IX.

Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra

los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria.

Durante este tiempo llegó a Lacedemonia un mensajero de Tegea con

nuevas de parte de los de la ciudad, que si no les socorrían pronto,

les sería forzoso entregarse a los argivos y a sus aliados. Esta

noticia alarmó mucho a los lacedemonios y se pusieron en armas, así

los libres como los esclavos, con la mayor diligencia que pudieron,

partiendo para la villa de Oresteo. Además enviaron orden a los de

Menalia y a los otros arcadios de su partido, que por el más corto

camino que hallasen vinieran derechamente hacia Tegea.

Al llegar a Oresteo, y antes de salir de allí, enviaron la quinta parte

de su ejército a su tierra para guarda de la ciudad, en los cuales

entraban los viejos y niños, y todos los otros caminaron derechamente

a Tegea. Llegaron allí, y tras ellos los arcadios, ordenando a los

corintios, los beocios, los focenses y a los locros que fueran a

juntarse con ellos a Mantinea lo más pronto que pudiesen. Algunos de

estos aliados estaban bastante cerca para poder llegar en seguida;

pero teniendo forzosamente que pasar por tierra de enemigos, les fue

necesario esperar a los otros, aunque hacían todo lo posible para

atravesar.

Los lacedemonios, con los arcadios que tenían consigo, entraron

en tierra de Mantinea, donde hicieron todo el mal que pudieron, y

asentaron su campo delante del templo de Hércules. Los argivos y sus

aliados, advertidos de esto, situaron su campo en un lugar alto, muy

fuerte y muy difícil de entrar, y allí se prepararon para la batalla

contra los lacedemonios, los cuales también se ponían en orden para

pelear.

Cuando los lacedemonios llegaron a tiro de dardo de los enemigos,

uno de los más ancianos del ejército, viendo que ya iban resueltos a

acometer a los enemigos en su fuerte posición, dio voces diciendo:

«Agis, quieres remediar un mal con otro mayor», dando a entender

por estas palabras que Agis pensando enmendar el yerro que había

hecho delante de Argos, quería aventurar aquella batalla en malas

condiciones. Entonces Agis oyendo esto, vaciló, o por el temor que tuvo

de ser cogido en medio si acometía a los enemigos en sus parapetos,

o por parecerle otra cosa más a propósito, y mandó retirar su gente

de pronto sin que pelease. Cuando volvió a tierra de Tegea, procuró

quitarles el agua del río que pasaba por allí en tierra de Mantinea,

por razón del cual río los tegeatas y los mantineos tenían cuestiones

y diferencias a menudo, porque destruía las tierras por donde pasaba.

Hizo esto Agis, para obligar a los argivos y sus aliados a que bajasen

de aquel lugar fuerte que ocupaban, por la necesidad del agua, y

sacarlos a lo llano, a fin de combatir con ellos en sitio ventajoso, y

empleó todo aquel día en quitarles el agua.

A los argivos y sus aliados asustó primero ver que los lacedemonios

habían partido súbitamente, no pudiendo imaginar la causa de su

retirada; mas después, viendo que no los habían seguido, echaban la

culpa a sus capitanes, diciendo que los habían dejado ir una vez por

sus conciertos, pudiéndoles desbaratar cuando estaban delante de Argos,

y que ahora que habían huido no les quisieron seguir a su alcance,

escapándose por esto a su placer, y estando en salvo mientras ellos

eran engañados y vendidos por la traición de sus capitanes. Asustó a

estos dicha murmuración, temiendo que parase en algún motín, y por ello

partieron del fuerte de donde estaban con toda su gente, bajando a la

llanura con propósito de seguir a sus enemigos; y al día siguiente

caminaron en orden de batalla, resueltos a combatir con ellos si los

podían alcanzar.

Los lacedemonios, que habían vuelto del río a su primer alojamiento

junto al templo de Hércules, viendo venir a los enemigos contra ellos,

se asustaron como nunca, porque la cosa era tan súbita, que apenas les

daba tiempo para ponerse en orden de batalla. Pero cobraron ánimo,

y de pronto se pusieron en orden para pelear por mandato de Agis su

rey, el cual, conforme a sus leyes, tenía toda la autoridad necesaria

para mandar a los caudillos del ejército que eran los más principales

después de él, y estos mandaban a los jefes, y los jefes a los

capitanes, y los capitanes a los cabos de escuadras, porque así están

ordenados, por lo cual la mayor parte de la gente que forma su ejército

tienen cargo los unos sobre los otros, y por esta vía hay muchos que

cuidan de los negocios de la milicia.

Esta vez se hallaron en la extrema izquierda los esciritas, según la

costumbre antigua de los lacedemonios, y con ellos los soldados que

habían estado en Tracia con Brásidas, y los que habían sido nuevamente

libertados de servidumbre, y tras estos venían los otros lacedemonios

por sus bandas según su orden, y junto a ellos los arcadios. En la

derecha estaban los menalios, los tegeatas, y algunos lacedemonios,

aunque pocos, puestos en el extremo de la línea de batalla. A los lados

iba la gente de a caballo.

De la parte de los argivos, a la extrema derecha estaban los mantineos,

por hacerse la guerra en su tierra, y junto a ellos los arcadios que

eran de su parcialidad, y mil soldados viejos y escogidos, a quienes

los argivos daban sueldo porque eran muy experimentados en la guerra.

Tras estos venían todos los otros argivos, y sucesivamente los cleoneos

y los orneatas, y a la extrema izquierda estaban los atenienses con

su gente de a caballo. De esta manera iban ordenadas las haces de los

dos ejércitos, y aunque los lacedemonios mostraban mucha gente, no

puedo determinar realmente el número de combatientes de una parte ni de

ambas, porque los lacedemonios hacían sus cosas muy secretas y con gran

silencio, ni menos el de sus contrarios, porque sé que los engrandecen

hasta lo increíble. Puede, sin embargo, calcularse el número de la

gente de los lacedemonios, porque es cierto y averiguado que pelearon

siete bandas de los suyos sin los esciritas, que eran quinientos, y en

cada una de estas bandas había cinco capitanes, y en cada capitanía

dos escuadras, y en cada escuadra cuatro hombres de frente, y más

dentro había más o menos, según la voluntad de los capitanes. Cada

hilera comúnmente tenía hacia dentro ocho hombres, y el frente de todas

las escuadras estaba junto y cerrado a lo largo, de manera que había

cuatrocientos cuarenta y ocho hombres en cada ala sin los esciritas.

Después que todos estuvieron a punto en orden de batalla, así de

una parte como de la otra, cada capitán animaba a sus soldados lo

mejor que sabía. Los mantineos decían a los suyos, que mirasen que la

contienda era sobre perder su patria, señorío y libertad y caer en

servidumbre. Los argivos representaban a los suyos que la cuestión era

sobre guardar y conservar su señorío, igual al de las otras ciudades

del Peloponeso; y también sobre vengar las injurias que sus enemigos

vecinos y comarcanos les habían hecho a menudo. Los atenienses decían

a sus conciudadanos que mirasen que en aquella batalla les iba la

honra, y pues que peleaban en compañía de tan gran número de aliados

mostrasen que no eran más ruines guerreros que los otros, y también que

si esta vez podían vencer y desbaratar a los lacedemonios en tierra de

Peloponeso, su estado y señorío sería en adelante más seguro, porque no

habría pueblo que osase venir a acometerles en su tierra. Estas y otras

semejantes arengas y amonestaciones hacían los argivos y sus aliados.

Los lacedemonios, porque se tenían por hombres seguros y experimentados

en la guerra, no tuvieron necesidad de grandes amonestaciones, porque

la memoria y recuerdo de sus grandes hechos les daba más osadía que

ninguna arenga de frases elocuentes.

Hecho esto comenzaron a moverse los unos contra los otros, a saber:

los argivos y sus aliados con gran ímpetu y furor, y los lacedemonios,

paso a paso, al son de las flautas, de que había gran número en sus

escuadrones, porque acostumbran a llevar muchas, no por religión ni por

devoción, como hacen otros, sino para poder ir con mejor orden y compás

al son de ellas, y también porque no se desmanden o pongan en desorden

en el encuentro con los enemigos, según suele suceder a menudo cuando

los grandes ejércitos se encuentran uno con otro.

Antes de afrontar unos con otros, Agis, rey de los lacedemonios, tuvo

aviso de hacer una cosa para evitar lo que suele siempre ocurrir cuando

se encuentran dos ejércitos, porque los que están en la punta derecha

de la una parte y de la otra, cuando llegan a encontrar a los enemigos

que vienen de frente por la extrema izquierda, extiéndense a lo largo

para cercarlos y cerrar; y temiendo cada cual quedar descubierto del

costado derecho, que no le cubre con el escudo, ampárase del escudo

del que está a la mano derecha, pareciéndoles que cuanto más cerrados

y espesos se encuentren, estarán más cubiertos y seguros. El que está

al principio de la punta derecha muestra a los otros el camino para

que hagan esto, porque no tiene ninguno a la mano derecha que le pueda

amparar, y procura lo más que puede hurtar el cuerpo a los enemigos

de la parte que está descubierta, y por ello trabaja lo posible por

traspasar la punta del ala de los contrarios que está frente a él,

y cercarle y encerrarle por no ser acometido por la parte que tiene

descubierta, y los otros todos les siguen por el mismo temor.

Siendo los mantineos, que estaban a la extrema derecha de su ejército,

muchos más en número que los esciritas, que les acometían de frente, y

también los lacedemonios y los tegeatas, que tenían la punta derecha

de su parte, más numerosos que los atenienses que iban en la izquierda

de los contrarios, temió Agis que la punta siniestra de los suyos

fuese maltratada por los mantineos, e hizo señal a los esciritas y a

los brasidianos, o soldados de Brásidas, que se retirasen y uniesen

contra los mantineos, y al mismo tiempo mandó a dos jefes que estaban

en la punta derecha, llamados Hiponoidas y Aristocles, que partiesen

del lugar donde estaban con sus compañías, y reforzasen de pronto a

los esciritas y brasidianos, pensando que por este medio la punta

derecha de los suyos quedaría bien provista de gente, y la siniestra

estaría más fortificada para resistir a los mantineos. Pero los dos

jefes no quisieron cumplir la orden, así porque ya estaban casi a las

manos con los enemigos, como también porque el tiempo era breve para

hacer lo que se les mandaba, y por esta desobediencia fueron después

desterrados de Esparta como cobardes y negligentes. Como los esciritas

y soldados brasidianos estaban ya retirados de su posición, cumpliendo

el mandato del rey Agis, viendo este que las otras dos bandas de los

dos jefes no les sustituían en su lugar, mandó de nuevo a estos que

volvieran a su primera estancia, mas no les fue posible, ni menos a

los que antes estaban junto a ellos recibirlos, porque ya tenían todos

orden cerrado, y se encontraban junto a los enemigos; y aunque los

lacedemonios en todos los hechos de guerra suelen ser mejores guerreros

y más experimentados que los otros, no lo mostraron aquí, porque cuando

vinieron a las manos, los mantineos, que tenían la extrema derecha,

rompieron a los esciritas y a los brasidianos y sus aliados, y los

pusieron en huida, y los mil soldados viejos escogidos de los argivos

cargaron sobre el ala izquierda de los lacedemonios, desamparada de

las dos bandas que no se pudieron unir a ella, y la desbarataron y

obligaron a huir, siguiéndola hasta el bagaje que estaba allí cerca,

donde mataron algunos de los más viejos que estaban en guarda del

bagaje, y en esta parte los lacedemonios fueron vencidos.

Mas en el centro de la batalla, adonde estaba el rey Agis, y con él

trescientos hombres escogidos, que llaman los caballeros, la cosa

sucedió muy al contrario, porque estos dieron sobre los principales de

los argivos y sobre aquellos soldados que llaman las cinco compañías, y

asimismo sobre los cleoneos y orneatas, y sobre algunos atenienses que

estaban en sus escuadrones, con tanto ánimo que les hicieron perder

sus posiciones, y los más de ellos sin ponerse en defensa, viendo el

denuedo que traían los lacedemonios, salieron huyendo. Los lacedemonios

los siguieron, y en este rebato fueron muertos y hollados muchos de

ellos. De esta manera los argivos y sus aliados quedaron todos rotos

y desbaratados por dos partes, y los atenienses que estaban en el

ala izquierda se vieron en gran aprieto, porque los lacedemonios y

los tegeatas de la extrema derecha los cercaban de la una parte, y

de la otra sus aliados eran vencidos y dispersados; de suerte que de

no acudir los suyos de a caballo en su socorro, todos los atenienses

fueran dispersados.

En este momento, avisado Agis de que los suyos que estaban a la

izquierda de su ejército, frente a los mantineos y a los mil soldados

viejos de los argivos, estaban en gran aprieto, mandó a todos los

suyos que les fuesen a socorrer, y lo hicieron así, teniendo los

atenienses tiempo para salvarse con los otros argivos que habían sido

desbaratados. Los mantineos y los mil soldados argivos, viéndose

acosados por todos sus contrarios, no tuvieron corazón para seguir

adelante, estando los suyos rotos y dispersos y perseguidos por los

lacedemonios que iban tras ellos al alcance, por lo cual también

volvieron las espaldas, y dieron a huir, muriendo muchos mantineos,

aunque los más de los mil soldados argivos se salvaron, porque se iban

retirando paso a paso sin desordenarse, y también porque la costumbre

de los lacedemonios es pelear fuertemente y con perseverancia mientras

dura la batalla hasta vencer a sus contrarios; mas después que los ven

huir, vueltas las espaldas, no curan de perseguirles gran trecho.

Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que

tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban

las más poderosas y nombradas ciudades.

Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de

sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y

en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que

los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron

llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy

honradamente.

El número de los que murieron en esta batalla fue este: de los argivos,

orneatas y cleoneos cerca de setecientos, de los mantineos doscientos,

y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales

murieron los capitanes de los atenienses y argivos. De la parte de

los lacedemonios no hubo tantos que se pueda hacer gran mención, ni

tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente

que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla

Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido

con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; mas cuando

llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se

volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que

habitan fuera del istmo del Peloponeso que venían en socorro de los

lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos

soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus

fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneas, y de tal manera la

deshonra e infamia que habían recibido de los atenienses, así en la

isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y

reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria,

donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes

fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y

permanecía siempre tal cual había sido antes.

Sucedió que un día antes de la batalla, los epidaurios, creyendo que

todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y

vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos,

y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les

salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de

los mantineos, y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro,

juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de

los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los

lacedemonios celebraban sus fiestas Carneas, combatieron la ciudad y la

tomaron, e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno

que les cupo, reedificaron el templo de Juno que estaba fuera de la

ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron,

regresaron a sus tierras.

Esto ocurrió aquel verano.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 15 / 76 题