No creía ya que en aquello pudiera tomar parte el padre Claudio, y se

propuso revelarle lo que ocurría aunque el jesuíta le reprochara su

curiosidad.

Envió al portero a la casa residencia de los jesuítas, con una esquela

en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su

director espiritual, el padre Felipe, le comunicó cuanto ocurría en

aquella misma tarde, pues no podía contener más tiempo la extrañeza

producida por tan inesperados sucesos.

Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual

aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entró la

doncella, a quien doña Fernanda había encargado que espiara todos los

actos del conde.

--¡Señora, señora!--dijo apresuradamente la joven--. El señor ha bajado

hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.

--¡Bien! ¿Y qué?--contestó la baronesa, no comprendiendo que tal noticia

pudiera causar tanto azoramiento.

--Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a

fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depósito del forraje.

--¿Y qué contienen los cajones?

--Agustín el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los

mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.

--Será una broma--dijo la baronesa palideciendo.

--No, señora. Yo he oído el ruido de los cajones al descargarlos, y

aseguro a la señora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son

armas.

La baronesa y su amigo se miraron asombrados, haciéndose mudamente la

misma pregunta. ¿Para qué serían aquellas armas?

--¿Y dónde está el señor?--preguntó doña Fernanda.

--Vigilando y dirigiendo la colocación de los cajones. Uno de éstos,

dice Agustín que lo han descargado con precaución, pues contiene

cartuchos que pueden dispararse con facilidad.

A la baronesa le pareció que ya se bamboleaba la casa, movida por una

explosión, y con acento algo angustiado, dijo a la doncella:

--Vuelve a ver lo que hace el señor, y Dios quiera que no nos suceda una

desgracia.

Doña Fernanda y su director espiritual se entregaron a los más

aventurados comentarios, creyendo, cuando menos, que el conde trataba de

verificar un alzamiento carlista en el mismo Madrid.

Era preciso poner aquello en conocimiento del padre Claudio, y su

subordinado, el robusto y potente confesor, se comprometía a

manifestarle la urgencia con que la baronesa solicitaba su presencia.

A la mañana siguiente, el padre Claudio, antes de la hora en que

acostumbraba a ir a Palacio, entró en el salón de doña Fernanda.

Esta, que le aguardaba hacía ya mucho tiempo y que, como de costumbre,

se había vestido y acicalado con elegancia para recibir dignamente al

poderoso jesuíta, se abalanzó a él, exclamando con doloroso acento:

--¡Oh, padre mío! ¿Qué va a suceder aquí? ¡Con qué impaciencia le

aguardaba! Creo que ya sabrá usted lo que ha hecho mi padre.

--Sí, hija mía. Este suceso lo aguardaba yo hace algún tiempo; pero

siéntate y hablemos con calma, pues el asunto lo merece.

Sentáronse los dos en un sofá, y el jesuíta dijo, adoptando un aire

paternal:

--Vamos, hija mía. Cuéntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha

dicho algo, pero deseo que seas tú quien me diga lo ocurrido, con todos

los detalles.

La baronesa hizo la relación de todo lo sucedido. La llegada de los

navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que

sabían todo lo que ocurría, y el no menor que experimentaba ella, pues

comprendía que de todo aquello nada bueno podía salir.

--Y tú--dijo el jesuíta--, ¿qué intenciones le supones a tu padre? ¿Por

qué crees que hace todas esas cosas que resultan extrañas?

--Yo, padre mío, la verdad, no sé cuál pueden ser sus ideas. Ahora,

afortunadamente, estamos en una época tranquila, el partido carlista no

piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi

padre, casi llego a sospechar si estará loco.

El padre Claudio sonrió, como halagado por estas últimas palabras, y

dijo a su admiradora:

--¿Recuerdas que un día vine aquí con un sabio irlandés, el doctor

O'Conell? Tú estabas en una Junta de Cofradía, y encargué al ayuda de

cámara de tu padre que te participase la visita. ¿Lo recuerdas?

--¡Oh, sí, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que

estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El

doctor O'Conell, según usted me dijo después, es un sabio de gran

reputación, y, además, un buen católico y amigo de la Orden. Ya ve usted

que me acuerdo.

--Pues bien; aquella visita, que parecía insignificante, tenía gran

importancia. Yo traje aquí a O'Conell con toda intención.

--También ha traído usted al famoso doctor Peláez, con el que ha

simpatizado mucho mi padre.

--También ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a

ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.

--¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que usted cree, padre Claudio? ¡Oh,

dígamelo, por Dios!

La baronesa demostraba gran excitación. Pero ésta era producida más por

la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un

riesgo que amenaza a su padre.

--¡Calma, hija mía, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en

estas circunstancias es más necesaria que nunca. Comprendo que mis

palabras te impresionarán desagradablemente, pero debes tener valor.

Y luego añadió, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera

ser oído:

--Tu padre está loco.

Y doña Fernanda, por toda contestación, murmuró:

--Me lo temía.

Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexión, la

baronesa preguntó a su ídolo:

--Pero dígame vuestra paternidad: ¿qué ha sucedido? ¿Cómo ha venido

usted a convencerse de la locura de mi padre?

--¡Oh! Es muy largo de contar. Procuraré decírtelo brevemente. Tu padre

ha caído en la extraña monomanía de querer arrebatar Gibraltar a los

ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La

idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos

compañeros de armas, le ha hecho incurrir en tal manía, y él que, como

sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con

tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las

fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco

tiempo aquel viaje que emprendió, y del que tan malhumorado vino, no fué

a sus posesiones de Castilla la Vieja...

La baronesa, que oía la relación con extrañeza y curiosidad, no se pudo

contener.

--Pues, ¿adonde fué?--exclamó.

--A Gibraltar, de donde le arrojó la policía inglesa, sin duda porque

con sus imprudencias excitó sus sospechas. El mismo me lo ha contado,

pues por una extraña casualidad le inspiro gran confianza. Su manía le

induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cómplices de

la conspiración y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carácter y

sé que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y

consiento que me trate como compañero de conspiración. Lo mismo le

ocurre a Joaquinito Quirós, que hace tiempo se apercibió de las manías

del conde. Al principio eran éstas inofensivas, y se limitaban a

risueñas esperanzas y planes, que no se habían de realizar; pero, poco

después, tomaron un carácter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo

asegurarte, hija mía, que si tú, en representación de toda la familia,

no tomas medidas enérgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta

casa, sino España entera, creando un conflicto internacional, en el que,

indudablemente, perderá la vida. Figúrate que ha comprado armas y ha

llamado esa gente que tú ya conoces, con el descabellado propósito de

apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible

con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las más tremendas

aventuras. Tan parecido está al loco hidalgo manchego, que toma ya por

gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en

capitán, metiéndolo imaginariamente en su conspiración.

--¿Cómo es eso?

--Se ha empeñado en que el sabio doctor O'Conell es un capitán irlandés

de guarnición en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su

aventurada empresa.

--Pero, ¿puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.

--¿Qué te extraña, hija mía? Si no pensase tan absurdamente no sería un

loco. Indudablemente, lo que sueña en su desordenada imaginación lo cree

una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un

militar comprometido en la patriótica conspiración.

--Pero en algo se fundará para hacer tales afirmaciones.

--En nada absolutamente, querida hija. El doctor O'Conell tuvo con él

una larga conferencia, de la que yo fuí testigo, y en ella no se trató

nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el

conde habló de Gibraltar con esa exaltación que siempre le acomete

cuando trata de ese plan tan funesto para su razón; pero el doctor,

ocupado en observarlo, apenas si le contestó, fijándose únicamente en

las muestras que daba de enajenación mental. Salimos mi amigo y yo de la

visita, sin que pudiera imaginar el efecto que ésta había de producirle,

y al día siguiente, al volver aquí, mi sorpresa no tuvo límites cuando

el conde me preguntó por el capitán O'Conell, y si éste tardaría mucho

en indicarle, por conducto mío, el momento oportuno para dar el golpe

sobre Gibraltar. Pero mi asombro se trocó en miedo cuando me habló de

traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Temblé, pensando

en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa,

para mí tan querida, y busqué inmediatamente al amigo Peláez,

encargándole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.

Doña Fernanda estudiaba fijamente a su poderoso amigo, como si intentase

adivinar en su frente pensamientos muy opuestos a su palabra.

La aristocrática devota se había rozado demasiado con gentes cuya

facultad predominante era la astucia, para no presentir que allí debía

haber algo extraño e importante, que el buen padre le ocultaba.

Sentíase inclinada a la desconfianza, pero, al mismo tiempo, era tan

pura la mirada del jesuíta, tenía su rostro tal expresión de inocencia,

que la devota se sentía arrepentida de sus sospechas.

El padre Claudio podía jactarse de ser dueño absoluto de su voluntad y

tener en la baronesa una sierva sumisa.

No; ella, a pesar de todos sus presentimientos, no quería recelar nada;

no se sentía capaz de pensar mal de su poderoso amigo, y estaba

dispuesta a creer a ojos cerrados cuanto el jesuíta le dijera.

Además, no le desagradaba aquello de que el conde fuese declarado loco,

y pensaba con fruición en que por tal procedimiento se realizarían sin

obstáculo alguno los planes que sobre el porvenir de Enriqueta se había

forjado ella y el jesuíta.

Pensando en tan halagüeña idea, se le escapó una sonrisa de

complacencia, y como llama de atalaya que hace una señal en la oscuridad

de la noche, en el fondo de la mirada del padre Claudio brilló una luz

fugaz y extraña. Aquel chispazo contestaba a la sonrisa. Se daban ya por

entendidos el maestro y la discípula.

Doña Fernanda se había decidido ya a creer en la locura de su padre.

Ella sabía lo que significaba tal locura sobreviniendo poco después de

negarse el conde a las demandas del jesuíta; pero sentía tranquila su

conciencia, más que todo por la naturalidad simple y terrible que

presentaba el asunto, y que hacía honor a la preparación jesuítica.

La cosa era sencilla y no daba lugar a dudas. Baselga ya no era el mismo

de un año antes. Se había fijado tenazmente en su cerebro un plan

imposible, y el que antes era un ser misantrópico y silencioso,

mostrábase ahora exaltado y locuaz. Esto no era suficiente para declarar

a un hombre loco; pero allí estaban, como acusaciones poderosas e

indestructibles, el empeño en convertir a un sabio doctor en capitán del

ejército inglés, la llamada de aquella turba de feroces navarros, la

compra de armas y, sobre todo, el testimonio del doctor Peláez, aquella

lumbrera científica del mundo elegante, que golpeándose el pecho con sus

rudas manazas, manifestábase dispuesto a jurar ante Dios, si era

preciso, que Baselga estaba más loco que muchos reclusos en los

manicomios.

Ella volvía a repetirse que no sentía intranquilidad en la conciencia.

Tenía la obligación, como buena católica, de creer a un santo varón tan

respetable como el padre Claudio, y desechaba, como inspiraciones del

demonio, las sospechas que la acometían. Ella no pecaba creyendo a su

padre loco, aunque la razón le aseguraba todo lo contrario. Se lo decía

el respetable jesuíta, y ella, con creerlo, quedaba libre de toda

responsabilidad. ¡Oh! ¡Cuán cómoda era aquella fe!

El padre Claudio adivinó, con su natural perspicacia, lo que pensaba

aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia

siguió adelante.

Habló a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los

peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pintó con

sombríos colores cuál iba a ser la suerte de éste, si permanecía libre,

como hasta el presente.

--Tú no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta

para su propia persona, un loco dominado por tan extraña manía como la

del conde. Hasta la paz de la nación peligra, si tu padre permanece,

como hasta el día, dueño por completo de sus acciones. Figúrate que

mañana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O'Conell es un capitán

que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de

sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesión

inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades

británicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarán,

indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te señalaría a ti como

responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su

locura, no habías evitado sus consecuencias.

--¡Jesús!--exclamó la baronesa con afectado horror, tapándose el rostro

con las manos.

--Vamos, hija mía; hay que tener presencia de ánimo y no entregarse al

dolor. Hoy aún estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que tú

tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolución que ponga en

seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.

--¡Oh, diga usted, reverendo padre! ¿Qué debo hacer?

--Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad,

para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados

suficientemente de sus nuevas costumbres y extrañas ideas, digan si está

loco o no.

--Estoy dispuesto a ello, y llamaré a los doctores que usted me indique.

--Basta con que llames a uno; los otros los convocará el doctor Peláez,

que puede apreciar mejor que nosotros el mérito de sus compañeros de

Facultad.

--¿A quién tengo que llamar yo?

--Al doctor Zarzoso, ese célebre catedrático de la Escuela de Medicina,

que tanto ruido mueve con sus conferencias públicas sobre enfermedades

mentales. ¿A quién mejor podemos confiar el diagnóstico de la enfermedad

de tu padre? ¡Oh! Estáte segura de que si don Antonio Zarzoso nos

declarase locos a nosotros dos, no habría nadie en el mundo que dudase

de sus palabras. Puedes escribirle hoy mismo, rogándole que te diga a

qué hora podrá venir mañana a examinar al conde. El tal doctor es un

hombre de perversas ideas políticas, un revolucionario recalcitrante,

que, aunque valiéndose de rodeos, aprovecha todas las ocasiones que se

le presentan para atacar nuestra santa fe; pero sabe mucho, es un

portento de ciencia, y en ocasiones como ésta, resulta necesario valerse

de sus superiores conocimientos.

--Le llamaré, reverendo padre. Un criado le llevará inmediatamente mi

carta, en que le rogaré venga mañana mismo.

--El doctor Peláez vendrá con los dos compañeros que elija, y la

consulta se llevará a cabo. Yo, en interés tuyo y de esta casa, me

resignaré a asistir a la consulta, pues tal vez el doctor Zarzoso quiera

interrogarme sobre las costumbres y el carácter del conde.

--¡Oh, gracias, padre mío! ¡Cómo agradecer tantas bondades!

Hablaron aún mucho rato el jesuíta y la baronesa sobre la locura del

conde, y cuando el primero hubo determinado bien hasta en sus últimos

detalles lo que su aristocrática subordinada debía decir en la consulta

del día siguiente, se despidió de ella, alegando sus muchas ocupaciones.

Al atravesar la antecámara el padre Claudio habló con el ayuda de cámara

del conde:

--¿Está el doctor Peláez con tu señor?

--Sí, reverendo padre. ¿Quiere usted que le dé algún recado?

--Ahora, no; sería interrumpir su conversación con el conde y

estorbarlos en importantes ocupaciones. Si tarda en marcharse, puedes

entrar de aquí a una hora, y decirle que le aguardo en mi casa.

El padre Claudio se fué.

Cuando una hora después el doctor Peláez entró en el despacho del

poderoso jesuíta, estaba éste completamente sólo y papeleando con la

misma suprema atención que cuando era joven. Aquel hombre se sentía en

su elemento y experimentaba un inmenso placer cuando hojeaba aquellos

legajos, inmenso registro de las vidas de muchos miles de seres, que

encerraba secretos importantes y era como un cementerio moral, donde

dormían los hombres más conocidos, mostrando el esqueleto descarnado de

su vida, el carácter secreto, sin convencionalismos sociales que

encubren los defectos, ni excusas engañosas que desfiguran los crímenes.

Revolviendo aquella necrópolis de papel emborronado, el padre Claudio se

agigantaba, apreciando en toda su magnitud su poderosa omnipotencia, y

al tomar en sus manos uno de los legajos, su peso le parecía el del

mundo entero, que podía estrujar a su placer.

El doctor Peláez entró en el despacho transfigurado. A sus elegantes

clientes les hubiese costado algún trabajo reconocer en aquel hombre

grave, cabizbajo y con aire de siervo rastrero que se humilla, su doctor

alegre, chismoso y bromista, que tanto alegraba a los enfermos.

El padre Claudio le miró de un modo muy distinto que cuando lo

encontraba en los salones de la alta sociedad.

Ahora ya no eran dos amigos, sino que el subordinado comparecía ante el

superior omnipotente y absoluto.

--Siéntese usted, doctor--dijo el padre Claudio--¿Cómo está el conde?

--Lo mismo que siempre. Esta tarde, como de costumbre, hemos hablado de

Gibraltar. Dice que sólo espera el aviso de O'Conell, y que todo lo

tiene preparado para ponerse en camino y dar el golpe.

--¿A qué altura se encuentra su demencia?

--Reverendo padre, el conde está tan loco como vuestra paternidad y como

yo. Es cierto que en él hay algún desarreglo de las facultades mentales,

que esa idea de conquista le obsesiona, hasta el punto de excitar

demasiado su imaginación; pero de esto a la locura hay mucha distancia.

El padre Claudio hizo un gesto terrible, y el médico tembló.

--Doctor Peláez, es usted un imbécil, que no sabe una palabra de

medicina. Yo le digo a usted que Baselga está loco.

Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Peláez,

que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuíta, dijo

rotundamente:

--Está loco, efectivamente.

--Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo más de medicina. El conde

de Baselga está loco, y en la consulta que usted, como médico de la

casa, tendrá mañana con el célebre alienista Zarzoso, es preciso que

sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente

todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el

conde es víctima de una enajenación mental. Resulta esto necesario para

que la familia pueda conducirlo a un manicomio.

--Difícil es eso, reverendo padre.

--Claro, es más fácil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar

a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aquí no lo hemos

encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufón

más, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no está

autorizado para decir si una cosa es fácil o difícil; usted lo que debe

hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.

--La cumpliré, reverendo padre. Sólo temo no saber hablar de un modo que

convenza a mis colegas.

--Yo estaré allí.

--De ese modo ya estoy más tranquilo.

--Ya puede usted apreciar el modo más adecuado de hacer la historia de

la locura de Baselga. He aquí la síntesis: primero, un hombre

ensimismado, malhumorado, misántropo; después, se le ve dedicarse con

ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia

de carácter rápidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que

siente retoñar en él los apetitos juveniles, y se lanza al mundo

elegante de que antes huía bailando como un muchacho y adoptando el

aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a

Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios

amigos de confianza. Yo, que soy uno de éstos, y a quien empiezan a

inspirarle cuidado las ideas estrambóticas del conde, aprovecho el

rápido paso por Madrid de un amigo mío, renombrado médico irlandés,

llamado O'Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es

tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el

médico le contesta cuatro generalidades, con el único fin de hacerle

hablar más y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que

ocurra ningún incidente y sin que O'Conell dé motivo alguno para que el

pobre loco crea que él es un capitán del ejército inglés que se propone

ayudarle en la conquista del Peñón. Al día siguiente, yo veo con el

mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo más lamentable,

y que tiene por militar al que sólo es doctor, y supone que dentro de la

posesión inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una

inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la

enfermedad del conde, y usted, por datos que tendrá recogidos, probará

claramente a sus colegas que Baselga está loco de remate, añadiendo que

tan tenaz es su manía patriótica y conquistadora, que también lo

considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes.

Además, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a él, en el momento

que visite al conde, también éste lo considerará como auxiliar para la

conquista.

--Pero..., reverendo padre. ¿Cómo vamos a conseguir esto último? ¿Y si

el conde recibe a mis colegas como simples médicos y no quiere hablar de

su famoso proyecto? ¿Cómo nos arreglaremos entonces para probar su

locura?

--No se ocupe usted de eso, señor Peláez. Es cuenta mía, y ya sabré yo

arreglar las cosas para que el éxito sea a nuestro gusto.

--Procuraré, reverendo padre, cumplir sus órdenes y proceder de modo que

la Orden no quede descontenta de mí.

--Hará usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de

sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted más

que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relación

exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que

no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho

que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el

ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante

todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la

opulencia, a nosotros nos lo debe, y que así como lo hemos elevado,

podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no

dejar descontenta a la Orden.

--Reverendo padre: soy de la Compañía en cuerpo y alma.

--Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.

--O el doctor Peláez no sirve para nada, o mañana el conde es declarado

loco.

--Así sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia católica

del yugo de una obstinación impía, y la Orden recibirá un refuerzo de

importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en

nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es

meritorio y digno de santa alabanza.

XXIII

Baselga convertido en mosca.

La baronesa de Carrillo vivía en el palacio de su padre con completa

independencia.

Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y sólo dos o

tres piezas, las más sombrías, por tener sus vistas al patio, eran las

reservadas al jefe de la familia, que vivía en completo aislamiento, y

únicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tenía que

acompañarla a una fiesta de sociedad.

La araña negra, t. 4/9 · 第 6 / 14 段