--No he tenido tiempo de informarme, pues inmediatamente he venido a
manifestarle la noticia. Abajo, en un coche de punto, para no llamar la
atención, le espera el doctor Peláez, que es quien sabe dónde es halla
O'Conell. El le conducirá.
--Voy al momento. La impaciencia me devora, y no tardaré ni cinco
minutos en estar listo.
Salió el conde del despacho apresuradamente, llamando a su ayuda de
cámara con estrepitosas voces, y despojándose de su bata rameada para
acabar cuanto antes de vestirse.
El padre Claudio lanzó una mirada distraída a la mesa de trabajo, donde
los papeles estaban en desordenado abandono.
Un objeto brillaba asomando bajo algunos periódicos, y el jesuíta fijó
en él la atención. Apartó los papeles, y vió una pistola doble, con los
cañones niquelados y la culata de ébano. Tenía la pequeñez de las armas
de bolsillo; los arabescos complicados y fantásticos que la adornaban
dábanle cierto carácter de joya; pero el excesivo calibre de sus cañones
le hacía una máquina terrible.
El jesuíta la contemplaba con curiosidad. Examinó sus cañones, que
estaban cargados, y se puso a reflexionar que un tiro disparado con
aquella pistola, a corta distancia, era tan seguro como mortal.
El conde era muy aficionado a las armas; tenía siempre en casa las más
modernas, y aquella pistola era, sin duda, una novedad.
Daba vueltas el jesuíta en sus manos a la brillante pistola y sonreía de
un modo extraño, como si le fuera muy grato el pensamiento que en
aquellos instantes se agitaba en su cerebro.
Cuando el conde volvió a entrar en el despacho, con traje de calle y el
sombrero puesto, halló al padre Claudio examinando todavía con atención
la hermosa pistola y sonriendo con una expresión poco tranquilizadora.
Pero el conde no se fijó en la sonrisa.
--¿Le gusta a usted, padre Claudio?--le preguntó.
--Mucho. Es una hermosa arma que da gran seguridad al que la lleva y que
al mismo tiempo no ocupa gran puesto en los bolsillos.
--Esa es su principal ventaja. Yo la suelo llevar alguna vez, y siempre
la meto en un bolsillo del chaleco, sin que apenas se note el bulto que
produce. Es de moderna invención, y ahí donde usted la ve, tan diminuta,
yo me comprometo a hacer blancos con ella a cincuenta metros.
--Es un arma maravillosa.
--Quédese usted con ella, si le gusta.
--¡Yo! ¿Para qué? Un sacerdote no debe llevar armas; y, además, usted la
necesita ahora mismo.
--¿Necesitar yo armas? Salgo únicamente para ver a O'Conell.
--En asuntos como el nuestro, que no es muy legal, aun cuando usted
piense lo contrario, conviene siempre ir prevenidos. Cuando O'Conell se
ha escondido, sus motivos tendrá, y no es cosa que vaya usted a un punto
que desconoce sin tomar sus precauciones. ¿Quién sabe lo que puede
ocurrir? Recuerde usted que, según el refrán, "hombre prevenido..."
--Sí: "vale por ciento"; pero yo tengo siempre mis puños, que casi dan
los mismos resultados que una pistola, cuando el enemigo está próximo.
--Vamos, señor conde, no sea usted tan confiado, y métase esta arma en
el bolsillo.
--Como usted quiera, ya que tanto se empeña. Bien considerado, no me
estorba llevarla, y tal vez, como usted cree, puede serme de alguna
utilidad.
El conde metió la pistola en un bolsillo de su chaleco, y abrochándose
la levita, indicó al jesuíta que estaba dispuesto a partir.
Salieron los dos y atravesaron la antecámara sin encontrar ningún
criado.
Baselga iba delante, y ocupado en reflexionar sobre la extraña cita de
O'Conell, en nada se fijaba. El padre Claudio, que lanzó una mirada a la
puerta que comunicaba con las habitaciones de la baronesa, vió que el
cortinaje se agitaba y hasta le pareció que una mano, semejante a la de
doña Fernanda, asomaba para desaparecer rápidamente, después de hacer
una señal de despedida.
Al salir a la calle encontraron parado frente a la puerta un coche de
alquiler, por cuyas portezuelas veíase recostado en el interior al
doctor Peláez, fumando tranquilamente.
El aristocrático doctor se apresuró a abrir la portezuela, y demostrando
una agitación que contrastaba con su anterior calma, gritó:
--Vamos, señor conde; suba usted inmediatamente, pues se hace tarde y
nos aguardarán con impaciencia.
--¿Adónde vamos?--preguntó el conde subiendo a la berlina de alquiler.
--Ya lo sabe el cochero. Vaya, ¡adiós, padre Claudio!
--Salude usted en mi nombre, amigo Peláez, al capitán O'Conell.
El médico correspondió con un malicioso guiño a la sonrisa intencionada
con que el jesuíta acompañó sus palabras.
Estrechó el conde la mano del padre Claudio, e inmediatamente el
carruaje se alejó a buen paso.
El jesuíta quedó inmóvil en la acera, como atendiendo al monólogo que la
alegría recitaba en el interior de su cerebro.
--¡Anda con Dios!--se decía--. Por fin he logrado librarme de ti, que
eres el eterno obstáculo para mis planes dentro de tu familia. Ya no me
irritarás con tu tenaz oposición; ya no impedirás que tu hija entre en
un convento y tu hijo en la santa Compañía de Jesús, y yo podré con toda
tranquilidad guiar hacia las cajas de la Orden ese rebaño de millones
que no son tuyos, sino de tu mujer.
El pensamiento del jesuíta cambió de faz repentinamente, y el monólogo
continuó:
--No puedo quejarme. Hoy es un día feliz; se inicia del modo más
favorable, pues ese imbécil se ha dejado conducir sencillamente y sin
resistencia al lugar de donde no saldrá nunca. ¡Y quién sabe lo que allí
podrá sucederle! Por algo le he hecho tomar su pistola.
Este pensamiento se reflejaba en el rostro del jesuíta con una sonrisa
diabólica.
--Día que así empieza--continuaba diciéndose--forzosamente ha de ser muy
favorable a mis planes. De seguro que me espera alguna buena noticia.
Apostaría algo a que de aquí a la noche conquisto una fortuna o me libro
de algún enemigo. Me lo dice el corazón. Hoy, después de tan feliz
principio, haré algo bueno.
El padre Claudio volvió en sí, y dándose cuenta de que estaba plantado
en el centro de la acera, gesticulando mudamente y llamando la atención
de los transeúntes, emprendió la marcha con dirección a la antigua casa
donde tenía establecida su oficina y su archivo y en la cual vivía con
independencia y separado de la Orden que dirigía.
Saludando algunas veces a personas que le conocían y rehuyendo muchas el
encuentro de otras cuya conversación importuna le era molesta, llegó a
su casa.
Entró en ésta, no por el gran portal, sino por una escalerilla de
servicio, según era su costumbre, para que no conocieran su ausencia las
personas que iban a buscarle y que llenaban continuamente la antesala.
Aquella mañana nadie le esperaba, según dijo un lego que le servía de
ujier. Habían estado un buen rato algunos de los que la Compañía
empleaba como agentes; pero, después de hacer sus revelaciones al padre
Antonio, que seguía siendo el secretario general del asistente o vicario
de la Compañía en España, se habían marchado inmediatamente.
El padre Claudio entró en su despacho, donde su secretario estaba, como
siempre, entregado al trabajo de ordenar notas y extractar informes para
enviarlos a Roma o encerrarlos en aquellos legajos que, cada vez más
numerosos, invadían todo el gran salón.
El secretario saludó con una rápida cabezada a su superior, y siguió
escribiendo.
--¿Qué hay?--preguntó el padre Claudio, con aquel acento imperativo que
era el suyo propio y se manifestaba siempre que el jesuíta estaba lejos
de los convencionalismos de la sociedad.
--Han venido tres de nuestros agentes, y en estos instantes estoy
redactando en forma las notas que he tomado de sus revelaciones.
--¿Qué informes son los suyos?
--Dos de ellos no tienen gran importancia. Helos aquí. El presidente del
Consejo de Ministros dijo anoche, en una antesala de Palacio, que hay
que temer más a vuestra reverencia que a sor Patricio y al padre Claret,
pues éstos no son más que agentes de vuestra paternidad, que los mueve a
su gusto. El otro informe es detallando el carácter de ese periodista
rojo que tan furibundos artículos escribe contra nuestra Orden. Es
irritable en extremo, y, además, tan falto de dotes oratorias y tímido,
como mordaz con la pluma.
--Está bien. Al presidente del Consejo ya procuraré, de aquí a un rato,
cuando yo vaya a Palacio, darle a entender que estoy enterado de sus
palabras, y de paso le haré comprender a lo que se expone tirándonos
chinitas a los compañeros de Jesús. En cuanto al asunto de ese
periodista, toma nota de lo que voy a decir.
El secretario puso los puntos de su pluma sobre el papel, y esperó.
--¿Quién ha traído los informes?
--Pepe, "el Americano", ese que perora en los clubs y que está afiliado
en la Masonería, para darnos cuenta de todo lo que piensan nuestros
enemigos.
--¿Cómo está ahora en punto a prestigio?
--Mejor que nunca, reverendo padre. Ha estado aquí largo rato, y como es
muy chistoso, me ha hecho reir mucho remedando grotescamente la que
hacen en las sociedades secretas, y las sartas de barbaridades que él
suelta a guisa de discurso. Como es tan vocinglero e intrigante, y como
habla mal de todos los que se distinguen en los partidos avanzados, ha
conseguido formarse su correspondiente grupito con cuatro imbéciles, y
hoy se da ya importancia de hombre de prestigio en las masas.
--Perfectamente. Pues ordenarás a nuestro agente que poco a poco y con
mucho arte emprenda una campaña de difamación contra ese periodista que
tanto nos ataca. El mejor medio de matar su pluma, que tanto nos
molesta, es aislarle, quitarle el afecto y la admiración de los suyos,
que hoy tanto le aplauden. Esto puede conseguirlo nuestro hombre.
Al secretario debió parecerle difícil la empresa, pues levantando el
rostro, interrogó con la mirada a su superior.
--¿Te parece difícil lo que me propongo? Pues nada tan sencillo. Nuestro
agente tiene facilidad de palabra, y esto constituye una ventaja
preciosa cuando se ha de trabajar sobre la conciencia de muchedumbres
tornadizas y veleidosas, más propensas a derribar que a sostener a sus
ídolos. Ves anotando lo que "el Americano" debe hacer para anular a
nuestro enemigo. Primero perorará en los clubs, diciendo con maligna
intención que a los hombres hay que apreciarlos por lo que hagan y no
por lo que digan, y de paso hará la apoteosis de la fuerza, diciendo que
vale más un carbonero que esté dispuesto a salir con un trabuco a la
barricada, que todos esos periodistas, oradores y sabios que únicamente
sirven para enredarlo todo. Este será, el primer golpe. Después, cuando
el terreno esté preparado y haya tronado en varios discursos contra los
traidores y los espías, asegurando que entre los partidarios hay muchos
agentes pagados por los jesuítas...
--Esto podrá él jurarlo por su alma, sin temor de ir al infierno.
--No me interrumpas y escribe. Después que, como decía, haya preparado
el terreno, podrá ir poco a poco deslizando la idea de que ese
periodista que nos ataca es uno de tantos traidores pagados por los
jesuítas. ¡Eh! ¿Qué te parece el golpe?... ¿Por qué pones esa cara?
--Reverendo padre; eso me parece demasiado fuerte. ¿Cómo van a creer
esas gentes que está pagado por los jesuítas el mismo que con tanto
rigor nos ataca?
--¡Bah! Tú no conoces a las muchedumbres. Son enemigos por instinto de
todo el que se distingue y se eleva por encima de lo vulgar, y, además,
todo lo que es absurdo y raro lo recoge con más entusiasmo, por lo mismo
que lo comprende menos. Unicamente aquél que posee una oratoria
vehemente y tribunicia, es el que consigue conservar el aprecio del
pueblo; pero el que no tiene más arma que la pluma, pierde con facilidad
el prestigio, pues esas masas revolucionarias sólo se sienten subyugadas
por una palabra ardiente. Además, las masas sienten primero que
discurren; adivinan entre ellas más traidores y espías de los que
nosotros pagamos, y aquél que cualquiera señale como agente jesuítico,
será el desgraciado sobre el cuál caerá el odio popular. En fin,
Antonio, escribe mis instrucciones y aprende eso bien; sé lo que me
digo. Ya verás cuál es el resultado.
El secretario escribió las órdenes de su superior.
--La calumnia--continuó el padre Claudio--es siempre entre las masas
populares una bola de nieve que a poco que ruede se convierte en
imponente alud. Que nuestro agente obedezca mis órdenes y dentro de poco
apreciarás el resultado. No faltará una turba de imbéciles que le haga
coro; todos, una vez señalado el traidor, querrán estar enterados de su
traición, se aguzarán las imaginaciones, la mentira rodará de boca en
boca agigantándose rápidamente, y antes de dos meses habrá exaltado que
contará con todos sus pelos y señales la traición del periodista, el
lugar donde se avista con nosotros, las órdenes que le damos y hasta la
cantidad que percibe por su infame obra. Hay que emplear todos los
medios para batir al enemigo.
El padre Antonio mostraba la admiración que le producía el diabólico
arte de su superior. Este continuó hablando.
--Después que la calumnia se extienda, será cuestión de poco tiempo el
robarle la pluma al escritor y hacernos dueños de su conciencia. Se verá
escarnecido, insultado y calumniado por los mismos que ahora le admiran,
y poseído del despecho y la rabia, despreciará justamente a asa misma
gente a quien quiere ilustrar y abrir los ojos, y que paga a coces sus
desvelos. El vacío se formará en torno de su persona; no tendrá a su
lado un admirador que le aliente ni un amigo que le sostenga; sus
escritos no serán leídos y carecerá ya del mezquino producto que hoy le
da su trabajo y que le permite vivir. Intentará defenderse de palabra en
las reuniones de su partido; pero su timidez personal y su falta de
elocuencia, harán que sea anonadado por nuestros agentes, que pintarán
su balbuceo e inseguridad como el rubor de su conciencia que se delata;
y cuando esté ya definitivamente perdido, cuando no tenga un amigo y
esté aplastado bajo el peso de su descrédito, entonces...
--Entonces llegaremos nosotros. ¿No es eso, reverendo padre?
--Así es. Entonces nosotros nos presentaremos a él como seres que nos
apiadamos de su desgracia y que llevados de nuestro noble y generoso
carácter, sabemos perdonar al enemigo cuando éste se halla en la
desgracia. Nuestra dulzura por una parte, y por otra el odio que él
sentirá contra los ingratos, harán que, sin gran esfuerzo, su voluntad
se nos entregue, y entonces dispondremos por completo de esa pluma que
ahora tanto nos incomoda. Además, vivirá en la miseria, y las
necesidades de su familia le harán mirar nuestra amistad como un auxilio
de la Providencia. No dudes que así será. Tengo mucha experiencia, y más
de una vez he conseguido iguales éxitos. Con los hombres ocurre lo mismo
que con las plazas fuertes. No hay ninguno inexpugnable, y el éxito
únicamente depende del modo y forma de establecer el bloqueo.
--¡Oh!, ¡magnífico!, reverendo padre. La comparación es exacta, y cada
vez me convenzo más de que al lado de vuestra reverencia, siempre se
están aprendiendo cosas nuevas.
--¡Bah! Déjate de palabrerías y vayamos a lo importante. ¿Ha dicho "el
Americano" algo sobre trabajos revolucionarios?
--Nada importante. En los clubs se habla mucho y se confía en que Prim
hará pronto un movimiento; pero nada se dice de cierto. Pero hay aquí
otra revelación sobre el mismo asunto, que es muy importante.
--Vamos a ella. ¿De quién es?
--De aquel teniente retirado a quien hace más de quince días encargó
vuestra reverencia que siguiese los pasos a un capitán llamado don
Esteban Alvarez.
--¿Y han llegado, por fin, los informes? ¡Gracias a Dios!
--Caros han costado. He dado tres mil reales al tal teniente.
--No hay que reparar en gastos cuando se trata de asuntos importantes.
Ve diciendo.
Y el padre Claudio se colocó en actitud de escuchar con profunda
atención. Brillábanle los ojos y en su rostro se mostraba una satánica
alegría. Su cerebro rumiaba con detención un pensamiento halagador. Iba
a darle una lección a aquel mequetrefe que en la plaza de Oriente lo
había tratado como una mujer, amenazándole con darle de bofetadas. Ahora
vería el tal mequetrefe si se podía insultar impunemente a un hombre
como el padre Claudio.
El secretario consultó sus notas para estar más seguro de su informe.
--El teniente, para encarecer su servicio, ha dicho lo mucho que le ha
costado averiguar la vida y costumbres del capitán Alvarez. Adivinaba
que éste conspiraba y que era amigo de Prim; pero no podía saber la
cosa, con todos los detalles que le pedía su paternidad. Por fin, merced
a las palabras indiscretas de un amigo del capitán, y después de haber
seguido a éste a todas partes, ha podido averiguar cosas que comprometen
mucho al espiado. El capitán Alvarez es el secretario de la Junta
militar que preside Prim, y que está encargada de los trabajos
revolucionarios en toda España.
--¿No hay más datos?
--Sí, reverendo padre. Los conspiradores se reúnen en una casa cuyas
señas exactas tengo aquí. Está en las inmediaciones de la plaza de Santo
Domingo. El capitán Alvarez asiste a todas las reuniones. Lo ha visto
nuestro agente.
--¿Y no sabe más?
--Ha indicado un dato de gran estima. El tal capitán, como ejerce de
secretario del Comité, tiene en su poder papeles importantes y
comprometedores, y, según cree nuestro agente, los guarda en su
domicilio.
--Sí que es de importancia la noticia. Con este dato ese hombre está por
completo a nuestra disposición. Ya pensaremos en el medio más adecuado
para que el Gobierno se incaute de esos papeles y dé su correspondiente
castigo a los conspiradores. ¿No hay más asuntos?
--No, reverendo padre.
--Saca extracto de las dos primeros, el del periodista y la murmuración
del jefe del Gobierno, para enviarlos al archivo de Roma, como es
costumbre.
--¿Y el otro?--preguntó el secretario, lanzando una rápida mirada a su
superior.
--¿Te refieres al asunto del capitán Alvarez?--dijo el padre
Claudio--.¡Oh! Ese es negocio particular, que sólo a mí me importa, y
del que no es necesario que sepan una palabra en Roma. Es una pequeña
venganza, un desahogo que me permito, y no creo necesario ocupar la
atención del general y de sus secretarios con tales nimiedades.
El secretario siguió escribiendo, con la cabeza baja, y sin hacer el
menor movimiento; pero el padre Claudio, bien fuese por curiosidad o
porque adivinase sus pensamientos, sintióse impulsado a preguntarle:
--Oye, Antonio, ¿te parece mal lo que yo hago?
El secretario clavó su mirada con cierta audacia en los ojos de su
superior.
--Reverendo padre, ya conocéis los estatutos de la Orden.
--Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde
terminantemente.
--Ya que me preguntáis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de
obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.
--¿Y te parece que yo falto?
--Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compañía dé
cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que
éstos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.
--Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, ¿no es
esto?
--Así es, seguramente.
--Celebro que seas franco. Yo lo seré de igual modo, diciéndote que
conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay
cosas que resultan peligrosas únicamente al pensarlas.
Y el padre Claudio sonreía al decir esto, y fijaba en su secretario
aquella mirada extraña, que hacía temblar a cuantos le conocían.
--Está bien, reverendo padre--contestó fríamente el secretario--. No
olvidaré vuestras indicaciones.
--Confío--continuó el padre Claudio--que todo quedará en secreto y serás
tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes
al capitán Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo
que se haga en tal asunto.
El secretario siguió escribiendo durante algunos minutos, pero, de
pronto, hizo un rápido movimiento, y se encaró con su superior.
--Reverendo padre--dijo--, ya sabéis que os quiero.
--No mucho. Me debías querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo
debes a mí; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto débil a que
seas mi enemigo. ¿A qué vienen tus palabras?
--A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os
separéis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que
figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a
Roma.
El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba
tal indicación.
--Hacéis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar
continuamente a nuestras leyes. Yo guardaré siempre el secreto; pero
esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los
ojos del general.
--¡Ah! Guardando tú el secreto, ¿quién puede enterarse de mis asuntos?
--Ya sabéis que en nuestra Orden todo se sabe.
--Por esta vez, no se sabrá. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy
seguro de que si algo llega a oídos del general, será porque tú me
habrás vendido. Ya estás enterado; ahora, a trabajar.
El padre Claudio dijo esto con su tono imperioso, y el secretario le
obedeció inmediatamente.
Transcurrió algún tiempo, sin que mediara palabra alguna entre los dos
jesuítas. El secretario escribía, y el superior, de pie ante la mesa,
hojeaba los papeles que estaban en ésta, esperando una clasificación.
Un criado levantó con discreción el cortinaje de la puerta, y asomó su
cabeza, con el propósito de retirarse silenciosamente si veía al padre
Claudio entregado a una grave preocupación. A los sirvientes de aquella
casa bastábales una sencilla ojeada para apreciar la importancia del
trabajo de su dueño y su necesidad de aislamiento. Al ver al padre
Claudio contemplando con mirada distraída los papeles, se atrevió a
interrumpirle y dijo con voz meliflua:
--Reverendo padre, don Joaquín Quirós desea ver a vuestra reverencia. Ha
venido ya muchas veces en esta mañana.
--Que espere en el gabinete. Voy allá inmediatamente.
Salió el criado, y el poderoso jesuíta dijo en voz alta:
--¿Qué querrá Quirós? ¿Por qué vendrá a buscarme con tanta insistencia?
Ese muchacho cada vez me gusta menos. Presiento en él algo de
ingratitud. ¿Qué te parece a ti, Antonio, de ese muchacho?
--Es un fatuo que se ha hecho la ilusión de emplear a vuestra reverencia
y a la Orden para llegar muy alto. Hay que tener cuidado con ese
ambiciosillo.
--Pues si piensa aprovecharse de nuestro poder para lograr sus fines, y
después desligarse de nosotros, está muy equivocado. Eso sería
engañarnos, y, ¡francamente!, tendría que ver que un trastuelo como ése
engañase a la Compañía de Jesús.
El padre Claudio salió del despacho, y, atravesando varias habitaciones,
entró en un pequeño gabinete de paredes grises y desnudas, amueblado con
una antigua consola y una sillería de damasco raído.
Joaquinito Quirós, al entrar el poderoso jesuíta, se abalanzó
inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendición
con aire compungido.
--¡Hola, desertor!--dijo el padre Claudio con jovialidad--. ¿Qué mal
viento le trae por aquí? Yo creía que ya había muerto.
--¡Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido
por aquí varias veces, sólo que nunca estaba usted visible.
--No es extraño; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como
usted, no dispongo de un minuto todos los días para recibir a los
amigos. Conque, vamos a ver, ¿qué le trae a usted por aquí?
--Vengo corriendo de casa de Baselga.
--¡Ah!... ¿Y qué?--dijo el jesuíta con una frialdad que contrastaba con
el azoramiento exagerado del joven escritor.
--Había ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la
Asociación de San Vicente de Paúl...
--Bueno, ¿y qué quiere usted decirme?
--Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me
atrevía a creer.
--Vamos a ver esa noticia estupenda.
--Que el conde ha sido declarado loco.
--Y que yo lo he enviado al manicomio, ¿no es eso? De seguro que así se
lo habrá dicho la baronesa. ¿Y qué hay en todo esto para que usted venga
con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?
--¡Oh!, reverendo padre: la impresión, lo inesperado de la noticia...
Comprenda usted el efecto que en mí habrá causado.