Arenga de Nicias a los atenienses para animarlos a la batalla.
«Varones atenienses y vosotros nuestros aliados y compañeros de guerra,
no necesito haceros grandes amonestaciones para la batalla, aunque para
esto solo os habéis reunido aquí; y no lo necesito porque, a mi parecer,
este aparato de guerra que al presente veis que tenemos tan bueno es
más que bastante para daros esfuerzo y osadía, y mejor que todas las
razones por convincentes que fuesen, si por el contrario tuviésemos
fuerzas muy flacas. Porque estando aquí juntos argivos, mantineos y
atenienses, y los mejores y más principales de las islas, decidme, ¿hay
razón para que con tantos y tan buenos amigos y compañeros de guerra
no tengamos por cierta y segura la victoria? Con tanto más motivo
cuanto que nuestra contienda es con hombres de comunidad y canalla, no
escogidos para pelear como nosotros, y estos sicilianos aunque de lejos
nos desafían, de cerca no se atreverán a esperarnos, porque no tienen
tanto saber ni experiencia en las armas cuanto atrevimiento y osadía.
»Por tanto, bueno será que cada cual de vosotros piense consigo mismo
que aquí estamos en tierra extraña y muy lejos de la nuestra, y que
por ninguna vía estos sicilianos serán amigos nuestros, ni los podemos
conquistar ni ganar de otra suerte sino con las armas en la mano
peleando animosamente.
»Quiero, pues, deciros todas las razones contrarias a las que sé muy
bien que dirán los capitanes enemigos a los suyos. Diránles que miren
pelean por la honra y defensa de su tierra, y yo os digo que miréis
que nosotros estamos en tierra extraña, en la cual nos conviene vencer
peleando, o perder del todo la esperanza de poder regresar salvos a la
nuestra, pues sabemos la mucha caballería que tienen, con la cual nos
podrán destruir si una vez nos viesen desordenados.
»Así, pues, como hombres valientes y animosos, acordándoos de vuestra
virtud y esfuerzo, acometed con ánimo y corazón a vuestros enemigos,
y pensad que la necesidad en que podemos encontrarnos es mucho más de
temer que las fuerzas y poder de los enemigos.»
Cuando Nicias arengó de esta manera a los suyos, mandó que saliesen
derechamente contra los enemigos, los cuales no esperaban que los
atenienses les presentaran la batalla tan pronto, y por esta causa
algunos habían ido a la ciudad que estaba cerca de su campamento.
Mas al saber la venida de los enemigos salieron a buen trote de la
ciudad para unirse con los suyos y ayudarles, aunque no pudieron ir
ordenadamente, sino mezclados y entremetidos unos con otros.
En esta batalla, como en las otras, mostraron que no tenían menos
esfuerzo y osadía que los contrarios, ni menos saber ni experiencia de
la guerra que los atenienses, defendiéndose y acometiendo valerosamente
al ver la oportunidad, y cuando les era forzado retirarse, lo hacían,
aunque muy contra su voluntad.
Esta vez, no creyendo que los atenienses les acometerían los primeros,
y a causa de ellos, cogidos por sorpresa, arrebataron sus armas y les
salieron al encuentro.
Al principio hubo una escaramuza de ambas partes entre los honderos y
flecheros y tiradores que duró buen rato, revolviendo los unos sobre
los otros, según suele suceder en tales encuentros de gente de guerra
armados a la ligera. Mas después que los adivinos de una parte y de
la otra declararon que los sacrificios se les mostraban prósperos y
favorables, dieron la señal para la batalla, y llegaron a encontrarse
los unos contra los otros en el orden arriba dicho con gran ánimo y
osadía, porque los siracusanos tenían en cuenta que peleaban por su
patria, por la vida y salud de todos y por su libertad en lo porvenir,
y por el contrario, los atenienses, pensaban que combatían por
conquistar y ganar la tierra ajena, y no recibir mal ni daño en la suya
propia si fuesen vencidos, y los argivos y los otros aliados suyos que
eran libres y francos, por ayudar a los atenienses señaladamente en
aquella jornada, y también por la codicia que cada cual de ellos tenía
de volver rico y victorioso a su tierra.
Los otros súbditos de los atenienses peleaban también de tan buena
gana, porque no esperaban poder regresar salvos a su tierra si no
alcanzaban la victoria, y aunque otra cosa no les moviera, pensaban que
haciendo su deber, y peleando valientemente, en adelante serían mejor
tratados por sus señores, por razón de haberles ayudado a conquistar
tan hermosa tierra.
Cuando cesaron los tiros de venablos y piedras de una parte y de otra,
al venir a las manos, pelearon gran rato sin que los unos ni los otros
retrocediesen; mas estando en el combate sobrevino un gran aguacero con
muchos truenos y relámpagos, de lo cual los siracusanos, que entonces
peleaban por primera vez, se espantaron grandemente por no estar
acostumbrados a las cosas de la guerra; pero los atenienses, que tenían
más experiencia y estaban habituados a ver semejantes tempestades,
atribuyeron aquello a la estación del año y no hacían acaso. Esto
aumentó el miedo de los siracusanos pensando que los enemigos tomaban
aquellas señales del cielo en su favor y en daño de ellos.
Los primeros de todos los argivos por una parte y los atenienses por
otra, cargaron tan reciamente sobre el ala izquierda de los siracusanos
que los desbarataron y pusieron en huida, aunque no los siguieron gran
trecho al alcance, por temor a la gente de a caballo de los enemigos,
que era mucha y no había sido aún rota, sino que estaba firme y fuerte
en su posición, y cuando iban algunos de los atenienses demasiado
adelante, los suyos salían a ellos y los detenían mal de su grado.
Por esta causa los atenienses seguían cerrados en un escuadrón al
alcance a los siracusanos que huían hacia donde pudieron. Después se
retiraron en orden a su campo, y allí levantaron trofeo en señal de
victoria. Los siracusanos se retiraron asimismo lo mejor que pudieron,
y se reunieron en su campamento, junto al camino de Heloro. Desde
allí enviaron parte de su gente al templo Olimpieo que estaba cerca,
temiendo que los atenienses fueran a robarlo, porque había dentro gran
cantidad de oro y plata, y el resto del ejército se metió en la ciudad.
Los atenienses no quisieron ir hacia el templo, ocupándose en recoger
los suyos que habían muerto en la batalla, y estuvieron quedos aquella
noche.
Al día siguiente los siracusanos reconociendo la victoria a los
atenienses les pidieron sus muertos para sepultarlos, hallando entre
todos, así de los ciudadanos como de sus aliados, hasta doscientos
cincuenta, y de los atenienses y de sus aliados cerca de cincuenta.
Cuando los atenienses quemaron los muertos, según tenían por costumbre,
recogidos sus huesos con los despojos de los enemigos volvieron a
Catana, porque ya se acercaba el invierno, y no era tiempo de hacer
guerra, ni tampoco tenían buenos recursos para hacerla hasta que
llegara la gente de a caballo que esperaban, así de los atenienses como
de sus aliados, y además dinero para pagar los equipos y provisiones
necesarias. Proyectaban también tener durante el invierno negociaciones
e inteligencias con algunas ciudades de Sicilia, y atraerlas a su
devoción y partido, teniendo por causa bastante el buen suceso de
la victoria alcanzada, y además querían acopiar las provisiones de
vituallas y de todas las otras cosas necesarias para poner de nuevo
cerco a Siracusa en el verano. Estas fueron en efecto las causas
principales que movieron a los atenienses a pasar el invierno en Catana
y en Naxos.