propuso revelarle lo que ocurría aunque el jesuíta le reprochara su
curiosidad.
Envió al portero a la casa residencia de los jesuítas, con una esquela
en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su
director espiritual, el padre Felipe, le comunicó cuanto ocurría en
aquella misma tarde, pues no podía contener más tiempo la extrañeza
producida por tan inesperados sucesos.
Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual
aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entró la
doncella, a quien doña Fernanda había encargado que espiara todos los
actos del conde.
--¡Señora, señora!--dijo apresuradamente la joven--. El señor ha bajado
hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.
--¡Bien! ¿Y qué?--contestó la baronesa, no comprendiendo que tal noticia
pudiera causar tanto azoramiento.
--Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a
fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depósito del forraje.
--¿Y qué contienen los cajones?
--Agustín el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los
mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.
--Será una broma--dijo la baronesa palideciendo.
--No, señora. Yo he oído el ruido de los cajones al descargarlos, y
aseguro a la señora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son
armas.
La baronesa y su amigo se miraron asombrados, haciéndose mudamente la
misma pregunta. ¿Para qué serían aquellas armas?
--¿Y dónde está el señor?--preguntó doña Fernanda.
--Vigilando y dirigiendo la colocación de los cajones. Uno de éstos,
dice Agustín que lo han descargado con precaución, pues contiene
cartuchos que pueden dispararse con facilidad.
A la baronesa le pareció que ya se bamboleaba la casa, movida por una
explosión, y con acento algo angustiado, dijo a la doncella:
--Vuelve a ver lo que hace el señor, y Dios quiera que no nos suceda una
desgracia.
Doña Fernanda y su director espiritual se entregaron a los más
aventurados comentarios, creyendo, cuando menos, que el conde trataba de
verificar un alzamiento carlista en el mismo Madrid.
Era preciso poner aquello en conocimiento del padre Claudio, y su
subordinado, el robusto y potente confesor, se comprometía a
manifestarle la urgencia con que la baronesa solicitaba su presencia.
A la mañana siguiente, el padre Claudio, antes de la hora en que
acostumbraba a ir a Palacio, entró en el salón de doña Fernanda.
Esta, que le aguardaba hacía ya mucho tiempo y que, como de costumbre,
se había vestido y acicalado con elegancia para recibir dignamente al
poderoso jesuíta, se abalanzó a él, exclamando con doloroso acento:
--¡Oh, padre mío! ¿Qué va a suceder aquí? ¡Con qué impaciencia le
aguardaba! Creo que ya sabrá usted lo que ha hecho mi padre.
--Sí, hija mía. Este suceso lo aguardaba yo hace algún tiempo; pero
siéntate y hablemos con calma, pues el asunto lo merece.
Sentáronse los dos en un sofá, y el jesuíta dijo, adoptando un aire
paternal:
--Vamos, hija mía. Cuéntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha
dicho algo, pero deseo que seas tú quien me diga lo ocurrido, con todos
los detalles.
La baronesa hizo la relación de todo lo sucedido. La llegada de los
navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que
sabían todo lo que ocurría, y el no menor que experimentaba ella, pues
comprendía que de todo aquello nada bueno podía salir.
--Y tú--dijo el jesuíta--, ¿qué intenciones le supones a tu padre? ¿Por
qué crees que hace todas esas cosas que resultan extrañas?
--Yo, padre mío, la verdad, no sé cuál pueden ser sus ideas. Ahora,
afortunadamente, estamos en una época tranquila, el partido carlista no
piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi
padre, casi llego a sospechar si estará loco.
El padre Claudio sonrió, como halagado por estas últimas palabras, y
dijo a su admiradora:
--¿Recuerdas que un día vine aquí con un sabio irlandés, el doctor
O'Conell? Tú estabas en una Junta de Cofradía, y encargué al ayuda de
cámara de tu padre que te participase la visita. ¿Lo recuerdas?
--¡Oh, sí, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que
estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El
doctor O'Conell, según usted me dijo después, es un sabio de gran
reputación, y, además, un buen católico y amigo de la Orden. Ya ve usted
que me acuerdo.
--Pues bien; aquella visita, que parecía insignificante, tenía gran
importancia. Yo traje aquí a O'Conell con toda intención.
--También ha traído usted al famoso doctor Peláez, con el que ha
simpatizado mucho mi padre.
--También ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a
ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.
--¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que usted cree, padre Claudio? ¡Oh,
dígamelo, por Dios!
La baronesa demostraba gran excitación. Pero ésta era producida más por
la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un
riesgo que amenaza a su padre.
--¡Calma, hija mía, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en
estas circunstancias es más necesaria que nunca. Comprendo que mis
palabras te impresionarán desagradablemente, pero debes tener valor.
Y luego añadió, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera
ser oído:
--Tu padre está loco.
Y doña Fernanda, por toda contestación, murmuró:
--Me lo temía.
Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexión, la
baronesa preguntó a su ídolo:
--Pero dígame vuestra paternidad: ¿qué ha sucedido? ¿Cómo ha venido
usted a convencerse de la locura de mi padre?
--¡Oh! Es muy largo de contar. Procuraré decírtelo brevemente. Tu padre
ha caído en la extraña monomanía de querer arrebatar Gibraltar a los
ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La
idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos
compañeros de armas, le ha hecho incurrir en tal manía, y él que, como
sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con
tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las
fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco
tiempo aquel viaje que emprendió, y del que tan malhumorado vino, no fué
a sus posesiones de Castilla la Vieja...
La baronesa, que oía la relación con extrañeza y curiosidad, no se pudo
contener.
--Pues, ¿adonde fué?--exclamó.
--A Gibraltar, de donde le arrojó la policía inglesa, sin duda porque
con sus imprudencias excitó sus sospechas. El mismo me lo ha contado,
pues por una extraña casualidad le inspiro gran confianza. Su manía le
induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cómplices de
la conspiración y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carácter y
sé que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y
consiento que me trate como compañero de conspiración. Lo mismo le
ocurre a Joaquinito Quirós, que hace tiempo se apercibió de las manías
del conde. Al principio eran éstas inofensivas, y se limitaban a
risueñas esperanzas y planes, que no se habían de realizar; pero, poco
después, tomaron un carácter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo
asegurarte, hija mía, que si tú, en representación de toda la familia,
no tomas medidas enérgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta
casa, sino España entera, creando un conflicto internacional, en el que,
indudablemente, perderá la vida. Figúrate que ha comprado armas y ha
llamado esa gente que tú ya conoces, con el descabellado propósito de
apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible
con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las más tremendas
aventuras. Tan parecido está al loco hidalgo manchego, que toma ya por
gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en
capitán, metiéndolo imaginariamente en su conspiración.
--¿Cómo es eso?
--Se ha empeñado en que el sabio doctor O'Conell es un capitán irlandés
de guarnición en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su
aventurada empresa.
--Pero, ¿puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.
--¿Qué te extraña, hija mía? Si no pensase tan absurdamente no sería un
loco. Indudablemente, lo que sueña en su desordenada imaginación lo cree
una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un
militar comprometido en la patriótica conspiración.
--Pero en algo se fundará para hacer tales afirmaciones.
--En nada absolutamente, querida hija. El doctor O'Conell tuvo con él
una larga conferencia, de la que yo fuí testigo, y en ella no se trató
nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el
conde habló de Gibraltar con esa exaltación que siempre le acomete
cuando trata de ese plan tan funesto para su razón; pero el doctor,
ocupado en observarlo, apenas si le contestó, fijándose únicamente en
las muestras que daba de enajenación mental. Salimos mi amigo y yo de la
visita, sin que pudiera imaginar el efecto que ésta había de producirle,
y al día siguiente, al volver aquí, mi sorpresa no tuvo límites cuando
el conde me preguntó por el capitán O'Conell, y si éste tardaría mucho
en indicarle, por conducto mío, el momento oportuno para dar el golpe
sobre Gibraltar. Pero mi asombro se trocó en miedo cuando me habló de
traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Temblé, pensando
en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa,
para mí tan querida, y busqué inmediatamente al amigo Peláez,
encargándole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.
Doña Fernanda estudiaba fijamente a su poderoso amigo, como si intentase
adivinar en su frente pensamientos muy opuestos a su palabra.
La aristocrática devota se había rozado demasiado con gentes cuya
facultad predominante era la astucia, para no presentir que allí debía
haber algo extraño e importante, que el buen padre le ocultaba.
Sentíase inclinada a la desconfianza, pero, al mismo tiempo, era tan
pura la mirada del jesuíta, tenía su rostro tal expresión de inocencia,
que la devota se sentía arrepentida de sus sospechas.
El padre Claudio podía jactarse de ser dueño absoluto de su voluntad y
tener en la baronesa una sierva sumisa.
No; ella, a pesar de todos sus presentimientos, no quería recelar nada;
no se sentía capaz de pensar mal de su poderoso amigo, y estaba
dispuesta a creer a ojos cerrados cuanto el jesuíta le dijera.
Además, no le desagradaba aquello de que el conde fuese declarado loco,
y pensaba con fruición en que por tal procedimiento se realizarían sin
obstáculo alguno los planes que sobre el porvenir de Enriqueta se había
forjado ella y el jesuíta.
Pensando en tan halagüeña idea, se le escapó una sonrisa de
complacencia, y como llama de atalaya que hace una señal en la oscuridad
de la noche, en el fondo de la mirada del padre Claudio brilló una luz
fugaz y extraña. Aquel chispazo contestaba a la sonrisa. Se daban ya por
entendidos el maestro y la discípula.
Doña Fernanda se había decidido ya a creer en la locura de su padre.
Ella sabía lo que significaba tal locura sobreviniendo poco después de
negarse el conde a las demandas del jesuíta; pero sentía tranquila su
conciencia, más que todo por la naturalidad simple y terrible que
presentaba el asunto, y que hacía honor a la preparación jesuítica.
La cosa era sencilla y no daba lugar a dudas. Baselga ya no era el mismo
de un año antes. Se había fijado tenazmente en su cerebro un plan
imposible, y el que antes era un ser misantrópico y silencioso,
mostrábase ahora exaltado y locuaz. Esto no era suficiente para declarar
a un hombre loco; pero allí estaban, como acusaciones poderosas e
indestructibles, el empeño en convertir a un sabio doctor en capitán del
ejército inglés, la llamada de aquella turba de feroces navarros, la
compra de armas y, sobre todo, el testimonio del doctor Peláez, aquella
lumbrera científica del mundo elegante, que golpeándose el pecho con sus
rudas manazas, manifestábase dispuesto a jurar ante Dios, si era
preciso, que Baselga estaba más loco que muchos reclusos en los
manicomios.
Ella volvía a repetirse que no sentía intranquilidad en la conciencia.
Tenía la obligación, como buena católica, de creer a un santo varón tan
respetable como el padre Claudio, y desechaba, como inspiraciones del
demonio, las sospechas que la acometían. Ella no pecaba creyendo a su
padre loco, aunque la razón le aseguraba todo lo contrario. Se lo decía
el respetable jesuíta, y ella, con creerlo, quedaba libre de toda
responsabilidad. ¡Oh! ¡Cuán cómoda era aquella fe!
El padre Claudio adivinó, con su natural perspicacia, lo que pensaba
aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia
siguió adelante.
Habló a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los
peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pintó con
sombríos colores cuál iba a ser la suerte de éste, si permanecía libre,
como hasta el presente.
--Tú no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta
para su propia persona, un loco dominado por tan extraña manía como la
del conde. Hasta la paz de la nación peligra, si tu padre permanece,
como hasta el día, dueño por completo de sus acciones. Figúrate que
mañana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O'Conell es un capitán
que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de
sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesión
inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades
británicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarán,
indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te señalaría a ti como
responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su
locura, no habías evitado sus consecuencias.
--¡Jesús!--exclamó la baronesa con afectado horror, tapándose el rostro
con las manos.
--Vamos, hija mía; hay que tener presencia de ánimo y no entregarse al
dolor. Hoy aún estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que tú
tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolución que ponga en
seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.
--¡Oh, diga usted, reverendo padre! ¿Qué debo hacer?
--Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad,
para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados
suficientemente de sus nuevas costumbres y extrañas ideas, digan si está
loco o no.
--Estoy dispuesto a ello, y llamaré a los doctores que usted me indique.
--Basta con que llames a uno; los otros los convocará el doctor Peláez,
que puede apreciar mejor que nosotros el mérito de sus compañeros de
Facultad.
--¿A quién tengo que llamar yo?
--Al doctor Zarzoso, ese célebre catedrático de la Escuela de Medicina,
que tanto ruido mueve con sus conferencias públicas sobre enfermedades
mentales. ¿A quién mejor podemos confiar el diagnóstico de la enfermedad
de tu padre? ¡Oh! Estáte segura de que si don Antonio Zarzoso nos
declarase locos a nosotros dos, no habría nadie en el mundo que dudase
de sus palabras. Puedes escribirle hoy mismo, rogándole que te diga a
qué hora podrá venir mañana a examinar al conde. El tal doctor es un
hombre de perversas ideas políticas, un revolucionario recalcitrante,
que, aunque valiéndose de rodeos, aprovecha todas las ocasiones que se
le presentan para atacar nuestra santa fe; pero sabe mucho, es un
portento de ciencia, y en ocasiones como ésta, resulta necesario valerse
de sus superiores conocimientos.
--Le llamaré, reverendo padre. Un criado le llevará inmediatamente mi
carta, en que le rogaré venga mañana mismo.
--El doctor Peláez vendrá con los dos compañeros que elija, y la
consulta se llevará a cabo. Yo, en interés tuyo y de esta casa, me
resignaré a asistir a la consulta, pues tal vez el doctor Zarzoso quiera
interrogarme sobre las costumbres y el carácter del conde.
--¡Oh, gracias, padre mío! ¡Cómo agradecer tantas bondades!
Hablaron aún mucho rato el jesuíta y la baronesa sobre la locura del
conde, y cuando el primero hubo determinado bien hasta en sus últimos
detalles lo que su aristocrática subordinada debía decir en la consulta
del día siguiente, se despidió de ella, alegando sus muchas ocupaciones.
Al atravesar la antecámara el padre Claudio habló con el ayuda de cámara
del conde:
--¿Está el doctor Peláez con tu señor?
--Sí, reverendo padre. ¿Quiere usted que le dé algún recado?
--Ahora, no; sería interrumpir su conversación con el conde y
estorbarlos en importantes ocupaciones. Si tarda en marcharse, puedes
entrar de aquí a una hora, y decirle que le aguardo en mi casa.
El padre Claudio se fué.
Cuando una hora después el doctor Peláez entró en el despacho del
poderoso jesuíta, estaba éste completamente sólo y papeleando con la
misma suprema atención que cuando era joven. Aquel hombre se sentía en
su elemento y experimentaba un inmenso placer cuando hojeaba aquellos
legajos, inmenso registro de las vidas de muchos miles de seres, que
encerraba secretos importantes y era como un cementerio moral, donde
dormían los hombres más conocidos, mostrando el esqueleto descarnado de
su vida, el carácter secreto, sin convencionalismos sociales que
encubren los defectos, ni excusas engañosas que desfiguran los crímenes.
Revolviendo aquella necrópolis de papel emborronado, el padre Claudio se
agigantaba, apreciando en toda su magnitud su poderosa omnipotencia, y
al tomar en sus manos uno de los legajos, su peso le parecía el del
mundo entero, que podía estrujar a su placer.
El doctor Peláez entró en el despacho transfigurado. A sus elegantes
clientes les hubiese costado algún trabajo reconocer en aquel hombre
grave, cabizbajo y con aire de siervo rastrero que se humilla, su doctor
alegre, chismoso y bromista, que tanto alegraba a los enfermos.
El padre Claudio le miró de un modo muy distinto que cuando lo
encontraba en los salones de la alta sociedad.
Ahora ya no eran dos amigos, sino que el subordinado comparecía ante el
superior omnipotente y absoluto.
--Siéntese usted, doctor--dijo el padre Claudio--¿Cómo está el conde?
--Lo mismo que siempre. Esta tarde, como de costumbre, hemos hablado de
Gibraltar. Dice que sólo espera el aviso de O'Conell, y que todo lo
tiene preparado para ponerse en camino y dar el golpe.
--¿A qué altura se encuentra su demencia?
--Reverendo padre, el conde está tan loco como vuestra paternidad y como
yo. Es cierto que en él hay algún desarreglo de las facultades mentales,
que esa idea de conquista le obsesiona, hasta el punto de excitar
demasiado su imaginación; pero de esto a la locura hay mucha distancia.
El padre Claudio hizo un gesto terrible, y el médico tembló.
--Doctor Peláez, es usted un imbécil, que no sabe una palabra de
medicina. Yo le digo a usted que Baselga está loco.
Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Peláez,
que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuíta, dijo
rotundamente:
--Está loco, efectivamente.
--Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo más de medicina. El conde
de Baselga está loco, y en la consulta que usted, como médico de la
casa, tendrá mañana con el célebre alienista Zarzoso, es preciso que
sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente
todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el
conde es víctima de una enajenación mental. Resulta esto necesario para
que la familia pueda conducirlo a un manicomio.
--Difícil es eso, reverendo padre.
--Claro, es más fácil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar
a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aquí no lo hemos
encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufón
más, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no está
autorizado para decir si una cosa es fácil o difícil; usted lo que debe
hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.
--La cumpliré, reverendo padre. Sólo temo no saber hablar de un modo que
convenza a mis colegas.
--Yo estaré allí.
--De ese modo ya estoy más tranquilo.
--Ya puede usted apreciar el modo más adecuado de hacer la historia de
la locura de Baselga. He aquí la síntesis: primero, un hombre
ensimismado, malhumorado, misántropo; después, se le ve dedicarse con
ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia
de carácter rápidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que
siente retoñar en él los apetitos juveniles, y se lanza al mundo
elegante de que antes huía bailando como un muchacho y adoptando el
aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a
Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios
amigos de confianza. Yo, que soy uno de éstos, y a quien empiezan a
inspirarle cuidado las ideas estrambóticas del conde, aprovecho el
rápido paso por Madrid de un amigo mío, renombrado médico irlandés,
llamado O'Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es
tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el
médico le contesta cuatro generalidades, con el único fin de hacerle
hablar más y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que
ocurra ningún incidente y sin que O'Conell dé motivo alguno para que el
pobre loco crea que él es un capitán del ejército inglés que se propone
ayudarle en la conquista del Peñón. Al día siguiente, yo veo con el
mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo más lamentable,
y que tiene por militar al que sólo es doctor, y supone que dentro de la
posesión inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una
inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la
enfermedad del conde, y usted, por datos que tendrá recogidos, probará
claramente a sus colegas que Baselga está loco de remate, añadiendo que
tan tenaz es su manía patriótica y conquistadora, que también lo
considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes.
Además, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a él, en el momento
que visite al conde, también éste lo considerará como auxiliar para la
conquista.
--Pero..., reverendo padre. ¿Cómo vamos a conseguir esto último? ¿Y si
el conde recibe a mis colegas como simples médicos y no quiere hablar de
su famoso proyecto? ¿Cómo nos arreglaremos entonces para probar su
locura?
--No se ocupe usted de eso, señor Peláez. Es cuenta mía, y ya sabré yo
arreglar las cosas para que el éxito sea a nuestro gusto.
--Procuraré, reverendo padre, cumplir sus órdenes y proceder de modo que
la Orden no quede descontenta de mí.
--Hará usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de
sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted más
que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relación
exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que
no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho
que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el
ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante
todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la
opulencia, a nosotros nos lo debe, y que así como lo hemos elevado,
podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no
dejar descontenta a la Orden.
--Reverendo padre: soy de la Compañía en cuerpo y alma.
--Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.
--O el doctor Peláez no sirve para nada, o mañana el conde es declarado
loco.
--Así sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia católica
del yugo de una obstinación impía, y la Orden recibirá un refuerzo de
importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en
nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es
meritorio y digno de santa alabanza.
XXIII
Baselga convertido en mosca.
La baronesa de Carrillo vivía en el palacio de su padre con completa
independencia.
Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y sólo dos o
tres piezas, las más sombrías, por tener sus vistas al patio, eran las
reservadas al jefe de la familia, que vivía en completo aislamiento, y
únicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tenía que
acompañarla a una fiesta de sociedad.