Enriqueta a que abrace el estado religioso. Yo me comprometo a alcanzar
su definitivo consentimiento dentro de pocos días.
--No creo que ella presente gran resistencia.
--Creo que así será. Pero aunque se resistiera... ¿Acaso no mando yo en
ella? ¿No soy su segunda madre?
Y la baronesa decía estas palabras en son de amenaza, dando a entender
de lo que era capaz para domar una voluntad rebelde.
--Seguramente--dijo el jesuíta--lograremos ver realizados nuestros
planes. Ya no tenemos obstáculos. Convéncete, hija mía, de que aún
tendremos que dar gracias a Dios por haber dispuesto de un modo tan
trágico de la vida del conde.
Enriqueta ya no oyó más.
Adivinaba en aquella conversación algo que le causaba un inmenso terror.
El extraño e inesperado fin de su padre hacíala pensar si éste sería
obra de una traición premeditada. En su cerebro surgía y se agrandaba la
sospecha de que el padre Claudio podía tener su parte en aquella
catástrofe.
Las palabras amenazantes y proféticas que había pronunciado al
confesarla en la Colegiata de San Isidro, renacían en su memoria como
pruebas acusadoras contra el poderoso jesuíta. Recordaba aquella
afirmación de que los poderes celestiales anulaban a todos cuantos se
oponían a su voluntad, asegurando que el conde sería castigado si se
negaba a permitir que su hija entrara en un convento.
Enriqueta, envuelta en las sombras crepusculares que habían invadido el
gabinete, sentía miedo. No creía que el padre Claudio hubiera influido
directamente en el triste fin del conde, pero se imaginaba ya al jesuíta
como un ser terriblemente poderoso y sobrenatural, que sólo necesitaba
mirar con indignación a una persona y desearla la muerte, para que
inmediatamente la fatalidad acudiese en su auxilio, exterminando al ser
odiado.
La oscuridad que rodeaba a la joven, el lúgubre silencio de aquel
gabinete, solamente interrumpido por el rodar de algún carruaje, que con
su estrépito conmovía sordamente las paredes, las lúgubres imágenes que
en su cerebro evocaba aquella terrible revelación y el desfallecimiento
creciente que de su cuerpo se apoderaba, y que aún hacía mayor el miedo,
obligaron a Enriqueta a salir de allí.
Temblorosa, con paso vacilante y casi sin darse cuenta de lo que hacía,
salió del gabinete la joven, con dirección a su cuarto, evitando el
tropezar con los muebles.
El jesuíta y la baronesa seguían hablando de la vocación religiosa de
Enriqueta y del entusiasmo místico de su hermano Ricardo, que prometía
ser un excelente soldado de la Compañía de Jesús.
Cuando la joven llegó a tientas a su cuarto, sin darse cuenta exacta de
lo que hacía, encendió una bujía y cerró con llave la puerta.
Después, desalentada, inerte, y como si la vida se escapara su cuerpo,
dejóse caer como un cadáver sobre su blanco lecho.
Un suspiro angustioso levantó su pecho, y rompió por fin a llorar.
Necesidad tenía su espantoso dolor, tan firmemente detenido, de tal
desahogo físico, y por esto Enriqueta permaneció más de una hora inerte,
sin pensar en nada, ni dar otras muestras de vida que aquel llanto
incesante y sin término, que parecía una verdadera fuente de lágrimas.
Pasó mucho tiempo antes de que Enriqueta, algo aliviada de aquel dolor
que le producía una angustia asfixiante, se diera cuenta de dónde
estaba.
Cuando pudo reflexionar, y su razón, ya fría y despejada, recordó cuál
era la desgracia que la había sumido en tal postración, su dolor volvió
a renacer, aunque más punzante y vivo.
Se sentía anonadada por aquella desgracia inmensa, y pensaba en su padre
con la misma viveza de pasión que si se tratara de un amante. Había
conocido demasiado tarde el verdadero carácter de aquel hombre tan
adusto exteriormente como cariñoso y tierno en la intimidad, y esto
contribuía a aumentar su desesperación. ¡Morir cuando ella casi acababa
de encontrar en un ser misantrópico y terrible, un verdadero padre!...
Enriqueta, con la mirada fija en la pared, y siguiendo la inquieta danza
de sombras que arrojaba sobre ella la vacilante luz de la bujía,
permaneció mucho tiempo con todo el aspecto de una sonámbula.
Un ruido que resonó en todo el cuarto la sacó de su ensimismamiento.
Llamaban a la cerrada puerta, y la voz de la baronesa preguntaba:
--¡Enriqueta, niña mía! ¿Qué haces? ¿Estás enferma?
La joven dudó en contestar; pero, por fin, siguiendo instintivamente el
hábito de disimular y mentir que le había inspirado aquella educación
monjil, contestó:
--Me encuentro bien. Déjame tranquila, Fernanda. Estoy rezando.
--Bueno, pues reza. Ya nos veremos a la hora de cenar.
Alejóse la baronesa, y Enriqueta continuó en la misma posición y con la
mirada fija en la pared.
La presencia de su hermana había cambiado repentinamente el curso de sus
pensamientos, y ahora, su actual situación se le aparecía con terrible
claridad.
Sin el poderoso apoyo que encontraba en su padre, sometida por completo
a la voluntad de su irascible hermana, iban a obligarla a que entrase en
un convento, y serían infructuosos cuantos esfuerzos hiciese por
resistirse.
Ella no quería ser monja. La elocuencia artificiosa del padre Claudio la
había arrastrado en un momento a prometer que entraría en el claustro;
pero ahora no estaba dispuesta a tal suicidio.
Además, sin que ella pudiera explicarse el porqué, sentía gran
repugnancia al pensar en la baronesa y su director, el jesuíta.
Parecíanle dos miserables de la peor especie, y aun cuando no tenía
ninguna prueba, empeñábase en considerarlos como los autores del trágico
fin de su padre, como los que le habían empujado a acabar de un modo tan
horrible con su vida.
El hallarse su padre encerrado en un manicomio en el instante de morir,
producíala grandes reflexiones. ¿Qué locura era la suya? ¿Cómo ella, que
vivía al lado de su padre, no se había apercibido de nada? ¿No podía ser
todo el resultado de una diabólica maquinación de Fernanda, que nunca
había querido a su padre? ¿Y por qué aquel empeño tan tenaz de procurar
su salvación eterna metiéndola en un convento?
Enriqueta, atropelladamente, y sin la menor ilación, hacíase todas estas
preguntas, y aunque a ninguna de ellas sabía responderse
satisfactoriamente, en el fondo de su pensamiento siempre quedaba
latente la sospecha de que allí mismo, en aquella casa, estaba la
verdadera causa de todas las desventuras que caían sobre su familia.
El porvenir aparecíase a la joven sombrío y execrable. Ella podría
resistirse a los mandatos de su hermana, podría negarse tenazmente a
obedecerla y a entrar en un convento, pero su vida sería un verdadero
infierno, y tendría que sufrir toda clase de castigos. Recordaba aquella
escena violenta ocurrida el día en que la baronesa descubrió su
correspondencia amorosa con el capitán Alvarez, y aún le parecía sentir
en su rostro el escozor de los golpes de su fiera hermana.
Aquella beata era capaz de todo cuando su voluntad encontraba
obstáculos.
Estremecíase de terror al pensar en su porvenir de huérfana, sometida a
la autoridad de una hermanastra que siempre la había odiado.
Lo futuro se le aparecía como un mar de sombrías ondas poblado de
horribles monstruos; pero sobre aquellas aguas oscuras, infectas y
mugientes, su imaginación le hacía ver una isla de luz en la cual
erguíase la figura de un ser amado, del único protector que le quedaba y
que estaba aguardándola con los brazos abiertos.
Ella podía llegar allí. Todo consistía en un esfuerzo supremo. Bastaba
un momento de decisión para salir del lóbrego mar de su existencia
futura y poner el pie en aquella isla de esperanza.
Permaneció Enriqueta mucho tiempo sentada en su lecho y con la cabeza
inclinada, entregándose a una lucha interna y tempestuosa, que agitaba
su pensamiento de un modo horrible.
Varias veces se levantó con la expresión del que adopta una solución
desesperada, y otras tantas volvió a arrojarse en el lecho, pálida,
desalentada y mirando con terror a todas partes como asustada de sus
propios pensamientos y de algún poder oculto que la retenía prisionera
en aquella habitación.
Por fin, levantó su cabeza con arrogancia, como si desafiara a ocultos
escrúpulos que la martirizaban, y plantándose en el centro de la
habitación, miró en derredor como si fuera a hablar con las sombras de
los rincones.
--Me iré; sí, me iré--murmuró--;¿por qué he de quedarme aquí? ¿Tengo a
alguien que me quiera?
Y lentamente, sin precipitación ni alarma, sacó de su ropero un vestido
negro y se lo puso. Echóse a la cabeza una mantilla de tupido velo,
colocó éste sobre su rostro y abrió con precaución la puerta, evitando
el chirrido de la cerradura.
Deslizóse por las oscuras habitaciones tan silenciosamente como una
sombra, y al pasar cerca de su gabinete escuchó la voz de la baronesa
que hablaba con toda la servidumbre, dándola instrucciones sobre el modo
como debían observar el luto por la muerte del dueño de la casa,
recomendándoles que por aquella noche nada dijeran a la señorita, pues
ya se encargaría ella de hacerla saber al día siguiente la fatal
noticia.
En la antecámara no encontró Enriqueta a nadie, y bajando rápidamente la
escalera, pasó con no menor celeridad por ante la portería, en cuyo
interior el obeso conserje estaba muy ensimismado, leyendo un folletín
de "Las Novedades".
Cuando la joven puso sus pies en la acera lanzó un suspiro de
satisfacción, y bajando más aún su velo sobre el rostro, se alejó calle
arriba con rápido paso, confundiéndose entre los transeúntes.
Dos mozalbetes, que caminaban en dirección contraria, al ver a la joven
enlutada detuviéronse indecisos, y riendo la siguieron por fin,
marchando junto a ella y hablándola con aire de calaveras.
Poco después dieron las ocho, y una berlina de alquiler que bajaba la
calle con paso tardo, paró frente a la casa de Baselga.
El portero abandonó su folletín y asomó la cabeza por la puerta de su
habitación, viendo cómo sobre la acera discutía, por cuestión de la
propina, con una mujerona que llevaba agarrado con ambas manos un gran
saco de noche.
Cuando la mujer entró en el portal y la luz del lujoso farol la dió en
el rostro, el portero la reconoció inmediatamente.
Era Tomasa, la antigua ama de llaves.
FIN DEL TOMO CUARTO
* * * * *
Los errores corregidos por el transcriptor:
decirla=> decirle {pg 5}
Gibraltal=> Gibraltar {pg 36}
No tiene más=> No tienes más {pg 49}
devocion=> devoción {pg 51}
por orden de papa=> por orden de papá {pg 52}
rudas amenazas=> rudas manazas {pg 71}
Estate=> Estáte {pg 72}
Quién ese caballero=> Quién es ese caballero {pg 90}
el medico=> el médico {pg 61}
el medico=> el médico {pg 95}
extemporáneamnte=> extemporáneamente {pg 124}
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 4/9, by Vicente Blasco Ibáñez