El café de _Apolo_, donde nos establecimos en Cádiz durante algunas

horas, en dos noches, nos procuró el medio de hacer curiosas

observaciones en cuanto á las costumbres políticas de los gaditanos.

Hasta la singular estructura interior del café contribuía á hacer

interesante la escena, pues había cierta semejanza con las casas

elegantes que he descrito, pudiéndose observar desde uno de los altos

balcones que dominaban el gran salón todos los grupos y pormenores

simultáneamente. Yo me aturdía de oir á los españoles hablando sobre los

más graves asuntos: me parecía estar en un café de Bogotá (donde se

habla con absoluta libertad) aunque, á decir verdad, hallaba mas

tolerancia mútua en las francas y vehementes discusiones de los

españoles. Se decian las mayores claridades, sin insultarse, pero

sazonadas con la consabida pimienta española de las tres C.C.C., sin que

hubiese el menor temor de una desavenencia. Hablaban de la

reina..._primores_; ponían al ministerio de vuelta y média, ó

descargaban su hilaridad epigramática y sus terribles censuras sobre el

Capitán general, el Gobernador, el Obispo ó el primer personaje que

hallaban á la mano. Es realmente rara la facilidad y el chiste con que

el pueblo español maneja el epigrama y sabe aplicar un refrán en toda

oportunidad.

Esa singular importancia política y social de los cafés en España me

hizo reflexionar un poco. Ella data de los tiempos del gobierno

constitucional, de manera que es una institución muy moderna. ¿Es un

bien, ó es un mal?--me preguntaba yo. Desde luego que el café convertido

en club tiene sus ventajas: tiende á suprimir ese aislamiento que helaba

á la sociedad española, y la enervaba y mantenía en la impotencia moral

é intelectual; distrae de la tentación del juego, tan general en España

(por causa de las instituciones), y es un gran elemento de fusión de las

clases sociales y de organización libre de la opinion pública, opuesto á

las trabas que la encadenan bajo formas mas generales y ostensibles.

Puesto que la ley amordaza la prensa y la tribuna, el café es un bien

relativo que contrabalancea un poco la represion. Pero el café, tal como

está organizado en España, tiene también su lado malo. Él no tiene la

dignidad y compostura del club inglés, cosa natural, puesto que tanto

difieren los tipos y las instituciones de Inglaterra y España; pero

lejos de _educar_ á los Españoles, el café les mantiene ciertos defectos

de sociabilidad que les importa corregir. El lenguaje que allí se

emplea, aún delante de las señoras, es demasiado libre, inculto y

vulgar. ¡Qué de interjecciones impasables! ¡qué de alusiones y anécdotas

coloradas! La familiaridad que allí reina establece una comunidad de

lenguaje que degrada la lengua y priva al estilo de toda dignidad. Sin

duda que del café pueden salir muchos _oradores_, hijos del hábito; pero

oradores de muy mala calidad, viciados desde su nacimiento.

Por otra parte; la sociedad doméstica debe resentirse mucho de las

consecuencias. Los que no llevan sus familias al café las dejan hasta

muy tarde de la noche en completa soledad. He visto en los cafés de

España muchas madres de familia con sus hijas, sentadas al derredor de

mesas donde se sostenían habitualmente las conversaciones mas

escabrosas. Aquello no puede menos que ser funesto para la moralidad de

la familia. Pero si ella permanece en el hogar y el hombre solo es el

que frecuenta el café, pasando en él tres, cuatro, cinco ó mas horas,

los vínculos de la vida doméstica deben naturalmente relajarse. De todos

modos, el café es en España una verdadera institucion política y social,

creada por las costumbres, que tiene mucho de bueno y de vicioso, pero

que perdería gran parte de su importancia si la opinion tuviera otros

medios de libre expansion, como la prensa, la asociacion y la tribuna

pública.

* * * * *

A las ocho de la mañana siguiente á nuestra excursion por las cercanías

de Cádiz, salíamos de la bahía á bordo de un bonito vapor español, con

dirección a Sevilla. El mar tenia una hermosura espléndida, lleno de

fulguraciones ardientes y agitado por olas poderosas. Bien pronto

pasamos por enfrente de Santa-María, y Cádiz se perdió de vista entre

las grandes sinuosidades del Atlántico, que parecían arropar la isla de

León con su espumoso manto. Pasamos por delante de Rota, pequeña

población de la costa, doblamos un cabo, y nos hallamos en breve en la

especie de bahía producida por la desembocadura del Guadalquivir. La

entrada al rio no se determina realmente sino casi al llegar á

«San-Lúcar-la-menor», pequeña población mercantil ó de escala, asentada

á la margen izquierda del _Támesis andaluz_. Y esta comparación no es

aventurada, si se considera que, gracias al Guadalquivir, Sevilla es en

realidad un puerto marítimo, habilitado para la importacion y

exportacion, y centro principal del comercio de la baja Andalucía y

algunas comarcas limítrofes.

Nada mas triste que esas llanuras marítimas regadas por el bajo

Guadalquivir, en todo el trayecto que se extiende desde la bifurcación

que produce la «Isla mayor» hasta San-Lúcar. Es un mar de gramíneas

medio anegadas limitado por el océano mismo. Las márgenes del rio son

sumamente bajas, de modo que en las épocas de crecientes los derrames

producen una completa inundación, quedando las llanuras convertidas

literalmente en una continuación del mar. Cuando pasamos por allí la

tierra estaba descubierta y la poblaban numerosísimos rebaños y

yegüerizos. Por todo el horizonte se veian innumerables bandas de patos

salvajes, rosados pelícanos y otros acuátiles abatiéndose en los

pantanos, en medio de las vacas, las ovejas y los potros, mientras estos

pacían perezosamente ó se reunían en grandes grupos para defenderse del

ardor del sol, que hacia fermentar las aguas estancadas y calcinaba la

inmensa llanura completamente desprovista de árboles. No me parecieron

muy avantajadas esas crias; la vacuna no tiene un crecimiento notable, y

la caballar es bien inferior á su reputación. He observado que hay

exageracion en lo que se dice generalmente de los caballos andaluces, lo

mismo en Sevilla que en Córdoba y Granada.

El Guadalquivir, de una anchura media de 130 metros entre Sevilla y las

cercanías de San-Lúcar, tiene en lo general poco fondo; el cauce,

variable á causa de las fuertes aluviones de arena arcillosa, impone á

la navegacion muchas dificultades en algunos meses del año, y en todo él

se requieren algunas precauciones y una forma especial de las

embarcaciones que evite las varadas. En todo el trayecto se van

encontrando numerosas barcas marinas, ancladas ó navegando, que suben ó

bajan á remolque ó aprovechando las mareas y los vientos. Asi, el

Guadalquivir tiene un aspecto comercial que prepara al viajero al

movimiento económico de Sevilla, bastante animado y considerable.

Después de algunas horas de navegacion, cuando íbamos aproximándonos á

Sevilla, la topografía comenzó á ser diferente, sucediendo los paisajes

pintorescos á la triste monotonía de la costa. Las riberas del rio eran

mas empinadas, el cauce mucho mas estrecho, y en vez de las gramíneas de

los bajos pantanos teníamos á la vista muchos huertos y alegres

sementeras de trigos y legumbres, largas filas de álamos blancos y

sauces en una y otra margen, bosques mas ó menos considerables, de una

frescura y lozanía deliciosas, y levantadas barrancas abruptas sobre las

cuales se destacan graciosamente algunas poblaciones vecinas á Sevilla.

Al fin pasamos por el pié de los parques espléndidos del duque de

Montpensier, y vimos asomar, al volver un recodo (por encima de las

arboledas, los numerosos bergantines y vapores y los pintorescos

edificios del puerto), las cúpulas llamadas torre de _Oro_ y de _Plata_,

resplandecientes y poéticas, dominando el rio como dos joyas

monumentales destinadas á advertir al viajero que Sevilla es la opulenta

y gentil metrópoli del país donde dejó sus profundas huellas la

dominacion morisca, sin borrar las de la romana.

* * * * *

CAPITULO VI.

* * * * *

SEVILLA.

Idea general de la ciudad.--Panorama circunvecino.--El tipo

sevillano.--Costumbres sevillanas.

La ponderada hermosura de Sevilla y de la inmensa llanura que la rodea,

me hacia desear vivamente la ocasion de contemplarla en su totalidad. Su

situacion y configuracion indican naturalmente la ascension á la torre

de la _Giralda_, ante todo, para admirar el panorama entero á vista de

pájaro. Ya instalados en el hermoso hotel de «Londres» (uno de los

muchos elegantes y muy bien servidos que tiene la ciudad) atravesamos la

espléndida plaza de la _infanta Isabel_, desde la cual veiamos la masa

colosal de la famosa torre, visible de casi todas las calles de Sevilla.

A unos trescientos metros de la plaza hallamos la admirable catedral y

la torre, esta situada hácia atras y formando un edificio aparte, aunque

ligado por construcciones posteriores.

Nada mas grandioso que ese monumento de cúpula fulgurante, que brilla al

rayo del sol como una inmensa joya suspendida en el éter. Al mirarla se

siente uno lleno de admiracion por la grandiosa sencillez que le quiso

dar el genio oriental ó morisco. Aquel arcángel aéreo de bronce dorado

que corona la cúpula y gira como una veleta, tiene no sé qué de celeste

que provoca á escalar la altura para hundir la mirada alternativamente

en el cielo y en el mar de casas resplandecientes y de campiñas

admirables que las rodean. La torre, perfectamente cuadrada en su parte

morisca hasta una altura muy considerable, fué terminada mucho tiempo

después de la conquista, y por desgracia con un estilo del todo

diferente. Así, hasta la región de las campanas se ve la civilización

del árabe, rematando su obra la arquitectura refinada del Renacimiento.

La elevación total de la _Giralda_ es de 364 piés, siendo por lo mismo

la mas elevada que existe en España. El cuerpo de la torre tiene 50 piés

por lado. Éntrase á ella por una miserable puertecita, y se sube hasta

la enorme altura de las campanas por 35 rampas ó corredores inclinados,

sin gradería ninguna. Después, por escaleritas de mano muy estrechas, se

puede hacer la peligrosa ascensión hasta la figura de bronce que tiene

el nombre de Giralda. Allí se siente como un vértigo...algo que se

parece al extravagante deseo de volar sobre los abismos.

El espectáculo que se contempla desde allí es de una hermosura suprema,

mas espléndido aún (excepto la vista del mar) que él de Valencia. De un

lado se ven muy lejos vagamente las montañas de la sierra de Ronda que

terminan la cadena de la Sierra-Nevada. Del otro las llanuras del bajo

Guadalquivir, perdiéndose en el horizonte en la direccion del océano. Al

norte se ven mas ó menos las montañas de Córdoba, contrafuertes de la

Sierra-Morena Por último, tendiendo la vista al oriente, en la dirección

de la alta Andalucía, se ven llanuras hermosas que se van levantando

insensiblemente hasta perderse en las ondulaciones de colinas y cerros

que giran por el centro de la hoya del Guadalquivir hacia Jaén. El

horizonte es inmenso y admirablemente bello.

Recogiendo la mirada en un círculo menor, se ve por todos lados la

opulenta llanura, primorosa por su cultivo, esmerado, sus numerosas

poblaciones, sus graciosos cortijos, sus enjambres de pequeños rebaños,

de casas campestres, de huertos y jardines, y sus laberintos de

arboledas ya en grupos mas ó menos extensos, ya en hileras ó en calles

resplandecientes de verdura, donde alternan los naranjales con los

viñas, los interminables olivares con las sementeras de hortalizas,

cereales, etc. Y por en medio de la vastísima llanura va caracoleando el

lento Guadalquivir, como una cinta gris, haciendo las mas graciosas

vueltas y revueltas.

Localidades mas ó menos considerables, pero todas industriosas y de un

aspecto homogéneo, se multiplican en todas direcciones. Allá se ven

sucesivamente, con el auxilio del anteojo ó sin él (en la dirección de

la carretera de Ecija y Córdoba), los pueblos de Alcalá-de-Guadaira y

Mairena, y luego los cerros (llenos de poblaciones también) que dominan

á la ciudad de Carmona, bastante populosa. Por otro lado (hacia Jerez)

Utrera y Oran; y á la derecha del Guadalquivir, entre otras muchas

poblaciones, San-Lucar-la-Mayor, Encarnacion y Alcalá-del-rio.

La provincia de Sevilla, la sexta de España en el orden de población,

cuenta 463,486 habitantes. Las campiñas, sumamente cultivadas, tienen

una poblacion muy abundante, robusta, vigorosa y amante del trabajo, al

mismo tiempo que de los placeres vehementes. Muy á la inversa de las

comarcas castellanas, la soledad no se manifiesta en ningún punto de la

provincia de Sevilla, y abundan mucho los pequeños pueblos de 1,000 á

4,000 almas. Con todo, se hacen notar algunas ciudades considerables,

centros de una vasta producción agrícola que consiste principalmente en

vinos, aceite, cereales, granos, ganados de todas clases, hortalizas y

frutas. Las mas notables de esas, ciudades son:

_Sevilla_, que cuenta (inclusos los nueve arrabales exteriores

a las fortificaciones) 112,600 habitantes;

_Ecija_, con 28,800

_Carmona_, con 18,800.

_Osuna_, con 17,500

_Utrera_, con 14,000

_Marchena_, con 13,000

_Alcalá de Guadaira_, con 8,260

Todas esas poblaciones aunque son principalmente centros agrícolas,

alimentan una multitud de manufacturas, fábricas y talleres de toda

clase, que aumentan la animacion del pais, y le dan mucho interés

económico. Sevilla sola tiene en algunos ramos vastas manufacturas y

fábricas especiales de suma importancia,--tales como su magnífica

fundicion de armas y cañones, su nitrería, y sobre todo su inmensa

manufactura de cigarros (por cuenta del Estado se entiende), que da

trabajo á 4,000 obreros, establecimiento digno de ser visitado con

placer é interés.

Concretando la vista sobre la ciudad, el panorama es tan curioso como

bello. El Guadalquivir, describiendo como un semicírculo, rodea en gran

parte el recinto de la ciudad propiamente dicha, defendida y encerrada

por murallas que, segun dicen, datan del tiempo de César, y por

numerosos fuertes aislados que en la actualidad son inútiles aunque no

sea mas que por su evidente inferioridad respecto del _progreso_ de la

estrategia y arquitectura brutal del egoísmo, el aislamiento y la

muerte. De cualquier lado que se mire el conjunto interesa por sus

caprichos y contrastes graciosos, y los pormenores llaman la atencion.

Al derredor, los nueve arrabales, de los cuales solo uno, el de

_Triana_, habitado por los Gitanos, que es el mas populoso, se halla á

la márgen derecha del Guadalquivir, ligado á la ciudad por un hermoso

puente colgante. Muy cerca del puente, sobre el puerto mismo, se levanta

la linda cúpula dorada de la Torré-de-Oro, que parece cubierta de

escamas relucientes.

Al pié mismo de la torre de la _Giralda_ veiamos la masa estupenda y

romántica de la catedral, cuyas formas góticas y color sombrío la hacian

parecer una montaña de granito despedazada en cien picachos, agujas,

arcos atrevidos y enormes grietas. Era como un volcan extinguido,

imponiendo miedo por la sola majestad de sus grandiosos escombros

ennegrecidos por el tiempo. Al lado de la catedral, el espléndido

palacio de piedra y mármol llamado la _Lonja_ ó Bolsa, que fué la famosa

«Casa de Contratacion» para el comercio de las Indias. Algo mas léjos el

precioso monumento morisco llamado el _Alcázar_, rodeado de jardines

deliciosos que por sí solos son un tesoro para Sevilla. Y mucho mas

léjos aun, el inmenso edificio de la manufactura de tabacos, y el

elegante palacio moderno de _San Telmo_ (propiedad del duque de

Montpensier) á la vera de un vastísimo y bello parque que se extiende

sobre la márgen izquierda del Guadalquivir.

Mirando en otra direccion, se ve en el arrabal de _San Roque_ el

monumento llamado _Caños de Carmona_, admirable acueducto romano de 410

arcos, y á un lado la gran fábrica de salitres; en el arrabal de la

_Resolana_ el hermoso hospital de la Caridad y la Maestranza; en el de

_Macarena_ el espléndido hospital militar; y en el de _San Bernardo_ la

famosa fundicion de cañones de bronce. Lo demas es un laberinto de

calles tortuosas y estrechas, de edificios desiguales, caprichosos,

muchos de ellos de formas extravagantes, de cuyo enjambre se destacan

algunos cocoteros centenarios é históricos, multitud de palacios ó casas

primorosas del mismo estilo que las que observé en Cádiz, y una masa

informe de miradores, azoteas, torrecillas y construcciones moriscas, en

cuyo fondo parduzco brillan las torres y las cúpulas de numerosas

iglesias de estilo arábigo, lucientes y pintorescas á causa de los

techos en forma de escama formados con pequeñas tejas de colores

entremezclados.

Agréguese al interes de esos mil pormenores el primor de la vegetacion

interior, y se comprenderá la hermosura de aquel pangrama semi-oriental

y semi-español al mismo tiempo. Los huertos y jardines son innumerables,

no solo en los arrabales sino tambien en el centro de la ciudad,

mantenidos con esmero en los patios interiores. Así, se ven las moles de

los edificios como un inmenso reguero de peñascos desiguales en medio de

un mar de granados, naranjos, limoneros, jazmines y millones de flores

que inundan el aire de perfumes. Sevilla merece bien su fama: es un

paraíso de verdura y curiosidades de todo género.

* * * * *

Despues de tener una idea general de la metrópoli andaluza, como objeto

material, descendimos de la _Giralda_ para ir á observar las costumbres

de su sociedad. Recorriendo las calles, penetrando en los cafés y los

hoteles, visitando las casas elegantes y los preciosos jardines, y

escudriñando los objetos monumentales en que abunda Sevilla, se reconoce

al punto el tipo esencial ó característico de esa sociedad, ardiente y

poética por su sangre y su clima, independiente y altiva por el

bienestar que el trabajo activo le procura, y apasionada en alto grado.

Sevilla es un inmenso museo, en toda la fuerza de la palabra, así en lo

material como en lo moral. El sentimiento artístico es el fondo del

carácter sevillano, en todas las clases de la sociedad,--ora se revele

en construcciones de suntuosa elegancia, ora en las cándidas

manifestaciones populares,--ya predomine el _buen gusto_ (sencillo ó

refinado) en las costumbres y los usos, ya simplemente lo pintoresco y

rudimentario. El adjectivo _pintoresco_ es sin duda el que cuadra mejor

al tipo sevillano. Hay en el fondo de todo lo que allí vive y se agita,

como de lo inanimado, una manifestacion vigorosa de poesía, de tendencia

á lo maravilloso, de expansión sentimental, que no puede escapar al

observador.

No hay un rasgo que no concurra á impresionar al extranjero en ese

sentido.--Los mil primores de las casas pertenecientes á familias ricas,

donde el mármol, las flores y los adornos y colores vivos y seductores

están prodigados; la gracia y la frescura de los millares de patios, que

las noches de verano hacen convertir en salones; el esmero con que se

conservan los innumerables jardines y los perfumados huertos, donde las

aguas saltadoras no dejan de abundar jamas; el entusiasmo que todos

manifiestan: por los cuadros de pintura y los objetos de escultura,

cualquiera que sea su calidad; los mil graciosos caprichos de todos los

portales, los balcones y gabinetes, los miradores aéreos y las ventanas

enrejadas (que hacen tan importante papel en las aventuras amorosas ó de

mera galantería); el lujo y artificio de las tiendas y los almacenes,

resplandecientes de primores, joyas, sederías, objetos de arte y

bagatelas; el gusto por el abanico que, aparte de la exigencia del

clima, constituye todo un arte, sea por su fabricacion, sea por su uso;

la pasión por la tauromáquia, el teatro, la equitacion, ios juegos

funámbulos y toda clase de espectáculos; el amor al juego, bajo casi

todas sus formas, pasion en que funcionan el arte, en cierto modo, y el

gusto por lo maravilloso, inesperado ó azaroso; la singular energía de

inclinación a lo pintoresco y sobresaliente, que se manifiesta en los

vestidos populares, sea por sus formas, sea por sus adornos ó por la

combinación de los colores vivos y lucientes; el encanto con que todos

aman la música alegre y apasionada, las danzas vehementes, las

cabalgatas y carreras, las ferias, las procesiones, etc.; las formas

extrañas y los adornos de los aparejos de montar, las armas y los

instrumentos de música; la suma abundancia de talleres, fábricas

pequeñas y obradores, dónde millares de obreros trabajan (aislados ó en

pequeños grupos) en la confeccion de mil objetos de arte: todo eso y

algunas otras circunstancias que paso por alto, manifiestan el

sentimiento profundamente artístico de los sevillanos.

Y no puede ser de otro modo, si se considera cuán poderosa es la

influencia que ejercen en la educación moral de un pueblo la naturaleza

y los objetos que le rodean é impresionan constantemente. El sevillano,

al nacer, halla la noción de lo bello y la inspiración de la poesía en

todo lo que tiene á la vista. Un cielo admirable con un sol que calienta

y vivifica la sangre.; una tierra de fertilidad prodigiosa, que da

cuanto se le pide; una vegetación esencialmente poética; como son los

olivos y naranjos, los limoneros y granados; aguas y perfumes en

abundancia para dar alegría y placer; una vida fácil, gracias á las

condiciones topográficas del pais; el vino (ese gran tentador que incita

al placer) bueno, vigoroso y en abundancia. Y por otra parte, los

monumentos y la raza predisponen al amor del arte. Desde que se comienza

á marchar, á vivir, se ven por todas partes admirables monumentos,

bellos en su exterior y repletos de tesoros en su interior, y se

observan fisonomías hermosas. No he visto jamas una raza tan

enérgicamente hermosa como la de Sevilla, y creo que no tendrá rival en

Europa, si no es en algunas regiones orientales, en Hungría y en algunas

provincias de Italia.

La hermosura es tan general en los tipos sevillanos que es casi vulgar.

Allí no se ve la severa majestad de la belleza castellana, ni la

hermosura impasible y fria de las inglesas, ni la gracia artificial

(intencional en cierto modo) de la francesa, ni la áspera y casi brutal

belleza de las valencianas. El hombre es generalmente de talla alta,--la

mujer de regular si no pequeña estatura.--A pesar de las diferencias que

el sexo determina en todas partes, hay ciertos rasgos que son comunes á

hombres y mujeres en Sevilla: formas esbeltas y delgadas pero vigorosas;

cabellos negros, sedosos y lucientes, rara vez encrespados; cejas negras

y primorosamente arqueadas; dientes superiores y de suma blancura; una

tez de color moreno suave y sonrosado, muy atractiva; ojos muy oscuros,

vivísimos, inteligentes y que pasan con 1a mayor rapidez de la ardentía

mas apasionada á la dulzura mas risueña y cordial; un andar lleno de

abandono y donaire, naturalmente _dengoso_ y como tentador sin malicia;

la voz cadenciosa, suave y sonora, notablemente acentuada en los finales

de dicciones; y siempre las interjecciones vehementes y la sal de los

modismos provinciales,--sin contar la pronunciacion popular que cambia

el sonido de 1a _r_, 1a _l_, 1a _s_, 1a _z_, etc. del modo mas original

y picante,--tales son los rasgos generales del tipo sevillano.

La mujer es dulce y simpática, aunque hay en su fisonomía un no se qué

de varonil sin afectacion. El hombre tiene algo de rudo, de muy

oriental, que atrae ó asusta según la manera como se le trata. Si

buscáis á un andaluz sevillano por las buenas, con finura y afabilidad,

aunque pertenezca al vulgo, le hallareis cordial, expansivo, muy atento

y obsequioso. ¡Pero cuidado con andar por las malas! Entónces, si es

torero, ó matón ó campesino, jinete ó cosa parecida, os echa por lo

pronto una granizada de interjecciones de á libra, y va sacando la

navaja ó arremangándose los puños para decidir la cuestion por la vía

ejecutiva. Mas, si en vez de uno de esos genios atrabiliarios se da con

un andaluz del tipo fanfarron (que abunda muchísimo), el altercado tiene

otras proporciones: es uña lucha de palabras-montañas en que el

extranjero que no conoce bien el país puede ser completamente

mistificado. Al oir al andaluz echando bravatas, le creeríais capaz de

tragarse la Sierra-Nevada y desquiciar el mundo de un puntapié. Se

formaliza, se crispa, grita, amaga, ruge como un cañon y parece una

furia.... Le cojeis la palabra, mostrándole que no tenéis miedo, y

entónces el leon se hace cordero, os hace mil zalamerías, rie, lo vuelve

todo chanza («jarana») y os convida á tomar un trago con la mayor

cordialidad.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 34 / 45 段