VII.

Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada

de los atenienses. -- Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el

Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada.

Entretanto los siracusanos, aunque por varios conductos tuviesen nuevas

de la armada de los atenienses que iba contra ellos, no lo podían

creer, y en muchas asambleas que se hicieron en la ciudad para tratar

de esto fueron dichas muchas y diversas razones, así de aquellos que

creían en la empresa como de los que eran de contrario parecer, entre

los cuales Hermócrates, hijo de Hermón, teniendo por cierto que la

expedición iba contra ellos, salió delante de todos y habló de esta

manera:

«Por ventura os parecerá cosa increíble lo que ahora os quiero decir de

la armada de los atenienses, como también os ha parecido lo que otros

muchos nos han dicho de ella, y bien sé que aquellos que os traían

mensaje de cosas que no parecen dignas de fe, además de no creerles

nada de lo que dicen, son tenidos por necios y locos, mas no por temor

de esto, y atendiendo a lo que toca al bien de la república, y por

el daño y peligro que le podría venir, dejaré de decir aquello que

yo pienso más ciertamente que otro, y es que los atenienses, a pesar

de que vosotros os maravilláis en tanta manera y no lo podéis creer,

vienen derechamente contra nosotros con numerosa armada y gran poder

de gente de guerra, con pretexto de dar ayuda y socorro a los egesteos

y a sus aliados, y restituir a los leontinos desterrados en sus

tierras y casas: mas a la verdad, es por codicia de ganar a Sicilia, y

principalmente esta nuestra ciudad, pareciéndoles que si una vez son

señores de ella, fácilmente podrán sujetar todas las otras ciudades de

la isla.

»Conviene, pues, consultar pronto cómo nos defenderemos resistiendo

lo mejor que nos sea posible con la gente de guerra que tenemos al

presente al gran poder que traen con su armada, la cual no tardará

mucho tiempo en llegar; y no descuidéis esta cosa, ni la tengáis en

poco, por no quererla creer, ni por esta vía os dejéis sorprender de

vuestros enemigos desprovistos y desapercibidos.

»Pero si alguno hay entre vosotros que no tiene esta cosa por increíble

y sí por verdadera, no debe por eso temer la osadía y atrevimiento de

los atenienses, ni del poder que traerán, puesto que tan expuestos se

hallan a recibir mal y daño de nosotros como nosotros de ellos, si nos

apercibimos con tiempo. Y que vengan con tan gran armada y tanto número

de gente no es peor para nosotros, antes será más nuestro provecho, y

de todos los otros sicilianos, los cuales, sabiendo que los atenienses

vienen tan poderosos, mejor se pondrán de nuestra parte que de la suya.

»Además será gran gloria y honra nuestra haber vencido una tan gran

armada como esta, si lo podemos conseguir, o a lo menos estorbar su

empresa, de lo cual yo no tengo duda, y me parece que con razón debemos

esperar alcanzar lo uno y lo otro, porque pocas veces ha ocurrido que

una armada, sea de griegos o de bárbaros, haya salido lejos de su

tierra y alcanzado buen éxito.

»El número de gente que traen no es mayor del que nosotros podemos

allegar de nuestra ciudad, y de los que moran en la tierra; los cuales

por el temor que tendrán a los enemigos, acudirán a guarecerse dentro

de ella de todas partes; y si por ventura los que vienen a acometer

a otros por falta de provisiones, o de otras cosas necesarias para

la guerra, se ven obligados a volverse como vinieron sin hacer lo

que pretendían, aunque esto suceda antes por su yerro que por falta

de valentía, siempre la gloria y honra de este hecho será de los que

fueron acometidos. Y así debe ser, porque los mismos atenienses de

quien hablamos al presente, ganaron tanta honra contra los medos que,

viniendo contra ellos, las más veces llevaban lo peor, más bien por su

mala fortuna que por esfuerzo y valentía de los atenienses. Con razón,

pues, debemos esperar que nos pueda ocurrir lo mismo.

»Por tanto, varones siracusanos, teniendo firme esperanza de esto,

preparémonos a toda prisa, y proveamos todas las cosas necesarias para

ello. Además enviemos embajadores a todas las otras ciudades de Sicilia

para confirmar y mantener en amistad a nuestros aliados y confederados,

y hacer nuevas amistades con los que no las tenemos.

»No solamente debemos enviar mensajeros a los sicilianos naturales,

sino también a los extranjeros que moran en Sicilia, mostrándoles que

el peligro es tan común a ellos como a nosotros.

»Lo mismo debemos hacer respecto a Italia, para demandar a los de la

tierra que nos den ayuda y socorro, o a lo menos que no reciban en

su tierra a los atenienses, y no solamente a Italia, sino también a

Cartago, que temiendo siempre un ataque de los atenienses, fácilmente

les podremos persuadir de que si estos nos conquistan podrán más

seguramente ir contra ellos. Y considerando el trabajo y peligro que

les podría sobrevenir si se descuidan, es de creer que nos querrán dar

ayuda pública o secreta de cualquier manera que sea, lo cual podrán

hacer, si quieren, mejor que ninguna nación del mundo, porque tienen

mucho oro y plata, que es lo más importante y necesario para todas las

cosas, y más para la guerra.

»Además, debemos mandar embajadores para rogar a los lacedemonios y a

los corintios que nos envíen socorro aquí, y muevan la guerra a los

atenienses por aquellas partes.

»Réstame por decir una cosa que me parece la más conveniente, aunque

por vuestro descuido no habéis querido parar mientes en ella, y

es, que debemos requerir a todos los sicilianos si quisiereis, o a

lo menos a la mayor parte de ellos, a fin de que vengan con todos

sus barcos, abastecidos de vituallas para dos meses, a juntarse con

nosotros para salir al encuentro de los atenienses en Tarento, o en

el cabo de Yapigia, y mostrarles por obra primero que no solo han de

contender con nosotros sobre Sicilia, sino que tienen que pelear para

atravesar el mar de Jonia, y haciendo esto, les pondremos en gran

cuidado, mayormente saliendo nosotros de la tierra de nuestros aliados

al encuentro de ellos para defender la nuestra, pues los de Tarento

nos recibirán en su tierra como amigos, mientras que a los atenienses

les será muy difícil, habiendo de cruzar tanta mar con tan grande

armada, ir siempre en orden, y por esta causa les podremos acometer

con ventaja, yendo nosotros en orden por tener menos trecho de mar que

pasar. Seguramente unas de sus naves no podrán seguir a las otras, y si

quieren descargar las que estén más cargadas para reunirlas más pronto

con las otras, al verse acometidas, convendrá que lo hagan a fuerza de

remos, con lo cual los marineros trabajarán demasiado, y quedarán más

cansados, y por consiguiente malparados para defenderse si les queremos

acometer. Si no os pareciere bien de hacerlo así, nos podremos retirar

a Tarento.

»Por otra parte, si vienen con pequeña provisión de vituallas como

para dar solo una batalla naval, esperando conquistar y ocupar

inmediatamente después la tierra, tendrán gran necesidad de víveres

cuando se hallaren en costas desiertas: si quieren parar allí, les

sitiará el hambre, y si procuran pasar adelante, veranse forzados

a dejar una gran parte de los aprestos de su armada, y no estando

seguros de que les reciban bien en las otras ciudades, les dominará el

desaliento.

»Por estas razones tengo por averiguado que si les salimos al

encuentro, de manera que vean que no pueden saltar en tierra, como

pensaban, no partirán de Corcira, sino que mientras consultan allí

sobre el número de la gente y naves que tenemos, y en qué lugar

estamos, llegará el invierno, que estorbará e impedirá su paso, o

sabiendo que nuestros aprestos son mayores que ellos pensaban, dejarán

su empresa, con tanta más razón, cuanto que según he oído, el principal

de sus capitanes, y más experimentado en las cosas de guerra, viene

contra su voluntad, y por ello de buena gana tomará cualquier pretexto

para volverse, si por nuestra parte hacemos alguna buena muestra de

nuestras fuerzas. La noticia de lo que podremos hacer, será mayor que

la cosa, porque en tales casos los hombres fundan su parecer en la fama

y rumor, y cuando el que piensa ser acometido sale delante al que le

quiere acometer, le infunde más temor que si solamente se prepara a la

defensa; porque entonces el acometedor se ve en peligro, y piensa cómo

defenderse, cuando antes solo imaginaba cómo acometer, lo cual sin duda

sucedería ahora a los ateniense cuando nos vieren venir contra ellos,

donde ellos pensaban venir contra nosotros sin hallar resistencia

alguna, lo cual no es de maravillar que lo creyesen, pues mientras

estuvimos aliados con los lacedemonios, nunca les movimos guerra, mas

si ahora ven nuestra osadía, y que nos atrevemos a lo que ellos no

esperaban, les asustará ver cosa tan nueva, muy contraria a su opinión,

y el poder y fuerzas que tenemos de veras.

»Por tanto, varones siracusanos, os ruego me deis crédito en esto,

y cobréis ánimo y osadía que es lo mejor que podéis hacer, y si

no queréis hacer esto, a lo menos apercibiros de todas las cosas

necesarias para la guerra, y parad mientes, que obrando así, estimaréis

en menos a los enemigos que vienen a acometeros. Esto no se puede

demostrar sino poniéndolo por obra y preparándoos contra ellos, de tal

suerte, que estéis seguros. No olvidéis que lo mejor que un hombre

puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese

delante, pues a la verdad, los enemigos vienen con muy gruesa armada, y

ya casi están desembarcados y como a la vista.»

Cuando Hermócrates acabó su discurso, todos los siracusanos tuvieron

gran debate, porque unos afirmaban que era verdad que los atenienses

venían como decía Hermócrates, y otros decían que aunque viniesen, no

podían hacer daño alguno sin recibirlo mayor; algunos menospreciaban la

cosa, tomándolo a burla y se reían de ella, siendo muy pocos los que

daban crédito a lo que Hermócrates aseguraba, y temían lo venidero.

Entonces Atenágoras, que era uno de los principales del pueblo, que

mejor sabía persuadir al vulgo, se puso en pie, y habló de esta manera:

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 27 / 76 题