Después de la partida de Alcibíades, los dos jefes de la armada que
quedaron ejecutan algunos hechos de guerra en Sicilia, sitiando
Siracusa y derrotando a los siracusanos.
Después de la partida de Alcibíades, los otros dos capitanes de los
atenienses que quedaron en Sicilia dividieron el ejército en dos
partes, y por suerte cada cual tomó a su cargo una.
Hecho esto partieron ambos con todo el ejército hacia Selinunte y
Egesta, para saber si los egesteos estaban decididos a darles el
socorro de dinero que les habían prometido, y conocer el estado en que
encontraban los negocios de los selinuntios, y las diferencias que
tenían con los egesteos.
Navegando al largo de la mar, dejando a la isla de Sicilia a la parte
de mar de Jonia, a mano izquierda, vinieron a aportar delante de la
ciudad de Hímera, la única en aquellas partes habitada por griegos;
pero los de Hímera no quisieron recibir a los atenienses, y al partir
de allí fueron derechamente a una villa nombrada Hícara, la cual,
aunque poblada por sicilianos, era muy enemiga de los egesteos, y por
esta causa la robaron y saquearon, entregándola después a los egesteos.
Entretanto llegó la gente de a caballo de los egesteos, que con la
infantería de los atenienses se internaron en la isla, robando y
destruyendo todos los lugares que hallaron hasta Catana. Sus barcos
iban costeando a lo largo de la mar, y en ellos cargaban toda la presa
que cogían, así de cautivos y bestias como de otros despojos.
Al partir de Hícara, Nicias fue derechamente a la ciudad de Egesta,
donde recibió de los egesteos treinta talentos para el pago del
ejército, y habiendo provisto allí las cosas necesarias, volvió con
ellos al ejército.
Además de esta suma percibió hasta ciento y veinte talentos que importó
el precio de los despojos vendidos.
Después fueron navegando alrededor de la isla, y de pasada ordenaron a
sus aliados y confederados que les enviasen la gente de socorro que les
habían prometido, y así, con la mitad de su armada vinieron a aportar
delante de la villa de Hibla, que está en tierra de Gela, y era del
partido contrario, pensando tomarla por asalto; mas no pudieron salir
con su empresa, y en tanto llegó el fin del verano.
Al principio del invierno los atenienses dispusieron todas las cosas
necesarias para poner cerco a Siracusa, y también los siracusanos se
preparaban para salirles al encuentro, porque al ver que los atenienses
no habían osado acometerles antes, cobraron más ánimo y les tenían
menos temor. Alentábales el saber que habiendo recorrido los enemigos
la mar por la otra parte, bien lejos de su ciudad, no pudieron tomar
la villa de Hibla; de lo cual los siracusanos estaban tan orgullosos,
que rogaban a sus capitanes los llevasen a Catana donde acampaban los
atenienses puesto que no osaban ir contra ellos, y los siracusanos de a
caballo iban diariamente a correr hasta el campo de los enemigos. Entre
otros baldones y denuestos que les decían, preguntábanles si habían ido
para morar en tierra ajena y no para restituir a los leontinos en la
suya.
Entendiendo esto los capitanes atenienses, procuraban atraer los
caballos siracusanos y apartarlos lo más lejos que pudiesen de la
ciudad, para después más seguramente llegar de noche con su armada
delante de Siracusa y establecer su campamento en el lugar que les
pareciese más conveniente, pues sabían bien que si al saltar en
tierra hallaban a los enemigos en orden y a punto para impedirles el
desembarco, o si querían tomar el camino por tierra con el ejército
desde allí hasta la ciudad, les sería más dificultoso, porque la
caballería podría hacer mucho daño a sus soldados que iban armados a
la ligera, y aun a toda la infantería, a causa de que los atenienses
tenían muy poca gente de a caballo, y haciendo lo que habían pensado,
podrían, sin estorbo alguno, tomar el lugar que quisiesen para asentar
su campamento antes que la caballería siracusana volviese. El lugar
más conveniente se lo indicaron algunos desterrados de Siracusa, que
acompañaban al ejército, y era junto al Olimpieo.
Para poner en ejecución su propósito usaron de este ardid: enviaron un
espía en quien confiaban mucho a los capitanes siracusanos, sabiendo
de cierto que darían crédito a lo que les dijese. Este fingió ser
enviado por algunas personas principales de la ciudad de Catana, de
donde era natural, y los mismos capitanes le conocían muy bien, y
sabían su nombre, diciéndoles que estos de Catana eran todavía de su
partido, y que si querían ellos les harían ganar la victoria contra
los atenienses por este medio. Una parte de los atenienses estaban
aún dentro de la villa sin armas. Si los siracusanos querían salir un
día señalado de su ciudad e ir con todas sus fuerzas a la villa, de
manera que llegasen al despuntar el alba los principales de Catana, que
les nombró por amigos con sus cómplices, expulsarían fácilmente a los
atenienses que estaban dentro de la villa y pondrían fuego a los barcos
que tuvieran en el puerto; hecho esto los siracusanos daban sobre el
campo de los atenienses asentado fuera de la villa y los podrían vencer
y desbaratar sin riesgo ni peligro.
Además decía que había otros muchos ciudadanos en Catana convenidos
para esta empresa, los cuales estaban prontos y determinados a ponerla
por obra, y que por esto solo le habían enviado.
Los capitanes siracusanos, que eran atrevidos y además tenían codicia
de buscar a los enemigos en su campo, creyeron de ligero a este espía,
y conviniendo con él el día en que se habían de hallar en Catana, le
enviaron con la respuesta a los mismos principales habitantes, que el
espía decía haberle dado aquella comisión.
El día señalado salieron todos los de Siracusa con el socorro de los
selinuntios y algunos otros aliados que habían ido para ayudarles.
Iban sin orden ni concierto alguno por la gana que tenían de pelear, y
fueron a alojarse en un lugar cerca de Catana, junto al río de Simeto,
en tierra de los leontinos.
Entonces los atenienses, sabiendo de cierto su llegada, mandaron
embarcar toda la gente de guerra que tenían, así atenienses como
sicilianos, y algunos otros que se les habían unido, y de noche
desplegaron las velas y navegaron derechamente hacia Siracusa, donde
arribaron al amanecer y echaron áncoras en el gran puerto que está
delante del Olimpieo para saltar en tierra.
Entretanto la gente de a caballo de los siracusanos que había partido
para Catana, al saber que todos los barcos de la armada de los
atenienses habían partido de Catana, dieron aviso de ello a la gente de
a pie, y todos se volvieron para acudir en socorro de su ciudad; mas
por ser el camino largo por tierra, antes de que pudiesen llegar, los
atenienses habían desembarcado y alojado su campo en el lugar escogido
por mejor, desde donde podían pelear con ventaja sin recibir daño de
la gente de a caballo antes que pudiesen hacer sus parapetos, y menos
después de hacerlos, porque estaba resguardado de baluartes y algunos
edificios viejos que había allí, y además por la mucha arboleda y un
estanque y cavernas de madera, de suerte que no podían venir sobre
ellos por aquel lado, sobre todo, gente de a caballo. Por la otra
parte, habían cortado muchos árboles que estaban cerca, y los habían
llevado al puerto, clavándolos atravesados en cruz para impedir o
estorbar que pudiesen atacar a los barcos. También por la parte que su
campo estaba más bajo y la entrada mejor para los enemigos, hicieron
un baluarte con grandes piedras y maderos a toda prisa, de suerte que
con gran dificultad podían ser atacados por allí; después rompieron el
puente que había por donde podían pasar a las naves.
Todo esto lo hicieron sin riesgo y sin que persona alguna saliese de
la ciudad a estorbarlos, porque todos estaban fuera, como he dicho, y
no habían vuelto de Catana. La caballería llegó primero y poco después
toda la gente de a pie que había salido del pueblo. Todos juntos fueron
hacia el campo de los atenienses, mas viendo que no salían contra
ellos, se retiraron y acamparon a la otra parte del camino que va a
Heloro.
Al día siguiente los atenienses salieron a pelear, y ordenaron sus
haces de esta manera. En la punta derecha pusieron a los argivos y
mantineos, en la siniestra los otros aliados y en medio los atenienses.
La mitad del escuadrón estaba compuesto de ocho hileras por frente, y
la otra mitad situada a la parte de las tiendas y pabellones de otras
tantas todo cerrado. A esta postrera mandaron que acudiese a socorrer a
la parte que viesen en aprieto. Entre estos dos escuadrones pusieron el
bagaje, y la gente que no era de pelea.
De la parte contraria, los siracusanos pusieron a punto su gente, así
los de la ciudad como los extranjeros, todos bien armados, entre los
cuales estaban los selinuntios, que fueron los primeros en avanzar,
y tras ellos los de Gela que eran hasta doscientos caballos y los de
Camarina hasta veinte, y cerca de cincuenta flecheros. Pusieron todos
los de a caballo en la punta derecha que serían hasta mil y doscientos,
y tras ellos toda la otra infantería y los tiradores. Estando las haces
ordenadas a punto de batalla, porque los atenienses eran los primeros
que habían de acometer, Nicias, su capitán, puesto en medio de todos
les habló de esta manera: