XII.

Arenga de Nicias a los atenienses para animarlos a la batalla.

«Varones atenienses y vosotros nuestros aliados y compañeros de guerra,

no necesito haceros grandes amonestaciones para la batalla, aunque para

esto solo os habéis reunido aquí; y no lo necesito porque, a mi parecer,

este aparato de guerra que al presente veis que tenemos tan bueno es

más que bastante para daros esfuerzo y osadía, y mejor que todas las

razones por convincentes que fuesen, si por el contrario tuviésemos

fuerzas muy flacas. Porque estando aquí juntos argivos, mantineos y

atenienses, y los mejores y más principales de las islas, decidme, ¿hay

razón para que con tantos y tan buenos amigos y compañeros de guerra

no tengamos por cierta y segura la victoria? Con tanto más motivo

cuanto que nuestra contienda es con hombres de comunidad y canalla, no

escogidos para pelear como nosotros, y estos sicilianos aunque de lejos

nos desafían, de cerca no se atreverán a esperarnos, porque no tienen

tanto saber ni experiencia en las armas cuanto atrevimiento y osadía.

»Por tanto, bueno será que cada cual de vosotros piense consigo mismo

que aquí estamos en tierra extraña y muy lejos de la nuestra, y que

por ninguna vía estos sicilianos serán amigos nuestros, ni los podemos

conquistar ni ganar de otra suerte sino con las armas en la mano

peleando animosamente.

»Quiero, pues, deciros todas las razones contrarias a las que sé muy

bien que dirán los capitanes enemigos a los suyos. Diránles que miren

pelean por la honra y defensa de su tierra, y yo os digo que miréis

que nosotros estamos en tierra extraña, en la cual nos conviene vencer

peleando, o perder del todo la esperanza de poder regresar salvos a la

nuestra, pues sabemos la mucha caballería que tienen, con la cual nos

podrán destruir si una vez nos viesen desordenados.

»Así, pues, como hombres valientes y animosos, acordándoos de vuestra

virtud y esfuerzo, acometed con ánimo y corazón a vuestros enemigos,

y pensad que la necesidad en que podemos encontrarnos es mucho más de

temer que las fuerzas y poder de los enemigos.»

Cuando Nicias arengó de esta manera a los suyos, mandó que saliesen

derechamente contra los enemigos, los cuales no esperaban que los

atenienses les presentaran la batalla tan pronto, y por esta causa

algunos habían ido a la ciudad que estaba cerca de su campamento.

Mas al saber la venida de los enemigos salieron a buen trote de la

ciudad para unirse con los suyos y ayudarles, aunque no pudieron ir

ordenadamente, sino mezclados y entremetidos unos con otros.

En esta batalla, como en las otras, mostraron que no tenían menos

esfuerzo y osadía que los contrarios, ni menos saber ni experiencia de

la guerra que los atenienses, defendiéndose y acometiendo valerosamente

al ver la oportunidad, y cuando les era forzado retirarse, lo hacían,

aunque muy contra su voluntad.

Esta vez, no creyendo que los atenienses les acometerían los primeros,

y a causa de ellos, cogidos por sorpresa, arrebataron sus armas y les

salieron al encuentro.

Al principio hubo una escaramuza de ambas partes entre los honderos y

flecheros y tiradores que duró buen rato, revolviendo los unos sobre

los otros, según suele suceder en tales encuentros de gente de guerra

armados a la ligera. Mas después que los adivinos de una parte y de

la otra declararon que los sacrificios se les mostraban prósperos y

favorables, dieron la señal para la batalla, y llegaron a encontrarse

los unos contra los otros en el orden arriba dicho con gran ánimo y

osadía, porque los siracusanos tenían en cuenta que peleaban por su

patria, por la vida y salud de todos y por su libertad en lo porvenir,

y por el contrario, los atenienses, pensaban que combatían por

conquistar y ganar la tierra ajena, y no recibir mal ni daño en la suya

propia si fuesen vencidos, y los argivos y los otros aliados suyos que

eran libres y francos, por ayudar a los atenienses señaladamente en

aquella jornada, y también por la codicia que cada cual de ellos tenía

de volver rico y victorioso a su tierra.

Los otros súbditos de los atenienses peleaban también de tan buena

gana, porque no esperaban poder regresar salvos a su tierra si no

alcanzaban la victoria, y aunque otra cosa no les moviera, pensaban que

haciendo su deber, y peleando valientemente, en adelante serían mejor

tratados por sus señores, por razón de haberles ayudado a conquistar

tan hermosa tierra.

Cuando cesaron los tiros de venablos y piedras de una parte y de otra,

al venir a las manos, pelearon gran rato sin que los unos ni los otros

retrocediesen; mas estando en el combate sobrevino un gran aguacero con

muchos truenos y relámpagos, de lo cual los siracusanos, que entonces

peleaban por primera vez, se espantaron grandemente por no estar

acostumbrados a las cosas de la guerra; pero los atenienses, que tenían

más experiencia y estaban habituados a ver semejantes tempestades,

atribuyeron aquello a la estación del año y no hacían acaso. Esto

aumentó el miedo de los siracusanos pensando que los enemigos tomaban

aquellas señales del cielo en su favor y en daño de ellos.

Los primeros de todos los argivos por una parte y los atenienses por

otra, cargaron tan reciamente sobre el ala izquierda de los siracusanos

que los desbarataron y pusieron en huida, aunque no los siguieron gran

trecho al alcance, por temor a la gente de a caballo de los enemigos,

que era mucha y no había sido aún rota, sino que estaba firme y fuerte

en su posición, y cuando iban algunos de los atenienses demasiado

adelante, los suyos salían a ellos y los detenían mal de su grado.

Por esta causa los atenienses seguían cerrados en un escuadrón al

alcance a los siracusanos que huían hacia donde pudieron. Después se

retiraron en orden a su campo, y allí levantaron trofeo en señal de

victoria. Los siracusanos se retiraron asimismo lo mejor que pudieron,

y se reunieron en su campamento, junto al camino de Heloro. Desde

allí enviaron parte de su gente al templo Olimpieo que estaba cerca,

temiendo que los atenienses fueran a robarlo, porque había dentro gran

cantidad de oro y plata, y el resto del ejército se metió en la ciudad.

Los atenienses no quisieron ir hacia el templo, ocupándose en recoger

los suyos que habían muerto en la batalla, y estuvieron quedos aquella

noche.

Al día siguiente los siracusanos reconociendo la victoria a los

atenienses les pidieron sus muertos para sepultarlos, hallando entre

todos, así de los ciudadanos como de sus aliados, hasta doscientos

cincuenta, y de los atenienses y de sus aliados cerca de cincuenta.

Cuando los atenienses quemaron los muertos, según tenían por costumbre,

recogidos sus huesos con los despojos de los enemigos volvieron a

Catana, porque ya se acercaba el invierno, y no era tiempo de hacer

guerra, ni tampoco tenían buenos recursos para hacerla hasta que

llegara la gente de a caballo que esperaban, así de los atenienses como

de sus aliados, y además dinero para pagar los equipos y provisiones

necesarias. Proyectaban también tener durante el invierno negociaciones

e inteligencias con algunas ciudades de Sicilia, y atraerlas a su

devoción y partido, teniendo por causa bastante el buen suceso de

la victoria alcanzada, y además querían acopiar las provisiones de

vituallas y de todas las otras cosas necesarias para poner de nuevo

cerco a Siracusa en el verano. Estas fueron en efecto las causas

principales que movieron a los atenienses a pasar el invierno en Catana

y en Naxos.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 32 / 76 题