tiempo, que el conde estaba loco, y que su manía de conquistar
Gibraltar, que comunicó a usted antes que a nadie, era un solemne
disparate. ¿A qué extrañarse tanto ahora? Baselga estaba loco y lo hemos
encerrado en un manicomio. Eso es todo.
--Perdone usted, padre Claudio. Yo esperaba que, como amigo de la
familia, me hubiese usted llamado, al tratarse de un asunto tan
importante. Tal vez hubiesen aprovechado para algo mis servicios.
--No hemos necesitado a usted para nada.
--Muchas gracias. Además debo manifestarle mi disgusto por la conducta
que usted ha observado conmigo. Hace tiempo que comprendí que no le era
muy grata mi presencia en casa de Baselga, y por eso he estado tanto
tiempo sin ir por allí.
--Así es. No me gustaba mucho que fuese usted por aquella casa; pero
ahora puede volver cuando guste.
--Sí, eso es--dijo con rudeza Quirós--. Puedo ya volver, ahora que no
está el conde y que le han declarado loco, Dios sabe cómo.
Quirós, apenas dijo estas palabras, se arrepintió, al ver el gesto de
indignación que hizo el padre Claudio.
--Joven--dijo el jesuíta con frialdad hostil--, la benevolencia que yo
le he dispensado, sólo ha servido, según veo, para que usted se muestre
sobradamente audaz y se atreva a hacer suposiciones que no puedo
consentir. El conde ha sido declarado loco, porque realmente lo estaba,
y yo no he influído para nada en tal declaración. ¿Qué interés podía yo
tener en ello?
Quirós, a pesar de que temía al padre Claudio, no pudo evitar un gesto
de incredulidad.
--¿Duda usted de mis palabras? Pues pronto tendrá que convencerse
forzosamente. ¿Qué médicos cree usted que han certificado la demencia
del conde? ¿Se lo ha dicho a usted la baronesa?
--No, señor; pero, como si lo viera: el médico encargado de tal trabajo
habrá sido, indudablemente, el doctor Peláez. Un amigo fiel y
obediente.
--Pues se engaña usted. El que ha certificado la demencia del conde ha
sido el doctor Zarzoso, ese sabio alienista, que es bien conocido por
sus ideas antirreligiosas. ¿Dirá usted ahora que Zarzoso es de los
nuestros y que yo puedo manejarle para hacer que declare cosas
contrarias a la verdad?
El joven quedó moralmente aplastado por estas palabras, y el padre
Claudio se gozó en mirarlo con desdeñosa compasión.
Quirós estaba perplejo. Comprendía que acababa de cometer una torpeza,
mostrando antes de tiempo cierta aspiración de independencia ante el
terrible jesuíta, que no consentía la emancipación de ninguna de las
voluntades a él supeditadas. Por esto, deseoso de remediar su ligereza,
se apresuró a decir con acento humilde:
--Perdón, reverendo padre. No había yo imaginado, ni remotamente, nada
que fuese en perjuicio de la honradez y caridad de vuestra reverencia,
pero el maldito amor propio, herido por el despego que hace algún tiempo
me mostraba usted, ha sido la principal causa de que yo haya hablado de
un modo irrespetuoso. Ruego a usted que me perdone. Ya sabe que le
venero y que eternamente le seré fiel.
El jesuíta hizo como que creía en estas palabras, cuyo verdadero valor
conocía.
--Es usted un niño, amigo Quirós--dijo con paternal benevolencia--, y si
no estuviera convencido de esa ligereza, que le ha de producir muchos
disgustos, tomaría en serio sus palabras, en cuyo caso mi enojo sería
terrible. Usted tiene un defecto, que consiste en querer subir demasiado
aprisa a las alturas donde le arrastra su exagerada ambición. Yo no
critico que usted sea ambicioso: todos lo somos en este mundo, y yo el
primero: pero hay que pensar bien que aquello que todo hombre ha de
procurar para subir, es escoger bien los medios que han de servirle para
su elevación. Usted, mientras suba apoyado por nuestra Orden, hará
carrera, y el día que intente emanciparse de nosotros, su ruina será
completa.
--Reverendo padre, yo no intento separarme de usted, al que tanto
venero; yo...
--Menos protestas de adhesión, amigo Quirós. Dios, que lee en el corazón
de todos los humanos, es quien sabe mejor la verdad y puede apreciar los
sentimientos de cada uno. Aunque no estoy muy seguro de la adhesión de
usted, le quiero, a pesar de todo, y buena prueba del ello es que hace
un momento pensaba en usted y le procuraba un medio seguro para
engrandecerse.
--¡A mí!--exclamó Quirós con codicia--. ¡Oh, cuánto le agradecería que
hiciese algo por mi suerte! Mi situación es cada vez más difícil; mis
compañeros ascienden todos, hacen fortuna, y yo permanezco inmóvil en mi
miserable medianía, sin adelantar un paso. Necesito un protector
poderoso, como vuestra paternidad, y que no me abandone en ninguna
ocasión.
--Mi protección dependerá del modo como usted se porte en adelante
conmigo. Por de pronto, sepa que tengo un medio seguro e inmediato para
que el Gobierno agradezca a usted un servicio importantísimo y le premie
con largueza.
Quirós hizo un gesto de impaciencia; estaba ansioso por conocer aquel
medio, tan seguro, de engrandecerse.
--Se trata--dijo el jesuíta con gran calma--de descubrir al Gobierno una
conspiración revolucionaria, verdaderamente terrible, por las personas
que de ella forman parte.
Quirós mostró cierta extrañeza al escuchar estas palabras. Notábase en
él que acababa de sufrir una profunda decepción.
--¡Oh!--exclamó--. ¡Si no es más que eso!... Todos los días recibe el
Gobierno delaciones de esa clase, y apenas si las premia con unas
cuantas onzas de oro. Los ministros hacen ya poco caso de tales
revelaciones, pues las más de las veces resultan falsas o inútiles, ya
que no pueden encontrarse las pruebas.
--Es que aquí las hay, señor Quirós: pruebas claras y concluyentes,
papeles de tanta importancia, que con ellos el Gobierno puede ponerse al
tanto de una terrible conspiración militar, y conocer a todas las
personas que están comprometidas en ella.
--¡Ah!--exclamó el joven, cuyos ojos brillaron con terrible llamarada de
alegría--. Eso es otra cosa. Si vuestra paternidad me facilita tan
importante delación, mi ascenso está ya asegurado.
--Pues cuente usted con que le apoyaré. Irá usted a ver al ministro de
la Gobernación. ¿No lo conoce usted?
--Sí, reverendo padre. He hablado varias veces con él en las reuniones
del gran mundo.
--Perfectamente. Pues puede usted decirle que en Madrid funciona una
Junta revolucionaria militar, de la cual es secretario un capitán
llamado don Esteban Alvarez.
--Eso no basta, reverendo padre.
--No sea usted impaciente, y escuche. Dicho capitán tiene en su casa la
mayor parte de los papeles de la conspiración, y registrando su
domicilio, el Gobierno puede dar un buen golpe a los revolucionarios.
--¿Está usted seguro, reverendo padre, de que los papeles están en casa
de ese capitán?
--¡Oh!, segurísimo. Ya sabe usted que estoy siempre bien informado de
todo. Tengo buenos amigos.
--¡Diablo!, pues la cosa resulta grave para ese capitán, si le pillan en
su domicilio los papeles. ¿Es algún joven ese capitán?
--Creo que sí. Según me han dicho es una cabeza ligera, un exaltado muy
peligroso.
--¿No le conoce vuestra reverencia?
--No. Nunca lo he visto.
Quirós se quedó pensativo unos minutos.
--¡Vamos!--dijo el jesuíta--. ¿Qué piensa usted? ¿No se atreve a dar el
golpe?
--Pienso que si le pillan los papeles a ese pobre muchacho, pronto le
olerá la cabeza a pólvora. El Gobierno está hoy más irritado que nunca
contra los revolucionarios, y será inexorable con aquel que pille.
--Así lo creo yo también. Pero veo que me he equivocado al pensar en
usted y ofrecerle un medio tan rápido de elevación. ¿Tiene usted reparo
en delatar tan peligrosa conspiración? No hablemos, pues, del asunto.
Olvídese usted de todo lo dicho, que otro se encargará de hacer el
trabajo. No falta gente que quiera ser premiada por el Gobierno.
Quirós se estremeció, como si acabara de recibir un rudo golpe.
--¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?... El negocio es para mí, y yo no
puedo consentir que otro me lo arrebate. ¿He dicho yo acaso que no
quiero encargarme de la delación? Lo que hay es que me inspiraba algo de
compasión ese pobre muchacho, que es un joven como yo y que no aguarda
seguramente el terrible cataclismo que le va a caer encima. Un poco de
simpatía, y nada más. Pero se acabó ya el escrúpulo; no soy tan imbécil
que dé un puntapié a la Fortuna, cuando ésta se me presenta. Se acabó la
compasión. ¡Vaya, padre Claudio!, siga usted dándome órdenes, que yo las
cumpliré inmediatamente.
--Celebro verle tan animoso y dispuesto a aprovecharse de mi cariñosa
benevolencia. Para alcanzar la gratitud del Gobierno, no tiene usted más
que hacer esa delación. Yo me encargaré después de recomendarlo y hacer
que la recompensa oficial sea lo más alta posible.
--Pero, padre Claudio, con lo dicho no basta para que la delación sea
completa. Falta saber, el domicilio del capitán Alvarez, el punto donde
los conspiradores se reúnen y todos los demás detalles que vuestra
paternidad juzgue importantes.
--Es verdad. Tiene usted mejor memoria que yo. Pase usted a mi despacho
y mi secretario le dará una nota exacta de todo cuanto pide.
Quirós hizo un gesto de alegría, como si ya tuviera en sus manos el
importante ascenso que tanto deseaba.
Ansioso por realizar cuanto antes aquel negocio, y sin el menor rastro
del escrúpulo que momentos antes había sentido, se dispuso a salir del
gabinete para dirigirse al despacho.
--Aguarde usted, impaciente joven--dijo el jesuíta sonriendo con
amabilidad--. Supongo que todo esto quedará en el más absoluto misterio,
y que el Gobierno no traslucirá quién ha proporcionado tan importantes
datos.
--¡Oh! De eso no hay que hablar, padre Claudio. Bueno soy yo para que se
me escape una palabra indiscreta. Yo sólo digo lo que quiero.
--Buena condición es ésa. Con ella irá usted muy lejos. Lo importante es
que usted no se arrepienta nunca de lo hecho, y quiera perder a sus
amigos algún día, sabiendo perfectamente lo que dice.
El joven comprendió que el padre Claudio seguía dudando de su adhesión.
--No recele vuestra reverencia de mi fidelidad--dijo Quirós--. Ya que no
por cariño, por egoísmo, debo seguir siempre al lado del padre Claudio.
Tratándome como hoy, nunca podré quejarme de su protección. Yo, al que
me da, nunca le falto.
--¡Magnífico! Es usted adorable por su, franqueza, Joaquinito. Usted irá
lejos y nunca le faltará mi protección. Unicamente--continuó el jesuíta
sonriendo con cierto aire de superioridad--, le falta a usted el no
dejarse dominar por la compasión en momentos supremos.
--¡Oh! La indecisión de antes ha sido momentánea, como usted ha visto.
--Cuando yo le aconseje una cosa, no dude usted nunca. Yo no puedo
aconsejar a nadie que peque y pierda su alma, y las acciones que yo
recomiendo, aunque a primera vista parezcan censurables, seguramente no
lo son por venir de boca de un sacerdote del Altísimo. Dios saca el bien
del mal, no olvide usted esto, y para hacer bien a nuestros semejantes,
es preciso que antes les hagamos daño. Al delatar a ese joven capitán,
tal vez le sentenciemos a muerte; pero, ¡cuán inmenso caudal de bienes
no producirá nuestra delación! Con su prisión y la incautación de sus
papeles, la Sociedad permanecerá tranquila, la revolución quedará
desbaratada, perecerán esas ideas diabólicas y disolventes que propagan
los enemigos de la Monarquía y de la Iglesia, y quedarán tranquilas en
el poderío de que hoy gozan, por la voluntad de Dios, Doña Isabel II,
esa reina modelo de virtudes, y la Compañía de Jesús, santa institución
que trabaja por la salvación del mundo. Si quiere usted ser grande y
poderoso en la tierra, y después feliz y bienaventurado en el cielo, no
vacile usted nunca en obedecer mis indicaciones. Todo cuanto yo ordene
es...
--"Para mayor gloria de Dios"--interrumpió el joven--. Si ya lo sé,
reverendo padre, y juro obedecerle inmediatamente. Ahora, si le parece
bien, vamos al despacho a por la nota, pues siento verdadera impaciencia
por servir a Dios haciendo la delación.
El jesuíta sonrió bruscamente al oír estas palabras. Sabía él a qué Dios
servía el joven egoísta, al mostrarse tan impaciente por cumplir sus
órdenes.
--Sobre todo, amigo Quirós, no cometa usted ninguna imprudencia, ni deje
que la cometa el Gobierno. Si hace usted la delación ahora mismo, nos
exponemos a que el ministro dé inmediatamente órdenes a la Policía, en
cuyo caso es posible que armándose estruendo extemporáneamente, se nos
escape la liebre. Vaya usted al Ministerio al anochecer, y haga la
delación. La noche es favorable para esta clase de asuntos.
Quirós se conformó a esperar algunas horas para dar el golpe que
aseguraba su porvenir, y con aire de humildad hipócrita, siguió al
poderoso jesuíta a su despacho.
XXVI
La última buena obra
del padre Claudio.
A Baselga comenzaba a parecerle demasiado extraño el aparato misterioso
con que el capitán O'Conell había revestido su cita.
Pasaba el conde por alto que le hubiese hecho salir a una legua de
Madrid para ir a aquel caserón de grandes y desiertos patios, rodeado de
un vasto jardín con solitarias alamedas, a cuyo extremo había entrevisto
algunos hombres que al notar su presencia habían desaparecido; hacía
caso omiso igualmente de que el doctor Peláez lo hubiese abandonado
diciendo que así lo exigía el secreto de la entrevista, dejándolo bajo
la dirección de un criado, soberbio mocetón de grandes patillas que
orlaban una cara cuadrada y sin expresión alguna; pero no le parecía ya
indiferente, pues le causaba cierta molestia próxima a la irritación,
que le tuvieran más de una hora en aquella sala, grande, fría y de
elevado techo, cuya desnudez aún hacía más antipática el torrente de sol
que entraba por las dos rejas situadas sobre el vasto jardín que él
había atravesado.
La aventura iba ya resultando para el conde demasiado extraña. Aquellas
rejas eran demasiado robustas y tenían todo el aspecto de las de
presidio. Mirándolas fijamente, el conde llegó a sonreírse.
--En esta casa--pensaba--debe ser la gente muy miedosa. Según leo a
veces en los periódicos, hay bastantes ladrones en los alrededores de
Madrid; pero la cosa no creo que sea para tomar tantas precauciones.
¡Cuidado si han empleado hierro en las tales rejas!
Y Baselga, que para buscar distracción al tedio que comenzaba a
dominarle, se había entretenido en contar varias veces los barrotes de
las rejas, pasó a fijarse en otros detalles de la habitación.
--Pues aquí dentro--continuó pensando el conde--no han sido tan pródigos
en muebles como en el hierro de las rejas. ¡Vaya un menaje! Parece que
sólo hayan puesto lo estrictamente necesario para que la pieza no sea
inhabitable.
Así era. La sala era muy espaciosa, y a pesar de esto, sólo había en
ella cuatro sillas de paja, muy ligeras por cierto, y una mesilla
colocada entre las dos rejas.
Baselga se levantó, fué tocando uno por uno los escasos muebles, y
después siguió paseando de un extremo a otro de la habitación.
Sacó su reloj de oro y miró la hora. Las diez y media. Estaba ya allí
más de una hora y comenzaba a parecerle la espera más que pesada.
En uno de sus paseos, al pasar junto a la puerta, que creía entornada,
se fijó en ella. También notó, como en las rejas, gran lujo de
precauciones. Vaya una puerta sólida. Los tableros estaban tan
ajustados, que no dejaban la menor rendija, y toda ella parecía hecha
de una sola pieza. En el centro tenía un ventanillo cerrado.
El conde, al pasar, la golpeó distraídamente con el pie, como para
apreciar su robustez, y la puerta no se movió.
Baselga hizo un gesto de inmensa extrañeza. ¿Qué era aquello? ¿Acaso
estaba la puerta cerrada? ¿Era él un preso?
Esta consideración sublevó al conde, quien, para convencerse de si la
puerta estaba cerrada, dejó caer sobre ella sus robustos puños.
Conmovióse la recia madera produciendo un sonido sordo, pero la puerta
no se movió.
Ya no podía dudar el conde. Estaba encerrado, prisionero en aquella
destartalada habitación tan inaccesible a la fuga como un calabozo. Las
rejas le impedían saltar al jardín.
Apoderóse de Baselga una terrible indignación al verse tratado de un
modo tan inicuo. ¿Por qué le recibían de tal modo? ¿Dónde estaba aquel
O'Conell, que no llegaba nunca?
De repente cruzó por la imaginación del conde una absurda idea, propia
de su continua preocupación. Sin duda, el Gobierno inglés conocía su
plan, temía al audaz patriota, y se atrevía a secuestrarlo casi a las
puertas de Madrid. Esta presunción fatua y loca consolaba al conde y le
daba cierto valor para sobrellevar tan extraña aventura; pero a pesar de
esto, seguía golpeando con sus vigorosos puños la fuerte puerta, sin
lograr que hiciera el menor movimiento.
El más absoluto silencio contestaba a aquellos golpes, y Baselga se
decidió por fin a gritar:
--¡Eh! Los de la casa. ¿Qué es esto? Venid a abrir esta puerta.
Varias veces gritó y no vino nadie. Pero los gritos no fueron acogidos
con el mismo silencio que los golpes.
A los oídos de Baselga llegaron confusas y amortiguadas voces
estentóreas, chillidos y cánticos monótonos, que formaban un extraño
concierto y que se repetían cada vez que él llamaba.
--No--dijo el conde en alta voz, como si tuviera a sus espaldas quien lo
oyera--, pues la broma resulta bastante pesada. ¿Y qué grita toda esa
gente?... Juro a Dios, que en cuanto salga de aquí aprenderán cómo nadie
se burla impunemente de un hombre como yo.
Transcurrieron algunos minutos sin que el conde se cansara de golpear la
puerta. Antes bien, parecía que sus puños, al maltratar a la madera,
adquirían nuevo vigor.
Cuando comenzó a llamar, habíale parecido oír unas pisadas que
ligeramente se alejaban, y éstas volvieron a escucharse pasado un buen
rato, aunque aproximándose con gran rapidez.
El conde vió abrirse el estrecho ventanillo de la puerta, a través del
cual apenas si podían mirar a la vez con ambos ojos.
En el pasillo estaban dos hombres; el criadote de las patillas y de
rostro inmóvil, que, según se decía el conde, tenía cara de palo, y un
joven también fornido y barbudo, que llamaba la atención por su gesto
inteligente.
Baselga se dirigió a él lanzándole por el ventanillo una mirada
iracunda.
--Caballero, ¿es ésta manera de recibir una persona decente? ¿Soy algún
criminal terrible para tenerme cerrado? Soy el conde de Baselga, sépalo
usted.
--Lo sé, señor conde--dijo el joven con sonrisa amable--; y ruego
dispense esta falta de atención. El tenerle cerrado, comprendo que le
será a usted tan enojoso como molesto para mí; pero tengo que cumplir
forzosamente las órdenes que me dan. A usted mismo le conviene
permanecer ahí.
--¿Esas órdenes son de O'Conell? A ver, ¿dónde está O'Conell?
El joven médico no sabía quién era aquel extranjero que nombraba el
conde; pero con el aplomo que le daba su continuo trato con los
enajenados, respondió:
--Sí; O'Conell me ha dado la orden. No tardará en venir, puede usted
esperar tranquilo. Es cuestión de una hora a lo más. Le ruego, sobre
todo, que no se incomode ni se exalte. Piense usted en que le conviene
estar así.
El conde seguía no comprendiendo aquel extraño aparato; pero se
tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.
No; aquella gente no podía ser mala. Tenía buen aspecto y no parecía que
se propusieran causarle el menor daño. Esperaría, ya que tan cortésmente
se lo suplicaban, y cuando llegara O'Conell, éste le explicaría la razón
de tan extraña conducta.
El joven hizo una cortesía, disponiéndose a retirarse.
--Ya lo sabe usted, señor conde. Permanezca usted tranquilo, que así que
llegue el que usted espera, entrará a verle inmediatamente. Mientras
tanto, el ventanillo quedará abierto, y si algo se le ocurre, no tiene
usted más que llamar a este señor, que acudirá inmediatamente.
Los dos hombres se retiraron, y el conde volvió a pasearse por la
habitación.
En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero
así que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas
sospechas. ¿No podían ser terribles enemigos aquellos hombres que tan
amables se mostraban?
Todo inducía a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara
vez puede ser precursor de felices acontecimientos.
Y el conde, al pensar esto, se dirigía a sí mismo preguntas de imposible
contestación.
--Vamos a ver, ¿dónde está O'Conell? ¿Por qué ordena estas precauciones
irritantes? ¿Será acaso un traidor que nos habrá engañado al padre
Claudio y a mí? ¿Y qué casa es ésta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese
joven, así como por qué chillaban tan desaforadamente hace poco rato.
Justamente cuando el conde se decía esto, volvió a estallar aquel
extraño y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes
canciones.
Esta vez se oía mejor, y parecía más próximo el griterío, sin duda por
estar abierto el ventanillo.
A Baselga le ponía nervioso aquel estruendo, que parecía arañarle los
oídos. Además, creía que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos,
que celebraban con risotadas extravagantes verle a él encerrado, y por
esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmuró iracundo:
--¡Dios! Esto parece una casa de locos.
Después, como si tomara una resolución, se dirigió al ventanillo:
--¡Buen hombre!--gritó--. ¡Eh, buen hombre!
Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con
una ligereza juvenil.
--¿Qué se le ofrece?--dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba
por dulcificar.
--¿Qué ruido es ése? ¿Por qué chilla esa gente de un modo tan
extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa música rara.
--No haga usted caso, señor. Son huéspedes que tenemos aquí hace algún
tiempo, y que nos dan bastante trabajo.
--¿Y qué clase de casa es ésta? ¿Qué hacen aquí?
Por fin, la cara de palo del criado perdió su expresión estúpida para
animarse con una sonrisa extrañamente irónica.
--¡Oh! Ya lo sabrá usted, ya se encargará de decírselo la persona a
quien espera.
--¡Ya lo creo que me lo dirá! Tengo deseos de saber el por qué del
aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia
tal vez. ¡Esos ingleses son tan excéntricos!
Baselga notó en la inanimada cara del criado cierta expresión de
extrañeza. ¡Si él lograra hacerle hablar!
--Qué, ¿te extrañas de lo que digo? ¿No conoces tú al capitán O'Conell?
--Yo, no, señor. Es decir..., ese capitán, ¿no es la persona que usted
espera?
--Sí, hombre. Al que espero, y por el que he venido aquí.
--Pues a ése sí que lo conozco; sólo que no sabía que usted lo llamaba
por tal nombre, ni que era capitán.
--¿Pues, cómo llamáis aquí al que yo espero?
--Aquí se le llama el doctor Zarzoso, y todas las mañanas, a las once,
viene a hacer su visita. Por lo regular, sólo inspecciona a algunos de
los huéspedes y se pasa más de dos horas hablando con ellos. Hoy tendrá
con usted una conferencia larga.
El conde quedó profundamente desconcertado por tales palabras. ¿Qué
enredo era aquél? ¿Había otro que al capitán irlandés quería convertirlo
en doctor? Baselga comprendía la necesidad de hacer hablar a aquel
hombre, y recordando sus antiguas prácticas de hombre de mundo, que hace
apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sacó del
bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sacó la mano por el
ventanillo.
--Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con
tu conversación, hasta que llegue ese señor a quien espero.
--Gracias, señor conde--dijo el criado mirando con codicia las
relucientes monedas--; pero me es imposible aceptar la "fineza". El
reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.
--Tómalos sin cuidado. Guardaré el secreto, pues tengo el gusto de
hacerte este regalo.
La manaza del criado no tardó en apoderarse de las dos monedas.
--Y dime--continuó el conde--; ¿ese señor doctor que tú nombras, es el
mismo a quien yo espero?
--¡Vaya una pregunta! ¿Usted no espera al doctor Zarzoso? ¿No es él
quien lo ha enviado aquí para su curación?
--¿Para mi curación?... ¡Ah!, sí. Por eso me encuentro en este sitio y
le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco
mucho a ese señor médico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo
de su cara.
--No es extraño; a muchos les sucede igual aquí. Vea usted si recuerda.
Es un señor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente
cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.