obra de usted, la preparación sí que será debida a sus consejos. Esa
idea de hacer monja a Enriqueta, la reconozco; es producto de los
consejos jesuíticos. Doña Fernanda la defiende, y por tanto no es
aventurado afirmar que es idea del padre Claudio.
--¡Dios mío! Me marea usted con sus sospechas. ¿Y qué empeño he de tener
yo en hacer monja a una muchacha que ha tenido novio hace pocos días?
Alvarez sonrió, y dijo con sorna:
--Vamos, padre Claudio, que el meter unos cuantos millones de pesetas en
las arcas de la Orden sería un buen golpecito.
El padre Claudio perdió su aplomo. Experimentó la misma impresión de ira
que poco antes, pero esta vez no se detuvo, y mirando fijamente al
joven, dijo recalcando las palabras:
--¡Ya están los millones otra vez en danza! A juzgar por lo presentes
que están en su memoria, cualquiera diría que usted es quien les tiene
afición y quiere hacerlos suyos casándose con Enriqueta.
El golpe era maestro; uno de aquellos golpes brutales, pero terribles,
que el padre Claudio daba cuando comenzaba a perder su habitual calma.
El efecto fué inmediato.
Nada lograba sublevar de un modo tan terrible el carácter caballeresco y
susceptible de Alvarez como la creencia de que aquel amor que tanto le
dominaba fuese una miserable especulación. Muchas veces en sus horas de
reflexión sentíase conmovido al pensar que alguien pudiese confundirlo
con uno de esos explotadores del amor que aprecian a las mujeres por sus
fortunas. Ver a Enriqueta pobre y abandonada para entonces amarla más
aún era la ilusión que muchas veces acariciaba como la suprema
felicidad, y se sentía capaz de aplastar con toda la indignación de un
hombre honrado al miserable que osara dudar del desinterés de su pasión.
Con movimiento nervioso levantóse del banco y clavó una mirada
amenazadora en el padre Claudio, apretando los puños convulsivamente y
próximo a dejarlos caer sobre el rostro del jesuíta. Este le miraba
impasible. Estaba acostumbrado a arrostrar las consecuencias de sus
ataques y además se encontraba muy alto y era muy poderoso para
asustarse ante la cólera de un pobre militar. Por esto miraba a Alvarez
con la impasibilidad con que contempla el ídolo gigantesco las amenazas
del esclavo que rebulle furioso a sus pies.
Alvarez apreció la diferencia de posición que existía entre ambos, y sea
que temiese las consecuencias o que no quisiera abusar de su fuerza con
un hombre que forzosamente había de ser de costumbres pacíficas, volvió
a sentarse en el banco.
La escena había sido tan rápida que no se apercibió de ella ninguno de
los que estaban en los bancos cercanos.
--Dispense usted mi arranque--dijo fríamente el militar al
sentarse--Creía que estaba hablando con un hombre como yo y me olvidaba
que usted lleva faldas.
Tampoco fué mal dirigido el golpe que Alvarez asestó al jesuíta con tal
grosería. Aquel Borgia de la Compañía, que no temía a nadie y se sentía
con valor para exterminar a todo el género humano, recibió un tremendo
latigazo con tan despreciativas palabras. Todos los insultos consentía
él antes de que nadie le creyese débil y le recordase su estado. El, que
aspiraba a la conquista del mundo y que tenía ánimos para acometer las
empresas más imposibles, se avergonzaba justamente ante aquella
compasión. Hubiera preferido que Alvarez le diese de bofetadas y lo
patease en medio del jardin, antes de tratarle con aquella compasión de
superioridad omnipotente, propia para las mujeres y los niños.
Al recibir tal insulto, en los primeros momentos, sintió tentaciones de
contestar con una bofetada, pero se contuvo y todo su furor, todo su
odio lo desahogó con una de aquellas miradas que en su despacho hacían
temblar a todos sus subordinados.
Transcurrió algún tiempo sin que hablase ninguno de los dos hombres.
Alvarez, con la vista fija en unos niños que jugaban a pocos pasos,
canturreaba batiendo el suelo con un pie, mientras el padre Claudio le
contemplaba con mirada estúpida. A pesar de esto, notábase en él que
estaba reflexionando.
--Oiga usted, hijo mío--dijo por fin--. Hemos sido unos locos
insultándonos de este modo. Yo no acostumbro a trabar amistad con las
personas de un modo tan extraño y sentiría separarme de usted en este
momento quedándonos ambos con tan malos recuerdos. Usted me ha sido
simpático, no quiero que sea mi enemigo; y además, le perdono los
insultos que me acaba de dirigir. ¡Oh, la juventud! Yo sé bien lo que
son esas cosas, pues también he sido joven y he tenido mi sangre
ardiente y mis arranques de intemperancia, como cualquier otro. Pensando
en esto me siento dominado por la melancolía.
Y el padre Claudio decía esto con un acento de verdad que sorprendía al
capitán. Al mirar a aquel hombre que hablaba con tanta dulzura y
benignidad, dudaba Alvarez que fuese cierta la escena violenta ocurrida
momentos antes.
--Yo quiero que seamos amigos--continuó el padre Claudio--. Quiero que
usted no tenga ninguna queja de mí. Mire usted, sería la primera vez que
se habría acercado una persona a mí marchándose descontenta de mi
carácter. Esto le demostrará a usted quién es este malvado, este
"jesuíta", como dicen ustedes, los impíos, con maligna entonación.
Y el poderoso clérigo reía bondadosamente al decir esto, como hombre
cuya benignidad está por encima de todas las pasiones mundanales.
--Yo--continuó--tengo empeño en ser su amigo, porque presiento en usted
un gran corazón, cuyo único defecto consiste en estar emponzoñado por
lecturas impías propias de estos tiempos en que ruge amenazador el
espíritu revolucionario. Si somos amigos, como yo espero, ya me conocerá
usted más a fondo y sabrá lo que somos nosotros los jesuítas, esos
monstruos horripilantes de maldad e hipocresía que con tan negros
colores pintan los novelistas enemigos de la Iglesia.
Y el jesuíta seguía riendo bondadosamente, como si en la inmensidad de
su risueña misericordia incluyera también a los escritores enemigos de
la Compañía de Jesús.
--Conque vamos a ver--dijo interrumpiéndose en su bondadosa jocosidad--:
¿qué favor puedo yo hacer a usted? ¿De qué modo debo obrar para que
usted sea mi amigo y no me odie? Tengo interés en hacerme simpático a
usted, y no crea que esto es desinteresadamente. Tengo la ambición de
conquistarlo a usted, arrancándole de las garras del diablo; no quiero
que un joven digno de la mejor suerte siga encenagado en la impiedad y
tenga sobre nuestra Compañía un concepto tan erróneo e injusto.
El capitán Alvarez sentía extrañeza ante aquella rápida mutación que
había experimentado el carácter del jesuíta; pero la promesa de hacer
por él cuanto pudiera le deslumbró hasta el punto de que miró ya con más
simpatía al padre Claudio. Alvarez recordó lo que mil veces le había
dicho su compañero el vizconde, y tenía la seguridad de que si el
jesuíta le ayudaba podría llegar a ser el esposo de Enriqueta. Los
jesuítas eran mala gente, y de ello estaba él bien convencido, mas no
por esto desconfiaba del padre Claudio. Este podía sentir por él una
repentina simpatía; tal vez le hubiese impresionado favorablemente su
carácter vivo y arrebatado, y además... nada perdía solicitando su
protección.
Estaba el capitán Alvarez en uno de esos instantes en que el hombre se
siente predispuesto a la esperanza y en que, acariciando una risueña
ilusión, cierra los ojos a la realidad. No se le ocurrió, pues,
desconfiar, y contestó a las promesas del jesuíta:
--Lo que yo deseo de usted, ya que muestra interés en protegerme, es que
no ponga obstáculos a mis amores. Yo sé el inmenso poder que usted
tiene, conozco la gran influencia que ejerce sobre la familia de
Enriqueta y estoy convencido de que como usted quisiera, sería yo muy
pronto el marido de la mujer que amo. Esto nada le costaría a usted, y
yo sería feliz.
El padre Claudio seguía riendo bondadosamente:
--¡Ah, juventud, pícara juventud! Siempre lo mismo: el amor
sobreponiéndose a todos los sentimientos. Haré cuanto pueda hijo mío;
pero lo que usted pide es tan grande, que no sé si llegaré a realizar
sus deseos.
--¡Oh, usted puede mucho!
--No tanto como usted se figura. Si en mí consistiera que Enriqueta y
usted se casasen, podía ya darlo por hecho; pero, amigo mío, está ahí
el padre, el conde de Baselga, viejo como yo, y, por tanto, testarudo y
loco. Es muy difícil, por no decir imposible, que un hombre como él,
apegado a las rancias tradiciones, consienta en dar su hija a uno que no
es noble.
--Usted tiene sobre él gran ascendiente.
--Sí, hijo mío, excepto cuando nos tiramos los trastos a la cabeza;
pero, en fin, el asunto no se perderá por mi culpa, pues haré cuanto
pueda.
--Si usted cree que la familia de Enriqueta no ha de hacer caso de sus
consejos, al menos logre usted, por su parte, deshacer el efecto de esa
carta que a mi novia la obligaron a escribir, y haga lo posible porque
se reanuden nuestras relaciones. Comprendo que soy muy exigente y que
usted juzgará tal vez degradante esta proposición; pero si usted fuera
tan bondadoso que aceptase, le debería mi felicidad.
--Vaya, pues--dijo el jesuíta, siempre en tono jocoso--. Haré ese favor,
aunque el papel que usted me encarga desempeñe no sea muy honroso. Se ha
de transigir algo con la juventud, siempre exigente cuando está
enamorada. Aconsejaré a Enriqueta que no se deje imponer por nadie y que
cumpla lo que le dicte su voluntad. Si tiene verdadera vocación, será
monja; y si aquélla es una ficción de su hermana doña Fernanda, entonces
tenga usted la seguridad de que ella misma desmentirá esa carta y
reanudará el interrumpido galanteo. ¿Está usted contento?
Alvarez, por toda contestación, tendió una mano al jesuíta, que éste
estrechó con efusión; pero al mismo tiempo su sonrisa tomó una expresión
sarcástica, de la que no pudo apercibirse el militar.
Retuvo el padre Claudio la mano del capitán, apretándola cariñosamente
como para infundirle confianza, y pasado algún rato, le preguntó con
tierna solicitud, mirando fijamente sus ojos, como si pretendiese
sondear sus pensamientos:
--¿Y cómo está usted en su carrera? ¿Tiene usted esperanzas de ascender?
Me parece usted un militar de mérito.
--Yo--contestó con sencillez Alvarez--soy uno de esos predestinados a
encontrar siempre de espaldas a la fortuna.
--Sin embargo, para su edad no puede usted quejarse. Es capitán y tiene
la cruz de los valientes...
--Algo me costó ganarme todo esto, y haciendo lo que yo, otros serían
coroneles. Además, soy de los que únicamente se abren paso en tiempo de
guerra a costa de grandes servicios; pero en la paz es imposible que
logre ser favorecido, ni menos que se me haga justicia.
--¿No tiene usted protectores?
--No; ni los busco. Soy demasiado altivo para mendigar lo que, en mi
concepto, sólo puede alcanzarse honradamente con la punta de la espada.
--¿No conoce usted ningún poderoso? ¿No es amigo de ningún general?
--Uno solo conozco, pero éste es imposible que me favorezca, pues su
recomendación causaría mal efecto en el Ministerio.
--¿Quién es? ¿Puedo saberlo?
--El general Prim.
--¡Ah!...
El jesuíta lanzó esta exclamación de un modo que alarmó a Alvarez. A
éste le pareció que los ojos del padre Claudio se animaban con una
siniestra expresión, como si una alegría infernal le conmoviera
interiormente.
El astuto clérigo, adivinando el mal efecto que aquella demostración
había causado en el militar, se apresuró a corregir su imprudencia:
--No me extraña ahora--dijo con tono festivo--que usted haya perdido la
esperanza de hacer carrera. Efectivamente, mala recomendación es la
amistad de Prim; pero usted podrá deshacer este obstáculo rompiendo toda
clase de relaciones con el general y buscando mejores amistades.
Alvarez se irguió con altivez y dijo con cierta solemnidad:
--Yo sólo abandono a mis amigos cuando me ofenden y no por un vil
interés. Admiro al marqués de los Castillejos como uno de los mayores
héroes que ha tenido España, y lo mismo en la adversidad que en la
fortuna, estaré siempre a su lado.
Aquello parecía gustarle al padre Claudio, a juzgar por su sonrisita, y
después de estar silencioso un buen rato, con la vista fija en el suelo,
como si reflexionase, dijo así:
--La verdad es que usted obra perfectamente no separándose del valiente
Prim. ¡Quién sabe si éste será el medio más rápido de hacer fortuna!
Esto se va, amigo mío; yo soy el primero en reconocerlo, a pesar de que
estoy interesado en mantener lo existente. En aquella casa--y señaló al
Palacio Real--el diablo anda suelto y no se hacen más que desatinos; así
es que no será extraño que cualquier día el pueblo, excitado por la
propaganda revolucionaria, dé al traste con todo lo que hay detrás de
esos muros. Si ese momento llega, Prim será el encargado de dar el
golpe, y usted, de un solo salto, subirá a gran altura, porque,
indudablemente, le ayudará en su empresa revolucionaria. ¿No es esto?
--Yo--contestó Alvarez con sencillez--voy siempre donde van mis amigos.
Esta vez el padre Claudio fué más cauto y no se transparentó en su
rostro la alegría que le causaba tal declaración.
--Aun siendo contra mis intereses--continuó el astuto clérigo--, lo
reconozco. La nación está mal.
--¡Y tan mal!--repuso Alvarez, a quien animaba tal conversación--. La
mitad de las miserias que sufre España, vienen de ahí.
Y al decir esto, señalaba enérgicamente al Palacio Real.
--Sí--añadió el padre Claudio--; y la otra mitad, de nosotros, los que
vestimos sotana. ¿Le he adivinado el pensamiento?
--Así es. ¿Por qué he de mentir? En mi concepto, España sólo será un
pueblo completo el día en que se emancipe de la tutela de la Monarquía y
la Iglesia.
--¡Ah, impío!--dijo el jesuíta en broma y sin escandalizarse por tales
palabras--. Necesario es que sea usted amigo mío, que venga a verme y
que hablemos largamente para que yo limpie su inteligencia de todas esas
ideas pecaminosas, adquiridas en perversas lecturas. Paso porque esa
monarquía que hoy tenemos es mala, pero ¡la Iglesia! ¿Por qué echar la
culpa a la Iglesia de los males de la nación? Los pueblos nunca podrán
pasar sin reyes y sin sacerdotes. Pero hablaremos de esto más despacio
en otra ocasión, pues hora es ya de que entre en Palacio.
Los dos hombres se levantaron.
--Joven, ya sabe usted que le quiero y cuente con que haré cuanto pueda
en su asunto. Cuando quiera verme o me necesite, me encontrará en la
casa residencia de la Orden. Pregunte por mí, que para usted tengo
siempre las puertas abiertas.
Cruzáronse entre los dos amistosos saludos y ofrecimientos, y después se
separaron.
Alvarez iba con dirección a la calle del Arenal, pensando que el
jesuitismo no era en el fondo tan malo como lo suponían, y que aquel
célebre padre podría ser un malvado en otros asuntos, pero que en lo
referente a la familia Baselga no tenía seguramente ningún fin secreto
ni mostraba empeño en estorbar sus amores con Enriqueta. El capitán
sentía un gozo inmenso, con la seguridad de que el bondadoso sacerdote,
poniendo en juego su influencia, volvería los galanteos al mismo ser y
estado que antes de la malhadada carta.
Mientras tanto, el padre Claudio entraba en Palacio. Llevaba el rostro
casi oculto en el embozo de su manteo de seda para ocultar una risita
que daba miedo, por lo mismo que era espontánea.
--Se ha vendido--murmuraba--. Ese muchacho es amigo de Prim y conspira
en la actualidad. Estoy seguro: sus palabras lo indican. Haremos que lo
vigilen, y muy listo ha de ser para que no lo coja por su cuenta el
ministro de la Guerra y lo envíe a Ceuta. ¡Quién sabe si hará méritos
suficientes para ser fusilado! Para esto hoy basta poco. De un modo o de
otro nos libraremos de un novio romántico que estorba mis planes, y ese
mequetrefe aprenderá a oír con más calma, sin amenazar con bofetadas...
y a no burlarse de "mis faldas".
XX
El lazo tendido.
Estaba don Fernando Baselga en el sombrío despacho, ocupado en su
habitual tarea de estudiar las fortificaciones inglesas de Gibraltar,
cuando entró un criado anunciándole la visita del padre Claudio, a quien
acompañaba un caballero.
El conde experimentó cierta emoción al oir tal anuncio.
Hacía más de dos meses que no veía al poderoso jesuíta; pero aquel mismo
día por la mañana había recibido la visita de Joaquinito Quirós, quien
con aire misterioso, le había dicho de parte del padre Claudio que por
la tarde iría éste a verle, acompañado de un caballero que acababa de
llegar de Gibraltar, y que se comprometería indudablemente a tomar parte
muy activa en la grande empresa.
Aquello alentaba mucho las esperanzas de Baselga. Este, siempre que
reflexionaba en su soñada conquista del Peñón y teóricamente apreciaba
sus inmensas dificultades, pensaba en el jefe de los jesuítas de España,
comprendiendo que podía prestarle un auxilio poderosísimo.
Las promesas veladas, pero halagüeñas, que el padre Claudio le había
hecho el día en que estuvo próximo a romper sus relaciones con él a
causa de la educación que tanto él como la baronesa querían dar a
Enriqueta, habían entusiasmado al conde, que con ciego optimismo se
creía ya invencible si la Compañía protegía ocultamente su empresa
patriótica. De aquí que acogiera con tanto júbilo el recado que Quirós
le comunicó de parte del poderoso jesuíta.
Baselga, ocupándose continuamente de su empresa, obsesionado por ella,
había llegado a los últimos límites de la exaltación.
Cumplía las promesas que había hecho a su hija para obligarla a olvidar
sus amores, y continuamente se exhibía con ella en los paseos, los
teatros y los salones; llevaba la vida de un hombre elegante que quiere
hacer agradable su existencia y no pierde diversión; tenía empeño en
lanzar a su hija en el dorado torbellino de la sociedad aristocrática, y
para animarla la daba el ejemplo, haciéndose el viejo verde y
mezclándose más entre los jóvenes que entre los amigos de su edad; pero
todo esto no lograba borrar de su cerebro aquella idea de conquista que
le perseguía hasta en el sueño y le impulsaba a fatigosos trabajos y a
un cabildeo continuo.
Su regreso al gran mundo y a sus esplendorosas fiestas, en vez de
distraerle, había servido para exacerbar el afán de gloria que le
dominaba. En los aristocráticos salones o en los regios bailes de
Palacio había encontrado a sus antiguos compañeros de la Guardia Real,
que ahora eran generales famosos, políticos de gran renombre y jefes de
gobierno, gozando de todas las dulzuras y satisfacciones que
proporcionan el poder y el aura popular. Le habían hablado con la
cariñosa franqueza que da una antigua amistad, bromeaban con él como si
aún fuesen tenientes del Real Cuerpo y comentasen en el cuarto de
guardia las locuras de su general en jefe, el estrafalario conde de
España, o las alcahueterías del complaciente duque de Alagón; pero a
pesar de tantas expansiones cariñosas, Baselga notaba que entre él y sus
compañeros se levantaba un obstáculo infranqueable, el de la diferencia
de clase, y que él, al lado de aquellos hombres célebres de cuya vida y
actos se ocupaba toda la nación, no era más que un hombre rico, pero
desconocido fuera del mundo de la aristocracia, y que sólo merecía el
afecto desdeñoso que se dispensaba al desgraciado que ha malogrado su
existencia y llega a la vejez sin haber hecho nada de provecho.
Su vida resultaba obscura y misteriosa para sus antiguos compañeros.
--¿Pero qué es lo que haces?--le preguntaban éstos con extrañeza cada
vez que hablaban de su existencia--. ¿En qué pasas el tiempo?
Indudablemente te limitas a gozar de tu gran fortuna y te contentas con
llevar una vida regalada y oscura. Podías haber sido mucho, pero tú no
conoces la ambición y eres feliz no imitándonos a nosotros, que sufrimos
el eterno tormento de subir a una altura que no tiene fin.
Cada vez que aquellos generales, ministros y embajadores hablaban de
este modo a su antiguo amigo, éste volvía a su casa más agitado que de
costumbre, y muchas veces, encerrándose en su despacho, lloraba de rabia
al ver que estaba ya próximo a la ancianidad, y era de todos sus amigos
de la juventud quien menos había ilustrado su nombre.
¿Conque él no tenía ambición? Esta había sido su pasión dominante, y de
la que no se había dado cuenta hasta verse en la vejez. Ambición era el
sentimiento de bullicio y escándalo que le movió a sublevarse contra los
liberales en 1822; ambición, lo que le hacía llevar a cabo tan
estupendos actos de valor al frente de su regimiento carlista, y
ambición lo que ahora le enloquecía y le impulsaba a realizar su
aventurado plan de conquista, que de obtener completo éxito, haría su
nombre inmortal.
Lo que él tenía de malo, el obstáculo en que tropezaba, es que era un
incapaz, un bruto (y Baselga se aplicaba con fruición este
calificativo), un hombre incompleto, que había subordinado su ambición a
sus amores, y cuando no, había estado ligado al padre Claudio, siendo un
ser sin voluntad, una máquina que se movía según las órdenes que
emanaban de la voluntad de aquél.
Sus compañeros habían trabajado para sí completamente solos, sin el
bagaje de amores que embrutecían, de pasiones póstumas que enervaban, y
de protección que en vez de engrandecer, anulaba al protegido, y por
esto, con menos esfuerzos y marchando con más arte, habían conseguido
escalar la cima de la Fortuna. Pero aún era tiempo, y él estaba
dispuesto a remediar todos sus antiguos desaciertos.
Allí estaba su plan, magnífico, sorprendente, digno por lo difícil y
aventurado de los romancescos tiempos, el cual, de un solo golpe y en
muy pocos días, le colocaría a mayor altura que todos sus afortunados
compañeros.
La esperanza de conquistar con tan singular golpe de mano la fortuna
hasta entonces esquiva, exaltaba al conde hasta el delirio.
Era rico; pero esto no le bastaba, y pronto sería universalmente
célebre, que era lo que constituía su felicidad.
Aquella exaltación patriótica que le dominaba, había cambiado su
exterior lo mismo que su carácter. Tenía en los ojos ese brillo propio
de la fiebre que consume a los hombres empeñados en realizar por sí
solos una empresa que raya en lo imposible, y tan obsesionado estaba por
su proyecto, que oía mal y contestaba peor cuando le hablaban de algo
que no fuese la conquista de Gibraltar.
Su familia era la que mejor notaba la transformación operada en el
conde; sus distracciones, que muchas veces tomaban en la mesa del
comedor un carácter cómico, y sus terribles e injustificadas cóleras,
que ponían en conmoción toda la casa y que estallaban los días en que
Baselga se desalentaba en su plan, convencido de los insuperables
inconvenientes que se oponían a su realización.
Pretextando un viaje de inspección a sus posesiones de Castilla, para
que ninguno de sus contados amigos pudiera concebir sospechas acerca del
objeto de su excursión, abandonó Madrid y estuvo tres días en Gibraltar,
teniendo que salir forzosamente pasado este tiempo, a causa de las
indicaciones de la Policía inglesa, a quien debió llamar un tanto la
atención las preguntas algo indiscretas y el examen interesado y
detenido de cuantas obras fuertes pudo ver.
El viaje sólo sirvió para que el conde se indignase todavía más contra
los ingleses que expulsaban a un español del suelo de su Península, y
para que se convenciese de la imposibilidad de su empresa. Esto puso a
Baselga de un humor endiablado, y tanto su servidumbre como su familia
sufrieron por algunos días las consecuencias de aquel viaje, que les
resultaba misterioso.
El apoyo prometido del padre Claudio fué en adelante su única esperanza,
y esperó pacientemente a que éste le concediera el ansiado auxilio.
Tan vehemente era este deseo, que el conde, que nunca había apetecido
las visitas del poderoso jesuíta, cuyo verdadero carácter creía ya
conocer, las esperaba ahora con tanta impaciencia como la devota
baronesa, desesperándose al ver que el padre Claudio no cumplía sus
promesas.
El, tan altivo y deseoso poco antes de ir rompiendo poco a poco sus
relaciones con los jesuítas, fué en busca del reverendo padre a la casa
residencia de la Orden, pero en ninguna de sus visitas logró encontrar
al padre Claudio. Parecía que lo había tragado la tierra o que se
ocultaba intencionadamente, deseando con su ausencia excitar los deseos
del conde.