sostenerla con energía. Ahora es tiempo para escoger el porvenir. Estás
en el cruce de dos caminos: el del cielo y el del infierno. Si eres
débil, si te sientes seducida por las míseras pompas terrenales, si
ocultas tu escasa fe, diciendo que quieres obedecer a un padre que
tiene tendencia a la impiedad, entonces toma el camino del infierno;
pero si quieres ir al cielo, sacrifica el mísero cuerpo, renuncia para
siempre a los goces de la materia, guarda un alma virgen en un cuerpo
intacto, huye de la maldita sociedad y enciérrate en un convento, lugar
seguro, donde se alcanza la vida eterna. ¿Por quién te decides? ¿Por
Dios o por el demonio?
--Por Dios, padre mío; yo amo a Dios sobre todas las cosas, como manda
el catecismo.
--Muy bien, hija mía. Ama al Señor, que él te recompensará con creces.
¿No olvidarás esta resolución? ¿No sentirás flaqueza de ánimo?
--No, padre mío. Estoy resuelta.
--Por si algún día te tienta el diablo con los esplendores del mundo,
pretendiendo apartarte de la buena senda, piensa que esta existencia que
arrastramos es cosa débil y efímera, que a los ojos de la eternidad
tiene tanta duración como el fugaz relámpago ante nuestros ojos. ¿Qué es
la vida? Unas cuantas docenas de años, que la criatura humana malgasta
en satisfacer su ambición o en apagar su sed de placeres, sin pensar en
ponerse bien con Dios, ni menos en que más allá de la tumba está la
verdadera vida, la que no acaba nunca, la existencia eterna, y que lo
que aquí hacemos sirve para estar por los siglos de los siglos nadando
en un piélago de felicidad celeste o sumido en un infierno de horrores.
Mira a esas mismas mujeres que te rodean en los salones y que se llaman
tus amigas. Son honradas, no lo dudo: cumplen sus deberes de esposas,
hermanas e hijas: no hacen mal, al menos con deliberada intención: pero
viven totalmente olvidadas de Dios, y no piensan un solo instante en
poner bien su alma para el día en que les sorprenda la muerte. No
piensan más que en el presente, no lanzan una sola mirada al porvenir:
su dios es la moda: su devoción, el amor: sus oraciones, estúpidos y
dulzones galanteos, e ignoran, ¡oh, desgraciadas!, que llegará el día de
la ira, el día de la desolación, en que el Señor juzgará a los buenos y
a los malos, a los que le han amado y a los que le han desconocido, y
entonces esas carnes, ahora tan cuidadas y frescas, chirriarán al
contacto del infernal fuego: sus blondos cabellos se convertirán en
ondulante corona de azuladas llamas: sentirán en el pecho una angustia
enloquecedora, y para apagar su inmensa sed sólo tendrán sus amargas
lágrimas. Ya los alegres violines del baile o del teatro no las
arrullarán con sus gratos sonidos: gritos de agonía, espantosas
maldiciones, rugidos de dolor, llegarán a sus oídos, como horrísono
concierto de los desesperados réprobos; y danzarán sin tregua ni
descanso, pero no será como ahora, por puro placer, sino para librar sus
pies de las enrojecidas brasas, de los viscosos monstruos, de los agudos
puñales que forman el pavimento del infierno. ¡Ah, infelices los que
ahora se divierten unos cuantos años, para vivir agonizando durante una
eternidad!
Conocía perfectamente el jesuíta el carácter de la joven, y sabía
manejar a su placer aquella viva imaginación, por la que pasaban las
ideas atropelladamente, aunque detallándose y tomando el relieve de los
hechos reales.
Aquella peroración de tonos apocalípticos era para Enriqueta una especie
de linterna mágica, cuyos cuadros la aterraban. Ella, con los ojos de la
imaginación, veía a Dios iracundo, ofendido y deseoso de venganza,
arrojando las almas en el infierno, y sobre el suelo, tapizado de
monstruos y brasas, por entre las crepitantes y azules llamas,
distinguía a todas sus compañeras, las flores de la aristocracia
madrileña, desnudas y chamuscadas, apestando a grasa quemada y arrojando
raudales de lágrimas por los ojos, implorando en vano la misericordia
divina y lanzando lamentos de loca desesperación.
No, ella no quería verse así; no quería ir al infierno; deseaba ser
esposa de Jesús, y llevada del religioso egoísmo, propio de las
visionarias, se prometía no dejarse tentar más tiempo por las
seducciones mundanas, renunciar al amor y desobedecer a su padre, si es
que éste se oponía a que entrara en un convento, impidiéndola que
salvara su alma.
Pero, ¿qué era aquello que con tono tan agradable resonaba en su oído?
¿De dónde procedía una armonía tan deliciosa? Era el padre Claudio, que
seguía hablando; pero su acento enérgico y aterrador había tomado una
entonación dulce y meliflua.
--¡Cuán distinta es la suerte de la mujer que dedica su existencia a
Dios! Ella ve claramente lo que es el mundo, y con la vista fija en el
porvenir sabe despreciar el presente por lo futuro. Renuncia a las
pompas y las dulzuras humanas, pero, en cambio, goza la eterna
felicidad, y cuando su alma queda libre de la terrena envoltura, paséase
por las celestes salas, conversa con los bienaventurados, oye el
arrobador concierto de los angelicales coros, y se sumerge en el
esplendor de sublime luz que circunda la persona de Dios,
estremeciéndose con los arrebatadores espasmos del más sublime placer.
La lengua humana es pobre para describir la inmensidad de dichas que se
gozan en la mansión de los justos, pero bástate, para imaginar cuán
grande será la celestial felicidad, pensar que es Dios el que todo lo
puede y todo lo sabe, quien dispone y prepara los goces de los
bienaventurados. Cuando se considera lo poco que cuesta ganar tanta
dicha, es cuando mejor se comprende la inmensa bondad del Señor. ¿Qué
sacrificios exige? Nada. Renunciar a los engañosos placeres que
proporciona el demonio durante el poco tiempo que dura la vida de la
humana criatura. Y a más de esto, ¡cuán llena de dichas está la
existencia de la feliz esposa de Jesucristo! Vive alejada de las
miserias del mundo y los dolores sociales; las penas que engendra la
familia, la maldad y la murmuración de los hombres, vienen a estrellarse
contra los muros del convento. Dentro de él, la mística esposa es libre,
independiente, se ha despojado del peso de las preocupaciones
mundanales, no tiene que luchar ni que preocuparse en defender su honor,
ni tiene marido que la aflija, ni hijos que la apenen con sus dolencias.
Le basta con amar a Dios, su esposo, y vive en íntimo y dulce consorcio
con sus compañeras, seres llenos de dulzura y de benignidad. Habla
amorosamente con Jesús crucificado, que le sonríe amoroso y besa con
estremecimientos de pasión sus abiertas llagas, sus raudales de sangre;
aspira el místico y tranquilizador ambiente de los claustros, que elevan
en el espacio su filigrana de piedra de un modo tan aéreo como la
oración del creyente; no tiene que preocuparse ni aún de reflexionar;
todo muere dulcemente dentro de su cerebro, y un poder superior y
maternal se encarga de pensar por ella. De día, a la luz del sol, mira
las florecillas que abren sus cálices salpicados de rocío, como mudas
bocas que entonan su invisible himno a la divinidad; conversa con el
sencillo pajarito; de noche, para ir al coro, atraviesa las silenciosas
crujías bañadas por la misteriosa luz de la luna, y siente tras sus
pasos los del invisible Angel de la Guarda, que con la ígnea espada
desenvainada, la defiende del demonio; junta el oro con el terciopelo y
la seda para hacer un traje a la Madre de Jesús, y se extasía a todas
horas en la contemplación de su alma, pura y limpia de malos
pensamientos, por lo mismo que no piensa, y hasta puede esperar que el
Omnipotente la favorezca, haciéndola obrar milagros y destinándola a que
por el tiempo figure en los altares. ¿No es esto la mayor de las
felicidades?
¡Ah, padre Claudio! ¡Bendito padre Claudio! Buena mano derecha os había
dado Dios para trastornar cabezas juveniles y para hacer hervir, hasta
derramarse, a las imaginaciones fogosas. Por algo la Compañía le tenía,
ya que no por uno de sus mejores predicadores, por el más eminente
confesor de cuantos enloquecen cabezas juveniles de aristocráticas
herederas, para arrojar sobre ellas las blancas tocas y limpiarlas
después los bolsillos.
Enriqueta estaba trastornada. Aquella descripción de las dulzuras
monásticas, que el jesuíta aún recargó con detalles más conmovedores,
hizo más que todas las exhortaciones de la baronesa, dichas con lenguaje
imperativo.
Al terminar el jesuíta su discurso, Enriqueta, con la impetuosidad de
aquel carácter que tenía dos diversas fases, exclamó:
--¡Oh, padre Claudio! ¡Yo quiero ser monja! ¡Obedeceré cuanto usted me
mande y entraré en un convento, aunque se oponga el mundo entero!
El jesuíta sonrió en la sombra, con la dulce expresión de un artista que
se siente satisfecho ante su obra.
--¡Bien, muy bien!--dijo--. Serás monja, te lo asegura el padre Claudio,
que te mira como una hija y te protegerá en todas ocasiones. Ahora di el
"Señor mío, Jesucristo...", y acabemos, que tu hermana está impaciente.
Rezó la joven, con la cabeza baja, mientras dentro del confesonario
sonaba un confuso masculleo de latín.
Acabó el rezo, y sobre la portezuela del sacro cajón apareció la blanca
mano del jesuíta, que trazó en el espacio la bendición absolutoria.
Con aquello bajaba del cielo a la cabeza de Enriqueta la divina
clemencia, y el padre Claudio comenzaba a tentar los millones de la
familia de Baselga, tan apetecidos por la Orden.
Otro golpecito como aquella confesión, y el hermoso jesuíta andaba de un
solo salto la mitad del camino que conducía al generalato.
XXII
De cómo el padre Claudio
tendió la tela de araña.
El doctor don Pedro Peláez era el médico de Madrid más reputado entre la
clase aristocrática.
Una fama, si no de excesiva brillantez, sólida e inalterable, acompañaba
su nombre, y no se sentía enfermo un individuo de la alta sociedad sin
que al momento parientes y amigos dijesen con la expresión propia del
que ha encontrado una solución salvadora:
--¡Que busquen al doctor Peláez! ¡Que venga inmediatamente!
Su reputación científica estaba al abrigo de todo ataque, y a pesar de
que era un médico vulgar que no se distinguía en ninguna especialidad,
nadie se atrevía a dudar de su sabiduría, que entre las gentes del gran
mundo era casi artículo de fe.
En los salones hubiera sido considerado de mal tono hablar de dolencias
sufridas, sin unir a ellas el nombre del doctor de moda, que parecía
protegido por un oculto poder, encargado de acrecentar su fama.
La consigna era general. Enfermaba alguna aristocrática señora, y no
faltaba un amigo oficioso que dijera inmediatamente:
--Eso no es nada. Llame usted a Peláez, y en cuatro días, buena. Le
gustará a usted mucho el doctor. Es un hombre de mundo, un carácter
franco y agradable.
Se sentía indispuesta alguna beata opulenta, y entonces su mismo
director espiritual era el encargado de decirla:
--Llame usted al señor Peláez. Es un gran médico, y, además, un buen
católico; un hombre virtuoso que fía más en Dios que en su ciencia, y
que no incurre en las herejías de esos doctores materialistas que hoy
tanto abundan.
Podía dormir tranquilo el doctor Peláez, pues su fama no corría peligro.
Se le morían los enfermos con aterradora frecuencia; los compañeros de
Facultad sonreían desdeñosamente al hablar de él, y le aplicaban, como
saetas de desprecio, los más denigrantes calificativos; pero allí
estaba, para defenderle, toda la alta sociedad, los pollos tísicos, las
niñas cloróticas, los padres martirizados por la gota, y, sobre todo, la
gente de Iglesia, y más especialmente los individuos de la Compañía de
Jesús, que hablaban de la piedad y las virtudes del médico con
preferencia a sus conocimientos científicos.
El padre Claudio era la más sólida base de aquella reputación médica, y
no visitaba una sola casa en la que no introdujera a su buen amigo don
Pedro Peláez, asombroso portento, que era capaz de obrar milagros, como
los antiguos santos.
Nada tenía el doctor en su aspecto que justificase tan buena y general
aceptación. Conocíase su origen campesino por cierta rudeza en sus
maneras y aun en su lenguaje, que él pugnaba por ocultar; su rostro,
curtido y cetrino, era vulgarote, teniendo, como detalles distintivos,
unos ojos verdosos, que rebosaban malicia, unas patillejas recortadas
con poco arte y una gran boca que sonreía con graciosa bondad, y a esto
había que añadir que vestía con cierta afectación, procurando ostentar
un lujo recargado y ridículo.
Pero, en cambio, tenía una conversación entretenida, era francote e
ingenuo, hasta el punto de que, según la expresión de sus bellas
clientas, llevaba el corazón en la mano, y tanta facilidad tenía para la
narración, que se sentía capaz de pasar un día entero sin repetirse ni
cansar a su aristocrático auditorio.
Cuando entraba en una casa, aunque el enfermo estuviera muriéndose,
todos desarrugaban el ceño, y hasta algunos sonreían acariciados por la
confianza que el médico infundía con su presencia. Pulsaba a los
enfermos diciendo un chiste, entretenía a la familia con un alegre
cuento, y cuando se le moría el infeliz que él cuidaba (lo que ocurría
las más de las veces), aun llegaba a alcanzar con sus palabras que se
mitigara bastante el dolor de parientes y allegados.
No se llegaba a determinar en él quién alcanzaba tal éxito y era motivo
de tan gran fama, si el médico o el elegante bufón. Joaquinito Quirós,
gran aficionado a las imágenes clásicas, aun cuando las sacase por los
cabellos, decía de él que era Momo embozado en el manto de Esculapio.
Este don Pedro Peláez era el patriota de quien el padre Claudio habló a
Baselga en su conferencia con O'Conell, y pocos días después de que ésta
se verificase, lo presentó al conde en aquel despacho, estancia
misteriosa donde se incubaba, al calor de una exaltada imaginación, la
gran empresa de Gibraltar.
El jesuíta debía ya haber puesto a Peláez al corriente de lo que se
trataba, pues el médico habló al conde de la importante conquista con
gran entusiasmo, jurando repetidas veces hacer los mayores sacrificios
para devolver Gibraltar a la patria española.
A Baselga no le fué muy simpático el doctor Peláez al primer golpe de
vista. Conocía de nombre a aquel médico, del que se hacía lenguas la
buena sociedad, y al verlo lo encontró un tipo de rústico, malicioso y
vulgar, incapaz de acometer ninguna empresa grande.
Pero aquél, exaltado por el patriotismo, tenía la condición de apreciar
a sus amigos con arreglo al grado de entusiasmo que mostraban por su
grandiosa empresa, y como el famoso Peláez no anduvo parco en punto a
elogios y exageraciones, tratándose de la idea concebida por Baselga,
éste le reputó inmediatamente por hombre de gran valía, que bajo un
exterior vulgar encerraba un corazón de oro.
Tratándose de un carácter tan franco y amigo de entrometerse en todo,
como era el del reputado médico, fácil es adivinar lo poco que le
costaría captarse la confianza de aquel Don Quijote del patriotismo,
nombre que el padre Claudio daba a Baselga en sus conversaciones con su
secretario.
Peláez visitó todos los días a su amigo, y con él permanecía horas
enteras, discutiendo calurosamente los últimos detalles del famoso plan
y lo que debía hacerse después del triunfo.
El conde estaba contento y satisfecho del carácter de su auxiliar, y,
sobre todo, lo que más le agradaba en él, es que nunca le hacía la
oposición y acataba siempre todas sus órdenes.
Aquello marchaba, según la expresión del conde, que muchas veces no
podía contener su alegría, y en la mesa hablaba a sus hijas con fruición
y chispeándole los ojos, del gran plan que él cuidaba de no revelar,
pero que las honraría a ellas como hijas del más grande hombre de
España.
A Enriqueta producíale alguna inquietud la exaltación que notaba en su
padre, y que aumentaba de un modo poco tranquilizador.
Fernanda, por el contrario, permanecía tranquila, y únicamente examinaba
a su padre con curiosidad. Sabía que el padre Claudio tenía algo que ver
con aquella exaltación, y no se inquietaba, pues tenía absoluta
confianza en aquel grande hombre, del que era ferviente admiradora.
Además, en ella existía un gran fondo de odio contra el hombre que sabía
no era su padre, y que la trataba siempre con desdeñosa indiferencia,
haciéndola sentir muchas veces el peso de su autoridad. El conde era un
obstáculo para los planes del padre Claudio, y ella, por su amor a éste,
deseaba que le hiciera desaparecer.
Un día comenzó a alarmarse, no sólo la familia, sino toda la servidumbre
de casa de Baselga.
Eran las ocho de la mañana, y en el patio sonaron voces coléricas,
disputando con gran furor, y se vió subir precipitadamente al obeso
portero con una mejilla enrojecida por la marca que deja un tremendo
bofetón.
El ayuda de cámara del conde, que acababa de ponerse en actitud de
servir, pues su señor se levantaba siempre a dicha hora, acudió
presuroso al encuentro del atribulado portero, que con aire azorado
exclamó:
--Yo no sé lo que es eso; pero abajo hay muchos hombres, una tropa de
palurdos, que parecen del Norte, y que son salvajes como unos indios. No
les quería dejar pasar, y mira cómo me han puesto. Ese viejo que va al
frente me ha dado dos bofetadas.
Y el gordo sirviente se llevaba la mano a la mejilla con una expresión
de dolor que resultaba grotesca.
--Pero, ¿qué quieren esos bárbaros?--preguntó el ayuda de cámara.
--Buscan al señor conde, y dicen que son amigos de él, y que si vienen
es porque él los ha llamado. Véase si esto puede ser. ¡Como si el señor
conde fuera a buscar sus amigos en los corrales de ganado!
En esto ya sonaba en la anchurosa escalera el pesado trote de muchos
pies torpes, pero seguros en el pisar, y poco después desembocaba en la
antesala un rebaño de hombres vestidos de lana parda, la boina azul
sobre la oreja y en la mano groseros y robustos bastones.
Eran como unos veinte, y los había de todas clases. Unos membrudos, de
estatura gigantesca y rostro ingenuo como el del niño; otros pequeños,
angulosos e inquietos, con cara de rusticidad maliciosa; algunos, viejos
y curtidos; las más, jóvenes, con la tez respirando esa frescura que
presta la vida de las montañas, y todos de gesto enérgico y apostura
resuelta, como hombres seguros de su fuerza, que ni buscan ni rehuyen el
peligro.
Al frente de ellos iba un viejo enjuto y pequeño, de airecillo socarrón
y ojos menudos, azules y penetrantes, el cual tenía sobre sus compañeros
cierto aire de superioridad y miraba a todas partes con confianza, como
hombre que no se cree capaz de que le asombre cosa alguna.
Al ver al ayuda de cámara, le dijo con tono imperativo:
--¡Eh, muchacho! Tú sabrás darnos mejor razón que ese gordote. Dile a tu
amo, el señor conde, que aquí está el tío Fermín, el de Zumárraga. ¡Anda
vivo!, que él ya nos estará esperando hace días.
Luego continuó dirigiéndose a los suyos, que le miraban con satisfecho
amor propio al verle mandar en aquella casa:
--¡Vaya, chiquillos! Sentaos sin vergüenza. El conde es muy campechano,
y aquí estáis como en vuestra propia casa.
El rebaño, obedeciendo la orden del pastor, se esparció por la
antecámara, moviendo gran estruendo con sus fuertes patadas y
colocándose ruidosamente en las sillas de madera tallada, algunas de las
cuales chocaron violentamente contra la pared.
Aquella horda, con su ruidosa invasión, su vocerío en el patio y los
gritos del tío Fermín, puso en conmoción toda la casa, y a los pocos
instantes, el resto de la servidumbre asomaba sus curiosas caras tras
los portiers del recibidor, asombrándose ante aquellas feroces cataduras
y la rusticidad de trajes que desentonaban del lujo de la habitación.
Doña Fernanda, avisada por su curiosa doncella, supo inmediatamente la
irrupción bárbara de que era objeto la casa, y vistiéndose
apresuradamente, fué a asomar sus ojos por las rendijas de un cortinaje
de la antecámara.
Su instinto aristocrático se sublevó al ver aquella manada de hombres
toscos que miraban con asombro los detalles lujosos de la habitación, al
mismo tiempo que dejaban impresas en la alfombra las sucias huellas de
sus zapatos cubiertos de barro. Iba la baronesa ya a salir para arrojar
a la calle a la plebeya turba, cuando vió entrar por la puerta de
enfrente, envuelto en su bata, al conde de Baselga, erguido y sonriente,
como si experimentase inmensa satisfacción.
Todos se levantaron, moviendo tanto estrépito como al sentarse.
--¡A sus órdenes, mi coronel!--gritó el tío Fermín, llevándose una mano
a la boina para saludar militarmente, al mismo tiempo que con la otra
estrechaba con gran respeto la que le tendía el conde.
--¡Aquí están los chicos!--continuó con expresión gozosa--. Usted, mi
coronel, de seguro que habrá dicho en vista de mi tardanza: "Ese Fermín
no se acuerda ya de mí ni me quiere obedecer"; pero el tío Fermín no es
ingrato, ¡qué ha de ser! Lo único que le ha sucedido es que le ha sido
difícil buscar y reunir la gente; pero lo importante es que ya está aquí
dispuesta a obedecerle como en otros tiempos; ¡je, je! ¡Qué tiempos
aquéllos, mi coronel!
Y el fuerte viejo se reía abriendo su boca desdentada, y oprimiendo con
entusiasmo la mano del conde.
--¿Y es ésta la gente, tío Fermín?--dijo Baselga, paseando su penetrante
mirada por el confuso grupo que le contemplaba con respetuosa
admiración.
--Esta es; sí, señor. Es decir, quedan aún treinta más, que vendrán
dentro de dos días. Les quedaba algo que hacer por allá, y además no
convenía que viniéramos todos juntos. Algunos sirvieron en las filas
cuando la guerra, y todos estos jovenzuelos son hijos de antiguos
soldados de nuestro regimiento y le conocen a usted por lo mucho que
hablaban sus padres del valiente coronel Baselga. ¿Verdad, hijos míos?
Aquellos mocetones contestaron muda y afirmativamente con tal energía,
que parecía iba a salírseles la cabeza de los hombros.
--Ya veo que es gente que promete--dijo el conde--, y de seguro que con
ellos pueden hacerse muy buenas cosas.
Veinte sonrisas estúpidas acogieron agradecidas el cumplido.
--Póngalos usted a prueba y verá. Son fieras, y más cuando se trata de
reñir por el rey legítimo. Conque, señor conde, ¿cuándo daremos el
grito? Porque yo supongo que no nos habrá usted llamado, gastando tanto
dinero, por el solo placer de vernos.
--Ya hablaremos de eso. Ven solo esta tarde y te diré lo que hemos de
hacer. ¿Necesitas dinero?
--¡Quiá!, no, señor. Con los tres mil duros que usted envió he tenido de
sobra para dejar algo a las familias y traer esta gente y la que ha de
venir, y aún queda para mantenerse muchos días aquí.
--Así que necesites más dinero, avísamelo. Ahora marchaos y procurad ir
por Madrid en pequeños grupos, sin llamar la atención. Hasta la vista,
muchachos; y tú, Fermín, te espero esta tarde.
Salió la horda con el mismo estrépito, saludando con sus boinas al conde
y llevando al frente, como cuidadoso pastor, al tío Fermín, que había
tomado ojeriza al portero, pues al verle en la escalera blandía su
garrote de un modo poco tranquilizador.
Perdiéronse escalera abajo los trotes de aquella tribu, arrancada de lo
más abrupto de las montañas navarras y llevada a Madrid por la voluntad
del conde. En la antecámara no quedaron como recuerdos de la invasión
más que las manchas de barro en la alfombra y un nauseabundo olor a
salud.
La baronesa experimentó gran alarma con aquel acontecimiento inesperado.
Por más que esforzaba su imaginación no podía adivinar cuáles eran
aquellos propósitos que su padre ocultaba con tanto misterio, y por qué
había hecho venir tanta gente desde Navarra.
Comprendía que el padre Claudio sabía más que ella en aquel asunto; pero
por no merecer de él una reprimenda, ni oir que su curiosidad se
mezclaba en todo, no avisó al jesuíta de lo ocurrido, como en el primer
momento lo pensó.
Quiso aquella tarde sorprender algo de la conversación del conde con el
viejo navarro, pero no pudo lograr su intento, pues Baselga, como de
costumbre, cuando tenía que tratar algo en secreto, había cerrado la
puerta de una habitación anterior a su despacho.
La baronesa hubo de contener forzosamente su curiosidad, que se excitó
dos días después con motivo de otra visita que hizo el tío Fermín, con
más numeroso acompañamiento y con el mismo estruendo, aunque sin tener
choques con el obeso portero.
Eran treinta mozos los que el viejo navarro presentaba al conde,
diciéndole que acababan de llegar en el tren de la mañana, y que estaban
tan deseosos de ver a su noble jefe, que no había podido disuadirlos de
tal visita.
La baronesa, que oculta tras el mismo cortinaje de la antesala
presenciaba la escena, se alarmó más aún y pensó con terror si su padre
haría desfilar por aquella casa a todo su antiguo regimiento.