Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los
atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al
saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios.
En el invierno siguiente fueron mudados los éforos o gobernadores de la
ciudad de Esparta, en cuyo tiempo fue concluido el tratado de paz. En
su lugar eligieron otros que eran contrarios a la paz, y se hizo una
asamblea en Lacedemonia donde se hallaron presentes los embajadores de
las ciudades confederadas a los peloponesios y los de los atenienses,
los corintios y los beocios. En esta asamblea fueron debatidas muchas
cosas de todas partes, mas al fin terminó sin tomar resolución alguna.
Vueltos cada cual a su casa, Cleóbulo y Jénares, que eran los dos
éforos nuevamente elegidos que presidían por entonces en Lacedemonia,
y deseaban el rompimiento de la paz, tuvieron negociaciones privadas
con los beocios y los corintios, amonestándoles que atendiesen al
estado general de las cosas, y al en que ellos estaban por entonces,
sobre todo a los beocios, que así como habían sido los primeros en
hacer alianza con los argivos, quisieran de nuevo confederarse con los
lacedemonios, mostrándoles que por este medio no estarían obligados a
tener alianza con los atenienses, y que antes de las enemistades que
esperaban y de que se rompiesen las treguas, siempre los lacedemonios
habían deseado más la alianza y amistad de los argivos que la de los
atenienses, porque siempre habían desconfiado de estos, y por eso
querían ahora asegurarse, sabiendo que la alianza de los argivos les
venía muy a propósito a los lacedemonios, para hacer la guerra fuera
del Peloponeso. Por tanto, rogaban a los beocios que dejasen de buen
grado a los lacedemonios la ciudad de Panacto, para que, restituida
esta ciudad, ellos pudiesen recobrar a Pilos si fuese posible, y por
este medio comenzar la guerra de nuevo contra los atenienses con más
seguridad.
Dichas tales cosas a los embajadores de los beocios y de los corintios
por los éforos y algunos otros lacedemonios, amigos suyos, para que
hiciesen relación de ellas a sus repúblicas, partieron. Antes de llegar
a sus ciudades encontraron en el camino dos gobernadores de Argos, y
hablaron mucho con ellos, para saber si sería posible que los beocios
quisieran entrar en su alianza, como habían hecho los corintios, los
mantineos y los eleos, diciéndoles que si esto se hacía, les parecía
que serían bastantes para declarar la guerra a los atenienses, o a lo
menos, por medio de los beocios y los otros confederados, llegar a
algún buen concierto con ellos. Estas noticias fueron muy agradables a
los beocios, porque les parecía que concordaban con lo que sus amigos
los lacedemonios les habían encargado y que los argivos otorgaban lo
que los otros deseaban, determinando entre ellos enviar embajadores a
tierra de Beocia para este efecto, y con esto se despidieron unos de
otros. Llegados los beocios a su tierra, relataron a los gobernadores
de su ciudad todo lo que habían escuchado de los lacedemonios y lo que
había pasado con los argivos en el camino, lo cual celebraron los
gobernadores, porque la amistad de los unos y de los otros les venía
bien, y porque ambas partes, sin previo acuerdo, se mostraban propicias
al mismo fin.
Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales,
después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían
a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.
Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los
megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y
concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse
unos a otros contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no
pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una
parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses,
que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones
con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen
la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra
que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que
quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos
los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en
su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo
que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios
que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no
les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo y
Jénares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero
debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la
harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores
que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les
aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera
que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron
sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que habían
determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar
después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de
los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos,
que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta
manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta
de solicitud.
En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna,
donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.
Pasado esto hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios
tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente
sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los
lacedemonios, que si restituían Panacto a los atenienses, también
estos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los
lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses
la ciudad de Panacto, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo
cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si
los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como la habían
hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían
que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual
estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los
otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panacto,
esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor
inclinación que los éforos que gobernaban entonces tenían a los beocios
que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron
aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo
de la primavera, que fue el onceno año de la guerra, los beocios
derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panacto.
Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores
para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado
hasta los cimientos a Panacto y hecho alianza particular con los
lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con
los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen
todas con estos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios
en Panacto fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios,
y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los
atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque
lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre
ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos
al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los
atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios, porque habían
rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, y codiciado el
imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los
lacedemonios a Éustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos, y muy
aceptos y agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza,
pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a
cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el
estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia,
declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza,
y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que
tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los
términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antene,
pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o
a algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los
lacedemonios les respondieron que no era menester hablar más sobre
esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer
un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido
el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción,
diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que
fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer
la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de
Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra
guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón
que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber
alcanzado la victoria. Además que la guerra no debiese pasar más
adelante de los límites de la ciudad de Argos, o Lacedemonia, y de sus
términos.
Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y
desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de
los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores
tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos, y propusiesen
el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que
volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto
partieron de Lacedemonia los embajadores.
Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los
lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panacto y
los prisioneros atenienses, a saber, Andrómedes, Fédimo y Antiménidas,
hallaron que Panacto había sido asolada por los beocios, porque
decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses,
confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros
debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les
devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores
se los enviaron; y tocante a Panacto, les dijeron que no tenían por
qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba
derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa
de devolverla.
No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era
cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada,
y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que
terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen
obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y
ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas
usaron con los embajadores de palabras muy duras, y les despidieron sin
otra conclusión.
Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias,
aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los
medios que podían para romperla con ocasión de esto; y entre otros, era
uno Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza
y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y
señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad
en la ciudad. Este aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los
argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también
porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha
con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de
él, porque era joven; y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que
había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho
de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo
públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios,
y que el tratado de paz hecho con ellos, era solo por apartar a los
argivos de su amistad, y después declararles la guerra.
Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió
secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para
conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y
que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de
los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudaría con todo
su poder.
Los argivos, teniendo aviso de esto, y entendiendo que los beocios no
habían hecho alianza con los atenienses, y también que los atenienses
estaban en gran discordia con los lacedemonios, prescindieron de las
negociaciones de sus embajadores que trataban la paz y alianza con los
lacedemonios, y entendieron hacerla con los atenienses, la cual tenían
por mejor y más útil y provechosa para ellos que la otra, porque los
atenienses habían sido siempre, desde los tiempos antiguos, sus amigos,
y se gobernaban por señorío y estado popular como ellos, y porque les
podían dar gran favor y ayuda por mar si temían guerra, siendo como
eran en el mar los más poderosos.
Inmediatamente enviaron sus embajadores con los de los eleos y
mantineos a Atenas para tratar y concluir la alianza. Al mismo tiempo
llegaron a Atenas los embajadores de los lacedemonios, que eran
Filocáridas, León y Endio, que, según parece, eran los más aficionados
a los atenienses y a la paz, los cuales fueron enviados así por la
sospecha que tuvieron los lacedemonios de que los atenienses hiciesen
alianza con los argivos en daño de ellos, como también para demandar
que les devolvieran a Pilos en cambio de Panacto, y también para
excusarse de la alianza que habían hecho con los beocios, y para
mostrarles que no la habían hecho con mala intención ni en perjuicio de
los atenienses.
Todas estas cosas fueron propuestas por los embajadores lacedemonios
ante el Senado de Atenas, y además declararon que tenían pleno poder
para tratar y convenir sobre todas las diferencias pasadas.
Viendo esto Alcibíades, y temiendo que si estas cosas fuesen publicadas
y declaradas al pueblo le inducirían a consentir con ellos, y por tanto
a rehusar la alianza de los argivos, usó de la astucia e ingenio para
estorbarlo, hablando secretamente con los embajadores, y diciéndoles
que en manera alguna declarasen al pueblo que tenían poder bastante
para entender en todas las diferencias, prometiéndoles que, si lo
hacían así, pondría a Pilos en sus manos; que él tenía para ello los
medios y autoridad, y sabía cómo persuadir al pueblo, como los había
tenido antes para hacer que se opusiera a las demandas de los otros
embajadores de los lacedemonios. Además les prometió que compondría
todas las otras diferencias que tenían, haciendo esto por apartarlos de
la conversación con Nicias, y también para por este medio calumniar a
los embajadores, insinuar entre el pueblo que no había en ellos verdad
ni lealtad, e inducirle a que hiciese alianza con los argivos, los
mantineos y los eleos, según sucedió, porque cuando los embajadores
se presentaron delante de todo el pueblo, siendo preguntados si tenían
pleno poder para entender y tratar sobre todas las diferencias,
respondieron que no, lo cual era contrario totalmente a lo que habían
dicho primero delante del Senado. Tanto enojó esto a los atenienses,
que no les quisieron dar más audiencia, poniéndose de acuerdo con
Alcibíades, que comenzó con esta ocasión a cargarles la mano más que lo
había hecho antes.
A persuasión suya mandaron entrar los argivos y los otros aliados que
habían venido en su compañía para ajustar y convenir la confederación
y alianza con ellos, mas antes que la cosa fuese efectuada del todo
tembló la tierra, por lo cual fue dejada la consulta para un día
después.
Al día siguiente, de mañana, Nicias viose engañado por Alcibíades no
menos que los embajadores de los lacedemonios que fueran inducidos por
él a negar al pueblo lo que primero habían dicho en el Senado. Mas no
por eso dejó Nicias de insistir de nuevo en la asamblea, y mostrarles
que la alianza debía hacerse y renovar la amistad con los lacedemonios,
y que para esto debían enviar embajadores a Lacedemonia para saber más
ampliamente su voluntad e intención, y entretanto diferir la alianza
con los argivos, mostrándoles que era honra suya evitar la guerra y
la vergüenza de los lacedemonios, y pues las cosas de los atenienses
estaban en buen estado, que se supiesen guardar y conservar, pues los
lacedemonios que habían quedado con pérdida tenían más motivo para
desear la fortuna de la guerra que no ellos. Finalmente, tanto les
persuadió Nicias que acordaron los atenienses enviar sus embajadores a
Lacedemonia, y entre ellos fue nombrado el mismo Nicias, a los cuales
ordenaron que dijesen a los lacedemonios que si querían tratar con
verdad y mantener la paz y alianza, devolvieran a los atenienses la
ciudad de Panacto reedificada, y en lo demás dejasen a Anfípolis y
se apartasen de la alianza de los beocios si no querían entrar en el
tratado de paz con las mismas condiciones que en él había sido dicho
y declarado, a saber: que cualquiera de las partes no pudiese hacer
tratos con ciudad alguna sin que en ellos entrase la otra. Declararon
además que si querían contravenir el tratado de paz y alianza haciendo
lo contrario de lo que primero habían capitulado, supiesen que los
atenienses tenían ya concluida la alianza con los argivos que quedaban
en Atenas esperando la resolución de esta embajada, y juntamente con
estas enviaron otras muchas quejas y agravios contra los lacedemonios
por no haber guardado ni cumplido el tratado de paz, todas las cuales
fueron dadas por instrucción a los embajadores atenienses para que se
las expresaran a los lacedemonios.
Cuando los embajadores llegaron a Lacedemonia y expusieron su demanda
en el Senado a los lacedemonios, y en el último término les notificaron
que si no querían dejar la alianza con los beocios (en el caso que
estos no quisiesen aceptar el tratado de paz como hemos dicho), los
atenienses concluirían la alianza con los argivos y los otros aliados
suyos, los lacedemonios, por consejo del éforo Jénares, y los de su
bando respondieron que no se apartarían de la alianza de los beocios en
manera alguna, aunque siendo requeridos por Nicias que jurasen de nuevo
guardar el tratado de paz y amistad que habían hecho antes entre sí, lo
juraron de buen grado.
Hizo esto Nicias temiendo que si volvía a Atenas sin efectuar algo de
lo que llevaba a cargo, después le calumniarían por haber sido autor
del tratado de alianza con los lacedemonios, según después sucedió.
Cuando Nicias regresó de su embajada, y los atenienses entendieron
por su relación la respuesta de los lacedemonios, y que no había
efectuado nada con ellos, consideráronse muy injuriados, y por consejo
y persuasión de Alcibíades concluyeron la alianza con los argivos que
estaban en Atenas, el tenor de la cual es el siguiente:
«Queda hecha confederación y alianza por espacio de cien años por parte
de los atenienses con los argivos, los mantineos y los eleos, así para
ellos como para sus amigos y compañeros a quien presiden una parte y
otra sin fraude, ni dolo, ni engaño, así por mar como por tierra, a
saber: que una parte no pueda mover la guerra, ni hacer mal ni daño a
la otra ni a sus aliados ni súbditos bajo cualquier causa, ocasión o
motivo que sea.
»Además, que si algunos enemigos durante este tiempo entraren en tierra
de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos estarán obligados
a socorrerles con todas sus fuerzas y poder tan pronto como fuesen
requeridos por los atenienses. Y si sucediese que los enemigos hubieran
ya salido de tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos
los deban tener y reputar por sus enemigos ni más ni menos que los
tendrán los atenienses.
»Que no sea lícito a ninguna de estas ciudades aliadas y confederadas
hacer tratado o concordia con los enemigos comunes sin el
consentimiento de las otras, y lo mismo harán los atenienses para con
los argivos, mantineos y eleos cuando los enemigos entrasen en su
tierra.
»Que ninguna de estas ciudades permitirá ni dará licencia para pasar
por su tierra ni por la de sus amigos y aliados a quien presiden,
ni por mar ninguna gente de armas para hacer guerra si no fuere con
acuerdo y deliberación de las cuatro ciudades. Y si alguna de estas
ciudades demandare socorro y ayuda de gente a las otras, la ciudad que
pidiere el socorro sea obligada a proveer y abastecer de vituallas a
su costa por espacio de treinta días, contados desde el primer día que
el tal socorro llegare a la ciudad que le demanda. Pero si la ciudad
hubiese menester el socorro por más tiempo, quedará obligada a dar
sueldo a los tales soldados, a saber: tres óbolos de plata cada día
por cada hombre de a pie, y a los de a caballo una dracma. La ciudad
tendrá mando y autoridad sobre estos hombres de guerra, y ellos estarán
obligados a obedecerla, mientras estuvieren en ella. Mas si en nombre
de todas cuatro ciudades se formase ejército o armada, tenga caudillo
y capitán de parte de todas cuatro.
»Este tratado de alianza deberán jurarlo los atenienses al presente en
nombre suyo, y de sus aliados y confederados, y después se jurará en
cada una de las otras tres ciudades y de sus aliados en la más estrecha
forma que pueda ser, según su costumbre religiosa, después de hechos
los sacrificios correspondientes por estas palabras:
»Juro mantener esta confederación y alianza según la forma y tenor del
tratado acordado y otorgado sobre ella, justa, leal y sencillamente, y
no ir ni venir en contrario con cualquier pretexto, arte ni maquinación
que sea. Este juramento será hecho en Atenas por los senadores y los
tribunos, y después confirmado por ellos. Y en la ciudad de Argos,
por el Senado y los ochenta varones del consejo. En Mantinea, por la
justicia y gobernadores, y confirmado por los adivinos y caudillos de
la guerra. En Elea o Élide, por los oficiales tesoreros y sesenta
varones del gran consejo, y será confirmado por los conservadores de
las leyes. El juramento será renovado todos los años, primero por
los atenienses, los cuales irán para este efecto a las otras tres
ciudades treinta días antes de las fiestas olímpicas, y después los
representantes de las otras tres ciudades irán a Atenas para hacer lo
mismo diez días antes de la gran fiesta llamada Panacteas.
»Será escrito el presente tratado con su juramento y esculpido en una
piedra que se ponga en lugar público, a saber: en Atenas, en el más
eminente lugar de la ciudad; en Argos, junto al mercado en el templo
de Apolo; y en Mantinea y en Élide, en el mercado junto al templo de
Júpiter. En nombre de estas cuatro ciudades será puesto en las próximas
fiestas olímpicas en una tabla de bronce, y podrán estas ciudades
por común acuerdo añadir a este tratado lo que bien les pareciere en
adelante.»
De esta manera fue ajustada la liga y confederación entre estas cuatro
ciudades sin que se hiciese mención alguna que por esta alianza se
apartaban del tratado de paz y alianza hecha entre los atenienses y los
lacedemonios.