Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los
argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de
ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas
por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los
atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno.
Al verano siguiente, los lacedemonios, viendo que los epidaurios sus
aliados estaban metidos en guerras, y que muchos lugares del Peloponeso
se habían apartado de su amistad, y otros estaban a punto de hacerlo, y
si no proveían remedio en todo esto, sus cosas irían de mal en peor, se
pusieron todos en armas, y sus hilotas y esclavos con ellos al mando de
Agis, hijo de Arquidamo, su rey, para ir contra los de Argos, llamando
también en su compañía a los tegeatas y a todos los otros arcadios que
eran aliados suyos, y a los confederados del Peloponeso y de otras
partes les mandaron que viniesen a Fliunte, como así lo hicieron.
Fueron también los beocios con cinco mil infantes bien armados, y
otros tantos armados a la ligera, y quinientos hombres de a caballo,
los corintios con dos mil hombres bien armados, y de las otras villas
enviaron también gente de guerra según la posibilidad de cada uno.
También los fliasios, porque la hueste se reunía en su tierra, enviaron
toda la más gente de guerra que pudieron tomar a sueldo.
Advertidos los argivos de este aparato de guerra de los lacedemonios,
y que venían derechamente a Fliunte para reunirse allí con los
otros aliados, les salieron delante con todo su poder, llevando en
su compañía a los mantineos con sus aliados, y tres mil eleos bien
armados, y les alcanzaron cerca de Metidrio, villa en tierra de
Arcadia, donde unos y otros procuraron ganar un cerro para asentar allí
su campo.
Los argivos se apercibían para darles la batalla, antes que los
lacedemonios pudieran unirse con sus compañeros que estaban en Fliunte,
mas Agis, a la media noche, partió de allí para ir derechamente a
Fliunte. Al saberlo los argivos se pusieron en marcha el día siguiente
por la mañana y fueron derechamente a Argos, y de allí salieron al
camino que va a Nemea, por donde esperaban que los lacedemonios habían
de pasar. Pero Agis, sospechando esto mismo, había tomado otro camino
más áspero y difícil, llevando consigo a los lacedemonios, los arcadios
y los epidaurios, y por este camino fue a descender a tierra de los
argivos por el otro lado.
Los corintios, los peleneos y los fliasios por otra parte salieron a
este camino. A los beocios, megarenses y sicionios se les mandó que
descendiesen por el mismo camino que va a Nemea, por donde los argivos
habían ido, a fin de que, si estos querían bajar y descender a lo llano
para encontrarse con los lacedemonios que venían por la parte baja,
cargasen sobre ellos por la espalda con su gente de a caballo.
Estando las huestes así ordenadas, Agis entró por un llano en tierra
de los argivos, y tomó la villa de Saminto y otros lugares pequeños
inmediatos a ella. Viendo esto los argivos, salieron de Nemea al
amanecer para socorrer su tierra; y como encontrasen en el camino los
corintios y los fliasios, tuvieron una pelea donde mataron algunos
de ellos, aunque fueron muertos otros tantos de los suyos por los
contrarios.
Por la otra parte, los beocios, megarenses y sicionios, siguieron el
camino que les mandaron, y fueron directamente a Nemea, de donde los
argivos habían ya partido, bajando al llano. Cuando llegaron a Nemea,
y entendieron que los enemigos estaban allí cerca y que les robaban y
talaban la tierra, pusieron su gente en orden de batalla para combatir
con ellos, los cuales hicieron otro tanto por su parte. Pero los
argivos se hallaron cercados por todos lados: por el llano estaban los
lacedemonios y sus compañeros que tenían su campo situado entre ellos
y la ciudad, por la parte del cerro, de los corintios, fliasios y
peleneos, y por la de Nemea de los beocios, sicionios y megarenses.
No tenían los argivos gente alguna de a caballo, porque los atenienses,
que debían traerla, no habían aún llegado, ni tampoco pensaron en
verse en tanto aprieto, ni que hubiese tantos enemigos contra ellos,
antes esperaban, que estando en su tierra y a la vista de su ciudad,
alcanzarían una gloriosa victoria contra los lacedemonios.
Encontrándose los dos ejércitos a punto de combatir, salieron dos de
los argivos: Trasilo, que era uno de los cinco capitanes, y Alcifrón,
que tenía gran conocimiento con los lacedemonios, y se pusieron al
habla con Agis, para estorbar que se diese batalla, ofreciendo de parte
de los argivos, que si los lacedemonios tenían alguna pretensión contra
ellos estarían a derecho y pagarían lo juzgado, con tal de que los
lacedemonios hiciesen lo mismo por su parte, y que hechas estas treguas
harían la paz más adelante si bien les pareciese. Estos ofrecimientos
los hicieron los dos argivos de propia autoridad, sin saberlo ni
consentirlo los otros. Agis les respondió, que lo otorgaba sin llamar
para ello persona alguna, excepto uno de los contadores que le fue dado
por compañero de aquella guerra, y así entre ellos cuatro acordaron
cuatro meses de tregua, dentro de los cuales se habían de tratar las
cosas arriba dichas.
Hecho esto, Agis retiró su gente de guerra y se volvió sin hablar
palabra a ninguna persona de los aliados, ni tampoco de los
lacedemonios, todos los cuales siguieron en pos de él, porque era
caudillo de todo el ejército, y por guardar la ley y disciplina
militar. Mas no obstante, blasfemaban contra él y le culpaban en gran
manera, porque teniendo tan buena ocasión para la victoria, por estar
sus enemigos cercados por todas partes, así de los de a pie como de los
de a caballo, habían partido de allí sin hacer cosa alguna digna de tan
hermoso ejército como traía, que era uno de los mejores y más lucidos
que los griegos reunieron en todo el tiempo de aquella guerra.
Todos se retiraron a Nemea, donde descansaron algunos días, y estando
en este lugar hacían sus cálculos los capitanes y jefes, diciendo que
eran bastante poderosos, no solamente para vencer y desbaratar a los
argivos y sus aliados, sino también a otros tantos si vinieran, por lo
cual todos volvieron cada cual a su tierra muy airados contra Agis.
También los argivos se indignaron contra los dos de su parte que habían
hecho aquellos conciertos, diciendo que nunca los lacedemonios habían
tenido tan buena ocasión de retirarse tan seguros, porque les parecía
que teniendo ellos tan grueso ejército, así de los suyos como de sus
aliados, y estando a vista de su ciudad, muy fácilmente pudieran haber
desbaratado a los lacedemonios.
Partidos de allí los argivos, se fueron todos al lugar de Caradro,
donde antes que entrar en la ciudad y despojarse de las armas,
celebraron consejo sobre los asuntos militares y las cuestiones de
guerra. Allí fue sentenciado, entre otras cosas, que Trasilo fuese
apedreado, y aunque se salvó acogiéndose al templo, su dinero y bienes
fueron confiscados.
Mientras allí estaban llegaron mil hombres de a pie y quinientos de
a caballo que Laques y Nicóstrato traían de Atenas para ayudar a los
argivos, a los cuales mandaron volver los argivos, diciendo que no
querían violar las treguas hechas con los lacedemonios, de cualquier
manera que fuesen. Y aunque los capitanes atenienses les pidieron
hablar con los del pueblo de Argos, los capitanes argivos se lo
estorbaban, hasta que, a ruego de mantineos y eleos, lo alcanzaron.
Admitidos los capitanes atenienses en la ciudad, ante el pueblo de
Argos y de los aliados que allí estaban, Alcibíades, que era caudillo
de los atenienses, expuso sus razones, diciendo que ellos no habían
podido hacer treguas ni otros tratados de paz con los enemigos sin
su consentimiento, y pues había llegado allí con su ejército dentro
del término prometido, debían empezar nuevamente la guerra; y de tal
manera les persuadió con sus razones, que todos, de común acuerdo y
propósito, partieron para ir contra la ciudad de Orcómeno que está en
tierra de Arcadia, excepto los argivos, los cuales, aunque fueron de
esta opinión, se quedaron por entonces, y a los pocos días siguieron
a los otros, poniendo todos juntos cerco a Orcómeno y haciendo todo
lo posible para tomarla, así con máquinas y otros ingenios de guerra
como de otra manera, pues tenían gran deseo de tomar aquella ciudad por
muchas causas que a ello les movieron, y la principal era porque los
lacedemonios habían metido dentro de ella todos los rehenes tomados a
los arcadios.
Los orcomenios, temiendo ser tomados y saqueados antes que les pudiese
llegar el socorro, porque sus muros no eran fuertes y los enemigos
muchos, hicieron tratos con ellos, convirtiéndose en aliados suyos,
dándoles los rehenes que los lacedemonios habían dejado dentro de la
ciudad, y en cambio de ellos dieron otros a los mantineos.
Después que los atenienses y sus aliados hubieron ganado a Orcómeno
celebraron consejo sobre su partida y a dónde deberían ir, porque los
eleos querían que fuesen a Lépreo y los mantineos a Tegea, de cuya
opinión fueron los atenienses y los argivos, por lo cual los eleos se
despidieron de ellos y volvieron a su tierra. Todos los otros quedaron
en Mantinea y se disponían para ir a conquistar a Tegea, donde tenían
inteligencias con algunos de la ciudad que les habían prometido darles
entrada.
Cuando los lacedemonios volvieron de Argos a causa de las treguas
hechas por cuatro meses, blasfemaban por ella contra Agis por no haber
tomado la ciudad de Argos, habiendo tenido la mejor ocasión y medio
para ello que jamás lograron ni podrían tener en adelante, porque les
parecía que sería muy difícil poder reunir otra vez tan grande ejército
de aliados y confederados como entonces tuvieron allí. Mas cuando llegó
la nueva de la tomada de Orcómeno, fueron mucho más airados contra
Agis, hasta el punto que determinaron derribarle la casa, lo que antes
nunca se había hecho en la ciudad, y le condenaron a cien mil dracmas;
tan grande era la ira y saña que tenían contra él, aunque Agis se
excusaba y les hizo muchas ofertas, prometiéndoles recompensar aquella
falta con algún otro señalado servicio si le querían dejar el cargo de
capitán sin poner en ejecución lo que habían determinado contra él. Con
esto se contentaron los lacedemonios por entonces, dejándole el cargo y
no haciéndole mal ninguno, aunque desde aquel suceso hicieron una ley
nueva, por la cual crearon diez consejeros naturales de Esparta que le
asistiesen, sin los cuales no le era lícito sacar ejército fuera de
la ciudad, ni menos hacer paz ni tregua ni otros conciertos con los
enemigos.