VIII.

Discurso de Atenágoras a los siracusanos.

«Si alguno hay que no diga que los atenienses son locos o insensatos,

si vinieren a acometernos en nuestra tierra, o que si vienen, no

vendrán a meterse en nuestras manos, este tal es bien medroso, y no

tiene amor ni quiere el bien de la república. No me maravillo tanto

de la osadía y temeridad de los que siembran estos rumores para poner

espanto en nuestro ánimo como de su locura y necedad si piensan que no

ha de saberse y ser manifiesto quienes son.

»La costumbre de aquellos que temen y recelan en particular, es

procurar poner miedo a toda la ciudad para encubrir y ocultar su miedo

particular so color del común temor. Por donde yo entiendo que estos

rumores que corren de la venida de la armada de los atenienses no han

nacido espontáneamente, sino que los hacen correr con malicia los

acostumbrados a promover semejantes cosas.

»Si me queréis creer y usar de buen consejo, no hagáis caso alguno de

ellos, sino antes considerad la condición y calidad de aquellos de

quien se dice que son hombres sabios y experimentados, como a la verdad

yo estimo que lo son los atenienses. Reconociéndolos por tales, no me

parece verosímil que aun no estando ellos del todo libres de la guerra

que tienen con los peloponesios, quieran abandonar su tierra y venir a

comenzar aquí una nueva guerra, que no será menor que la otra, antes

pienso que se tendrán por dichosos si no vamos nosotros a acometerles

en su tierra, habiendo en esta isla tantas ciudades y tan poderosas,

que si vinieren, como se dice, han de pensar que la isla de Sicilia

es más poderosa para combatirles y vencerles que todo el Peloponeso

junto, pues esta isla está abastecida mejor y provista de todas las

cosas necesarias para la guerra, y principalmente esta nuestra ciudad

que solo ella es más poderosa que toda la armada que dicen viene contra

nosotros, aunque fuese mucho mayor, pues no pueden traer gente de a

caballo, ni menos la podrán hallar por acá, sino por acaso algunos

pocos que les podrían dar los egesteos, y de gente de a pie no pueden

venir en tan gran número como nosotros tenemos, pues los han de traer

por mar, y es cosa difícil que el gran número de naves necesarias para

traer vituallas y otras cosas indispensables en un ejército tan grande

como se requiere para conquistar una ciudad de tanto poder cual es la

nuestra, pueda venir en salvo y segura hasta aquí.

»También me parece poco verosímil que, aunque los atenienses tuviesen

alguna villa o ciudad que fuese su colonia tan poblada de gente como

esta nuestra ciudad en algún lugar aquí cerca, y que desde esta

quisiesen venir a acometernos, puedan volver sin pérdida y daño, por

lo tanto con más razón se debe esperar viniendo de tan lejos contra

toda Sicilia, la cual, tengo por cierto, que se declarará por completo

contra ellos, porque los atenienses por fuerza han de asentar su campo

en algún lugar de la costa para la seguridad de su armada, que tendrán

siempre a la vista sin atreverse a entrar en el interior de la tierra

por temor a la caballería, cuanto más que apenas podrán tomar tierra,

porque tengo por mucho mejores hombres de guerra a los nuestros que a

los suyos, y sabido esto, aseguro que los atenienses, antes pensarán

en guardar su tierra, que en venir a ganar la nuestra.

»Pero hay algunos hombres en esta ciudad que van diciendo cosas que

ni son ni podrán ser jamás, y no es esta la primera vez que les

contradigo, sino que otras muchas he hallado que esparcen estas

noticias y otras peores para poner temor al vulgo crédulo, y por esta

vía tomar y usurpar el mando de la ciudad. En gran manera temo que

haciendo esto a menudo salgan alguna vez con su intención, y que seamos

tan cobardes, y para poco, que nos dejemos oprimir por ellos antes de

poner remedio, pues sabiendo y conociendo su mala intención no les

castigamos.

»Tal es la causa en mi entender de que nuestra ciudad esté muchas veces

desasosegada con bandos y sediciones que provocan guerras civiles, con

las cuales ha sido más veces trabajada que por guerras de extranjeros,

y aun algunas veces sujetada por algunos tiranos de la misma isla.

»Mas si vosotros me queréis seguir yo trabajaré en remediarlo de

suerte que en nuestros tiempos no tengamos por qué temer esto entre

nosotros, y os probaré con evidentes razones que se consigue castigando

a los que inventan y traman estas cosas, y no solamente a los que

fueren convencidos del crimen (porque sería muy difícil averiguar

esto), sino también a los que otras veces han intentado lo mismo,

aunque sin lograrlo. Porque todos aquellos que quieren estar seguros

de sus enemigos no solo deben parar mientes en lo que estos hacen

para defenderse de ellos, sino también presumir lo que intentan hacer

en adelante, porque si no cuidan de esto, podría ser que fuesen los

primeros en recibir mal y daño.

»A mi parecer, no podremos apartar de su mala voluntad a esta gente que

procura reducir el estado y gobierno común de esta ciudad al número y

mando de pocos hombres principales y poderosos, si no fuere procurando

descubrir sus intenciones y guardarse de ellos, por las razones y

conjeturas que existen de sus intentos.

»Y a la verdad, muchas veces he pensado que lo que pretendéis los

mancebos de tener desde ahora cargos y mandos, no es justo ni razonable

según nuestras leyes, las cuales fueron hechas para impedirlo, no por

haceros injuria, sino solamente por la falta de experiencia en vuestra

edad. Los podréis tener cuando fuereis de edad cumplida, como los otros

ciudadanos, siendo lo justo y razonable que hombres de una misma ciudad

y de un mismo estado, tengan igual derecho a las honras y preeminencias.

»Dirán por ventura algunos que este estado y mando común del pueblo,

no puede ser nunca equitativo, y que los más ricos y poderosos son

siempre los más hábiles y suficientes para gobernar la república, a

los cuales respondo en cuanto a lo primero, que el nombre de gobierno

popular se entiende tan solo para una parte de él, y respecto a lo

segundo, que para la guarda del dinero del común, los ricos son más

idóneos, mas para dar muy buen consejo, los más cuerdos y sabios, y

los que mejor entienden son los mejores. Cuando el pueblo reunido oye

los pareceres de todos, juzgan mucho mejor; y en el repartimiento de

las cosas, así en particular como en común, el estado popular lo hace

equitativamente, pero si lo han de hacer pocos y poderosos, reparten

los daños y perjuicios a los más, y de los provechos dan muy poca parte

a los otros, antes los toman todos para sí.

»Esto es lo que desean en el día de hoy los más ricos y poderosos, y

principalmente los mancebos, que son muy numerosos en una tan gran

ciudad; y los que esto desean están fuera de juicio si no entienden que

quieren el mal de la ciudad, o por mejor decir, son los más ignorantes

de todos los griegos que yo he conocido; y si lo entienden, son los más

injustos al desearlo.

»Si lo comprendéis así por mis razones, o lo sabéis por vosotros

mismos, debéis procurar igualmente en lo que toca al bien y pro común

de la ciudad; considerando que aquellos de entre vosotros que son los

más ricos y poderosos, tienen más obligación al bien común que lo

restante del pueblo; y que si queréis procurar lo contrario, os ponéis

en peligro de perderlo todo; por lo cual debéis desechar y apartar

de vosotros estos noveleros y acarreadores de noticias y mentiras,

como hombres conocidos por tales de antes, y no permitir que hagan

su provecho con estas sus invenciones, porque aunque los atenienses

viniesen, esta ciudad es bastante poderosa para resistirles y también

tenemos gobernadores y caudillos que sabrán muy bien proveer lo

necesario para ello.

»Si la cosa no es verdad, como yo pienso, vuestra ciudad atemorizada

por tales fingidas nuevas, no nos pondrá en sujeción de personas que

con esta ocasión procuran ser vuestros capitanes y caudillos, antes

sabiendo por sí misma la verdad, juzgará las palabras de estos iguales

a sus obras, de manera que no pierda la libertad presente, sino

que por temor de los rumores que corren, antes procurará guardarla

y conservarla con buenas y ordenadas precauciones para las cosas

venideras.»

De esta manera habló Atenágoras, y tras él otros muchos quisieron

razonar, mas se levantó uno de los gobernadores principales de la

ciudad y no permitió a ninguno que hablase, expresándose él en los

siguientes términos:

«No me parece que es cordura usar tales palabras calumniosas unos

contra otros, ni son para que se deban decir ni menos para ser oídas,

sino antes parar mientes en las nuevas que corren para que cada cual

así en común como en particular, y toda la ciudad se prepare a resistir

a los que vienen contra nosotros, y si no fuese verdad su venida ni

menester preparativos de defensa, ningún daño recibirá la ciudad

por estar apercibida de caballos y armas, y todas las otras cosas

necesarias para la guerra. En lo que a nosotros toca, y a nuestro

cargo haremos todo lo posible con gran diligencia para proveerlo así,

espiando a los enemigos, enviando avisos a las otras ciudades de

Sicilia, y haciendo todo lo que nos pareciere conveniente y necesario

en este caso como ya lo hemos comenzado a hacer. En lo demás que se nos

ofreciere os avisaremos.»

Con esta conclusión se disolvió la asamblea.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 28 / 76 题