Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada
de los atenienses. -- Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el
Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada.
Entretanto los siracusanos, aunque por varios conductos tuviesen nuevas
de la armada de los atenienses que iba contra ellos, no lo podían
creer, y en muchas asambleas que se hicieron en la ciudad para tratar
de esto fueron dichas muchas y diversas razones, así de aquellos que
creían en la empresa como de los que eran de contrario parecer, entre
los cuales Hermócrates, hijo de Hermón, teniendo por cierto que la
expedición iba contra ellos, salió delante de todos y habló de esta
manera:
«Por ventura os parecerá cosa increíble lo que ahora os quiero decir de
la armada de los atenienses, como también os ha parecido lo que otros
muchos nos han dicho de ella, y bien sé que aquellos que os traían
mensaje de cosas que no parecen dignas de fe, además de no creerles
nada de lo que dicen, son tenidos por necios y locos, mas no por temor
de esto, y atendiendo a lo que toca al bien de la república, y por
el daño y peligro que le podría venir, dejaré de decir aquello que
yo pienso más ciertamente que otro, y es que los atenienses, a pesar
de que vosotros os maravilláis en tanta manera y no lo podéis creer,
vienen derechamente contra nosotros con numerosa armada y gran poder
de gente de guerra, con pretexto de dar ayuda y socorro a los egesteos
y a sus aliados, y restituir a los leontinos desterrados en sus
tierras y casas: mas a la verdad, es por codicia de ganar a Sicilia, y
principalmente esta nuestra ciudad, pareciéndoles que si una vez son
señores de ella, fácilmente podrán sujetar todas las otras ciudades de
la isla.
»Conviene, pues, consultar pronto cómo nos defenderemos resistiendo
lo mejor que nos sea posible con la gente de guerra que tenemos al
presente al gran poder que traen con su armada, la cual no tardará
mucho tiempo en llegar; y no descuidéis esta cosa, ni la tengáis en
poco, por no quererla creer, ni por esta vía os dejéis sorprender de
vuestros enemigos desprovistos y desapercibidos.
»Pero si alguno hay entre vosotros que no tiene esta cosa por increíble
y sí por verdadera, no debe por eso temer la osadía y atrevimiento de
los atenienses, ni del poder que traerán, puesto que tan expuestos se
hallan a recibir mal y daño de nosotros como nosotros de ellos, si nos
apercibimos con tiempo. Y que vengan con tan gran armada y tanto número
de gente no es peor para nosotros, antes será más nuestro provecho, y
de todos los otros sicilianos, los cuales, sabiendo que los atenienses
vienen tan poderosos, mejor se pondrán de nuestra parte que de la suya.
»Además será gran gloria y honra nuestra haber vencido una tan gran
armada como esta, si lo podemos conseguir, o a lo menos estorbar su
empresa, de lo cual yo no tengo duda, y me parece que con razón debemos
esperar alcanzar lo uno y lo otro, porque pocas veces ha ocurrido que
una armada, sea de griegos o de bárbaros, haya salido lejos de su
tierra y alcanzado buen éxito.
»El número de gente que traen no es mayor del que nosotros podemos
allegar de nuestra ciudad, y de los que moran en la tierra; los cuales
por el temor que tendrán a los enemigos, acudirán a guarecerse dentro
de ella de todas partes; y si por ventura los que vienen a acometer
a otros por falta de provisiones, o de otras cosas necesarias para
la guerra, se ven obligados a volverse como vinieron sin hacer lo
que pretendían, aunque esto suceda antes por su yerro que por falta
de valentía, siempre la gloria y honra de este hecho será de los que
fueron acometidos. Y así debe ser, porque los mismos atenienses de
quien hablamos al presente, ganaron tanta honra contra los medos que,
viniendo contra ellos, las más veces llevaban lo peor, más bien por su
mala fortuna que por esfuerzo y valentía de los atenienses. Con razón,
pues, debemos esperar que nos pueda ocurrir lo mismo.
»Por tanto, varones siracusanos, teniendo firme esperanza de esto,
preparémonos a toda prisa, y proveamos todas las cosas necesarias para
ello. Además enviemos embajadores a todas las otras ciudades de Sicilia
para confirmar y mantener en amistad a nuestros aliados y confederados,
y hacer nuevas amistades con los que no las tenemos.
»No solamente debemos enviar mensajeros a los sicilianos naturales,
sino también a los extranjeros que moran en Sicilia, mostrándoles que
el peligro es tan común a ellos como a nosotros.
»Lo mismo debemos hacer respecto a Italia, para demandar a los de la
tierra que nos den ayuda y socorro, o a lo menos que no reciban en
su tierra a los atenienses, y no solamente a Italia, sino también a
Cartago, que temiendo siempre un ataque de los atenienses, fácilmente
les podremos persuadir de que si estos nos conquistan podrán más
seguramente ir contra ellos. Y considerando el trabajo y peligro que
les podría sobrevenir si se descuidan, es de creer que nos querrán dar
ayuda pública o secreta de cualquier manera que sea, lo cual podrán
hacer, si quieren, mejor que ninguna nación del mundo, porque tienen
mucho oro y plata, que es lo más importante y necesario para todas las
cosas, y más para la guerra.
»Además, debemos mandar embajadores para rogar a los lacedemonios y a
los corintios que nos envíen socorro aquí, y muevan la guerra a los
atenienses por aquellas partes.
»Réstame por decir una cosa que me parece la más conveniente, aunque
por vuestro descuido no habéis querido parar mientes en ella, y
es, que debemos requerir a todos los sicilianos si quisiereis, o a
lo menos a la mayor parte de ellos, a fin de que vengan con todos
sus barcos, abastecidos de vituallas para dos meses, a juntarse con
nosotros para salir al encuentro de los atenienses en Tarento, o en
el cabo de Yapigia, y mostrarles por obra primero que no solo han de
contender con nosotros sobre Sicilia, sino que tienen que pelear para
atravesar el mar de Jonia, y haciendo esto, les pondremos en gran
cuidado, mayormente saliendo nosotros de la tierra de nuestros aliados
al encuentro de ellos para defender la nuestra, pues los de Tarento
nos recibirán en su tierra como amigos, mientras que a los atenienses
les será muy difícil, habiendo de cruzar tanta mar con tan grande
armada, ir siempre en orden, y por esta causa les podremos acometer
con ventaja, yendo nosotros en orden por tener menos trecho de mar que
pasar. Seguramente unas de sus naves no podrán seguir a las otras, y si
quieren descargar las que estén más cargadas para reunirlas más pronto
con las otras, al verse acometidas, convendrá que lo hagan a fuerza de
remos, con lo cual los marineros trabajarán demasiado, y quedarán más
cansados, y por consiguiente malparados para defenderse si les queremos
acometer. Si no os pareciere bien de hacerlo así, nos podremos retirar
a Tarento.
»Por otra parte, si vienen con pequeña provisión de vituallas como
para dar solo una batalla naval, esperando conquistar y ocupar
inmediatamente después la tierra, tendrán gran necesidad de víveres
cuando se hallaren en costas desiertas: si quieren parar allí, les
sitiará el hambre, y si procuran pasar adelante, veranse forzados
a dejar una gran parte de los aprestos de su armada, y no estando
seguros de que les reciban bien en las otras ciudades, les dominará el
desaliento.
»Por estas razones tengo por averiguado que si les salimos al
encuentro, de manera que vean que no pueden saltar en tierra, como
pensaban, no partirán de Corcira, sino que mientras consultan allí
sobre el número de la gente y naves que tenemos, y en qué lugar
estamos, llegará el invierno, que estorbará e impedirá su paso, o
sabiendo que nuestros aprestos son mayores que ellos pensaban, dejarán
su empresa, con tanta más razón, cuanto que según he oído, el principal
de sus capitanes, y más experimentado en las cosas de guerra, viene
contra su voluntad, y por ello de buena gana tomará cualquier pretexto
para volverse, si por nuestra parte hacemos alguna buena muestra de
nuestras fuerzas. La noticia de lo que podremos hacer, será mayor que
la cosa, porque en tales casos los hombres fundan su parecer en la fama
y rumor, y cuando el que piensa ser acometido sale delante al que le
quiere acometer, le infunde más temor que si solamente se prepara a la
defensa; porque entonces el acometedor se ve en peligro, y piensa cómo
defenderse, cuando antes solo imaginaba cómo acometer, lo cual sin duda
sucedería ahora a los ateniense cuando nos vieren venir contra ellos,
donde ellos pensaban venir contra nosotros sin hallar resistencia
alguna, lo cual no es de maravillar que lo creyesen, pues mientras
estuvimos aliados con los lacedemonios, nunca les movimos guerra, mas
si ahora ven nuestra osadía, y que nos atrevemos a lo que ellos no
esperaban, les asustará ver cosa tan nueva, muy contraria a su opinión,
y el poder y fuerzas que tenemos de veras.
»Por tanto, varones siracusanos, os ruego me deis crédito en esto,
y cobréis ánimo y osadía que es lo mejor que podéis hacer, y si
no queréis hacer esto, a lo menos apercibiros de todas las cosas
necesarias para la guerra, y parad mientes, que obrando así, estimaréis
en menos a los enemigos que vienen a acometeros. Esto no se puede
demostrar sino poniéndolo por obra y preparándoos contra ellos, de tal
suerte, que estéis seguros. No olvidéis que lo mejor que un hombre
puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese
delante, pues a la verdad, los enemigos vienen con muy gruesa armada, y
ya casi están desembarcados y como a la vista.»
Cuando Hermócrates acabó su discurso, todos los siracusanos tuvieron
gran debate, porque unos afirmaban que era verdad que los atenienses
venían como decía Hermócrates, y otros decían que aunque viniesen, no
podían hacer daño alguno sin recibirlo mayor; algunos menospreciaban la
cosa, tomándolo a burla y se reían de ella, siendo muy pocos los que
daban crédito a lo que Hermócrates aseguraba, y temían lo venidero.
Entonces Atenágoras, que era uno de los principales del pueblo, que
mejor sabía persuadir al vulgo, se puso en pie, y habló de esta manera: