estaban separadas por la antecámara, padecía mediar un abismo.
El odio de la falsa hija y la indiferencia del padre, que sabía bien a
qué atenerse acerca de la sangre que circulaba por las venas de la
baronesa, impedían toda relación entre los dos, y de aquí que sólo se
viesen en el comedor, donde cambiaban algunas frías palabras.
Esta falta de comunicación en que ambos vivían creaba en aquella casa
dos mundos distintos que seguían sus rumbos, sin rozarse ni
aparentemente el uno con el otro.
Baselga no ponía nunca los pies en las habitaciones de su hija mayor ni
se preocupaba de las visitas que ésta recibía y de sus rústicas
tertulias.
En cuanto a la baronesa, ésta no se preocupaba aparentemente de la vida
que hacía su padre, ni hacía preguntas a sus enviados; pero era porque
su chismosa doncella, mediante generosas recompensas, se encargaba de
averiguar lo que el conde hacía desde la mañana hasta la noche, y qué
gentes entraban a visitarle en su despacho.
A esta separación era debido que Baselga no se enterase de lo que contra
él se tramaba en el salón de su hija, ni se apercibiera de las personas
a quienes ésta recibía.
De este modo, nada supo de la reunión que se verificaba en dicha pieza a
las once de la mañana, o sea a la hora en que él, con los codos apoyados
en su mesa de trabajo y la cabeza entre las manos, reflexionaba sobre su
célebre plan, que nunca se cansaba de acariciar.
Media hora antes había estado con él su íntimo amigo, el padre Claudio,
para anunciarle de allí a poco rato la visita de tres individuos del
Comité patriótico que dirigía Peláez, las cuales se mostraban ansiosos
de conocer al gran hombre encargado de dar el golpe sobre Gibraltar.
El jesuíta había salido poco después, anunciando que iba a visitar a la
baronesa en sus habitaciones, y, efectivamente, allí estaba hablando con
ella, en un rincón, explicándola con cierta vehemencia el modo como
debía recibir al doctor Zarzoso.
De pie, junto a una ventana, estaba Peláez mirando atentamente a la
calle, y sentados en grandes sillones, con la expresión de hombres que
se encuentran en un sitio que no les inspira confianza, figuraban los
dos médicos que el doctor de la aristocracia había buscado para que
sirviesen como de coro a la consulta médica que se preparaba.
Eran dos facultativos insignificantes, dos médicos vulgares, a quienes
protegía Peláez, dándoles las migajas de su clientela, y de los que
disponía a su antojo como verdaderos autómatas.
A pesar de su título académico, consideraban a Peláez como un oráculo;
su falta de ciencia les hacía creer, como a toda la alta sociedad, que
el aristocrático médico era un portento de sabiduría, y bastaba que éste
abriese la boca para que los dos acólitos comenzasen a mover la cabeza
para apoyar con signos de aprobación todas sus palabras.
Paró en la calle un carruaje, y Peláez se retiró de la ventana, diciendo
con precipitación:
--Ya está ahí. Su berlina ha parado en la puerta.
El rato que transcurrió hasta la presentación del famoso catedrático, lo
empleó la gente que estaba en el salón en colocarse convenientemente.
Los dos médicos limitáronse a incorporarse un poco en sus sillones; pero
la baronesa y el jesuíta levantáronse de sus asientos para colocarse en
el sofá, donde doña Fernanda, estrujando nerviosamente su pañuelo y
ladeando dolorosamente su cabeza, tomó una actitud trágica.
El padre Claudio estaba a su lado como esforzándose en inspirarla valor,
y Peláez colocóse modestamente en un ángulo del salón con toda la
actitud de un hombre eminente, que, en obsequio a un sabio que le
sobrepuja, quiere hacerse pequeño e insignificante.
Un criado anunció al doctor Zarzoso, y éste entró inmediatamente en el
salón.
Era un hombre de cincuenta años, de estatura regular, que disminuía una
excesiva obesidad; de rostro cetrino, cano bigote cortado a cepillo,
cráneo algo despoblado y reluciente, y frente anchurosa, cruzada por una
arruga vertical que nacía entre las dos cejas y que se marcaba de un
modo alarmante apenas estallaba en él el mal humor.
Todo en él denotaba a un hombre testarudo e inflexible, capaz de reñir a
puñetazo limpio con la ciencia, si ésta, después de hacerle entrever
alguno de sus misterios, se empeñaba en ocultárselo.
Llevaba un gabán azul abrochado hasta el cuello y muy estrecho, por lo
que marcaba demasiado su prominente abdomen, y sus ojuelos brillaban
tras los cristales de sus gafas de oro, con la expresión de un hombre
desconfiado y tosco, que en su franqueza llega, sin notarlo, hasta la
grosería.
Era el verdadero tipo de sabio que aparece en comedias y novelas, y que
ha llegado a hacerse popular. Su despreocupación era ya legendaria en la
escuela de Medicina; sus frecuentes distracciones, muchas veces de
carácter cómico, daban mucho que reir a alumnos y practicante, y
resultaba típico en él su odio a esas ridículas conveniencias sociales
creadas por la aristocracia.
Aborrecía el "confort", se burlaba de modas y recordaba con fruición la
feliz edad en que no había encontrado aún un inteligente protector que
le dedicase a la ciencia costeándole la carrera, y era él todavía un
aprendiz de carpintero, travieso como un diablo, que con el saquillo al
hombro iba al taller peleándose de paso con todos los chiquillos de la
calle. Empeñado en recordar su primera edad, el doctor Zarzoso, el
profesor insigne a cuyas conferencias sobre enfermedades mentales acudía
todo el mundo científico y literario de Madrid, y de cuya sabiduría se
hacían lenguas todas las revistas profesionales de Europa, hacía la vida
de un obrero: comía tan "vulgarmente" como un albañil, y con una tiranía
que resultaba chusca, dirigía las más atroces censuras a aquellos de sus
jóvenes discípulos que, deseosos de deslumbrar a elegantes hermosuras,
vestían con arreglo a la última moda.
Sus opiniones políticas y religiosas eran el perpetuo motivo de
entusiasmo de sus alumnos, y la conversación obligada en los salones de
esa clase social que, inspirada por el fanatismo, arrastraba a su casa
un pedazo de Iglesia.
Aquel hijo del pueblo, elevado a las sublimes alturas de la ciencia por
sus propios esfuerzos y por la característica terquedad que le hacía
pasar por encima de toda clase de obstáculos, inspiraba un terror casi
supersticioso a las buenas gentes devotas.
Sus explicaciones materialistas, aquel ateísmo de que hacía gala con
cierta afectación, sin duda porque le divertían los aspavientos de los
fanáticos escandalizados, formaban alrededor de su nombre una terrible
leyenda.
A pesar del horror que sentía hacia su persona la gente devota y esa
inmensa masa indiferente que no cree en nada, pero que se muestra
profundamente religiosa mientras esto le produce algún resultado
material, nadie ponía en duda sus conocimientos científicos, y era
general la opinión de que nadie como él podía dedicarse con gran éxito a
la curación de las enfermedades.
Era un hombre terrible, un réprobo, un monstruo, un insensato que no
creía en Dios ni en los reyes, que se mostraba partidario de la
República y hablaba pestes contra el Papa, pero a pesar de esto, no
había familia aristocrática ni príncipe de la Iglesia que vacilase en
llamarle apenas tenía necesidad de sus servicios.
En sus relaciones con los clientes, tenía el doctor Zarzoso grandes
extravagancias, según afirmaban sus compañeros de Facultad.
Una vez se hizo pagar dos mil duros por haber curado a un opulento
canónigo de una enfermedad mental casi insignificante. Esto nada tenía
de particular, según sus compañeros; pero lo que en su concepto
resultaba absurdo es que al mismo tiempo dedicase gran parte de su
tiempo e hiciese nuevos estudios para la curación de un cerrajero, al
que apenas conocía, y a quien el doctor tuvo que conducir por fin a un
manicomio, entregando antes a su mujer los dos mil duros del canónigo
para que se dedicara a una pequeña industria y mantuviera a sus cuatro
hijos.
El doctor Zarzoso se indignó de un modo terrible un día que se
atrevieron a preguntarle por qué procedió de aquel modo.
--Déjenme ustedes en paz--gritó dirigiéndose a los otros catedráticos--.
Si yo tuviese el poder que se le supone a ese tal Dios a quien nadie ha
visto, irían las cosas de otra manera, pues sería un terrible nivelador.
Entretanto, procuro quitar lo que puedo a los favorecidos por el reparto
social para dárselo a los despojados que mueren de miseria.
Eran horribles las teorías de aquel sabio endemoniado. Con ellas, ¿a
dónde iría a parar el mundo?
Las gentes indiferentes sólo reconocían en el doctor un gran defecto, y
éste tan arraigado, que difícilmente podría nunca despojarse de él.
Era tan apasionado por sus ideas políticas y religiosas, y tan rudamente
se encastillaba en ellas, que miraba con odio a todos los que no
pensasen del mismo modo que él, y si buscaban los auxilios de su
ciencia, los trataba con tantos escrúpulos como un brahmán que se viera
obligado a poner sus manos sobre un paria de la India.
Toda la inmensa paciencia y los cuidados maternales que dedicaba a
cuantos enfermos no le inspiraban ninguna preocupación, lo trocaba en
mal humor y aspereza cuando tenía que curar a algún ser que en su época
de sana razón se había distinguido como ardiente defensor de rancias y
tradicionales ideas.
En él estaba arraigada la creencia de que todo fanático es un loco; pero
no quería comprenderse en esta regla general, porque nunca llegó a
pensar que él fuese otro fanático, aunque de las ideas más opuestas.
Al entrar el doctor en el salón de la baronesa, todos los hombres se
levantaron, haciéndole un respetuoso saludo.
El señor Zarzoso, al ver a doña Fernanda, que suponía sería la señora
que le había llamado, avanzó hacia donde ella estaba, dirigiendo al
mismo tiempo una escudriñadora mirada a las otras personas que ocupaban
el salón.
Tanto el padre Claudio como los dos médicos le eran desconocidos
personalmente; pero al mirar al doctor Peláez hizo un gesto de
desagrado, como si se encontrara en presencia de una persona molesta y
antipática.
El sabio, cuya rudeza casi era legendaria, odiaba con todo su
apasionamiento característico a aquel médico aristocrático, bufón
científico, que cifraba todo su renombre en hacer reir a los enfermos de
alta categoría.
El tal Peláez venía a ser la continua preocupación del doctor Zarzoso.
Por esto le agobiaba con burlas crueles y sarcasmos terribles; pero el
aristocrático doctor, ducho en el arte de doblar reverentemente el
espinazo, contestaba siempre con lisonjas y adulaciones, lo que
aumentaba todavía más el mal humor en el rudo sabio, puesto que odiaba
aún más los procedimientos rastreros que el charlatanismo científico.
Peláez no ignoraba la poca simpatía que le tenía el célebre profesor, y
de aquí que, a pesar de toda su serenidad, se inmutase un poco al verse
en su presencia.
--Querido maestro--dijo, inclinándose servilmente y con acento propio
del que experimenta una gran satisfacción--. ¡Cuán inmensa es mi alegría
al tener la honra de...!
El médico de la alta sociedad no pudo continuar. El doctor Zarzoso le
había mirado despreciativamente con sus ojillos grises, que en ciertos
momentos parecían reir chuscamente bajo sus tapaderas de cristal y fué a
estrechar la mano que le tendía la baronesa, siempre en actitud trágica
y como próxima a desmayarse.
--Señora, he acudido a su llamamiento tan pronto como me ha sido
posible. Ahora espero que me diga usted lo que ocurre y deseo que mis
servicios puedan ser de gran utilidad.
--Doctor, se trata de una consulta. Mi padre, el conde de Baselga, está
gravemente enfermo, y como la fama de usted como especialista en
dolencias mentales es universal, me he tomado la libertad de llamarle,
deseando que tenga a bien celebrar una consulta con estos señores.
--¿Con quiénes?--dijo con extrañeza el doctor Zarzoso, que estaba
mirando fijamente al padre Claudio con la insolencia propia de un
clerófobo rudo y empedernido.
No podía explicarse la presencia de un cura en aquella reunión que iba a
convertirse en consulta científica, y por esto siguió diciendo con
cierta ironía al mismo tiempo que señalaba al jesuíta:
--¿Acaso el señor es también de la Facultad?
--No, señor doctor. El señor, es el padre Claudio, de la Compañía de
Jesús, un amigo de mi niñez, un protector de mi infancia, a quien
considero como mi segundo padre. Como íntimo amigo de mi familia, ha
tratado a mi padre con intimidad y puede suministrar a la consulta datos
de alguna importancia.
El jesuíta se inclinó modestamente como ratificando las palabras de la
baronesa, y el sabio doctor aún miró con más fijeza al sacerdote.
Había oído hablar mucho de aquel jesuíta que visitaba a la Reina con
asiduidad; tenía gran prestigio en los centros oficiales e influía
algunas veces en la vida de los Gobiernos, cuando éstos no tenían al
frente algún general testarudo.
Siempre había sentido deseos de conocer qué "clase de pajarraco" era
aquel jesuíta que tan poderoso se mostraba, y ahora que podía examinarlo
a su sabor, esforzábase en adivinar en aquel exterior que afectaba
humildad algún gesto, algún detalle que revelase el genio de intriga que
poseía en tan alto grado.
Pronto le sacó de su contemplación escudriñadora la voz de la baronesa.
--En cuanto a estos otros señores, ilustre doctor, son colegas de usted,
con los que podrá verificar la consulta. Permítame usted que los
presente. El doctor don Pedro Peláez.
El aludido se inclinó con afectación, y después dijo con énfasis:
--Tenía ya el honor de que el sabio catedrático me conociese, pues ya he
logrado varias ocasiones en que he podido manifestarle que tiene en mí
uno de sus mayores admiradores.
Peláez se quedó muy satisfecho de sus palabras; pero el sabio las acogió
con gruñidos poco tranquilizadores y dijo después con sorna:
--Efectivamente, conozco al señor... ¿Y quién no conoce a esta lumbrera
de la ciencia elegante, a este portento capaz de hacer reir a un
moribundo con sus habilidades? Es todo un sabio que irá muy lejos;
lástima que la muerte se empeñe en impedir siempre sus triunfos
científicos.
Y el doctor Peláez se reía al lanzar su colega aquellas burlas crueles y
ver cómo hacía esfuerzos por conservar su serenidad.
--¡Oh! Mi ilustre maestro--murmuró como si estuviese muy agradecido--,
siempre me distingue con su alegre benevolencia. Permítame ahora que le
presente a mis compañeros.
Y Peláez hizo la presentación de sus dos compañeros, aquellos médicos
vulgares que con su expresión de zozobra al verse frente a aquella
eminencia daban mucho que reir al doctor Zarzoso.
--He aquí--murmuró éste--dos excelentes acólitos que dirán "amén" a
todo.
Después de la presentación era necesario entrar en materia, y la
baronesa fué quien abordó la cuestión.
--Señor doctor--dijo con acento quejumbroso--. En esta casa, después de
mi padre, soy yo quien, por mi edad, debo encargarme de la dirección de
ella, y por esto, hoy, que con profundo dolor veo en peligro la razón
del conde, me he apresurado a impetrar los auxilios de la ciencia para
impedir mayores males. Mi padre está loco o, al menos, esta es la
opinión de todos estos señores. A mí, como hija cariñosa, me repugna
creer en tal desgracia, y para convencerme o animarme en mis esperanzas,
sólo espero lo que diga el sabio que goza de tan justo renombre en esta
clase de enfermedades.
El doctor Zarzoso inclinó la cabeza, agradeció la lisonja, sin dejar de
mirar aquella mujer madura y fea que se expresaba con acentos tan
dramáticos y que parecía ser lista en demasía.
--Yo, señor doctor--continuo doña Fernanda--, sólo le pido, ¡por Dios y
por todos los santos!, que piense bien antes de dar su dictamen, que de
sus palabras pende la tranquilidad de mi pobre hermana, joven inocente
que no sabe nada de la dolencia de su padre, y la mía propia; pero
también le pido que no nos oculte la verdad, pues de seguir mi padre
como hasta hoy, libre por completo, teniendo la razón perturbada,
podrían originarse terribles sucesos y de sus consecuencias todos me
culparían a mí por no haberlos evitado a tiempo.
Peláez, los dos médicos y el jesuíta hicieron signos de aprobación, y el
doctor Zarzoso creyó del caso hablar:
--Efectivamente, señora; en estos asuntos hay que decir siempre la
verdad, y si yo valgo algo es porque jamás la he ocultado, aun a riesgo
de destrozar los sentimientos más naturales de las familias. No tema
usted que yo la oculte lo que piense. Mi rudeza es bien conocida de
todos cuantos me tratan, y si su padre está loco o si está cuerdo, con
la misma claridad se lo manifestaré. Vamos, pues, al asunto. ¿Hay algún
inconveniente en que veamos al enfermo?
--No, señor doctor. Mi padre está en su despacho y pueden ustedes entrar
a verlo cuando quieran.
--Eso se hará después. Ahora oigamos al médico de la casa. ¿Es el
señor...?
--Peláez, para servirle, querido maestro--dijo el aludido fingiendo no
comprender la malignidad de aquel olvido.
--¡Oh! Sí; dispense usted. Conoce uno a tantos... Pero esto no impide
que sea un pecado imperdonable olvidar un nombre tan conocido como el de
usted lo es en la clase más selecta de la sociedad.
Peláez se mordía los labios al sentir aquellas incesantes punzadas que
le dirigía el irónico maestro, y todos los presentes, a pesar de la
gravedad de la situación, comenzaban a regocijarse algo en su interior,
al ver el apuro del médico aristócrata, tan chusco y atrevido en sus
conversaciones como tímido y rastrero con el célebre profesor.
--Vamos adelante--dijo éste, que se gozaba en el martirio de su
víctima--. A ver la historia de la enfermedad.
Peláez recitó hábilmente la lección aprendida. Todo cuanto en el día
anterior le había dicho el padre Claudio en su despacho, lo fué
repitiendo con una expresión tal, que en sus palabras no se notaba
preparación ajena y parecía el resultado de largas meditaciones
científicas.
El aristocrático médico se explicó con claridad y probó la locura del
conde, después de afirmar que sólo se decidía a hacer tal declaración
tras meditar largamente sobre el asunto.
La historia de la enfermedad fué breve, pero precisa. Primeramente, el
paciente, poseído de una manía heroica que le hacía ansiar la gloria,
habíase decidido a realizar un plan tan absurdo como la conquista de
Gibraltar, por un golpe de mano hijo de su iniciativa, y sin confiar en
ningún auxilio extraño. Después, dominado por esta manía, había caído en
otra más peligrosa, cual era considerar a todos sus amigos comprometidos
voluntariamente en tan loca empresa. La visita de un médico extranjero
le había hecho concebir la absurda esperanza de que dentro de la plaza
inglesa había gente que secundaría sus planes, y desde este momento su
locura se extremó, llegando a hacer preparativos materiales, tales como
la compra de armas y reclutamiento de hombres; medidas que podían
perturbar el orden, que tenían en perpetua alarma a las familias, y que
hacían necesaria una resolución pronta y enérgica en la persona de aquel
desgraciado, que constituía un continuo peligro.
El doctor Zarzoso escuchaba silenciosamente la larga y detallada
relación de Peláez, y comenzaba a interesarse por el conde de Baselga,
diciéndose interiormente que aquel enfermo era un caso raro y digno de
estudio.
Al terminar, su compañero le interrogó con una mirada que tenía la misma
expresión del cortesano que aguarda anhelosamente una expresión de su
señor para celebrarla, y el doctor Zarzoso, que, cuando entraba en el
ejercicio de su profesión adquiría la gravedad sagrada de un augur, dijo
con expresión pensativa:
--Rara es, señores, la locura del conde. En estos tiempos son más
frecuentes que nunca los desarreglos mentales por el exceso de vicios y
la imbecilidad producida por la degeneración progresiva de las familias;
pero una manía heroica como esa que acaban de explicar, resulta cada vez
más rara. Lo que más me pasma es que unida a la locura vaya tal dosis de
actividad y de raciocinio, como suponen esos preparativos bélicos que,
según dice el señor Peláez y afirman ustedes, ha verificado el enfermo,
pero..., bien considerado, de nada de esto debemos pasmarnos. El genio
no es más que el hermano mayor de la locura. Si se hubiera aumentado un
poco la exaltación de carácter del gran Napoleón; si en su cerebro se
hubiese extremado aquel afán a lo grandioso hasta el absurdo, a lo
inesperado hasta lo fantástico, es seguro que el conde de Baselga
hubiese tenido un digno compañero.
El padre Claudio sonrió con cierto agrado, y los tres médicos creyeron
del caso acoger con sendas inclinaciones de cabeza las palabras del
ilustre profesor.
--Pero no divaguemos, señores--continuó el sabio doctor--. No perdamos
tiempo y determinemos bien la historia de la enfermedad antes de ver al
paciente. Ante todo, según las anteriores explicaciones, resulta que el
enfermo manifestó claramente su locura después de la visita de ese
doctor irlandés, pues al día siguiente se lo representaba en su
imaginación como un capitán inglés dispuesto a ayudarlo en la conquista
de Gibraltar. ¿No es esto?
--Así es, ilustre maestro.
--¿Y quién trajo a esta casa a ese médico extranjero?
--Fuí yo, señor Zarzoso.
Y el padre Claudio, al decir esto, sonreía humildemente.
--¡Ah! ¿Fué usted...?
El sabio miraba fijamente al jesuíta y en sus ojos leía una marcada
expresión de duda. Parecía que le inspiraba fuertes sospechas la
circunstancia de ser el jesuíta quien arregló aquella visita tras la
cual tan marcadamente se mostró la locura del conde.
--Sí, yo fuí; señor doctor--continuó el jesuíta ansioso por deshacer la
mala impresión que adivinaba en el ánimo del profesor--. Como ha dicho
antes la señora baronesa, me inspiran mucho interés su familia y todos
los asuntos de esta casa, y por ello me tomé la libertad de traer aquí a
mi amigo, el doctor O'Conell, para que examinase al conde, cuyo estado
me inspiraba ya entonces mucha inquietud.
--¿Y quién es ese doctor O'Conell? Aquí, en Madrid, resulta desconocido.
Yo conozco a todos los médicos de Europa y América que gozan de algún
renombre, y de ese señor nunca he oído hablar.
--A pesar de eso, señor doctor--contestó el jesuíta sin perder su
serenidad, en vista de la desconfianza que mostraba su interlocutor--,
mi amigo O'Conell tiene mucha fama en su patria y obtuvo grandes éxitos
hace pocos años con sus explicaciones en la escuela de Medicina de
Dublín. En la actualidad se dedica a estudios de observación, para lo
cual hace continuamente grandes viajes. En Madrid sólo estuvo un día y
salió inmediatamente para Cádiz, donde se embarcó para ir a no recuerdo
qué punto de la América del Sur.
El jesuíta, al hablar así, reíase interiormente del doctor Zarzoso, y de
aquella mirada desconfiada e inquisitorial que fijaba en él con el
propósito de sorprender la menor vacilación y apreciar la cantidad de
verdad que había en sus palabras.
--Mira cuanto quieras--se decía el jesuíta interiormente--. Serías tú el
primer hombre que leerías en mi pensamiento cuando yo estoy mintiendo.
No es fácil que hombres como tú me sorprendan ni me atolondren.
Efectivamente, el doctor estaba desconcertado por aquel tono de natural
veracidad con que hablaba el jesuíta, y comenzaban a extinguirse las
sospechas que momentos antes había concebido.
--¿Y cuál fué la opinión de ese doctor sobre el estado del
conde?--preguntó el sabio, que a pesar de todo seguía sospechando.
--Dijo rotundamente que estaba loco.
--¿No dijo nada en su conversación que tendiera a producir en el cerebro
del conde la idea de que el tal doctor era un capitán del Ejército
inglés?
--Nada absolutamente.
--¿No habló de Gibraltar?
--Poca cosa. La conversación versó principalmente sobre viajes, y el
conde se mostró en ella muy razonable y comedido. Unicamente le mostró a
O'Conell los planos de la posesión inglesa que tiene en su despacho, y
dijo que se estaba ocupando en una gran obra. El doctor procuró hacerle
hablar de tal asunto para apreciar mejor su exaltación; pero el conde se
mostraba entonces muy reservado.
--¿Y cómo se explica usted que al día siguiente al hablarle, se refiera
tranquilamente a un capitán inglés habiéndole usted presentado un
médico?