No se crea que he querido hacer un homenaje á una _persona_, que acaso

no leerá jamas estas páginas. El rápido estudio que pude hacer del

pueblo español me convenció de que Orense era un tipo de doble carácter;

y los hombres típicos son precisamente los mejores rasgos de la

fisonomía de una sociedad. No era extraño que yo llegase á Madrid

agradablemente impresionado.

* * * * *

CUARTA PARTE.

LA NUEVA CASTILLA

* * * * *

CAPITULO I.

* * * * *

MADRID MONUMENTAL.

Aspecto general.--Plazas, paseos y jardines.--Museos y

bibliotecas.--Palacios, teatros y otros monumentos.--Las caballerizas

reales.

El viajero que carece absolutamente de relaciones en Madrid no debe

detenerse allí mas de una semana. La capital do la nacion española,

relativamente nueva y mal favorecida por la naturaleza, no puede ocupar

la atencion, bajo su aspecto monumental, por mas de ocho dias; á no ser

que se quiera hacer un estudio especial de bellas artes. Es que en

Madrid lo mas interesante no es lo que se ve, lo que está á la

disposición del público, sino lo que _no se ve_, ó no puede estudiarse

sino al favor de las relaciones sociales.

Los templos de Madrid no merecen mención especial, ni por su

arquitectura, pesada y vulgar, ni por sus tesoros interiores. Ese es un

hecho que contrasta singularmente con las tradiciones del catolicismo

español y con la pompa religiosa de las catedrales de España. La España

religiosa no está en Madrid: es preciso buscarla en Toledo y Granada, en

Sevilla y Valencia, en Barcelona, Burgos y León. Madrid es la imagen de

la España política, mediocre, artificial y contradictoria.

He residido veinte y siete días en la metrópoli española, aprovechando

todos los momentos y todas las relaciones para palpar y comprender los

rasgos principales de su fisonomía social; y tengo la pretension de no

haber perdido mi tiempo. Seré tan minucioso en los pormenores cuanto lo

permitan el interes de los objetos y la paciencia del lector.

Desde que se llega á Madrid se comprende que allí reina con todo su

poder y su abandono una autoridad que no emana del pueblo. La vasta

ciudad, hermosa en su conjunto y en algunos de sus edificios, hace un

extraño contraste con sus cercanías: es un oásis de piedra en medio de

un desierto. En el interior de la ciudad algunos bellos y aun

espléndidos jardines, las casas agrupadas y de elevada aunque vulgar

construccion, la vida, el movimiento, la animacion. Pero al derredor de

la ciudad colinas desnudas, sin un árbol, sin poblacion; campos

calcinados, solitarios, sin irrigación, sin vida. El desierto por todas

partes, la soledad, como si el Africa empezase á las puertas de

Madrid....

Me olvidaba; hay algo que no está desierto, que ostenta la verdura, la

pompa de la naturaleza ayudada por el hombre,--el lujo del arte: ese

algo es, de un lado el _Buen Betiro_, con sus parques magníficos y sus

primores; del otro el _Pardo_, inmensa propiedad riquísima y preciosa,

que parece un pedazo de marco de esmeralda para cercar á Madrid, del

lado del Palacio-real. Esos dos algos le pertenece á la familia real....

Allí están la hermosura y la vida. En lo demás, que pertenece al pueblo,

están la desolación y la esterilidad.

Verdad es que Madrid cambiará en breve, gracias al nuevo canal de

Losoya, que le llevará abundantes aguas de los montes de Guadarrama. La

capital de las Españas no tendrá sed y podrá fertilizar y embellecer sus

campiñas.

Aunque Madrid es relativamente nuevo (pues su habilitacion como capital

data del tiempo de Felipe II), sus calles revelan el contraste de la

vieja sociedad española con la moderna. Sus paseos interiores, su

espléndida calle de _Alcalá_, su hermosa plaza de _Oriente_ y las nuevas

construcciones que dondequiera se levantan, manifiestan inclinación

hácia el buen gusto, la comodidad, el aseo y el _comfort_; mientras que

su vieja plaza _Mayor_, de vastas y oscuras arcadas, cerrada por grandes

pórticos, sus antiguas calles tortuosas, sucias y repugnantes, como las

que avecinan esa plaza, y algunas callejuelas tristísimas mantenidas en

los barrios centrales, están probando que todavía resisten á la acción

del progreso las raices de la España antigua, abandonada, rezandera,

tolerante de la mugre, amiga del silencio y de la oscuridad.

Por desgracia, ese noble país del arte y del orgullo, que á pesar de sus

defectos de educacion ha hecho tan grandes cosas, tiene pocas nociones

del buen gusto. La arquitectura madrileña es pesada y carece de

elegancia y majestad; sus monumentos no tienen valor sino por lo que

contienen en el interior; sus edificios públicos son de suma vulgaridad,

en comparación de su objeto (con rarísimas excepciones); sus calles,

anchas y rectas en su mayor número, no tienen buen pavimento ni

suficiente aseo; y las nuevas construcciones, aunque con pretensiones de

suntuosidad, no hacen honor á los arquitectos españoles. El palacio

inmenso del duque de Medinaceli (por via de muestra) es una suntuosa

caricatura pintorreada, sin dignidad; y el afamado _Palacio Real_, sin

nobleza artística, aunque, muy vasto, es inferior en su aspecto exterior

á cualquier palacio notable de los que decoran á Lóndres ó París.

Es que (debo repetirlo) las buenas cualidades del pueblo español son

internas ó intimas. Si se quisiese juzgar á esa sociedad por sus

exterioridades solamente, se la conoceria muy mal, hallándola muy

inferior á lo que es en realidad. Puesto que voy hablando de _Madrid

monumental_, detallaré los principales rasgos de su fisonomía.

* * * * *

La plaza de _Oriente_, situada entre el Palacio real y el Teatro

principal ó de la ópera, es la única de Madrid que merece atencion.

Vasta, sombreada por magníficas arboledas, poblada de jardines alegres,

encuadrada por bellos edificios y llena de luz, interesa tambien por su

hermosa estatua ecuestre de Cárlos V, en bronce, situada en el centro y

rodeada por un vasto círculo de estatuas de todos los reyes godos y

españoles, en piedra bruta, algunos del mas macarrónico trabajo y en lo

general escasos de mérito artístico. Los madrileños tienen por muy

famoso su Palacio-real, y lo es en efecto, para España; pero comparado

con muchos otros de Europa no merece gran reputacion, como obra de arte.

Entre los paseos de Madrid, intramuros, su renombradísimo _Prado_, su

inmensa calle de _Alcalá_, cubierta de alamedas en gran parte, y su

laberinto y parque de la _Fuente Castellana_, tienen sin disputa la

preeminencia; sin contar los hermosos jardines _Botánico_ y del

_Retiro_. Es allí donde se reune por la tarde todo lo que hay de mas

bello, de mas rico y elegante en la alegre sociedad madrileña; donde

puede admirarse la hermosa raza española en sus variados tipos y tenerse

una idea general de la fusion que se va produciendo en las costumbres y

los elementos de diversas épocas.

El Prado es una vastísima calzada sombreada por varias calles

larguísimas de álamos y olmos gigantescos, y embellecida por grandes

fuentes. Una parte del paseo es mas espaciosa, encuadrada entre la

ciudad y los jardines del _Retiro_ y cuidadosamente macadamizada; y es

en ese trecho, llamado el _Salon del Prado_, donde reinan como soberanas

las elegantes bellezas castellanas. De un lado, el Prado se prolonga en

cierto modo hácia las alamedas de los _Recoletos_ y la _Fuente

castellana_ (al norte) y del otro (al sur) hácia la puerta de _Atocha_,

los paseos de las _Delicias_ y la estacion de los ferrocarriles.

Si la _Fuente castellana_ atrae al curioso por sus laberintos de

verdura, sus graciosos bosquecillos y sus elegantes quintas vecinas

(verdaderos palacios campestres) que asoman sus enrejados, sus balcones

cubiertos de guirnaldas y sus minaretes por entre las copas redondas de

los olmos; si en los _Recoletos_ se vaga, en la embriaguez de los

perfumes, bajo bóvedas de follaje que incitan á la pereza; en el Prado

el movimiento de las gentes, los mil coches tirados por hermosas mulas ó

yeguas andaluzas, y el extraño aspecto de los grupos de provincianos,

hacen afluir la corriente de paseantes hácia el monumento del _Dos de

Mayo_, los reales jardines del _Retiro_ y el vasto y bien mantenido

jardin _Botánico_, uno de los mas hermosos que se conocen en Europa.

Los parisienses tienen orgullo de poseer sus espléndidos jardines de las

Tullerías, del Luxemburgo, etc. Dejándolos en su buena y merecida

reputacion, prefiero el del _Retiro_ en Madrid, ménos suntuoso sin duda,

pero mas agradable, mas natural, mas espontáneo, sin carecer por eso de

bellas obras de arte, que adornan las alegres calles de árboles y las

cercanías del enorme estanque establecido en el centro.

Yo me complacia, hijo del Nuevo Mundo y republicano, en recorrer

aquellos bosques tupidos y suntuosos, aquellas alamedas perfumadas,

aquellos jardines repletos de fuentes, estatuas y primores. Si me

faltaban las florestas vírgenes de mi patria y los mil rumores de sus

cataratas, sus torrentes, sus pájaros y sus insectos zumbadores,--al

menos veía fisonomías hermanas, reproduciendo muchas de mi tierra natal;

oia hablar en la opulenta lengua que me enseñó mi madre á balbucear;

contemplaba con recogimiento las numerosas estatuas de los reyes

españoles, bajo los olmos corpulentos, no porque fuesen de reyes, sino

precisamente porque ellas me parecian escombros artísticos de épocas que

la libertad y el progreso han trasformado profundamente, y me hacian

evocar la historia de esa heróica raza ibérica que llevó su sangre al

suelo colombiano para fundar pueblos que la revolucion debia regenerar

y que la democracia habrá de engrandecer.

La primera vez que recorrí esos jardines espléndidos, iba de bracero con

un marques republicano, Orense, que no pensaba sino en la democracia, y

le daba mas energía al contraste mi situacion. Allí, á la sombra de las

alamedas y ante las imágenes de los monarcas, dos hombres enteramente

distintos fraternizaban cordialmente. El uno, hijo de la aristocracia

antigua, español y hombre de edad y de mundo, soñaba con la libertad y

el progreso. El otro, hijo del Nuevo Mundo, plebeyo por su nacionalidad,

como todo demócrata, educado en la vida republicana, jóven, inexperto,

viajando en busca de luz, y buscando en la patria de sus abuelos la

prueba práctica, pero negativa, de las verdades democráticas! Cuando nos

estrechábamos la mano ¿no establecíamos en cierto modo, sin pensarlo, la

alianza de los pueblos españoles en la democracia, en el amor de la

libertad que nos habia hecho amigos?

* * * * *

Madrid es digna de su rango de capital de una vasta monarquía, en cuanto

á la posesion de buenos y numerosos museos y muy estimables bibliotecas,

tanto públicas como privadas. Por desgracia, los Españoles no les

acuerdan á sus establecimientos de esa clase toda la atencion debida.

Verdad es que los estímulos faltan, porque allí no se puede ejercer

ninguna profesion sin diploma oficial; los escritores, que podrían

consultar las bibliotecas y estudiar los museos, hallan fuertes trabas

legales que restringen mucho la publicidad; y los artistas han tenido

que resignarse á la modesta condicion de copistas de las obras maestras,

por carecer de apoyo social.

Los pueblos que no tienen libertad de accion para darse una vida propia,

se hacen noveleros y superficiales. Este hecho se nota en gran parte de

la sociedad madrileña, dominada por un _francesismo_ fútil, que la hace

buscar con ahinco los objetos del arte parisiense, mas ó ménos

exagerados ó fascinadores, en vez de proteger la inspiracion de los

artistas nacionales. En Madrid hay muchos y buenos artistas; pero

ninguno de ellos _crea_: sus gabinetes están en los museos públicos, á

donde van á hacer copias casi automáticas, en lugar de ponerse á copiar

la naturaleza ó sus propias inspiraciones y producir las grandes y

nobles obras de que son muy capaces unos cuantos. Madrazo mismo, tan

superior artista, no hizo mas que vegetar brillantemente en el arte

divino de Rafael, de Rubens y Murillo.

Muy laboriosa sería mi tarea y superior á mis conocimientos (porque en

materia de bellas artes no tengo sino instintos), si me detuviese á

mencionar todo lo que hay de bueno, de interesante y primoroso en los

numerosos museos de todo género que enriquecen á Madrid. Perdóneseme,

pues, que solo me detenga en lo mas sobresaliente, sin hacer mas que

apreciaciones someras.

La verdadera maravilla de Madrid es, sin disputa, el Museo de Pintura y

Escultura, situado en el paseo del Prado. El palacio es espléndido en su

exterior, evocando en su fachada principal las figuras inspiradas y los

nombres gloriosos de los mas eminentes artistas españoles. Allí, en ese

noble altar de piedra levantado al genio en presencia de un pueblo que

ha sido tan heróico, se ven las estatuas de Alonso Cano y Herrera, de

Velázquez y Murillo, de Ribera y Montañez, de Roelas y Zurbarán, y de

toda esa pléyada de divinos maestros que le dieron á España el derecho

de llamarse nacion de artistas como de héroes y poetas. Ese museo hace

honor á España y merece bien la codicia con que lo miran los artistas

extranjeros.

El vasto edificio, construido _ad hoc_, contiene en sus numerosos

salones cerca de 2,000 cuadros pertenecientes á todas las escuelas de

pintura, entre los cuales no sería dificil contar centenares de obras

maestras ó de gran mérito. Por desgracia, hay gran exceso de cuadros

para el edificio, lo que hace que muchos estén como perdidos en oscuras

y estrechas galerías ó corredores, donde no pueden ser apreciados por

falta de luz, espacio y buena colocacion.

Pero la inmensa coleccion privilegiada basta por sí para embelesar y

arrebatar. Allí se pueden apreciar y comparar todas las escuelas, en

cuadros de primer órden cuyo valor es incalculable. Si los salones

destinados á la pintura española son opulentos, la cosa es natural. Pero

esa riqueza incomparable está equilibrada por la de los cuadros

pertenecientes á las escuelas holandesa y flamenca, en que el Museo de

Madrid es superior á todos los demás de Europa. Verdad es que en la

parte italiana no hay comparacion con el _Louvre_ de París, pues aunque

hay muy bellos _Correggios, Caraccios, Renis, Tintorettos, Tizianos,

Verones, Salvator Rosa_, etc., etc., son escasísimos los _Rafael_ y

_Miguel Angel_. Con todo, el Museo posee la famosa _Perla_, esa divina

creacion del pintor de Urbino, que haría adorar la Vírgen al que no la

hubiese comprendido ni soñado en sus fantasías religiosas.

La parte flamenca y holandesa tiene cuadros en que se revela toda la

grandiosidad caprichosa del genio de Rubens, todo el poder de imitacion

y fantasía de Van-Dick, toda la verdad y la energía de las risueñas

escenas de Teniers, y toda la originalidad típica de esos cien pinceles

holandeses y flamencos que buscaban en el hogar doméstico y en las

realidades de la vida asuntos de inagotable inspiracion.

En cuanto á los grandiosos salones españoles, el visitante como yo, que

no conoce el arte, sino que apénas siente en el corazon y en el instinto

de lo bello y lo grande los rudimentos de un arte íntimo y natural, no

sabe qué admirar mas entre tantas obras maestras. Ora se siente uno

atraido á la meditacion religiosa por esas vírgenes y esos santos de

Murillo, llenos de uncion, de espíritu celeste, de majestad divina, como

si el artista hubiese trabajado siempre al pié de los altares, despues

de sus comuniones que precedian al comienzo de cada cuadro. Ora se pone

uno á reir, ó se encanta imaginando risueños pasatiempos, al ver

creaciones de Velázquez, ese crítico de pincel, donde el espiritualismo

burlon se revela en cada pincelada; donde cada sombra es un pensamiento,

cada rasgo un epígrama y cada golpe de luz ó de colorido da la imágen de

una sonrisa, de un retozo, de un chiste sarcástico. Ya se contemplan

con recogimiento los severos cuadros de Ribera, profundamente

filosóficos; ó se admira la frescura lozana de las creaciones de Alonso

Cano.

Cuando yo terminaba la rápida inspeccion de aquel inmenso templo del

arte mas divino, mas fecundo y elevado que el hombre ha podido

cultivar,--templo que sería preciso visitar durante meses para darse una

idea cabal de su valor,--sentia que mi espíritu se habia ensanchado, que

mis nociones intuitivas sobre lo sublime tomaban consistencia. Entónces

me dije: si la historia no hablase tan alto, este museo sería bastante

para probarme que España ha sido un gran pueblo. Solo una raza eminente

(por mal dirigida que sea) puede producir é inspirar artistas como los

que tienen aquí un altar!

El Museo de Escultura, que ocupa la parte baja del Palacio artístico, no

corresponde en manera alguna á la magnificencia del Museo de Pinturas.

Algunas antigüedades, mas ó ménos mutiladas, procedentes de las

excavaciones de Pompeya, varios bellos mosáicos, bastante raros, un

grupo de _Cástor y Pólux_, admirable, magistral y antiguo (en mármol

blanco), y las estatuas de bronce de Carlos Quinto y su esposa, Felipe

II y otro personaje que no recuerdo--obras superiores de un artista

italiano--, he ahí todo lo que merece bien atencion en ese museo todavía

pobre.

Madrid posee tres grandes museos militares de bastante mérito: el de la

_Artillería_, el de la _Armería_ y el _Naval_. En ellos se

encuentran verdaderos tesoros y maravillas de arte; pero por

desgracia los locales no son suficientes para contenerlos ni están bien

apropiados al objeto. Allí no solo se encuentran obras maestras de

exquisito primor en materia de cinceladura y forja, de bordado y otras

artes, sino que puede seguirse paso á paso y metódicamente la historia

militar de España, y la marcha no solo de su civilizacion especial sino

de la de todo el mundo.

Nada hay que haga comprender tan enérgicamente la tendencia de la

humanidad hácia la supresion de la fuerza brutal (como potencia

dominadora) y la suavizacion de las costumbres, ahorrando la sangre y

evitando torturas y crueldades, como esos museos de la matanza y la

devastacion donde el hombre retrata en cascos y armaduras, alabardas,

hachas y cañones la brutalidad de las viejas sociedades y las luchas

cruentas por las cuales ha tenido que pasar la civilizacion para

espiritualizarse y conducir los pueblos hácia el reinado del derecho, de

la razon y de la opinion, en reemplazo del de la lanza y el tormento.

Los museos militares de Madrid son triplemente ricos, porque, á virtud

de las condiciones históricas de España, muy excepcionales, sus

colecciones tienen que representar los elementos de combate de épocas y

regiones muy diversas y la huella de las dominaciones romana,

gótico-arábiga y austro-francesa, que han pesado sucesivamente sobre la

sociedad ibérica. Aquellos museos no solo evocan la historia de esas

dominaciones, sino tambien la de la conquista de «América», de las

guerras en Italia y los Paises-Bajos, y de la Inquisicion, cuyos

símbolos sombríos se ven en los instrumentos de tortura.

La España moderna está representada allí por innumerables modelos de

armas, buques y elementos de guerra,--de planos en relieve, plazas

fuertes y puentes civiles y militares,--de estatuas y bustos, y de

banderas y trofeos. Hay ademas riquísimas colecciones de muestras de

maderas (de España y sus colonias) superiores para la construccion y la

ebanistería. Entre las obras de arte llama la atencion un enorme plano

en relieve de la ciudad de Madrid, en yeso, que es de un mérito

sobresaliente; así como entre las curiosidades históricas se notan: la

famosa, tienda de los Reyes Católicos en Granada, trabajo exquisito y

muy adelantado para su época, y la mesa y las sillas que sirvieron para

redactar y firmar el convenio de Vergara, que puso fin á la guerra civil

de los carlistas. Aquellos muebles, desfondados y cojos, me parecieron

un poco epigramáticos en medio del vasto Museo de Artillería. Se me

figuraba que por su cojera remedaban al gobierno español. Veinte años

hace que Espartero y Cabrera inmortalizaron con sus asentaderas esas

rústicas silletas de una choza, y todavía España está esperando la

libertad y el gobierno sinceramente constitucional que debieron surgir

del famoso convenio de Vergara.

El Museo de Historia natural, que ocupa un vasto edificio en la gran

calle de Alcalá, no parece haber merecido muy grandes atenciones de

parte del gobierno. Me pareció, apesar de su mérito real, un poco

descuidado en la clasificacion de las especies y familias, y

relativamente inferior á los museos de ciudades mucho ménos

considerables que Madrid. Busqué sobre todo, con particular ahinco, las

colecciones de objetos colombianos, y me parecieron lamentablemente

pobres, en atencion á las incomparables ventajas con que ha contado

España para procurarse en el Nuevo Mundo una abundante y variada cosecha

de productos de los tres reinos.

Madrid es rica en bibliotecas universales y especiales que merecen alto

interes, principalmente en lo relativo á Colombia, y posee tambien

archivos abundantes con numerosísimos y muy raros manuscritos. Pero es

preciso confesar que no se hace mucho caso de las tales bibliotecas, muy

poco frecuentadas, segun noté. Los duques de Osuna y Alba tienen

bibliotecas particulares repletas de tesoros y primores, y casi nadie

las visita ni consulta.

Entre las cinco ó seis públicas que pude ver debo citar la _nacional_ y

la del Congreso. La primera, casi escondida en un rincon de Madrid, en

un pobre edificio, está muy mal alojada y en completo desórden. Los

soldados y las mulas reales tienen palacios por habitaciones, miéntras

que los grandes pensadores de la humanidad viven como trastos inútiles

encajonados en desconcierto, en una mala casa y cubiertos de polvo.

Algunos salones estaban vedados, á causa del desórden ostensible; pero

en los que estaban á la disposicion de los lectores hallé tal mezcolanza

de literatura y teología, ciencias y necedades, latin é inglés y todos

los idiomas, que si los autores de los libros pudieran resucitar y

asomar la nariz en los respectivos estantes, se hallarían muy asombrados

de la compañía y mistificados por los anacronismos.

La Biblioteca del Congreso, cuya base principal es la que perteneció al

pretendiente Don Cárlos, no tiene de particular sino sus documentos

políticos que le son especiales. El bibliotecario me mostró con suma

galanteria cuanto le pedí, y tuve la particular curiosidad de hojear y

leer las famosas constituciones de 1812 y 1837, autógrafas y firmadas

por todos los legisladores respectivos. Yo admiraba la audacia y el

patriotismo de esos hombres eminentes, regeneradores de España; pero al

ver los armarios repletos de códigos, constituciones y tratados, me

decia con tristeza: «¡Cuánta letra muerta!» Entretanto pasaba por la

calle un batallon, y el ruido de las cornetas penetró hasta la

biblioteca del Congreso, «Esa es la verdadera ley;--me dije

entónces,--esa voz gobierna á los pueblos con mas poder que la de sus

pretendidos representantes....

* * * * *

El palacio destinado al Congreso es un bello y noble monumento, de

estilo griego en su fachada principal; pero carece de elevacion, y las

otras tres fachadas son absolutamente vulgares. En el interior se

encuentra bastante gusto y sencillez de adornos, aunque los salones,

demasiado multiplicados, son pequeños. Uno de ellos contiene un gran

reloj-cronómetro, de armario, fabricado en Barcelona, verdadera

maravilla bajo todos aspectos. El salon de las sesiones es elegante y

posee muy hermosos frescos pero revela, por la distribucion mezquina de

las tribunas públicas, que en lo que ménos se pensó fué en darle asiento

al pueblo español para que, oyendo á sus representantes, pueda

juzgarlos, formarse una opinion y hacer efectiva la responsabilidad

moral.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 22 / 45 段