en la mañana del día anterior había ido a su casa a revolverle la bilis
con sus objeciones. ¿Qué venganza era aquella?
Baselga sentía verdadera ansia de penetrar en lo más hondo ce aquel
misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba
escalofríos de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su
impetuoso carácter.
--Habla, querido, habla--dijo al criado--. ¿Y crees tú que el doctor me
curará?
--Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segurísimo, si usted ayuda.
Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar
su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede
asegurar que está libre de vivir aquí o en presidio.
Aquel mocetón hablaba con tono de filósofo. Al conde le causaba cierto
pavor su filosofía; pero a pesar de todo tuvo serenidad para preguntar
con marcada impaciencia:
--¿Y qué enfermedad es la mía? ¿Lo sabes tú, acaso?
--No es gran cosa. Hace poco rato me la contaba don César, el médico de
guardia, ese joven tan simpático que antes ha hablado con usted. Se
halla usted tan bueno y sano como yo u otro cualquiera; sólo que en
ciertos momentos le domina una manía, que le hace muy peligroso.
El conde temblaba de pavor. El, tan animoso, tan enérgico, se sentía
dominado por el miedo ante el sesgo que tomaba la aventura, que momentos
antes creía una broma de mal gusto, pero sin consecuencias.
Adivinaba ya dónde estaba, para qué servía el edificio, y qué clase de
hombre era el que con él hablaba: ¡Horror! Convertido de pronto en un
demente, y teniendo que hablar con fingida tranquilidad con un loquero.
La seguridad que tenía el conde de que su razón estaba sana, aún hacía
más horrible su situación.
--Conque decías--continuó el conde esforzándose en sonreir--que mi manía
es muy peligrosa.
--Así lo he oído. ¿Usted no piensa en algunos ratos ir a hacerle la
guerra a los ingleses, y tenía preparados muchos hombres y armas para
tal negocio?
Baselga aún experimentó mayor impresión de terror. ¡Cómo era aquello!
¿Su secreto era ya del dominio público? ¿Lo conocía hasta un criado de
manicomio?...
Sentía el infeliz una creciente curiosidad, y por esto, a pesar de su
terrible angustia, siguió preguntando:
--¿Cómo sabéis aquí lo que yo pienso?
--¡Bah! Aquí se sabe la historia y la manía de cada enfermo. Ese señor
médico que le ha acompañado a usted aquí, ha estado examinándolo con
detención durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su
enfermedad.
--¡El doctor Peláez!--exclamó con extrañeza el conde.
--Sí, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el
gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don César y
recomendándole que lo trate muy atentamente.
Baselga no se pudo contener.
--¡Pero eso es una infame traición!...
El criado volvió a sonreir irónicamente.
--¡Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aquí, y después, si es que
salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto
tiempo en esta casa atendiendo a su curación.
Reinó un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin
llegar a creer completamente en su horrible situación. Tan absurdo le
parecía.
Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomática, dijo al
criado:
--Pero mi familia no sabrá que yo estoy aquí; no tendrá noticia de este
miserable secuestro.
--¡Toma! ¡Hermosa pregunta! ¿Le parece a usted, señor conde, que sin
consentimiento de su familia le hubieran traído a usted aquí? ¿Tenemos
acaso ganas de ir a presidio? A usted le han traído aquí después que
ayer verificaron en su casa una consulta el doctor Zarzoso, el doctor
Peláez y otros dos médicos. Así he oído que aquel señor se lo decía a
don César. Qué, ¿no se acuerda usted ya? Pues dicen que usted estaba
presente, y que hablaron largamente en su despacho. También estaba un
cura que ha trabajado para que usted, a quien quiere mucho, quede aquí,
en seguridad, sin emprender peligrosas aventuras. ¿No se acuerda usted
de eso?
--Sí, lo recuerdo; lo recuerdo perfectamente--dijo el conde con voz
desfallecida.
Y, efectivamente, recordaba con todos sus detalles la conferencia de la
mañana anterior en su despacho, y ahora comprendía la significación de
las miradas del sabio doctor y aquellas preguntas que tanto le habían
irritado. Pero, ¡Dios mío!, ¡cuán infame era aquello!, ¡qué traición tan
terrible! Había para volverse loco, pero de verdad; no con aquella
demencia fingida, que él comenzaba a comprender de quién era obra.
Su mano crispada apretaba convulsamente el borde del ventanillo, y con
la cabeza baja permanecía silencioso y meditando, sin comprender muchas
de las palabras que le dirigía el criado.
--Debe usted tranquilizarse, señor conde, y tomar con calma lo que le
sucede. Estos son percances de la vida, de los que nadie se halla libre.
Si usted tiene serenidad y pone de su parte para ayudar a la ciencia es
posible que pronto se encuentre bueno. Calma, mucha calma. Aquí no se
pasa del todo mal. Le hemos alojado en esta pieza hasta que venga el
doctor Zarzoso y hable con usted. Después, lo trasladaremos a una celda
donde tendrá usted vecinos; gente divertida, que en los primeros días le
incomodará; pero que al fin le hará reir. Son los que usted oía antes.
Además, yo seré el encargado de cuidarle, y no tendrá queja alguna. Me
es usted muy simpático, y más desde que veo que es persona razonable.
Ratos de sobra tendremos para charlar de nuestras cosas, como ahora lo
hacemos.
El conde seguía meditabundo, y de las palabras del criado sólo algunas
lograban deslizarse hasta su cerebro, donde no eran del todo
comprendidas.
Una sorda irritación comenzaba a bullir en el ánimo de Baselga,
sustituyendo al miedo que momentos antes le dominaba.
Hubo un instante en que el conde se creía víctima de una lúgubre
pesadilla; pero tocaba la pesada puerta, oía al criado, y la esperanza
de ser todo un sueño se desvanecía inmediatamente.
La dignidad de clase, el orgullo viril, la rectitud de conciencia y el
convencimiento de su sana inteligencia, todo se sublevaba enérgicamente
contra aquella terrible situación, con tan imponente fuerza, con tan
arrebatadora rabia, que Baselga se creía capaz de proceder como un loco
furioso, ya que todos se empeñaban en hacerlo aparecer como tal.
En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba
la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita
Carrillo, la esposa infiel y cínica.
El rostro del conde palidecía, sus ojos adquirían el brillo extraño y el
tinte sanguinolento que produce la indignación en ciertos hombres de
carácter pronto para la violencia.
A pesar de esto, logró contenerse aún, y con voz ronca preguntó al
criado:
--¿Pero tú me crees loco?
--¡Yo! ¡Jé, jé!
Y el criado, por toda contestación, reía maliciosamente.
--¿De qué te ríes? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situación
sea cosa de risa.
--Me río, señor conde, de que todos cuantos vienen aquí hacen la misma
pregunta.
--¡Pero contesta, con mil demonios! ¿Tú crees que estoy loco, sí o no?
--En este momento no lo está usted; pero si sigue así, no tardará en
darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure
calmarse.
El conde se estremeció. ¿Si estaría realmente loco? Esto es difícil que
pueda apreciarlo el mismo paciente, y, además, él se sentía en un estado
anormal, a causa de la indignación. Debía tener en el rostro una
expresión terrible, a juzgar por el aspecto alarmado del sirviente.
Baselga había comprendido todo el horrible carácter de aquella trama,
que se había urdido en torno de su persona, para conducirlo a tan mísera
situación. Sentía la necesidad imperiosa de salir de allí; ansiaba
destrozar a aquellos miserables enemigos que tan rastreramente habían
preparado su ruina. Anhelaba procurarse el divino gozo de despedazar
entre sus manos de hierro al repugnante padre Claudio.
Por esto hizo un gesto de imponente autoridad, como si aun estuviese en
el Norte, al frente de su regimiento de lanceros carlistas, y
dirigiéndose al criado, dijo con voz breve e imperiosa:
--Abre la puerta. Necesito salir al momento.
El mocetón puso el mismo gesto del que oye una cosa ridículamente
absurda.
--¿Quién, yo? Tiene gracia.
--Que abras, te digo, o si no, ¡por Cristo vivo!, que...
Y el conde comenzó a dar patadas en la puerta, vomitando por el
ventanillo un tropel de juramentos y maldiciones.
El criado permanecía impasible ante aquella rociada de insultos. Veíase
que estaba acostumbrado a tales desahogos de los huéspedes de la casa.
--¡Cobarde! Abre, u os echo la puerta abajo y le pego fuego a la casa.
Abrid, canallas. ¡Es así como se procede con un hombre honrado! ¡Ah,
miserables jesuítas! Abrid, esbirros del padre Claudio. Dejad salir a un
padre infeliz. Dios sabe qué será a estas horas de mi hija. Quieren
hacerla monja, para robarle su dinero; quieren meter fraile a mi hijo,
para robarlo igualmente, y a mí me encierran para que no lo estorbe.
Abrid, o lo rompo todo... Pero tú, cara de palo, ¿qué haces ahí tan
quieto? Abre y no repares en pedirme gratificación. Te daré cuatro mil
duros, diez mil..., ¡los que quieras! Pero abre en seguida. Abre esa
puerta, o, ¡por Cristo!, que me como tus hígados y los de todos los
doctores canallas.
Y el conde se destrozaba las rodillas y se quebrantaba los pies,
golpeando aquella puerta, que permanecía tan inmóvil como el flemático
criado.
Apuró Baselga en su balbuciente y furiosa indignación todas las
maldiciones y blasfemias aprendidas en los campamentos, sin conseguir
alterar aquella estatua de carne, que permanecía rígida e indiferente en
el pasillo. Su calma le desesperaba. ¡Oh, cuánto hubiese dado él por
poder salir y destrozar a puñetazos la "cara de palo"! Era el primer
hombre que se burlaba impunemente de él, que era el terror de cuantos
intentaban ofenderle.
La frialdad con que acogía sus palabras era lo que aumentaba su
indignación. Hubiese preferido Baselga que el criado contestara a sus
insultos, que se enfureciera, que le dirigiese injurias insufribles;
pero verse acogido con un silencio compasivo, propio para seres
irresponsables, para niños o para viejos, excitaba aún más su terrible
rabia. Era ya un loco, no podía dudar. Sus palabras no tenían valor; le
habían despojado de su condición viril, y, en adelante, a sus más
injuriosas palabras contestarían todos con una sonrisa de conmiseración.
Al conde de Baselga le cegaba la rabia, como si para aliviarla y
desahogarse necesitara algo más que proferir insultos, apretó su rostro
cuanto más pudo contra el estrecho ventanillo, y escupió furiosamente al
rostro del criado.
--Toma, cara de palo; esto, para ti. A ver si abres la puerta y entras a
reñir conmigo.
Baselga recibió en el rostro un rudo golpe, que le hizo retroceder al
centro de la habitación.
Era que el criado le había arrojado la hoja del ventanillo en las
narices, y después de cerrarlo se retiraba con lentos pasos.
El golpe, a pesar de ser fuerte, apenas si causó efecto en Baselga.
Pronto se repuso del aturdimiento que le produjo el choque de la recia
madera contra su rostro, y dando un salto prodigioso que tenía algo de
la ligereza flexible y elegante del tigre, cayó con todo el peso de su
corpulento cuerpo sobre aquella puerta, a la que combatía e injuriaba lo
mismo que si fuese un ser viviente.
Nada. Gimieron las maderas sordamente, pero ni una sola se movió. Eran
previsores en aquella casa y la puerta estaba a prueba de locos, aun de
los más furiosos y forzudos.
Varias veces repitió el conde aquel asalto, sin conseguir abrir brecha
en la puerta.
Su rostro estaba congestionado; gruesas gotas de sudor surcaban sus
facciones; respiraba fatigosamente, con la entonación del rugido; sus
ojos estaban veteados de sangre; las venas de su cuello, hinchadas por
furiosas contracciones, parecían querer estallar, y, a pesar de esto, no
se sentía fatigado.
La rabiosa indignación centuplicaba su fuerza de Hércules, y él, al
tropezar con aquel implacable obstáculo, inmóvil y firme, se creía un
niño, y le faltaba poco para llorar su debilidad.
Excitado por su misma impotencia, y dominado por loca tenacidad, volvió
varias veces a caer en prodigioso salto desde el centro de la estancia
sobre la pesada puerta, y aquellos choques que le magullaban hacían
crecer su furor sin límites.
Fuera de la estancia, la espeluznante gritería de los locos contestaba a
cada uno de los quejidos de la madera, combatida por aquel ariete
humano.
Los médicos y los criados del establecimiento, agrupados en el fondo del
corredor, escuchaban el estrépito producido por Baselga, y se prometían
tratarlo en adelante con grandes precauciones, pues sus violentos
accesos le hacían temible.
El conde, después de golpear inútilmente la puerta, dirigióse a las
rejas, y poseído de vertiginosa movilidad, iba de una a otra, agarrando
los barrotes con sus nervudas manos y haciendo esfuerzos poderosos por
romper el hierro.
Desollose sus manos, tirando de los robustos barrotes, y... nada; no
consiguió que las rejas hicieran el menor movimiento.
Estaba vencido, le era imposible libertarse, y aquella casa había de ser
el sepulcro de su razón calumniada.
El sol, que en oleadas de oro entraba en la habitación, marcando en el
suelo dos cuadriláteros de luz; las verdes capas de los árboles del
jardín, en las que piaban algunos gorriones; el cielo azul y
esplendoroso que se veía a través de las rejas, todo constituía un
sarcasmo para el infeliz prisionero. La naturaleza sonreía y mostraba a
Baselga la inmensa libertad que en ella existe justamente cuando el
desgraciado reconocía que había perdido ya para siempre la suya.
El conde se sentía poseído de tal furor, que en su cerebro surgió este
pensamiento:
--¡Si estaré yo loco!
Y experimentó un tremendo dolor de cabeza. ¿Qué era aquello? Hizo un
esfuerzo Baselga para volver en sí, y cuando adquirió cierta serenidad,
encontróse que estaba golpeándose furiosamente la cabeza contra las
paredes.
Otra vez volvió el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dándole
razonables consejos.
--Si sigues entregándote a tu desesperación, si te golpeas, creerán
fundadamente que estás loco. Modérate, ten calma.
Había en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres
distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y veía claramente la situación;
otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destrucción.
Los músculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrás
del último, y obedecía todos sus mandatos.
--Detente, espera, no pierdas la calma--gritaba la eterna idea en el
interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba,
aullaba de furor, daba puñetazos en las paredes, se arrojaba con la
cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se arañaba la
cara, se mordía las manos, y, al fin, se arrojó en el centro de la
habitación, revolcándose, agitado por terribles convulsiones.
Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos
de fiera. Pedía por centésima vez a los canallas de afuera que le
abrieran la puerta, y en algunos momentos se creía estar luchando con el
padre Claudio, y como si le asestara terribles puñetazos, se golpeaba el
rostro, hasta hacerse sangre.
Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa,
derribando las sillas y dejando tras sí pedazos de su traje, rasgado por
terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer
con mayor furia, golpeando con rabiosa saña su magullado rostro contra
los fríos baldosines.
Esta terrible escena duró más de diez minutos, y al fin las fuerzas de
Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dejó caer su cuerpo inerte.
Una saludable reacción comenzó a operarse en él. Su respiración era
semejante al estertor del moribundo, y así, tendido de espaldas, con la
vaga mirada fija en el techo y agitándose de pies a cabeza por un
nervioso estremecimiento, permaneció mucho tiempo.
Por fin movió la cabeza a uno y otro lado; su mirada, vaga hasta
entonces, contempló fijamente cuanto le rodeaba con marcada expresión de
extrañeza, y se incorporó, como si volviera en sí después de un terrible
ensueño.
Sus ojos fueron fijándose en las desgarradas ropas y en las sillas
caídas, y comenzó a sentir al mismo tiempo el punzante dolor que en
todos sus miembros producían las contusiones y magullamientos.
Otra vez el buen sentido volvió a hablar bajo su cráneo, y una sonrisa
contrajo los labios del conde.
--Bravo, Fernando--se dijo con terrible ironía--. Ya han logrado tus
enemigos lo que querían. Te has entregado a la desesperación neciamente,
has dejado libre de toda traba tu carácter violento, has hecho locuras,
y ahora nadie dudará que eres un demente furioso. Ya no saldrás de aquí,
y tal vez dentro de poco te pongan la camisa de fuerza.
Mientras que estas ideas se agitaban en su cerebro, el conde permanecía
sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre
las manos y mirando con estúpida fijeza su sombrero, que, pisoteado y
roto, estaba en un rincón.
Cuando Baselga salió de su abstracción, se encontró derecho, paseando
apresuradamente por la sala, de un extremo a otro.
El conde había experimentado una reacción. Sentía una calma absoluta;
todo lo veía de diverso modo, sentía una tranquilidad sobrenatural y
hasta le parecía que durante la anterior crisis había muerto, y ahora se
encontraba en otra vida, libre de las miserias y de las desgracias de
este mundo.
Había en el interior de su cerebro alguien que le seguía hablando, y
cuyos consejos aceptaba sin protesta.
--Resignación, Fernando. Ya estás loco; ¿y qué? Piensa en permanecer
tranquilo; tu salud es antes que nada. No te golpees, no te maltrates.
¿Qué vas ganando con desesperarte? Olvídate del mundo, de esos
miserables, que te han engañado; de tu familia, que te ha traído aquí.
Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo círculo, y
después de una vuelta vertiginosa, venían a parar al punto de partida: a
la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su
cerebro, salió al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus
ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos
seres inocentes y desgraciados, a quienes él veía ahora acechados por la
negra traición, tímidos e incautos insectos, que iban a caer en la red
de la sombría araña, en aquella red que había aprisionado a su razón, y
que de un hombre fuerte e independiente había hecho un guiñapo humano,
arrojándolo, sin compasión, al fondo de un manicomio.
La figura del padre Claudio apareció en la imaginación de Baselga,
irónica, sonriente y como complaciéndose en burlarse de su
desesperación.
¡Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llevó
la crispada mano a la frente. Necesitaba arañar algo.
Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa
debió hablar otra vez bajo el cráneo, y la mano cayó desmayada a lo
largo del tronco, chocando con un objeto duro.
Baselga palpó instintivamente el objeto que había detenido su mano, y
sacó del bolsillo derecho del chaleco la pequeña y brillante pistola que
había tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.
Como si el brillo de los niquelados cañones le produjeran un principio
de hipnotismo, estuvo mirándola fijamente bastante tiempo. Su frente se
contraía como si en el interior le punzara algún terrible pensamiento;
sonrió dos o tres veces con frialdad, y su voz murmuró muy quedamente:
--¿Y por qué no...?
Movió la pistola, levantó el gatillo, miró las dos negras bocas de sus
cañones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo
un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un
precipicio, y se apresuró a dejar la terrible arma sobre la mesa.
Había hablado otra vez su buen sentido, y comprendía la terrible
revelación que encerraba aquel hallazgo.
--Quieren mi muerte--pensaba--, por eso el padre Claudio mostraba tanto
empeño en que me llevara la pistola. El sabía bien adónde me conducían.
Y el conde se prometía mentalmente no dar gusto a sus enemigos. ¿Querían
su muerte? Pues bien, él viviría, él haría esfuerzos por conservarse
sano y recobrar su libertad, él probaría que su razón no estaba enferma
y que tenía derecho a salir de allí, y en cuanto saliera... El conde
miraba otra vez fijamente la pistola; pero era apreciando lo bien
alojadas que estarían sus dos balas en la cabeza del padre Claudio.
La esperanza de vengarse algún día de su miserable enemigo, tranquilizó
al conde, devolviéndole su perdida calma; pero una mirada que lanzó a
las robustas rejas y a la puerta, le hizo caer bruscamente en la
terrible realidad.
¿Cuándo saldría él de allí? Los médicos serían tan duros e inexorables
como aquel hierro y aquella madera; en vano pugnaría él por hacerles
comprender que su razón estaba sana, y que era víctima de una
maquinación infame; los médicos estaban prevenidos contra él, tenían el
prejuicio de que él se hallaba privado de razón, y cuantos esfuerzos
intentase para convencerlos de su verdadero estado, serían tan
infructuosos como las tremendas acometidas que había dado a la robusta
puerta. Además, ¿los encargados de aquel establecimiento, aquel doctor
Zarzoso que tan antipático le resultaba, no podían ser agentes del
terrible jesuíta, que despreciarían sus alardes de razón y eternamente
le tendrían por loco?
--¡Dios mío!--seguía diciéndose el conde--, ¡qué infierno en el
porvenir! Hay para volverse loco de veras.
No había salvación. Dentro de un momento llegaría el antipático sabio,
¿y qué? Le escucharía con atención, sonreiría, como lo había hecho el
loquero al oír que le era necesario salir de allí, y después lo enviaría
a una miserable celda, donde agonizaría años y años, acompañado siempre
por aquel diabólico griterío de la locura, que le crispaba los nervios.
No; un hombre como él, un Baselga, no había nacido para morir de tal
modo. Sabía salir del mundo más dignamente. Y dentro de su cráneo seguía
bailoteando el mismo pensamiento:
--¡Y por qué no!... ¡Y por qué no!
El conde avanzó hacia la mesa, poniendo su mano sobre la pistola. El
frío del brillante acero le produjo el efecto de una ducha.
El siniestro pensamiento se desvaneció, su inteligencia pareció
despejarse y nuevas ideas vinieron a tocar su cerebro, con consoladora
caricia.
El no podía morir. Tenía en el mundo dos seres que necesitaban de su
apoyo, y estaba en el deber de luchar para recobrar la libertad y correr
a su lado.
Además, un arranque de altivez le daba fuerza. Matarse era dar gusto a
sus enemigos, a aquel diabólico padre Claudio, que casi había puesto la
pistola en su mano, y él no quería pasar por un imbécil capaz de vivir o
perecer a capricho de la voluntad ajena.
Viviría; así se lo exigía su altivez y su instinto de padre: tendría
fuerzas para resistir el infortunio. Y halagado por estas decisiones que
le fortalecían, permaneció derecho, inmóvil y con la mano puesta en la
pistola, sin pensar en nada, invadido por una dulce somnolencia.
El silencio que le rodeaba quedó turbado repentinamente. Otra vez el
griterío irritante de los locos, pero en esta ocasión había uno cuyos
rugidos, que parecían imposibles para una garganta humana, sobresalían
sobre las voces y las carcajadas de los demás.
Baselga sonrióse tristemente. Otro que estaba como él mismo momentos
antes, y con curiosidad oía aquel rugido, tan atentamente como si se
mirara a un espejo, para apreciar su rostro.
Aquello trastornaba al conde, le producía honda pena. ¡A cuán bajo nivel
puede la desgracia hacer descender a un hombre! ¡Y pensar que él hacía
poco rato había gritado así, y que tal vez, a la menor contrariedad, o
apreciando todo su infortunio, volviera a caer en la brutal
irracionalidad!
El conde sentía miedo, y como si la imaginación se complaciera en
asustarle, le desarrollaba el porvenir con toda su horripilante
lobreguez.