para vengarse
de los siracusanos a causa de alguna enemistad que tuviesen con ellos,
sino queriendo con este pretexto confirmar la amistad y alianza que
tienen con vosotros.
»Si alguno nos tiene envidia o temor, porque siempre ha sido costumbre
que los más poderosos sean envidiados o temidos de los más flacos y
débiles, y por esto le parece que cuanto más mal y daño recibieran los
siracusanos tanto más humildes y tratables serán en adelante, y los
débiles podrán tener más seguridad; este tal se confía en lo que no
está en el poder ni voluntad humana, porque los hombres no tienen la
fortuna en su mano como tienen su voluntad, y si la cosa por ventura
ocurriera de muy distinta manera que él pensaba, pesándole de su mal
propio, querría tener otra vez envidia de mí, y de mis bienes, como la
tuvo antes, lo cual sería imposible después de negarme su ayuda en los
peligros de la fortuna que se podían llamar tanto suyos como míos, no
solamente de nombre y palabra, sino de hecho y de obra. Por tanto, el
que nos ayudare y defendiere en este caso, aunque parezca que salva
y defiende nuestro estado y poder, de hecho salva y defiende el suyo
propio.
»Y a la verdad, la razón requería que vosotros, camarineos, pues sois
nuestros vecinos y comarcanos, y corréis el mismo peligro después
que nosotros, hubieseis pensado y provisto esto antes, viniendo a
socorrernos y ayudarnos más pronto que lo habéis hecho, y de vuestro
grado y voluntad debierais venir a amonestarnos y animarnos haciendo
lo mismo que nosotros hiciéramos si los atenienses fueran contra
vosotros los primeros, lo cual no habéis hecho ni vosotros ni los otros.
»Y si queréis alegar que obráis conforme a justicia siendo neutrales
por temor de ofender a unos o a otros, fundándoos en vuestra
confederación y alianza con los atenienses, no tendréis razón alguna,
pues no hicisteis aquella alianza para acometer a vuestros enemigos a
voluntad de los atenienses, sino solo para socorreros unos a otros si
alguno os quisiese destruir.
»Por esta causa los de Regio, aunque calcídeos de nación, no se han
querido unir a los atenienses para restituir a los leontinos sus
tierras, aunque estos son calcídeos también como ellos. Y si los
de Regio, no teniendo tan buen motivo como vosotros y, solo por
justificarse, se han portado tan cuerdamente en este hecho, ¿cómo
queréis vosotros, teniendo causa justa y razonable para excusaros
de dar favor y ayuda a los que naturalmente son vuestros enemigos,
abandonar a los que son vecinos vuestros, parientes y deudos y uniros
con los otros para destruirlos?
»A la verdad, obraréis contra toda razón y justicia si queréis ayudar a
vuestros enemigos viniendo tan poderosos, cuando, por el contrario, los
debierais temer y sospechar de sus intentos.
»Si todos estuviésemos unidos no tendríamos cosa alguna por qué
temerles, como les temeremos por el contrario si nos desunimos, que
es lo que ellos procuran con todas sus fuerzas, porque no penséis que
han venido a esta tierra solamente contra los siracusanos, sino contra
todos nosotros los de Sicilia, y bien saben que no hicieron contra
nosotros el efecto que querían, aunque fuimos vencidos en la batalla,
sino que después de la victoria consideraron prudente retirarse pronto.
»De esto se deduce claramente que estando todos juntos y yendo a
una, no debemos tener gran temor de ellos, sobre todo cuando llegue
el socorro que esperamos de los peloponesios que son mucho mejores
combatientes que ellos.
»Ni tampoco os debe parecer buen consejo el de ser neutrales y no
declararos a favor de una de las partes, diciendo que esto es justo
y razonable en cuanto a nosotros, porque sois sus aliados, y lo más
cierto y seguro para vosotros; pues aunque el derecho sea igual entre
ellos y nosotros, respecto a vosotros, por razón de la alianza arriba
dicha, el caso es muy diferente, y si aquellos contra quien se hace
la guerra son vencidos por falta de vuestro socorro y los atenienses
quedaran vencedores, podrá decirse que por vuestra neutralidad los unos
fueron destruidos y los otros no encontraron obstáculo para hacer mal.
»Por tanto, varones camarineos, mejor os será ayudar a los que estos
quieren maltratar e injuriar que son vuestros parientes, deudos,
vecinos y comarcanos, defendiéndoles y amparándoles por el bien de toda
Sicilia, y no permitir que triunfen los atenienses, que excusaros con
ser neutrales y no querer estar de una parte ni de otra.
»Abreviando razones, pues aquí no hay necesidad de ellas para que
todos sepamos lo que a cada cual conviene hacer, rogamos y requerimos
nosotros, los siracusanos, a vosotros, camarineos, para que nos ayudéis
y socorráis en este trance, y protestamos de que, si no lo hacéis,
seréis causa de que nos venzan y destruyan los jonios, nuestros
mortales enemigos, y de que siendo vosotros dorios de nación, como
también lo somos nosotros, nos dejáis y desamparáis alevosamente, hasta
el punto de que si fuéremos vencidos por los atenienses, será por
vuestra falta, y cuando alcanzaran la victoria, el premio y galardón
que obtendréis no será otro sino el que os quisiere dar el vencedor,
pero si nosotros vencemos sufriréis la pena y castigo que mereciereis
por haber sido causa de todo el mal y daño que nos pueda sobrevenir.
»Pensando y considerando muy bien esto, desde ahora escoged una de
dos cosas: o incurrir en perpetua servidumbre por no quereros exponer
a peligro, o si venciereis con los atenienses no libraros de ser sus
súbditos y tenerlos por señores, y a nosotros durante muy largo tiempo
por vuestros enemigos.»
Con esto acabó su discurso, y tras él se levantó Eufemo, embajador de
los atenienses, que habló de esta manera: