Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra
los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria.
Durante este tiempo llegó a Lacedemonia un mensajero de Tegea con
nuevas de parte de los de la ciudad, que si no les socorrían pronto,
les sería forzoso entregarse a los argivos y a sus aliados. Esta
noticia alarmó mucho a los lacedemonios y se pusieron en armas, así
los libres como los esclavos, con la mayor diligencia que pudieron,
partiendo para la villa de Oresteo. Además enviaron orden a los de
Menalia y a los otros arcadios de su partido, que por el más corto
camino que hallasen vinieran derechamente hacia Tegea.
Al llegar a Oresteo, y antes de salir de allí, enviaron la quinta parte
de su ejército a su tierra para guarda de la ciudad, en los cuales
entraban los viejos y niños, y todos los otros caminaron derechamente
a Tegea. Llegaron allí, y tras ellos los arcadios, ordenando a los
corintios, los beocios, los focenses y a los locros que fueran a
juntarse con ellos a Mantinea lo más pronto que pudiesen. Algunos de
estos aliados estaban bastante cerca para poder llegar en seguida;
pero teniendo forzosamente que pasar por tierra de enemigos, les fue
necesario esperar a los otros, aunque hacían todo lo posible para
atravesar.
Los lacedemonios, con los arcadios que tenían consigo, entraron
en tierra de Mantinea, donde hicieron todo el mal que pudieron, y
asentaron su campo delante del templo de Hércules. Los argivos y sus
aliados, advertidos de esto, situaron su campo en un lugar alto, muy
fuerte y muy difícil de entrar, y allí se prepararon para la batalla
contra los lacedemonios, los cuales también se ponían en orden para
pelear.
Cuando los lacedemonios llegaron a tiro de dardo de los enemigos,
uno de los más ancianos del ejército, viendo que ya iban resueltos a
acometer a los enemigos en su fuerte posición, dio voces diciendo:
«Agis, quieres remediar un mal con otro mayor», dando a entender
por estas palabras que Agis pensando enmendar el yerro que había
hecho delante de Argos, quería aventurar aquella batalla en malas
condiciones. Entonces Agis oyendo esto, vaciló, o por el temor que tuvo
de ser cogido en medio si acometía a los enemigos en sus parapetos,
o por parecerle otra cosa más a propósito, y mandó retirar su gente
de pronto sin que pelease. Cuando volvió a tierra de Tegea, procuró
quitarles el agua del río que pasaba por allí en tierra de Mantinea,
por razón del cual río los tegeatas y los mantineos tenían cuestiones
y diferencias a menudo, porque destruía las tierras por donde pasaba.
Hizo esto Agis, para obligar a los argivos y sus aliados a que bajasen
de aquel lugar fuerte que ocupaban, por la necesidad del agua, y
sacarlos a lo llano, a fin de combatir con ellos en sitio ventajoso, y
empleó todo aquel día en quitarles el agua.
A los argivos y sus aliados asustó primero ver que los lacedemonios
habían partido súbitamente, no pudiendo imaginar la causa de su
retirada; mas después, viendo que no los habían seguido, echaban la
culpa a sus capitanes, diciendo que los habían dejado ir una vez por
sus conciertos, pudiéndoles desbaratar cuando estaban delante de Argos,
y que ahora que habían huido no les quisieron seguir a su alcance,
escapándose por esto a su placer, y estando en salvo mientras ellos
eran engañados y vendidos por la traición de sus capitanes. Asustó a
estos dicha murmuración, temiendo que parase en algún motín, y por ello
partieron del fuerte de donde estaban con toda su gente, bajando a la
llanura con propósito de seguir a sus enemigos; y al día siguiente
caminaron en orden de batalla, resueltos a combatir con ellos si los
podían alcanzar.
Los lacedemonios, que habían vuelto del río a su primer alojamiento
junto al templo de Hércules, viendo venir a los enemigos contra ellos,
se asustaron como nunca, porque la cosa era tan súbita, que apenas les
daba tiempo para ponerse en orden de batalla. Pero cobraron ánimo,
y de pronto se pusieron en orden para pelear por mandato de Agis su
rey, el cual, conforme a sus leyes, tenía toda la autoridad necesaria
para mandar a los caudillos del ejército que eran los más principales
después de él, y estos mandaban a los jefes, y los jefes a los
capitanes, y los capitanes a los cabos de escuadras, porque así están
ordenados, por lo cual la mayor parte de la gente que forma su ejército
tienen cargo los unos sobre los otros, y por esta vía hay muchos que
cuidan de los negocios de la milicia.
Esta vez se hallaron en la extrema izquierda los esciritas, según la
costumbre antigua de los lacedemonios, y con ellos los soldados que
habían estado en Tracia con Brásidas, y los que habían sido nuevamente
libertados de servidumbre, y tras estos venían los otros lacedemonios
por sus bandas según su orden, y junto a ellos los arcadios. En la
derecha estaban los menalios, los tegeatas, y algunos lacedemonios,
aunque pocos, puestos en el extremo de la línea de batalla. A los lados
iba la gente de a caballo.
De la parte de los argivos, a la extrema derecha estaban los mantineos,
por hacerse la guerra en su tierra, y junto a ellos los arcadios que
eran de su parcialidad, y mil soldados viejos y escogidos, a quienes
los argivos daban sueldo porque eran muy experimentados en la guerra.
Tras estos venían todos los otros argivos, y sucesivamente los cleoneos
y los orneatas, y a la extrema izquierda estaban los atenienses con
su gente de a caballo. De esta manera iban ordenadas las haces de los
dos ejércitos, y aunque los lacedemonios mostraban mucha gente, no
puedo determinar realmente el número de combatientes de una parte ni de
ambas, porque los lacedemonios hacían sus cosas muy secretas y con gran
silencio, ni menos el de sus contrarios, porque sé que los engrandecen
hasta lo increíble. Puede, sin embargo, calcularse el número de la
gente de los lacedemonios, porque es cierto y averiguado que pelearon
siete bandas de los suyos sin los esciritas, que eran quinientos, y en
cada una de estas bandas había cinco capitanes, y en cada capitanía
dos escuadras, y en cada escuadra cuatro hombres de frente, y más
dentro había más o menos, según la voluntad de los capitanes. Cada
hilera comúnmente tenía hacia dentro ocho hombres, y el frente de todas
las escuadras estaba junto y cerrado a lo largo, de manera que había
cuatrocientos cuarenta y ocho hombres en cada ala sin los esciritas.
Después que todos estuvieron a punto en orden de batalla, así de
una parte como de la otra, cada capitán animaba a sus soldados lo
mejor que sabía. Los mantineos decían a los suyos, que mirasen que la
contienda era sobre perder su patria, señorío y libertad y caer en
servidumbre. Los argivos representaban a los suyos que la cuestión era
sobre guardar y conservar su señorío, igual al de las otras ciudades
del Peloponeso; y también sobre vengar las injurias que sus enemigos
vecinos y comarcanos les habían hecho a menudo. Los atenienses decían
a sus conciudadanos que mirasen que en aquella batalla les iba la
honra, y pues que peleaban en compañía de tan gran número de aliados
mostrasen que no eran más ruines guerreros que los otros, y también que
si esta vez podían vencer y desbaratar a los lacedemonios en tierra de
Peloponeso, su estado y señorío sería en adelante más seguro, porque no
habría pueblo que osase venir a acometerles en su tierra. Estas y otras
semejantes arengas y amonestaciones hacían los argivos y sus aliados.
Los lacedemonios, porque se tenían por hombres seguros y experimentados
en la guerra, no tuvieron necesidad de grandes amonestaciones, porque
la memoria y recuerdo de sus grandes hechos les daba más osadía que
ninguna arenga de frases elocuentes.
Hecho esto comenzaron a moverse los unos contra los otros, a saber:
los argivos y sus aliados con gran ímpetu y furor, y los lacedemonios,
paso a paso, al son de las flautas, de que había gran número en sus
escuadrones, porque acostumbran a llevar muchas, no por religión ni por
devoción, como hacen otros, sino para poder ir con mejor orden y compás
al son de ellas, y también porque no se desmanden o pongan en desorden
en el encuentro con los enemigos, según suele suceder a menudo cuando
los grandes ejércitos se encuentran uno con otro.
Antes de afrontar unos con otros, Agis, rey de los lacedemonios, tuvo
aviso de hacer una cosa para evitar lo que suele siempre ocurrir cuando
se encuentran dos ejércitos, porque los que están en la punta derecha
de la una parte y de la otra, cuando llegan a encontrar a los enemigos
que vienen de frente por la extrema izquierda, extiéndense a lo largo
para cercarlos y cerrar; y temiendo cada cual quedar descubierto del
costado derecho, que no le cubre con el escudo, ampárase del escudo
del que está a la mano derecha, pareciéndoles que cuanto más cerrados
y espesos se encuentren, estarán más cubiertos y seguros. El que está
al principio de la punta derecha muestra a los otros el camino para
que hagan esto, porque no tiene ninguno a la mano derecha que le pueda
amparar, y procura lo más que puede hurtar el cuerpo a los enemigos
de la parte que está descubierta, y por ello trabaja lo posible por
traspasar la punta del ala de los contrarios que está frente a él,
y cercarle y encerrarle por no ser acometido por la parte que tiene
descubierta, y los otros todos les siguen por el mismo temor.
Siendo los mantineos, que estaban a la extrema derecha de su ejército,
muchos más en número que los esciritas, que les acometían de frente, y
también los lacedemonios y los tegeatas, que tenían la punta derecha
de su parte, más numerosos que los atenienses que iban en la izquierda
de los contrarios, temió Agis que la punta siniestra de los suyos
fuese maltratada por los mantineos, e hizo señal a los esciritas y a
los brasidianos, o soldados de Brásidas, que se retirasen y uniesen
contra los mantineos, y al mismo tiempo mandó a dos jefes que estaban
en la punta derecha, llamados Hiponoidas y Aristocles, que partiesen
del lugar donde estaban con sus compañías, y reforzasen de pronto a
los esciritas y brasidianos, pensando que por este medio la punta
derecha de los suyos quedaría bien provista de gente, y la siniestra
estaría más fortificada para resistir a los mantineos. Pero los dos
jefes no quisieron cumplir la orden, así porque ya estaban casi a las
manos con los enemigos, como también porque el tiempo era breve para
hacer lo que se les mandaba, y por esta desobediencia fueron después
desterrados de Esparta como cobardes y negligentes. Como los esciritas
y soldados brasidianos estaban ya retirados de su posición, cumpliendo
el mandato del rey Agis, viendo este que las otras dos bandas de los
dos jefes no les sustituían en su lugar, mandó de nuevo a estos que
volvieran a su primera estancia, mas no les fue posible, ni menos a
los que antes estaban junto a ellos recibirlos, porque ya tenían todos
orden cerrado, y se encontraban junto a los enemigos; y aunque los
lacedemonios en todos los hechos de guerra suelen ser mejores guerreros
y más experimentados que los otros, no lo mostraron aquí, porque cuando
vinieron a las manos, los mantineos, que tenían la extrema derecha,
rompieron a los esciritas y a los brasidianos y sus aliados, y los
pusieron en huida, y los mil soldados viejos escogidos de los argivos
cargaron sobre el ala izquierda de los lacedemonios, desamparada de
las dos bandas que no se pudieron unir a ella, y la desbarataron y
obligaron a huir, siguiéndola hasta el bagaje que estaba allí cerca,
donde mataron algunos de los más viejos que estaban en guarda del
bagaje, y en esta parte los lacedemonios fueron vencidos.
Mas en el centro de la batalla, adonde estaba el rey Agis, y con él
trescientos hombres escogidos, que llaman los caballeros, la cosa
sucedió muy al contrario, porque estos dieron sobre los principales de
los argivos y sobre aquellos soldados que llaman las cinco compañías, y
asimismo sobre los cleoneos y orneatas, y sobre algunos atenienses que
estaban en sus escuadrones, con tanto ánimo que les hicieron perder
sus posiciones, y los más de ellos sin ponerse en defensa, viendo el
denuedo que traían los lacedemonios, salieron huyendo. Los lacedemonios
los siguieron, y en este rebato fueron muertos y hollados muchos de
ellos. De esta manera los argivos y sus aliados quedaron todos rotos
y desbaratados por dos partes, y los atenienses que estaban en el
ala izquierda se vieron en gran aprieto, porque los lacedemonios y
los tegeatas de la extrema derecha los cercaban de la una parte, y
de la otra sus aliados eran vencidos y dispersados; de suerte que de
no acudir los suyos de a caballo en su socorro, todos los atenienses
fueran dispersados.
En este momento, avisado Agis de que los suyos que estaban a la
izquierda de su ejército, frente a los mantineos y a los mil soldados
viejos de los argivos, estaban en gran aprieto, mandó a todos los
suyos que les fuesen a socorrer, y lo hicieron así, teniendo los
atenienses tiempo para salvarse con los otros argivos que habían sido
desbaratados. Los mantineos y los mil soldados argivos, viéndose
acosados por todos sus contrarios, no tuvieron corazón para seguir
adelante, estando los suyos rotos y dispersos y perseguidos por los
lacedemonios que iban tras ellos al alcance, por lo cual también
volvieron las espaldas, y dieron a huir, muriendo muchos mantineos,
aunque los más de los mil soldados argivos se salvaron, porque se iban
retirando paso a paso sin desordenarse, y también porque la costumbre
de los lacedemonios es pelear fuertemente y con perseverancia mientras
dura la batalla hasta vencer a sus contrarios; mas después que los ven
huir, vueltas las espaldas, no curan de perseguirles gran trecho.
Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que
tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban
las más poderosas y nombradas ciudades.
Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de
sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y
en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que
los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron
llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy
honradamente.
El número de los que murieron en esta batalla fue este: de los argivos,
orneatas y cleoneos cerca de setecientos, de los mantineos doscientos,
y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales
murieron los capitanes de los atenienses y argivos. De la parte de
los lacedemonios no hubo tantos que se pueda hacer gran mención, ni
tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente
que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla
Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido
con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; mas cuando
llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se
volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que
habitan fuera del istmo del Peloponeso que venían en socorro de los
lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos
soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus
fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneas, y de tal manera la
deshonra e infamia que habían recibido de los atenienses, así en la
isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y
reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria,
donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes
fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y
permanecía siempre tal cual había sido antes.
Sucedió que un día antes de la batalla, los epidaurios, creyendo que
todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y
vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos,
y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les
salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de
los mantineos, y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro,
juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de
los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los
lacedemonios celebraban sus fiestas Carneas, combatieron la ciudad y la
tomaron, e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno
que les cupo, reedificaron el templo de Juno que estaba fuera de la
ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron,
regresaron a sus tierras.
Esto ocurrió aquel verano.