ornamentación, dos tumbas monumentales de mármol blanco, asombrosamente
preciosas por sus líneas delicadas, su inmensa labor y sus relieves de
un gusto artístico insuperable. La una de esas tumbas es la de Isabel y
Fernando, con sus cuerpos íntegros en relieve; la otra de Felipe I y
Juana la loca, de iguales condiciones. De resto, la catedral entera está
llena de primores; su riqueza de mármoles en todos los pavimentos, los
altares y muros, es prodigiosa,--como en todas las catedrales españolas
(no siempre con buen gusto en la distribución); y entre multitud de
bellos frescos, de infinitos adornos y cuadros al óleo de bastante
mérito, se distinguen dos pequeños de Murillo, uno de Herrera el viejo y
varios del infatigable Alonso Cano.
Un curioso espectáculo me llamó la atención, al recorrer la ciudad hacia
extramuros, en solicitud de la Cartuja, el Albaicin y el Monte-Santo. Me
había prometido ver á los Gitanos en su barrio y contemplar sus extrañas
danzas en medio de las ruinas de la Alhambra. Había conocido un dia, en
el Jeneralife, al _capitán_ de los Gitano de Granada, hablando con él
para que nos hiciese preparar una danza, objeto que provoca mucho la
curiosidad de los viajeros. El capitán, albéitar de profesión, me había
impresionado vivamente, haciéndome simpatizar con su raza. Fino y
comedido, con una fisonomía en que parecían disputarse la expresión
típica, el orgullo y la humildad fingida, la indiferencia y la
amabilidad; alto, delgado y enhiesto; llevando con garbo su capa azul
oscura de vueltas de terciopelo carmesí, y su sombrero de fieltro algo
inclinado sobre la frente; con un acento vibrante y suave, un ojo
profundamente negro, vivo y ardiente, pero velado por instantes, y
marchando con seguridad y presteza,--aquel hombre me ofrecia el tipo de
una raza bellísima, que ha conservado en medio de su degradación en
Europa la tradicion de la mas hermosa estirpe de la India proscrita.
Al atravesar una espléndida plaza, interesante por recuerdos históricos,
dimos con una esplanada vecina, llena de gente y animales. Celebrábase
en aquel momento un mercado característico de los Gitanos. Todos los
vendedores eran de esa raza, mientras que los compradores pertenecían á
la nacional. Donde quiera grupos de gente, de vestidos caprichosos ó
tristes. Por acá los hombres tratando caballos, mulas y asnos, y aun
alguno que otro perro; por allá las mujeres, vendiendo sartenes, olletas
y toda clase de objetos de metal. Durante los dias comunes el Gitano
anda por los campos y cortijos recogiendo animales de servicio
doméstico, ya comprados, ya recibiéndolos en comisión; en tanto que las
mujeres y los muchachos de la raza colectan á ménos precio los útiles de
menaje mas ó menos deteriorados, en las casas subalternas de la
poblacion. El barrio de los gitanos es así el depósito de mil ruinas
animadas ó inanimadas. Aquellas gentes, especiales en el arte
tradicional de estañar y remendar, acomodan y _rejuvenecen_ el enjambre
de trastos viejos; y, no menos especiales en manejos de veterinaria (mas
ó menos empírica, pero hábil en cuanto á las apariencias), trasforman el
potro recalcitrante y el asno que parecía inservible. La reventa de esas
mercancías, en cuyo valor hay mucho de artificioso, y la venta de algún
carbón y otros artículos traídos de las montañas, constituyen los
mercados especiales de los gitanos de Granada.
La curiosidad de examinar los tipos de esa raza nos hizo mezclarnos
entre los grupos. Como mis dos compañeros de viaje y yo teníamos que
hablar siempre en francés, los gitanos, al considerarnos extranjeros,
creyeron por un momento que podrían hacer negocio,
--Eah, dijo uno de ellos al compatriota mas cercano,--ofréceles la
_jaca_ á esos _chorlos_, y si la quieren apriétales el _molde_.
--Ya, pues,--repuso el otro, con una sonrisa maliciosa,--mientras
nosotros observábamos un caballito de garbosa apariencia, que relinchaba
con mucho brío.
--Eh, señorito; añadió el chalan, con el acento mas meloso;--_píntele
usté el ojo_ á esa _jaca_, y dígame si hay un primor mas _cuco_ en
_toas_ leas Andalucías,
--Cierto que es muy bonita la jaca,
--Ah-¿_Usté_ se _despresa_ en español? No parecia....
--¿Y por qué no? le respondí, ¿Cuánto vale la jaca?
--Media bicoca, señorito; por ciento cincuenta duros....
--Es muy cara.
--Ah, señor! si usté supiera lo que vale la yegua!... Es mas fina que
una perla; y tal madre tal hijo.
--Entonces la jaca es muy mala.
--Puah! qué está usté rezándome! Y el padrote....
--La verdad: la yegua fina da mal potro, si el caballo es bueno.--Yegua
ordinaria, sabrosa jaca, dice el proverbio de los chalanes.
--Ah! este señorito sabe el negocio.--Eh! tiempo _perdio_!
Y me volvió la espalda con soberana indiferencia, seguro deque no habría
negocio. El Gitano es así. Cuando espera ganar tratando, su palabra es
melosa y su fisonomía elástica; pero cuando no se promete nada del que
se le acerca, su mirada se apaga, su frente se contrae revelando un
orgullo brutal y egoista, y vuelve á su silencio, que parece encubrir la
antipatía instintiva de una raza respecto de todas las europeas.
Aquellas vocea ásperas y fisonomías bronceadas y casi repelentes nos
llamaron mucho la atención. El color del gitano español, único tipo de
esa raza que hasta ahora he visto, es semejante al de una pasta de café
bruñida, por regla general, aunque algunos tienen una tinta mas oscura,
Labios muy delgados, llenos de astucia y malicia, mirada rápida,
movimientos fáciles, y en toda la persona un aire de tristeza
profundamente concentrada; un no sé qué sombrío, algo que parece vacilar
entre la indiferencia y el desden, el odio y el pesar: tales son sus
rasgos. ¡Pobre raza, llena de cualidades enérgicas, que la Europa no ha
pensado en educar y mejorar, sino en proscribir, condenándola á los
vicios de la vida nómade! ¡Qué de misterios en esa extraña raza,
perpetuándose sola al través de los siglos, como privada de la atmósfera
común de la civilizacion, y sin patria ni hogar!
Antes de observar la casa del Gitano dejémosle en sus tratos y
penetremos en la Cartuja.
El edificio en su conjunto no tiene nada que llame la atencion. Data del
siglo XVI, y es un antiguo convento suprimido, que pertenece á una
opulenta y piadosa granadina. La mayor parte quizá de lo que componía el
convento ha desaparecido, ó solo quedan sus vestigios. Solo se conservan
la iglesia, la sacristía y los claustros y algunos salones desiertos,
con unas cuantas celdas felizmente sin capuchas vivientes. Los cuatro
claustros contienen, en detestables cuadros sin ningún valor artístico,
toda la historia de San Bruno, fundador de la orden mas prodigiosa (la
de frailes mudos, sobrios y trabajadores), y de los martirios de los
cartujos de Inglaterra. Al recordar las reglas de ese singular instituto
se comprende por qué fueron tan raras las Cartujas en Europa y en todo
el mundo católico, y por qué sus templos llegaron á ser maravillas de
arte.
La iglesia y la sacristía, como todo el conjunto del edificio, es del
estilo del Renacimiento. Al contemplar el interior se pasma uno
admirando tantas delicadezas de arte, en que se manifiestan la
inspiración del artista español profano, el gusto mas esmerado, la
riqueza del convento y la increíble paciencia de algunos frailes. ¡Si
todos los frailes tuvieran paciencia!... Aturde aquella profusion de
dorados y relieves, de estucos primorosos y mármoles. Aquella capilla es
una inmensa filigrana de infinitos primores, en que todo interesa. Los
frescos riquísimos de Palomino, en la capilla, y de José Hermoso en la
cúpula de la Sacristía, bastante notables; un _Ecce Homo_ admirable de
Murillo, una preciosa Vírgen de Alonso Cano, y otros cuadros; el
_Sancta-Sanctorum_ y su sagrario, todo en marmol purísimo y oro macizo
del gusto y el esplendor mas completos; dos enormes ágatas, sin rivales
en Europa, y mil otras preciosidades, hacen de aquel santuario un tesoro
inestimable para el artista. Pero nada impresiona tanto como las puertas
y vastos armarios de la sacristía, de ébano superior y con los mas
maravillosos embutidos de nácar y plata. ¡Cuarenta años gastaron dos
frailes en trabajar aquellos portentos de habilidad, de gusto y de
paciencia! ¡Pobres monjes de otras épocas (excepcionales es verdad) que
con sincera concurso de su trabajo industrial, al menos vivian en el
recogimiento y las pacientes labores, sin dar alimento a las pasiones
turbulentas del mundo. ¡Los frailes del siglo XIX son mas civilizados;
ellos hacen elecciones, dirigen á los reyes, conquistan territorios, son
accionistas de ferrocarriles y empresas comerciales, negocian con
loterías piadosas, juegan en las Bolsas, hacen fortuna y viven contentos
y satisfechos. San Ignacio ha derrotado á San Bruno.
Comenzamos á trepar la alta colina donde tiene su asiento el Albaicin,
Servíanos de guia un hombrecito muy pobre, de setenta y dos años,
llamado Juán López Salcedo, cuya conversación nos agradaba y divertía
mucho. Había estado en Francia en tiempo del Directorio, combatido
contra Napoleón en la guerra de la independencia española, y acompañado
á Diego y Quiroga en su heroica revolución. Miserable y decrépito y con
ocho hijos pequeños, aquel hombre nos resumía por sus cualidades el tipo
del viejo español puro. Su fisonomía aragonesa tenia la rigidez del
carácter enérgico, y su tenacidad de sentimientos y opiniones se
conservaba á despecho del tiempo y de las privaciones. Era un liberalote
de puño cerrado, humilde, convencido, bondadoso y prudente, con el
corazón joven y el espíritu lleno de esa filosofía que se atesora con
las duras pruebas de la vida. Trepabá por todas partes con la agilidad
de un muchacho dé quince años, sin fatigarse nunca, embozado en su capa
é impasible. El clero y los militares era su pesadilla permanente; la
república su idea fija.
Un dia, al subir al Jeneralife, después que le hubimos obsequiado en una
fonda de la Alhambra, las copas de generoso Málaga le desataron la
lengua, y nos contó su historia, á invitacion nuestra, con detalles
interesantes sobre episodios de la historia moderna de España. Al
concluir su relato nos dijo que se había casado con una mujer joven y
bonita hacia nueve años, y dejó escapar un suspiro. Temeroso de que ese
suspiro revelase algún drama doméstico, le dije:
--Supongo que U., en lo posible, será dichoso.
--Ah, señor,--soy tan feliz como infeliz
--No comprendo....
--Es muy sencillo. Adoro a mi excelente mujer y ella es muy buena y me
quiere mucho. Pero tenemos la desgracia de no poder dormir juntos.
Apenas le doy las buenas noches y me nace un hijo mas. ¡Somos tan
fecundos!... pero somos pobres, y el temor de los hijos nos condena á
una especie de divorcio íntimo.
Aquel hombre sincero, al hablar con esa candidez, trazaba en cierto modo
la historia del hogar del pueblo pobre.... ¿Hay drama del corazón tan
sublime como el del amor que se defiende de sí mismo, luchando bajo
formas diferentes? Confieso que Juan López me hizo meditar bastante.
Nada mas curioso que el renombrado Albaicin. Hacia las faldas de la
colina alcanzan todavía las tortuosas calles de Granada, construidas á
la luz del gol andaluz, mas ó menos caprichosas, mas o menos
divergentes, según que corresponden al estilo morisco, tan gracioso y
desigual, ó al español posterior a la conquista de Granada (si eso puede
llamarse _estilo_) pesado, maciso y sin coordinación artistica ó
completamente empírico. Pero en las cimas de la loma la estructura
cambia: allí ningún techo se destaca en el horizonte, de tal manera que
si se mirase por detras y de lejos esa loma, no se creería que hay en
ella una población. Y sinembargo, allí viven como seiscientas familias
que pudieran llamarse una población de _armadillos_ humanos, Allí está
la vida, pero la vida subterránea y entre harapos.
Imagínese una serie de calles sin empedrado, caracoleando en anfiteatro
al derredor de una colina por tres de sus lados. Cada una de esas calles
es como un callejón profundo entre dos filas de rocas y barrancos; y
sobre cada lado ó fila se ven como bocas ó respiraderos de hornos que
sueltan bocanadas de humo en medio de pobres jardincitos y plantaciones
reducidas de alóes enanos, de tunales tupidos cuajados de flores
amarillas y frutas de carmín entre espinas, y de habas y judías. Si la
superficie desigual de la loma ofrece el contraste de aquellas tristes
sementeras, que parecen vegetar sobre centenares de cráteres, á juzgar
por las columnas de humo que salen de la tierra, la vida social no se
revela sino al observar las puertecitas que dan sobre las _calles_, de
las habitaciones cavadas en los barrancos cascajosos ó las rocas
calizas. En realidad el hogar del Gitano se manifiesta por la entrada y
la salida: la _puerta_, á flor de tierra, en la calle, y la _chimenea_,
á flor de tierra también, sobre los barrancos.
Cada una de esas cuevas es habitada por una familia y se compone
generalmente de cuatro piezas: algunas solo tienen tres; otras cuentan
hasta seis. Solo visité con mis compañeros unas cinco, al acaso,
entrando en cada callejón á la primera quo se nos ofrecía. Una
puertecita angosta, de unos 160 centímetros de altura, está ajustada á
la roca y se abre sobre una salita cuadrada de poco mas de 2 metros por
lado. A un lado hay una puertecita interior que comunica con la cocina,
estrechísima y ahumada; en el fondo hay otra que conduce á la alcoba, y
mas adentro se ve un dormitorio para los muchachos y alguna despensa ó
cuarto particular. La altura de aquel _edificio_ negativo, ó edificio
hueco, es de tres metros á lo mas; y en varios puntos de los _techos_
hay troneras oblicuas arregladas de modo que el aire se renueve, aunque
laboriosamente, sin que penetran la lluvia y los rayos directos del
sol. Los muros, enteramente desnudos, muestran á la roca viva á los
sedimentos de arenisca levemente petrificada que componen el terreno,
muy bien igualados y nivelados.
¡Pobres gentes! ¡Con qué gusto y buena voluntad, con qué candido orgullo
de aseudosidad nos invitaban aquellas mujeres á visitarles sus grutas,
desde la puerta hasta el último rincón. Una ó mas tarimas en el
dormitorio, un triste mobiliario en la cocina, una muy escasa provision
de habas, garbanzos ó judías en la despensa, y en la salita dos viejos
taburetes de palo, una mesita coja, y algunos pequeños trastos con
útiles de trabajo pendientes de los muros entre estampas de colores
vivos, ya religiosas ya profanas; tal es el menaje de aquella sociedad
subterránea. Pero lo que admira mas es la robustez relativa de esa
gente, y el admirable aseo de sus habitaciones. Aunque casi todos los
muros están ahumados, todo está limpio y en su lugar, y no se nota
humedad ninguna ni aún en las piezas mas recónditas. Sinembargo, el
corazón se siente oprimido en presencia de tal espectáculo. Al tender la
vista sobre los pequeños huertos de esas pobres familias de proscritos,
no pude menos que hacer una observación: hasta sus objetos de cultivo
son tristes. La tinta medio gris de los aloes y de las plantaciones de
habas coincide con la historia de esa extraña raza, así como las
extensas y apretadas huertas de tunales y espinos. Esas familias casi no
conocen el sabor de la carne; su alimento consiste principalmente en
habas y judias, y Granada les compra los frutos rosados de millares de
cactus. Aquella loma me parecía un calvario; aquellos millones de flores
amarillas y de frutas carmesíes, creciendo entre las espinas y troncos
sin hojas ó follaje (como son los cactus), me parcelan representar la
historia de la raza gitana; y esas quinientas columnas de humo en un
campo sin casas, me daban la idea de los campamentos variables de un
pueblo nómada. Por último, las numerosas fraguas subterráneas de aquella
raza de albéitares y estañadores, me hacían imaginar que visitaba el
reino de Vulcano en caricatura.
Pero no se crea que los Gitanos aman mucho sus cuevas. Si la noche los
obliga á entrar en ellas decididamente, las dejan desiertas durante el
dia. Esos hijos de la India, que se creen Egipcios, aman el sol con
voluptuosidad. Así, cuando no llueve, se les ve en grupos numerosos por
las _calles_ ó en medio de sus melancólicos jardines ó huertos,
remendando trastos, cosiendo, calentándose en la ociosidad ó bailando á
cielo abierto. Sí; esa raza de la proscripcion es la raza de las danzas
vehementes por excelencia. Fue imposible conseguir una danza formal que
nos prometiera el capitán, pero en los bosques de la Alhambra y en las
calles del Albaicin pudimos ver algunas _muestras_. ¡Qué de agitación,
de delirio artificial, de extrañas contorsiones, de locura reflexiva, de
lubricidad aparente en una raza esencialmente casta! ¡Qué de sonidos
atropellados, rudos y de salvaje melancolía!
Al pasar por aquellos callejones en caracol, las bandas de mujeres
jóvenes y de muchachos nos rodeaban gritando; las mujeres con una
amabilidad provocadora se ofrecían a bailar,--porque así ganan la vida
muchas de ellas;--y los muchachos pedían en coro un _chavito_, como los
de Toledo. El que juzgase á esas mujeres por sus apariencias se
equivocaría completamente. Picantes y provocadoras para ofrecerse á
bailar, seduciendo al extranjero, se hacen esquivas y severas, casi
insolentes, cuando se les hace comprender que su amabilidad ha sido mal
interpretada. La gitana casada es fiel por religion y tradición de raza;
la soltera es casta por reflexion, por interés personal y de raza
también, y por educación. Los Gitanos nunca se mezclan con los Españoles
sino para especular; su hogar es puramente gitano; y jamas se ha
conocido una hija de esa raza entre las mujeres perdidas de Granada.
Aunque hablan todos el español, muy incorrecto en lo general, no se
sirven en sus relaciones exclusivas sino de su lengua propia, corrompida
en cada pais, es cierto, por la influencia de las lenguas de Europa que
los dominan necesariamente.
Vivamente impresionados por el espectáculo de esa poblacion en cuyo seno
todo es excepcional,--tipo humano, vestidos, lenguaje, costumbres,
habitaciones y cultivos,--trepamos hasta la altura donde se ostenta el
vasto edificio del Seminario, un poco abajo de la capilla del
_Monte-Santo_. San Blas es el personaje de ese sitio histórico, donde se
conservan capillas subterráneas muy curiosas; y el día de ese santo se
hacen peregrinaciones en masa muy concurridas. Cuentan que allí fueron
hallados los cuerpos de san Cecilio y sus once compañeros mártires,
quemados en tiempo de Nerón. Parece que fue buscando minas metálicas que
se dio con aquel _tesoro_ por casualidad, encargándose el azar de hacer
un curioso epigrama. En efecto, san Cecilio y sus compañeros eran una
mina, porque sus restos calcinados han dejado, mediante la fe, muy
buenas utilidades...á los capellanes del Monte-Santo.
* * * * *
CAPITULO III.
* * * * *
LAS FALDAS DE LA SIERRA-NEVADA.
Santafé.--Un comisionista en viaje.--Loja.--La Sierra-Nevada.--El valle
de Málaga.--La ciudad y sus curiosidades,--Algunas impresiones.
Después de cinco días de residencia en aquella ciudad tan curiosa como
altamente histórica, era preciso partir. Habíamos observado lo mas
interesante de Granada (respecto de lo cual me veo forzado á omitir
muchos pormenores) y nos alejábamos con un sentimiento de tristeza,
porque ese país seduce el corazón como el espíritu. Es un tesoro de
recuerdos y poesía para todo viajero; pero para mí era además un objeto
de profundas emociones íntimas. Desde las alturas de la Alhambra yo
había vivido cinco días con mi patria, evocando todas las epopeyas de su
historia, desde la época de Colon, Balboa y Jiménez de Quesada.
Por desgracia, la diligencia que debía conducirnos Málaga, por Santafé y
Loja, atravesando la Sierra-Nevada, partía casi á media noche; y las
sombras eran tan espesas en aquellas noches de lluvias primaverales, que
toda la campiña nos debía estar velada por las tinieblas. Así cruzamos
toda la extensión de la «Vega», sin gozar de cerca de su admirable
paisaje, ni poder mirar siquiera la estructura general de la histórica
Santafé, villa decaída que solo cuenta hoy unos 4,000 habitantes,
sentada entre huertos y cortijos á la margen izquierda del Jenil, como
una vieja matrona que trabaja silenciosamente con su rueca, á la sombra
de los naranjos de un patio florido.
A falta de sueño y de paisajes el interior de la diligencia nos ofreció
una grotesca distracción. Iba con nosotros un judío alemán, joven,
robusto, ordinario te, petulante, locuaz y de una voracidad singular,
que había estado hospedado en Granada en la misma fonda que nosotros.
Quejábase amargamente de las hambres que había pasado, por la mala
calidad de los alimentos (y eso que nuestra fonda era la mas famosa de
Granada); y no le faltaba razón, porque es contra toda humanidad el que
los hosteleros españoles mantengan al viajero con sus abominables platos
de garbanzos cocidos. El curioso Alemán llevaba todos los bolsillos
repletos de naranjas y bizcochos, y en tres horas, hasta que el sueno le
rindió, no suspendió sus ejercicios gastronómicos.
Su manía consistía en querer pasar por un inglés _turista_ original, que
había conocido todo el mundo (con excepción de algunos continentes), que
adoraba las muchachas bonitas, había hecho grandes conquistas de
francesas, italianas, circasianas, españolas, etc., y se preparaba á
emprender un viaje de _recreo_ á Australia, sin duda para continuar en
la Polinesia su vida de César de las hijas de Eva. Pero es el caso que
al pedirle detalles sobre las comarcas que había visitado no daba razón
de nada, explicando su Ignorancia con mil subterfugios. Aunque hablaba
bien el inglés, su manera de hablar en español y francés revelaba el
acento del alemán meridional, como su fisonomía revelaba al israelita.
Nosotros teníamos nuestros motivos para creer que pertenecía á la raza
industrial de otro compañero de diligencia, _comisionista_ hordelés que
charlaba hasta por los bolsillos, sin perjuicio de los codos. Entre los
muchos beneficios que van haciendo los ferrocarriles y telégrafos debe
contarse como de primer orden la cuasi abolición del _commis-voyageur_ ó
comisionista, la plaga mas detestable con que puede dar un viajero. El
parte telegráfico y el wagon-vapor, en efecto, hacen casi innecesario
el envío de esas langostas á buscar en otros mercados colocación para
los productos fabriles. En Italia, en España y otros paises de Europa,
donde todavía los ferrocarriles están en su principio, el _Comisionista_
emisario de Francia, Inglaterra, Bélgica ó Alemania se mantiene firme ó
con alguna consistencia. Así es que en Barcelona, Valencia y las
ciudades andaluzas hube de encontrar esa peste en todos los hoteles ó
fondas.
El comisionista (sobre todo y como ninguno el francés) es capaz de
desacreditar á su pais, dónde quiera, con sus propios recursos.
Ignorante, fatuo, grosero, petardista con frecuencia, charlatán hasta
causar jaquecas, se le ve en todas partes fastidiando á cuantos tienen
la candidez de admitirle su compañía. Una excepción en esa regla es un
prodigio. Entre mas de cuarenta conocí en España uno soportable. Nuestro
judío alemán comenzó por sucumbir en cuanto á su nacionalidad, pues, por
divertirnos, le hicimos muchos cargos á la Gran Bretaña, y hubo de
declararse alemán para no aceptar la responsabilidad. Fingí que tenia
opiniones muy recalcitrantes y le dije que era un horror la admisión del
judío Rothschild en el Parlamento británico, porque esa raza maldita no
merecía ninguna consideración. Entonces saltó como agitado por un
resorte, colérico y terrible, como si toda su raza hubiese de hablar por
boca de él, y se confesó israelita con una candidez que nos arrancó á
todos una explosión de risas. No tuve, dificultad en convencerle de que
yo no tenia ninguna preocupación religiosa ni de raza, y que estimaba á
la suya como una de las mas bellas, tenaces y enérgicas del mundo, y una
de las que han contribuido mas, por el poder del trabajo y el
sentimiento de la fraternidad, al progreso de la civilización. Corrido y
azorado el ex-_turista_ inglés, se arrellanó en su rincón y se manducó
tres naranjas y seis bizcochos, por vía de compensación, con él mayor
recogimiento. Al día siguiente, en Málaga, le pillamos _infraganti_ en
el hotel, presentándole á un comerciante toda su colección de cartones
con muestras de mercancías; y aunque se sostuvo en lo de las conquistas
femeninas, confesó que sus viajes cosmopolitas habían sido hechos no
por un inglés _turista_, sino por un robusto judío alemán, comisionista
de la casa H. B. & Cª e Manchester.