--Eso, la ciencia podrá explicarlo. Yo únicamente puedo sacar de ello la

consecuencia de que el conde está loco.

El doctor Zarzoso, a pesar de la humildad candorosa con que el jesuíta

contestaba a sus preguntas, seguía firme en su creencia de que había

algo extraño en aquella trasformación de personalidad que tan

rápidamente se había operado en el cerebro del conde.

Parecía que el célebre médico presentía algo de la terrible verdad que

se encerraba en el fondo de aquella inicua intriga; pero sus sospechas

no eran determinadas, ni tenían ningún hecho real sobre que apoyarse.

Además, él quería manifestar al jesuíta que dudaba de sus palabras, para

ver si de este modo turbaba aquella serenidad tan completa; y por esto

preguntó con marcada intención:

--¿Y fué usted el único que presenció la conversación del conde y el

doctor irlandés?

--Yo solo, señor Zarzoso. ¿Quién más debía presenciar la visita? La

señora baronesa estaba fuera de casa, y, por tanto, sólo yo podía estar

en la entrevista del doctor y del conde.

--¿Y ha sido usted el único que ha tratado al tal doctor durante su

estancia en Madrid?

El sabio profesor marcó mucho esta pregunta, como si esperase

desconcertar con ella al jesuíta demostrándole las sospechas que

abrigaba de que aquel doctor fuese un ser fantástico inventado por él

mismo.

--No, señor doctor. Mi amigo O'Conell, aunque sólo permaneció algunas

horas en Madrid, conversó largamente sobre materias científicas con una

persona que se encuentra aquí.

El doctor Zarzoso preguntaba con su mirada quién era el aludido.

El jesuíta se apresuró a responder:

--Fué el doctor Peláez, que encontró al sabio O'Conell en mi despacho y

quedó muy encantado de su conversación.

El padre Claudio sabía improvisar, según las necesidades del momento,

mentiras con visos de veracidad, y, además, tenía la seguridad de que su

protegido ratificaría inmediatamente cuanto él afirmase.

--Así fué--se apresuró a decir Peláez--. Tuve el gusto de encontrar al

doctor O'Conell en casa del reverendo padre, y le aseguro a usted,

ilustre maestro, que quedé encantado de su amabilidad y de su ciencia.

El médico intrigante, puesto ya a mentir, creyó del caso seguir adelante

en sus afirmaciones.

--Acababa de ver, según me dijo, al señor conde, y me manifestó que

estaba firmemente convencido de su locura, y eso que ésta aún no había

tomado un carácter tan alarmante como en el presente. Sus observaciones

coincidieron con las que yo hice después, y esto me afirmó en mi

creencia de que el doctor O'Conell, aunque no tan sabio como usted,

ilustre maestro, es un entendido especialista en enfermedades mentales.

El doctor Zarzoso ya no pudo seguir dudando. Por algunos momentos su

instinto había adivinado algo de intriga jesuítica en aquella

enfermedad, y hasta llegó a pensar que aquel doctor irlandés era algún

ser imaginario, creado por el padre Claudio con ocultos fines; pero en

vista de lo dicho por Peláez, creyó absurdo seguir dudando.

El médico aristocrático era para él un bufón sin formalidad alguna, que

envilecía a la ciencia con su conducta; pero, por lo mismo que apreciaba

su escasez de inteligencia, le creía incapaz de mezclarse en ninguna

intriga de importancia.

Además, ¿por qué no había de ser todo aquello verdad? Tratándose de un

loco, resultaba lógico que confundiese la profesión de ciertas personas,

siempre con ventaja para sus absurdos planes, y ya se mostraba él

arrepentido de que su preocupación contra los jesuítas le llevase a ver

maquiavélicas tramas donde sólo existían hechos naturales y sencillos.

El padre Claudio adivinaba cómo en el ánimo de su interlocutor iban

disipándose las dudas, y para vencer definitivamente su desconfianza, se

levantó del sofá, salió del salón y volvió a entrar a los pocos

instantes, seguido del ayuda de cámara del conde.

--Además, señor Zarzoso--dijo el jesuíta--, tenemos este criado, que

podrá decirle a usted algo de la visita de O'Conell, pues también le

vió.

--¿Recuerdas--añadió dirigiéndose al ayuda de cámara--la tarde en que

vine a visitar al señor conde, acompañado de un caballero, pequeño de

estatura y con patillas rojas?

--Lo recuerdo perfectamente, reverendo padre--contestó el criado con

entonación respetuosa--. Era un sabio extranjero, y recuerdo que vuestra

reverencia le llamaba doctor y que hablaba con él, al atravesar la

antecámara, de lo breve que era su estancia en Madrid.

--¿Recuerdas algo más?

--Me parece que vuestra reverencia me preguntó por la señora baronesa, y

al saber que había salido, me encargó manifestara que el doctor...

O'Conell (eso es, ya se me había olvidado, el nombre), que el doctor

O'Conell había estado a saludarla.

--Está bien. Puedes retirarte.

El doctor Zarzoso no creyó prudente insistir más sobre tal punto.

Estaba convencido de que aquel doctor era un ser real, un médico como

él, que había estado allí a instancias de su amigo el jesuíta para

cumplir un deber profesional, y que el conde, al empeñarse en creerlo un

capitán inglés, que le auxiliaba en sus absurdos planes, demostraba

estar realmente loco.

--Doy a usted las gracias--dijo al sacerdote, sin reparar que en su

interrogatorio había pecado algo de grosero--por los datos que me ha

suministrado, y como creo inútil insistir ya más sobre este punto,

pasemos a la cuestión más importante, o sea al examen del enfermo.

La baronesa, que hasta entonces había permanecido muda, creyó del caso

intervenir en la conversación, obedeciendo a una mirada del padre

Claudio.

--Señor Zarzoso, antes de que usted, con su colega, entre a ver a mi

padre, me atrevo a dirigirle un ruego. No le exasperen ustedes

contradiciéndole, pues entonces se revuelve furioso, y su cólera es tan

terrible, que pone en conmoción a toda la casa.

El doctor se inclinó, contestando con toda la galantería de que era

susceptible su rudo carácter:

--Señora, agradezco esa indicación, pero es inútil. Estoy acostumbrado

hace ya muchos años a tratar dementes, y sé que nada se gana con

exasperarlos y contradecir directamente sus manías. Permítame usted

ahora una pregunta: ¿son muy frecuentes en el conde los accesos de

cólera?

--Sí, señor; muy frecuentes--contestó la baronesa con la precipitación

del que ha de mentir sin preparación alguna--. A menudo se pone furioso

cuando cree encontrar obstáculos a su plan; sólo que yo, para evitar que

la servidumbre se entere de la triste verdad, procuro ocultar tales

raptos de violenta locura.

--¿Pero no habrá usted podido ocultar del mismo modo los preparativos

militares del conde?

--¡Oh! Eso no. Todos los criados saben que abajo, en las cuadras, hay

varias cajas de armas y municiones, y comentan de un modo poco

respetuoso para mi padre la llegada de esa banda de hombres casi

salvajes que él ha hecho venir desde las montañas de Navarra.

--Ya ve usted, querido maestro--dijo entonces Peláez--, que esos

preparativos constituyen un tremendo peligro, que es preciso que

nosotros evitemos cuanto antes.

--¡Oh! Efectivamente--dijeron a un mismo tiempo los dos médicos

anónimos, que hasta entonces no habían despegado los labios.

El doctor Zarzoso, por toda contestación, se levantó, diciendo a la

baronesa:

--Con el permiso de usted, vamos a ver al enfermo.

--Sí; vayan ustedes. El padre Claudio les acompañará, pues él y el

doctor Peláez son las únicas personas que logran inspirarle confianza.

¡Ah! Me olvidaba de Joaquinito Quirós, que también es gran amigo suyo.

--¿Quién es ese caballero?--preguntó el sabio doctor.

--Un joven, amigo de mi padre, que fué el primero a quien confió ese

maldito plan, causa de su locura. Quirós no tardó en comprender que

estaba loco. Debíamos haberlo llamado hoy, pues aunque nada nuevo

hubiese añadido a los informes del doctor Peláez y del padre Claudio,

siempre hubiese sido útil su presencia. ¿Cómo no se le ha ocurrido a

usted llamarlo, reverendo padre?

--Ayer le envié aviso; pero tal vez sus ocupaciones no le habrán

permitido venir.

Esto no era verdad, pues el padre Claudio había tenido buen cuidado en

que Quirós no se enterara de lo que él proyectaba acerca del porvenir

del conde.

No suponía esta reserva que él dudase de la adhesión del escritor

católico, pero hacía algún tiempo que Quirós le resultaba peligroso.

Notaba en él cierta fatuidad y el claro intento de labrarse una posición

sin el apoyo del padre Claudio, para recobrar su independencia, y esto

hacía que el astuto jesuíta evitase que se mezclara en un asunto tan

importante como era el de la familia de Baselga. El lobo temía las uñas

de aquel cachorrillo que con tanto esmero había educado, y reconocía en

él facultades suficientes para ser temible.

Los cuatro médicos y el jesuíta estaban ya de pie, dispuestos a salir de

la habitación.

El padre Claudio dirigióse al doctor Zarzoso, para decirle, con su aire

de hombre humilde y amable:

--Debo advertir a usted, señor doctor, que nuestra visita al conde, si

no tiene algún preparativo, puede extrañarle, y les será, por tanto, muy

difícil a todos ustedes el estudiarle con entera libertad.

--¿Y qué preparativo es el que usted propone?

--El conde sólo se deja llevar de su manía cuando se cree en presencia

de hombres comprometidos en su famoso plan.

--Bien: puede usted presentarnos a él en la forma que más guste.

--Si a usted le parece bien diré que son ustedes individuos del Comité

patriótico, que preside el doctor Peláez. Una de sus manías es creer

que este señor tiene formada una Junta que ha de ayudarle en sus

trabajos de conspiración.

El doctor Zarzoso movió la cabeza, en señal de asentimiento, y estrechó

la mano que le tendió la baronesa, medio desmayada en el sofá.

--Valor, señora--dijo el sabio, que, a pesar de su rudeza, se sentía

conmovido por el dolor teatral de aquella mujer--. La vida es una lucha,

y hay que saber sufrir las desgracias.

--Que Dios le ilumine, señor doctor. Yo sólo pido la verdad, que usted

me diga la verdad, sin ocultarme el verdadero estado de mi padre.

Subieron Peláez y sus dos acólitos, llevando en medio al doctor Zarzoso

con toda la veneración respetuosa de los labriegos cuando sacan a la

calle al santo patrono del lugar.

El padre Claudio les seguía con paso lento; pero cuando les vió salir,

volvió rápidamente al sofá donde estaba la baronesa.

--¿Qué va a suceder, padre mío?--exclamó doña Fernanda, que, repeliendo

su actitud trágica, se mostraba inquieta y alarmada--. ¿Qué dirá ese

doctor sobre el estado de mi padre? ¿Nos traerá el haberlo llamado

alguna nueva desgracia?

--Tranquilízate. Tu padre será declarado falto de razón. Los alienistas

eminentes, como Zarzoso, a fuerza de tratar locos, acaban por invertir

el estado de la humanidad, y creen que la demencia es la regla general,

y la cordura una excepción. Basta que se sospeche de la razón de una

persona para que la declaren inmediatamente loca. El conde será muy

pronto para Zarzoso un caso raro de locura, digno de un curioso estudio.

Por eso pensé yo en llamarlo.

--Vaya usted, reverendo padre; vaya pronto a presenciar ese examen, y no

tarde, ¡por Dios!, pues esta intranquilidad me mata.

El padre Claudio salió rápidamente del salón y alcanzó en la antecámara

al grupo de médicos, que lentamente se dirigía al despacho del conde.

El jesuíta estaba radiante de satisfacción. Había estudiado rápidamente

el carácter del doctor Zarzoso, y tenía ya la seguridad del triunfo.

La araña acababa de tejer su tupida y viscosa tela, y Baselga era la

incauta mosca que revoloteaba alrededor de aquella pérfida red.

El padre Claudio acechaba tras la oscilante malla, y su alma satánica y

ambiciosa sentía como un escalofrío de placer al pensar que estaba

próximo el instante en que sería anulado el hombre que se oponía a los

planes de la Orden.

XXIV

Baselga cae en la red.

El conde, al ver entrar en su despacho al padre Claudio y a Peláez,

seguido de tres desconocidos, levantóse de su sillón con la actitud de

un hombre cortés y amable y les hizo tomar asiento en derredor de su

gran mesa de trabajo.

El jesuíta tuvo buen cuidado en sentarse junto al doctor Zarzoso, que se

había colocado frente al conde, y que con sus vivos ojillos, tan pronto

examinaba el rostro de Baselga como aquella habitación, hasta en sus

menores detalles.

Para el célebre alienista, que tenía la costumbre de analizar los

rostros con una sola mirada, no pasaron desapercibidos la exaltación que

brillaba en la mirada inquieta y vaga del conde y el ensimismamiento que

en él se notaba, a pesar de su empeño en mostrarse amable y atractivo.

El aspecto del despacho no le preocupaba menos. En sus conferencias

científicas se había detenido siempre con predilección en las relaciones

directas que existen entre la higiene y la locura, y mirando aquella

habitación sombría, con ventanas a un patio, y en la que jamás había

entrado el sol, no recibiendo más resplandor diurno que una luz tenue,

sucia y cernida, que resbalaba por las paredes grises, después de

atravesar la claraboya de cristales del tejado, sacaba como consecuencia

inevitable que el ser que pasara la mayor parte del día encerrado en una

estancia tan lóbrega, forzosamente había de sufrir un desarreglo de sus

facultades mentales y sentir predilección por empresas absurdas y

disparatadas.

Mientras el doctor Zarzoso reflexionaba, el padre Claudio hacía a

Baselga la presentación de aquellos señores, "ardientes patriotas que

pertenecían al Comité del señor Peláez, y que sentían vehementes deseos

de conocer al grande hombre que iba a vengar a España."

Los dos compañeros de Peláez creyeron acertado afirmar mudamente las

palabras del jesuíta, y se inclinaron profundamente; pero, a pesar de

esto, el conde apenas si fijó en ellos la atención.

Como si instintivamente conociera la insignificancia de unos y la valía

de otros, despreciaba a los dos médicos y fijaba su atención en Zarzoso,

quien clavaba en él su mirada escrutadora e inquebrantable, que tenía

algo de la agudeza y frialdad del estilete anatómico.

El padre Claudio notó inmediatamente la predilección que Baselga sentía

por el célebre doctor, y comprendió la causa. El carácter susceptible y

colérico del conde, forzosamente se había de irritar ante aquel examen

detenido y fijo, que le resultaba una imperdonable insolencia.

No creía el jesuíta que fuera favorable a sus planes un choque entre el

conde y el doctor, pues podía impedir la conferencia, y por esto se

apresuró a intervenir.

--Este señor--dijo señalando al sabio, que estaba a su lado--, es, de

todos los admiradores del conde de Baselga, el más entusiasta, y quien

más ansiaba conocerle. De seguro que en estos momentos experimenta una

satisfacción sin límites al verse cerca del que es su ídolo. ¿No es así,

señor Zarzoso?

--Así es, no quiero negarlo. Tengo una gran satisfacción en conocer al

señor conde, y me honraría mucho en tratarlo con más asiduidad.

Baselga agradeció la lisonja con palabras que demostraban no había

muerto en él el antiguo cortesano, pero, a pesar de esto, aquel hombre

panzudo seguía atrayéndole con la antipatía que le inspiraba. Su mirada

especialmente, con su fijeza y su frialdad, que parecía registrarle

desde la cabeza hasta los pies, le crispaba los nervios, hasta el punto

de que en ciertos instantes no se sentía dueño de su voluntad y

experimentaba irresistibles impulsos de abofetear al insolente curioso.

Peláez, que por carecer de la penetración del padre Claudio no

comprendía lo que pasaba en el interior del conde, sonreía sin objeto,

y, deseoso de mezclarse en la conversación, dijo al conde:

--Aquí, donde usted ve a mi amigo el señor Zarzoso, es un hombre de gran

importancia, un sabio, que podrá ser de gran utilidad para nuestra

empresa.

--¡Oh!, los sabios--dijo con expresión desdeñosa el conde, que deseaba

desahogar su ira contra el que tanto le mortificaba con su mirada--. Los

sabios no sirven gran cosa en esta clase de empresas, y en nuestro

Comité, señor Peláez, lo que deben figurar son los hombres de acción,

patriotas de mucha alma, que puedan ayudarnos. No supone esto que yo

desprecie a este señor; en esta clase de asuntos todos sirven, pero,

siempre que se pueda, deben escogerse personas aptas. Creo que, porque

hable con esta franqueza, no se ofenderá el caballero.

--No, señor conde--contestó el doctor, siempre mirando fijamente a

Baselga--. Me gusta mucho hablar con franqueza, y, por lo mismo, deseo,

antes de comprometerme en una empresa como la que usted ha ideado,

enterarme de ciertos detalles importantes.

El conde se sonrió con cierto desprecio, y dijo irónicamente:

--¡Ah! ¿El caballero tiene dudas sobre mi plan?

--Algunas, señor conde, aunque no de gran importancia, y desearía que

usted las aclarase. Advierto a usted que estos amigos--y Zarzoso indicó

a los dos médicos anónimos--se encuentran en el mismo caso que yo, y

desean saber de un modo claro con qué elementos cuenta la patriótica

empresa antes de comprometerse en ella.

El doctor ya no miraba fijamente al conde, y éste, como si se viera

libre de una presión magnética, que le predisponía al mal humor,

sintióse mas aliviado y comunicativo.

--Estoy dispuesto a satisfacer su deseo. Pregunte usted.

El sabio doctor miró a sus compañeros, como indicándoles que iba a

comenzar el examen, y habló así:

--Mi amigo Peláez me ha dicho que dentro de Gibraltar tendremos

compañeros que nos ayudarán en nuestra empresa. ¿Son dignos de confianza

esos auxiliares?

--¡Oh! Yo respondo de ellos, y aquí hay también quien responderá con

tanta seguridad como yo. Tenemos allí al capitán O'Conell, un irlandés

de gran valor, que está dispuesto a auxiliarnos, aunque esta empresa le

cueste la vida. El padre Claudio lo conoce mejor aún que yo, y sabe que

es todo un héroe.

La rodilla del jesuíta chocó suavemente con la del doctor, y aquel roce

parecía indicar al señor Zarzoso que el conde comenzaba ya a dejarse

arrastrar por la locura.

El sabio hizo un gesto de inteligencia y continuó:

--¿Y no podría engañarnos ese capitán?

--¿Engañarnos? No, señor. Yo soy de los que a primera vista conocen a

las personas, y tengo al capitán por un hombre franco e incapaz de una

traición. ¿No piensa usted lo mismo, padre Claudio?

--¡Oh! Seguramente. Mi amigo O'Conell es una buena persona.

Y volvieron a tocarse las rodillas, para excusarse el jesuíta, porque

seguía al conde en su manía, con el propósito de evitar que éste se

irritara.

--No dudo--continuó el doctor Zarzoso--que ese irlandés sea una buena

persona. Pero, ¿está usted seguro de que sea, efectivamente, un capitán

del ejército inglés? ¿Dijo que era militar o se presentó con otro

carácter: por ejemplo, médico?

El padre Claudio, a pesar de su serenidad a toda prueba, comenzaba a

inmutarse. Aquel doctor tenía un modo tan intencionado de preguntar, que

el jesuíta temía que de un momento a otro, y merced a una palabra

insignificante, se descubriera la verdad, y su trama, con tanta

paciencia forjada, viniese al suelo con estrépito.

Afortunadamente para él, el doctor Zarzoso resultaba antipático a los

ojos de Baselga, quien gozaba en contradecirle y en demostrar que sus

preguntas no tenían pizca de sentido común.

--¡Qué cosas tan extrañas dice usted, caballero!--exclamó el conde--.

¿Acaso estoy yo loco? O'Conell es un capitán del ejército inglés, y como

tal se me presentó, pues tratándose de un caballero, como yo lo soy, no

tuvo inconveniente en manifestarse tal como es. ¿Conque el tal capitán

podía ser un médico, según usted? ¡Buena es esa! Estos sabios tienen

unas ideas verdaderamente originales, y si no le hubiera visto ahí

mismo, donde usted está sentado, y si no hubiera conversado largamente

con él, sobre las fortificaciones de Gibraltar, casi me haría usted

creer que yo había soñado. Padre Claudio, ¿no le parece a usted muy

extraño lo que pregunta este caballero?

--Sí, señor; pero hay que permitir que el señor se entere bien de la

empresa que usted prepara, antes de comprometerse en ella.

Y el jesuíta, al decir esto, volvió a tocar con su rodilla al doctor.

--Perdone usted, señor conde, que yo haga esas preguntas que a usted

parecen tan extrañas. Ahora, en vista de sus explicaciones, comprendo

que son impertinentes y las retiro. Después de esto, lo que yo desearía

es que usted tuviese a bien explicarnos todo el plan, hasta en sus

menores detalles.

Peláez intervino:

--¡Oh! El plan es magnífico. Honra al señor conde y demuestra que es un

militar de primer orden.

El sabio lanzó al médico aristocrático una furibunda mirada, como

indicándole que él, como sus dos compañeros, estaban allí para oír y

callar, dejándole al más antiguo la tarea de interrogar al enfermo.

El conde no se hizo rogar. Estaba tan entusiasmado con su plan, que

gozaba en relatarlo; así es que inmediatamente comenzó a contar lo que

ya conocemos, o sea el medio que pensaba emplear para apoderarse por

sorpresa del Peñón.

El doctor volvía a tener fija su mirada en el conde, estudiando

atentamente su fisonomía y apreciando aquella exaltación que brillaba en

sus ojos y la fiebre nerviosa que le dominaba al hablar de la futura

victoria.

El jesuíta comenzaba a tranquilizarse, pues el sabio, preocupado en

analizar a Baselga mientras hablaba, no se cuidaba de ocultar sus

impresiones, y algunas veces, instintivamente, rozaba con su pierna la

del padre Claudio, como indicando la certidumbre que ya abrigaba sobre

la locura del conde.

Este no ocultó ninguno de sus preparativos. Habló de los hombres que

tenía a sus órdenes, y de los cajones de armas que había almacenado,

todo por indicación del capitán O'Conell, y con acento de indignación

relató su viaje a Gibraltar y la grosería de la Policía inglesa, que le

obligó a salir de la plaza a viva fuerza.

El doctor, oyendo hablar a Baselga con tanta naturalidad de su

conferencia con O'Conell y sus bélicos preparativos, sentía tanto

asombro como interés, y se decía en su interior que era uno de los casos

de locura más raros y dignos de estudio.

El conde terminó su relación.

--Y en este estado, señores--dijo--, se encuentran las cosas Yo estoy

dispuesto a no demorar el golpe. Espero una carta del capitán O'Conell,

anunciándome que todo está preparado; pero la impaciencia me consume, y

si tarda mucho en escribirme ese irlandés, es más que probable que,

poniéndome al frente de mi gente, salga para Gibraltar, dispuesto a dar

el golpe por mi propia cuenta. Yo conozco bien aquello, y, además, no

soy hombre para estarme esperando pacientemente cuando ya lo tengo todo

preparado.

--¿Y no retrocederá usted ante el silencio que guardan los auxiliares de

dentro de la plaza?

--No, caballero. Tengo el valor suficiente para ultimar las empresas que

he iniciado, aunque en ello pierda la vida. Sólo aguardaré una semana,

ya se lo he manifestado así varias veces al padre Claudio. Si durante

ese tiempo no escribe O'Conell, iré con mi gente a situarme en las

inmediaciones de Gibraltar.

El doctor Zarzoso miró a todos los que le rodeaban; pero esta vez no fué

con enojo, sino con marcada expresión de alarma. Decididamente, el conde

estaba loco de remate, y su demencia era de temer, pues podía producir

tremendos conflictos.

Para Baselga no pasó desapercibida aquella mirada.

--Se asustan ustedes de mi decisión, ¿no es así? Yo reconozco que es

algo aventurada; pero, señores, en las grandes empresas hay que jugar

el todo por el todo, y ser audaz hasta la locura. Por si lo dudan

ustedes, ahí tienen al gran Napoleón, que muchas veces se metía

voluntariamente en trances que sabía eran peligrosos, y, sin embargo,

salía siempre victorioso.

El doctor se animó, como hombre a quien hablan de su tema favorito.

--¡Oh! Es mucha verdad--exclamó--; usted, señor conde, tiene mucho de

Napoleón, y hace un momento tenía el honor de decírselo a estos señores.

Y al mismo tiempo que decía estas palabras, con cierta malicia miraba a

sus compañeros, como diciéndoles: "No hay remedio, está loco".

--Sí, señores--continuó el conde, hablando con creciente exaltación--.

Cuando se siente apego a la vida hay que permanecer tranquilo en casa;

pero cuando se piensa vengar a la patria, cuando se desea volver por su

dignidad ultrajada, hay que ser valiente hasta el heroísmo, despreciar

la existencia, y si la suerte es adversa, morir, con la sublime

serenidad de los mártires de una gran idea.

La araña negra, t. 4/9 · 第 8 / 14 段