Mientras el conde hablaba, el doctor Zarzoso decía, entre dientes, muy

quedo, a pesar de lo cual sus palabras llegaban al fino oído del

jesuíta:

--Monomanía heroica; caso curioso.

--Estoy decidido a todo--continuaba el conde--. Yo no espero ya más

tiempo, y como tan meritorio es a los ojos de la Historia alcanzar la

victoria, como saber morir heroicamente por conseguirla, no reparo ya en

peligros, y saldré inmediatamente para Gibraltar, donde no tardaré en

dar el golpe.

Quedó en silencio el conde durante algunos instantes, y después añadió

con acento triste, marcándose en su rostro una expresión de desaliento:

--Y la verdad es que sería terrible que yo fuera vencido, cayendo en

manos de las autoridades inglesas, pues con mi muerte se desvanecería la

segunda parte de mi plan, que es magnífico, y ninguno de ustedes conoce.

Todos se conmovieron, y hasta el padre Claudio hizo un gesto de

curiosidad. ¿Qué segunda parte sería aquella, de la que nunca había

hablado?

Baselga vió el ansia de la curiosidad marcada en todos los semblantes, y

como no era hombre capaz de ocultar nada cuando le poseía el entusiasmo,

hizo la revelación esperada:

--Voy a decirles cuál es mi idea. He pensado que, en caso de que

triunfemos, es una locura devolver Gibraltar a España, mientras esté

regida por el Gobierno actual.

--¿Y qué es lo que usted se propone?--preguntó el jesuíta, que deseaba

aclarase pronto el conde aquel punto, con la esperanza de que expusiera

alguna idea disparatada, que hiciese creer más en su supuesta locura.

--Pues lo que yo pienso hacer, apenas me vea dueño de la célebre plaza,

es dar un manifiesto a los españoles, diciéndoles que Gibraltar es de

España, pues para eso la habré conquistado yo; pero que su guarnición,

sublevada, no hará entrega de ella mientras la nación esté gobernada por

doña Isabel II.

--Muy bien; me gusta la idea--dijo el doctor Zarzoso, que con el sesgo

que tomaba la conversación sentía que en su interior la curiosidad del

hombre político comenzaba a sobreponerse a la del sabio--. ¿Y cuál ha de

ser la condición precisa para que la entrega se efectúe?

--Que vuelva a reinar en España el Gobierno legítimo.

--¿Y qué entiende usted por Gobierno legítimo?

--Caballero, su pregunta me extraña. En esta nación no hay más Gobierno

legítimo que el del Rey Don Carlos V, por el cual tanto expuse mi vida

en Navarra, durante la guerra civil. Ya que el Monarca ha muerto, sólo

forman la dinastía legítima sus hijos y demás sucesores, y únicamente a

ellos entregaré la plaza de Gibraltar cuando sea mía. Los españoles, con

tal de volver a poseer el trozo de la Península que les pertenecía, y

que tan infamemente les fué robado, se levantarán en masa, pidiendo el

restablecimiento de mis reyes, y de este modo yo habré logrado lo que

vulgarmente se dice matar dos pájaros de un golpe.

El padre Claudio estaba muy contento de aquella extraña idea que se le

había ocurrido al conde, llevado de su fanatismo político, y su gozo era

mayor al ver el gesto de desagrado que hacía el doctor Zarzoso.

El sabio estaba irritado por aquel plan, que calificaba de estúpido, y

hasta le faltó poco para olvidarse que examinaba a un loco y decir al

conde que su idea era absurda y ridícula.

El jesuíta le tocó con su rodilla, como para recordarle que hablaba con

un loco, y el doctor se serenó.

--Esa segunda parte del plan--dijo el padre Claudio--me gusta mucho, y

creo que de igual modo pensarán estos señores.

Todos hicieron gesto de aprobación, y el doctor Zarzoso, que estaba ya

convencido de la locura del conde, aunque no creía necesario insistir,

quiso aún apreciar el dominio que en su ánimo ejercía la familia y hasta

dónde llegaba su manía heroica.

--La patria--dijo--tendrá mucho que agradecer a usted; pero, por grato

que sea el aprecio de los conciudadanos, creo que usted, señor conde, se

expone demasiado y lleva su sacrificio a un límite exagerado. Usted

tiene familia: ¿ha pensado alguna vez en el dolor de ésta, si es que

usted llega a morir en la empresa?

Este recuerdo, hábilmente evocado, produjo bastante efecto en el ánimo

de Baselga. La figura de Enriqueta surgió de su imaginación, rodeada de

un ambiente de pureza y sencillez, y se sintió conmovido.

--Sí, señores. Tengo familia, y, sobre todo, una hija, mi Enriqueta, a

la que amo mucho, y que es el único ser que me liga a este mundo.

Pero el conde sólo podía sentir un enternecimiento pasajero, cuando

estaba poseído de su afán heroico, que tanto le dominaba.

--Sentiría mucho--continuó con el acento del que toma una resolución

definitiva--que mi muerte la produjera un eterno dolor; pero me consuela

la idea de que un día u otro debo morir, y que aunque no quisiera

exponer mi vida en esta santa empresa, no por esto la evitaría tal

aflicción. Soy ya viejo, y todo consiste en que el momento fatal llegue

antes o después. Además, los mártires del cristianismo, para morir por

su idea, no reparaban en su mujer ni en sus hijos, y el amor a la patria

es una verdadera religión, que también necesita mártires.

El doctor desistió de seguir la conversación sobre tal punto. Era inútil

excitar en el conde el recuerdo de la familia, pues esto no causaba

mella alguna en sus ambiciones tan arraigadas.

--Celebro mucho verle tan decidido--dijo el doctor--, y le deseo que la

suerte le favorezca. La empresa me parece muy aventurada; pero, a pesar

de ello, estoy dispuesto a trabajar en ella y a seguir a sus órdenes.

--Según eso, ¿no tiene usted ya, más objeciones que hacer?

Y el conde, al decir esto, sonreía con aire de superioridad.

--Algunas me quedan, señor conde--respondió el doctor--; pero evito

hacerlas, no sea que usted lo tome a mal.

--¡Oh! No. Hable usted con entera confianza, que yo le escucharé sin

inmutarme.

Baselga desmentía sus recientes palabras, pues hacía un gesto de mal

humor, como indicando la molestia que le producían las preguntas de

aquel hombre, que para él era un desconocido.

El doctor Zarzoso miró rápidamente a sus compañeros, y después dió un

enérgico rodillazo al padre Claudio.

El jesuíta comprendió en la tal señal que Zarzoso iba a intentar el

último medio para convencerse de la locura del conde. Sin duda, quería

apreciar la irritabilidad de su carácter.

Mostraba Baselga marcada impaciencia por oír al doctor; pero éste, como

si se propusiera exasperarle, siguió mirándolo fijamente, sin decir

nada, y, por fin, habló así, con lentitud:

--Quería manifestarle a usted que estoy admirado de ese valor sublime

que demuestra, pero que esto no me impide creer que puede ser víctima de

un engaño. ¿Está usted seguro de haber visto alguna vez a ese capitán

O'Conell, de que tanto habla, y que tan gran confianza le inspiró?

El conde palideció; el cetrino color de su rostro tomó un tinte verdoso

y sus manos se agitaron con un temblorcillo nervioso. Para el jesuíta,

que conocía su carácter, era aquello el claro signo de una explosión

violenta.

--Caballero--dijo Baselga con voz insegura por la ira--. ¿Tengo yo cara

de haber mentido alguna vez? A ver, explíquese usted: se lo exijo, se lo

mando, o, de lo contrario...

Y Baselga, con aire amenazador, se erguía en su sillón.

Peláez no permanecía muy tranquilo ante la actitud que tomaba el conde,

y en cuanto a sus dos compañeros, los silenciosos médicos que creían

habérselas realmente con un loco, comenzaban a lamentarse en su interior

de las imprudencias del doctor Zarzoso, que tenía gusto en exasperar a

los enfermos.

Sólo el sabio y el jesuíta permanecían tranquilos.

--No se altere usted, caballero--dijo el doctor Zarzoso con absoluta

tranquilidad, como si las palabras del conde fuesen insignificantes--.

Daré a usted cuantas explicaciones quiera, pues aquí lo importante es

buscar la verdad. He querido decir antes que tal vez se hubiese usted

engañado acerca de la personalidad de ese señor O'Conell.

--¿Qué engaño es ése, caballero? ¿Acaso estoy yo ciego o es que usted

quiere suponer que yo estoy loco?

Y Baselga, a pesar de toda su cólera, se reía sardónicamente, solamente

de pensar que alguien pudiera suponerlo falto de razón, cuando se sentía

intelectualmente más fuerte que nunca.

Era la primera vez que reía en toda la conferencia. El padre Claudio

tocó nuevamente al doctor, indicándole que se fijase en aquella risa

poco espontánea.

--Sé perfectamente lo que me digo--continuó--, y a menos que usted, en

su odioso afán de contradecirme, no quiera suponer que soy un loco,

habrá de creer que ahí, en el mismo sitio donde usted se encuentra,

estuvo sentado hace algún tiempo el irlandés Patricio O'Conell, capitán

del batallón de rifles, de guarnición en Gibraltar.

Calló Baselga, pero su razón revolvíase furiosa contra aquellas

suposiciones, que él tenía por impertinentes, y que parecían tender a la

negación de sus facultades mentales.

--Y ¡gran Dios!--continuó--. ¿Por qué esas dudas sobre la personalidad

de O'Conell, cuando yo le he visto, le he hablado y he quedado muy

satisfecho del valor y de la resolución que mostraba? Paso porque se

dude de su fidelidad, porque se crea que no cumplirá su promesa de

auxiliarnos, aunque esto sea muy aventurado; pero, ¿creer que él no es

él, o, más bien dicho, llegar a suponer que yo no he hablado con dicho

capitán de la conquista de Gibraltar, ni escuchado sus promesas de

auxilio? Vamos, eso sí que es un absurdo, una tremenda locura.

Baselga se agitaba nerviosamente en su asiento, como si aquellas

suposiciones del doctor le molestasen, como otras tantas punzadas, y

clavaba sus ojos amenazadores en la fría mirada del sabio, que cada vez

le irritaba más.

El conde resultaba ya peligroso, y los dos médicos amigos de Peláez

lamentaban las palabras del maestro, y mirando a Baselga esperaban de un

momento a otro que, levantándose del asiento, cerrase con todos y dejase

caer sobre sus espaldas un chaparrón de golpes.

El supuesto loco se serenó un tanto, y, dirigiéndose al jesuíta, dijo

con acento despreciativo:

--¿Qué le parece a usted, padre Claudio, lo que supone este señor? ¿Será

O'Conell algún ser que yo me habré inventado? Usted puede decirlo mejor

que nadie, pues fué quien lo trajo aquí y presenció toda la

conversación. ¿No le parece que este caballero tiene ganas de burlarse,

y me cree tan mentecato que quiere hacerme dudar de lo que yo he visto?

El doctor Zarzoso, en vista de la exaltación del conde y de la

insolencia agresiva con que dijo las últimas palabras, creyó prudente

intervenir.

--Yo no he dudado de que usted hablase con O'Conell. Sé que estuvo aquí

y que lo presentó el padre Claudio. Pero, señor conde, ¿no podría usted

haber oído mal? A veces la imaginación puede engañarnos. A ver, procure

usted recordar lo ocurrido en aquella conferencia. ¿Está usted seguro de

que el irlandés era un capitán que trató con usted de la célebre

empresa, o usted se lo imaginó así, a pesar de que él nada dijo de

pertenecer al ejército?

El conde, con el ceño fruncido y la mirada centelleante, estuvo algunos

momentos contemplando frente a frente al doctor Zarzoso, que seguía

impasible.

Todos callaban, aguardando con impaciencia.

Por fin, el conde agitó la cabeza, como si quisiera repeler una idea

enojosa, y extendiendo su diestra, dijo con fosca voz:

--Caballero, salga usted inmediatamente.

Prodújose un movimiento de extrañeza en todos, menos en el célebre

doctor, que seguía imperturbable.

El conde se irritó más ante aquella calma, y avanzando el cuerpo sobre

la mesa, como una fiera ansiosa de devorar, le lanzó estas palabras, con

la misma expresión que si se las escupiera a la cara:

--Está usted burlándose de mí, y hace un momento he sentido tentaciones

de abofetearle; pero estamos en mi casa, y esto es lo que me detiene;

mas si no sale usted inmediatamente, ¡por Cristo!, que le marcaré el

rostro, para que eternamente se acuerde de su impertinencia.

Y el conde, al jurar, dió un puñetazo sobre la mesa, que demostró cómo

quedaba aún en sus brazos aquella fuerza de la juventud, que tan

insolente le hacía. El puño, al chocar contra la madera, produjo un

enorme estampido, y todo danzó en la mesa, papeles, plumas, plegaderas,

cajas de dibujo y hasta la tinta, que, movida por la trepidación, saltó

del negro receptáculo, invadiendo con su creciente suciedad la dorada

escribanía.

El fiero golpe repercutió en el ánimo de los médicos anónimos, que, como

movidos por un resorte, se levantaron de sus asientos. No había remedio:

el loco iba a pegarles.

Peláez se levantó también, y el padre Claudio le imitó, poniendo el

semblante triste, aunque en su interior estaba muy satisfecho del

resultado de aquella conferencia. El doctor Zarzoso fué el último en

levantarse, y se dispuso a salir.

Mientras tanto, el conde, como para evitar la presencia de aquel hombre

que tan antipático le resultaba, y cual muestra de soberano desprecio,

había hecho girar su sillón y estaba con el rostro vuelto a la pared.

Los médicos comenzaron a desfilar.

El padre Claudio no se separaba del doctor Zarzoso, y éste, cuando ya

estaba en la puerta del despacho, al ver la pregunta muda que el

jesuíta le hacía con los ojos, dijo con voz queda:

--Está loco. No tengo ya la menor duda.

El jesuíta acercó sus labios al oído del doctor y habló en el mismo

tono.

--Pueden ustedes celebrar su consulta en el salón donde aguarda la

baronesa. Yo me quedo aquí para disipar un tanto el furor del conde y

evitar que lo descargue después sobre su familia. Es un deber que me

impone mi sagrado ministerio.

El doctor Zarzoso hizo un movimiento de hombros y salió tras sus

compañeros.

Cuando se extinguió el ruido de sus pasos, el conde volvió el rostro,

que todavía tenía impreso un gesto de feroz ira.

Al ver al padre Claudio derecho en el centro del despacho, se serenó un

poco.

--¿Ha visto usted, padre?--dijo, después de un largo intervalo de

silencio--. ¡Qué entes tan antipáticos hay en el mundo! No sé cómo no le

he dado de bofetadas.

--Calma, señor conde, mucha calma. Hay ciertos carácteres que resultan

insufribles. Yo siento haber presentado a usted ese señor, que tan mal

rato le ha dado; pero, en fin... lo mejor que podemos hacer es

olvidarnos de lo ocurrido.

--Si todos los individuos del Comité formado por Peláez son como ése,

nos hemos lucido. Dígale usted a nuestro doctor que en adelante no

cuente con el tal sabio, que a mí me parece un majadero.

--Se lo diré. Ahora yo confío en que lo ocurrido no habrá entibiado su

fe, y que seguirá usted tan dispuesto como siempre a llevar a cabo el

patriótico plan.

--¡Oh! Eso siempre. Esto ha sido un incidente ligero, y nada más. En

cuanto se desvanezca la irritación producida por las suposiciones de ese

majadero, todo lo habré olvidado.

--Así lo espero. El desaliento no existe para hombres como usted.

Adelante, y siempre adelante, que Dios premiará a los que se sacrifican

por su causa.

El conde y el jesuíta hablaron después largamente sobre el eterno

asunto, extremándose el segundo en entusiasmar a Baselga con optimistas

ilusiones.

--Usted--dijo--debe cumplir su propósito de partir para Gibraltar así

que pase una semana y yo no reciba carta de O'Conell; pero no creo que

transcurra ese tiempo sin que el capitán dé señales de existencia. Un

agente que tenemos en aquella plaza dice que O'Conell hace muchos

trabajos sediciosos entre sus compatriotas de la guarnición, y no sé por

qué me figuro que no tardará mucho en avisar. Tal vez mañana recibamos

noticias suyas y nos indique que todo está preparado para que pueda

usted marchar a la plaza con sus hombres.

La esperanza que mostraba el jesuíta animó mucho al conde, e hizo que

cuando aquél salió del despacho, su rostro estuviese ya serenado y no se

notase en él la menor huella de su anterior ira.

Cuando el padre Claudio entró en el salón de la baronesa, ésta se

hallaba completamente sola y sentada en el sofá, siempre con actitud

trágica.

--¿Y los médicos?--preguntó el jesuíta, extrañándose de aquella soledad.

--¡Chist! Hable usted más bajo--contestó la baronesa, indicándole con

una señal que no levantase tanto la voz--. Están en el gabinete

inmediato celebrando consulta. ¿No los oye vuestra reverencia?

En efecto; apagado por la puerta y los cortinajes, llegaba hasta el

salón el eco de la voz de Peláez, haciendo tímidas indicaciones al

doctor Zarzoso, que explicaba la enfermedad del conde.

--He escuchado un poco--continuó la baronesa--, y, a la verdad, no he

entendido gran cosa. Hablan en términos técnicos y las palabras acabadas

en _ía_ y en _oni_ se repiten con una frecuencia abrumadora. Lo que me

parece es que todos estamos conformes en declarar loco a mi padre...

¡Ay, padre Claudio!

--¡Qué es eso, hija mía!--exclamó el jesuíta, asombrado por aquella

inesperada manifestación de dolor--. ¡Vamos, ten un poco de valor!

Además, esta noticia no es nueva para ti, pues ya hace días que conocías

la locura de tu padre. Piensa que Dios saca muchas veces el bien del

mal, y... no digo más.

La baronesa comprendió la intención de estas palabras, que dijo el

jesuíta de un modo muy marcado, y permaneció silenciosa.

Era más acertado guardar absoluto mutismo que seguir una conversación en

la que ambos se exponían a ser demasiado francos y decir públicamente

sus pensamientos, que mutuamente eran conocidos. Muchas veces las

paredes oyen.

Transcurrió como un cuarto de hora sin que ninguno de los dos despegase

los labios. El padre Claudio tenía apoyada la barba en el pecho, y

parecía entregado a profunda meditación; la baronesa se entretenía en

peinar con sus dedos las franjas de cordonería del sofá.

Las voces de los médicos iban siendo cada vez más sordas; callaron por

fin, y levantándose el cortinaje de la puerta del gabinete, entraron

todos ellos en el salón.

El doctor Zarzoso iba al frente y tenía el aspecto grave, cabizbajo y

tétrico de un sacerdote de ópera que se presenta a dar la noticia fatal.

--Señora--dijo colocándose en frente de la baronesa--, la conciencia

profesional me impone el penoso deber de proporcionarle con mis palabras

un profundo dolor. Mis compañeros y yo nos hallamos plenamente

convencidos de que el señor conde está loco.

Doña Fernanda miró al cielo con la misma expresión que si en su interior

se desgarrara algo.

--No debe usted por eso entregarse a la desesperación--continuó el

doctor--. La locura del conde no es más que una monomanía que, aunque

grave, resulta de posible curación. Con un régimen moral lento, pero

seguro, iremos despojándole de esas creencias que hoy le perturban, y es

casi cierto que recobrará la razón.

--¡Dios lo quiera! ¡Dios lo quiera!--murmuró la baronesa con dramática

resignación.

--Ahora, inútil es que yo diga a usted el terrible compromiso que

arrostra teniendo a su padre en esta casa.

--Lo sé, señor doctor; ¿qué debemos hacer?

--Después de la declaración suscrita por nosotros, en que certificamos

la falta de salud mental que aqueja al conde, puede usted, como jefe de

la familia, hacerlo ingresar en un manicomio, donde atenderán a su

curación.

--¡Oh, Jesús mío! ¿Y cómo comunico a mis hermanos la fatal noticia? ¿Qué

dirá Enriqueta? ¿Qué impresión tan cruel experimentará Ricardito cuando

sepa que su padre, a quien no ha visto en tanto tiempo, ha perdido la

razón? ¡Por Dios, padre Claudio! Ocúltele usted al pobre niño la verdad,

mientras pueda.

--No tengas cuidado, hija mía--dijo el jesuíta--. Así lo haré; pero

ahora lo importante es ocuparse de lo inmediato, o sea de lo que debe

hacerse con tu padre. El doctor Zarzoso creo que dirige un manicomio,

montado con arreglo a los últimos adelantos.

--Sí, señor--contestó el aludido--. Lo dirige un compañero; pero yo voy

allí todos los días para hacer estudios prácticos.

--Pues allí llevaremos al conde, y así podrá usted atender más

directamente a la curación. ¿Estás conforme, hija mía?

La baronesa aprobó todas las disposiciones del jesuíta y se convino en

que al día siguiente el conde sería conducido al manicomio.

Era preciso no perder tiempo, según decía el padre Claudio, pues de lo

contrario, se corría el peligro de que Baselga, en un rapto de locura,

acelerase la ejecución de sus quiméricos planes, y con su gente y sus

armas saliese para Gibraltar marchando a una muerte cierta.

Peláez quedó encargado de conducir al conde a la casa de salud, y el

padre Claudio se comprometió a hacerle marchar a ella sin violencia,

valiéndose de un habilidoso engaño.

El doctor Zarzoso creía que era más fácil curar una manía como la de

Baselga permaneciendo éste en su casa; pero el miedo a que estando en

libertad promoviese un conflicto de carácter público, le hacía transigir

con la idea de conducirlo al manicomio. Para el sabio, la curación era

larga, pero no difícil. Todo consistía en hacerle comprender que el tal

O'Conell era un médico y que únicamente por una aberración intelectual

lo había él creído un militar. Una vez demostrado esto, todos aquellos

planes descabellados caerían por su base.

Los médicos despidiéronse de la baronesa, y ésta quedó sola con el

jesuíta, quien no pudo reprimir sus impresiones.

--¡Por fin!...--exclamó, suspirando con la expresión del que se despoja

de un peso enorme.

El padre Claudio, a pesar de toda la serenidad que había demostrado poco

antes, estaba bastante intranquilo. La intriga era hábil, pero frágil en

exceso, y una palabra demasiado indiscreta podía haber desbaratado su

obra, dejándole a él en descubierto como único autor de tan infame

maquinación.

La suerte, que siempre le había favorecido, acababa de mostrársele

constante.

Ya se había librado del conde, eterno obstáculo para sus planes; y él

jesuíta, al pensar en su triunfo, sonreía diabólicamente.

Estaba satisfecho de su fuerza y de su terrible astucia. O no había

justicia, o él sería general de la Compañía de Jesús.

XXV

Donde el padre Claudio da el último

golpe a Baselga y vuelve a ocuparse

del capitán Alvarez.

Cuando a la mañana siguiente el conde de Baselga vió entrar en su

despacho a su amigo el jesuíta, llamóle la atención inmediatamente la

expresión de alegría que llevaba impresa en el rostro.

Acababa el conde de levantarse; eran las ocho de la mañana y en la otra

ala de la casa, o sea donde estaban situadas las habitaciones de doña

Fernanda y de Enriqueta, todo estaba en silencio, velado por la dulce

penumbra del sueño matutino.

El conde, en la noche anterior, había ido con su hija al teatro Real.

Necesitaba repeler del todo el mal humor producido por su altercado con

el doctor Zarzoso, aquel señor desconocido para él, que tanta irritación

le había causado; y logró su deseo, pues se acostó muy tranquilo y se

levantó tarareando trozos de música italiana que habían quedado en su

memoria, y que él, falto de sentido filarmónico, desfiguraba de un modo

horrible.

Cuando Baselga canturreaba, a pesar de hacerlo muy mal, se alegraba toda

la casa. Era esto signo evidente de buen humor en aquel gigantazo que

con un bufido de cólera hacía temblar a todos.

El gozo interior que delataba la cara del jesuíta, extremó la alegría

del conde.

--¿Qué hay, padre Claudio? ¿Por qué tan contento a estas horas?

--Grandes noticias, señor conde--contestó el jesuíta sentándose en un

sillón y respirando precipitadamente, como si llegase sofocado.

--¿Qué es ello? Vamos a ver. Siento gran curiosidad, y me parece que va

usted a darme un alegrón. Anoche, no sé por qué, presentía que hoy iba a

ocurrirme algún suceso feliz. ¿Es que ha escrito O'Conell, marcando ya

fecha para el golpe?

--Mejor, mucho mejor--dijo el jesuíta, que parecía gozarse en excitar

la curiosidad del conde, para lo cual retardaba la explicación

definitiva.

--¿Mejor? Pues confieso que no lo entiendo. ¡Por Dios, explíquese

pronto!

El jesuíta se levantó, y acercándose a su amigo, le dijo al oído, con

entonación misteriosa:

--O'Conell está aquí.

--¿Dónde?--exclamó el conde, incorporándose con nervioso impulso

producido por la sorpresa.

--En Madrid. No puedo decir a usted más.

--¿Y le ha visto usted?

--No; pero acabo de recibir aviso de su llegada, y al mismo tiempo, el

encargo de que él desea hablar a usted con mucha urgencia.

--¿Y por qué no viene aquí?

--Lo ignoro: mas él tendrá sus motivos para obrar tan misteriosamente.

Tal vez teme ser espiado por el personal de la Embajada inglesa: tal vez

la índole de su conferencia con usted requiera el misterio.

--¿Y qué debo yo hacer?

--Vestirse inmediatamente y acudir a la cita.

La araña negra, t. 4/9 · 第 9 / 14 段