VI.

Los atenienses, por consejo y persuasión de Alcibíades, determinan la

expedición a Sicilia. Dispuesta la armada, sale del puerto del Pireo.

De la manera arriba dicha habló Nicias con propósito de apartar los

atenienses de aquella empresa poniéndoles delante las dificultades que

ofrecía o ir más seguro si le obligaban a partir con la expedición.

Pero ningún argumento les hizo desistir del propósito que tenían y

las dudas les excitaron más que antes, de suerte que a Nicias le

ocurrió lo contrario de lo que pensaba, porque a todos les parecía

que daba muy buen consejo, y que haciéndose lo que él decía, la cosa

iría muy segura, por la cual todos tenían más codicia de ir a esta

jornada que antes: los viejos porque pensaban que ganarían a Sicilia,

o a lo menos que yendo tan poderosos como iban, no podrían incurrir

en daño ni peligro ninguno: los mancebos porque deseaban ver tierras

extrañas seguros de que regresarían salvos a la suya, y finalmente

el pueblo y los soldados por el deseo de sueldo que esperaban ganar

en aquella empresa, entendiendo que, después de conquistada Sicilia,

se lo continuarían dando por el aumento y crecimiento que había de

proporcionar al estado y señorío de los atenienses.

Si alguno había de contrario parecer, viendo la inclinación de todos

los de la ciudad a esta empresa, no osaba contrariarla, sino que lo

callaba, temiendo ser tenido y juzgado por mal consejero.

Finalmente, al cabo salió uno de los de la junta que dijo a Nicias, en

voz tan alta que todos la oyesen, que ya no era menester más discursos

sobre ello ni buscar rodeos, sino que delante de todos declarase si tan

grande armada le parecía bastante y necesaria para aquella empresa.

A esto respondió Nicias que lo consultaría despacio con los otros

capitanes sus compañeros, mas que le parecía no eran menester menos

de cien trirremes de los atenienses para llevar la gente de guerra, y

algunos otros de sus aliados, todos los cuales a lo menos transportasen

cinco mil hombres de pelea y más si ser pudiese, además buen número

de flecheros y honderos, así de los naturales como de los de Creta, y

juntamente con esto todas las otras provisiones necesarias para una tan

gran armada.

Oído esto por los atenienses, al momento, por decreto unánime, dieron

pleno poder y autoridad a los capitanes nombrados para proveer todas

las cosas necesarias, así en lo que tocaba al número de gente que

había de ir, como en todas las otras, según viesen que mejor convenía

al bien de la ciudad. Después de este decreto se dedicaron con toda

diligencia a hacer los aprestos necesarios en la ciudad para la armada;

y avisaron a sus aliados y confederados para que hiciesen lo mismo por

su parte, porque ya la ciudad se había podido rehacer de los trabajos

pasados, así de la epidemia, como de las guerras continuas que habían

tenido, y estaba muy crecida y aumentada, así de moradores como de

dinero y riquezas, a causa de las treguas. Por esto se pudo más pronto

y fácilmente poner en ejecución esta empresa.

Pero estando los atenienses ocupados en disponer las cosas necesarias

para esta empresa, todos los hermas y estatuas de piedra de Mercurio

que estaban en la ciudad, así en las entradas de los templos como a

las puertas de las casas y edificios suntuosos, que eran infinitas,

se hallaron una noche quebradas y destrozadas, sin que se pudiese

jamás saber ni haber indicio de quién había sido el autor de ello,

aunque ofrecieron grandes premios a quien lo descubriese. También

mandaron públicamente que si había alguna persona que supiese o tuviese

noticia de algún crimen impío o pecado abominable cometido contra el

culto o religión de los dioses, que lo revelase sin temor alguno,

fuese ciudadano o extranjero, siervo o libre, de cualquier estado o

condición, porque hacían gran caso de esto, pareciéndoles un mal agüero

para la jornada, y pronóstico de alguna conjuración para tramar nuevas

cosas, y trastornar el estado y gobernación de la ciudad; y aunque por

entonces no se podía saber nada de aquel hecho, algunos advenedizos y

otros sirvientes denunciaron que antes habían sido tres estatuas de

otros dioses destrozadas por algunos jóvenes de la ciudad, haciéndolo

por necedad y embriaguez. También denunciaron que en algunas casas

particulares no se hacían los sacrificios como debían hacerse, de lo

cual acriminaban en cierto modo a Alcibíades, y de buena gana prestaban

oído a esto los que le tenían odio o envidia, porque les parecía que

era impedimento para que ejerciese todo el mando y autoridad que tenía

en el pueblo, y que si le podían privar de él, ellos solos serían

señores: a este fin agravaban más la cosa, y sembraban rumores por

la ciudad de que estas faltas que se hacían en los sacrificios, y

el romper y despedazar las imágenes significaba la destrucción de

la república, dirigiendo la acusación contra Alcibíades por muchos

indicios que había de su manera de vivir desordenada y del favor que

tenía en el pueblo, de donde inferían que esto no podía ser hecho sin

su conocimiento y consentimiento.

Él lo negaba, ofreciendo estar a derecho y pagar lo juzgado, antes de

su partida, si se le probaba la culpa; pero si resultaba inocente,

quería ser absuelto y dado por libre antes de ir en aquella jornada,

diciendo que no era justo hacer información, ni proceder contra él

en su ausencia, sino que inmediatamente le condenasen a muerte si

lo había merecido; y asegurando que no era de hombres cuerdos y

sabios enviar un hombre fuera con gran ejército y con tanto poder y

autoridad, acusado de un crimen, sin que primero terminase la causa;

mas sus enemigos y contrarios, temiendo que, si la cosa se trataba

antes de su partida, todos aquellos que habían de ir con él le serían

favorables, y que el pueblo se ablandase, porque por sus gestiones los

argivos y algunos de los mantineos se habían unido a los atenienses

para ayudarles en aquella empresa, lo repugnaban diciendo que debían

diferir la acusación hasta la vuelta de la armada, pensando que durante

su ausencia podrían maquinar nuevas tramas contra él, y para ello

procuraban que los embajadores, con mayores instancias, pidiesen la

salida de la expedición. Determinaron, pues, que partiese Alcibíades.

A mediados del verano toda la armada estuvo dispuesta para ir a Sicilia

con otros muchos barcos mercantes, así de los suyos como de sus

aliados, para llevar vituallas y otros bastimentos de guerra, a los

cuales mandaron con anticipación que se hallasen listos en el puerto de

Corcira, para que todos juntos pasasen en mar Jonio hasta el cabo de

Yapigia.

Los atenienses y sus aliados, reunidos en Atenas en un día señalado,

llegaron al puerto del Pireo al salir el alba para embarcarse, y con

ellos salió la mayor parte de los de la ciudad, así de los vecinos

como de los extranjeros, para acompañar unos a sus hijos y otros a

sus padres y parientes y amigos, llenos de esperanza y de dolor;

de esperanza porque creían que aquella jornada les sería útil y

provechosa, y de dolor porque pensaban no ver pronto a los que partían

para tan largo viaje, y también porque, partiendo, dejaban a los que

quedaban en muchos peligros, exponiéndose ellos a otros mayores,

en cuyos peligros pensaban entonces mucho más que antes, cuando

determinaron la empresa, aunque por otra parte tenían gran confianza

viendo una armada tan gruesa y tan bien provista, que todo el pueblo,

grandes y pequeños, aunque no tuviesen en ella parientes ni amigos, y

todos los extranjeros salían a verla, porque era digna de ser vista,

y mayor de lo que se pudiera pensar. A la verdad, para una armada

de una ciudad sola era la más costosa y bien aprestada que hasta

entonces se hubiese visto, porque aunque la que llevó antes Pericles

a Epidauro y la que condujo Hagnón a Potidea fuesen tan grandes, así

en número de naves como de gentes de guerra, pues iban en ellas cuatro

mil infantes y trescientos caballos, todos atenienses, cien trirremes

suyos, y cincuenta de los de Lesbos y de los de Quíos, sin otros muchos

compañeros y aliados; no estaban tan bien aprestadas en gran parte como

esta, porque el viaje no era tan largo; y porque habiendo de durar la

guerra más tiempo en Sicilia, la habían abastecido mejor, así de gente

de guerra como de todas las otras cosas necesarias.

Cada cual activaba sus tareas y mostraba su industria, así la ciudad

en común como los patrones y capitanes de las naves, porque la ciudad

pagaba de sueldo un dracma por día a cada marinero, de los que había

gran número en tantos trirremes, que eran cuarenta largos para llevar

la gente de guerra, y sesenta ligeros, y además del sueldo que pagaba

el común, los patrones y capitanes daban otra paga de su propia bolsa a

los que traían remos más largos y a los otros ministros y pilotos.

Por otra parte, el aparato, así de las armas como de los trirremes

y otros atavíos, era mucho más suntuoso que había sido en las otras

armadas, porque cada patrón y capitán, para tan largo camino, trabajaba

a fin de que su nave fuese la mejor y más ligera y la más aparejada de

todas.

También los soldados escogidos para esta empresa procuraban aprestarse

a porfía así de armas como de otros atavíos necesarios, por la codicia

que tenían de gloria y honra, y el deseo de cada uno de ser preferido

a los otros en la ordenanza. De manera que parecía que esta armada

se organizaba más para una ostentación del poder y fuerzas de los

atenienses en comparación de los otros griegos, que para combatir

contra los enemigos allá donde iban. Porque a la verdad, el que

quisiese hacer bien la cuenta de los gastos que hicieron en esta

armada, así de parte de la ciudad en común como de los capitanes y

soldados en particular, la primera en los aprestos, los particulares

en sus armas y arreos de guerra, y los capitanes cada uno en su nave,

y de las provisiones que cada cual hacía para tan largo tiempo, además

del sueldo y de la gran cantidad de mercaderías que llevaban, así los

soldados para su provecho como otros muchos mercaderes que les seguían

para ganar, hallaría que aquella armada costó el valor de infinitos

talentos de oro.

Pero en mayor admiración puso a aquellos contra quien iban, así por su

suntuosidad en todas las cosas como por el atrevimiento y osadía de los

que lo habían emprendido, que parecía cosa extraña y maravillosa a una

sola ciudad tomar a su cargo empresa que juzgaban exceder a sus fuerzas

y poder, mayormente tan lejos de su tierra.

Embarcada la gente y desplegadas las velas de los trirremes, ordenaron

silencio a voz de trompeta e hicieron sus votos y plegarias a los

dioses, según costumbre, no cada nave aparte, sino todas a la vez, por

su trompeta o pregonero. Después bebieron en copas de oro y plata,

así los capitanes como los soldados y marineros. Los mismos votos y

plegarias hacían los que quedaban en tierra por toda la armada en

general, y en particular por sus parientes y amigos.

Cuando acabaron sus músicas y canciones en loor de los dioses, y hecho

todos sus sacrificios, alzaron velas y partieron, al principio todos

juntos en hilera figurada como cuerno, después se apartaron navegando

cada trirreme según su ligereza y la fuerza del viento. Primero tomaron

puerto en Egina, y de allí partieron derechamente a Corcira, donde las

otras naves les esperaban.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 26 / 76 题