--Ca! que se está Usté diciendo! ¿Pues no considera Usté que nos

lloverán los franceses como granizo y pasará gente como pájaros? Y

luego, échele Usté trigo á la tierra y saldrá la harina de Castilla

hasta por los ojos; que en habiendo caminos todo será barato y bueno, y

andaremos mas á priesa.

--A lo ménos eso dicen los que lo entienden en la Corte, y así me lo

pienso yo tambien cuando recapacito en mi viaje de Madrid á Valdemoro,

que fué cosa de media hora.

--¿Y qué espera el Gobernador que no nos echa un camino de esos para

cada atajo?

--Pues si diz que no hay con qué.

--Ca! qué me cuenta Usté! Y las pesetas que nos tira el Estao? Y los

estancos y las loterías? La pecunia les sobra, y no les falta á los

mandones sino la buena volunta.

Por ese estilo continuó la conversacion durante mas de una hora, y he

procurado trascribirla tan fielmente como la recuerdo, sin agregarle

nada (pero suprimiendo ciertas interjecciones), no porque el asunto sea

chistoso ni importante como una manifestacion de costumbres castellanas,

sino por su significacion. Aquellos labriegos ignorantes pero de muy

buen sentido, me daban en cierto modo la clave de la sociedad española.

Con muy clara inteligencia comprendían perfectamente el interes del

progreso en las comunicaciones, adivinando el fenómeno de la armonía en

virtud del cual un adelanto engendra otros muchos. Al mismo tiempo

acusaban al Gobierno, ó le atribuian instintivamente la responsabilidad

por la falta do esos ferrocarriles que admiraban sin conocerlos.

Yo reflexionaba al oírlos en la falsedad del sofisma de la raza, que ha

hecho tan vulgar la opinion de que los Españoles no progresan sino muy

lentamente ó permanecen en mucho estacionarios, por una incapacidad

proveniente de su pereza genial. Y al mismo tiempo veia la consecuencia

lógica del espíritu reglamentario, en esa disposicion que tienen los

pueblos á imputar la causa de su pobreza y todos sus males á los

gobernantes. El pueblo español no es perezoso por carácter. Es que las

instituciones de muchos siglos, privándolo de su personalidad, le han

hecho perder todo hábito y aún todo instinto de iniciativa. Hoy es un

pueblo de fuerzas pasivas, latentes (pero muy elásticas en el fondo) que

necesita de impulso para todo progreso, pero que al recibirlo hará

cuanto otros pueblos sean capaces de hacer. Mas esa impulsion no deberá

salir del gobierno para ser fecunda, porque la reglamentacion la

neutralizaría. Es la libertad en todos sentidos, y muy especialmente en

lo económico y político, la fuerza que puede vivificar y engrandecer á

la sociedad española.

¡Cuántos hombres de Estado aceptarían resueltamente las doctrinas

liberales, si escuchasen las conversaciones de la muchedumbre ignorante

pero certera en sus instintos! Ella ve que el gobierno es todo, lo

abarca todo y lo hace todo ó lo prohibe. Y la lógica mas elemental le

hace comprender al pueblo que lo que se deja de hacer, ó está mal hecho,

en cualquier asunto de interes social, tiene que ser atribuido á la

incapacidad, la malevolencia, el egoísmo ó la avaricia del mismo

gobierno.

Confieso que los seis ó siete labriegos castellanos me hicieron el

servicio, sin intencion, dé enseñarme algunas verdades ó confirmarme en

ellas. El sueño me venció miéntras pensaba en el inmenso porvenir que le

está reservado á la España progresista y demócrata.

* * * * *

CAPITULO II.

* * * * *

LA VIEJA CASTILLA.

Un cura en diligencia.--Las llanuras castellanas.--Un poco de

diplomacia.--La provincia de Valladolid.--La capital; sus monumentos,

curiosidades, costumbres é industrias.

Comenzaba á despuntar la aurora, extendiendo su vaga claridad sobre las

cimas escarpadas y cubiertas de manchas de nieve de la Sierra de

Guadarrama, cuando me llamaron á tomar asiento en la diligencia que

debia conducirme á Valladolid. Habíame tocado el número 3º (único que

estaba disponible) en el compartimiento que tiene el nombre

aristocrático de _berlina_. Los asientos de los rincones (los ménos

incómodos en todo caso) tenian por poseedores actuales dos personas de

distinto sexo entre las cuales debia yo instalarme como mediador. La

femenina se hallaba en la diligencia cuando entré, y me contestó con la

gracia circunspecta que distingue á las castellanas, el atento saludo

que le hice al instalarme á su lado.

Era por cierto una de esas mujeres que entre los Españoles merecen el

calificativo muy honorífico de _guapas mozas_, aplicado frecuentemente á

la reina para expresar la idea del garbo y de la distincion en el porte.

Alta, elegante y bien formada, con una tez blanca y fina, ojos negros y

severos, cejas finamente arqueadas; mirada sincera y bondadosa, y una

expresion que reunía las señales de la reserva y la amabilidad sin

oposicion alguna. Parecia tener unos veinticuatro años, y su vestido

indicaba comodidad ó algo mas que medianía de recursos.

El compañero masculino me pareció ser un bulto que se hallaba envuelto

en una ancha capa á algunos pasos de la diligencia, paseándose con

abandono como si solo quisiese desentumir sus músculos un poco. El

mayoral anunció la partida, y el bulto se apresuró á entrar á su rincón,

sentándose á mi derecha. Al verme, mi aspecto juvenil le causó tan

evidente desagrado, que no pudo reprimir un sordo gruñido, por via de

contestación á mi saludo. Era un nombre de regular estatura, de mirada

fria y austera, bien avanzado en edad y con la barba enteramente rapada.

Un instinto secreto, que no acierto á explicarme pero que no me engaña

nunca, me hizo sospechar que mi vecino tenia algun parentesco con la

Iglesia. Sentí no sé qué olor de sacristía, y me propuse saber si mi

impresión se confirmaba.

La diligencia rodaba á toda priesa, y como yo habia dormido, en vez de

sueño sentia un vivísimo placer al aspirar el aire de la mañana, en

medio de las colinas que van descendiendo como estribos de la serranía

para disiparse al fin en las vastas llanuras de la Vieja Castilla. Pero

el vecino tenia un sueño mortal, por haber pasado la noche en

diligencia, y la vecina, que no parecia tenerlo igualmente, lo

aparentaba; de modo que guardábamos completo silencio, con indiferencia

recíproca en apariencia.

El vecino acabó por dormirse, pero algunos minutos despues la vecina

hizo algun ruido al estirar una pierna, y el buen hombre se despertó

sobresaltado y nos lanzó una mirada escrutadora en cuyo relámpago

alcancé á ver un pensamiento de desconfianza. Al mismo tiempo, su brusco

movimiento le hizo entreabrir la capa, y pude ver un cuello de raso

bordado, distintivo del sacerdote. Desde aquel momento comprendí lo que

había, tanto mas cuanto que, al mirar con impasibilidad á la silenciosa

vecina, noté que bajaba los ojos con algun embarazo. Parece que ámbos

adivinaron mi sospecha, porque inmediatamente el dormilon sobresaltado

dijo, como queriendo explicar la situacion:

--Sobrina, ¿no tienes sueño?

--No, tio, respondió la vecina.

--Pues yo no puedo tenerme; pero esta diligencia que salta como una

cabra no me deja dormir.

--¡Y qué remedio, tio!

--Este caballero, añadió dirigiéndose á mí, debe de estar muy

incómodo....

--Oh, no Señor. He pasado la noche en una posada y no necesito ya

dormir.

--Verdad; pero ya ve Usté, ese asiento del medio es tan desagradable....

--¡Bah! le repuse, no es cosa de impacientarse. Y al cabo, un solo dia

de camino se pasa de cualquier modo.

--¡Hola! va U. de largo? me dijo con interes disimulado.

--Hasta Valladolid.

--Pues nosotros tambien.

--Mucho lo celebro.

--Gracias, Señor, respondieron á una.

--¿Y...la señorita sobrina de U. no se fatiga mucho en diligencia?

--Algo, es verdad; pero el viaje distrae siempre, y la paciencia hace lo

demas, dijo la hermosa castellana.

Despues de ese corto diálogo insignificante, parecióme estar autorizado

para seguir la conversacion.

Era preciso matar el tiempo, y ademas el carácter evidentemente zeloso

de mi vecino me tentaba mucho á divertirme un poco y observar el corazon

humano en diligencia, Poco á poco fuí llevando la conversacion hácia la

discusion de los diversos tipos de mujeres en España, y cuando el buen

tio parecia estar en ascuas á causa de mis elogios entusiastas en favor

de las castellanas, me puse á tocarle su cuerda con preguntas sobre la

situacion del clero en España.

En breve comenzaron las lamentaciones acerca de los progresos de la

irreligion, fruto de los libros franceses; de la pobreza en que vivia el

clero en España, especialmente el subalterno; del abandono en que se

hallaban en casi todas las ciudades las iglesias, muchas arruinadas, y

de todo lo que suministra materia á las conversaciones de un cura en

todo país _romano_. Ello es que á poco rato, apesar de su tonta

desconfianza, el tio comenzó á humanizarse y aún mostrarme alguna

consideración, quizas en atencion al interes que yo le manifestaba por

la independencia y el bienestar del bajo clero y por la prosperidad

general de España. La sobrina, por su parte, parecia estar contenta de

mis opiniones y gustos en cuanto á las españolas, y al fin quedamos muy

_amigotes_, aunque de cuando en cuando sentia yo que por encima de mi

nuca le echaba el tio á la sobrina las miradas mas paternales, pero

siempre escrutadoras en el fondo.

La diligencia hubo de hacer un alto para remudar el tiro, y yo me

apresuré á bajar para dejar algun respiro al atribulado párroco, que

parecia mirar como una calamidad mi interposicion forzada en la berlina.

Cuando volví á subir, el amable tio habia tenido la fineza de ocupar el

asiento del medio y cederme su rincon. Como no se movió de mi puesto, le

hice notar que allí quedaria con mas incomodidad, pero se apresuró á

responderme:

--Oh, no; entre buenos compañeros se debe alternar. Por otra parte, U.

como extraajero tendrá mas gusto en hallarse junto á la portezuela para

observar mejor los campos.

No me hice rogar, tanto mas cuanto que asi el buen tio podia viajar con

mas tranquilidad. Los tontos zelos de mi vecino me procuraban una

ventaja de posicion con que no habia contado. Desde entonces, aunque de

rato en rato se renovaba la conversación, pude entregarme á la

contemplacion de las llanuras solitarias de Castilla, de una completa

analogía con las de la Mancha y demás provincias de la Castilla oriental

ó _nueva_.

Nada mas rico por su naturaleza ni mas triste y monótono que aquella

comarca, donde la antigua inmobilidad española se muestra con todos sus

rasgos característicos. La provincia de Madrid habia terminado en las

alturas de la Sierra, donde un leon de piedra demarca el límite de las

dos Castillas. Desde allí la carretera comienza á cortar la provincia de

Segovia, una de las mas atrasadas de España por la insuficiencia de sus

vias de comunicacion. El terreno va descendiendo en escalones de colinas

rocallosas y planos inclinados, cuyo aspecto es triste y desapacible.

Después de algunas _ventas_ ó elementos de microscópicos centros de

poblacion, dejando á un lado la pequeña villa de las _Navas de

San-Antonio_, el horizonte se abre y las llanuras aparecen á la vista en

casi toda su extensión. Por último, la vía toca en el pueblo de

_Villacastin_ (de 1,500 almas) y en el de _Labajos_ (de 900 habitantes);

penetra en _San Chidrian_ al territorio de la provincia de Avila,

separándose cerca de allí de la carretera que conduce á las Asturias, y

al pasar por la villa de _Martin-Muñoz_ (que cuenta 1,000 habitantes)

cortando de nuevo una punta de la provincia de Segovia, el viajero se

encuentra en plena llanura, rodeado de un vastísimo horizonte.

Las poblaciones que atraviesa la vía están en completa armonía con las

llanuras. En todas ellas se ven las casas viejas de aspecto miserable y

aflictivo; las calles sin pavimento alguno, ó atrozmente empedradas,

llenas de fango y mugre; los enjambres de mendigos asaltando á los

viajeros si la diligencia se detiene un momento siquiera. Vestidos que

acongojan, capas patibularias, figuras extrañas y repelentes por su

conjunto; y todo eso ¡cosa singular! contrastando con el tipo de una

raza distinguida, inteligente, honrada y de índole dulce, en cuyo seno

abundan las bellas fisonomías y las organizaciones robustas. El hábito

de la mendicidad, del abandono, de la imprevision y la mugre se revela

allí en todas las formas exteriores de una sociedad que tiene superiores

cualidades latentes, que para desarrollarse no aguardan sino el impulso

del comercio y de la libertad.

Una vez que se desciende completamente á la llanura, el terreno, sin

ninguna de esas inflexiones que lo hacen pintoresco, no es mas que una

pampa de cereales casi totalmente desierta. Si de trecho en trecho se

ven algunos pequeños viñedos, ó rebaños de ovejas casi insignificantes,

apénas sirven para hacer resaltar mas, como excepciones, la monótona

uniformidad de las inmensas plantaciones de trigo, cebada, judias, habas

y garbanzos que cubren el terreno. Si á muy largas distancias se ven

algunos centros de poblacion, lo demas está desierto, como en la Mancha,

sin un árbol, una casa ó un modesto cortijo. Si á la izquierda se ven á

considerable distancia, del lado de Salamanca, los contrafuertes

avanzados de la Sierra de Guadarrama que se dirige hácia Portugal, y á

la derecha (norte) se alcanzan á divisar las pálidas eminencias de la

sierra que separa á Castilla de la hoya del Ebro: al occidente, en la

direccion de Valladolid y Zamora, el horizonte no tiene casi límites. La

mirada se pierde en la contemplacion de un inmenso desierto de gramíneas

cultivadas por la naturaleza sola, opulento de verdura y de gérmenes de

progreso, pero triste, sin un ruido, sin animacion, sin movimiento

social alguno. Los castellanos son un pueblo ahogado entre ondas

interminables de cereales. Allí la naturaleza vive sin sonreir, y el

hombre vegeta durmiendo ú bostezando.

La riqueza de ese pais, esencialmente agrícola, es inapreciable. Solo le

faltan los medios y la libertad para dar salida á sus productos y

regenerarse por el cambio. El dia que los obtenga, la Vieja Castilla

podrá ser un emporio. Si el canal de _Castilla,_ las nuevas carreteras y

los ferrocarriles que están en construccion ó en via de ejecucion,

crearán el primer elemento de prosperidad, solo una legislacion liberal,

que rompa las ligaduras del comercio interior y exterior, completará la

regeneracion económica y moral de los castellanos.

Uno de los rasgos mas característicos de esa poblacion (para la cual la

vida no es mas que un hábito) es la impasibilidad, que raya á veces en

un estoicismo bárbaro. Durante casi todo el dia el viento y la lluvia

batian la desolada llanura; y sin embargo, donde quiera que alcancé á

ver un rebaño me llamaron la atencion dos séres en infalible asociacion

en el centro de cada uno: el pastor y el perro guardian. Cada perro

dormia cerca de su dueño con la misma filosofía de este, que se

destacaba immóbil, sin hacer caso de la lluvia y el viento. Un pañuelo

apénas le cubría la cabeza, miéntras que todo el cuerpo se escondia bajo

el embozo de una capa vieja de paño burdo amarillento (especie de

estameña); y si alguna vez salía de su inmobilidad era solo para señalar

con la mano al impasible perro alguna oveja que se alejaba demasiado del

grupo. El obediente bruto llenaba su deber con lentitud, y el hombre

seguia fijo como una estaca, centinela mudo de un campo desierto y de un

rebaño de excelente índole. La misma _escena_ se me ofreció diez ó doce

veces.

A 143 kilómetros de Madrid, en el fondo de la extensa llanura, se

encuentra la pobre y vieja villa de _Olmedo_, primera poblacion de la

provincia de Valladolid en la vía que yo llevaba. Olmedo, célebre por

dos batallas en las viejas guerras civiles de España, cuenta apénas unos

13,000 habitantes. Un tiempo ciudad fortificada y de alguna importancia,

hoy no llama la atención del viajero sino por sus ruinas, sus murallas

desmanteladas, su soledad y tristeza, á pesar de su mediano comercio de

maderas.

Los paraderos donde la diligencia se habia detenido sucesivamente eran

tan detestables que yo no habia podido tomar alimento ninguno de

provecho. Los garbanzos cocidos, las habas guisadas, el tocino y los

chorizos me perseguian sin misericordia; y aunque algunos vasos de vino

de Aranda y de Toro me habian confortado un poco, tenia la pena de no

poder entretener el apetito con el cigarro por consideracion á la

sobrina del buen cura. Ello es que yo tenia una hambre de primer órden,

que se avivaba con cierto olorcillo á buen queso y exquisita conserva de

melocoton que se escapaba de la maleta del cura. Él y su sobrina

aprovechaban para refocilarse los momentos en que yo bajaba de la

diligencia en busca de alguna cosa tolerable.

La situacion me hizo comprender que era preciso apelar á la diplomacia.

Restablecí la conversación sobre el clero y logré interesar al digno

cura castellano. Por fin le hice saber que en Nueva Granada habia

corrido yo graves peligros como periodista, á causa de la energía con

que, discutiendo la cuestión del clero, habia defendido los verdaderos

intereses de la religion, ó de la pureza del cristianismo y la

independencia del sacerdocio. Yo decia enteramente la verdad, pero me

guardé bien de decirle á mi compañero que mis enemigos habian sido

precisamente los malos clérigos y los fanáticos, ni de entrar en

pormenores sobre el modo como yo entendía _los verdaderos intereses_ del

clero católico y de la religion. Ello es que el tio se enterneció, y

luego luego me invitó á participar de sus sabrosas provisiones, que me

probaron el buen gusto gastronómico de mis compañeros. Si los zelos

vulgares me habian procurado un buen asiento, el espíritu de corporación

del cura viajero socorrió muy oportunamente mi situación estomacal. Debo

decir, para descargo de mi conciencia, que desde aquel momento la

gratitud me hizo olvidar toda cavilación maliciosa acerca del parentesco

de mis compañeros de viaje.

Desde Olmedo hasta Valladolid (en un trayecto de 43 kilómetros) la

carretera, enteramente nueva, gira por una comarca tan solitaria que no

se toca sino en cuatro pueblecitos enteramente insignificantes, uno de

ellos situado á la orilla izquierda del Duero, rio angosto y profundo

pero muy subalterno hasta el punto donde, á pocas leguas de distancia,

se le reune el Pisuerga. La noche estaba ya bien avanzada cuando

pasábamos por enfrente de _Simancas_, tan famosa por su archivo

histórico riquísimo en preciosos documentos. A las once llegábamos á

Valladolid, y el buen cura y su sobrina se despidieron con la mayor

amabilidad, dejándome un grato recuerdo de las ventajas de viajar en

diligencia con los curas que tienen sobrinas.

Como se ve, en todo un trayecto de 189 kilómetros, entre Madrid y

Valladolid, la carretera gira por una línea de pueblos muy aislados que

apénas reunen un total de 19,500 habitantes á lo sumo, no obstante que

la via es una de las mas importantes. Ese solo hecho da la medida de la

escasez de poblacion en España y de su viciosa distribucion,

principalmente en las Castillas.

La provincia de Valladolid, de territorio casi totalmente llano y

situada entre las de Segovia, Avila, Salamanca, Zamora, Leon, Palencia y

Búrgos, es la trigésima cuarta de España en el órden de poblacion,

contando apénas 244,000 habitantes, Aparte de Valladolid, que tiene

41,869, no hay mas localidades de alguna importancia en la provincia que

_Olmedo_, _Medina-de-Rio-seco_ (con 4,500 habitantes), _Benavente_ (que

cuenta 4,550) y _Medina-del-Campo_, con 4,238. El resto de la poblacion

está diseminado en muchos pueblos de 300 á 2,000 vecinos, pero los

campos están donde quiera casi completamente desiertos, sea por causa de

los hábitos sedentarios de todos los castellanos, sea porque la

naturaleza de su agricultura (cereales y viñas principalmente) no exige

la misma asiduidad en la consagracion al cultivo, que imponen otras

producciones, sea en fin por la falta de buenos caminos vecinales que

mantengan comunicaciones frecuentes entre los distritos.

La ciudad de Valladolid, tan célebre por su universidad, está situada á

la márgen izquierda del rio _Pisuerga_, á poca distancia de algunos

grupos de colinas bajas y redondas que interrumpen graciosamente la

llanura para determinar en cierto modo el valle de aquel rio. Este, que

tiene sus fuentes en la sierra de Reinosa, el _Bornesga_ que nace en las

montañas de Leon, y el _Tormes_, procedente de la sierra que domina á

Salamanca, son los principales afluentes del Duero, centro hidrográfico

de la vastísima hoya de la Vieja Castilla y el antiguo reino de Leon,

comprendida entre los Pirineos (prolongados hasta las Asturias y

Galicia), la Sierra de Guadarrama y la que liga esas dos cadenas

separando las hoyas del Ebro y el Duero.

Valladolid es quizas la ciudad española que hace resaltar mejor el

contraste de la vieja y la moderna España. En el centro está la

Valladolid de las tradiciones, de la inmobilidad, del egoismo, del

aislamiento,--la Valladolid gótica, sombría, de un carácter severo,

triste, feudal y frailesco. En los arrabales ha ido surgiendo la

Valladolid moderna, con tendencias visibles á la comodidad, la

elegancia, el movimiento, la luz, la actividad económica, el aseo y el

buen gusto.

En la primera parte se ven: casas de menguado y repelente aspecto,

calles sucias, tortuosas y estrechas, callejones sin salida, plazas de

arcadas sombrías y arquitectura pesada y empírica, torreones góticos y

monumentales, numerosas iglesias medio arruinadas pero venerables por

sus bellas fachadas cuajadas de trabajos artísticos; miéntras que el

aspecto de las gentes y el movimiento mesurado de todos los objetos en

las calles y plazas revela la tenacidad de los hábitos, el abandono y la

fria austeridad de las costumbres. Donde quiera vestidos sombríos y

uniformes, bandas de mendigos, mugre, viejos asnos errando por las

calles entre la basura, muchachos vagamundos, gentes deteniéndose ó

asomándose á mirar al forastero como un animal curioso,--en una

palabra, la vida casi primitiva ó tradicional de la España castellana,

con casi todos los caractéres que Lesage hizo resaltar magistralmente en

su _Gil Blas de Santillana_.

Al contrario, en los arrabales ó la parte moderna de Valladolid se ven:

hermosos paseos, espléndidas arboledas á la márgen del Pisuerga, los

trabajos preparatorios de la estacion del ferrocarril que se adelanta,

la animacion y el movimiento de carros en las cercanías de la cabeza del

canal de _Castilla_, anchas y bien alineadas calles, casas hermosas y

elegantes, nuevas construcciones que indican un rápido acrecentamiento

de la ciudad, y todas las señales de una próxima regeneracion social.

Aquellas hermosas arboledas de la playa del Pisuerga, que me parecieron

un prodigioso esfuerzo progresista en Valladolid, contribuyeron á

probarme la tenacidad de los viciosos hábitos españoles. Es inexplicable

el odio que los castellanos profesan á la naturaleza en sus mas

simpáticas y atractivas manifestaciones. Todo lo que en ella es risueño,

alegre y delicioso, desagrada á la mayor parte de las poblaciones

españolas que no recibieron fuertemente la infusion del elemento

arábigo. Los árboles, el agua, las brisas, el cielo, la frescura y la

libertad de las campiñas repugnan á esa raza sedentaria, cuyos hábitos

la han mantenido fiel á las sacristías, el silencio, la inmobilidad, el

desaseo, los rincones, las sombras, los portales, el horror á la luz y

á la vida en todo. Así es que la mayor parte de los vecinos de

Valladolid detestan las deliciosas alamedas con que la autoridad pública

los ha obsequiado, y en vez de ir á buscar allí el sol, el aire puro,

los perfumes y las alegrías de la vegetacion, y los rumores de las

aguas, prefieren aglomerarse bajo los sombríos portales del centro, ó

errar perezosamente en las calles infectas y tristísimas donde se

pudrieron sus antepasados en el mismo abandono.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 39 / 45 段