cambiaba completamente su carácter y convertía en altivez e
independencia su habitual humildad.
Un día tuvo doña Fernanda un disgusto. Al pasar junto a una ventana de
su salón, vió parado en la acera de enfrente al capitán Alvarez, que
espiaba la casa como buscando una ocasión para comunicarse con su amada.
El militar estaba en una situación que juzgaba insostenible. Nada sabía
de Enriqueta; había buscado al padre Claudio varias veces, sin lograr
nunca encontrarlo, e ignoraba cómo marchaba la negociación amorosa que
le había encargado, como también si la joven sentía por él algún cariño
o había olvidado totalmente su pasión, siendo verdad cuanto le decía en
la funesta carta.
Por esto, agitado por crueles dudas y deseoso de salir de ellas cuanto
antes, el capitán rondaba la casa de Baselga con la esperanza de
encontrar el medio de hacer que llegase una carta suya a Enriqueta. Por
desgracia, tropezaba con obstáculos do quiera se dirigía. La servidumbre
huía de él, haciéndose sorda a sus ruegos por temor a la ira del conde
de Baselga, y Enriqueta no se asomaba nunca a los balcones, y si salía
de casa, era acompañada siempre por su hermana o su padre.
La baronesa se alarmó ante aquella inesperada aparición. ¡Cómo! ¿El
botarate todavía insistía en sus pretensiones amorosas? Habría que
consultar el asunto con el sabio jesuíta.
Este no mostró extrañeza alguna al tener noticia de los actos de
Alvarez. Limitóse a sonreir, como siempre, y con tono de omnipotencia
aseguró que él tenía el medio para anular y hacer desaparecer a aquel
hombre peligroso; y que si no lo hacía inmediatamente, era porque aún no
había llegado la hora oportuna.
A pesar de esto, los dos compadres religiosos trataron con interés del
porvenir de Enriqueta, asunto que les preocupaba. Había llegado, según
la opinión del padre Claudio, el instante oportuno para trabajar.
Enriqueta era probable que, deslumbrada por el brillo de la vida
elegante, se hubiese olvidado de aquel amor romántico, obstáculo hasta
entonces de gran importancia, y resultaba necesario reconquistar
prontamente su voluntad, antes que echasen raíces en ellas las
seducciones del gran mundo y se comprometiese amorosamente con algún
joven que, por su nacimiento y su fortuna, admitiese el conde de Baselga
como yerno.
Para desviar a Enriqueta del camino en que estaba y atraerla nuevamente
a la senda de la devoción, disponía de un medio tan seguro y poderoso
como es el confesonario, y quedó decidido que doña Fernanda, con su
hermana, fuesen al día siguiente a la Colegiata de San Isidro, donde el
buen padre tenía su cajón, en que depositaban sus extravíos todas las
pecadoras de la aristocracia.
Por esto, a la caída de la tarde del día siguiente, las dos hijas del
conde de Baselga entraban en la iglesia de la calle de Toledo.
El padre Claudio no había llegado aún, y mientras se retardaba el
instante de la confesión, Enriqueta pensaba con terror en aquel acto en
que tendría que revelar todos sus secretos a un sacerdote, que a pesar
de sus amables sonrisas y pegajosas bondades, le inspiraba siempre un
terror casi supersticioso.
Era la primera vez que se confesaba con el padre Claudio. Hasta
entonces, el sagrado depositario de todas sus faltas había sido el mismo
director espiritual de la baronesa, aquel padre Felipe, en quien ella
reconocía instintivamente una imbecilidad inalterable, y que oía su
confesión con la boca seca, brillantes los ojos, algo temblonas las
manos, y complaciéndose en enviar a través de la mugrienta rejilla hasta
aquel rostro aterciopelado, su caliente resuello cargado de los vapores
grasientos de una digestión larga y difícil.
El padre Felipe era benévolo hasta la exageración. Todo lo encontraba
bien, todo lo excusaba, y si la joven parecía reservarse algo en su
confesión, él tampoco mostraba gran interés en descubrirlo.
Pero, ¡el padre Claudio!... Este nombre alarmaba a Enriqueta, quien, si
en aquellos momentos de espera estaba pensativa, era porque rebuscaba en
su imaginación el medio de salir del atolladero, evitando decir cosas
que ella tenía gran interés en ocultar.
Resonó débilmente el pavimento con unos pasos menudos y ligeros, que
parecían de mujer y en el oscuro arco que daba entrada a la capilla,
dibujóse el contorno de un clérigo, al mismo tiempo que la mortecina luz
de una lámpara hacía surgir de la sombra el rostro del padre Claudio,
dándole un tinte rojo.
Las dos mujeres se levantaron respetuosamente, y el jesuíta pasó ante
ellas grave, contra su costumbre, limitándose a saludarlas con una
ceremoniosa inclinación de cabeza.
El acto comenzaba con la gravedad necesaria para que la joven
comprendiese que no iba a confesarla el amigo de su familia, que iba con
frecuencia a reir y decir bromitas en el salón de doña Fernanda, sino el
ministro de Dios.
Oyóse el choque seco de la portezuela del confesonario al cerrarse,
revolvióse la abultada sotana, para encontrar una posición cómoda en el
asiento, y la baronesa dió un suave empujón a su hermana, diciendo con
tono imperativo:
--¡Anda!
Se arrodilló Enriqueta a uno de los lados del confesonario, junto a la
rejilla que servía para confesar mujeres, y con voz trémula y
balbuciente comenzó a runrunear el "Yo, pecador, me confieso...".
Tan turbada estaba, que se equivocó por dos veces, y volvió a empezar,
como si deseara que se retardase el para ella terrible momento.
Dentro del confesonario, con las manos juntas y la actitud estática de
un brahmán indio, que, tras cuarenta días de ayuno absoluto contempla a
Dios cara a cara, estaba el padre Claudio, esperando pacientemente.
Por fin terminó la joven su oración y acercó su rostro a la rejilla,
pegajosa por la humedad y la grasa que en ella habían dejado toda clase
de respiraciones.
Lo que pensaba Enriqueta al comenzar su confesión era que el padre
Claudio se perfumaba demasiado, pues su olfato sentía la picazón del
almizcle que exhalaba la sotana del elegante jesuíta. El perfume
favorito de las modistillas y camareras comenzaba a marearla.
--¡Ave María Purísima!--dijo con voz débil.
--¡Sin pecado es concebida María Santísima!--contestó el jesuíta con su
meliflua voz--. ¿Hace mucho tiempo que no te has confesado?
--Más de dos meses, padre mío. Antes iba muy a menudo con Fernanda a
confesarme con el padre Felipe, pero ahora he tenido ocupaciones y no me
ha sido posible venir hasta hoy. El papá me decía siempre que más
adelante me confesaría...
--¡Vaya con las ocupaciones!--dijo el jesuíta con tono jovial--. Es
preciso--añadió--que no te descuides tanto en limpiar tu alma, y que
antes de obedecer a tu papá, pienses en obedecer a Dios. Vamos,
adelante. ¿De qué pecados te acusas, hija mía?
Puesto el asunto en este terreno, Enriqueta cobró un poco de confianza.
Ya llevaba ella preparado todo un bagaje de pecados veniales y sin
importancia, que había estado rebuscando en su memoria la noche
anterior. Para confesarse era preciso decir algo, tener actos de que
acusarse, pues la Iglesia no puede creer que una persona honrada pase
dos meses sin faltar a todas las leyes divinas y humanas, y por esto, la
joven se echó a cazar pecados por el campo de la imaginación, y unos
reales y otros inventados, formó con todos ellos un murallón diabólico,
tras el cual quería ocultar el más gordo, o sea sus amores con Esteban
Alvarez. Este pecado sí que no lo decía ella al padre Claudio, aunque
los demonios la pellizcasen con tenazas de hierro ardiente.
La confesión comenzó, y Enriqueta fué desarrollando la espantosa serie
de pecados horribles que la noche anterior había almacenado en su
memoria. Ella se acusaba de que tenía mal corazón para los animales y de
que martirizaba a los gatos de su casa; de que reñía muchas veces sin
motivo alguno a los criados y tenía gusto en desobedecer a su hermana;
de que cuando ésta rezaba el rosario ella se dormía o pensaba en las
funciones de teatro a que le llevaba su padre; de que el demonio la
martirizaba, haciéndola que le gustasen más las arias italianas del
Teatro Real que los gozos que la enseñaba la baronesa; de que en el
último baile de la Embajada alemana, en unión de algunas amiguitas, se
había burlado de otra que llevaba un traje muy feo; de que en las noches
frías prefería rezar sus oraciones entre las calientes sábanas a estar
arrodillada al pie de la cama..., y así seguía a este tenor horripilante
aquella confesión en que los hechos más inocentes se presentan con
importancia afectada, queriendo hacerlos pasar por pecados terribles.
El padre Claudio escuchaba tranquilamente, aunque de vez en cuando se
removía nerviosamente en su asiento, como si se impacientara, en vista
de la marcha que seguía aquella confesión. La muchacha resultaba algo
ladina, y así lo pensaba el jesuíta, quien quería comprometerla en otra
clase de revelaciones.
Calló Enriqueta y entonces preguntó el sacerdote:
--¿Nada te queda por decir? ¿No tienes más pecados?
--No, padre.
--¿Estás segura de ello?
--Creo que sí, padre mío.
El padre Claudio se revolvió vivamente en su asiento. Decididamente, la
muchacha se presentaba reservada, y habría que emplear algún trabajo
para lograr que confesase sus secretos amorosos.
--Piensa, hija mía--dijo el cura--a lo mucho que te expones si ocultas
un pecado. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se
arrepienta, es inexorable con los seres que ante el tribunal de la
confesión ocultan intencionadamente algunas de sus faltas. Este lugar es
la piscina espiritual donde se limpian las almas de toda mancha, y quien
aquí oculta una parte de su ser por mezquinas pasiones, es un réprobo
que se niega a recibir la gracia de Dios, y a quien éste castiga con
mano fuerte. El que oculta algo a su confesor, engaña a Dios, y el Señor
ha de indignarse forzosamente cuando se ve engañado por una miserable
criatura.
El jesuíta hablaba con tono severo; vibraba su voz terriblemente, como
si fuese la de la divina cólera, y Enriqueta temblaba atemorizada por
las amenazas del confesor.
Este no quiso extremar el santo terror de la joven y añadió, haciendo su
voz menos imponente:
--Hay ejemplos de los graves males que han sufrido muchos infelices que
pretendieron ocultar a sus confesores algunos de sus pecados. Recuerdo
justamente ahora lo que leí en un libro piadoso digno del mayor crédito,
acerca de lo ocurrido a una joven y hermosa princesa en tiempos ya
lejanos. Ocultó a su director espiritual varios pecados de amor, y el
sacerdote, engañado por la que creía una joven candorosa e inocente, le
dió la absolución. ¡Ojalá la princesa hubiese dicho todos sus pecados
sin ocultar ninguno! Apenas volvió a su palacio, sintió su pecho
oprimido por una gran angustia; un fuego infernal le abrasaba el corazón
y por su garganta sentía subir algo que la ahogaba y la hacía estremecer
con su contacto viscoso. Tuvo una espantosa convulsión y de su boca
salieron disparadas esparciéndose por el aire e impregnándolo todo de un
irresistible olor a azufre, las más infernales apariciones. Serpientes
verdes y repugnantes que se enroscaban en complicados anillos, echando
llamas por las temblonas bocas; diablejos que hacían espantosas
contorsiones y obscenas cabriolas; sapos negros manchados de colorado,
que hacían repicar las campanillas que llevaban pendientes del cuello y
cuyo sonido ponía los pelos de punta; en fin, cuantas apariciones
espantables y horripilantes pueden creerse en el infierno. ¿Sabes, hija
mía, lo que era aquéllo?
El padre Claudio se detuvo para excitar mejor la temerosa curiosidad de
Enriqueta y apreciar el efecto que en ésta causaba la relación. Después
añadió con acento de religioso terror:
--Pues eran los pecados que aquella infeliz había ocultado a su confesor
y que salían bajo tan horribles formas, por no poder estar más tiempo
encerrados en un cuerpo que la absolución había santificado. Los
pecados; al salir, ahogaron a la princesa, cuya alma indudablemente,
está ahora ardiendo en el infierno. Piensa, hija mía, a cuan terribles
castigos se expone la miserable criatura que intenta ocultar su
conciencia a Dios.
El padre Claudio había logrado su objeto. Conocía el verdadero carácter
de Enriqueta, el gran predominio que en ella tema la imaginación sobre
las demas facultades, y, por tanto, obraba acertadamente para sus
planes, relatando aquella leyenda estupida, sacada de uno de esos
antiguos libros de devoción, que tanto utilizan los confesores para
asustar a las mujeres y los niños.
Enriqueta estaba horrorizada por la terrible muerte de aquella princesa,
y con los ojos de su viva imaginación, pronta siempre a dar cuerpo y
vida a todos los pensamientos, veía el asqueroso coleo y las cabriolas
incesantes de los pecados ocultados al confesor, y hasta por una
aberración de los sentidos, las exhalaciones almizcladas del jesuíta le
parecían oler a azufre.
¿Si iría a ahogarla a ella aquel pecado de amor, que tan cuidadosamente
quería ocultar?
No necesitó el jesuíta de grandes esfuerzos para arrancar a la joven la
revelación que ella tanto se había esforzado en evadir. Llorosa y
suspirando, pero al mismo tiempo con la satisfacción del que, arrojando
un peso comprometedor, se libra de un peligro, relató al confesor sus
amores con Alvarez, aunque haciendo la salvedad de que ella creía
siempre que aquello no podía ser pecado.
El padre Claudio mostraba indignación. ¿Cómo que no era pecado? Y no
venial, sino grave, resultaba el comprometerse en amoríos una joven a
quien su familia destinaba a Dios, convencida de que sentía una santa
vocación por la vida monástica.
El jesuíta, oyendo el relato de aquellos amores, mostraba gran
curiosidad, especialmente al tratarse de los paseos matutinos por el
Retiro, únicos momentos en que los dos amantes se veían de cerca.
Mostrabase el jesuíta ávido de detalles y varias veces interrumpió a la
joven, dirigiéndola preguntas que en parte no comprendió, pero que la
hicieron ruborizar.
Era la primera vez que Enriqueta oía hablar de aquellas tretas amorosas,
pero obscenas, y, avergonzada, contestaba negativamente, extrañándose de
que un sacerdote le hiciera tales preguntas, y de que creyera a ella y a
Alvarez capaces de tales locuras, burlando la vigilancia de Tomasa, que
los seguía.
El buen padre manifestó la misma expresión de desaliento del cazador que
cree haber encontrado un rastro y al fin no halla nada, y siguió
interrogando a la joven, hasta que se creyó bastante enterado de
aquellos amores desde el principio al fin.
--Ese es, hija mía--dijo, cuando la joven terminó la revelación--, el
más grave pecado, pues los demás que has confesado nada son al lado de
tales amores. Afortunadamente has acudido a tiempo a lavar tu alma y a
librarte del demonio de la voluptuosidad, que te posee.
--Pero, padre mío, ¡si ya no existen tales amores! ¡Si yo, por orden de
papá, escribí una carta rompiendo mis relaciones con el capitán!
--No importa; tú le amas. Se conoce en tu modo de expresarte que no has
olvidado aún a ese hombre, y es preciso, si quieres salvar tu alma, que
de ella se borre la huella de un amor vergonzoso.
Enriqueta, que tanto había temido revelar sus amores al jesuíta, ahora
que se veía ya descubierta había recobrado su serenidad y sentía renacer
su carácter, que era doble, pues si en ciertas circunstancias se
mostraba débil, y como propio de un ser automático, en otras daba a
conocer una energía y una independencia verdaderamente inesperada.
--Pero padre--dijo con resolución--, ¡yo creía que un amor puro no era
tan enorme pecado!
--Estás en un grave error, hija mía, y sin duda, el diablo te mantiene
en él. La joven que no sienta temor al pensar en las penas del infierno,
la que no quiera ir al cielo, esa puede entregarse a ese amor puramente
terrenal, que no es, en el fondo, más que una torpe pasión; pero la que
desee figurar después de su muerte entre las bienaventuradas y gozar las
delicias celestes, debe huir de las falsas dichas terrenales dedicándose
al único amor cierto, al que no engaña, a ese amor ardiente a Dios, que
tan célebre hizo a Santa Teresa. En una palabra: dónde quieres ir tú
después de la muerte, ¿al cielo o al infierno?
No había perdido el tiempo la baronesa educando a su hermana. La gran
preponderancia que en ésta tenía la imaginación, convertíala en ciertos
momentos en una visionaria; la continua lectura de leyendas piadosas, le
había hecho formarse un horrible y exacto concepto del diablo y sus
maléficas hazañas; cerrando los ojos, veía a Satanás, con su horrible
catadura, y no podía oir hablar del infierno sin estremecerse de pies a
cabeza.
--Al cielo; quiero ir al cielo--contestó con ansiedad, como si ya oyera
en la sombra los pasos del demonio, que se acercaba para cargar con
ella.
--Pues para ir al cielo es preciso, hija mía, estar en estado de
santidad, y este estado los que más fácilmente pueden adquirirlo son los
célibes o las vírgenes. Tú, indudablemente, procediendo como joven
honrada, querrías contraer matrimonio con ese hombre que decía amarte.
¿No es esto?
--Sí, padre.
--Pues bien; el matrimonio, aunque muchos no lo crean así, es lo más
opuesto al estado de santidad y el camino más recto para ir al infierno.
No soy yo quien lo digo, sino la Santa Madre Iglesia, que no puede
engañarse jamás.
--¿Y cómo es que la Iglesia casa a la gente?--preguntó Enriqueta con
ingenuidad terrible.
--Es necesario el matrimonio, pues de lo contrario acabaría la
procreación, y el mundo quedaría desierto. La Iglesia lo consiente, mas
no por esto aconseja el matrimonio, pues sabe que para ganar el cielo
sirviendo a Dios, no basta la virginidad del alma, pues es necesario
también conservar la del cuerpo. ¿Has oído tú hablar del Santo Concilio
de Trento?
--Sí, padre--contestó Enriqueta, que algunas veces había oído tal nombre
en boca de los contertulios de su hermana aunque no estaba muy segura de
lo que pudiera significar.
--Fué una santa reunión de todas las lumbreras de la Iglesia, sobre cuya
augusta frente descendió el Espíritu Santo. Allí se distinguió por
primera vez nuestra sagrada Compañía de Jesús, y se dictaron cánones
sobre el matrimonio, que afirman esto que te digo. Oye lo que dice el
Canon X, y recuérdalo siempre: "Si alguno dijese que el estado de
matrimonio debe preferirse al estado de virginidad y de celibato, y que
no es mejor y más venturoso permanecer en la virginidad o en el celibato
que casarse, sea anatema." Anatematizados son, pues, por la Iglesia, los
que no creen que la virginidad es el procedimiento más seguro para ir al
cielo, como lo prueba el celibato de los sacerdotes, fieles
representantes del Altísimo, y el de las religiosas, dulces esposas del
Señor. Ahora, ya lo sabes; ya estás advertida por mí, que en estos
momentos hablo por inspiración del cielo; cásate si ésta es tu voluntad
y lo permite tu familia, pero está segura de que vas rectamente camino
del infierno.
--No, padre mío; no me casaré. Además, he roto ya toda clase de
relaciones con el hombre que amaba, y hoy mi corazón está vacío.
--No basta esto. Es preciso que ese corazón lo llenes con el santo amor
a Jesús crucificado, divino Esposo de todas las jóvenes destinadas a
gozar en el cielo una eterna dicha.
--¡Amaré a Dios, padre mío! Yo se lo aseguro. Hoy no le amo aún como
debiera, pero con el tiempo...
--La oración y la humildad harán más que cuantos esfuerzos de ánimo
intentes. Obedéceme a mí siempre; sigue los consejos de tu hermana, que
es casi una santa, y no dudes que éste es el camino que te conduce a la
eterna felicidad.
--Mi hermana desea hacerme monja.
--Es porque te quiere con verdadero cariño; porque se interesa por tu
dicha. ¿Te sientes con fuerza para entrar en un convento?
--¡Yo!... No sé. En este instante creo que sí; pero después...
--Eso es, porque como muy bien has dicho antes, no amas aún a Dios
verdaderamente. Cuando te sumas en la inmensa felicidad que produce
entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la felicidad, cuando
sigas fielmente mis consejos, entonces tú serás la más interesada en
abandonar el mundo y pedir la vida religiosa. Serás monja y nos
agradecerás a tu hermana y a mí el cuidado que nos hemos tomado por tu
alma.
--¿Y mi papá?--preguntó Enriqueta, que al hablar del convento recordaba
la oposición de su padre.
--¿Se opone acaso a tu vocación?
--Sí; un día me dijo que prefería verme muerta antes que monja.
--Eso es, sin duda, una obcecación lamentable del señor conde. Yo, que
como sabes, le trato con asiduidad, estoy convencido de que las
desgracias le han perturbado bastante, y que muchas veces no piensa bien
lo que dice. Su oposición será fácil de vencer.
Enriqueta hizo un gesto, como indicando que no creía fácil disuadir al
conde.
--Además--continuó el jesuíta--, los obstáculos que tu padre pueda
oponer a tu vocación no deben torcer ésta. Los padres sólo tienen
potestad sobre sus hijos cuando se trata de asuntos puramente
terrenales; pero cuando un alma privilegiada quiere elevarse sobre las
miserias mundanas y volar directamente a Dios, un padre es poca cosa
para impedir tan sublime designio.
Enriqueta escuchaba con instintiva extrañeza tales palabras. El padre
Claudio apercibióse del efecto que en su penitente producían sus
afirmaciones y se apresuró a añadir, apelando al procedimiento
casualista, propio de los jesuítas.
--No es esto decir que se debe desconocer y despreciar la autoridad de
los padres; pero todo tiene su límite en este mundo, y ante Dios deben
enmudecer las jerarquías y los privilegios creados por la sociedad.
Nuestra santa Compañía, que por ser la que más hombres eminentes ha
contado en su seno, se ha ocupado de todos los problemas que pueden
surgir en la vida cuando se trata de servir a Dios, tiene previsto el
caso en que la voluntad del padre se oponga a los sentimientos
religiosos del hijo. Ilustres escritores de la Compañía de Jesús han
publicado libros en que se marca lo que deben hacer los hijos cuando por
culpa de sus padres ven en peligro su piedad y su salvación eterna. El
padre Estevan Facúndez, jesuíta portugués, en su "Tratado sobre los
Mandamientos de la Iglesia", que publicó en 1626, dice que los hijos
católicos pueden denunciar a sus padres, si son herejes y no creen en su
religión, y hasta pueden, sin caer en pecado, asesinarlos, si intentan
obligarlos a abandonar la fe. Otro jesuíta español, el padre Dicastille,
en su libro "De la Justicia del Derecho", cree del mismo modo que un
hijo puede hasta asesinar a su padre si éste le impide ser buen
católico. Del mismo modo han hablado otros respetables escritores de la
Compañía, que no creo necesario citarte, y ya ves que cuando la Iglesia,
por boca de nosotros, que somos sus más legítimos representantes,
autoriza a un hijo, en cuestión de religión, para que mate a su padre,
bien puede aconsejar a una hija que desobedezca a su padre también, que
desprecie sus mundanales consejos y que procure, ante todo, salvar su
alma, haciéndose esposa del Señor.
Enriqueta parecía convencida.
Allá dentro, en lo más profundo de su cerebro, le escarabajeaba cierta
duda sobre la bondad y la lógica de las doctrinas del padre Claudio;
pero esto en una joven ignorante e impresionable, como era ella, no
pasaba de ser un fugaz chispazo, y, arrastrada por su fe, atribuía la
ligera duda a una pérfida sugestión del demonio, que todavía intentaba
poseerla.
--No; tu padre no se opondrá--continuó el jesuíta--. Y si se opusiera,
el cielo se encargaría de defenderte y de barrer tales obstáculos.
¡Quién sabe lo que Dios habrá dispuesto contra tu padre, en vista de su
impía obstinación!
El jesuíta dijo estas palabras con tono tal, que Enriqueta se
estremeció, presintiendo en ellas una amenaza.
Por algunos momentos permanecieron silenciosos confesor y penitente, y,
al fin, el padre Claudio, como arrancándose de una grave meditación,
dijo a Enriqueta: