--¿En qué punto me espera?

--No he tenido tiempo de informarme, pues inmediatamente he venido a

manifestarle la noticia. Abajo, en un coche de punto, para no llamar la

atención, le espera el doctor Peláez, que es quien sabe dónde es halla

O'Conell. El le conducirá.

--Voy al momento. La impaciencia me devora, y no tardaré ni cinco

minutos en estar listo.

Salió el conde del despacho apresuradamente, llamando a su ayuda de

cámara con estrepitosas voces, y despojándose de su bata rameada para

acabar cuanto antes de vestirse.

El padre Claudio lanzó una mirada distraída a la mesa de trabajo, donde

los papeles estaban en desordenado abandono.

Un objeto brillaba asomando bajo algunos periódicos, y el jesuíta fijó

en él la atención. Apartó los papeles, y vió una pistola doble, con los

cañones niquelados y la culata de ébano. Tenía la pequeñez de las armas

de bolsillo; los arabescos complicados y fantásticos que la adornaban

dábanle cierto carácter de joya; pero el excesivo calibre de sus cañones

le hacía una máquina terrible.

El jesuíta la contemplaba con curiosidad. Examinó sus cañones, que

estaban cargados, y se puso a reflexionar que un tiro disparado con

aquella pistola, a corta distancia, era tan seguro como mortal.

El conde era muy aficionado a las armas; tenía siempre en casa las más

modernas, y aquella pistola era, sin duda, una novedad.

Daba vueltas el jesuíta en sus manos a la brillante pistola y sonreía de

un modo extraño, como si le fuera muy grato el pensamiento que en

aquellos instantes se agitaba en su cerebro.

Cuando el conde volvió a entrar en el despacho, con traje de calle y el

sombrero puesto, halló al padre Claudio examinando todavía con atención

la hermosa pistola y sonriendo con una expresión poco tranquilizadora.

Pero el conde no se fijó en la sonrisa.

--¿Le gusta a usted, padre Claudio?--le preguntó.

--Mucho. Es una hermosa arma que da gran seguridad al que la lleva y que

al mismo tiempo no ocupa gran puesto en los bolsillos.

--Esa es su principal ventaja. Yo la suelo llevar alguna vez, y siempre

la meto en un bolsillo del chaleco, sin que apenas se note el bulto que

produce. Es de moderna invención, y ahí donde usted la ve, tan diminuta,

yo me comprometo a hacer blancos con ella a cincuenta metros.

--Es un arma maravillosa.

--Quédese usted con ella, si le gusta.

--¡Yo! ¿Para qué? Un sacerdote no debe llevar armas; y, además, usted la

necesita ahora mismo.

--¿Necesitar yo armas? Salgo únicamente para ver a O'Conell.

--En asuntos como el nuestro, que no es muy legal, aun cuando usted

piense lo contrario, conviene siempre ir prevenidos. Cuando O'Conell se

ha escondido, sus motivos tendrá, y no es cosa que vaya usted a un punto

que desconoce sin tomar sus precauciones. ¿Quién sabe lo que puede

ocurrir? Recuerde usted que, según el refrán, "hombre prevenido..."

--Sí: "vale por ciento"; pero yo tengo siempre mis puños, que casi dan

los mismos resultados que una pistola, cuando el enemigo está próximo.

--Vamos, señor conde, no sea usted tan confiado, y métase esta arma en

el bolsillo.

--Como usted quiera, ya que tanto se empeña. Bien considerado, no me

estorba llevarla, y tal vez, como usted cree, puede serme de alguna

utilidad.

El conde metió la pistola en un bolsillo de su chaleco, y abrochándose

la levita, indicó al jesuíta que estaba dispuesto a partir.

Salieron los dos y atravesaron la antecámara sin encontrar ningún

criado.

Baselga iba delante, y ocupado en reflexionar sobre la extraña cita de

O'Conell, en nada se fijaba. El padre Claudio, que lanzó una mirada a la

puerta que comunicaba con las habitaciones de la baronesa, vió que el

cortinaje se agitaba y hasta le pareció que una mano, semejante a la de

doña Fernanda, asomaba para desaparecer rápidamente, después de hacer

una señal de despedida.

Al salir a la calle encontraron parado frente a la puerta un coche de

alquiler, por cuyas portezuelas veíase recostado en el interior al

doctor Peláez, fumando tranquilamente.

El aristocrático doctor se apresuró a abrir la portezuela, y demostrando

una agitación que contrastaba con su anterior calma, gritó:

--Vamos, señor conde; suba usted inmediatamente, pues se hace tarde y

nos aguardarán con impaciencia.

--¿Adónde vamos?--preguntó el conde subiendo a la berlina de alquiler.

--Ya lo sabe el cochero. Vaya, ¡adiós, padre Claudio!

--Salude usted en mi nombre, amigo Peláez, al capitán O'Conell.

El médico correspondió con un malicioso guiño a la sonrisa intencionada

con que el jesuíta acompañó sus palabras.

Estrechó el conde la mano del padre Claudio, e inmediatamente el

carruaje se alejó a buen paso.

El jesuíta quedó inmóvil en la acera, como atendiendo al monólogo que la

alegría recitaba en el interior de su cerebro.

--¡Anda con Dios!--se decía--. Por fin he logrado librarme de ti, que

eres el eterno obstáculo para mis planes dentro de tu familia. Ya no me

irritarás con tu tenaz oposición; ya no impedirás que tu hija entre en

un convento y tu hijo en la santa Compañía de Jesús, y yo podré con toda

tranquilidad guiar hacia las cajas de la Orden ese rebaño de millones

que no son tuyos, sino de tu mujer.

El pensamiento del jesuíta cambió de faz repentinamente, y el monólogo

continuó:

--No puedo quejarme. Hoy es un día feliz; se inicia del modo más

favorable, pues ese imbécil se ha dejado conducir sencillamente y sin

resistencia al lugar de donde no saldrá nunca. ¡Y quién sabe lo que allí

podrá sucederle! Por algo le he hecho tomar su pistola.

Este pensamiento se reflejaba en el rostro del jesuíta con una sonrisa

diabólica.

--Día que así empieza--continuaba diciéndose--forzosamente ha de ser muy

favorable a mis planes. De seguro que me espera alguna buena noticia.

Apostaría algo a que de aquí a la noche conquisto una fortuna o me libro

de algún enemigo. Me lo dice el corazón. Hoy, después de tan feliz

principio, haré algo bueno.

El padre Claudio volvió en sí, y dándose cuenta de que estaba plantado

en el centro de la acera, gesticulando mudamente y llamando la atención

de los transeúntes, emprendió la marcha con dirección a la antigua casa

donde tenía establecida su oficina y su archivo y en la cual vivía con

independencia y separado de la Orden que dirigía.

Saludando algunas veces a personas que le conocían y rehuyendo muchas el

encuentro de otras cuya conversación importuna le era molesta, llegó a

su casa.

Entró en ésta, no por el gran portal, sino por una escalerilla de

servicio, según era su costumbre, para que no conocieran su ausencia las

personas que iban a buscarle y que llenaban continuamente la antesala.

Aquella mañana nadie le esperaba, según dijo un lego que le servía de

ujier. Habían estado un buen rato algunos de los que la Compañía

empleaba como agentes; pero, después de hacer sus revelaciones al padre

Antonio, que seguía siendo el secretario general del asistente o vicario

de la Compañía en España, se habían marchado inmediatamente.

El padre Claudio entró en su despacho, donde su secretario estaba, como

siempre, entregado al trabajo de ordenar notas y extractar informes para

enviarlos a Roma o encerrarlos en aquellos legajos que, cada vez más

numerosos, invadían todo el gran salón.

El secretario saludó con una rápida cabezada a su superior, y siguió

escribiendo.

--¿Qué hay?--preguntó el padre Claudio, con aquel acento imperativo que

era el suyo propio y se manifestaba siempre que el jesuíta estaba lejos

de los convencionalismos de la sociedad.

--Han venido tres de nuestros agentes, y en estos instantes estoy

redactando en forma las notas que he tomado de sus revelaciones.

--¿Qué informes son los suyos?

--Dos de ellos no tienen gran importancia. Helos aquí. El presidente del

Consejo de Ministros dijo anoche, en una antesala de Palacio, que hay

que temer más a vuestra reverencia que a sor Patricio y al padre Claret,

pues éstos no son más que agentes de vuestra paternidad, que los mueve a

su gusto. El otro informe es detallando el carácter de ese periodista

rojo que tan furibundos artículos escribe contra nuestra Orden. Es

irritable en extremo, y, además, tan falto de dotes oratorias y tímido,

como mordaz con la pluma.

--Está bien. Al presidente del Consejo ya procuraré, de aquí a un rato,

cuando yo vaya a Palacio, darle a entender que estoy enterado de sus

palabras, y de paso le haré comprender a lo que se expone tirándonos

chinitas a los compañeros de Jesús. En cuanto al asunto de ese

periodista, toma nota de lo que voy a decir.

El secretario puso los puntos de su pluma sobre el papel, y esperó.

--¿Quién ha traído los informes?

--Pepe, "el Americano", ese que perora en los clubs y que está afiliado

en la Masonería, para darnos cuenta de todo lo que piensan nuestros

enemigos.

--¿Cómo está ahora en punto a prestigio?

--Mejor que nunca, reverendo padre. Ha estado aquí largo rato, y como es

muy chistoso, me ha hecho reir mucho remedando grotescamente la que

hacen en las sociedades secretas, y las sartas de barbaridades que él

suelta a guisa de discurso. Como es tan vocinglero e intrigante, y como

habla mal de todos los que se distinguen en los partidos avanzados, ha

conseguido formarse su correspondiente grupito con cuatro imbéciles, y

hoy se da ya importancia de hombre de prestigio en las masas.

--Perfectamente. Pues ordenarás a nuestro agente que poco a poco y con

mucho arte emprenda una campaña de difamación contra ese periodista que

tanto nos ataca. El mejor medio de matar su pluma, que tanto nos

molesta, es aislarle, quitarle el afecto y la admiración de los suyos,

que hoy tanto le aplauden. Esto puede conseguirlo nuestro hombre.

Al secretario debió parecerle difícil la empresa, pues levantando el

rostro, interrogó con la mirada a su superior.

--¿Te parece difícil lo que me propongo? Pues nada tan sencillo. Nuestro

agente tiene facilidad de palabra, y esto constituye una ventaja

preciosa cuando se ha de trabajar sobre la conciencia de muchedumbres

tornadizas y veleidosas, más propensas a derribar que a sostener a sus

ídolos. Ves anotando lo que "el Americano" debe hacer para anular a

nuestro enemigo. Primero perorará en los clubs, diciendo con maligna

intención que a los hombres hay que apreciarlos por lo que hagan y no

por lo que digan, y de paso hará la apoteosis de la fuerza, diciendo que

vale más un carbonero que esté dispuesto a salir con un trabuco a la

barricada, que todos esos periodistas, oradores y sabios que únicamente

sirven para enredarlo todo. Este será, el primer golpe. Después, cuando

el terreno esté preparado y haya tronado en varios discursos contra los

traidores y los espías, asegurando que entre los partidarios hay muchos

agentes pagados por los jesuítas...

--Esto podrá él jurarlo por su alma, sin temor de ir al infierno.

--No me interrumpas y escribe. Después que, como decía, haya preparado

el terreno, podrá ir poco a poco deslizando la idea de que ese

periodista que nos ataca es uno de tantos traidores pagados por los

jesuítas. ¡Eh! ¿Qué te parece el golpe?... ¿Por qué pones esa cara?

--Reverendo padre; eso me parece demasiado fuerte. ¿Cómo van a creer

esas gentes que está pagado por los jesuítas el mismo que con tanto

rigor nos ataca?

--¡Bah! Tú no conoces a las muchedumbres. Son enemigos por instinto de

todo el que se distingue y se eleva por encima de lo vulgar, y, además,

todo lo que es absurdo y raro lo recoge con más entusiasmo, por lo mismo

que lo comprende menos. Unicamente aquél que posee una oratoria

vehemente y tribunicia, es el que consigue conservar el aprecio del

pueblo; pero el que no tiene más arma que la pluma, pierde con facilidad

el prestigio, pues esas masas revolucionarias sólo se sienten subyugadas

por una palabra ardiente. Además, las masas sienten primero que

discurren; adivinan entre ellas más traidores y espías de los que

nosotros pagamos, y aquél que cualquiera señale como agente jesuítico,

será el desgraciado sobre el cuál caerá el odio popular. En fin,

Antonio, escribe mis instrucciones y aprende eso bien; sé lo que me

digo. Ya verás cuál es el resultado.

El secretario escribió las órdenes de su superior.

--La calumnia--continuó el padre Claudio--es siempre entre las masas

populares una bola de nieve que a poco que ruede se convierte en

imponente alud. Que nuestro agente obedezca mis órdenes y dentro de poco

apreciarás el resultado. No faltará una turba de imbéciles que le haga

coro; todos, una vez señalado el traidor, querrán estar enterados de su

traición, se aguzarán las imaginaciones, la mentira rodará de boca en

boca agigantándose rápidamente, y antes de dos meses habrá exaltado que

contará con todos sus pelos y señales la traición del periodista, el

lugar donde se avista con nosotros, las órdenes que le damos y hasta la

cantidad que percibe por su infame obra. Hay que emplear todos los

medios para batir al enemigo.

El padre Antonio mostraba la admiración que le producía el diabólico

arte de su superior. Este continuó hablando.

--Después que la calumnia se extienda, será cuestión de poco tiempo el

robarle la pluma al escritor y hacernos dueños de su conciencia. Se verá

escarnecido, insultado y calumniado por los mismos que ahora le admiran,

y poseído del despecho y la rabia, despreciará justamente a asa misma

gente a quien quiere ilustrar y abrir los ojos, y que paga a coces sus

desvelos. El vacío se formará en torno de su persona; no tendrá a su

lado un admirador que le aliente ni un amigo que le sostenga; sus

escritos no serán leídos y carecerá ya del mezquino producto que hoy le

da su trabajo y que le permite vivir. Intentará defenderse de palabra en

las reuniones de su partido; pero su timidez personal y su falta de

elocuencia, harán que sea anonadado por nuestros agentes, que pintarán

su balbuceo e inseguridad como el rubor de su conciencia que se delata;

y cuando esté ya definitivamente perdido, cuando no tenga un amigo y

esté aplastado bajo el peso de su descrédito, entonces...

--Entonces llegaremos nosotros. ¿No es eso, reverendo padre?

--Así es. Entonces nosotros nos presentaremos a él como seres que nos

apiadamos de su desgracia y que llevados de nuestro noble y generoso

carácter, sabemos perdonar al enemigo cuando éste se halla en la

desgracia. Nuestra dulzura por una parte, y por otra el odio que él

sentirá contra los ingratos, harán que, sin gran esfuerzo, su voluntad

se nos entregue, y entonces dispondremos por completo de esa pluma que

ahora tanto nos incomoda. Además, vivirá en la miseria, y las

necesidades de su familia le harán mirar nuestra amistad como un auxilio

de la Providencia. No dudes que así será. Tengo mucha experiencia, y más

de una vez he conseguido iguales éxitos. Con los hombres ocurre lo mismo

que con las plazas fuertes. No hay ninguno inexpugnable, y el éxito

únicamente depende del modo y forma de establecer el bloqueo.

--¡Oh!, ¡magnífico!, reverendo padre. La comparación es exacta, y cada

vez me convenzo más de que al lado de vuestra reverencia, siempre se

están aprendiendo cosas nuevas.

--¡Bah! Déjate de palabrerías y vayamos a lo importante. ¿Ha dicho "el

Americano" algo sobre trabajos revolucionarios?

--Nada importante. En los clubs se habla mucho y se confía en que Prim

hará pronto un movimiento; pero nada se dice de cierto. Pero hay aquí

otra revelación sobre el mismo asunto, que es muy importante.

--Vamos a ella. ¿De quién es?

--De aquel teniente retirado a quien hace más de quince días encargó

vuestra reverencia que siguiese los pasos a un capitán llamado don

Esteban Alvarez.

--¿Y han llegado, por fin, los informes? ¡Gracias a Dios!

--Caros han costado. He dado tres mil reales al tal teniente.

--No hay que reparar en gastos cuando se trata de asuntos importantes.

Ve diciendo.

Y el padre Claudio se colocó en actitud de escuchar con profunda

atención. Brillábanle los ojos y en su rostro se mostraba una satánica

alegría. Su cerebro rumiaba con detención un pensamiento halagador. Iba

a darle una lección a aquel mequetrefe que en la plaza de Oriente lo

había tratado como una mujer, amenazándole con darle de bofetadas. Ahora

vería el tal mequetrefe si se podía insultar impunemente a un hombre

como el padre Claudio.

El secretario consultó sus notas para estar más seguro de su informe.

--El teniente, para encarecer su servicio, ha dicho lo mucho que le ha

costado averiguar la vida y costumbres del capitán Alvarez. Adivinaba

que éste conspiraba y que era amigo de Prim; pero no podía saber la

cosa, con todos los detalles que le pedía su paternidad. Por fin, merced

a las palabras indiscretas de un amigo del capitán, y después de haber

seguido a éste a todas partes, ha podido averiguar cosas que comprometen

mucho al espiado. El capitán Alvarez es el secretario de la Junta

militar que preside Prim, y que está encargada de los trabajos

revolucionarios en toda España.

--¿No hay más datos?

--Sí, reverendo padre. Los conspiradores se reúnen en una casa cuyas

señas exactas tengo aquí. Está en las inmediaciones de la plaza de Santo

Domingo. El capitán Alvarez asiste a todas las reuniones. Lo ha visto

nuestro agente.

--¿Y no sabe más?

--Ha indicado un dato de gran estima. El tal capitán, como ejerce de

secretario del Comité, tiene en su poder papeles importantes y

comprometedores, y, según cree nuestro agente, los guarda en su

domicilio.

--Sí que es de importancia la noticia. Con este dato ese hombre está por

completo a nuestra disposición. Ya pensaremos en el medio más adecuado

para que el Gobierno se incaute de esos papeles y dé su correspondiente

castigo a los conspiradores. ¿No hay más asuntos?

--No, reverendo padre.

--Saca extracto de las dos primeros, el del periodista y la murmuración

del jefe del Gobierno, para enviarlos al archivo de Roma, como es

costumbre.

--¿Y el otro?--preguntó el secretario, lanzando una rápida mirada a su

superior.

--¿Te refieres al asunto del capitán Alvarez?--dijo el padre

Claudio--.¡Oh! Ese es negocio particular, que sólo a mí me importa, y

del que no es necesario que sepan una palabra en Roma. Es una pequeña

venganza, un desahogo que me permito, y no creo necesario ocupar la

atención del general y de sus secretarios con tales nimiedades.

El secretario siguió escribiendo, con la cabeza baja, y sin hacer el

menor movimiento; pero el padre Claudio, bien fuese por curiosidad o

porque adivinase sus pensamientos, sintióse impulsado a preguntarle:

--Oye, Antonio, ¿te parece mal lo que yo hago?

El secretario clavó su mirada con cierta audacia en los ojos de su

superior.

--Reverendo padre, ya conocéis los estatutos de la Orden.

--Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde

terminantemente.

--Ya que me preguntáis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de

obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.

--¿Y te parece que yo falto?

--Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compañía dé

cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que

éstos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.

--Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, ¿no es

esto?

--Así es, seguramente.

--Celebro que seas franco. Yo lo seré de igual modo, diciéndote que

conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay

cosas que resultan peligrosas únicamente al pensarlas.

Y el padre Claudio sonreía al decir esto, y fijaba en su secretario

aquella mirada extraña, que hacía temblar a cuantos le conocían.

--Está bien, reverendo padre--contestó fríamente el secretario--. No

olvidaré vuestras indicaciones.

--Confío--continuó el padre Claudio--que todo quedará en secreto y serás

tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes

al capitán Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo

que se haga en tal asunto.

El secretario siguió escribiendo durante algunos minutos, pero, de

pronto, hizo un rápido movimiento, y se encaró con su superior.

--Reverendo padre--dijo--, ya sabéis que os quiero.

--No mucho. Me debías querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo

debes a mí; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto débil a que

seas mi enemigo. ¿A qué vienen tus palabras?

--A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os

separéis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que

figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a

Roma.

El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba

tal indicación.

--Hacéis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar

continuamente a nuestras leyes. Yo guardaré siempre el secreto; pero

esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los

ojos del general.

--¡Ah! Guardando tú el secreto, ¿quién puede enterarse de mis asuntos?

--Ya sabéis que en nuestra Orden todo se sabe.

--Por esta vez, no se sabrá. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy

seguro de que si algo llega a oídos del general, será porque tú me

habrás vendido. Ya estás enterado; ahora, a trabajar.

El padre Claudio dijo esto con su tono imperioso, y el secretario le

obedeció inmediatamente.

Transcurrió algún tiempo, sin que mediara palabra alguna entre los dos

jesuítas. El secretario escribía, y el superior, de pie ante la mesa,

hojeaba los papeles que estaban en ésta, esperando una clasificación.

Un criado levantó con discreción el cortinaje de la puerta, y asomó su

cabeza, con el propósito de retirarse silenciosamente si veía al padre

Claudio entregado a una grave preocupación. A los sirvientes de aquella

casa bastábales una sencilla ojeada para apreciar la importancia del

trabajo de su dueño y su necesidad de aislamiento. Al ver al padre

Claudio contemplando con mirada distraída los papeles, se atrevió a

interrumpirle y dijo con voz meliflua:

--Reverendo padre, don Joaquín Quirós desea ver a vuestra reverencia. Ha

venido ya muchas veces en esta mañana.

--Que espere en el gabinete. Voy allá inmediatamente.

Salió el criado, y el poderoso jesuíta dijo en voz alta:

--¿Qué querrá Quirós? ¿Por qué vendrá a buscarme con tanta insistencia?

Ese muchacho cada vez me gusta menos. Presiento en él algo de

ingratitud. ¿Qué te parece a ti, Antonio, de ese muchacho?

--Es un fatuo que se ha hecho la ilusión de emplear a vuestra reverencia

y a la Orden para llegar muy alto. Hay que tener cuidado con ese

ambiciosillo.

--Pues si piensa aprovecharse de nuestro poder para lograr sus fines, y

después desligarse de nosotros, está muy equivocado. Eso sería

engañarnos, y, ¡francamente!, tendría que ver que un trastuelo como ése

engañase a la Compañía de Jesús.

El padre Claudio salió del despacho, y, atravesando varias habitaciones,

entró en un pequeño gabinete de paredes grises y desnudas, amueblado con

una antigua consola y una sillería de damasco raído.

Joaquinito Quirós, al entrar el poderoso jesuíta, se abalanzó

inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendición

con aire compungido.

--¡Hola, desertor!--dijo el padre Claudio con jovialidad--. ¿Qué mal

viento le trae por aquí? Yo creía que ya había muerto.

--¡Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido

por aquí varias veces, sólo que nunca estaba usted visible.

--No es extraño; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como

usted, no dispongo de un minuto todos los días para recibir a los

amigos. Conque, vamos a ver, ¿qué le trae a usted por aquí?

--Vengo corriendo de casa de Baselga.

--¡Ah!... ¿Y qué?--dijo el jesuíta con una frialdad que contrastaba con

el azoramiento exagerado del joven escritor.

--Había ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la

Asociación de San Vicente de Paúl...

--Bueno, ¿y qué quiere usted decirme?

--Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me

atrevía a creer.

--Vamos a ver esa noticia estupenda.

--Que el conde ha sido declarado loco.

--Y que yo lo he enviado al manicomio, ¿no es eso? De seguro que así se

lo habrá dicho la baronesa. ¿Y qué hay en todo esto para que usted venga

con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?

--¡Oh!, reverendo padre: la impresión, lo inesperado de la noticia...

Comprenda usted el efecto que en mí habrá causado.

La araña negra, t. 4/9 · 第 10 / 14 段