Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a
Sicilia.
«Varones atenienses: me conviene ser caudillo y capitán de esta armada
más que a otro alguno, y quiero comenzar mi discurso por este punto y
no por otro, porque veo que Nicias ha querido aludir a él, y porque
con esto y sin esto me compete dicho cargo por ser digno y merecedor
de él, pues las cualidades que me dan fama y estima entre los hombres,
si redundan en gloria de mis antepasados y mía, traen también honra y
provecho a la república. Los griegos que se hallaron presentes a los
juegos y fiestas de Olimpia, viendo mi suntuosidad y magnificencia,
tuvieron y estimaron nuestra ciudad por más rica y poderosa, donde
antes la tenían en poco y pensaban fácilmente poderla sojuzgar; pues
entonces, como todos saben, me hallé en aquellas fiestas con siete
carros triunfales muy bien adornados, lo cual ningún particular
había podido hacer hasta entonces, y así gané el primer premio de
la contienda y aun el segundo y cuarto, y en lo demás hice tan gran
aparato y usé de tanta magnificencia como convenía a tal victoria.
Todas estas cosas son muy honrosas, y muestran a las gentes que las ven
el poder y riqueza de la tierra y ciudad de donde es natural el que las
hace.
»Y aunque estos hechos y otros semejantes, por los cuales yo soy
tenido y estimado en esta ciudad, engendren gran envidia a los otros
ciudadanos contra mí, serán siempre señal de poderío y riqueza para los
extraños y venideros, y en mi opinión, los pensamientos del que procura
por estos medios a su costa hacer honra y provecho, no solamente a
sí mismo, sino también a su patria, no deben ser tenidos por dañosos
y perjudiciales a la república. Ni menos por malo, el que tiene tal
presunción de sí mismo que no quiere ser igual a los otros, sino antes
excederles en todo y por todo, pues los ruines y mal aventurados no
hallan persona que les quiera tener compañía en su miseria, y siempre
son menospreciados. Si estando en prosperidad y felicidad los tenemos
en poco, no les debe pesar por ello, sino esperar a hacer lo mismo con
nosotros cuando se vieren en tal estado.
»Aunque yo sé muy bien que las tales personas y otras semejantes que
exceden en honra y dignidad a otros son muy envidiados, mayormente de
sus iguales, y también en alguna manera de los otros contemporáneos,
mas esto es solo en vida, que después de su muerte la fama y renombre
que han ganado es de tal eficacia para los venideros que muchos se
glorifican de haber sido sus parientes y deudos, y aun algunos que no
lo son dicen serlo. Muchos otros se tienen por honrados de llamarse
vecinos y moradores de la tierra y ciudad de donde aquellos son
naturales, no por cierto por haber sido estos tales malos y ruines,
sino antes buenos y provechosos a la república. Por lo cual, si yo he
procurado imitar a tales personas virtuosas y seguir sus pasos, y por
ello he vivido particularmente más honrado que los otros, mirad si por
esta causa en los negocios de la república me he portado más ruinmente
que los otros ciudadanos.
»Recordad que estando todo el poder de los peloponesios unido contra
nosotros, sin vuestro peligro ni a vuestra costa, obligué a los
lacedemonios a que un día junto a Mantinea aventurasen todo su estado
en una batalla, en la cual, aunque lograron la victoria, el peligro
en que se vieron fue tan grande, que desde entonces no han osado
venir contra nosotros. Y esta mi mocedad y poco saber que parecía,
según razón y natura, no poder resistir entonces al poder de los
peloponesios, hablando de veras dio tal muestra y crédito de mi valor,
que al presente no debáis temer sea dañosa a la república, antes
mientras yo tengo esta osadía en mi mocedad, y Nicias la buena fortuna
y cualidades de gobierno que tiene, podéis usar de las condiciones del
uno y del otro según os pareciere más conveniente a vuestro bien y
provecho.
»Volviendo al propósito de que hablamos, en manera alguna conviene
que revoquéis el decreto que habéis hecho para ejecutar esta empresa
de Sicilia por miedo o temor a tener que lidiar con muchas y diversas
gentes, porque aunque en Sicilia hay muchas ciudades, los pobladores
son de diversas naciones, que ya están acostumbradas a mudanzas
y alborotos, y ninguno hay de ellos que quiera tomar armas para
defender su patria, ni aun su misma persona, ni menos entender en la
fortificación de los lugares para defensa de los pueblos; antes cada
uno, creyendo que podrá convencer a los otros de lo que dijere, o si
no les puede persuadir, que revolverá la ciudad y el estado de la
república por interés particular, fija toda su atención en esto, y no
es de creer que una multitud de gentes diferentes se pueda poner de
acuerdo para obedecer las palabras de quien les aconseje que se unan
para defenderse de sus contrarios, antes cada cual estará dispuesto
a hacer lo que se le antoje según su voluntad y apetito, mayormente
habiendo entre ellos bandos y sediciones, según tengo entendido, que al
presente hay.
»Además no tienen tantas gentes de guerra como dicen, porque comúnmente
se exagera en estas cosas. Los mismos griegos no pudieron reunir tan
gran ejército como se alababa de tener cualquiera de sus estados,
cuando fue preciso en la pasada guerra contra los medos, que toda la
Grecia se pusiera en armas.
»Estando, pues, las cosas de Sicilia en el estado que os he dicho,
según entiendo por la relación de muchas personas dignas de fe y
crédito, facilísima os será esta empresa, mayormente habiendo entre
ellos muchos bárbaros, los cuales, por la enemistad que tienen con los
siracusanos, de buena gana se unirán con nosotros.
»Bien mirado, tampoco nos podrá estorbar esta guerra el atender a
las cosas de acá, pues es cierto que nuestros mayores y antepasados,
teniendo por contrarios todos los que ahora dicen que se declararán a
favor de nuestros enemigos, cuando supiesen que nuestra armada está en
Sicilia, donde al presente no nos impiden pasar y, además de ellos,
los medos adquirieron este imperio y señorío que tenemos, no por otros
medios, sino por ser poderosos en la mar y tener gran armada, que es la
causa sola porque los peloponesios han perdido la esperanza de podernos
vencer de aquí en adelante.
»Además, si ellos determinasen entrar en nuestra tierra, bien lo
podrían realizar aunque no tuviésemos esta armada, pero no nos podrán
hacer mal con la suya, porque la que dejaremos aquí será bastante para
resistir y combatirla. Por todo lo cual, pidiéndonos nuestros amigos
y aliados ayuda y socorro, no podremos tener excusa ninguna para no
debérsela dar, y no haciéndolo, con razón nos culparán de que tuvimos
pereza de ir, o que so color de excusas muy frías, les hemos negado el
auxilio que estamos obligados por nuestro juramento.
»Ni menos podemos alegar en contra de ellos que nunca nos han socorrido
en nuestras guerras, pues no les damos la ayuda y socorro en su tierra
con intención de que ellos nos vengan a socorrer en la nuestra, sino
solamente para que entretengan con su guerra los enemigos que tenemos
en aquellas partes, y les hagan todo el mal y daño que pudieren, a fin
de que tengan menos fuerzas para venir a acometernos en nuestra tierra,
y por estas vías y maneras nosotros y todos aquellos que han adquirido
grandes tierras y señoríos las han aumentado siempre y conservado,
dando pronto y con liberalidad ayuda y socorro a aquellos que se los
demandaban, ora fuesen griegos, ora bárbaros.
»Porque si rehusamos dar ayuda a los que nos la piden, o si nos
detenemos a calcular a qué nación la debemos dar o negar, nunca
ganaremos mucho, sino que pondremos en peligro lo que poseemos al
presente.
»Jamás debe esperar a defender sus fuerzas, el que es más poderoso
cuando llega su enemigo a acometerlas, sino apercibirse antes de suerte
que este tema venir. Ni tampoco está en nuestra mano poner un término
a nuestro imperio o señorío, para decir que ninguno pase adelante,
sino que para defenderle es necesario acometer a unos y guardarnos
de ser acometidos por otros, porque si no procuramos señorear a los
otros, estaremos en peligro de ser dominados. Ni menos debemos tomar el
descanso y reposo de la suerte y manera que lo toman los otros, si no
queremos también vivir como ellos viven.
»Considerando estas cosas, y que siguiendo esta nuestra empresa,
aumentaremos nuestro estado y señorío; embarquémonos y vayamos a esta
jornada siquiera por hacer perder el ánimo a los peloponesios cuando
vieren que, teniéndolos en poco, determinamos pasar a Sicilia, sin
querer gozar del ocio y reposo que podríamos ahora disfrutar. Porque
si esta empresa nos sale bien, como es de creer, seremos señores de
toda Grecia, o a lo menos para nuestro bien y el de nuestros aliados y
confederados, haremos todo el mal y daño que podamos a los siracusanos.
»Cuanto más que teniendo nuestra armada en aquellas partes salva y
segura, podremos quedar allí si viéremos ventaja, y si no, volvernos
cuando bien nos pareciere, pues con ella somos dueños de nuestra
voluntad y de todos los sicilianos.
»Las palabras de Nicias, directamente encaminadas a preferir el ocio
al trabajo, y a excitar discordia entre los mancebos y los viejos, no
se deben aprobar, sino antes todos de común acuerdo, a imitación de
nuestros antepasados, que consultando los jóvenes con los viejos los
negocios tocantes al bien de la república, aumentaron y establecieron
nuestro imperio y señorío en el estado que ahora le veis, debéis por el
mismo camino, y por las mismas vías y maneras, procurar aumentarlo, y
pensar que la mocedad y la vejez no vale nada la una sin la otra, y que
el flaco y el fuerte y el mediano, cuando todos se ponen de acuerdo,
sirven y aprovechan a la república.
»Por el contrario, cuando una ciudad está ociosa se gasta y corrompe, y
como todas las otras cosas envejecen con el ocio, así también sucederá
a nuestra disciplina militar, si no nos ejercitamos en diversas
guerras, para que la conserven las muchas experiencias: porque la
ciencia de saber guardar y defender, no se aprende por palabras, sino
por uso, acostumbrándose, y ejercitándose en los trabajos y en las
armas.
»En conclusión, mi parecer es, que cuando una ciudad que está
acostumbrada al trabajo se entrega al ocio y reposo, pronto llega a
perderse y destruirse: y que entre todos los otros son más firmes y
seguros los que rigen y gobiernan el estado de su república siempre de
una suerte y manera, según sus leyes y costumbres antiguas, aunque no
sean buenas del todo.»
Cuando Alcibíades terminó su discurso se adelantaron los embajadores
de los egesteos y leontinos, y con grande instancia pidieron a los
atenienses que les enviasen el socorro que les demandaban, trayéndoles
a la memoria el juramento que habían hecho sus capitanes, por lo cual,
el pueblo, oídas sus razones, y las persuasiones de Alcibíades, decidió
poner en ejecución esta empresa de Sicilia.
Mas Nicias, viendo que no había medio de apartarle de su propósito
por esta vía, pensó por otros medios estorbar la empresa, poniéndoles
delante los grandes gastos y aprestos que requería, y les habló de esta
manera: