El golfo de Algecíras, que es una de las formaciones oro-hidrográficas

mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura

profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y

formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto,

bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas

olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente.

Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á

cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su

puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí

de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si

representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de

una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el

orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la

libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de

su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de

las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas

pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa

melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico

hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca

ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus

puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados

al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos

por las ondas de un verde cristalino admirable.

En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño

pueblo llamado _Liña_, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja

colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704),

perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á

la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque

como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los

lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total

que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes

(sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á

Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.

Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos

metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras

miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos

durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á

tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las

seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente.

Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de

esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud

alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y

bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos.

Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que

venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de

paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus

sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo

murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca

monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse

entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la

luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de

fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de

oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del

momento.

Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué

absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no

quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del

mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas,

destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que

indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo

contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio

que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un

concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos

compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que

insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una

cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.

--¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general,

decíamos,--este monumento flotante que se llama un buque!--El navio,

cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque

es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy

especial y acaso la mas grandiosa,--poesía sin igual, llena de

misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones,

cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras

maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos

literarios, decíamos,--sino que ha desarrollado inmensamente la

literatura _continental_ ó _terrestre_, multiplicándole sus medios de

expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa

es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su

seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es

una civilización aparte;--es el símbolo del poder misterioso del hombre

para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su

servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo

(accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el

saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es

el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al

contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la

unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y

recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la

imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción

lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza.... Un

día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de

millones y millones de _vecinos y hermanos_ saludándose desde cada

playa, y el buque, sin bandera _nacional_, surcará ese lago universal,

tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin

distincion de domicilio.

Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para

ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca

de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre

bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de

entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las

transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia,

pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una _fortaleza!_ Así, esa noble

libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los

pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una

excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de

máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando

que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo

que tiene el carácter de _armado_, no son sino perturbaciones flagrantes

del orden social.

Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española,

Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las

ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha

modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza

de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y

regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con

gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de

balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual

la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces

pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las

iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas

de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y

donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y

negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad

es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus

productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro

tangerino ó tetuanés.

Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de

almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las

gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista,

impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del

escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con

el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando

yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de

una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola

pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,--ó su orgullo

aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina

británica,--todo le distingue fuertemente de los demás tipos.

Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia,

aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto,

artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como

si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una

ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder

extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos

refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del

expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se

siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación

era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando

silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus

vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas

desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las

tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos

hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del

mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le

trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no

podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que

pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y

proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los

judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.

Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de

Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las

costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos

miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria

adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa

metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor

el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés.

El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el

extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en

su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me

pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el

_derecho_ y el _progreso_, á que tiende la Humanidad, impulsada por el

sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la

civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y

religiones, colocado entre la España católica,--intolerante y fanática

por sus instituciones papales,--y el África mahometana,--intolerante y

fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;--aquel

peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose

entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su

seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!

Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón

británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces

es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo,

imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso,

bendigo _hoy_ (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en

Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el

Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la

semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza

severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos

de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían

comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de

España,--de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la

guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á _nueve

años de prisión_ á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en

Cádiz la _Biblia_ (el libro de Dios!) en edición británica....

El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no

solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el

Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que

hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un

elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España,

como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el

castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas

ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema

rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso

le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,--lo mismo

por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en

ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar.

El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que

en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos

de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.

Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que

las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y

objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas

llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí,

tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos

tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre

fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las

_mantas_ rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos

turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas,

corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y

plata, y mil objetos de uso manual,--todo eso despierta la curiosidad

por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de

forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises

vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa

aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda,

en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de

cambio universal.

Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de

sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin

cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que

se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros

jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos

patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas

interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é

instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas

flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y

puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de

enredaderas y pámpanos;--aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en

presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental

hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce,

abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las

verdes ondas del golfo,--mientras que en la ciudad todo era bullicio y

animacion mercantil;--todo formaba un conjunto de contrastes que hacia

meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán

muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su

cureña, deje de ser un _argumento_; pero hay que esperar que llegará un

dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra

defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.

El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es

incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos

claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador.

Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una

majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos,

surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan

bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y

todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de

palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y

grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol

africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas

poblaciones, la _Isla-Verde_ con su hospital, las fortalezas españolas y

la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al

sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y

después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar,

Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas;

y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de

Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa

producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es

de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo

estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de

ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.

* * * * *

A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia

Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de

España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de

Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha

infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del

Mediterráneo,--las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el

canal con majestad,--las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la

gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian

innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y

montañas formidables.

Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y

Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote

del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa

no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y

solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen.

Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo

me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno,

dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido

mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es

una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad....

* * * * *

CAPITULO V.

* * * * *

LA BAHIA DE CÁDIZ.

La isla de León.--Panorama de Cádiz.--Reminiscencias.--Curiosidades y

costumbres.--San-Fernando.--Puerto-Real.--Puerto-Santa-María.--Algo mas

sobre Cádiz.--El bajo Guadalquivir.

Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en

el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á

bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se

debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de

equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El

Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas

uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando

lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que

del que llega de paseo de alguna ciudad española.

Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres,

las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las

cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El

espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento

del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de

cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por

la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y

faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir

sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel

del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas

altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y

aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no

quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja»

(edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un

exámen detenido) nos sirvió de mirador.

La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo

de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y

habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto

de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de

grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y

excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta

peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un

peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura

_sólida_, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana,

extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los

lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de

Medinasidonia;--al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del

Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.

La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa

copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base

está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora

Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de

la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se

subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras

que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la

avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco

caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas

regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la

ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado

«Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la

historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma

irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla

de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan

avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».

El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza

á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion

de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A

unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable

ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus

opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de

51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas

colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc.,

cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar

mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía

(incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de

114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque

productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58

kilómetros de circunferencia.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 32 / 45 段