Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los
lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos,
declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y
eran perjuros.
Esta alianza y confederación no fue agradable a los corintios, y siendo
requeridos por los argivos, sus aliados, para que la ratificasen y
jurasen, rehusaron hacerlo diciendo que les bastaba la que habían hecho
antes con lo mismos argivos, mantineos y eleos, por la cual prometieron
no hacer guerra ni paz una ciudad sin la otra, y ayudar para defenderse
la una a la otra, sin pasar más adelante, y obligarse a dar ayuda y
socorro para ofender y acometer a otros. De esta suerte los corintios
se apartaron de aquella alianza y tomaron nueva amistad e inteligencia
con los lacedemonios.
Todas estas cosas fueron hechas en aquel verano que fue cuando, en las
fiestas olímpicas, el arcadio Andróstenes ganó el premio y joya en los
juegos y contiendas de ellas.
En aquellas fiestas los eleos prohibieron a los lacedemonios hacer
sacrificios en el templo de Júpiter, y tomar parte en los juegos y
contiendas si no pagaban la multa a que habían sido condenados por
ellos, según las leyes y estatutos de Olimpia, pues decían que los
lacedemonios enviaron tropas contra la ciudadela de Firco, y dentro de
la ciudad de Lépreo durante la tregua hecha en Olimpia, y contra el
tenor de ella. La multa montaba a dos mil minas de plata[3], a saber:
por cada hombre armado, que eran mil, dos minas, según se contenía en
el contrato.
A esto, los lacedemonios respondían que habían sido injustamente
condenados; porque cuando enviaron su gente a Lépreo, la tregua no
estaba aún publicada. Mas los eleos replicaban que no la podían
ignorar, porque ya andaba entre sus manos, y ellos mismos habían sido
los primeros que la habían notificado a los eleos. No obstante esto,
contraviniendo a ella, habían emprendido aquel hecho de guerra contra
ellos sin razón y sin que los eleos hubiesen innovado cosa alguna en su
perjuicio.
A esto argüían los lacedemonios, que si así era, y si los eleos
entendían, cuando fueron a notificar aquella tregua a los lacedemonios,
que ya habían contravenido a ella, no era necesario que se la
notificasen, como habían hecho después del tiempo en que pretendían
haber realizado los lacedemonios la empresa de guerra contra ellos, y
que no se podría asegurar que los lacedemonios hubiesen innovado ni
intentado cosa alguna después de la notificación.
Los eleos perseveraron en su opinión, no obstante esta respuesta de los
lacedemonios, y para más justificación suya les ofrecieron que si les
querían devolver a Lépreo les perdonarían una parte de la multa que
se les había de aplicar, y la otra, destinada al templo de Apolo, la
pagaría por ellos: condición que no quisieron aceptar los lacedemonios.
Viendo esto, los eleos les hicieron otra oferta, a saber: que pues
que no querían restituirles a Lépreo, a fin de que no quedasen los
lacedemonios excluidos en aquellas fiestas, jurasen en las aras
del templo de Júpiter delante de todos los griegos pagar aquella
multa, andando el tiempo, si no lo podían hacer entonces; pero los
lacedemonios tampoco quisieron aceptar este partido, por razón de lo
cual fueron excluidos de sacrificar y de estar presentes a los juegos
de aquellas fiestas, viéndose obligados a hacer sus sacrificios en su
misma ciudad. A estos juegos acudieron todos los otros griegos, excepto
los de Lépreo.
Los eleos, temiendo que los lacedemonios viniesen al templo y quisieran
sacrificar por fuerza, mandaron poner cierto número de su gente en
armas para que estuviese allí en guarda junto al templo, y con estos
fueron enviados de Argos y de Mantinea dos mil hombres armados, mil
de cada ciudad, y además, los atenienses enviaron su gente de a
caballo que tenían en Argos, esperando el día de las fiestas. Todos
ellos tuvieron gran miedo de ser acometidos por los lacedemonios,
mayormente después que un lacedemonio llamado Licas, hijo de Arcesilao,
fue castigado con varas por los ministros de justicia en el lugar
de las carreras, por razón de que, habiendo sido atribuido su carro
a los beocios porque había salido a correr en la carrera con los
otros carros, lo cual no le era lícito, pues estaban prohibidos a los
lacedemonios aquellos juegos y contiendas, como se ha dicho, este
Licas, en menosprecio de la justicia, para dar a entender a todos que
aquel carro era suyo, puso una corona de vencedor a su carretero en
el mismo lugar de las carreras públicamente. Todos sospecharon que
aquel no hubiera osado hacer tal cosa si no esperase ayuda de los
lacedemonios, pero estos no se movieron por entonces de su lugar, y así
pasó aquel día de la fiesta.
Acabadas las fiestas, los argivos y sus aliados fueron a Corinto a
rogar a los corintios les enviasen personas con poderes para tratar una
alianza con ellos. Allí se hallaron también presentes los embajadores
de los lacedemonios, y tuvieron muchas conferencias acerca de esto, mas
al fin, cuando oyeron el temblor de tierra, todos los que estaban allí
reunidos para negociar se separaron unos de otros sin tomar acuerdo
alguno, y se fue cada cual a su ciudad.
Ninguna otra cosa se hizo aquel verano.
Al empezar del invierno siguiente, los de Heraclea de Traquinia
libraron una batalla contra los enianes, los dólopes y los melieos y
algunos otros pueblos de Tesalia, sus comarcanos y enemigos, porque
aquella ciudad había sido fundada y poblada contra ellos, y por esto,
desde su fundación, nunca habían cesado de tramar y maquinar por
destruirla. De esta batalla los heracleotas llevaron lo peor, muriendo
muchos de los suyos, y entre otros el lacedemonio Jénares, hijo de
Cnidis, que era su general; y con esto pasó el invierno, que fue el
duodécimo año de la guerra.
Al principio del verano los beocios tomaron la ciudad de Heraclea, y
echaron de ella al lacedemonio Agesípidas, que la gobernaba, diciendo
que lo hacía mal y que sospechaban que estando los lacedemonios
ocupados en guerra en el Peloponeso los atenienses la tomasen. Esta
acción produjo en los lacedemonios gran rencor contra ellos.
En este mismo verano Alcibíades, capitán de los atenienses, con
la ayuda de los argivos y de otros aliados fue al Peloponeso,
llevando consigo muy pocos soldados atenienses, y algunos flecheros
y confederados, los que halló más dispuestos, y atravesó tierra de
Peloponeso, dando orden en las cosas necesarias; y entre otras,
aconsejó a los de Patras que derrocasen el muro desde la villa hasta la
mar, pensando hacer otro sobre el cerro que está de la parte de Acaya,
mas los corintios y los sicionios, que entendieron que esto se hacía
contra ellos, los estorbaron.
En el mismo verano hubo una gran guerra entre los epidaurios y los
argivos, por motivo de que los epidaurios no habían enviado las
ofrendas al templo de Apolo Pitaeo, como estaban obligados; el cual
templo caía en la jurisdicción de los argivos, mas en realidad de
verdad, era porque los argivos, y Alcibíades con ellos, buscaban
alguna ocasión para ocupar la ciudad de Epidauro si pudiesen, así por
estar más seguros contra los corintios, como también porque desde el
puerto de Egina podían atravesar más fácil y más derechamente que
desde Atenas, rodeando por el cabo de Escíleo. Con este pretexto se
aparejaban los argivos para ir a cobrar la ofrenda de los epidaurios
por fuerza de armas.
En este tiempo los lacedemonios salieron al campo con todo su poder,
y se juntaron en Leuctra, que es una villa de su tierra, al mando de
Agis, hijo de Arquidamo, su rey, el cual los quería llevar contra los
de Liceo sin descubrir su intención a persona alguna: mas habiendo
hecho sus sacrificios para aquel viaje, y no siéndoles favorables, se
volvieron a sus casas, tomando primero el acuerdo de reunirse de nuevo
el mes siguiente, que era el de junio.
Después de partir, los argivos salieron con todas sus fuerzas contra
ellos cerca del fin de mayo, y caminaron todo un día hasta entrar
en tierra de Epidauro, y la robaron y destruyeron. Viendo esto los
epidaurios, enviaron aviso a los lacedemonios y a los otros aliados
suyos para que les diesen socorro y ayuda, mas los unos se excusaron,
diciendo que el mes señalado para reunirse no había aún llegado, y los
otros fueron hasta los confines de Epidauro, y allí se detuvieron sin
pasar más adelante.
Mientras los argivos estaban en tierra de Epidauro, llegaron a Mantinea
los embajadores de las otras ciudades aliadas suyas, y a instancia de
los atenienses; y después que estuvieron todos juntos, el corintio
Eufámidas dijo que las obras no eran semejantes a las palabras, porque
hablaban y trataban de paz, y entretanto, los epidaurios y sus aliados
se habían juntado y puesto en armas para ir contra los argivos. Por
tanto, que la razón demandaba que la gente de guerra se retirase de
una parte y de otra; y hecho así se empezara a tratar de paz. En esto
consintieron los embajadores de los atenienses, y mandaron retirar
la gente que había entrado en tierra de los epidaurios, y después
volvieron a reunirse todos para tratar de la paz, mas al fin partieron
sin tomar resolución, y los argivos volvieron de nuevo a hacer
correrías en la tierra de Epidauro.
Por este mismo tiempo los lacedemonios sacaron su gente para ir contra
los de Carias; mas como los sacrificios no se les mostrasen favorables
para esta jornada, regresaron.
Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la
tierra de los epidaurios, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades,
que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra, en busca
de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se
habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel
verano.
Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y
sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de
pelea en socorro de los epidaurios, al mando de Agesípidas, y por ello
los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos,
porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades
confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos
de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su
mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo
cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves
a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo
contrario, les harían gran ofensa.
Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de
Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo, que
decía cómo los lacedemonios habían contravenido el tratado de paz y
quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de
los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos,
para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en
este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los
epidaurios, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente
entradas, escaramuzas y combates.
Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus
escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no
había gente de defensa dentro, y que todos estaban en campaña, pero la
hallaron bien provista, y se volvieron sin hacer lo que pretendían.
En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.