gritaría, golpearía su cuerpo, por más cuidadosos que con él fueran los
guardianes, iría siempre cubierto de andrajos, como ahora estaba, pues
su traje aparecía ya despedazado por varias partes, las plagas de una
miseria irracional se cebarían en él, languidecería e iría muriendo
lentamente, y la razón se anularía del mismo modo, gradualmente,
extinguiéndose hasta en su última chispa.
No, aquello no llegaría a sucederle; él sabría evitar tanta degradación,
tan horrible miseria.
Y aquella idea, persistente y diabólica, que parecía estar clavada en su
cerebro, seguía gritando dentro del cráneo:
--¡Cobarde! Atrévete... ¡Y por qué no! ¿Por qué no?
¿Por qué? Porque no quería proporcionar a sus enemigos el placer de su
muerte; porque tenía en el mundo dos seres inocentes por quienes
velar... Pero, ¡Dios mío! ¡Qué lucha tan terrible!
Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolvía indignada, echándose en
cara su cobardía, y pintándole el porvenir con los más sombríos colores.
¡Y qué! Si vivía, ¿evitaría con esto el permanecer hasta el instante de
su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradación,
y convirtiéndose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros
enajenados? ¿Acaso conservando su vida podría acudir en auxilio de sus
hijos?
Sus enemigos habían sido más hábiles que él, y le habían muerto
moralmente. Ya que su razón había muerto, ¿por qué no anular aquella
mísera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, poseído de delirante
indignación, y a agitarse con las más violentas convulsiones?
El diabólico pensamiento seguía aconsejándole, al par que le inspiraba
tales reflexiones.
Había que apresurarse, si quería aprovechar la ocasión. No tardaría en
llegar el doctor Zarzoso; le someterían entonces a un registro antes de
llevarlo a la nueva celda; le quitarían su pistola, y con ella toda
esperanza de eterna emancipación: si quería matarse, tendría que
estrellar su cabeza contra la pared.
Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo sentía
asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le poseía.
--Atrévete; éste es el momento. No vaciles, porque después, será tarde.
El conde se sorprendió, hablando en alta voz:
--Acabemos--murmuraba--, sufro mucho.
Y su imaginación se recreaba en considerar la calma absoluta, el
descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egoísmo le
embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para él un grupo de pálidas
figuras, sin contorno ni expresión, que no lograba conmoverle.
A morir; a sumirse para siempre en la densa sombra de la nada. Allí no
había repugnantes traiciones, ni padre Claudio alguno.
El conde, como si despertara de un sueño, se vió con la pistola en la
mano, y el índice en el gatillo.
Experimentó una ligera sorpresa. ¡Qué iba a hacer!... ¡Ah, sí! Iba a
matarse y no se arrepentía de su decisión.
Lanzó una mirada a su traje desgarrado, y le pareció contemplarse,
demacrado, miserable y roto, tal como estaría al poco tiempo de
permanecer en aquella casa. El pasado acudió a su memoria y recordó a
aquel conde de Baselga, elegante y palaciego y adorado de las damas.
¿Podría tal hombre morir de un modo tan miserable? Seguramente que no. A
librarse, pues, del peligro; a demostrar que en el trance supremo sabía
salir del mundo con toda la maestría de un actor que conoce el medio de
desaparecer dignamente de la escena.
Baselga miró a una de las rejas. Sufría ya alucinaciones, y le parecía
que algo negro había cruzado volando por delante de ella. Tal vez la
sotana del padre Claudio.
--¡Adiós, canalla! Hiciste bien en darme la pistola. Es el último favor
que te debo.
El conde apoyó la pistola en el pecho, buscando el sitio del corazón.
Oprimió el gatillo, y recibió un golpe violento que le hizo caer; aunque
con gran extrañeza, no oyó detonación alguna.
Había quedado de rodillas, agarrado con una mano al borde de la mesa, y
miraba a su alrededor, con ojos asombrados, pareciéndole que toda la
habitación tenía otro aspecto.
La pistola había caído al suelo, y él murmuraba con rabia:
--¡Maldita pistola! ¡Ha fallado el tiro!
Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente,
que, escurriéndose a lo largo del cuerpo, caía sobre el pavimento.
A sus oídos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una
cerradura.
--¡Vienen, vienen!
Y Baselga, alarmado, buscó a tientas la pistola que estaba en el suelo,
e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.
Apoyó el segundo cañón en la sien, en el mismo instante que la puerta se
abría y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonación.
El conde apretó el gatillo, y le pareció reconocer entre los que
avanzaban sobre él despavoridos al sabio, que tan antipático le era, el
doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.
Esta vez tampoco oyó el infeliz ruido alguno, pero recibió en la cabeza
un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese caído sobre su
cráneo.
Sintió lo mismo que si le arrebatasen, arrojándolo en una inmensidad de
negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua,
millones de millones de puntos luminosos.
Pero aún tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de
amarga ironía y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres
consternados que le rodeaban:
--Ya tengo bastante.
XXVII
Revelación inesperada
Aquella tarde, la baronesa se había mostrado muy complaciente y amable
con su hermana. La había dirigido alegres palabras, acariciando
bondadosamente sus cabellos, y la había prometido concederle alguna
libertad mientras el papá estuviera de viaje.
Ignoraba Enriqueta cuál era la suerte de su padre, y cuando a la hora de
comer mostró extrañeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio,
que a la vuelta de su visita a Palacio había sido invitado por doña
Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde había
salido muy de mañana para un viaje en el que estaría algún tiempo.
Enriqueta se lamentó de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le
impedía la asistencia a algunas fiestas aristocráticas, que habían de
verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la
jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que llegó a la hora de
los postres, la resarcieron algún tanto de la contrariedad sufrida.
--Hoy estás libre--la dijo la baronesa--; si no quieres dedicarte a la
oración o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a
asomarte al balcón; te doy permiso. Mañana ya saldremos de paseo.
Enriqueta se apresuró a aprovecharse del permiso, y salió del comedor,
sin ver cómo su hermana miraba con dramática tristeza a los dos
jesuítas, y murmuraba:
--Pobrecilla; ¡si ella supiera lo que sucede!
De pie, tras los cristales del balcón, que daba luz al gabinete contiguo
al salón de la baronesa, permaneció Enriqueta toda la tarde,
entreteniéndose en contemplar la incesante circulación de los
transeúntes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus
huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de
un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.
A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oyó en el salón
cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.
El padre Claudio se había ido ya, llamado, sin duda, por sus apremiantes
ocupaciones, y la baronesa y su director espiritual se entregaban a sus
diarias conferencias.
La puerta que comunicaba con el gabinete estaba cerrada.
Enriqueta no era curiosa, y, además, presentía algo del significado de
aquellas relaciones espirituales, y su delicadeza y pudor la alejaban de
ellas.
La joven no era de carácter inocente: no sentía esa curiosidad maliciosa
y malsana, que es patrimonio de ciertos temperamentos juveniles; pero no
por esto ignoraba la existencia de ese sagrado misterio, productor de la
vida, que las más de las veces degenera en vicio.
Sólo en ciertas novelas aparecen jóvenes de sublime candor, ignorantes
del amor sexual; en la vida real, y más aún en las elevadas capas
sociales, es imposible encontrar tan prodigiosa inocencia.
Enriqueta era una joven igual a todas. No experimentaba ninguna
curiosidad, ni sentía deseos de hacer penetrar su pensamiento en las
oscuridades del vicio, pero había visitado demasiado los salones, había
tratado con cariñosa intimidad a jóvenes de su clase, educadas más
libremente, y sabedoras de cuanto en el mundo pasa, y comprendía ahora
cosas que hasta poco antes le resultaban indescifrables misterios.
Adivinaba el significado de aquella intimidad entre su hermana y el
robusto jesuíta, presentía la forma de aquellas conferencias, que tanto
daban que hablar a la servidumbre; pero no quería conocer de cerca tales
suciedades.
Experimentaba náuseas al pensar en aquellas relaciones, que ya se habían
hecho públicas y que eran comentadas en los corrillos de murmuración que
las damas ya venerables formaban en los salones aristocráticos.
La curiosidad de Enriqueta permanecía alejada de tales relaciones, que
presentía, sin sentir deseo de conocerlas de cerca, al igual de ciertas
damas, que al saber las miserias del pobre se compadecen de ellas, pero
no van a buscarlo a su vivienda, por miedo a mancharse el vestido de
seda.
La joven tenía el egoísmo de la castidad, y no quería ponerla en
peligro, atisbando cosas de las que le habían enseñado a huir.
Por esto hacía caso omiso de aquella escena que, indudablemente, se
estaba desarrollando en el salón, y seguía de pie tras los cristales,
contemplando el movimiento de transeúntes en la gran calle.
Aquello constituía para ella una gran distracción. Contemplaba con
simpatía a las personas de porte franco y atrayente; reíase de otras de
aspecto ridículo, entreteniéndose en buscar en su imaginación apodos que
les cuadrasen, y seguía con mirada cariñosa a los niños, que, cogidos de
las faldas de sus madres, andaban con paso vacilante, contoneándose con
la timidez graciosa del polluelo al romper el cascarón.
Enriqueta, fijando sus ojos en la acera de enfrente, recordaba a Esteban
Alvarez, que tantos días había invertido en pasear por ella, esperando
siempre una mirada furtiva, promesa futura de felicidad.
La joven se sentía invadida por una dulce tristeza. ¿Qué sería ahora de
Esteban?
Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de él. Desde el día en que su padre
le hizo prometer que olvidaría para siempre su amor, no había recibido
ya ninguna carta del capitán, ni cruzado con él la menor palabra.
Su padre y su hermana habían formado en torno de ella una muralla
infranqueable, sobre la que se estrellaban todos los esfuerzos que hacía
el capitán por protestar amorosamente contra aquel inesperado
rompimiento.
Varias veces, al ir con el conde al teatro o a una fiesta del gran
mundo, bajando de su coche, había visto a Esteban entre la gente,
lanzándola una mirada interrogante, mezcla de amor y de reproche; pero
la joven, herida por la vergüenza y escudándose en su padre, huyó
ligera.
Después, la vigilancia de la baronesa y la promesa hecha al padre
Claudio, al pie del confesonario, y en un momento de exaltación mística,
la habían alejado moralmente más aún de su antiguo amor.
Pero en aquella tarde, por un fenómeno de su alma, sentía renacer con
fuerza su antigua pasión, y gozaba recordando todas las dulzuras
experimentadas en las gratas mañanas del Retiro, cuando en vez de
encontrarse bajo la irritante vigilancia de la baronesa, estaba bajo la
protección de la cariñosa y condescendiente Tomasa.
Enriqueta estaba arrepentida de su debilidad, y se lamentaba de haber
cedido por cariño a las indicaciones de su padre y por terror a las del
padre Claudio, perdiendo para siempre aquella pasión, que tan feliz la
hacía.
¿Quién sabe lo que a aquellas horas haría el capitán Alvarez? Tal vez la
hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envió, y
hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven más fiel, y que
supiera defender mejor su cariño.
Enriqueta, pensando en esto, ya no miraba a la calle, y, de espaldas a
los vidrios, mirando al oscuro fondo del gabinete, lloraba
silenciosamente.
Ya no se oía ningún rumor en el salón inmediato. El padre Felipe acababa
de irse, y la baronesa no tardaría en llamarla para decirle que se
vistiera, con objeto de ir, como todas las tardes, a las Cuarenta Horas.
Esperando la joven que, de un momento a otro, se presentase su hermana
en el gabinete, secábase ya apresuradamente las lágrimas, y hacía
esfuerzos para recobrar su serenidad, cuando un carruaje, que
apresuradamente bajaba la calle, produciendo gran estrépito, paró
repentinamente en el centro de la vía, frente a la misma puerta de la
casa.
Enriqueta miró y vió bajar de una berlina de alquiler al padre Claudio,
que, entregando una moneda al cochero, atravesó con gran prisa la calle
y entró en la casa. La joven respiró con satisfacción. Aquella visita
era muy oportuna, pues la libraba a ella del pesado tormento de fingir
una completa tranquilidad ante los sagaces ojos de su hermana.
Comenzaba la caída de la tarde. En las calles, los últimos rayos de sol
doraban las puntas de las chimeneas de los tejados fronterizos, pero en
las habitaciones se iba extendiendo esa penumbra de los rápidos
crepúsculos del invierno.
Oyó Enriqueta cómo entraba en el salón el poderoso jesuíta, y casi al
mismo tiempo, en la barnizada madera de la puerta, cubierta en parte por
los cortinajes, surgió un punto de luz. Era que acababan de encender la
lámpara del salón, cuyas ventanas, cargadas de pesadas cortinas, apenas
si a mediodía dejaban pasar una semiluz, que envolvía la vasta pieza en
una claridad mística.
A los oídos de la joven llegó el eco de la voz del jesuíta, aunque sus
palabras no podían determinarse, y prefiriendo volver a abismarse en sus
recuerdos, apoyó su rostro contra los cristales, que producían una grata
sensación de frescura en sus mejillas, abrasadas por el llanto.
Un grito estridente, agudo, que punzaba los oídos, vino a sacarla de su
abstracción.
Era Fernanda quien había gritado. ¿Qué sería aquello?
Y Enriqueta, conmovida por aquel grito, que parecía haberla arañado en
lo más hondo del pecho, se retiró del balcón y quedó indecisa en el
centro del gabinete, no sabiendo si ir a buscar la otra puerta, para
entrar en el salón, o escuchar tras la que tenía más cerca, y que estaba
cerrada.
Al fin se decidió por último, y aplicó un ojo en la luminosa cerradura.
Desde allí no se veía al jesuíta, pero distinguía bien a su hermana,
que, sentada en una butaca y con la cara hacia la puerta que ocultaba a
Enriqueta, parecía víctima de un terrible espasmo.
Tenía impresa en el rostro una expresión de inmenso terror; sus ojos
miraban con el mismo espanto que si contemplaran una visión horrible, y
todo su cuerpo estaba agitado por una nerviosa conmoción.
Enriqueta sintió miedo, y tal vez por esto se apresuró a retirarse del
ojo de la cerradura; pero apenas se vió en el centro del gabinete,
volvió a dominarla la curiosidad, y entonces aplicó una oreja al
luminoso agujero.
Estaba hablando el padre Claudio, y el timbre de su voz, siempre tan
seguro, demostraba ahora gran agitación.
--Pero, ¡Dios mío!, cálmate, Fernanda; no te entregues de tal modo a la
desesperación. Piensa que si no sabes dominarte te va a dar algún
accidente, y entonces el efecto será fatal, pues tu hermana, esa pobre
niña, sabrá lo que por caridad debemos ocultarle. Yo te creía más
fuerte, y a saber que carecías de serenidad, no te hubiese dado tan
pronto la noticia. Vamos, llora, llora, que tal vez las lágrimas
desahoguen tu pecho. ¡No te detengas, hija mía; sobre todo, que
Enriqueta no se entere de lo que pasa!
Enriqueta sentía tanto temor como curiosidad.
¿Qué noticia tan siniestra era aquélla?
--¡Ay, padre mío!--dijo, por fin, la baronesa, dando un suspiro ruidoso,
que tenía mucho del estampido del tapón al saltar con el empuje de los
oprimidos gases, e inmediatamente comenzó a llorar, acompañando su
llanto con un hipo doloroso.
El padre Claudio nada decía. Esperaba, sin duda, para hablar, que pasara
el primer ímpetu de dolor en la baronesa.
Transcurrieron algunos minutos, que fueron para Enriqueta verdaderos
siglos de angustia. Su curiosidad, tan vivamente despertada, agitábala
con el ansia de conocer aquel misterio.
Por fin, la baronesa pareció calmarse, y preguntó al jesuíta, con acento
quejumbroso:
--¿Cuándo ocurrió la desgracia?
--Esta mañana, a las once. El conde, según dicen los empleados, al
comprender que había sido encerrado en un manicomio, se entregó a un
acceso de violenta locura, golpeándose e intentando derribar la puerta.
--¡Ay, pobre padre mío!--gritó la baronesa.
--¡Chist! Más bajo, hija mía. No grites tanto; piensa que puede oírte tu
hermana.
Doña Fernanda reanudó su llanto silenciosamente, y el jesuíta, después
de una larga pausa, siguió hablando:
--Los empleados del manicomio oían desde fuera el estrépito que el conde
producía, derribando los muebles, golpeando la puerta y revolcándose en
el suelo. Cuando se restableció el silencio, creyeron que el conde
descansaba de su fatigosa lucha; pero el estampido de un tiro vino a
hacerles conocer la terrible verdad.
Se detuvo el padre Claudio, como si se gozara en apreciar el efecto que
producían sus palabras.
--Entraron inmediatamente en la habitación y vieron al conde de
rodillas, con el pecho cubierto de sangre y una pistola en la mano. Por
pronto que acudieron a quitarle el arma de la mano, ya tu padre se había
disparado un segundo tiro en la sien, y moría con la sonrisa en los
labios, diciendo que ya tenía bastante. Ha sido una catástrofe horrible.
Mira si el personal del manicomio quedaría impresionado, que hasta
algunas horas después no ha pensado en noticiar el hecho. El doctor
Zarzoso está aturdido por la desgracia, y cuando vino con Peláez a mi
casa, a participarme la fatal noticia, dijo que se consideraba falto de
fuerzas para venir a relatarte lo ocurrido.
El padre Claudio cesó de hablar, y lanzó en derredor una mirada de
alarma. La baronesa notó aquella impresión.
--¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?
--Creía haber oído algo así como un suspiro o un lamento lejano.
La baronesa puso igualmente atención, y los dos quedaron por algunos
instantes silenciosos y aguzando el oído.
--No ha sido nada, reverendo padre. Alguna ilusión de sus sentidos.
Estas catástrofes conmueven de tal modo, que hasta hacen ver visiones.
Enriqueta había oído perfectamente la terrible relación. Nunca se había
imaginado que fuese ella capaz de tanto valor.
Era un verdadero golpe mortal saber de repente que aquel padre al que
amaba con toda la fuerza de una pasión reciente, y al que creía de
viaje, acababa de morir en el fondo de un manicomio, habiendo sido
despojado antes de su razón; pero, a pesar de lo abrumadora que era la
noticia, la recibió con valor, y ella, que se conmovía profundamente con
la más pequeña desgracia, resistió con hercúlea firmeza la inmensa
pesadumbre que caía sobre su corazón.
Aquella noticia, tal vez por su misma inmensidad dolorosa, no la
conmovió tanto como era de esperar. Parecía que su inteligencia se
negaba a creer aquella catástrofe tan inesperada como terrible.
Un rudo golpe en el corazón y una rápida y creciente debilidad en las
piernas fueron todos los efectos físicos que en ella produjo la noticia
en el primer momento. Pero después, sus pulmones parecieron contraerse,
agarrotados por una mano de hierro. Le faltó aire que respirar, y un
gemido sordo fué subiendo y subiendo lentamente a lo largo de su
garganta, saliendo, al fin, amortiguado de sus labios, con la triste
entonación del balido del inocente cordero cuando se ve próximo al
sacrificio.
Aquello fué lo que oyó el padre Claudio.
Los oídos de la joven zumbaban, su cráneo parecía comprimido por un aro
de hierro, y sintió que el suelo la atraía y que sus piernas negábanse a
sostenerla. Pero la alarma del jesuíta y de la baronesa, que habían
quedado silenciosos y en acecho, y un arranque propio de su carácter,
que tenía en ciertos momentos toda la inflexible energía del de su
padre, la hizo sostenerse con un valor impropio de su edad y su sexo.
¡Qué! ¿Iba ella a desmayarse como una necia? ¿Iba a imitar a las damas
del teatro, que siempre caen desvanecidas al suelo en las circunstancias
más críticas, y en que más necesaria es su presencia de ánimo? No; ella
escucharía ahora, y después daría rienda suelta a su dolor, llorando al
conde cuanto quisiera. Ahora, lo importante era enterarse de aquella
conversación que le revelaba desgracias inesperadas. ¿Su padre en un
manicomio? ¿Cómo podía ser aquello?
Y sostenida por tal decisión, siguió con el oído aplicado a la
cerradura, haciendo esfuerzos por contener sus suspiros y librarse de
aquella dolorosa angustia, que hacía temblar sus piernas.
Resultaba sublime la energía de aquella joven hermosa y delicada. El
carácter de Baselga estaba en ella, así como en su hermanastra, la
baronesa, sobrevivía el espíritu de Pepita Carrillo.
Cuando doña Fernanda y el jesuíta se hubieron convencido de que no les
espiaba nadie, continuaron su conversación.
La baronesa, repuesta ya de la emoción que le había producido el
suicidio de Baselga, parecía más consolada. Su dolor era más bien hijo
de la sorpresa que de un verdadero sentimiento. El padre Claudio sabía
bien hasta dónde llegaba el afecto que dona Fernanda profesaba a su
padre.
La baronesa sentía ya más curiosidad que dolor. Por esto se apresuró a
continuar la conversación.
--Pero, padre mío, me resulta muy extraño el triste fin de mi padre.
¿Cómo pudo proporcionarse la pistola con que se dió muerte?
--Esto es lo que yo mismo me pregunto y lo que produce gran extrañeza en
los empleados del manicomio. Nadie sabe cómo llegó a sus manos dicha
arma, y lo más natural es creer que él la llevaba en el bolsillo
siempre, y que al hallarla, después de su acceso de furor, pensó
utilizarla, suicidándose. Era una pistola pequeña.
--Me parece haberla visto varias veces en la mesa de su despacho.
--Ha sido una gran desgracia que la llevara al ir al manicomio. ¡Si yo
hubiera podido pensar esta mañana que la tenía en sus bolsillos, me
hubiera apresurado a quitársela, con cualquier pretexto! ¡Oh, Dios mío!
¡Qué desgracia tan terrible! ¡Cómo nos aflige el Señor cuando menos lo
esperamos!
La baronesa creyó del caso volver a sus gimoteos, aunque esta vez no
fueron tan naturales y espontáneos como antes.
Enriqueta seguía escuchando.
La emoción que aquellas palabras le producían no podía compararse a la
que le hizo experimentar la primera noticia, que fué la más fatal; pero
servían para exacerbar su dolor, detallando el trágico fin de su padre.
El curso que tomó la conversación entre el jesuíta y la baronesa, aún
excitó más su curiosidad.
--Ha sido muy grande esta desgracia, hija mía--continuaba el padre
Claudio--; pero no por esto debemos rebelarnos contra Dios, que todo lo
dispone y lo dirige; cuando da a una de sus criaturas tan triste
destino, sabe bien por qué lo hace. Llora la muerte de tu padre, ya que
para un dolor tan justo y natural no son útiles los humanos consuelos;
pero no olvides que Dios saca siempre el bien del mal, la felicidad de
la desgracia, y que tal vez ha dispuesto esta catástrofe para facilitar
los planes que tú ya conoces, y que son, para mayor gloria del Señor.
--¡Ah! ¡Nuestros planes!...--dijo la baronesa con aire de distracción.
--Sí, nuestros planes, hija mía, nuestros planes, que tú, sumida en tu
dolor, pareces haber olvidado. ¿Acaso ya no piensas en que tu hermana
abrace la vida religiosa?
--Nunca he desistido de ello.
--Pues por esto digo que tal vez esa desgracia que hoy nos aflige, sea
para nuestro bien. ¿No recuerdas de qué modo tan terco se oponía tu
padre a que Enriqueta fuese monja?
--Sí; era inflexible en este punto, y con tal de que mi hermana no
entrase en un convento, prefería lanzarla al gran mundo y pasearla por
esos salones, donde sólo se aprenden pecados.
--Debemos llorar la muerte del conde; mas no por esto hemos de dejar
olvidado nuestro asunto, que tanto interesa a Dios. Es preciso que
aprovechemos los momentos y que decidamos a Enriqueta a que entre en el
convento. Tal vez la reciente desgracia contribuya a alejarla del mundo
para siempre; además, tenemos la promesa que me hizo en confesión, y de
la que ya te hablaré.