Hechos de guerra ocurridos durante aquel invierno en Grecia. La armada
de los atenienses se apareja para el viaje a Sicilia.
En aquel invierno los lacedemonios con toda su hueste salieron al campo
en favor de los corintios, entraron en tierra de los argivos, robaron y
talaron mucha parte de ella, y trajeron muchas vacas y ganado, y gran
cantidad de trigo que les tomaron.
Después hicieron sus conciertos y treguas entre los argivos que estaban
en la ciudad, y los expatriados que pasaron a la ciudad de Orneas con
la condición de que los unos no atentasen contra los otros durante el
tiempo de la tregua, y esto hecho, regresaron a sus casas.
Poco tiempo después los atenienses regresaron con treinta naves, en
las cuales había setecientos hombres de pelea, y se juntaron con los
argivos saliendo de esta ciudad todos los que eran aptos para tomar
armas, y juntos fueron contra los de Orneas. El mismo día que llegaron,
tomaron la ciudad, aunque la noche anterior, los de dentro, viendo que
el campo de los enemigos estaba bastante lejos de la ciudad, tuvieron
tiempo para salvarse todos. Los argivos, a la mañana siguiente,
hallando la ciudad abandonada por los habitantes, la derrocaron y
asolaron, regresando después a sus casas.
Los atenienses, que habían ido con ellos, se embarcaron y navegaron
derechamente hacia la villa de Metone, que está situada en los confines
de Macedonia, donde embarcaron también otros muchos soldados, así de
los suyos como de los macedonios, y algunos de a caballo, que estaban
desterrados de su país, y vivían en tierra de los atenienses. Todos
juntos entraron en las tierras de Pérdicas, y las robaban y talaban
cuanto podían.
Sabido esto por los lacedemonios, mandaron a los calcídeos que moran
en Tracia, que fuesen a socorrer a Pérdicas, lo cual rehusaron hacer,
diciendo que tenían treguas con los atenienses por diez días. Pasó así
el invierno, que fue el decimosexto año de esta guerra, que Tucídides
escribió.
Al principio del verano regresaron los embajadores que los atenienses
habían enviado a Sicilia, y con ellos algunos egesteos de los
principales, que trajeron sesenta talentos de plata, no labrada,
para la paga de un mes de sesenta naves que pedían de socorro a los
atenienses.
Estos egesteos y los embajadores fueron admitidos en el Senado, y
al darles audiencia delante de todo el pueblo, propusieron muchas
cosas para poder persuadir a los atenienses de su demanda, y entre
otras fue la de afirmar que tenía su ciudad gran copia de oro y
plata, así en el tesoro público como en los templos, aunque no era
esto verdad. No obstante, a sus ruegos y persuasiones, el pueblo
les otorgó la ayuda de sesenta naves que pidieron y gran número de
gente de guerra, y nombraron tres de los principales de la ciudad por
caudillos de aquella armada, que fueron Alcibíades, hijo de Clinias;
Nicias, hijo de Nicérato, y Lámaco, hijo de Jenófanes, con pleno
poder y autoridad bastante; a los cuales encargaron que primeramente
socorriesen a los egesteos contra los selinuntios; después, si viesen
sus cosas prósperas, procurasen restituir a los leontinos en su
estado, y finalmente, que en tierra de Sicilia hiciesen todo aquello
que consideraran convenir al bien y aumento de la república de los
atenienses.
A los cinco días celebrose nueva reunión en el Senado para ordenar lo
necesario, a fin de que la armada pudiese partir muy pronto, y proveer
las cosas precisas para los capitanes. Entonces, Nicias, uno de los
nombrados para aquella empresa, aunque contra su voluntad, porque
entendía haber sido determinada sin consejo y razón, solamente por
codicia de conquistar toda la isla de Sicilia, y que además conocía
cuán difícil era la empresa, pensando apartarles de este propósito,
salió en medio delante de todos y habló de esta manera: