Parte de Corcira la armada de los atenienses y es mal recibida así en
Italia como en Sicilia.
Cuando el gobernador pronunció este discurso a los siracusanos,
partieron todos del Senado.
Entretanto los atenienses y sus aliados estaban ya reunidos en Corcira.
Antes de salir de allí los capitanes de la armada mandaron pasar
revista a su gente para ordenar cómo podrían navegar por la mar, y
después de saltar en tierra, cómo distribuirían su ejército. Para
ello dividieron toda la armada en tres partes, de las cuales los tres
capitanes tomaron el mando según les cupo por suerte. Hicieron esto
temiendo que si iban todos juntos no podrían hallar puerto bastante
para acogerlos, y también porque no les faltase el agua y las otras
vituallas, y porque estando el ejército así repartido, sería más fácil
llevarle y gobernarle teniendo cada compañía su caudillo.
Enviaron después tres naves por delante a Italia y a Sicilia, una
de cada división para reconocer las ciudades y saber si los querían
recibir como amigos. Mandaron a estas naves que les trajesen la
respuesta diciéndoles el camino que habían ordenado seguir.
Así hecho, los atenienses, con gran aparato de fuerza, hicieron
rumbo desde Corcira, y tomaron el camino directamente a Sicilia con
su armada, que tenía por junto ciento veinticuatro barcos de a tres
hileras de remos, y dos de Rodas de a dos. Entre las de tres había
ciento de Atenas, de las cuales sesenta iban a la ligera, y las otras
llevaban la gente de guerra; lo restante de la armada lo habían
provisto los de Quíos y otros aliados de los atenienses.
La gente de guerra que iba en esta armada sería, en suma, cinco mil
y cien infantes, de los cuales mil y quinientos eran atenienses, que
tenían setecientos criados para el servicio; de los otros, así aliados
como súbditos, y principalmente de los argivos, había quinientos,
y de los mantineos y otros reclutados a sueldo, había doscientos
cincuenta tiradores; flecheros, cuatrocientos ochenta; de los cuales
cuatrocientos eran de Rodas y ochenta de Creta; setecientos honderos
de Rodas; cien soldados de Mégara desterrados, armados a la ligera, y
treinta de a caballo en una hipagoga, que es nave para llevar caballos,
tal fue la armada de los atenienses al principio de aquella guerra.
Además de estas había otras treinta naves gruesas de porte, que
llevaban vituallas y otras provisiones necesarias, y panaderos,
y herreros, y carpinteros, y otros oficiales mecánicos con sus
herramientas e instrumentos necesarios para hacer y labrar muros.
También iban otros cien barcos que necesariamente habían de acompañar
a las naves gruesas, y otros muchos buques de todas clases que por su
voluntad seguían a la armada para tratar y negociar con sus mercaderías
en el campamento.
Toda esta armada se reunió junto a Corcira, y toda junta pasó el golfo
del mar de Jonia, pero después se dividió; una parte de ella aportó al
cabo o promontorio de Yapigia, otra a Tarento, y las otras a diversos
lugares de Italia, donde mejor pudieron desembarcar. Mas ninguna ciudad
hallaron que los quisiese recibir, ni para tratar ni de otra manera,
sino que solamente les permitieron que saltaran a tierra para tomar
agua, víveres frescos y otras provisiones necesarias; excepto los
tarentinos y locros, que por ninguna vía les permitieron poner los pies
en su tierra.
De esta manera pasaron navegando por la mar sin parar hasta llegar
al promontorio y cabo de Regio, que está al fin de Italia, y aquí
porque les fue negada la entrada de la ciudad, se reunieron todos y se
alojaron fuera de la ciudad, junto al templo de Diana, donde los de la
ciudad les enviaron vituallas y otras cosas necesarias por su dinero.
Allí metieron su naves en el puerto y descansaron algunos días.
Entretanto tuvieron negociaciones con los de Regio, rogándoles que
ayudaran a los leontinos, puesto que también eran calcídeos de nación
como ellos; mas los de Regio les respondieron resueltamente que no
se querían entrometer en la guerra de los sicilianos, ni estar con
los unos ni con los otros, sino que en todo y por todo harían como
los otros italianos. No obstante esta respuesta, los atenienses, por
el deseo que tenían de realizar su empresa de Sicilia, esperaban los
trirremes que habían enviado a Egesta para saber cómo estaban las cosas
de la tierra, principalmente en lo que tocaba al dinero de que los
embajadores de los egesteos se habían alabado en Atenas que hallarían
en su ciudad, lo cual no resultó cierto.
Durante este tiempo los siracusanos tuvieron noticias seguras de muchas
partes, y principalmente por los barcos que habían enviado por espías,
de cómo la armada de los atenienses había arribado a Regio. Entonces lo
creyeron de veras, y con la mayor diligencia que pudieron prepararon
todo lo necesario para su defensa, enviando a los pueblos de Sicilia
a unos embajadores, y a otros gente de guarnición para defenderse,
mandando reunir en el puerto de su ciudad todos los buques que pudieron
para la defensa de ella, haciendo recuento de su gente y de las armas
y vituallas que había en la ciudad, y disponiendo, en efecto, todas
las otras cosas necesarias para la guerra, ni más ni menos que si ya
estuviera comenzada.
Los trirremes que los atenienses habían enviado a Egesta volvieron
estando estos en Regio, y les dieron por respuesta que en la ciudad de
Egesta no había tanto dinero como prometieron, y lo que había podía
montar hasta la suma de treinta talentos solamente, cosa que alarmó a
los capitanes atenienses y perdieron mucho ánimo viendo que al llegar
les faltaba lo principal en que fundaban su empresa, y que los de Regio
rehusaban tomar parte en la guerra con ellos, siendo el primer puerto
donde habían tocado, y a quien ellos esperaban ganar más pronto la
voluntad por ser parientes y deudos de los leontinos y de una misma
nación, como también porque siempre habían sido aficionados al partido
de los atenienses.
Todo esto confirmó la opinión de Nicias, porque siempre creyó y
defendió que los egesteos habían de engañar a los atenienses; mas los
otros dos capitanes, sus compañeros, se vieron burlados por la astucia
y cautela de que usaron los egesteos, cuando los primeros embajadores
de los atenienses fueron enviados a ellos para saber el tesoro que
tenían, pues al entrar en su ciudad los llevaron directamente al templo
de Venus, que está en el lugar de Erice, y allí les mostraron las
lámparas, incensarios y otros vasos sagrados que había en él, y los
presentes y otros muy ricos dones de gran valor, y porque todos eran de
plata, daban muestra y señal que había gran suma de dinero en aquella
ciudad, pues siendo tan pequeña había tanto en aquel templo. Además, en
todas las casas donde los atenienses que habían ido en aquella embajada
y en las naves fueron aposentados, sus huéspedes les mostraban gran
copia de vasos de oro y de plata, así del servicio como del aparador,
los cuales, en su mayor parte, habían traído prestados de sus amigos,
tanto de los de la tierra como de los fenicios y griegos, fingiendo
que todos eran suyos, y esta su magnificencia y manera de vivir
suntuosamente. Al ver los atenienses tan ricas vajillas en las casas,
y estas igualmente provistas, fue grande su admiración, y al volver
a Atenas, refirieron a los suyos haber visto tanta cantidad de oro y
plata que era espanto. De este modo los atenienses fueron engañados;
mas después que la gente de guerra que estaba en Regio conoció la
verdad en contrario por los mensajeros que había enviado, enojose
grandemente contra los capitanes, y estos tuvieron consejo sobre ello,
expresando Nicias la siguiente opinión.
Dijo que con toda el armada junta fueran a Selinunte, adonde
principalmente habían sido enviados para favorecer a los egesteos,
y que si estando allí los egesteos les daban paga entera para toda
la armada, entonces consultarían lo que debían de hacer, y si no les
daban paga entera para toda la armada, pedirles a lo menos provisiones
para sesenta naves que habían pedido de socorro. Si hacían esto, que
esperase allí la armada hasta tanto que hubiesen reconciliado en paz y
amistad los selinuntios con los egesteos, ora fuese por fuerza, ora por
conciertos, y después pasar navegando a la vista de las otras ciudades
de Sicilia para mostrarles el poder y fuerzas de los atenienses e
infundir temor a sus enemigos. Hecho esto, volver a sus casas y no
esperar más allí sino algunos días para, en caso oportuno, prestar
algún servicio a los leontinos y atraer a la amistad de los atenienses
otras ciudades de Sicilia, porque obrar de otra manera era poner en
peligro el estado de los atenienses a su costa y riesgo.
Alcibíades manifestó contraria opinión, diciendo que era gran vergüenza
y afrenta habiendo llegado con una tan gruesa armada tan lejos de su
tierra volver a ella sin hacer nada. Por tanto, le parecía que debían
enviar sus farautes y trompetas a todas las ciudades de Sicilia,
excepto Siracusa y Selinunte, para avisarles su venida, y procurar
ganar su amistad, excitando a los súbditos de los siracusanos y
selinuntios a rebelarse contra sus señores, y atraer los otros a la
alianza de los atenienses. Por este medio podrían tener ellos vituallas
y gente de guerra. Ante todas cosas deberían trabajar para ganarse la
amistad de los mesenios o mamertinos, porque eran los más cercanos para
hacer escala yendo de Grecia y queriendo saltar en tierra, y tenían muy
buen puerto, grande y seguro, donde los atenienses se podrían acoger
cómodamente, y desde allí hacer sus tratos con las otras ciudades;
sabiendo de cierto las que tenían el partido de los siracusanos, y las
que les eran contrarias, y pudiendo ir todos juntos contra siracusanos
y selinuntios para obligarles por fuerza de armas por lo menos a que
los siracusanos se concertasen con los egesteos, y que los selinuntios
dejasen y permitiesen libremente a los leontinos habitar en su ciudad y
en sus casas.
Lámaco decía que, sin más tardar, debían navegar directamente hacia
Siracusa y combatir la ciudad cogiéndoles desapercibidos antes que
pudiesen prepararse para resistir, y estando perturbados, como a la
verdad estarían, porque cualquier armada a primera vista parece más
grande a los enemigos y les pone espanto y temor; pero si se tarda en
acometerlos tienen espacio para tomar consejo, y haciendo esto cobran
ánimo de tal manera que vienen a menospreciar y tener en poco a los
que antes les parecían terribles y espantosos. Afirmaba en conclusión
que si inmediatamente y sin más tardanza, iban a acometer a los
siracusanos, estando con el temor que inspira la falta de medios de
defensa, serían vencedores, e infundirían a estos gran miedo así con
la presencia de la armada donde les parecería haber más gente de la
que tenía, como también por temor de los males y daños que esperarían
poderles ocurrir si fuesen vencidos en batalla. Además que era
verosímil que en los campos fuera de la ciudad hallarían muchos que no
sospechaban la llegada de la armada, los cuales, queriéndose acoger
de pronto a la ciudad, dejarían sus bienes y haciendas en el campo, y
todos los podrían tomar sin peligro, o la mayor parte, antes que los
dueños pudiesen salvarlos, con lo cual no faltaría dinero a los del
ejército para mantener el sitio de la ciudad.
Por otra parte, haciendo esto, las otras ciudades de Sicilia,
inmediatamente escogerían pactar alianza y amistad con los atenienses
y no con los siracusanos, sin esperar a saber cuál de las dos partes
lograba la victoria. Decía además que para lo uno y para lo otro, ora
se debiesen retirar, ora acometer a los enemigos, habían de ir primero
con su armada al puerto de Mégara, así por ser lugar desierto, como
también porque estaba muy cerca de Siracusa por mar y por tierra.
Así habló Lámaco, apoyando en cierto modo con sus argumentos el parecer
de Alcibíades.
Pasado esto, Alcibíades partió con su trirreme derechamente a la ciudad
de Mesena, y requirió a los mamertinos a que trabaran amistad y alianza
con los atenienses; mas no pudo conseguirlo, ni le dejaron entrar en
su ciudad, aunque le ofrecieron que le darían mercado franco fuera de
ella, donde pudiese comprar vituallas y otras provisiones necesarias
para sí y los suyos.
Alcibíades volvió a Regio, donde inmediatamente él y los otros
capitanes mandaron embarcar una parte de la gente de la armada dentro
de sesenta trirremes, los abastecieron de las vituallas necesarias, y
dejando lo restante del ejército en el puerto de Regio con uno de los
capitanes, los otros dos partieron directamente a la ciudad de Naxos
con las sesenta naves, y fueron recibidos en ella de buena gana por los
ciudadanos.
De allí se dirigieron a Catana, donde no les quisieron recibir, porque
una parte de los ciudadanos era del partido de los siracusanos. Por
esta causa viéronse obligados a dirigirse más arriba hacia la ribera
del Terias, donde pararon todo aquel día, y a la mañana siguiente
fueron a Siracusa con todos sus barcos puestos en orden en figura de
cuerno, de los cuales enviaron diez delante hacia el gran puerto de la
ciudad para reconocer si había dentro otros buques de los enemigos.
Cuando todos estuvieron juntos a la entrada del puerto, mandaron
pregonar al son de la trompeta que los atenienses habían ido allí para
restituir a los leontinos en sus tierras y posesiones conforme a la
amistad y alianza, según les obligaban el deudo y parentesco que con
ellos tenían, por tanto que denunciaban y hacían saber a todos aquellos
que fuesen de nación leontinos y se hallasen a la sazón dentro de la
ciudad de Siracusa, se pudiesen retirar y acoger a su salvo a los
atenienses como a sus amigos y bienhechores.
Después de dar este pregón y de reconocer muy bien el asiento de la
ciudad y del puerto y de la tierra que había en contorno para ver de
qué parte la podrían mejor poner cerco, regresaron todos a Catana, y de
nuevo requirieron a los ciudadanos para que les dejasen entrar en la
ciudad como amigos.
Los habitantes, después de celebrar consejo, les dieron por respuesta
que en manera alguna dejarían entrar la gente de la armada, pero que
si los capitanes querían entrar solos, los recibirían y oirían de
buena gana cuanto quisieran decir, lo cual fue así hecho, y estando
todos los de la ciudad reunidos para dar audiencia a los capitanes,
mientras estaban atentos a oír lo que Alcibíades les decía, la gente
de la armada se metió de pronto por un postigo en la ciudad, y sin
hacer alboroto ni otro mal alguno andaban de una parte a otra comprando
vituallas y otros abastecimientos necesarios. Algunos de los ciudadanos
que eran del partido de los siracusanos, cuando vieron la gente de
guerra de la armada dentro, se asustaron mucho, y sin más esperar,
huyeron secretamente. Estos no fueron muchos, y todos los otros que
habían quedado acordaron hacer paz y alianza con los atenienses. Por
este suceso fue ordenado a todos los atenienses que habían quedado
con lo restante de la armada en Regio que viniesen a Catana. Cuando
estuvieron juntos en el puerto de Catana, y hubieron puesto en orden
su campo, tuvieron aviso de que si iban directamente a Camarina,
los ciudadanos les darían entrada en su ciudad, y también que los
siracusanos aparejaban su armada. Con esta nueva partieron todos
navegando hacia Siracusa, mas no viendo ninguna armada aparejada de los
siracusanos volvieron atrás, y fueron a Camarina.
Al llegar cerca del puerto hicieron pregonar a son de trompeta, y
anunciar a los camarineos su venida, mas estos no les quisieron recibir
diciendo que estaban juramentados para no dejar entrar a los atenienses
dentro de su puerto con más de una nave, salvo el caso de que ellos
mismos les enviasen a llamar para que fueran con barcos. Con esta
respuesta se retiraron los atenienses sin hacer cosa alguna.
A la vuelta de Camarina saltaron en tierra en algunos lugares de los
siracusanos para saquearlos, mas la gente de a caballo que estos
tenían acudió en socorro de los lugares, y hallando a los remadores y
desordenados a los atenienses, ocupándose en robar, dieron sobre ellos
y mataron muchos, porque estaban armados a la ligera. Los atenienses se
retiraron a Catana.