VII.

Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los

lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos,

declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y

eran perjuros.

Esta alianza y confederación no fue agradable a los corintios, y siendo

requeridos por los argivos, sus aliados, para que la ratificasen y

jurasen, rehusaron hacerlo diciendo que les bastaba la que habían hecho

antes con lo mismos argivos, mantineos y eleos, por la cual prometieron

no hacer guerra ni paz una ciudad sin la otra, y ayudar para defenderse

la una a la otra, sin pasar más adelante, y obligarse a dar ayuda y

socorro para ofender y acometer a otros. De esta suerte los corintios

se apartaron de aquella alianza y tomaron nueva amistad e inteligencia

con los lacedemonios.

Todas estas cosas fueron hechas en aquel verano que fue cuando, en las

fiestas olímpicas, el arcadio Andróstenes ganó el premio y joya en los

juegos y contiendas de ellas.

En aquellas fiestas los eleos prohibieron a los lacedemonios hacer

sacrificios en el templo de Júpiter, y tomar parte en los juegos y

contiendas si no pagaban la multa a que habían sido condenados por

ellos, según las leyes y estatutos de Olimpia, pues decían que los

lacedemonios enviaron tropas contra la ciudadela de Firco, y dentro de

la ciudad de Lépreo durante la tregua hecha en Olimpia, y contra el

tenor de ella. La multa montaba a dos mil minas de plata[3], a saber:

por cada hombre armado, que eran mil, dos minas, según se contenía en

el contrato.

A esto, los lacedemonios respondían que habían sido injustamente

condenados; porque cuando enviaron su gente a Lépreo, la tregua no

estaba aún publicada. Mas los eleos replicaban que no la podían

ignorar, porque ya andaba entre sus manos, y ellos mismos habían sido

los primeros que la habían notificado a los eleos. No obstante esto,

contraviniendo a ella, habían emprendido aquel hecho de guerra contra

ellos sin razón y sin que los eleos hubiesen innovado cosa alguna en su

perjuicio.

A esto argüían los lacedemonios, que si así era, y si los eleos

entendían, cuando fueron a notificar aquella tregua a los lacedemonios,

que ya habían contravenido a ella, no era necesario que se la

notificasen, como habían hecho después del tiempo en que pretendían

haber realizado los lacedemonios la empresa de guerra contra ellos, y

que no se podría asegurar que los lacedemonios hubiesen innovado ni

intentado cosa alguna después de la notificación.

Los eleos perseveraron en su opinión, no obstante esta respuesta de los

lacedemonios, y para más justificación suya les ofrecieron que si les

querían devolver a Lépreo les perdonarían una parte de la multa que

se les había de aplicar, y la otra, destinada al templo de Apolo, la

pagaría por ellos: condición que no quisieron aceptar los lacedemonios.

Viendo esto, los eleos les hicieron otra oferta, a saber: que pues

que no querían restituirles a Lépreo, a fin de que no quedasen los

lacedemonios excluidos en aquellas fiestas, jurasen en las aras

del templo de Júpiter delante de todos los griegos pagar aquella

multa, andando el tiempo, si no lo podían hacer entonces; pero los

lacedemonios tampoco quisieron aceptar este partido, por razón de lo

cual fueron excluidos de sacrificar y de estar presentes a los juegos

de aquellas fiestas, viéndose obligados a hacer sus sacrificios en su

misma ciudad. A estos juegos acudieron todos los otros griegos, excepto

los de Lépreo.

Los eleos, temiendo que los lacedemonios viniesen al templo y quisieran

sacrificar por fuerza, mandaron poner cierto número de su gente en

armas para que estuviese allí en guarda junto al templo, y con estos

fueron enviados de Argos y de Mantinea dos mil hombres armados, mil

de cada ciudad, y además, los atenienses enviaron su gente de a

caballo que tenían en Argos, esperando el día de las fiestas. Todos

ellos tuvieron gran miedo de ser acometidos por los lacedemonios,

mayormente después que un lacedemonio llamado Licas, hijo de Arcesilao,

fue castigado con varas por los ministros de justicia en el lugar

de las carreras, por razón de que, habiendo sido atribuido su carro

a los beocios porque había salido a correr en la carrera con los

otros carros, lo cual no le era lícito, pues estaban prohibidos a los

lacedemonios aquellos juegos y contiendas, como se ha dicho, este

Licas, en menosprecio de la justicia, para dar a entender a todos que

aquel carro era suyo, puso una corona de vencedor a su carretero en

el mismo lugar de las carreras públicamente. Todos sospecharon que

aquel no hubiera osado hacer tal cosa si no esperase ayuda de los

lacedemonios, pero estos no se movieron por entonces de su lugar, y así

pasó aquel día de la fiesta.

Acabadas las fiestas, los argivos y sus aliados fueron a Corinto a

rogar a los corintios les enviasen personas con poderes para tratar una

alianza con ellos. Allí se hallaron también presentes los embajadores

de los lacedemonios, y tuvieron muchas conferencias acerca de esto, mas

al fin, cuando oyeron el temblor de tierra, todos los que estaban allí

reunidos para negociar se separaron unos de otros sin tomar acuerdo

alguno, y se fue cada cual a su ciudad.

Ninguna otra cosa se hizo aquel verano.

Al empezar del invierno siguiente, los de Heraclea de Traquinia

libraron una batalla contra los enianes, los dólopes y los melieos y

algunos otros pueblos de Tesalia, sus comarcanos y enemigos, porque

aquella ciudad había sido fundada y poblada contra ellos, y por esto,

desde su fundación, nunca habían cesado de tramar y maquinar por

destruirla. De esta batalla los heracleotas llevaron lo peor, muriendo

muchos de los suyos, y entre otros el lacedemonio Jénares, hijo de

Cnidis, que era su general; y con esto pasó el invierno, que fue el

duodécimo año de la guerra.

Al principio del verano los beocios tomaron la ciudad de Heraclea, y

echaron de ella al lacedemonio Agesípidas, que la gobernaba, diciendo

que lo hacía mal y que sospechaban que estando los lacedemonios

ocupados en guerra en el Peloponeso los atenienses la tomasen. Esta

acción produjo en los lacedemonios gran rencor contra ellos.

En este mismo verano Alcibíades, capitán de los atenienses, con

la ayuda de los argivos y de otros aliados fue al Peloponeso,

llevando consigo muy pocos soldados atenienses, y algunos flecheros

y confederados, los que halló más dispuestos, y atravesó tierra de

Peloponeso, dando orden en las cosas necesarias; y entre otras,

aconsejó a los de Patras que derrocasen el muro desde la villa hasta la

mar, pensando hacer otro sobre el cerro que está de la parte de Acaya,

mas los corintios y los sicionios, que entendieron que esto se hacía

contra ellos, los estorbaron.

En el mismo verano hubo una gran guerra entre los epidaurios y los

argivos, por motivo de que los epidaurios no habían enviado las

ofrendas al templo de Apolo Pitaeo, como estaban obligados; el cual

templo caía en la jurisdicción de los argivos, mas en realidad de

verdad, era porque los argivos, y Alcibíades con ellos, buscaban

alguna ocasión para ocupar la ciudad de Epidauro si pudiesen, así por

estar más seguros contra los corintios, como también porque desde el

puerto de Egina podían atravesar más fácil y más derechamente que

desde Atenas, rodeando por el cabo de Escíleo. Con este pretexto se

aparejaban los argivos para ir a cobrar la ofrenda de los epidaurios

por fuerza de armas.

En este tiempo los lacedemonios salieron al campo con todo su poder,

y se juntaron en Leuctra, que es una villa de su tierra, al mando de

Agis, hijo de Arquidamo, su rey, el cual los quería llevar contra los

de Liceo sin descubrir su intención a persona alguna: mas habiendo

hecho sus sacrificios para aquel viaje, y no siéndoles favorables, se

volvieron a sus casas, tomando primero el acuerdo de reunirse de nuevo

el mes siguiente, que era el de junio.

Después de partir, los argivos salieron con todas sus fuerzas contra

ellos cerca del fin de mayo, y caminaron todo un día hasta entrar

en tierra de Epidauro, y la robaron y destruyeron. Viendo esto los

epidaurios, enviaron aviso a los lacedemonios y a los otros aliados

suyos para que les diesen socorro y ayuda, mas los unos se excusaron,

diciendo que el mes señalado para reunirse no había aún llegado, y los

otros fueron hasta los confines de Epidauro, y allí se detuvieron sin

pasar más adelante.

Mientras los argivos estaban en tierra de Epidauro, llegaron a Mantinea

los embajadores de las otras ciudades aliadas suyas, y a instancia de

los atenienses; y después que estuvieron todos juntos, el corintio

Eufámidas dijo que las obras no eran semejantes a las palabras, porque

hablaban y trataban de paz, y entretanto, los epidaurios y sus aliados

se habían juntado y puesto en armas para ir contra los argivos. Por

tanto, que la razón demandaba que la gente de guerra se retirase de

una parte y de otra; y hecho así se empezara a tratar de paz. En esto

consintieron los embajadores de los atenienses, y mandaron retirar

la gente que había entrado en tierra de los epidaurios, y después

volvieron a reunirse todos para tratar de la paz, mas al fin partieron

sin tomar resolución, y los argivos volvieron de nuevo a hacer

correrías en la tierra de Epidauro.

Por este mismo tiempo los lacedemonios sacaron su gente para ir contra

los de Carias; mas como los sacrificios no se les mostrasen favorables

para esta jornada, regresaron.

Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la

tierra de los epidaurios, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades,

que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra, en busca

de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se

habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel

verano.

Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y

sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de

pelea en socorro de los epidaurios, al mando de Agesípidas, y por ello

los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos,

porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades

confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos

de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su

mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo

cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves

a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo

contrario, les harían gran ofensa.

Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de

Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo, que

decía cómo los lacedemonios habían contravenido el tratado de paz y

quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de

los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos,

para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en

este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los

epidaurios, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente

entradas, escaramuzas y combates.

Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus

escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no

había gente de defensa dentro, y que todos estaban en campaña, pero la

hallaron bien provista, y se volvieron sin hacer lo que pretendían.

En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 13 / 76 题