El andaluz, y acaso mas que todos el sevillano, es franco y chancero,

pero ligero de cascos: una mala palabra, una mirada burlona, un gesto

dudoso es suficiente para provocar una querella ruidosa. Por fortuna,

aunque muchas veces el negocio se arregla a cuchilladas ó por lo menos á

los mas bofetones y golpes, generalmente la tempestad de roncas y

baladronadas termina por una reconciliacion en la taberna, jurada sobre

la botella entre una nube de humo de tabaco, quizas al son de la

guitarra. Sinembargo, hay una cuestión que no se arregla nunca (á lo

ménos en el mundo de los toreros, los majos y las manolas) sino por vias

de hecho ó mediante la desistencia absoluta: es la cuestion de _amor_,

que muchas veces no es sino cuestión de vanidad ó puntillo. El sevillano

de aquella clase no soporta ni una mirada advenediza dirigida á su

_chica_ ó su _guapa moza_, como las llaman. Si como marido es á veces

tolerante y se humaniza, como amante lleva los zelos hasta la ferocidad

ó el ridiculo. Eso prueba que la vanidad entra por mucho, y muy poco el

amor verdadero, en la energía con que defiende su _posesion_ ó

monopolio. Le miráis su «chica» ó pasáis por el pié de su ventana una

vez y se pica; á la segunda os pone el ceño hosco; á la tercera os dice

con enfado y acento provocador:

«--Eh, señorito! (ó _camarda_) quien me _bujca_ me _topa_! Si _ujté_ me

le _pela_ el ojo á _ejta chica_ otra _vée_, ya _puée_ saber que lo

_chicoteo_, ú _nos chicotéamo_! Con que si _quiée sarbar er burto_, coja

_ujté er_ camino y á otra parte con la música.»

Y fuerza es desistir de la empresa, so pena de que la navaja entre en

acción para apoyar con sus argumentos la intimacion del zeloso andaluz.

La inclinación á la galantería (y á sus muchas _consecuencias_) es muy

general en Sevilla. La «reja» ó ventana hace en eso un papel muy

importante y tradicional. Si os paseais por las calles despues de las

seis de la tarde, vereis donde quiera escenas que os darán idea de las

comedias da capa y espada. Al pié de muchas ventanas bajas y estrechas

se ve algun galan que inclina la cabeza con aire de misterio, recostado

sobre un brazo que reposa en la pared, y embozado en su capa, si no es

del género _majo_ (que no gasta sino chaqueta), mientras que se ve en la

sombra una carita zalamera que asoma en el fondo de la reja. ¿Qué hacen

esas dos figuras?--Están _pelando la pava_. Yo había oído muchas veces

esta frase en Colombia, con un sentido muy diferente. Allí se llama

_pelar la pava_ estar ocioso, perdiendo el tiempo cuando se está

obligado á una labor ó faena,--como el peón que suspende el trabajo para

echarse a dormir ó ponerse á charlar sin oficio. En España se _pela la

pava_ de un modo mas entretenido y halagüeño, puesto que la operación

consiste en hacer la corte por la reja ó ventana a la querida ó amada.

Creo que debe de haber una grande abundancia de _pavas_ en Sevilla,

porque allí pelan muchísimas.

No importa que los amantes ó _amigos_ de los dos sexos tengan entera

libertad para verse y hablarse á todas horas, dentro ó fuera de la casa.

La _pava_ se _pela_ siempre, porque así lo quieren las costumbres

galantes. Acaso el galan ha hecho una larga visita durante el dia, ó la

hará mas tarde á la familia de la _señorita_ ó _chica_; y con todo, la

visita al pié de la reja es indispensable, á prima noche por lo regular.

¡Ay del galan que se olvide un día de la pava que hay que pelar! Al

siguiente oirá terribles reconvenciones, hallará un ceño irritado, ó muy

indiferente y frio, cuando no sollozos, lágrimas y quejas reprochándole

ingratitud y mal proceder.... Creo francamente que las leyes de la

_pava_ restringen mucho la autonomía individual del andaluz, pero les

encuentro su lado poético y atractivo. Hay costumbres que no se

encuentran ya sino en España, donde el orientalismo y la feudalidad han

dejado raices muy profundas. El torero hace hoy las veces del trovador

de los viejos tiempos.

Por desgracia, los sevillanos no se contentan con el poético platonismo

de la «reja». Sevilla, como gran ciudad y puerto comercial, y como

tesoro de primores de arte y de placer, atrae singularmente, sobre todo

en la Semana Santa y la primavera, no solo á muchos extranjeros sino

también á los españoles de otras provincias. Ese gran concurso de

forasteros y la belleza de las sevillanas han dado lugar á un desarrollo

alarmante de la corrupcion. Debo limitarme á indicar el hecho, porque el

asunto no permite comentarios ni explicaciones. Ese mal es el cáncer de

las grandes ciudades españolas.

Si Sevilla interesa durante el dia, por los caprichos de sus calles

empedradas, estrechas y tortuosas, por el esplendor de sus casas

modernas, sus hoteles y cafés, por la magnificencia de su plaza de

toros, por la majestad ó el primor de sus monumentos, por su actividad

industrial y mil circunstancias,--durante la noche, á la doble luz de

la luna de mayo y del gas de millares de faroles, tiene un encanto

particular. Miéntras el gas hacia brillar todas las curiosidades de las

tiendas abiertas en las calles comerciales, y alumbraba á las turbas

alegres que hormigueaban por los enlosados ó el centro de las plazas y

calles,--los balcones, las celosías, los miradores y las altas rejas de

colores vivos (generalmente azul y verde, sobre paredes pintadas de

amarillo) estaban iluminados por la luz mas suave de la luna,

proyectándose en los muros las sombras de las mujeres curiosas,

inclinadas sobre los balcones para ver pasar los grupos de gente en

incesante agitacion.

En aquellos momentos parecía mas vivo el contraste de los diversos

tipos. Por una parte hacían juego los hombres de buena sociedad, con sus

ámplias capas de vueltas de terciopelo y borlas flotantes y sus

sombreros de fieltro, llamados en España _chambergos_, cuando no

vestidos con el _paltó_ francés y el sombrero negro de alta copa

bautizado en Madrid con el apodo ultrajante de _hongo_; mientras que las

damas elegantes arrastraban sus ampulosos trajes de luciente seda,

exagerados de por sí, sin perjuicio de la crinolina, esa peste de todas

las concurrencias, y ostentaban sus graciosos peinados y lujosas

cabelleras, sin mas adorno que una flor natural, ó cubiertas con una

cofia de lana calada de colores, ó el pañuelo de seda en barbiquejo. Y á

su lado se cruzaban, rozándose con el grave inglés (maravillado y lleno

de curiosidad), ó el francés (bullicioso y de humor ligero), los grupos

de majos y manólas, del aspecto mas original y risueño.

El _majo_ (torero, ó jaque, ó chalan, ó semi-artesano) funda todo su

orgullo en los botones de su chaqueta, el mérito de su faja y el lujo de

sus polainas. Hay tal pasion por el lujo que el andaluz dejaría de comer

tres dias por ahorrar el valor de sus lucientes botonaduras de plata,

puestas en dobles filas en los bordes anteriores de su chaqueta de paño,

azul ó negra y llena de adornos de lo mas cuco. La ancha faja, que da

muchas vueltas al derredor de la cintura y el pecho, por debajo de la

chaqueta (en forma de dorman y siempre abierta), llama la atención por

su vivísimo color (azul, carmesí, rojo, verde ó amarillo), la finura de

la seda ó lana y del tejido, y la gracia de las borlas ó flecos

pendientes de las extremidades. Sus abundantes patillas se destacan

libremente como dos bellos matorrales al pié del sombrero calañés, sin

alas y adornado también con algunas borlas de seda negra. Sus polainas,

de las cuales penden innumerables borlitas y cintitas del mismo cuero,

le dan un aire de chalan muy original. Agregad á la gracia del vestido

cierto aire de satisfaccion vanidosa, un acento ruidoso, muy marcado y

de guapeton, el sombrero inclinado sobre una ceja, el cigarrillo en la

boca, haciendo _escupir por el colmillo_, la gran navaja corva de cabo

agudo y resortas, llena de labrados y adornos, medio asomando por un

bolsillo ó por debajo de la banda, y el garrote en la mano, pendiente

del puño con una manija de seda ó cuerda, y dando vueltas á veces en

molinete, cuando no sirviendo de puntal,--y tendreis la figura completa

del _majo_ sevillano.

En cuanto á la _manola_ (tipo que ya no se encuentra sino en Andalucía ó

en las representaciones dramáticas y los carnavales), lejos de ser

temible como el majo es sumamente simpática. Siempre melindrosa y

zalamera, cuando está de humor y libre de la coaccion del

majo;--_arisca_ (es la palabra) y hasta desdeñosa, cuando el galan que

le habla no sabe hacerse aceptar y se muestra vanidoso,--la manola

revela instintos de independencia y de seduccion muy pronunciados. Su

andar es garboso, su mirada provocadora y algo burlona; se perece por

los bellos adornos y las telas de colores vivos; gústale mucho

pavonearse de bracero con un buen mozo, y cuida su peinado y su aderezo

con pasion. Al andar tiene cuidado en mostrar el enano pié calzado con

una elegante babucha, y descubrir algo la rica pantorrilla, capaz de

hacerle perder su gravedad á un inglés. Su traje es ampuloso, muy bien

ceñido, muy alto y de telas en que se mezclan siempre los colores vivos,

sobre todo el rojo y amarillo; su tocado sencillo y elegante; y su pecho

turgente y de vigorosa palpitacion resalta con la negra pañoleta de

terciopelo ó raso, ó la ligera mantilla que se enrolla en parte sobre el

redondo brazo.

El obrero sevillano, como he dicho, tiene muchas disposiciones

artísticas y es hábil en la fabricacion de una multitud de artefactos

curiosos. La sola inspeccion de las tiendas de Sevilla es bastante para

interesar al viajero. Ora llaman la atencion las preciosas joyas, los

encajes, los primorosos abanicos, las esculturas en yeso y madera, las

hermosas bandas, las caprichosas polainas, las mantas, capas y chaquetas

ó chaquetones de uso popular, los jaeces raros, los pellones de

monturas, los bellos tapices y las alpargatas de todas formas; ora se

interesa uno en observar las armas de fabricacion indígena, desde la

navaja casi microscópica hasta el gran puñal morisco, el sable de estilo

toledano y la fabulosa y temible navaja de tres cuartas de longitud que

asusta por ámbas extremidades. Todo es allí curioso, en términos que se

siente la tentacion de comprar de todo para llevar un museo andaluz. En

cuanto á mí, las impresiones fueron tan vivas que conservo mi museo en

la memoria. Sevilla me ha quedado tan vivamente grabada en la

imaginacion como si hubiera pasado allí mucho tiempo.

* * * * *

CAPITULO VII

* * * * *

MONUMENTOS Y CURIOSIDADES DE SEVILLA.

La Catedral.--El Alcázar.--La Lonja.--El Museo de pinturas.--La

Universidad.--La Casa de Pilatos.--El barrio de Triana.--La industria

sevillana.--Varias observaciones.

Imposible me sería hacer una descripcion hábil y detallada de las

preciosidades artísticas que tiene Sevilla. Una residencia de cinco dias

no era bastante para una observacion prolija, y aunque lo fuese, no me

es dado hablar con propiedad respecto de bellas artes. Indicaré muy de

paso mis impresiones mas vivas.

Desde luego, la catedral es la gran maravilla de la metrópoli andaluza.

Es una enorme masa de piedra, de estilo gótico del siglo XV, en su casi

totalidad; pues la parte de atras es del Renacimiento, terminada mucho

mas tarde,--circunstancia que produce un contraste desagradable. El

templo carece de torres y su fachada principal está incompleta,

faltándole los principales bustos y adornos propios de su época.

Concluido lentamente en un largo trascurso de tiempo, parece en su

exterior como un monumento dislocado, no obstante la majestad y el

atrevimiento de sus arcos y bastiones aéreos que parecen hacer una muda

invocacion al cielo. La grandeza de la catedral (la primera de España

sin disputa, bajo ciertos aspectos) está en el interior. Es tal su

opulencia de mármoles, que su solo pavimento de grandes baldosas blancas

y negras ha costado la fuerte suma de 125,000 duros. Mide una longitud

total (con su prolongacion de la capilla real) de 417 piés, 315 de

latitud y una elevacion que, empezando por 53 piés en las capillas se

eleva á 104 en las naves laterales, á 145 en la principal y á 171 en la

cúpula ó cimborrio que la domina. Como se ve, las proporciones son

colosales.

Sus cinco vastísimas naves son de una majestad imponente, sobre todo la

central, cuyo admirable artesonado de piedra reposando sobre numerosas

columnas formidables y atrevidas es de una ligereza y audacia muy

notables. Sus noventa y tres vidrieras de las ventanas ogivales (obra

del siglo XVI) son bellísimas por su finura y colorido; y la sillería

del coro es una de las mas ricas y mejor trabajada que he visto en las

catedrales góticas. Los frescos de la cúpula son muy bellos, como las

rejas monumentales de labor exquisita que encierran el coro. Puede

considerarse cuántos primores de arte contendrá esa catedral, con solo

saber que en ella han trabajado sucesivamente ciento noventa y seis

artistas notables, algunos de ellos eminentes y de primer órden. Y con

todo, por una extraña negligencia, se ignora el nombre del arquitecto

que trazara el plan de tan grandioso monumento.

Si sus dos colosales órganos son soberbios en todos sentidos, y los

muros, las pequeñas capillas y las bóvedas tienen cien bellezas que

admirar, al penetrar á la capilla real y la sala capitular (haciendo una

transicion repentina de la sombría solemnidad de lo gótico á las

floridas creaciones del arte greco-romano) se encuentran primores de

escultura y pintura y relieves y trabajos delicados de arquitectura que

son de mucho mérito. Allí se revela en obras inmortales el genio de

Murillo, de Herrera y otros grandes maestros, al lado de muy superiores

escultores. En la capilla real veneran la efigie de Fernando el católico

y se ven entre otros sepulcros notables los de Don Alonso el sabio y su

madre Doña Beatriz.

La sacristía contiene riquezas inmensas en joyas y vasos sagrados, y es

prodigiosa la pompa que el clero sevillano despliega en la Semana Santa

para el tocado y las vestiduras de la Virgen. ¡Cuántas miserias no

serían aliviadas si la Iglesia católica, renunciando á un lujo de

ostentacion que ofende la majestad inmaterial y suprema de la Divinidad,

y que desvirtúa la noble sencillez del cristianismo, renunciase á las

costumbres paganas y consagrase á la enseñanza y la beneficencia los

inmensos tesoros improductivos que yacen en las sacristías!

* * * * *

El _Alcázar_ de Sevilla, de universal renombre, es sin disputa uno de

los mas bellos monumentos de la arquitectura arábiga; pero de ningun

modo puede ser comparado con la Alhambra. Verdad es que la eminente

situacion de esta es excepcional, miéntras que el Alcázar está como

escondido en el seno mismo de Sevilla, á unos 500 metros apénas de la

catedral. Comenzado por los Moros en 1111 y terminado en su parte baja ó

primer cuerpo en 1181, fué la residencia de los reyes moros hasta la

reconquista de Sevilla en 1247. Tocóle á Don Pedro el Cruel la

construccion del segundo piso, que completó el edificio. Un vasto patio,

rodeado de viejos muros, da acceso al Alcázar, cuya primorosa fachada,

de una construccion sencilla pero cuajada de relieves ó arabescos,

anuncia con esplendor las bellezas interiores.

Todo el edificio se reduce á dos series de vastos salones ó aposentos,

generalmente cuadrados y superpuestos en dos pisos. La parte baja de los

muros y los pavimentos se compone de lindos azulejos ó ladrillos finos

de loza, de colores vivísimos, con las mas graciosas figuras ó dibujos.

La parte superior de cada muro, desde su altura média hasta los techos

artesonados, de yeso estucado ó de madera, reproduce en lo general, con

increible profusion, los mismos adornos floridos ó arabescos que hacen

el encanto de la Alhambra, repitiéndose siempre las formas de aquellas

exquisitas filigranas de yeso, pero sin perder por eso su gracia de

contornos, su finura de líneas sorprendente donde quiera, y su viveza

de colorido en combinaciones resplandecientes. Como Don Pedro el Cruel

empleó artistas árabes en la terminacion del edificio, los trabajos de

arte son completamente homogéneos. Los artesonados ó techos,

principalmente los de cedro, son de un gusto de ejecución delicadísimo.

El Alcázar, lleno de luz por la naturaleza de su construccion, no tiene

en sus salones y aposentos ese aire de voluptuosidad y de misterio

sombrío que domina en la Alhambra. En el Alcázar todo es alegre y

resplandeciente, y desde las ventanas y los balcones volados de las

piezas interiores se goza de todo el espectáculo encantador que ofrece

el inmenso jardin oriental que rodea al palacio. ¡Qué de tradiciones

dramáticas en aquel recinto donde reinaron razas y dinastías enemigas!

Si el salon de los _Embajadores_ arrebata por su magnificencia y su

cúpula soberbia, hace evocar mil historias y leyendas con los retratos

al fresco de todos los reyes godos que se ostentan en la techumbre. Ya

se siente uno sobrecogido de horror al atravesar la sala donde fué

asesinado Don Fadrique por órden de su hermano Don Pedro; ya se destiene

á cavilar, visitando la alcoba donde dormia el rey cruel, sobre los

dramas de sangre, de zelos y desconfianzas terribles que fueron la

consecuencia de las sombrías meditaciones de aquel hombre en sus

desvelos; ya en fin, al descender al patio de las _Muñecas_ (donde

tenian las moras sus grandes baños) y penetraren los subterráneos donde

un tiempo se bañaran voluptuosamente las princesas orientales y mas

tarde Doña María de Padilla, se estremece uno pensando en el doble uso

de aquellos subterráneos creados para el deleite y convertidos en

sepulcro. Allí, en uno de los calabozos húmedos, sin aire ni luz alguna,

sufrió su prision y su martirio esa mujer de tan célebre memoria.

El jardin, que tiene como tres hectaras de superficie total, está

encerrado por un alto muro que por sí solo es un monumento. Todo él está

lleno de arabescos, de columnitas preciosas, de frescos, inscripciones y

mil adornos muy bellos. Lo que mas admira es que esos primores de arte,

expuestos á la intemperie despues de tantos siglos (pues tal es la

construcción de los muros) se conservan perfectamente y subsisten como

modelos del arte arábigo. Sería imposible describir completamente ese

admirable jardin (tan especial en Europa) sin llenar muchas páginas cuyo

poético lenguaje parecería exagerado. Aparte del interes que tienen la

fachada interior del Alcázar y los altos muros que encuadran el recinto,

el fondo mismo del jardin es encantador por su conjunto así como por sus

preciosos detalles. Al recorrer sus laberintos de arrayanes

simétricamente recortados, sus tupidos bosquecillos de naranjos y

granados, sus vastas aglomeraciones de arbustos y plantas en flor, tan

brillantes como artísticas en unos sitios, tan graciosamente desiguales

en otros, y al penetrar en todos los santuarios de verdura que pueblan

el recinto, se cree uno como trasportado á los edenes orientales.

Allí todo es voluptuoso, risueño, tentador. Ya se divierte uno en querer

hallar la pronta salida de los laberintos de arrayan, ó en descifrar las

alegorías de todas formas trazadas en el suelo por medio de los mismos

arbustos de arrayan hábilmente dispuestos; ya se goza en admirar los

grupos floridos, los juegos de aguas ingeniosísimos y sorprendentes, las

numerosas fuentes de formas arábigas y las escalinatas de mármol donde

el sol andaluz brilla con todo su esplendor. Ora se pone uno á vagar,

soñando y recordando mil historias, bajo la sombra espesa de los

bosquecillos de naranjos, limoneros y granados, donde se siente la

embriaguez deliciosa que producen el azahar y el jazmin, la albahaca y

las rosas en profusion. Ora en fin, al rumor de las fuentes y al canto

de los pajarillos habitadores del jardin, se reposa con deleite, sentado

en otomanas de mármol, bajo las cúpulas de lindos pabellones de estilos

diferentes, construidos en el centro de aquellos retretes de verdura que

parecen evocar las sombras de las sultanas y las tradiciones de la

civilizacion morisca. El Alcázar es un delicioso monumento. Su tipo es

la frescura risueña. Allí falta la grandeza que caracterizó la Alhambra.

Por eso, al salir de la antigua mansion de Don Pedro el Cruel, se siente

pesado y desagradable el aire de la calle y se lleva una dulce

impresion, pero no se experimenta esa tristeza que acompaña al viajero

al alejarse de los sitios y los monumentos admirables de la vieja

fortaleza de Boabdil.

* * * * *

La _Lonja_, situada al lado de la catedral, es un hermoso y elegante

monumento que hace honor á su artífice, el famoso Herrera. Es

completamente cuadrado, mide 37 metros por lado y su estilo es del

Renacimiento, pero de una sencillez deliciosa que en nada perjudica á su

majestad. El mármol está allí prodigado con suma opulencia, y la luz

entra por todas partes á torrentes. El Tribunal de comercio y la Bolsa

tienen su residencia en ese espléndido palacio de la especulacion. Allí

tuvo su asiento, como he dicho, la famosa _Casa de contratacion,_

institucion establecida por la España en sus tiempos de obcecacion

política para explotar el comercio de sus colonias colombianas, mediante

el monopolio. Los inmensos archivos se conservan en hermosos armarios

con el mayor cuidado, en términos que la historia comercial y económica

de Hispano-Colombia, durante una larga época, se encuentra allí

esparcida en millones de documentos.

El edificio es de dos pisos, claustrado en ambos, pero sin balcones ni

galerías salientes. Todos sus pavimentos son de mármol y todos los muros

y techos de piedra pura. Lo mas notable por su mérito de composicion

está en la escalera y los artesonados. La primera es por sí sola un

espléndido monumento, por sus formas, la enormidad de sus mármoles

(todos de Granada) tan ricos por su finura como por sus colores y

volumen y formando mosaicos primorosos. El techo se compone en los

cuatro lados de un encadenamiento de bóvedas, con la particularidad de

que no hay entre mas de cuarenta artesonados (de pura piedra, sólidos en

extremo y atrevidos y hermosamente ensamblados y labrados) dos que se

parezcan en sus relieves ó formas parciales. La Lonja es, en su género;

quizas el mas hermoso monumento que tiene España.

* * * * *

Si el arte de edificar reune tan admirables muestras de todo género en

Sevilla, el arte divino que crea la luz y eterniza la verdad en la

tabla, el lienzo y el muro, no tiene ménos quizas de qué enorgullecerse

en la patria de Murillo y Herrera. El Museo de pinturas de Sevilla es

por sí solo un tesoro inmenso, aún á los ojos del que ha conocido los de

Madrid, Paris, Dresde, Ambéres y otras ciudades europeas. Sinembargo, no

todo el Museo merece tal reputacion. Exceptuando unos seis cuadros de

primer órden en el gran salon (local oscuro y triste de una antigua

iglesia), puede decirse que el valor esencial está en el _salon de

Murillo,_ cuyo precio es incalculable.

El salon principal tiene buenas obras, sin duda; pero la gran masa no es

sobresaliente, porque Sevilla (que ha dado su nombre á una grande y

gloriosa escuela) ha sido sucesivamente saqueada en materia de pinturas,

ya por el mariscal frances Soult, en la época de la guerra nacional, ya

por las autoridades que han querido organizar museos nacionales y

_particulares_ á expensas de las provincias. Se siente uno pasmado de

admiracion á la vista de la sublime _Asuncion_ de Murillo, tan

profundamente celestial en sus formas y expresion; del famoso cuadro de

Zurbarán (que tiene su historia político-diplomática) representando la

predicacion de _Santo Tomas de Aquino_; de una _Concepción_ y una

_Visitacion_ de Valdez, que evoca con divina uncion todo el poema del

misterio bíblico; de un _Cristo_, de Zurbarán tambien, asombroso de

dolor y agonía suprema; de un _Jesus_ de Estéban Márquez (discípulo de

Murillo), que parece creado por la inspiracion y la mano del maestro; y

en fin, de los _Cinco Apóstoles_ de Polanco, artista cuyas obras me han

parecido notables por la energía del pincel. Al contemplar todas esas

figuras, bajo las sombras del templo desierto, se comprende bien la

superioridad de los genios que, profundamente agitados por el

sentimiento de la piedad y la idea cristiana, han creado un arte nuevo,

dándole el sello de la majestad, la uncion y la santidad.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 35 / 45 段