recado del reverendo padre, y más aún cuando el criado le anunció su
visita.
Entró el padre Claudio en el despacho, siempre sonriente y haciendo
reverencias, y tras él apareció un hombrecillo moreno, de pelo rojizo,
nerviosa movilidad, y una expresión en el rostro algo siniestra, que
pretendía corregir con una sonrisa estúpida.
Miraba a todas partes con azoramiento no exento de curiosidad, y tuvo su
vista fija algún tiempo en las vistas de Gibraltar, que adornaban el
despacho del conde, diciendo después con acento atolondrado, de marcada
pronunciación extranjera:
--¡Oh! Está bien; muy bien.
El padre Claudio, después de saludar a Baselga, tomó asiento con su
acompañado junto a la mesa de trabajo, y con voz misteriosa preguntó:
--¿Estamos seguros aquí? ¿Podrá oirnos alguien?
--No acostumbran mis criados a escuchar tras las puertas; pero, sin
embargo, tomaremos precauciones.
Y el conde, a quien le iba gustando mucho aquel misterio, por lo mismo
que le presagiaba cosas muy interesantes, levantóse y salió del
despacho, oyéndosele cerrar una puerta lejana y viniendo después a hacer
lo mismo con la de la habitación.
--Ahora--dijo, volviendo a sentarse--, ya estamos seguros de que nadie
nos oye. Diga usted cuanto quiera, padre Claudio.
Este se detuvo antes de contestar, como si saborease un golpe de efecto,
y al fin dijo, dando cariñosas palmaditas en la espalda de su
acompañante, que instintivamente tomaba la actitud de un perro
acariciado:
--Este señor, que usted ve aquí, es el capitán Patricio O'Conell,
caballero inglés que está de guarnición en Gibraltar.
Prodújose en el conde el efecto esperado por el jesuíta. En su rostro
retratóse la alegría y miró cariñosamente al capitán irlandés,
examinando con atención su personilla.
Baselga, a pesar de que estaba predispuesto a impresionarse
favorablemente, no pudo menos de reconocer con su buen ojo de soldado
que aquel hombre tenía poco de militar. Era vivaracho y desgarbado en
demasía, y, además, llevaba afeitado el labio superior, demasiado grueso
y prolongado, ostentando unas patillas rojas y lacias, que le daban más
aire de comerciante británico injertado en mercader judío, que de
capitán del bravo ejército que con Wellington se cubrió de gloria en
Waterlóo.
Pero el conde estaba inclinado a verlo todo por su lado bueno, e
internamente excusó al extranjero, diciéndose que en el ejército inglés,
aunque había buenos mozos, también se veían figuras raquíticas y
extrañas, lo que no impedía que se batieran bien cuando llegaba la
ocasión.
Baselga, algo emocionado, había murmurado un cumplido, extendiendo su
mano al extranjero.
--Tanto gusto en conocer a usted, señor conde--decía el capitán, con su
acento extranjero, que cuidaba de extremar--. El padre Claudio me ha
hablado mucho de usted y de su magnífico plan, y tantos deseos siento de
ayudarle en su empresa, que he solicitado una licencia de mis jefes,
pretextando deseos de conocer las principales ciudades de Andalucía, tan
sólo por venir a verle.
--¡Eh! ¿Qué le parece a usted?--dijo el padre Claudio--. Le prometí
ayudarle en su patriótica empresa, y aquí me tiene usted, con el socorro
apetecido, pues le traigo nada menos que a uno de los más valientes
oficiales del ejército inglés. El capitán O'Conell, cual buen irlandés,
es ferviente católico, como nosotros, y también lo son todos los
soldados irlandeses de la guarnición de Gibraltar, que pasan de
ochocientos. Por esto es casi seguro que todos ellos tomarán parte en
nuestra santa empresa. ¿No es así, amigo O'Conell?
--Así es, reverendo padre.
Baselga estaba entusiasmado con aquellas seguridades, y se sentía tan
feliz, que hasta creía estar soñando. Aquello de poder disponer de casi
la cuarta parte de las tropas del Peñón, le causaba una felicidad
próxima al desvanecimiento.
Una cosa le llamaba la atención en el capitán irlandés, y era la
facilidad con que se expresaba en castellano.
--¿Está usted mucho tiempo en la Península, capitán?--le preguntó--.
Habla usted muy bien nuestro idioma.
--¡Oh! Es usted muy indulgente, pues conozco que lo hablo bastante mal.
Estoy más de un año en Gibraltar, pero yo tengo gran afición a los
idiomas, y, además, conocía desde mi niñez muchas palabras del español.
Mi padre fué también militar, e hizo la guerra en España contra los
franceses, a las órdenes del duque de Wellington.
Baselga, a quien preocupaba algo aquella facilidad de lenguaje, se
tranquilizó, e impaciente por conocer las probabilidades de éxito de su
plan, entró directamente a tratar de la conquista del Peñón, su tema
favorito.
El tenía en su imaginación ultimado todo su plan. Se había procurado
todo lo escrito sobre las célebres fortalezas de Gibraltar y sobre las
costumbres militares en dicha plaza; había visto por sus propios ojos
en el mismo teatro de operaciones todo lo que le había permitido la
policía inglesa, y, para dar el golpe, únicamente necesitaba quien
estuviese en combinación con él dentro de la ciudad y le ayudase en el
momento decisivo. ¿Estaba conforme el capitán O'Conell en ser su
auxiliar?
Llegó para el irlandés el momento de manifestar su pensamiento, que fué
bien sencillo y expresado en pocas palabras. El estaba dispuesto a todo,
y lo mismo que él todos los irlandeses de la guarnición. Antes que
súbditos de la Gran Bretaña, eran vasallos del Papa y fervientes
católicos, y, por tanto, se hallaban prontos a ejecutar las órdenes que
Dios dictase por boca de sus representantes directos, los jesuítas, los
cuales, al mismo tiempo, eran muy buenos amigos de San Patricio, patrón
de Irlanda. Además, sentían hacia la vieja Inglaterra, su opresora,
perdurables odios, y les gustaba mucho quitarle una plaza de tanta
importancia como Gibraltar, creándole, de paso, un conflicto con España.
La conjuración podía contar con ochocientos soldados esforzados, fuerza
con la cual bien podía intentar un golpe de mano el conde de Baselga, de
cuya historia militar ya se habían enterado tanto él como sus
compañeros, y especialmente de sus estupendas hazañas en la guerra
carlista.
Al conde resultábale extraño que su vida militar fuese conocida de los
extranjeros; pero, a pesar de esto, sentíase halagado por las lisonjas,
como todo mortal, y se imaginaba ya apoderándose de Gibraltar al frente
de los soldados irlandeses, que le aclamaban como caudillo invencible.
Baselga, cada vez más entusiasmado, en vista de lo segura que era la
adhesión de los irlandeses, entraba a detallar su plan, y hacía
preguntas al capitán, a las que éste contestaba con su habitual
precipitación.
--¿Y esos ochocientos hombres forman todos un Cuerpo?
--No, señor conde. La mayoría están en el batallón de rifles, o sea lo
que allí llaman batallón de cazadores, y el resto en los otros cuerpos
de la guarnición. ¡Oh! El Gobierno inglés tiene buen cuidado de esparcir
a los irlandeses por todos los Cuerpos evitando que formen un regimiento
completo, pues saben que éste se sublevaría inmediatamente.
--¿Y qué procedimiento cree usted mejor para dar el golpe?
--El que usted ha expuesto antes es el más aventurado, pero el más
seguro. Aguardamos una noche en que entren de guardia en las principales
fortificaciones una parte de los nuestros, y en que yo pueda quedarme en
el castillo. Usted, al frente de los que estén libres, se apodera del
gobernador de la plaza y las principales autoridades; nosotros, desde
arriba, apuntamos los cañones a los cuarteles donde estén alojadas las
fuerzas no comprometidas, y el hecho queda ya realizado con éxito.
--Sí; éste es el mejor plan. Además, tiene la ventaja de que las
autoridades inglesas no están acostumbradas a esta clase de sucesos, y
es, por tanto, más fácil pillarlas desprevenidas.
--Tiene usted razón. Las sublevaciones militares son tan desconocidas de
los ingleses como populares entre los españoles.
Baselga, cada vez más entusiasmado y deseoso de ultimar su difícil plan,
sacó de un cajón de su mesa un plano de Gibraltar, hecho por él mismo,
con arreglo a cuanto había visto o estudiado sobre la célebre plaza.
Había en él algunos claros que llenar, y deseaba que aquel inesperado y
valioso compañero le ayudase a corregir errores y le ilustrase en varios
puntos que le resultaban oscuros.
El conde no obtuvo lo que deseaba. El rojo capitán, con tanto aplomo
como precipitación, contestaba a todas sus preguntas; pero a Baselga le
pareció que muchas veces hablaba sin saber lo que decía, y únicamente
por no demostrar su ignorancia.
--Este mozo--pensaba el conde--sabe menos aún que yo. Debe ser un
militar ignorante, como yo lo era en mis buenos tiempos. Pero esto no
importa. Me doy por satisfecho con que sea valiente y sepa hacerse dueño
del Peñón, facilitándome la conquista de Gibraltar.
Baselga guardó el plano y la conversación continuó, mezclándose en ella
el padre Claudio, que hasta entonces había permanecido silencioso y
mirando a los dos interlocutores con la mayor atención, como si le
interesara mucho su diálogo.
--Me decía el capitán, cuando veníamos aquí--dijo el jesuíta--, que
sería necesario que en la empresa entrasen también algunos españoles de
corazón, que no vacilaran al iniciar el movimiento.
--Sí, señor conde--añadió el irlandés--. Cincuenta o sesenta hombres
decididos no estarían de más en el primer instante de nuestra santa
revolución. Servirían para apoderarse de una guardia que pudiera
estorbar nuestros planes, para desarmar una patrulla, o, cuando menos,
para guardar la persona de usted, que es muy necesaria y no debe
exponerse a caer tontamente en manos de las autoridades inglesas.
--Algo de eso había yo pensado--dijo el conde--. Efectivamente, no sería
de sobra ese grupo de hombres, con el cual se aseguraba la iniciativa
del movimiento.
--La cosa no es difícil. Se tienen estos hombres en La Línea, y cuando
llega el día propicio para dar el golpe, se los hace entrar en
Gibraltar con diversos disfraces. En cuanto a sus armas, yo me encargo
de introducirlas sin que nadie se aperciba de ello.
--Lo difícil es encontrar hombres que sirvan para una comisión tan
delicada.
--Difícil es. Yo, como vivo en Gibraltar, conozco mucho la gente que
pulula en el campo fronterizo, contrabandistas y merodeadores, y aunque
son hombres valerosos, aconsejo a usted, señor conde, que no se fíe de
ellos. Son gente borracha y habladora, y contar con ellos es ir a la
perdición, pues no saben guardar un secreto.
--¿A quién buscaríamos?--murmuró el conde con expresión pensativa.
--No es difícil encontrar la gente que necesitamos--dijo el padre
Claudio--. Usted, señor conde, conserva, según muchas veces me ha dicho,
sus relaciones con muchos carlistas de Navarra que hicieron la guerra a
sus órdenes. Estos, por lo regular, son gente dura y aguerrida, ¿no es
eso?
--Se portaron bien a mis órdenes y tengo en ellos absoluta confianza.
--Perfectamente. Pues basta que usted les envíe una carta, diciéndoles
que los necesita para una empresa importante (sin decirles cuál sea),
para que inmediatamente vengan aquí, creyendo que van a hacer algo por
el Pretendiente. ¿Está usted seguro de que le obedecerán?
--¡Oh! Segurísimo. A pesar de los años transcurridos, me quieren y
respetan tanto como cuando yo era su coronel. Algunos han muerto desde
entonces, pero quedan sus hijos, que me obedecerán de igual modo, pues
los he favorecido a todos con mano pródiga, y es imposible que tan
pronto olviden mis beneficios.
--Ya tenemos, pues, lo que deseábamos--dijo el capitán irlandés--. De
entre esa gente escogerá usted cincuenta, los más fornidos y temerarios.
--Escribiré al tío Fermín, de Zumárraga, que fué sargento a mis órdenes
y él se encargará del reclutamiento.
--Además, los armará usted convenientemente. Puede usted comprar
cincuenta carabinas de repetición, de esas que han inventado
recientemente los yanquis. Las tiene almacenadas aquí, y ya le
comunicaré yo desde Gibraltar la forma más adecuada para remitírmelas,
introduciéndolas sin riesgo en la plaza. Todo esto resultará tal vez un
poco caro, señor conde.
--¡Bah!--repuso éste con ademanes de desprecio--. ¿Quién repara en
dinero cuando se trata de una empresa tan grande y que redunda en
beneficio de la Patria?
--Muy bien dicho, amigo Baselga--dijo el padre Claudio con entusiasmo--.
Y, además, si el dinero faltase, aquí estoy yo, o, más bien dicho, aquí
está la Orden, que, aunque pobre, contribuirá cuanto pueda a tan santa
empresa.
El conde dirigió una mirada de gratitud al jesuíta.
La conversación entre los tres hombres se generalizó, y pasaron más de
una hora ocupados en examinar el plan de conquista, apreciándolo hasta
en sus menores detalles.
El capitán O'Conell lo aprobaba todo con entusiasmo, y mostraba a
Baselga una confianza sólo comparable con la que un granadero de la
célebre Guardia Imperial pudiera sentir por Napoleón.
Esto ensorberbecía al conde y atizaba aquella exaltación nerviosa de que
era víctima siempre que examinaba su plan patriótico.
Sólo el padre Claudio le hacía objeciones y le oponía algunos reparos,
siendo de éstos el que más molestaba al conde el empeño del jesuíta en
asociar otras personas a la empresa.
--Me extraña mucho, padre Claudio--decía Baselga--, que una persona tan
culta y prudente como lo es usted, se empeñe en mezclar en este asunto
más personas. Recuerde usted el antiguo refrán: "Secreto de dos, lo
guarda Dios". Aquí somos más de dos, y bastante es con que conozcan el
plan usted, el señor O'Conell y Joaquinito Quirós. ¿Aún quiere usted que
lo conozca más gente? Piense usted que de este modo el secreto puede
desaparecer, y entonces, adiós las probabilidades de éxito, pues si los
ingleses llegan a apercibirse de nuestros intentos, nada podrá hacerse.
A pesar de estas razones el jesuíta no se daba por vencido, y alegaba
otras para demostrar la necesidad de asociar ciertas personas a la
empresa.
--Desengáñese usted, señor conde--decía con expresión de superioridad--;
es preciso que personas respetables, de mi mayor confianza, entren
también en la aventura. Para esta clase de negocios, por muchos que
seamos, nunca resultaremos bastantes. No todo ha de ser combatir y
conquistar. Una vez sea usted dueño de Gibraltar, conviene que forme una
Junta, o lo que hoy se llama, en lenguaje revolucionario, un Comité de
patriotas, que gobierne la plaza, que entienda de todos los asuntos
puramente políticos y que negocie con el Gobierno español, para que éste
no tema a Inglaterra y quiera admitir el regalo que le haremos. Además,
es necesario mover la opinión pública en favor nuestro, para que no se
asuste ante tan estupenda conquista, que podrá traer consecuencias
internacionales, y esto lo ha de hacer el tal Comité, pues usted y
O'Conell no han de estar en todas partes ni ocuparse de todos los
asuntos, pues bastante harán con llevar adelante la cuestión militar.
El conde, después de alguna resistencia, se rindió a las razones de su
amigo, y accedió a la formación del Comité, del que sería él mismo el
presidente, y el vicepresidente un médico afamado y gran patriota, amigo
del padre Claudio.
Después de quedar acordes en todos los puntos, el jesuíta se levantó
para retirarse, y Baselga y O'Conell se abrazaron con una efusión
conmovedora. El capitán irlandés saldría aquella misma noche para
Andalucía, antes que nadie pudiera apercibirse de su estancia en Madrid.
Ya no podrían verse hasta el día del golpe; pero él, por conducto del
padre Claudio, le tendría al corriente de cuanto ocurriese y le avisaría
la fecha en que debía llegar con sus hombres a las cercanías de
Gibraltar.
El jesuíta se negó a que el conde les acompañara hasta la puerta de la
escalera, y al pasar por la antesala y ver al ayuda de cámara del conde,
que le saludaba reverente, dijo con afectación a su acompañante:
--Pocas horas le quedan a usted, "señor doctor", para sus asuntos, si es
que quiere coger el tren de esta noche.
El criado se fijó con curiosidad en el "señor doctor", y el jesuíta, con
un ligero gesto, pareció indicar que esto era lo que deseaba.
Ya estaba el padre Claudio en la escalera, cuando volvió atrás, y con
aire distraído preguntó al criado:
--¿Me has dicho antes que la señora baronesa había salido?
--Sí, reverendo padre. Creo que hoy tiene reunión de cofradía en San
José.
--Lo siento; quería presentarle al doctor O'Conell, ese sabio irlandés
que viene conmigo.
El criado creyó de su deber hacer una profunda reverencia a aquel sabio,
que le volvía las espaldas y bajaba la escalera canturreando.
En la puerta del palacio esperaba una elegante berlina, y a ella
subieron los dos hombres.
Cuando el coche partió, el capitán O'Conell lanzó una carcajada sonora,
que hizo temblar los vidrios de las ventanillas, y dijo a su
acompañante:
--¿Eh? ¿Qué tal, reverendo padre? ¿Soy buen actor? ¿Sé desempeñar bien
una farsa? De seguro que vuestra reverencia no esperaba tanto de mí.
--Has estado bien, Daniel Clark, y no desmientes que eres hijo del viejo
James Clark, que en su tiendecita de Gibraltar se ha acreditado como el
más astuto truhán que compra, cambia y presta a todo el mundo. Tenías un
aire completo de militar inglés, y nadie hubiese dicho que te has pasado
la vida regateando con los judíos del Peñón, prestando al doscientos por
ciento o embarcando contrabando.
--¡Oh! Para fingir me reconozco con algunas facultades; puedo
asegurarlo, aunque falte con ello a mi natural modestia.
--Ahora, truhán, lo que debes hacer es salir esta misma noche de Madrid.
Vete a Gibraltar, o al infierno; lo importante es que aquí nadie se
pueda fijar en ti. En ciertos negocios tiene más mérito que el trabajo
el saber desaparecer a tiempo.
--Me iré; perded cuidado. El valiente capitán O'Conell toma el petate,
o, si os parece mejor, el señor doctor se va. Y, a propósito, una
pregunta, reverendo padre: ¿qué es eso de señor doctor?
El padre Claudio contempló el gesto de malicia con que su compañero le
hacía esta pregunta, y fríamente, subrayando sus palabras con aquella
sonrisa especial, tan temida por algunos, le dijo:
--Señor Clark, hay cosas que muchas veces producen al que las sabe
terribles daños; por tanto, hará usted muy bien en no querer averiguar
el por qué le haya yo llamado así o de otro modo. He dicho "señor
doctor" porque me ha dado la gana. Ya está usted contestado; ahora, cada
uno a sus negocios.
XXI
La confesión.
La Colegiata de San Isidro, a las cinco de la tarde, ofrecía el aspecto
sombrío, frío y desnudo que presenta toda iglesia a la hora en que los
fieles no llenan sus naves y los santos quedan en esa soledad absoluta y
vacía, semejante a la de los muertos en olvidado cementerio.
No había bajo las sombrías bóvedas del templo otros vestigios de la
vida exterior que los hilillos del mortecino sol, que, filtrándose por
las altas y pintadas ventanas, trazaban en la pared frontera algunas
tibias manchas de luz, y el zumbido que la calle de Toledo, arteria
popular, siempre rebosante en vida y movimiento, lanzaba al interior del
desierto templo.
En las sombras que envolvían el altar mayor y en la obscuridad de las
capillas laterales, brillaban algunos cirios y lámparas, con la misma
luz indecisa y tímida de las estrellas entre los nubarrones de una noche
tempestuosa, y de vez en cuando, el suelo conmovíase, repercutiendo con
agigantada vibración la pisada del sacristán y los acólitos, que iban de
un lugar a otro, ocupados en faenas de embellecimiento y aseo.
Golpes sordos sonaban en las capillas, anunciando la "toilette" de los
santos, que los dependientes de la iglesia hacían con sus zorros,
sacudiendo el polvo a los mantos bordados y a las cabezas de cartón
piedra, que a la mañana siguiente, rodeados de cirios y de flores,
habían de recibir la oración de los fieles, arrodillados reverentemente
ante ellos.
Las gastadas baldosas exhalaban perniciosa humedad donde no estaban
cubiertas por una áspera estera de esparto, mugrienta y gastada por el
roce continuo de pies y rodillas, y en el ambiente se respiraba ese
calor pegajoso y caliente propio de los locales donde muchos respiran y
es escasa la ventilación.
Sentadas en taburetes de tijera estaban cerca del altar mayor unas
cuantas viejas que permanecían inmóviles, confundiendo sus perfiles en
la sombra, y con todo el misterio y el aspecto tenebroso de las brujas
que aguardaban a Mácbeth al borde del camino.
Cada vez que la cancela de la gran puerta se abría, anunciándolo el
chirrido de sus viejos goznes y el sordo chocar de las maderas, las
viejas volvían la cabeza con curiosidad, y una vez se borraba la mancha
de luz que dejaba entrar la puerta entreabierta, volvían a su
inmovilidad de momias y seguían en sus asientos, convencidas de que ya
que nada tenían que hacer, era mejor permanecer en el templo, que ya
consideraban como su propia casa.
Oyóse el ruido de un carruaje, que paró a la puerta de la iglesia y esta
vez la curiosidad de las beatas fué mayor.
Abrióse la cancela y entraron dos señoras, vestidas de negro y con
mantilla.
Las viejas pudieron ver bien a aquellas dos elegantes, que se
persignaban en el espacio de luz que dejaba entrar la puerta, todavía
abierta; pero no las conocieron.
No era extraño, pues la baronesa de Carrillo y su hermana Enriqueta
visitaban muy de tarde en tarde la iglesia de San Isidro, a la que no
tenían gran afición por estar enclavada en un barrio popular y ruidoso.
En cambio, el padre Claudio la tenía gran cariño; llamábale su templo, y
a él hacía ir a cuantas amigas merecían el alto honor de que él las
oyera en confesión. La Colegiata de San Isidro la consideraba él como
una finca propia, y relataba a los allegados que le pedían el motivo de
tal predilección, cómo uno de sus antecesores en la dirección de la
Compañía en España, la había construido en 1561 con los legados que para
tal objeto dejó la Emperatriz de Alemania doña María.
Buscando, pues, al padre Claudio iban las dos señoras a tal iglesia, y
cuando se vieron envueltas por completo en las tinieblas esparcidas por
las naves, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol que bañaba las
calles, no pudieron distinguir lo que les rodeaba.
Enriqueta se asió a la falda de su hermana, y ésta fué avanzando con
cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo
desconocido.
--A la derecha--murmuraba la baronesa--, en la penúltima capilla, está
el confesonario. Allí vendrá.
Y acostumbrada a aquella oscuridad en la que se iban marcando los
perfiles de los objetos, avanzó rectamente hacia el punto que indicaba,
llevando siempre a remolque a su hermana.
Cuando llegaron a la capilla sentáronse en un banco de madera, que ceñía
el fuste de una columna, y aguardaron pacientemente. La baronesa sacó de
su manguito un elegante rosario de oro y perlas, y se puso a rezar.
Enriqueta abismóse en sus pensamientos.
Iba a confesarse con el padre Claudio, accediendo a los ruegos de la
baronesa, que ya no la maltrataba, como dos meses antes, contentándose
ahora con rogarle con aire imperativo.
Doña Fernanda, que respetaba mucho a su padre, el conde, sólo porque le
temía, se había abstenido de seguir educando a su modo a Enriqueta, y
procuraba no hablar ni incidentalmente de aquella pasión, cuyo
descubrimiento tan grave escándalo había producido.
La ausencia de Tomasa, su eterna rival, la tranquilizaba, comprendiendo
que esto alejaba el peligro de que volvieran a reanudarse los amoríos de
su hermana con aquel capitán Alvarez, contra el que ella sentía un odio
mortal.
La afición que el conde de Baselga había adquirido recientemente a la
vida de los salones, y a la que arrastraba a su hija, inquietaba un poco
a la baronesa, que temía que la coquetería elegante borrase a Enriqueta
las huellas de la educación mística que se había esforzado en darla.
Una cosa tranquilizaba a doña Fernanda, y era la seguridad de que su
hermana, obedeciendo a su padre, había roto sus relaciones con el
capitán Alvarez. Esto lo sabía por el padre Claudio, que la había
manifestado algo de su conferencia con el militar, aunque cuidándose de
ocultar ciertos detalles.