mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura
profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y
formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto,
bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas
olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente.
Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á
cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su
puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí
de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si
representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de
una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el
orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la
libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de
su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de
las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas
pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa
melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico
hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca
ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus
puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados
al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos
por las ondas de un verde cristalino admirable.
En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño
pueblo llamado _Liña_, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja
colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704),
perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á
la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque
como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los
lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total
que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes
(sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á
Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.
Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos
metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras
miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos
durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á
tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las
seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente.
Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de
esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud
alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y
bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos.
Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que
venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de
paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus
sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo
murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca
monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse
entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la
luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de
fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de
oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del
momento.
Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué
absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no
quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del
mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas,
destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que
indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo
contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio
que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un
concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos
compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que
insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una
cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.
--¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general,
decíamos,--este monumento flotante que se llama un buque!--El navio,
cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque
es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy
especial y acaso la mas grandiosa,--poesía sin igual, llena de
misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones,
cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras
maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos
literarios, decíamos,--sino que ha desarrollado inmensamente la
literatura _continental_ ó _terrestre_, multiplicándole sus medios de
expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa
es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su
seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es
una civilización aparte;--es el símbolo del poder misterioso del hombre
para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su
servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo
(accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el
saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es
el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al
contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la
unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y
recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la
imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción
lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza.... Un
día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de
millones y millones de _vecinos y hermanos_ saludándose desde cada
playa, y el buque, sin bandera _nacional_, surcará ese lago universal,
tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin
distincion de domicilio.
Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para
ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca
de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre
bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de
entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las
transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia,
pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una _fortaleza!_ Así, esa noble
libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los
pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una
excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de
máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando
que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo
que tiene el carácter de _armado_, no son sino perturbaciones flagrantes
del orden social.
Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española,
Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las
ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha
modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza
de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y
regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con
gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de
balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual
la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces
pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las
iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas
de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y
donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y
negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad
es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus
productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro
tangerino ó tetuanés.
Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de
almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las
gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista,
impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del
escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con
el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando
yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de
una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola
pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,--ó su orgullo
aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina
británica,--todo le distingue fuertemente de los demás tipos.
Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia,
aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto,
artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como
si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una
ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder
extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos
refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del
expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se
siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación
era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando
silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus
vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas
desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las
tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos
hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del
mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le
trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no
podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que
pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y
proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los
judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.
Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de
Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las
costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos
miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria
adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa
metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor
el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés.
El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el
extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en
su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me
pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el
_derecho_ y el _progreso_, á que tiende la Humanidad, impulsada por el
sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la
civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y
religiones, colocado entre la España católica,--intolerante y fanática
por sus instituciones papales,--y el África mahometana,--intolerante y
fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;--aquel
peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose
entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su
seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!
Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón
británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces
es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo,
imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso,
bendigo _hoy_ (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en
Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el
Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la
semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza
severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos
de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían
comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de
España,--de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la
guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á _nueve
años de prisión_ á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en
Cádiz la _Biblia_ (el libro de Dios!) en edición británica....
El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no
solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el
Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que
hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un
elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España,
como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el
castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas
ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema
rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso
le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,--lo mismo
por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en
ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar.
El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que
en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos
de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.
Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que
las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y
objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas
llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí,
tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos
tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre
fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las
_mantas_ rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos
turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas,
corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y
plata, y mil objetos de uso manual,--todo eso despierta la curiosidad
por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de
forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises
vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa
aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda,
en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de
cambio universal.
Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de
sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin
cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que
se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros
jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos
patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas
interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é
instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas
flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y
puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de
enredaderas y pámpanos;--aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en
presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental
hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce,
abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las
verdes ondas del golfo,--mientras que en la ciudad todo era bullicio y
animacion mercantil;--todo formaba un conjunto de contrastes que hacia
meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán
muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su
cureña, deje de ser un _argumento_; pero hay que esperar que llegará un
dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra
defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.
El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es
incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos
claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador.
Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una
majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos,
surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan
bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y
todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de
palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y
grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol
africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas
poblaciones, la _Isla-Verde_ con su hospital, las fortalezas españolas y
la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al
sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y
después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar,
Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas;
y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de
Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa
producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es
de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo
estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de
ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.
* * * * *
A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia
Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de
España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de
Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha
infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del
Mediterráneo,--las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el
canal con majestad,--las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la
gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian
innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y
montañas formidables.
Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y
Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote
del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa
no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y
solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen.
Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo
me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno,
dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido
mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es
una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad....
* * * * *
CAPITULO V.
* * * * *
LA BAHIA DE CÁDIZ.
La isla de León.--Panorama de Cádiz.--Reminiscencias.--Curiosidades y
costumbres.--San-Fernando.--Puerto-Real.--Puerto-Santa-María.--Algo mas
sobre Cádiz.--El bajo Guadalquivir.
Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en
el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á
bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se
debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de
equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El
Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas
uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando
lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que
del que llega de paseo de alguna ciudad española.
Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres,
las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las
cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El
espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento
del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de
cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por
la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y
faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir
sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel
del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas
altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y
aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no
quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja»
(edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un
exámen detenido) nos sirvió de mirador.
La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo
de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y
habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto
de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de
grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y
excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta
peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un
peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura
_sólida_, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana,
extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los
lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de
Medinasidonia;--al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del
Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.
La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa
copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base
está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora
Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de
la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se
subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras
que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la
avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco
caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas
regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la
ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado
«Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la
historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma
irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla
de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan
avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».
El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza
á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion
de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A
unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable
ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus
opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de
51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas
colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc.,
cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar
mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía
(incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de
114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque
productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58
kilómetros de circunferencia.