Los siracusanos, después de nombrar nuevos jefes y de ordenar bien sus
asuntos, hacen una salida contra los de Catana. -- Los atenienses no
pueden tomar Mesena.
Después que los siracusanos sepultaron sus muertos e hicieron las
exequias acostumbradas, se reunieron todos en consejo, y en esta
asamblea Hermócrates, hijo de Hermón, que era tenido por hombre sabio
y prudente y avisado para todos los negocios de la república, y muy
experimentado en los hechos de la guerra, les dijo muchas razones para
animarles, diciendo que la pérdida pasada no había sido por falta de
consejo, sino por haberse desordenado; ni era tan grande como pudiera
razonablemente esperarse, considerando que de su parte no había sino
gente vulgar y no experimentados en la guerra, y que los atenienses,
sus enemigos, eran los más belicosos de toda Grecia, y tenían la guerra
por oficio más que otra cosa alguna. Además les había dañado en gran
manera los muchos capitanes que tenían los siracusanos que pasaban de
quince, los cuales no eran muy obedecidos por los soldados.
Empero si querían elegir pocos capitanes buenos y experimentados, y
mientras pasase el invierno reunir buen número de gente de guerra,
proveer de armas a los que no las tenían y ejercitarles en ellas en
todo este tiempo, podían tener esperanza de vencer a sus contrarios a
tiempo venidero con tal que juntasen a su esfuerzo y osadía, buen orden
y discreción, porque hay dos cosas muy necesarias para la guerra: el
orden para saber prevenir y evitar los peligros, y el esfuerzo y osadía
para poner en ejecución lo que la razón y discreción les mostrase.
Díjoles que también era necesario que los capitanes que eligiesen,
siendo pocos como arriba es dicho, tuviesen poder y autoridad bastante
en las cosas de guerra para hacer todo aquello que les pareciese
necesario y conveniente para bien y pro de la república, tomándoles el
juramento acostumbrado en tal caso, y por esta vía se podrían tener
secretas las cosas que debían ser ocultas, y hacerse todas las otras
provisiones necesarias sin contradicción alguna.
Cuando los siracusanos oyeron las razones de Hermócrates, todos las
aprobaron y tuvieron por buenas, e inmediatamente eligieron al mismo
Hermócrates por uno de tres capitanes, y con él a Heráclides, hijo
de Lisímaco, y a Sicano, hijo de Execesto. Estos tres nombraron
embajadores para rogar a los lacedemonios y a los corintios que se
unieran con ellos contra los atenienses, y que todos a una les hiciesen
tan cruel guerra en su tierra misma, que les fuese forzoso dejar a
Sicilia para ir a defender su patria, y si no quisiesen hacer esto que
a lo menos enviasen a los siracusanos socorro de gente de guerra por
mar.
La armada de los atenienses que estaba en Catana fue derechamente a
Mesena con esperanza de poderla tomar por tratos e inteligencias con
algunos de los ciudadanos, mas no pudieron lograr su empresa porque
Alcibíades, sabiendo estos tratos, después que partió del campamento
y viéndose ya desterrado de Atenas, por hacer daño a los atenienses
descubrió en secreto la traición a los de la ciudad, que eran del
partido de los siracusanos, los cuales primeramente mataron a los
ciudadanos que hallaron culpados, y después excitaron a los otros del
pueblo contra los atenienses, y todos a una opinaron que no fueran
recibidos en la ciudad.
Los atenienses después de estar trece días delante de la ciudad, viendo
que el invierno llegaba, que comenzaban a faltarles los víveres, y
también que no podían lograr su propósito, se retiraron a Naxos, donde
fortificaron su campo con fosos y baluartes para pasar el invierno, y
enviaron un trirreme a Atenas para que les mandaran socorro de gente
de a caballo y dinero, a fin de que al llegar la primavera pudiesen
salir al campo con su gente.
Por otra parte los siracusanos durante el invierno cercaron de muro y
fortalecieron todo el arrabal, que está a la parte de Epípolas, para
que, si por mala dicha, otra vez fuesen vencidos en batalla, tuviesen
mayor sitio donde acogerse dentro de la cerca de la ciudad. Además
hicieron nuevas fortificaciones junto al Olimpieo y el lugar llamado
Mégara, y pusieron gente de guarnición en estas playas. Para más
seguridad construyeron fuertes en todas las partes donde los enemigos
pudiesen saltar en tierra contra los de la ciudad.
Sabiendo después que los atenienses invernaban en Naxos, salieron
de la ciudad con toda la gente de armas que en ella había, y fueron
derechamente a Catana, robaron y talaron la tierra, y quemaron las
tiendas y pabellones que los atenienses habían dejado de cuando
asentaron allí su campamento, y hecho esto regresaron a sus casas.