La impresionaba la presencia de aquel padre cuya alma grande

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VICENTE BLASCO IBAÑEZ

LA ARAÑA

NEGRA

NOVELA

TOMO CUARTO

[Illustration: colofón]

EDITORIAL COSMÓPOLIS

APARTADO 3.030

MADRID

Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín

de los Heros, 65.--MADRID.

CUARTA PARTE

EL CAPITÁN ALVAREZ

(CONTINUACIÓN)

XVIII

El padre y la hija.

Doña Fernanda adoptó la resolución más propia del caso.

Dió dos gritos, se retorció furiosamente las manos, revolviéronse sus

ojos en sus órbitas como si quisieran saltar, y arrojando espumarajos

por la boca se dejó caer, revolcándose a su sabor entre los muebles

caídos por la anterior lucha.

Baselga no se inmutó gran cosa.

Le era muy conocido aquel accidente nervioso, medio que la baronesa

empleaba en su juventud cuando vivía María Avellaneda y ésta no quería

acceder a sus peligrosos caprichos.

Sabía el conde que aquello era un medio de salir del paso como otro

cualquiera, y se limitó a ordenar a la curiosa servidumbre, agolpada en

la puerta, que llevase a la baronesa a su cama.

Cuando doña Fernanda, siempre agitada por sus convulsiones, salió del

salón en brazos de los criados y reclinando su desmayada cabeza sobre el

pecho de la burlona doncella, más seria que nunca, el conde fijó su

severa mirada en Tomasa, que bajaba la vista esperando con resignación

la cólera de su señor.

--Ya esperaba yo esto. Hace tiempo que comprendo que algún día mi hija y

tú deshonraríais esta casa con un escándalo como éste. ¿Te parece bien

que una mujer de tu edad y tu carácter proceda de tal modo?

--Señor--se apresuró a decir el ama de llaves--, yo no tengo la culpa, y

esto no lo ha ocasionado la enemistad que yo pueda tener con la señora

baronesa. Ha sido sencillamente que escuché desde el comedor cómo se

quejaba mi pobre señorita, y al entrar aquí vi cómo doña Fernanda la

ponía de golpes como un Cristo, y yo..., ¡vamos!, yo no puedo ver con

tranquilidad que a una cristiana se la trate de este modo, y más siendo

mi señorita, y por eso, agarrando lo que tenía más a mano..., ¡pum!, se

lo arrojé a esa "indina" señora. Eso es todo.

Tomasa, recordando lo sucedido, no se sentía ya cohibida ante su señor,

y erguía audazmente la cabeza como orgullosa de su buena acción.

--Bueno, celebro que hayas defendido a mi hija; pero mientras la

baronesa y tú estéis bajo el mismo techo no habrá aquí tranquilidad. Ya

es hora de que te retires del servicio, te estoy muy agradecido, y

aunque nos abandones, yo te daré lo suficiente para que en adelante no

tengas que servir a nadie.

Tomasa se estremeció. Nunca había llegado a imaginarse que algún día

tendría que salir de aquella casa. Así es que a pesar de las promesas

lisonjeras para el porvenir que le hacía el conde, protestó:

--Yo no quiero abandonar esta casa. Señor, piense usted que yo me

considero de la familia, que vi nacer a la señorita María y también a

los niños, que...

Tomasa se detuvo. Conocía muy bien al conde, y al ver que éste hacía un

ademán indicándola que callase y saliese, obedeció inmediatamente; pero

antes de marcharse abrazó lloriqueando a Enriqueta.

Esta no parecía haber salido de la estupefacción producida por la

anterior escena. Cuando su padre la sacó de aquella pelea que la

envolvía, golpeándola ciegamente, quedó asombrada como si no pudiera

darse exacta cuenta de lo que acababa de suceder.

Parecíale aquello un sueño; pero para convencerse de lo contrario,

sentía en su cuerpo delicado el escozor de los golpes, y todavía le

duraba el convulsivo temblor producido por el miedo.

Al quedar sola con su padre, en vez de tranquilizarse, sintió aumentado

su terror.

¿Qué le sucedería ahora? Después de lo ocurrido con su hermanastra, le

producía aún más terror aquel padre, siempre grave y silencioso, que en

vez de franco cariño le inspiraba una sumisión supersticiosa.

Baselga, al verse solo con su hija, procuró borrar de su rostro la

expresión ceñuda e iracunda de momentos antes y dijo con voz dulce:

--Aquí estamos mal. ¿Quieres que vayamos a mi despacho, hija mía? Tengo

que hablarte.

Enriqueta se apresuró a obedecer a su padre con la sumisión de

costumbre, pero no por esto dejó de temblar. ¡A su despacho! ¡A aquella

habitación casi misteriosa, en la que apenas si había entrado dos veces!

¡Dios mío, qué cosas tan terribles iba a decirle cuando la llevaba a tan

terrorífico gabinete!

Así iba pensado Enriqueta al salir del salón precediendo a su padre.

Junto a la puerta, sucias y pisoteadas por la anterior lucha, estaban

las cartas de Alvarez, aquel tesoro de amor que había provocado la

violenta escena.

La joven, por más que quiso evitarlo, fijó su vista en las cartas

comprometedoras y hasta se detuvo como dudando si debía recogerlas o

guardarlas.

Su padre notó aquel movimiento, y cuando Enriqueta volvió a ponerse en

marcha, Baselga se agachó, agarrando con su gran mano, en un puñado,

todos los sucios papeles.

Aquello hizo llegar al colmo el terror de Enriqueta. Después de su

hermanastra iba a saber su padre el secreto amoroso. ¡Dios mío! ¡Qué iba

a sucederle! La indignación de aquel hombre misterioso y ensimismado le

producía más terror que la ruidosa cólera de doña Fernanda.

Cuando entraron en el sombrío despacho, Baselga sentóse en su sillón

giratorio, situado junto a la mesa, y Enriqueta, obedeciendo sus mudas

indicaciones, se colocó al borde de una silla con aspecto azorado y como

dispuesta a escapar al primer grito amenazador.

El conde no dijo nada. Había arrojado sobre la mesa el puñado de cartas,

y deshaciendo sus dobleces y arrugas y limpiando con sus manos las

manchas que en ellas había dejado un sucio pisoteo, las leyó con

extremada atención.

Enriqueta estaba con la cabeza baja y temblando como si esperara el rayo

que la anonadase; pero algunas veces, al levantar la vista

furtivamente, le pareció que su padre, suspendiendo la lectura, la

miraba fijamente.

La joven no encontraba en el grave rostro de su padre ninguna expresión

de cólera; antes bien, le parecía ver impreso en él un gesto de cariñosa

benevolencia; pero tal terror experimentaba ante el hombre misterioso y

melancólico, que su bondad la causaba más terror que si le hubiera visto

en pie y con ademán colérico avanzar hacia ella.

El conde, cuando hubo leído una docena de cartas, hizo un gesto como

quejándose de la monotonía de aquellos escritos, invariables sinfonías

de cariño sobre un eterno tema, que era un amor puro, ideal y saturado

de un romanticismo dulzón.

Cuando terminó la lectura, fijóse atentamente en su hija y su miedo, que

se manifestaba con un temblor convulsivo, no le pasó desapercibido.

--Hija mía--dijo con voz de dulce gravedad--, haces mal temblando de

este modo en mi presencia. Soy tu padre y nadie tiene gusto en inspirar

terror a sus hijas. Tranquilízate, que tenemos que hablar de cosas muy

graves.

Estas palabras produjeron en la joven una impresión de bienestar.

Parecíale que veía a su padre por primera vez y que encontraba algo de

que hasta entonces no había podido darse exacta cuenta; pero que le era

muy necesario. Aquel personaje terrorífico que ella veía antes en el

conde de Baselga había desaparecido, y en su lugar comenzaba a entrever

un padre bondadoso que la animaba a espontanearse y a confesarle sus

sentimientos.

Enriqueta se sintió más dueña de sí misma, acabó de sentarse con menos

recelo y se dispuso a oír a su padre.

--Lo que voy a decirte, hija mía, es muy importante, por lo mismo que de

ello depende tu porvenir, y espero que me contestes con leal franqueza.

Yo me he ocupado poco de tu educación. La muerte de esa santa mujer, que

fué tu madre (y señaló el retrato de María Avellaneda), me conmovió de

tal modo, que he vivido muchos años solo y aislado como un monje,

huyendo hasta de tratarme mucho con mis hijos, y especialmente contigo,

pues tu rostro me recuerda la inocente hermosura de esa infeliz a quien

nunca lloraré bastante.

Y Baselga, al decir esto, miraba el retrato de María, que sonreía

melancólicamente, alegrando la sombría habitación con el brillante negro

de sus ojos y su rosada palidez.

El conde hacía esfuerzos por contener las lágrimas que producían

aquellos recuerdos, y en su rostro se notaba la expresión sublime de un

alma grande y amorosa que llora la perdida felicidad.

Enriqueta también lloraba, pero su llanto era por su padre, por aquel

hombre desconocido que ahora se le revelaba con toda la grandeza de un

mártir del amor. Los corazones jóvenes, que se abren como capullos

primaverales al sol del cariño, guardan siempre cierta inmensa

admiración para los que sufren por haber amado mucho.

Aquella pasión que vivía más allá de la tumba, aquel amor póstumo,

conmovía a Enriqueta y le hacía mirar a su padre con la adoración

respetuosa que siente un artista principiante ante el genio que lucha

buscando la inmortalidad.

El ogro había desaparecido, y como en los cuentos de hadas, se

transformaba en un amante entusiasta. Era ya viejo, pero su pasión tenía

la grandeza meritoria de no ser rosa inclinada sobre el hermoso pecho de

una Venus, sino melancólico sauce llorando sobre una tumba que encerraba

la nada.

Enriqueta sentía ya una inmensa tranquilidad. Su padre había amado y

amaba aún; su padre sabría comprenderla.

En su presencia sentía nacer una confianza que nunca había experimentado

al lado de doña Fernanda, aquella solterona egoísta y malhumorada que

era el ser con el que había vivido en mayor intimidad.

El exterior frío y antipático de su padre acababa de rasgarse y por el

jirón escapábase el fulgor de aquella pasión póstuma que ardía en el

pecho de Baselga. Enriqueta se analizaba a sí misma, sin darse cuenta de

ello, y se convencía de que, aunque amaba mucho al capitán Alvarez,

nunca llegaría a tal grado de apasionamiento. Esto la hacía sentir una

admiración sin límites por su padre.

El conde, después de haberse frotado con fuerza los ojos, como para

rechazar las lágrimas que a ellos hacían afluir los recuerdos, continuó,

siempre con su dulce acento:

--Conozco que he obrado mal al vivir tan alejado de mis hijos, y es

fácil que Dios me castigue por mi criminal desvío. Tú debes de quererme

poco, Enriqueta.

--Yo, papá mío--se apresuró a decir la joven--, le quiero a usted con

toda mi alma.

Y Enriqueta dijo estas palabras con gran expresión de sinceridad, pues

el cariño que profesaba a su padre, por ser reciente, no la daba lugar a

dudas.

--Pues debías odiarme--continuó Baselga--; o por lo menos mirarme con

indiferencia. Apenas si he sido para ti algo más que un extraño de

aspecto taciturno y antipático. Pero hoy... todo ha cambiado, y estoy

arrepentido de mi dolor egoísta que me hacía huir de la familia. Quiero

ser padre; deseo que mi hija no me mire como un ser extraño, y busco su

cariño inmenso que me ayude y haga más llevadera mi triste vida.

El conde se había levantado de su asiento. Sus palabras habían sido

acompañadas de una excitación que le hizo avanzar hacia su hija.

Experimentaba la necesidad de estrecharla entre sus brazos, de besarla,

de convencerse de que era suya, y que su anterior conducta misantrópica

y egoísta no había desvanecido la cariñosa inclinación que aquel ser

debía sentir hacia él.

Cuando la tuvo sentada sobre las rodillas y se hubo saciado del puro

goce que le producía pasar su mano por entre los rizos de su adorable

cabecita, retuvo las lágrimas que pugnaban otra vez por salir, y

separándose un poco de aquella boca fresca e inocente que besaba sus

curtidas mejillas, preguntó con ingenuidad:

--Dime, ¿es verdad que piensas abandonarme y entrar en un convento?

La joven experimentó la misma turbación que cuando era interrogada por

doña Fernanda.

--Habla con franqueza--dijo el padre al notar su impresión--. Eso de

abandonar el mundo es una resolución de gran importancia que no puede

tomarse a la ligera. La vida del claustro es pesada y para ella se

necesita gran vocación. ¿La tienes tú?

Enriqueta no contestó. Después de lo que había ocurrido con doña

Fernanda sentíase más atemorizada que de costumbre. Temía que las

paredes, oyendo su contestación franca y leal, fuesen a contárselo todo

a la baronesa, y que ésta repitiese sus vergonzosos arranques de poco

antes. Su única contestación fué estrecharse más contra el robusto pecho

de su padre ocultando el rostro sobre su hombro.

Baselga adivinó la preocupación que sufría su hija.

--Comprendo tu miedo--la dijo--. Temes disgustar a alguien, y tiemblas

pensando en tu castigo. Pues bien, yo te aseguro que nadie pondrá la

mano en ti, mientras viva tu padre, y que lo ocurrido en el salón de

Fernanda no volverá a repetirse.

Enriqueta, a pesar de esto, no habló, y entonces el conde dijo con su

acento bondadoso:

--Veo que no tienes confianza en mí, y que tendré que ir adivinando tus

pensamientos y anticipando tus contestaciones. Tú no quieres ser monja.

Esas cartas que he leído me lo demuestran, y, además, tengo el

convencimiento de que todo es obra de esa Fernanda, beata maligna, que

aconsejada por su tertulia de curas es capaz de meter en un convento a

todos los de esta casa. ¿No es ella la que te ha hecho pensar en la vida

monjil?

Enriqueta miró con azoramiento a todas partes, como si temiese ocultos

espías que fuesen a contar a su hermana lo que decía, y después hizo con

su cabeza un signo afirmativo.

--Perfectamente--dijo el conde--. Veo que no me había equivocado, y me

felicito de que tu vocación sea falsa. Tú no quieres ir a un convento,

¿no es eso?

--No, papá mío. Amo mucho a Dios, pero no me siento con fuerzas para una

vida tan dura, y prefiero, prefiero...

El conde fué en auxilio de su hija, que no sabía cómo expresar su

pensamiento.

--Prefieres ser como son todas las mujeres honradas. Primero, una

honesta joven que goza de cuantas alegrías decentes puede proporcionar

la sociedad, y después, una honrada madre de familia, útil a la patria y

sostenedora de la virtud en el hogar doméstico. Me alegro de ello, hija

mía; yo pienso de igual modo.

Enriqueta, oyendo expresarse a su padre de este modo, sentía crecer su

confianza. Por esto no experimentó una gran turbación cuando el conde le

dijo así:

--Ya que no quieres ser monja, cuéntame tus amores, ¿Quién es el autor

de esas cartas que acabo de leer?

La joven se ruborizó; mas no por esto sintió deseos de ocultar la

verdad.

Mostrábase su padre tan amoroso y complaciente, que fácil era que

accediese a autorizar sus relaciones con el capitán Alvarez.

Esta dulce esperanza hizo que la joven se espontanease y con acento

confidencial fuese relatando al conde la historia de su pasión. Ningún

incidente escapó a la memoria de Enriqueta. Desde la mañana de invierno

en que vió a Esteban Alvarez por primera vez, hasta la ruidosa escena de

una hora antes provocada por la indignación de doña Fernanda al conocer

los amores de su hermana, la crónica completa de aquella pasión fué

relatada detalladamente, cuidando Enriqueta de aprovechar cuantas

ocasiones se le presentaban de hacer una apología sencilla, pero

completa, de su adorador.

La joven no podía menos de asombrarse de aquella confianza extremada que

la dominaba, impulsándola a hacer partícipe a su padre de todos sus

secretos. Una hora antes hubiese creído el mayor de los absurdos el

pensar solamente que ella llegaría alguna vez a relatar voluntariamente

sus amores al conde de Baselga.

Cuando éste supo quién era Esteban Alvarez su rostro obscurecióse un

poco; pero la mala impresión fué fugaz, y reapareció aquella expresión

benévola que tenía por objeta animar a Enriqueta en su confesión

amorosa.

Así que ésta terminó, el padre quedóse pensativo, intentando después

sondear más hondamente el alma de Enriqueta.

--¿Y amas tú verdaderamente a ese joven capitán?

--Sí papá--contestó la joven ruborizándose--. Conozco que le amo. Y...

¡la verdad, es que él lo merece! ¡Si usted supiera cuán bueno es!

Y Enriqueta, al decir esto, miraba fijamente a su padre para adivinar el

efecto que le producían sus palabras; pero el conde permanecía

impasible.

--No me cabe duda alguna--continuó la joven--de que él me ama

honradamente. Es hombre incapaz de mentir y muchas veces me ha dicho con

lágrimas en los ojos que quisiera que yo fuese pobre y de humilde origen

para que nadie pudiera atribuir su pasión a un mezquino y egoísta

interés.

Baselga, al oir esto, salió al fin, de su mutismo.

--Piensa muy bien ese joven al hablar así, y demuestra que es un hombre

honrado. Efectivamente; para un hombre tan pobre como él es, pues sólo

tiene su espada, es peligroso amar a una joven noble y rica como la hija

del conde de Baselga. Siendo él tu esposo, todo el mundo tendría derecho

a creer que te amaba por tus millones, y eso resultaría deshonroso para

él y para tí. Por eso me opongo a esos amores y te ruego, como padre

cariñoso, que olvides al capitán.

Enriqueta experimentó una profunda conmoción. ¡Adiós sus ilusiones! Su

padre también se oponía a aquellos amores, y aunque no usaba las formas

rudas y brutales de la baronesa, no por eso su resolución era menos

firme.

--Pero eso no está bien--arguyó con tono quejumbroso--. Esteban y yo nos

amamos, ¿y por lo que pueda decir la gente nos separan?

--Hija mía, vivimos en la esfera más alta de la sociedad y ésta impone

pesados deberes que todos hemos de cumplir. Tú, por el apellido que

llevas, mereces un marido mejor.

--¡Pero si Alvarez es un hombre honrado, un perfecto caballero!

--Así lo creo. Leyendo sus cartas hace un instante y oyendo tus

revelaciones me he convencido de que es un buen chico, y además el

empleo que hoy tiene y sus cruces le acreditan como militar valiente. No

me es antipático y le perdono las ridiculeces de aquella tarde que tanto

me molestaron y que me impulsaban a darle de palos. Pero... ¡fíjate bien

en esto!, no es más que un militar obscuro, un capitán pobre y tal vez

sin protección, que a fuerza de años y de salvar grandes obstáculos,

puede ser que a la vejez llegue a coronel. ¿Te parece bien que una joven

a quien la alta sociedad de Madrid considera de las más distinguidas y

ricas se case con un hombre de tan humilde condición? No, hija mía. Aún

hay clases, por más que se empeña en negarlo el espíritu revolucionario

de estos tiempos. Tú debes casarte con un hombre de tu alcurnia, que

tenga una posición brillante que unir a la tuya. Ahora eres aún muy

joven y no debes separarte tan pronto de tu padre, so pena de pasar por

mala hija. Cuando llegue el momento propicio, ya encontrarás un hombre

digno de ti. De sobra los hay en nuestra clase que puedan hacer tu

felicidad. ¡Vaya, muchacha! Yo te buscaré un novio que te convenga, y te

advierto que para estas comisiones no tengo mal gusto.

Baselga, viendo que su negativa iba a hacer llorar a Enriqueta, reía y

bromeaba, procurando quitar toda importancia al asunto y dando a su

conversación un carácter trivial y ligero.

El conde se valió de todos los recursos para que la negativa no

resultase a la joven muy dolorosa. Trazó un sonriente y hermoso cuadro

de la vida que en adelante llevarían padre e hija, y todas sus aficiones

de la juventud volvieron a renacer al eco de sus palabras.

--Yo, aquí donde me ves--decía Baselga riendo como un niño--, he sido un

calavera en mis tiempos. La muerte de tu pobre madre me convirtió en

hurón, pero en adelante te aseguro que en tu obsequio volveré a ser lo

que fuí. Se acabaron mis tétricas meditaciones y las largas encerronas

en este despacho. Desde hoy, ¡al mundo!, ¡a divertirse! No perderás ni

una sola fiesta; se acabará para siempre esa educación monjil que

quería darte Fernanda; serás la reina de la moda, brillarás en todas las

"soirées", y cuando no tengas con quien bailar, bailarás conmigo. ¡Qué

diablo! Yo, aunque viejo, no estoy del todo mal y puede ser que llame la

atención como en otro tiempo en los salones de Palacio. Vas a tener en

mí un caballero sirviente, que muchas jóvenes te envidiarán. Entonces te

curarás de esa pasioncilla romántica y agradecerás a tu padre el haberte

lanzado al mundo en el que todas las jóvenes ambicionan figurar.

Baselga estaba transfigurado. La idea de hacer nuevamente el galán y el

hombre de mundo en los salones acompañando a su hija, le rejuvenecía,

sintiendo además un secreto placer con la esperanza de que por este

medio Enriqueta olvidaría sus actuales amores.

Tan contento estaba, que acompañaba sus palabras con alegres carcajadas

y gestos maliciosos, interrumpiéndose muchas veces para estrechar

fuertemente a la joven contra sus brazos, como si quisiera ahuyentar de

este modo la tristeza que de ella se apoderaba.

Enriqueta acogía con indiferencia aquellas promesas de vida alegre y

brillante que quitaban a su pasión toda esperanza.

Atrevióse a protestar varias veces, manifestando que nunca podría

olvidar a Esteban Alvarez; pero aquel viejo, que tan dominado estaba por

una pasión póstuma y sin esperanza, mostrábase escéptico con los amores

de la juventud y no creía en su firmeza indestructible.

--¡Oh! Eso se dice siempre--exclamaba Baselga riendo--. La juventud es

en todas las épocas lo mismo. ¡Cuántas veces, cuando yo era mozuelo,

juré eterno amor, y a los cuatro días me olvidé del juramento! ¡Cuántas

de esas viejas damas que tú conoces en las reuniones me prometieron en

la primavera de su vida no olvidarme nunca, y, sin embargo, poco después

se casaron con otros! Esas protestas de amor son muy bonitas, pero mira,

yo estoy seguro de que sólo se cumplen en novelas. El corazón a los

veinte años es olvidadizo; necesita muchas emociones, y éstas sólo se

encuentran cambiando mucho. Lánzate al gran mundo, obedéceme

divirtiéndote todo lo que puede una joven aristocrática y bien educada,

y yo te aseguro que antes de medio año te has de olvidar de tu capitán.

El conde siguió hablando en este tono, y tan ocupado estaba en pintar a

su hija un risueño porvenir, que se olvidaba de su célebre conquista de

Gibraltar y de la posibilidad de dejar abandonada a Enriqueta para ir a

cumplir sus aspiraciones patrióticas.

La joven conocía ya completamente el deseo de su padre. Nada de ser

monja ni de hacer caso de las pérfidas sugestiones de la baronesa, pero

menos aún de continuar las relaciones amorosas con un hombre de tan

humilde posición como Alvarez. El conde ya le buscaría para marido un

general, un embajador o un grande de España, que aumentase el lustre y

prestigio de la casa de Baselga. Esta no había de ir abajo como otras

casas nobiliarias; antes perecer que consentir la decadencia, pues él,

don Fernando Baselga, se había empeñado en que su nombre llegara a ser

el primero entre toda la aristocracia española.

Enriqueta estaba en peor situación que en su escandalosa conferencia con

la baronesa. Al menos en ésta, al oír cómo insultaban a su novio, había

sabido defenderle y sostener su pasión; pero ahora, en presencia de su

padre, carecía de tal recurso, pues el conde le hablaba con bondad y le

pedía que olvidase sus amores haciendo valer sus canas y su cariño de

padre.

Notaba la joven en ella misma una impresión reciente y extraña, y era

que el cariño que ahora sentía por su padre, inmenso y ardiente, ejercía

sobre su ánimo tal seducción, que hacía vacilar un tanto su

inflexibilidad en defender su amor.

El golpe que ella esperaba por parte de su padre no tardó en llegar.

--Es preciso, hija mía--dijo el conde, acompañando sus palabras de

bondadosas caricias--, que terminen cuanto antes estas relaciones que me

disgustan. Nadie como tu padre querrá tu felicidad en este mundo y es

preciso que me obedezcas, pues de este modo tú serás dichosa y yo me

consideraré como el más afortunado de los hombres. ¿Tendrás valor para

negar lo que te pide tu padre? Piensa, hija mía, que he sido muy

desgraciado y que el colmo de mi infelicidad sería que mis hijos se

rebelasen contra mí.

Enriqueta estaba conmovida por el acento triste y resignado con que su

padre le hablaba.

--¿Y qué quiere usted de mí, papá?

--Que escribas inmediatamente a ese joven diciendo que no le amas y que

todo ha terminado entre los dos.

Era una proposición igual a la de la baronesa, pero a pesar de ello no

tuvo la fuerza que en aquella ocasión para negarse.

La impresionaba la presencia de aquel padre cuya alma grande y amorosa

acababa de conocer, y temía rebelarse, por el inmenso dolor que esto

pudiera producirle. Bastante había sufrido en este mundo para que ella

fuese ahora a aumentar sus penas.

--Pero, papá--se limitó a decir, con ligera entonación de protesta--.

¡Si yo le amo!... Eso sería mentir.

--Bueno. No mientas y omite el decirle en tu carta que no le amas. Dile

sencillamente que todo ha concluído y que no piense más en ti. Este es

el sacrificio que te pide tu anciano padre. ¿Te negarás a ello? ¿No

serás, como yo creo, una joven sencilla y buena que no quiere acibarar

la vida que le queda al que le dió el ser?

Enriqueta, conmovida, levantóse de las rodillas de su padre donde

estaba, y se sentó en el sillón que había junto a la mesa.

Tenía los labios fruncidos y en su rostro adivinábase el supremo y

doloroso esfuerzo que le costaba la resolución que acababa de tomar.

--Dicte usted--fué lo único que dijo, con expresión enérgica y como si

pisotease su rebelde corazón.

Aquello conmovió al conde y tuvo que hacer esfuerzos para no llorar.

Después de buscar en los cajones de la mesa papel de cartas, Baselga

dictó y la joven fué escribiendo sin oponer ninguna protesta ni hacer

gesto alguno de desagrado.

"Sr. D. Esteban Alvarez:

Todo ha concluído entre nosotros. Comprendo que nuestras relaciones

amorosas nunca podrían llegar a ser formales no mereciendo la

aprobación de mi familia, y por esto me apresuro a romperlas.

Juzgue usted mi conducta como quiera, pero le ruego que no me exija

explicaciones. Mi resolución es en interés de la felicidad de

ambos. Usted podrá ser feliz lejos de mí y yo, después de este

rompimiento, seré dichosa cumpliendo los deseos de mi familia.

Enriqueta."

--Así está bien--dijo el conde cuando su hija terminó de escribir--.

Cierra la carta y dámela. Yo la entregaré a Tomasa, que se ha atrevido a

ser la medianera de vuestros amores, y ella se la dará a ese joven.

Junto con ésta le entregará sus cartas amorosas que están sobre la mesa.

Enriqueta hizo un gesto que manifestaba sus deseos de protestar.

Había admitido el rompimiento resignada, pero le parecía una crueldad

sin límites desprenderse de aquellas cartas, eterno poema de amor, cuya

lectura podía consolarla y devolverla momentáneamente su perdida

felicidad.

--No te opongas, hija mía--añadió el conde--. Es por tu bien por lo que

quiero yo alejar de ti esos testimonios de tu pasión que estarán

recordándotela a todas horas.

Enriqueta nada dijo. El conde recogió la carta escrita por su hija y

aquella correspondencia amorosa.

--Esta misma tarde--dijo--se encargará Tomasa de llevar estos papeles a

su destino y mañana tu confidenta amorosa tomará el retiro. Voy a

asegurarla un porvenir enviándola de administradora a mis fincas de

Castilla. Así no seré desagradecido y evitaré al mismo tiempo que viva

junto a nosotros esa buena Tomasa, cuyos únicos defectos son reñir a

todas horas con Fernanda e interesarse demasiado en tus asuntos

amorosos.

Enriqueta estaba ya en pie junto a la puerta y como, ansiosa por salir

cuanto antes.

Porque la verdad era que estaba violenta.

Aquella atmósfera, por decirlo así, la ahogaba.

Comprendía que había obrado mal no oponiéndose resueltamente a lo que su

padre la propuso.

Reprochábase su debilidad.

Remordíale la conciencia porque tenía la íntima convicción del profundo

dolor que había de experimentar su amante al recibir aquella carta, que

únicamente en un momento de inconcebible ceguedad pudo escribir.

El conde la contemplaba fijamente.

Y tal vez llegó a leer lo que en su corazón pasaba, porque le dijo al

par que la estrechaba cariñosamente entre sus brazos:

--Hija mía, para tranquilidad de tu conciencia, basta solamente que

reflexiones que has seguido los consejos de tu padre, y un padre sólo

apetece el bien de sus hijos.

XIX

La fuerza y la astucia.

Estaba el capitán Alvarez muy lejos de figurarse que Enriqueta le

abandonase, así es que, cuando recibió su carta, experimentó una

sorpresa sin límites.

Tomasa, que había recibido de su señor la orden para marchar a sus

posesiones de Castilla, entregó al amo de su sobrino la consabida carta

y toda la correspondencia amorosa en que el capitán había depositado sus

sentimientos.

Alvarez sintió mucho aquella herida mortal, y buscó con ahinco al que se

la producía.

Conocía que aquella carta no podía ser obra de Enriqueta, y quería saber

de quién procedía para descargar en él su furor.

Pronto encontró lo que buscaba, pues desde mucho antes conocía la gran

influencia que el padre Claudio ejercía en casa de Baselga.

La mano jesuítica era la verdadera autora de aquella resolución fatal

que él nunca esperaba de Enriqueta.

La creencia de que el padre Claudio había mediado en sus amores para

estorbarlos poníale loco de furor, y paseándose febrilmente por su

cuarto, miraba de vez en cuando su sable colgado de la pared, terror de

los moros en la pasada guerra, y que ahora pensaba esgrimir contra la

negra y maligna chusma.

Aquella maldita carta puso enfermo al capitán. El, que por su gran

apetito era motivo de justa alarma para la patrona, mostróse inapetente

hasta el punto de excitar la compasión de la interesada pupilera.

Perico, el asistente, no estaba menos preocupado por aquella situación

extraña de su señor, cuyo secreto conocía por su tía, mujer incapaz de

guardar ocultas las noticias por mucho tiempo.

El buen muchacho, que se mostraba triste por estarlo su señorito, con su

solicitud habitual, buscó un medio para impedir que el capitán pasase el

tiempo encerrado en su cuarto y huyendo de la conversación de sus

compañeros cuando asistía a los actos de servicio, y un día arregló, no

se sabe cómo, que el alférez Lindoro fuese a visitar al amigo Alvarez.

Aquel vizcondesillo insustancial, por pertenecer a la misma clase que

Enriqueta y ser amigo de su familia, gozaba de gran prestigio con

Alvarez y lograba que éste pasase el rato muy entretenido con su

conversación.

El capitán estaba en estado tal de ánimo, que le era indispensable

confiar sus penas a alguien, y relató al vizconde cuanto le había

sucedido, enseñándole la carta.

El aristocrático alférez fué de la misma opinión que su amigo.

Aquello era obra de los jesuítas, y si el mismo padre Claudio no había

dictado la carta, por lo menos se había mezclado en el asunto. Esto lo

aseguraba él, que como visitante de la casa conocía la influencia que

sobre toda la familia Baselga ejercía el jesuíta.

--Mira, chico, créeme--continuó el vizconde--. Mientras no pongas de tu

parte a ese cura, no conseguirás nada absolutamente en tus amores. Si él

te protegiera, a estas horas estarías ya casado con Enriqueta. Conozco

muy bien el poder que tiene ese pájaro. Es capaz con su sonrisa y sus

palabras melosas de trastornar el juicio de todas las muchachas, y a la

más enamorada hacerla que olvide a su novio.

--¿De modo que tienes seguridad de que el autor de mi desdicha es el

padre Claudio?

--Completa, mi querido "Séneca". Si no es él, ¿quién puede ser? De

Quirós, gran amigo de la casa, no puedo sospechar. Es un buen muchacho

que sólo piensa en hacerse célebre y únicamente se ocupa en amores

fáciles. Del conde tampoco puede ser. Aunque él es quien ha dado a la

tía de su asistente la tal carta, no debe de haber sabido nada de tus

amores hasta el momento del rompimiento. Aquí los que han descubierto

todo y han destrozado tus relaciones, son, indudablemente, el famoso

jesuíta y doña Fernanda, que están empeñados, como tú sabes, en meter

monja a Enriqueta, sin duda para apoderarse de sus millones.

Alvarez, después de reflexionar mucho y de fruncir las cejas, preguntó a

su amigo:

--¿Y dónde podría yo encontrar a ese padre Claudio?

--Mira, querido Esteban--se apresuró a decir el vizconde, comprendiendo

la intención de la pregunta--. Te conozco bien y, por lo mismo, te

advierto que no hagas ninguna tontería. El padre Claudio está hoy muy

alto y no es un cualquiera a quien se le dan cuatro palos así que nos

estorba.

--Sólo quiero hablar con él. No estoy loco y sé que un hombre como yo no

se rinde con un enemigo de tal clase que dispone de la astucia como

única fuerza. Dime dónde podré verle.

--Difícil resulta encontrarlo, pues es tal vez el hombre más atareado de

Madrid. Sin embargo, hay una hora en que es fácil verlo. Casi todas las

mañanas va a las diez a Palacio para visitar a la reina, y si el día es

bueno, es fácil verle a pie, pues según él dice, es el único instante en

que puede hacer ejercicio.

--Mañana iré.

Y efectivamente, a la mañana siguiente eran todavía las nueve y media, y

ya estaba Alvarez paseando por la plaza de Oriente, frente a Palacio,

aguardando la llegada del jesuíta.

La mañana era magnífica.

Brillaba en el cielo un sol esplendoroso que daba a los muros sombríos

de Palacio un tinte rosado y alegre, embelleciendo al mismo tiempo el

vasto círculo de estatuas de reyes que como un cinturón de piedra

estrechaba el jardín.

Una nube de gorriones revoloteaba con infernal algarabía en torno de la

ecuestre estatua del centro, y por los andenes correteaban los niños y

niñeras de la vecindad, estorbando a media docena de retirados o viejos,

sin ocupaciones, que estaban abstraídos en la lectura de los periódicos.

Pequeños cochecitos tirados por cabras hacían de vez en cuando un viaje

de circunvalación en torno del jardín, siendo saludadas con sonriente

algazara las cabecitas infantiles que asomaban entre las cortinillas del

vehículo por los compañeros que, apoyados en el aro u oprimiendo entre

sus manos la pelota multicolor, miraban con envidia a aquellos

excursionistas en pequeño.

Alvarez, al entrar en la plaza, fué a mirar el reloj de Palacio.

Comprendió que aún tendría que esperar por mucho tiempo, y no queriendo

llamar la atención, recorrió con paso lento el espacio existente entre

el arco de la Armería y las caballerizas.

Paróse a hablar un buen rato con un oficial de la guardia a quien

conocía, y cuando el reloj dió las diez, volvió al jardincillo del

centro de la plaza, plantándose frente al teatro Real.

Por allí le habían dicho que llegaba todos los días el padre Claudio, y

él quería abordarlo lejos de Palacio, como si temiese que alguien

pudiera fijarse en aquella extraña conferencia que preparaba.

Entraron en la plaza por el punto indicado dos o tres curas, e igual

número de veces se sobresaltó Alvarez, disponiéndose a abordar al que

esperaba; pero cuando estuvieron cerca, reconoció que ninguno de ellos

era el terrible jesuíta.

Aún esperó más de media hora; pero, al fin, por la calle del Arenal vió

entrar en la plaza al padre Claudio. El capitán sólo lo había visto una

vez y, a pesar de esto, lo reconoció inmediatamente, pues también a él,

como al conde de Baselga en otros tiempos, le había impresionado el

continente de aquel jesuíta, que con su afectada modestia y humildad, no

podía ocultar su aspecto de hombre enérgico acostumbrado a ser obedecido

ciegamente.

Por una extraña casualidad, la mirada del jesuíta fijóse desde muy lejos

en aquel militar que estaba inmóvil y erguido en la entrada del

jardincillo. Parecía que adivinaba que aquel hombre estaba allí

esperándole impaciente.

El padre Claudio, como si se sintiera atraído o supiera con anterioridad

lo que iba a suceder, avanzó en línea recta hacia donde estaba el

capitán, aunque bajando su cabeza con extremada expresión de humildad y

sencillez y mirando de reojo.

Alvarez, cuando lo tuvo casi al lado, llevóse cortésmente una mano a su

ros y dijo con fría urbanidad:

--Dispense usted la pregunta. ¿Es usted el padre Claudio, de la Compañía

de Jesús?

El jesuíta mostróse algo sorprendido. Por una extraña atracción habíase

fijado en el militar, mozo de bizarra figura y marcial aspecto, pero no

esperaba que éste le conociese ni le dirigiera la palabra.

Sorprendido, dejó caer el embozo de su manteo de seda e hizo con la

cabeza un signo afirmativo.

--Pues, en tal caso--continuó el capitán--, deseo hablar con usted.

--¿Es caso de conciencia o asunto particular?--preguntó el jesuíta con

la expresión resignada de un hombre que se ve forzado a ejercer su

profesión extemporáneamente.

--Tengo que hablar de un asunto particular, que es para mi de gran

importancia.

El padre Claudio, por toda contestación, se dirigió a un banco de piedra

y tomó asiento. El capitán Alvarez le imitó, y los dos hombres

permanecieron silenciosos por algunos instantes.

--Usted dirá--dijo, por fin, el jesuíta abarcando toda la figura del

militar con el rápido relampagueo de su mirada.

--Yo soy el capitán Esteban Alvarez. ¿No me conoce usted?

El padre Claudio hizo un gesto negativo.

--Extraño que mi nombre le resulte desconocido; pero yo le daré detalles

que refresquen su memoria. Soy el novio de la hija del conde de Baselga,

o sea de la hermana de la baronesa de Carrillo. ¿Me conoce usted ahora?

Desde las primeras palabras se había ya imaginado el jesuíta que aquel

militar era el adorador de Enriqueta, el ser que removía toda la bilis

de doña Fernanda, y de quien ésta hablaba siempre en los peores

términos; pero al saber que efectivamente era quien él se imaginaba, no

pudo reprimir un instintivo movimiento de curiosidad, y se fijó "en la

casta de aquel pájaro", como él se decía interiormente.

El jesuíta reflexionó antes de contestar, y, por fin, con aquella

sencillez que tan notable le hacía, contestó:

--Efectivamente, señor...; ¿cómo ha dicho usted que se llamaba?

--Esteban Alvarez--contestó algo amoscado el capitán.

--¡Ah!; sí, eso es. Pues como decía, señor Alvarez, el nombre de usted

no me es desconocido; pero mentiría si dijera que antes de este momento

lo había oído más de una sola vez.

--Según eso, ¿no me conoce usted? ¿No sabe quién soy yo?

--No digo tanto, señor capitán. Sé que usted era novio de la señorita

Enriqueta Baselga; pero esto lo sé desde ayer, en que su familia tuvo a

bien hacerme algunas consultas sobre tal asunto. Ya puede usted

considerar que a un amigo antiguo de la casa como yo lo soy se le

dispensan siempre algunas confianzas.

--Pues precisamente sobre el mismo asunto quiero hablarle yo, haciéndole

algunas advertencias saludables.

El padre Claudio hizo un gesto de extrañeza ante el tonillo amenazador

con que Alvarez dijo estas palabras, y contestó fríamente:

--Hable usted. Estoy dispuesto a escucharle.

Alvarez fué breve y expuso con gran claridad lo que pensaba. Enriqueta

le amaba; estaba muy seguro de ello, porque la joven se lo había jurado

mil veces por la memoria de su madre y era incapaz de mentir; y a pesar

de esto, él había recibido una carta escrita en estilo seco y

desesperante, en la que se daban por muertos los antiguos amores. ¿Era

posible esto? ¿Resultaba racional? No, ¡vive Cristo!, y por esto él

estaba convencido de que en el negocio andaba una mano oculta y que

alguien se había encargado de dictar aquella carta que causaba su

desesperación.

Alvarez no usaba anfibologías para decir quién podía ser aquel "alguien"

tan fatal para su amor. Era franco hasta la rudeza, y manifestaba al

padre Claudio sus vehementes sospechas de que hubiese sido él el autor

de aquella trama miserable que amargaba su felicidad, y en tal caso...

Ya se encargaba el gesto sombrío de Alvarez de explicar lo que él era

capaz de hacer con los que de un modo tan miserable se oponían a sus

amores y pretendían robarle a Enriqueta.

El padre Claudio recibió sin pestañear aquella rociada de acusaciones y

de amenazas.

Estaba acostumbrado a la explosión de las justas iras que provocaban

muchas veces las intrigas jesuíticas, así es, que no se conmovió con

tales acusaciones, antes al contrario, comenzó a sonreírse con la

superioridad benigna del que se ve injustamente atacado y no se ofende

por ello.

--¿Es eso cuanto tenía usted que decirme?--preguntó a Alvarez cuando

éste finalizó sus acusaciones.

--Sí, señor; eso es cuanto quería decirle, y por su bien le repito que

si es usted quien ha obligado a Enriqueta a escribir esa carta, deshaga

todo el mal que ha producido, pues de lo contrario podría usted tener

más de un disgusto.

El padre Claudio seguía sonriendo, y después de reflexionar algunos

minutos, dijo siempre con tono amable:

--Usted debe de tenernos a los jesuítas en muy mal concepto.

--No es muy bueno el que tengo formado de su Orden. ¿Pero a qué viene

esa pregunta?

--La hago porque comprendo que únicamente uno que odie mucho a nuestra

santa Compañía puede atribuirnos intervenciones oficiosas como esa que

usted me achaca. No pretendo sincerarme ni tengo necesidad de ello,

pues usted no tiene sobre mí derecho alguno; pero tampoco quiero que

esté usted en un error tan lastimoso como ahora. Vamos a ver, ¿qué

interés he de tener yo en mezclarme en los asuntos íntimos de la familia

de Baselga y con qué fin he de obligar a una joven a escribir esa carta

de que usted habla? El porvenir de Enriqueta no me es indiferente, pero

tampoco soy su padre para inquietarme tanto por su suerte.

Entonces fué Alvarez quien sonrió con cierta expresión siniestra, y dijo

maliciosamente:

--Los individuos de la Compañía de Jesús siempre tienen "interés" por

las familias que visitan.

--¿Qué quiere usted decir? Vamos--repuso fríamente el padre Claudio.

--Quiero decir que Enriqueta tiene muchos millones, es inmensamente rica

y esto, en ciertas ocasiones, es una desgracia. Tal vez por esto se

quiere impedir que ella ame, y su hermana la baronesa la inclina a

entrar en un convento, como mil veces me lo ha dicho la misma Enriqueta.

El padre Claudio miró fijamente con aire de lástima al gallardo militar,

y después, dijo por toda contestación:

--Indudablemente usted es de los que han leído "El judío errante", del

impío Sué.

--Sí, señor; ¿pero a qué viene esa pregunta?

--Y del mismo modo habrá leído otros libros en que se calumnia del modo

más infame a nuestra santa Compañía.

--He leído algo de lo mucho que contra ustedes se ha escrito, pero no

comprendo el motivo de tales preguntas.

--Las hago, hijo mío, porque me causa compasión el ver que un militar

distinguido e ilustrado, como usted parece serlo, cree en las mil

paparruchas que viles escritores vendidos a los judíos y los

protestantes, han propalado contra la sublime obra de nuestro santo

padre San Ignacio.

Y el padre Claudio, al nombrar a su santo patrono, llevóse

reverentemente una mano al ala de su sombrero de teja.

Alvarez, en vista del giro que el jesuíta daba a la conversación, no

sabía qué decir, pero aquel continuó:

--Como si yo supiese leer en los corazones, adivino lo que usted piensa

en estos instantes. Usted, que se ha empapado en la impía novela de

Eugenio Sué, cree que los jesuítas somos gente que nos introducimos en

las familias ricas para apoderarnos de su dinero, y está firmemente

convencido de que yo entro en casa del conde de Baselga con el

propósito de hacer monja a Enriqueta y robarle sus millones. ¿No piensa

usted así?

--Sí, señor; así pienso y mentiría si dijera lo contrario. Toda persona

ilustrada que conozca medianamente la historia sabe lo que ustedes han

sido y de lo que hoy son capaces. Nada tendría de extraño que usted y

los suyos se hubieran introducido en la familia de Baselga con tal

propósito, y cualquier otro en mi lugar, viéndose víctima de una

miserable intriga, pensaría de igual modo.

--Alabo la franqueza de usted; al menos no se puede dudar de que

manifiesta con claridad su pensamiento. Pero, ¡ay, hijo mío! ¡En qué

error tan grande está usted! Lástima me causan su ignorancia y la

ceguera de su alma. ¿Sabe usted bien lo que es la Compañía de Jesús?

Alvarez estuvo a punto de contestar: "¡Una gavilla de malvados!", pero

se contuvo, prefiriendo permanecer silencioso.

--La Compañía de Jesús--continuó el jesuíta en vista del silencio de su

interlocutor--es una Institución alejada por completo de los fines

terrenales y creada únicamente para la noble empresa de combatir al

demonio y a su hijo el pecado, extirpando del mundo las infames

herejías. ¡Cuán lejos estamos los hijos de San Ignacio de mezclarnos en

las miserias de la vida social! ¡Cuán engañados están los que creen que

únicamente buscamos el poder universal en lo que esto tiene de

agradable, queriendo con este fin apoderarnos del dinero de todos!

Nosotros somos únicamente los humildes soldados de la Fe, los obedientes

servidores del Papa, representante de Dios en la tierra; y así como

llegamos hasta el martirio cuando se trata de defender los sacrosantos

intereses de la religión, permanecemos neutrales e indiferentes en los

asuntos sociales, en los cuales nos mezclamos únicamente por casualidad.

Nuestra misión es más alta y sublime de lo que cree ese mundo metalizado

que en todas las acciones ve siempre un mezquino interés.

El capitán no parecía convencido por estas palabras, pero reconocía que

aquel sacerdote era un actor inimitable, que sabía dar a sus

declaraciones un hermoso tinte vehemente y dramático.

--¡El dinero!--continuó el padre Claudio--. ¡Creer que el móvil de

nuestras acciones es el dinero! ¿Para qué lo queremos? ¿Nuestra Orden no

es pobre, porque así se lo mandan los sagrados Estatutos? ¿No hacemos

nosotros al entrar en la Compañía un solemne voto de pobreza al que no

podemos faltar, so pena de ser perjuros y castigados, por tanto, en la

eternidad? ¡Oh! Mienten los que nos pintan como seres rapaces que

únicamente pensamos en acaparar tesoros. Nuestro género de vida nos hace

estar muy por encima de las mezquinas aficiones humanas y despreciamos

el dinero, ese vil metal que a los ojos de las almas grandes no tiene

ningún valor.

El padre Claudio hablaba con gran vehemencia y en aquel momento tenían

sus palabras una expresión de veracidad. Efectivamente, él, como

individuo, despreciaba el dinero; su alma únicamente tenía sed de poder,

afán de autoridad, y quería elevarse merced a su talento. El dinero lo

despreciaba como medio vil reservado únicamente a los imbéciles para

abrirse paso. Pero como individuo de la Orden no apreciaba del mismo

modo el asunto, pues consideraba al dinero como poderoso auxiliar. Sabía

el aprecio que la Compañía hacía de los millones que entraban en su

caja; conocía que una buena operación era el mejor medio de deslumbrar a

sus rapaces correligionarios, y buscaba por esto aquel dinero que él

despreciaba y que nunca se hubiera tomado el más mínimo trabajo de

conquista para su persona.

Alvarez se sentía molestado por las palabras del jesuíta y por aquellos

ademanes dramáticos que fingían veracidad asombrosamente, pues estaba

firmemente convencido de lo que era la Compañía y de lo que buscaba su

principal agente en casa del conde de Baselga.

--Usted, padre Claudio--dijo bruscamente el militar--, dirá lo que

quiera, pero esté seguro de que yo por ello no dejaré de creer que la

Compañía busca los millones de Enriqueta y para ello me quita a mí de en

medio.

El jesuíta hizo un gesto de ira ante este brusco ataque. Sus facciones

se colorearon, lució en sus ojos un fugaz relámpago de ira y fué a

contestar en tono aún más duro, pero se detuvo, y volviendo a adoptar su

actitud dulce y humilde, dijo con mansedumbre:

--Piense usted cuanto quiera de malo, que yo le perdono. Humilde siervo

soy del Señor y las injurias van siempre muy bajas para que toquen en mi

corazón, puesto a todas horas en Dios. No guardo rencor a los que me

atacan, pues me basta con la satisfacción de mi conciencia tranquila. Ya

lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir. Yo no tengo con la familia

Baselga otras relaciones que una amistad puramente espiritual. En otros

tiempos confesaba a la baronesa, y ahora me limito a darla algún consejo

sobre la dirección de su conciencia, siempre que me lo pide. A Enriqueta

la considero como una niña, y apenas si mi amistad con ella pasa de ese

cariño que tenemos siempre a las personas que hemos visto nacer. Nunca

me he mezclado en el asunto de su vocación religiosa, y si sabía antes

de esta conversación que tenía amores con un militar, fué porque ayer me

lo dijo doña Fernanda en una conferencia que tuve sobre la creación de

una nueva asociación religiosa.

--¿Y no tiene usted arte ni parte en la tal cartita?--preguntó

sarcásticamente el militar.

--No, señor. Se lo aseguro a usted con todo mi corazón.

El padre Claudio, tan acostumbrado a mentir, cuando le tocaba afirmar

por casualidad una cosa cierta, sabía hacerlo con un acento que no daba

lugar a dudas. Por esto Alvarez se convenció de que en la tal carta no

tenía participación el jesuíta.

La araña negra, t. 4/9 · 第 1 / 14 段