La paz entre atenienses y peloponesios no es observada. -- Corinto
y otras ciudades del Peloponeso se alían con los argivos contra los
lacedemonios.
Hecha esta paz entre los lacedemonios y los atenienses, después de
durar la guerra diez años, como antes se ha dicho, solamente fue
observada entre las ciudades que la quisieron admitir, porque los
corintios y algunas otras ciudades del Peloponeso no la aceptaron y
poco después se movió revuelta entre los lacedemonios y los otros
confederados.
Andando el tiempo los lacedemonios fueron tenidos por sospechosos a los
atenienses, principalmente por razón de algunos artículos de la alianza
que no eran ejecutados como debían serlo, aunque todavía se guardaron
de entrar los unos en tierra de los otros como enemigos por espacio de
seis años y diez meses. Mas después se hicieron grandes daños los unos
a los otros en diversas ocasiones sin romper del todo la alianza, antes
la entretenían con treguas, las cuales fueron guardadas mal por espacio
de diez años, y pasados estos viéronse forzados a acudir a la guerra
descubierta.
Esta guerra la escribió Tucídides ordenadamente, según fue hecha
de año en año, así en invierno como en verano, hasta tanto que los
lacedemonios y sus aliados asolaron y destruyeron el imperio y
señorío de los atenienses, tomaron los muros largos de la ciudad de
Atenas y el Pireo y duró, comprendido el primero y segundo período,
veintisiete años, del cual espacio de tiempo no se puede con razón
quitar ni descontar el tiempo que duró el tratado de paz: porque el
que para mientes en lo ocurrido, no podrá juzgar que esta paz tuviese
algún efecto, visto que no fue guardada ni ejecutada por ninguna
de las partes en las cosas que señaladamente fueron articuladas,
contraviniendo unos y otros al tratado con la guerra hecha en Mantinea
y en Epidauro y de otras muchas maneras.
También en Tracia los que habían sido aliados fueron después enemigos.
Y los beocios hacían treguas de diez días solamente, por lo cual el que
contara bien los diez años que duró la primera guerra, el tiempo que
pasó en treguas y lo que duró la segunda guerra, hallará la cuenta de
los años tal cual yo he dicho y algunos días más.
Este espacio de tiempo fue profetizado por los oráculos y respuestas de
los dioses: porque me acuerdo haber oído decir a menudo públicamente a
muchas personas, que aquella guerra había de durar tres novenos años.
En todo este tiempo viví sano de mi cuerpo y entendimiento y procuré
saber y entender todo lo que se hizo, aunque estuve en destierro
durante diez años, después que fui enviado por capitán de la armada a
Anfípolis. Habiendo, pues, estado presente a las cosas que se hicieron
de una y otra parte en el tiempo que seguí la guerra, no tuve menos
conocimiento de ellas en el que estuve desterrado en tierra del
Peloponeso: antes tuve mejor ocasión de saber, entender y escribir la
verdad.
Referiré, por tanto, las cuestiones y diferencias que sobrevinieron
pasados los diez años: asimismo el rompimiento de las treguas, y
finalmente todo lo que se hizo en esta guerra hasta su terminación.
Volviendo a la historia, digo que después de hecha la paz por cincuenta
años, y la liga y alianza entre los atenienses y los lacedemonios, y
que los embajadores de las ciudades del Peloponeso que habían ido a
Lacedemonia volvieron a sus casas sin convenir nada, los corintios
gestionaron aliarse con los argivos, y al principio hicieron hablar
a algunos de los principales de la ciudad de Argos, mostrándoles
que, pues los lacedemonios habían hecho alianza con los atenienses,
sus mortales enemigos, no por guardar y conservar la libertad común
de los peloponesios, sino por ponerlos en servidumbre, convenía que
los argivos procurasen guardar la libertad común y persuadir a todas
las ciudades de Grecia que quisiesen vivir en libertad, y según sus
leyes y costumbres antiguas, que hiciesen alianza con ellos para darse
ayuda los unos a los otros cuando fuese menester, y que eligiesen
caudillos a capitanes que tuviesen mando y autoridad de proveer en
todas cosas a fin de que las empresas fuesen secretas y que los
pueblos mismos no tuviesen noticia de algunas cosas que, presumían, no
habían de consentir, porque, según decían estos corintios que seguían
las negociaciones, habría muchos particulares que por odio a los
lacedemonios se aliaran con los mismos argivos. Tales razonamientos
hicieron los corintios a los principales gobernadores de Argos y
estos los refirieron al pueblo, acordando por común decreto, que
eligiesen doce personas a quienes se diese pleno poder y facultad de
contratar y concluir amistad y alianza en nombre de los argivos con
todas las ciudades libres de Grecia, excepto con los lacedemonios y
los atenienses, con los cuales no pudiesen tratar nada sin comunicarlo
primeramente al pueblo: hicieron esto los argivos, así porque veían que
se les acercaba la guerra con los lacedemonios, por el poco tiempo que
restaba para espirar las treguas, como también porque esperaban por
esta vía hacerse señores del Peloponeso, a causa que el mando y señorío
de los lacedemonios era ya odioso y desagradable a la mayor parte de
los peloponesios y comenzaban a despreciarlos y tener en poco por las
derrotas, pérdidas y daños que habían sufrido en la guerra.
Por otra parte, los argivos eran entonces entre todos los griegos
los más ricos, a causa de que, como no se habían mezclado en las
guerras precedentes por tener amistad y alianza con ambas partes,
durante la guerra entre los otros, se habían enriquecido en gran
manera. Procuraban, pues, por estos medios atraer a su amistad y
alianza a todos los griegos que se quisiesen confederar con ellos,
entre los cuales, los primeros que se aliaron fueron los mantineos y
sus adherentes, porque durante la guerra entre los atenienses y los
lacedemonios habían tomado una parte de tierra de Arcadia, sujeta a
los lacedemonios, y se la habían apropiado sospechando que tendrían
memoria para vengar la citada injuria cuando viesen oportunidad, aunque
por entonces no lo aparentasen. Antes, pues, de que les viniese este
peligro quisieron aliarse con los argivos, considerando que Argos
era una grande y poderosa ciudad, muy poblada y muy rica, y por eso
bastante y suficiente para poder resistir a los lacedemonios, y también
porque era gobernada por señorío y estado popular, como la suya de
Mantinea.
A ejemplo de estos mantineos, otras muchas ciudades del Peloponeso
hicieron lo mismo, pareciéndoles que los mantineos no habían hecho
esto sin gran motivo y sin saber y conocer alguna cosa más que ellos
no sabían. También lo hacían por despecho de los lacedemonios, a los
cuales tenían gran odio por muchas causas, y la principal era que en
un artículo del tratado de paz hecho entre atenienses y lacedemonios,
estaba dicho y confirmado por juramento que si en el tratado se hallase
cosa alguna que les pareciese se debía quitar o mudar, los de las
dos ciudades, a saber, de Atenas y Lacedemonia, lo pudiesen hacer,
sin que este artículo hiciese mención alguna de las otras ciudades
confederadas del Peloponeso, cosa que puso en gran sospecha a todos
los peloponesios, de que estas dos ciudades se hubiesen concertado
para sujetar a todas las demás, pues parecíales que era cosa justa, si
los tenían por sus compañeros y aliados, comprender en aquel artículo
también las otras ciudades del Peloponeso, y no solamente las dos. Esta
fue la causa principal que les movió a hacer alianza con los argivos.
Los lacedemonios, entendiendo que poco a poco las ciudades del
Peloponeso se confederaban con los argivos, y que los corintios habían
sido autores y promovedores de esto, les enviaron algunos embajadores,
haciéndoles saber que si se apartaban de su amistad y alianza por
juntarse a los argivos, contravendrían su juramento y obrarían contra
toda razón no queriendo aprobar y confirmar el tratado de paz hecho
con los atenienses, atento que la mayor parte de las otras ciudades
confederadas lo había aprobado, y que en el contrato de sus alianzas
se contenía, que lo que fuese hecho por la mayor parte de ellos fuese
tenido y guardado por todos los otros, si no había algún impedimento
justo por parte de los dioses o héroes.
Antes de responder a esta demanda, los corintios reunieron todos sus
aliados, es a saber, a aquellos que no habían aún aceptado el tratado
de paz por común acuerdo con los lacedemonios, para inducirles a entrar
en la liga y confederarse contra ellos, alegando algunas cosas en que
los lacedemonios les habían hecho agravio al otorgar aquel tratado de
paz, mayormente porque en él no estaba puesto que los atenienses les
restituyeran las villas de Solio, Anactorio y algunos otros lugares que
pretendían haberles tomado, y también porque no estaban determinados
los corintios a desamparar a los de Tracia, que por su amonestación
y persuasión se habían rebelado contra los atenienses, a los cuales
habían prometido particularmente por juramento, que no les abandonarían
así al comienzo, cuando se rebelaron con los de Potidea, como después
otras muchas veces, por lo cual no se tenían por quebrantadores de la
alianza que hicieron antes con los lacedemonios, si ahora no querían
aceptar el tratado de paz que estos habían hecho con los atenienses,
visto que no lo podían hacer sin quedar por perjuros para con los
tracios. Además, en un artículo de su tratado de alianza se decía
que la parte menor hubiese de aceptar lo que hiciese la mayor, si no
hubiera algún estorbo o impedimento de los dioses, lo cual reputaban
que ocurría en este caso, pues contraviniendo a su juramento ofendían a
los dioses, por los cuales ellos habían jurado. Así respondían respecto
a este artículo.
En cuanto a la liga y alianza con los argivos, que habiendo consultado
estos con sus amigos y aliados harían todo aquello que hallen ser justo
y razonable.
Después que los embajadores de los lacedemonios fueron despedidos con
esta respuesta, los corintios mandaron venir ante ellos, en su Senado,
a los embajadores de los argivos que ya estaban en la ciudad antes que
los otros partiesen, y les dijeron que no curasen de diferir más la
alianza con ellos, sino que fueran al primer consejo y la concluyesen.
Pendiente esto llegaron allí los embajadores de los eleos, los cuales
primeramente hicieron alianza con los corintios, y de allí, por su
orden, fueron a Argos, donde hicieron lo mismo, porque también estaban
muy descontentos de los lacedemonios, a causa de que antes de la
guerra con los atenienses, siendo los de Lépreo ofendidos por algunos
de los arcadios, se acogieron a los eleos y les prometieron que si
les socorrían en aquella guerra, después de acabada, cuando fueran
expulsados de su tierra los arcadios, les darían la mitad de los frutos
que cogiesen. Verificada la expulsión, los eleos se convinieron y
acordaron con los lepreatas que tenían tierra a labrar, que les pagasen
cada año un talento de oro todos juntos, el cual se ofreciese al
templo de Júpiter en Olimpia, y este tributo pagaron sin contradicción
algunos años, hasta la guerra de los atenienses y peloponesios, mas
después rehusaron hacerlo, tomando por excusa las cargas y tributos
que sostenían por razón de la guerra. Y porque los eleos les querían
obligar a que lo pagasen, los lepreatas acudieron a los lacedemonios,
a quienes también los eleos sometieron por entonces la cuestión para
que la decidieran, pero después, sospechando que juzgasen contra
ellos, no quisieron proseguir la causa ante aquellos, sino que fueron
a talar la tierra de los lepreatas. No obstante esto, los lacedemonios
pronunciaron su sentencia, por la cual declararon que los lepreatas
no estaban obligados en cosa alguna a los eleos, que sin razón habían
talado su tierra.
Viendo los lacedemonios que los eleos no querían pasar por su juicio y
sentencia, enviaron su gente de guerra en socorro de los lepreatas, por
lo cual los eleos pretendían que los lacedemonios habían contravenido
al tratado de alianza hecho entre ellos y los otros peloponesios, en
el que se establecía que las tierras que cada cual de las ciudades
poseía al comienzo de la guerra, les debiesen quedar, diciendo que los
lacedemonios habían atraído a ellos la ciudad de los lepreatas, que les
era tributaria.
Esta fue la ocasión y pretexto para hacer la alianza con los argivos, y
poco después la hicieron los corintios y los calcídeos que habitan en
Tracia. Los beocios y megarenses estuvieron a punto de hacer lo mismo,
pretendiendo que habían sido menospreciados por los lacedemonios, pero
se detuvieron considerando que la manera de vivir de los argivos, que
era señorío y mando del pueblo, no era tan conveniente para ellos
como la de los lacedemonios que se gobernaban por un cierto número
de personas, a saber, por un consejo y senado que tenía el mando y
autoridad sobre todos.