Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus
aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos.
Al comienzo del invierno, la gente de guerra que mandaba Ranfias llegó
hasta el monte Pierio, que está en Tesalia, mas los de la tierra le
prohibieron el paso, por cuya causa, y también porque supieron la
muerte de Brásidas, a quien llevaba aquellas tropas, volvieron a sus
casas, porque les parecía que no era tiempo de comenzar la guerra,
visto que los atenienses se habían retirado, y que ellos dos, Ranfias
y Autocáridas, carecían de recursos para dar fin a la empresa de
Brásidas.
Por otra parte, sabían muy bien que a su partida de Esparta los
lacedemonios estaban más inclinados a la paz que a la guerra, y a
excepción del combate de Anfípolis y la vuelta de Ranfias de Tesalia,
no hubo hecho alguno de guerra entre atenienses y lacedemonios,
porque de una y otra parte se deseaba más la paz que la guerra; los
atenienses, por la pérdida que habían sufrido primeramente en Delio,
y poco después en Anfípolis, por razón de lo cual no estimaban sus
fuerzas por tan grandes como al principio cuando les hablaron sobre
concierto de paz, que ellos rehusaron entonces, confiados muchos en su
prosperidad, y también temían en gran manera que sus aliados, viendo
declinar su fortuna, se les rebelasen, estando muy arrepentidos de
no haber aceptado la paz que les demandaban después de la victoria
que alcanzaron en Pilos. Los lacedemonios, por su parte, la deseaban,
porque les había resultado la guerra muy distinta de lo que pensaron al
principio, pues creían que talando la tierra de los atenienses, en poco
tiempo los desharían; también por la pérdida de Pilos, que fue la mayor
que los de Esparta tuvieron hasta entonces, y porque los enemigos, que
estaban dentro de Pilos y de Citera, no cesaban de recorrer y robar las
tierras que los lacedemonios tenían allí cercanas. Además, sus hilotas
y esclavos se pasaban a menudo a los atenienses, y continuamente tenían
temor que los otros que quedaban hiciesen lo mismo por consejo de los
que primero habían huido.
También había otra causa y razón más eficaz, y era que la tregua que
los lacedemonios habían hecho por treinta años con los argivos espiraba
en breve, la cual tregua los lacedemonios no querían continuar si los
argivos no les devolvían la villa de Cinuria, y no se hallaban bastante
poderosos para hacer la guerra contra los atenienses y los argivos a un
tiempo, tanto más sospechando que algunas de las ciudades del partido
de estos en tierra de Peloponeso se declarasen por ellos, como sucedió
después.
Por estas razones, ambas partes deseaban la paz, mayormente los
lacedemonios, para recobrar sus prisioneros en Pilos, los cuales eran
todos naturales de Esparta, parientes y amigos de los principales de
Lacedemonia, y por cuya libertad procuraron la paz desde que fueron
presos, aunque los atenienses, engreídos con la prosperidad de su
fortuna, entonces no la habían querido aceptar, esperando hacer mayores
cosas antes que la guerra tuviese fin. Pero después que los atenienses
fueron derrotados en Delio, pensando los lacedemonios que entonces
serían más tratables y humanos, habían acordado las treguas por un año,
para que durante este pudiesen tratar de la paz o de más larga tregua.
Sobrevenido al poco tiempo la derrota de Anfípolis, que les ayudaba en
gran manera al logro de sus deseos, sobre todo porque Brásidas y Cleón
habían muerto en ella, y estos eran los principales que estorbaban la
paz de ambas partes, Brásidas por la buena fortuna que tenía en la
guerra, de la cual esperaba siempre gloria y honra, y Cleón porque le
parecía que sus yerros y faltas serían más notorias y manifiestas en
tiempo de paz que en el de guerra, y que no se daría tanta fe y crédito
a sus invenciones y ruines pareceres habiendo paz.
Faltando estos dos quedaban otras dos personas, las más principales
de las dos ciudades que tenían gran deseo y codicia de la paz,
esperando que por medio de ella alcanzarían el mando principal en
las dos ciudades. El uno era Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de
Lacedemonia, y el otro, Nicias, hijo de Nicérato, que por entonces era
el mejor caudillo que los atenienses tenían, y que había realizado en
la guerra famosos hechos. A este le parecía que era mejor hacer la
paz mientras que los atenienses estaban en prosperidad y antes que
perdiesen su buena fortuna por algún azar de guerra, y también porque
los ciudadanos, y él mismo con ellos, tuviesen en adelante sosiego y
reposo, y él pudiese dejar la buena fama después de su muerte, de no
haber hecho ni aconsejado jamás cosa alguna por donde a la ciudad le
sobreviniese mal, lo cual podía no sucederle si lo fiaba todo a la
aventura de la guerra, cuyos males y daños se evitan por la paz.
El lacedemonio Plistoanacte también deseaba la paz, a causa de
tenérsele por sospechoso desde el comienzo de la guerra, acusándole de
que se había retirado con el ejército de los peloponesios de tierra
de los atenienses. Además le culpaban de todos los males y daños que
después de su retirada habían venido a los lacedemonios y de que él y
Aristóteles, su hermano, habían sobornado a la sacerdotisa del templo
de Apolo en Delfos que daba los oráculos y respuestas de Apolo, de
manera que a nombre del dios, y como inspirada por él, había respondido
a los nuncios que los lacedemonios enviaron diversas veces al templo
para saber el consejo de Apolo tocante a la guerra el oráculo siguiente:
«Los descendientes de Júpiter tornarán su generación de tierra ajena a
la suya propia, si no quieren arar la tierra con reja de plata»[2].
Hizo esto Plistoanacte, porque los lacedemonios le desterraron a Liceo
por la sospecha de que se dejó corromper por dinero, para retirarse con
el ejército de tierra de Atenas: en el cual lugar del Liceo vivió mucho
tiempo, y por esta respuesta del oráculo le alzaron el destierro, y fue
recibido en la ciudad con las honras que acostumbran para los reyes
cuando entran con pompa. Para hacer olvidar estas sospechas deseaba
la paz, pareciéndole que cesando los inconvenientes de la guerra, no
tendrían ocasión de imputarle aquella culpa, mayormente después que
los ciudadanos hubiesen recobrado sus prisioneros. Además, mientras
durase la lucha duraría la murmuración, pues como sucede siempre,
cuando el pueblo ve los males y daños de la guerra, murmura contra los
principales actores de ella.
Duraron los tratos para la paz todo el invierno, y al fin de él los
lacedemonios hicieron alarde de querer construir una grande armada: y
enviaron a todas las ciudades confederadas aviso para que se aprestasen
a la guerra, para la primavera, pensando que así infundirían más temor
a los atenienses, y les darían motivo para querer la paz. Por tales
medios, después de muchos tratos y discusiones, fue ajustada entre
ellos, con condición de que cada cual de las partes devolviera lo que
había tomado a la otra, excepto Nisea, que quedaría en poder de los
atenienses, porque pidiendo Platea, los tebanos decían que no la habían
tomado por fuerza, sino que los ciudadanos se la habían entregado
voluntariamente y los atenienses dijeron lo mismo de Nisea.
Estando juntos todos los confederados para este efecto, les alegró que
la paz se concluyese, y que en ella quedara establecido que la ciudad
de Platea fuera de los tebanos, y la de Nisea de los atenienses. Los
beocios, los corintios, los eleos y los megarenses no quisieron aceptar
esta paz; no obstante, por común decreto fue acordada y jurada por los
embajadores de Atenas en Esparta: y después confirmada por las ciudades
confederadas de una y otra parte en la forma y manera siguiente:
«Primeramente, en cuanto a los templos públicos, que sea lícito a cada
cual de las partes ir y venir a su voluntad sin ningún estorbo ni
impedimento alguno, y hacer sus sacrificios, demandas, peticiones y
consultas acostumbradas, y que para esto puedan enviar sus nuncios y
consejeros así por mar como por tierra.
»Ítem, en cuanto al templo de Apolo en Delfos, que los que lo tienen
a su cargo puedan usar y gozar de sus leyes, privilegios, costumbres,
tierras, rentas y provechos, según costumbre.
»Ítem, que esta paz sea firme y segura sin dolo, fraude, ni engaño
entre los atenienses y los lacedemonios, sus amigos, aliados y
confederados por espacio de cincuenta años, que si en este tiempo se
suscitaran entre ellos algunas cuestiones, se deba decidir y determinar
por derecho y justicia, y no por armas, y que así será jurado por
juramento solemne de una parte y de otra; pero con la condición de
que los lacedemonios y sus confederados restituirán a los atenienses
la ciudad de Anfípolis, y que los moradores de esta y de las otras
ciudades, villas y lugares que fueren restituidas a los atenienses
puedan y les sea lícito, si quisieren, irse y trasladar el domicilio
adonde bien les pareciere con sus casas, bienes y haciendas, y que
las ciudades que Arístides hizo tributarias sean libres y francas en
adelante.
»Ítem, que no sea lícito a los atenienses y sus aliados ir ni
enviar gente de armas para hacerles mal a estas ciudades que les
serán devueltas mientras les pagaren su tributo acostumbrado. Estas
ciudades son las siguientes: Argilo, Estagira, Acanto, Escolo, Olinto
y Espartolo, las cuales quedarán neutrales, sin estar aliadas ni
confederadas a los atenienses ni a los lacedemonios, excepto si los
atenienses las pueden inducir por buenos medios y maneras, sin fuerza
ni rigor, a que sean sus aliadas, pues, en tal caso, les será lícito.
»Ítem, que los habitantes de Meciberna, de Sane y de Singo puedan morar
en sus ciudades, según y de la misma manera que los olintios y los
acantios.
»Ítem, que los lacedemonios restituyan a los atenienses la ciudad de
Panacto, y los atenienses a los lacedemonios las villas de Corifasio,
Citera, Metana, Ptéleo y Atalanta, y todos los prisioneros que de ellos
tienen, así en la ciudad de Atenas como en otras partes en su tierra
y poder. Asimismo los que tienen sitiados en Escíone, lacedemonios u
otros peloponesios, o de sus amigos y confederados de cualquier parte
y lugar que sean, y generalmente todos los que Brásidas envió a dichas
plazas. Además, si estuviere algún lacedemonio u otra cualquier persona
de sus aliados en prisión por cualquier causa que sea en la ciudad de
Atenas o en otro cualquier lugar de su señorío, sea puesto en libertad,
haciendo los lacedemonios y sus confederados lo mismo en favor de los
atenienses y sus aliados. En cuanto a los de las ciudades de Escíone,
Torone y Sermile y los de otras ciudades que tienen los atenienses,
estos determinarán lo que se hubiere de proveer y les mandarán hacer el
juramento a los lacedemonios y a las otras ciudades confederadas. Que
ambas partes harán el juramento acostumbrado la una a la otra, el mayor
y más fuerte que se puede hacer en tal caso, en el cual se contenga,
en efecto, que guardarán los tratados y capítulos de paz arriba dichos
justa y debidamente, y que este juramento se deba renovar todos los
años, y sea consignado por escrito y esculpido en una piedra y puesto
en Olimpia, en Delfos, en el Istmo, en la ciudad de Atenas y en la de
Lacedemonia en el lugar llamado Amicleo.
»Ítem, si alguna otra cosa ocurriese además de esto que sea justa y
razonable a ambas partes, se pueda añadir, mudar y quitar por los
atenienses y por los lacedemonios.
»Fue acordado y aceptado este tratado de paz en Esparta, siendo éforo
Plístolas y presidente de la ciudad de Lacedemonia, a 26 días del mes
de Artemisio, y en Atenas fue aceptado y aprobado, siendo presidente
Alceo, a 15 días del mes de Elafebolión, y otorgáronle y juráronle por
parte de los lacedemonios Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes,
Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télide,
Alcínadas, Empedias, Menas, Láfilo; y de parte de los atenienses,
Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro,
Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates,
León, Lámaco y Demóstenes.»
Este tratado fue hecho y jurado al fin del invierno y al comienzo de
la primavera, diez años y algunos días después del principio de la
guerra, que fue la primera entrada que hicieron los peloponesios y sus
confederados en tierra de Atenas. La cual guerra me parece por mejor
señal para mayor acierto distinguirla por los tiempos del año, a saber:
el invierno y el verano, que no por los nombres de los cónsules y
gobernadores de las ciudades principales, que cambian con frecuencia.
Conforme a este tratado de paz, los lacedemonios entregaron
inmediatamente los prisioneros que tenían en su poder, porque les cupo
por suerte ser los primeros que entregasen, y tras esto enviaron sus
embajadores Iscágoras y Menas a Cleáridas, su capitán, para mandarle
que entregase la ciudad de Anfípolis a los atenienses.
También los enviaron a las otras ciudades confederadas, para que
confirmasen y pusiesen por ejecución el tratado arriba dicho, y muchas
rehusaron hacerlo, pretendiendo que no les era favorable el contrato.
Asimismo Cleáridas rehusó entregar la ciudad de Anfípolis por agradar
a los calcídeos, diciendo que no lo podía hacer sin voluntad de estos;
pero partió con los dos embajadores a Lacedemonia para defenderse si
le quisieran calumniar diciendo que no había obedecido el mandato de
los lacedemonios, y también para probar si podría enmendar el tratado
en este artículo; mas sabiendo que estaba concluido y acordado, volvió
a la ciudad de Anfípolis por orden de los lacedemonios, que también le
mandaron expresamente entregase la ciudad a los atenienses, o que, si
los ciudadanos dificultaban esto, saliese él con todos los peloponesios
que estaban dentro.
Las otras ciudades confederadas enviaron sus embajadores a los
lacedemonios para mostrarles que este tratado de paz les era muy
perjudicial y que no le querían guardar ni cumplir, si no lo enmendaban
en algunos artículos. Después que los lacedemonios les oyeron, no
quisieron enmendar nada de lo que habían hecho y concluido, mandándoles
retirarse.
Poco tiempo después hicieron alianza con los atenienses, y aunque
los argivos habían rehusado entrar en la alianza con ellos, nada les
importó, porque les parecía que sin los atenienses no les podrían
hacer mucho mal, y que la mayor parte de los peloponesios querían más
la paz, por el sosiego y reposo, que la guerra. Después de algunas
negociaciones sobre la alianza en la ciudad de Esparta con los
embajadores de los atenienses, fue ajustada del siguiente modo:
«Los lacedemonios serán compañeros y aliados de los atenienses por
cincuenta años en esta forma.
»Si algunos enemigos entraren en tierra de los lacedemonios para
hacerles daño, los atenienses ayudarán a estos con todo su poder en
todo y por todo lo que pudieren, y si los tales enemigos asolaran
su tierra, serán tenidos por enemigos comunes de atenienses y
lacedemonios, y les harán la guerra juntamente, o la dejarán pactando
la paz de consuno.
»Todas las cosas arriba dichas se harán bien y debidamente sin fraude
ni engaño: y lo mismo harán los lacedemonios con los atenienses, si
algunos extraños entraran en su tierra.
»Si los hilotas o siervos de los lacedemonios se levantaran contra
ellos, los atenienses estarán obligados a ayudarles con todo su poder.
»Esta alianza será otorgada y jurada por las mismas personas que
juraron la paz de ambas partes, y se había de renovar todos los años
el juramento como el de la paz escrita, y esculpir el tratado en dos
piedras que se pusieran una en la ciudad de Esparta, junto al templo
de Apolo en el Amicleo, y la otra en la de Atenas, junto al templo de
Minerva. Además fue acordado, que si durante esta alianza pareciese
bien a ambas partes añadir o quitar o mudar cosa alguna, lo pudieran
hacer por común acuerdo.
»Esta alianza la juraron de parte de los lacedemonios Plistoanacte,
Agis, Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito,
Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télis, Alcínadas, Empedias,
Menas, Láfilo. Y de parte de los atenienses Lampón, Istmiónico, Nicias,
Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles,
Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco y Demóstenes.»
La alianza fue hecha poco después del tratado de paz, y de entregar
los atenienses los prisioneros que hicieron en la isla frente a Pilos
al principio del verano, que fue el fin del décimo año, después que
comenzó la guerra que escribimos.