Brásidas vence a Cleón y a los atenienses junto a Anfípolis, muriendo
ambos caudillos en la batalla.
Partió Cleón de Torone, y dirigiose contra la ciudad de Anfípolis.
De pasada, al salir del puerto de Eyón, tomó por asalto la villa de
Estagira, en tierra de Andros[1], intentando además tomar a Galepso, en
tierra de Tasos; mas no lo pudo conseguir, y volvió a Eyón.
Estando allí, envió a decir a Pérdicas que, conforme a la alianza que
había hecho nuevamente con los atenienses, viniese luego hacia él con
todo su poder, y asimismo avisó a Poles, rey de los odomantos, que
tenía un grueso ejército de soldados en Tracia, para que viniesen en su
ayuda, esperando la llegada de estos reyes en aquel lugar de Eyón.
Al saber todo esto Brásidas, partió con su ejército y se alojó junto
a la villa de Cerdilio, que está en un lugar alto y fuerte, en tierra
de los argilios, de la otra parte del río, no muy lejos de Anfípolis,
porque de este lugar se podía muy bien ver lo que hacían sus enemigos,
y ellos también lo que él hacía.
Cleón, como Brásidas lo había pensado, caminó con todo su campo
derechamente hacia la ciudad de Anfípolis, haciendo muy poco caso de
Brásidas, porque no tenía más de 1500 soldados tracios, y juntamente
con ellos los edonios, todos muy bien armados, y algunos de a caballo,
entre mircinios y calcídeos, sin los 1000 que había enviado dentro de
Anfípolis, que podían ser en todos hasta 2000 hombres de a pie y 300 de
a caballo, de los cuales tomó 1500, y con ellos subió a Cerdilio; los
otros los envió dentro de Anfípolis para socorro de Cleáridas.
Volviendo a Cleón, digo que estuvo quieto, sin osar emprender ningún
hecho, hasta tanto que fue forzado a salir por las mañas que después
Brásidas tuvo. A los de Cleón no les gustaba estar allí esperando tanto
tiempo sin pelear, teniendo a Cleón por hombre negligente y cobarde, y
que sabía muy poco de las cosas de guerra en comparación de Brásidas,
que le estimaban por hombre osado y buen capitán. Añadíase que los más
de los atenienses habían ido con Cleón a esta empresa de mala gana y
contra su voluntad, por todo lo cual, oyendo este la murmuración de los
suyos, y porque no se enojasen perdiendo más tiempo allí, determinó
sacarlos de aquel lugar, donde estaban todos puestos en un escuadrón,
como habían estado en Pilos, esperando que les sucedería la cosa tan
bien como allí; porque no podía pensar que los enemigos osarían venir a
combatir contra él; antes decía que quería salir de su campo y subir a
reconocer el lugar donde estaban aquellos.
También quiso aguardar mayor socorro, no tanto por la esperanza de
la victoria si se veía forzado a combatir, como por cercar la ciudad
y tomarla. Al llegar con todo su ejército, que era muy pujante, bien
cerca de Anfípolis, se alojó sobre un cerro, de donde podía ver la
tierra en derredor; y mirando el asiento de la ciudad muy atento,
mayormente por la parte de Tracia, donde el río Estrimón se estrecha,
halló que le venía muy a propósito este lugar, por parecerle que se
podría retirar cuando quisiese sin combate.
Por otra parte, no veía persona alguna dentro de la ciudad, ni que
entrase o saliese por las puertas, las cuales estaban todas cerradas,
y pesábale en gran manera, no haber traído consigo todos sus aparatos
y pertrechos de guerra para batir los muros, pareciéndole que, de
tenerlos allí, la hubiera tomado fácilmente.
Cuando Brásidas entendió que los atenienses habían levantado su campo,
también desalojó a Cerdilio y entró con toda su gente dentro de
Anfípolis, sin hacer alarde alguno de querer salir ni combatir con los
atenienses, porque no se hallaba tan poderoso como los enemigos para
hacerlo, no tanto por el número de gente (porque en esto casi eran
iguales) cuanto por los otros aprestos de guerra, en que era inferior a
sus contrarios, y aun por la calidad de las tropas, porque en el campo
de los atenienses estaba la flor de su gente de guerra y todas las
fuerzas de los lemnios y de los imbrios. Determinó, pues, usar de arte
y maña para acometerles; porque presentar a los enemigos su ejército,
aunque fuese en número bastante y bien armado, le parecía no serle
provechoso, y que antes serviría para dar ánimo a los enemigos y para
que los despreciasen y tuviesen en poco. Así, pues, dejando para guarda
y defensa de la ciudad con 150 soldados a Cleáridas, él, con lo demás
de su ejército, determinó acometer a los atenienses antes que partiesen
de allí, pensando que serían más fáciles de desbaratar estando faltos
del socorro que esperaban por momentos, que aguardar a que este
llegara. Antes de poner en ejecución su empresa quiso declarárselo a
sus soldados, y amonestarles que hiciesen todos su deber. Mandó, pues,
reunirlos y les dirigió la siguiente arenga:
«Varones peloponesios: Porque venimos de una tierra de donde los
naturales por su ánimo generoso siempre han vivido en libertad, y por
la costumbre que aquellos de vosotros que sois dorios de nación tenéis
de combatir contra los jonios de origen, a quienes siempre habéis
estimado por inferiores, y para menos que vosotros, no es menester
que os haga largo razonamiento, sino solo que os declare la manera
que tengo pensada para salir y acometer a mis enemigos: porque viendo
que quiero probar mi fortuna con poco número de gente sin llevar todo
nuestro poder, no tengáis menos corazón, pensando que por esto sois más
débiles y flacos. Según puedo conjeturar estos nuestros enemigos que
ahora nos tienen en poco, pensando que no osaremos salir a combatir
contra ellos, se han puesto en lo alto para reconocer la tierra, y allí
están muy seguros sin ningún orden ni concierto.
»Sucede muchas veces, que el que entiende y para mientes con atención
en los yerros y faltas de sus enemigos, y se determina de acometerles
con ánimo y osadía, no solamente en batalla campal, sino también en
encuentro cuando quiera que vea la suya, llega al cabo con su empresa
para su honra y provecho. Porque las empresas y hazañas que se hacen en
guerra con astucia para dañar a los enemigos y hacer bien y provecho a
sus amigos, dan gran honra y gloria a los capitanes que las emprenden.
Por tanto, mientras están así desordenados y sin sospechar mal alguno,
antes que levanten su campo del lugar donde están, pues me parece que
tienen más voluntad de desalojarle que de esperar allí, he determinado
dar sobre ellos con la gente que tengo, mientras dudan de lo que harán
y antes que puedan resolverlo, entrando, si pudiere, hasta en medio de
su campo.
»Tú, Cleáridas, cuando vieres que yo estoy sobre ellos, y entendieses
que los he puesto temor y espanto, abrirás la puerta de la ciudad,
y saldrás súbitamente de la otra parte con la gente que tienes, así
ciudadanos como extranjeros, y vendrás con la mayor diligencia que
pudieras a meterte en medio, porque me parece que, haciendo esto,
los pondrás en gran alboroto y turbación, pues ya sabes que los que
sobrevienen de nuevo en un encuentro ponen más temor a los contrarios
que aquellos con quienes están peleando.
»Muéstrate, pues, Cleáridas, hombre de valor y verdaderamente
espartano, y vosotros nuestros aliados, seguidle animosamente, y pensad
que el pelear bien consiste solo en tener buen corazón, vergüenza y
honra, y obedecer a sus capitanes, que el día de hoy, si os mostráis
valientes y esforzados, adquiriréis libertad para siempre y seréis
en adelante con más razón llamados compañeros y aliados de los
lacedemonios. Obrando de otro modo, si os podéis escapar de ser todos
muertos, y vuestra ciudad destruida, a bien librar quedaréis en más
dura servidumbre que estábais antes, y seréis causa de estorbar a los
otros griegos el conseguir su libertad.
»Sabiendo, pues, cuánto nos importa esta batalla, procurad señalaros
en ella por buenos y esforzados, que en lo demás que a mí toca, yo
mostraré por la obra que sé pelear de cerca tan bien como amonestar a
los otros de lejos.»
Después que Brásidas hubo animado a los suyos con este razonamiento,
puso en orden los que habían de salir con él, y asimismo los que
después habían de salir con Cleáridas por la puerta de Tracia según
queda dicho. Mas por haber sido visto de los enemigos a la bajada de
Cerdilio, y también después, estando dentro de la ciudad, sobre todo
cuando estaba haciendo sacrificios en el templo de la diosa Palas,
situado fuera de la ciudad y cerca de la muralla, dieron aviso a Cleón
que había salido a reconocer la tierra en torno de la ciudad. Fácil
les era averiguar lo que pasaba, así porque veían claramente a los de
dentro de la ciudad que se ponían en armas, como también que salía por
las puertas tropel de gente de a caballo y de a pie, lo cual espantó
mucho a Cleón, que apresuradamente bajó del lugar donde se encontraba
para saber si eran ciertas sus sospechas.
Cuando conoció la verdad, habiendo determinado no combatir hasta que
llegara el socorro que esperaba, y considerando que si se retiraba
por la parte que primero había pensado le verían claramente, hizo
señal para retirarse por otro lado, y mandó a los suyos que comenzasen
la marcha primero por la izquierda, porque por otra parte no era
posible, dirigiéndose hacia la villa de Eyón, mas viendo que los del
ala izquierda caminaban muy despacio, hizo volver a los de la derecha
hacia aquella parte, dejando por esta vía el escuadrón de en medio
descubierto, y él mismo iba animando a los suyos para retirarse a toda
prisa.
Entonces Brásidas conoció que ya era tiempo de salir, y viendo que se
marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará,
porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás
hicieron esto hombres que tuviesen gana de combatir, por tanto, abrid
las puertas, y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda
diligencia.»
Abiertas las puertas por la parte que Brásidas había ordenado, así
las de la ciudad como las de los reparos, y las del muro largo, salió
con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un
trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló
confusos por el desorden que tenían, y espantados por la osadía de sus
enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga.
Al poco rato salió Cleáridas por la puerta de Tracia, como le habían
mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los
atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban, y
atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera,
que los de la ala izquierda que habían tomado el camino de Eyón
diéronse a huir en desorden.
En este medio Brásidas, que había entrado por el ala derecha de los
enemigos, fue gravemente herido, cayendo a tierra, mas antes que los
atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban
cerca, y aunque los soldados de la ala derecha de los atenienses se
afirmaron más que los otros en su plaza, Cleón viendo que no era tiempo
de esperar más, dio a huir, y cuando iba huyendo le encontró un soldado
mircinio que lo mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de
defenderse contra Cleáridas a la subida del cerro, y allí pelearon muy
valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a
la ligera, así mircinios como calcídeos, sobrevinieron, y a fuerza de
venablos obligaron a que abandonaran su puesto, y se pusiesen en huida.
De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado,
huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual como podía
hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a
Eyón.
Después que Brásidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder
la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció.
Cleáridas siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante
del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla.
Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar
en señal de victoria.
Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brásidas armados, y le
sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los
de Anfípolis le hicieron sepulcro muy suntuoso, y un templo como a
héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales,
dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas
las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón,
su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a
Brásidas por fundador y autor de su libertad. Hacían esto por agradar
más a los lacedemonios por el temor que tenían a los atenienses,
y también porque les parecía más provechoso para ellos hacer a
Brásidas aquellas honras que no a Hagnón, a causa de la enemistad que
naturalmente tenían con los atenienses, a los cuales, no obstante esto,
les dieron sus muertos, que se hallaron hasta 600, aunque de la parte
de los lacedemonios no hubo más de siete, porque esta no había sido
primeramente batalla, sino un encuentro o batida donde no hubo mucha
resistencia.
Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y
Cleáridas con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar
el gobierno de ella.
Esta derrota fue en el fin del verano, a tiempo que los lacedemonios
Ranfias y Autocáridas iban con un refuerzo de novecientos hombres de
guerra a tierra de Tracia para rehacer el ejército de los peloponesios.
Cuando llegaron a la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia,
estando allí ordenando las cosas necesarias para aquella ciudad,
tuvieron noticia de lo ocurrido.