Discurso de Nicias ante el Senado y pueblo de Atenas para disuadirles
de la empresa contra Sicilia.
«Esta asamblea, varones atenienses, se hace, según veo, para proveer lo
necesario a una armada y pasar con ella a Sicilia, mas a mi parecer,
ante todas cosas, convendría consultar si será acertado enviarla y
realizar esta empresa o no lo será. En materia de tanta importancia no
conviene limitarse a una consulta tan breve, y atenidos a lo que nos
hacen creer hombres extraños, comenzar una guerra tan difícil por lo
que nada nos importa.
»En lo que particularmente a mi toca, yo sé de cierto que puedo ganar
honra en este hecho más que en otro alguno, y que soy el que menos teme
poner a riesgo su persona de todos cuantos aquí están, pero he tenido y
tengo por buen ciudadano al que cuida de su persona y de su hacienda,
porque este puede y quiere servir y aprovechar a la república con lo
uno y con lo otro.
»Conforme en el tiempo pasado, jamás por codicia de honra he dicho
otra cosa de lo que me parecía ser mejor y más conveniente para
la república, lo mismo pienso hacer al presente. Y aunque este mi
razonamiento será de poca eficacia para mover vuestros corazones,
que ya están persuadidos en contrario, debo, sin embargo, deciros
que miréis por vuestras personas, guardéis vuestras haciendas y no
queráis aventurar y poner en peligro las cosas ciertas por las dudosas;
considerando que esta vuestra empresa contra Sicilia, que tan de prisa
habéis determinado, ni es oportuna ni tan fácil como os dan a entender.
Lo primero, porque me parece que, acometiendo esta empresa dejáis acá
muchos enemigos a las espaldas y procuráis traer otros muchos más,
pues si os fundáis en que las treguas que tenéis con los lacedemonios
serán firmes y seguras, yo os certifico que lo serán mientras nosotros
estemos en paz y nuestras cosas continúen en prosperidad, pero si
por desgracia ocurriera alguna adversidad a esta nuestra armada que
enviamos, inmediatamente se moverán ellos y vendrán a dar sobre
nosotros, pues para las treguas y conciertos que con nosotros hicieron,
fueron obligados por necesidad y no guiados por su provecho y ventaja.
»Hay, además, en el convenio muchos puntos oscuros y dudosos. No pocos
del partido contrario no lo aceptaron, y estos no los más flacos de
fuerzas, de los cuales algunos se han declarado ya enemigos nuestros, y
los otros, aunque no se mueven ahora por las treguas de diez días que
les obligan a estar tranquilos, si por dicha suya ven nuestras fuerzas
repartidas, como queremos hacer ahora, se declararán por enemigos,
vendrán contra nosotros y volverán a aliarse con los sicilianos, como
lo han querido hacer en otros tiempos.
»Debemos, pues, considerar todas estas cosas, y no estimar nuestra
ciudad por tan poderosa que la queramos poner en peligro y codiciar
nuevo señorío antes de asegurar de manera firme y estable el que
tenemos. Porque si hasta ahora no hemos podido sojuzgar por completo a
los calcídeos de Tracia, nuestros súbditos, que se nos habían rebelado,
ni a sosegar otros de tierra firme, de quienes no estamos muy seguros,
¿por qué determinamos tan de repente ir a socorrer a los egesteos, so
color que son nuestros aliados y necesitan ayuda? Estos, en tiempo
pasado, se apartaron de nuestra alianza, y con razón podríamos asegurar
que nos han hecho injuria. Aun en el caso de recobrar su alianza
alcanzando la victoria contra sus enemigos, muy poco o nada nos pueden
ayudar, así por estar muy lejos, como por ser muchos, por lo cual no
podríamos mandar en ellos fácilmente.
»Paréceme, por tanto, que es locura ir contra aquellos, que cuando los
hubiéremos vencido no los podremos buenamente guardar ni mantener en
nuestra obediencia, y si no conseguimos la victoria, quedaremos en peor
estado que antes de comenzada la guerra.
»Por otra parte, según yo entiendo de las cosas de Sicilia, me parece
que los siracusanos, aunque sean los principales de aquella tierra,
no tienen por qué odiarnos ni envidiarnos, que es el punto en que los
egesteos fundan su demanda, y aunque por acaso les ocurriese ahora
quererse congraciar con los lacedemonios, no es de creer que los que
están en peligro de perder, quieran por amor a pueblo extraño emprender
la guerra contra otro y aventurar su estado, pues han de pensar que si
los peloponesios con su ayuda acabaran con nuestro señorío, de igual
modo destruirían el suyo.
»Además los griegos que habitan en tierra de Sicilia nos tienen gran
miedo mientras no vamos contra ellos, y lo tendrán mucho mayor si les
mostrásemos nuestras fuerzas y después nos retirásemos. Mas si una vez
entramos en su tierra como enemigos, y recibimos de ellos algún daño o
afrenta, en adelante nos tendrán en mucho menos, se juntarán con los
otros griegos y vendrán a acometernos en nuestra tierra, pues como
todos sabéis bien, las cosas son más admiradas cuanto más lejos están y
tanto menos se estiman cuanto más se prueban y conocen, según podemos
ver por experiencia en nosotros mismos, porque alcanzamos la victoria
contra los lacedemonios y los otros peloponesios, cuyas fuerzas y
poder temíamos mucho, y desde entonces les tenemos en tan poco, que
presumimos ir a conquistar a Sicilia.
»No conviene por la adversidad de los contrarios engreírse, sino antes
refrenar los apetitos y pensamientos, y confiar tan solamente en las
propias fuerzas considerando que los lacedemonios, por la afrenta que
han recibido de nosotros, no piensan en otra cosa sino en vernos hacer
alguna locura o desatino para vengar su derrota y recobrar la honra
perdida; tanto más ellos que otros porque son más codiciosos de gloria
y honra que cualquiera otra nación.
»Debemos pues, varones atenienses, considerar que no tratamos ahora
solo de favorecer a los egesteos de Sicilia, que al fin son bárbaros,
sino también de cómo nos podemos guardar y defender de una ciudad tan
poderosa como la de los lacedemonios, que, por gobernarla pocos, es
enemiga de la nuestra que se gobierna por señorío y comunidad.
»También nos debemos acordar de que apenas hemos podido respirar de
una grande epidemia, y de una guerra tan grande como la pasada, que
nos puso en tanto cuidado y fatiga, y que si ahora crecemos en número
de gente y de riqueza, lo debemos guardar para emplearlo en provecho
de nosotros mismos, y no gastarlo en pro de estos desterrados que
vienen a pedirnos socorro y ayuda, los cuales saben mentir bien para
su provecho, con daño y peligro de sus vecinos, sin tener otra cosa
que dar sino palabras. Porque si con nuestra ayuda les suceden bien
sus cosas, ni nos darán provecho ni gracias, y si mal, se perjudicarán
ellos y dañarán a sus amigos y aliados. Y si alguno de los elegidos por
vosotros para tener cargo de la armada aconseja esta empresa por su
interés particular, y por estar en la flor de su mocedad desea ganar
honra para ser más estimado, y ostentar los muchos caballeros que
mantiene de la renta que tiene, no por eso debéis otorgar a sus deseos
y cumplir su voluntad y provecho particular con daño y peligro de toda
la ciudad, sino antes considerad que por causa de semejantes personas
las cosas públicas reciben detrimento, y las privadas y particulares
se gastan y destruyen. Además, un negocio de tan gran importancia no
debe ser consultado con hombres mozos, ni ponerse en ejecución tan de
repente.
»Porque temo que en esta asamblea hay muchos sentados que le asisten y
favorecen, y por su ruego han venido, recomiendo a los ancianos que no
se dejen persuadir por hombres mozos que les dicen sería vergüenza no
emprender la guerra, que parecería pusilanimidad y falta de corazón,
que sería mal comentado no socorrer a los amigos ausentes y otras
semejantes razones, pues sabéis bien que las cosas que se hacen por
pasión y afecto las más de las veces no salen tan bien como aquellas
que se ejecutan por razón y maduro consejo. Por lo cual y por no poner
nuestro estado en peligro ya que hasta ahora no lo hemos puesto,
debemos responder a los sicilianos que no traspasen los términos que
actualmente tienen con nosotros, a saber, que no pasen el golfo de la
mar de Jonia por la parte de tierra, ni por otra parte de Sicilia, y
en lo demás que gobiernen sus tierras y señoríos entre ellos como bien
les pareciere, y responded a los egesteos, que pues que comenzaron la
guerra contra los selinuntios sin los atenienses, la acaben por sí
mismos, y de aquí en adelante nos recatemos de hacer nuevas alianzas de
la suerte que hasta ahora hemos acostumbrado, porque siempre queremos
ayudar a los necesitados en sus trabajos y fortunas, y cuando nosotros
necesitamos socorro para los nuestros no lo hallamos.
»Tú, presidente, si quieres tener cuidado de la ciudad y gobernarla
como conviene, y merecer el nombre de buen ciudadano, debes poner de
nuevo en consulta este negocio, y demandar las opiniones de todos sin
avergonzarte de revocar el decreto una vez hecho, pues en esta asamblea
hay tan buenos y tantos testigos que con razón no podrás ser culpado
por tomar otra vez consejo. Este será el remedio para la ciudad mal
aconsejada, no olvidando que la manera de gobernar bien un buen juez,
es hacer a su patria todo el provecho que pudiere, a lo menos no
hacerle mal ni daño a sabiendas.»
De esta manera habló Nicias, y después hablaron otros muchos
atenienses, de los cuales la mayoría fue de parecer que se llevase
adelante aquella empresa según la primera determinación. Algunos había
de contraria opinión.
Alcibíades era el que más aconsejaba la guerra, así por contradecir
a Nicias, a quien tenía odio, como por otras causas que entonces le
movían tocantes al gobierno de la república, y también porque Nicias
en su razonamiento parecía que le acusaba de calumnia, aunque no le
nombraba por su nombre, y principalmente porque deseaba en gran manera
ser capitán en aquella armada, esperando por este medio conquistar a
Sicilia, y después a Cartago, y adquirir gloria, honra y riquezas en
esta conquista, si la cosa salía bien como creía, porque estando en
gran reputación, teniendo el favor del pueblo y queriendo por gloria
y ambición ostentar más de lo que permitían sus rentas, presumía de
mantener muchos caballos, y hacer suntuosos y excesivos gastos, lo cual
después en parte fue causa de la destrucción del poder de Atenas, pues
muchos ciudadanos viendo su desorden y demasía, así en el comer como
en atavíos de su persona y su arrogancia y pensamientos altivos en
todas cuantas cosas trataba, le fueron enemigos, creyendo que se quería
hacer señor y tirano de la tierra, y aunque en las cosas de guerra
fuese muy valeroso y las supiese bien tratar, como la mayoría de los
ciudadanos era contraria a sus obras, procuraban poner los negocios de
la república en manos de otro, de donde al fin provino la pérdida y
destrucción de su ciudad.
Saliendo Alcibíades ante todos les habló de esta manera: