del turbante, ó con un pañuelo de colores vivos atado á la cabeza por
detras cayendo sobre la nuca. Y luego el calzon estrecho hasta la
rodilla, con polainas hasta los piés, y siempre calzado con la sencilla
_alpargata_ nacional; el cuerpo medio cubierto por la _manta_, especie
de capa corta ó _ruana_ doblada, con listas de colores vivísimos y
menudas borlas; y debajo, asomando como un traidor que medio se oculta,
el afilado cuchillo ó navaja de resorte, de larga y aterradora cuchilla,
con muelle dentellado y cabo corvo y lleno de adornos mas ó menos
artísticos.
Organizacion enérgica, el Valenciano lo hace todo con brio. En el puerto
trabaja como si fuese de hierro; en el taller es listo; dirigiendo la
tartana brincadora, la carreta pesada ó el arado, se hace entender por
el animal de tiro con fuertes gritos y terribles ejercicios de látigo y
púa, y en el baile, la plaza de toros, los amores, las pendencias de
arrabal y las guerras civiles, todos sus actos tienen el sello de la
resolucin y la violencia de sentimientos.
Valencia es una ciudad muy digna de ser estudiada, por su curiosa
fisonomía, pero donde no se puede vivir con placer una vez que se han
recogido las impresiones mas notables. Si sus campos arrebatan, sus
calles dan horror, sus hermosas mujeres intimidan y sus gentes de
arrabal asustan.
Esa sociedad necesita para suavizarse del impulso poderoso del
cosmopolitismo moderno. Los ferrocarriles, las fábricas, el trato activo
con el extranjero y las instituciones liberales y humanitarias que
supriman toda violencia legal y todo espectáculo de sangre, harán de
Valencia un verdadero paraíso, extinguiendo todo lo que hay en las
costumbres de áspero y brutal, y aprovechando todos los dones de una
naturaleza admirable, que ha sido tan pródiga con la raza como con el
cielo y la tierra.
* * * * *
CAPITULO VI.
* * * * *
DIEZ Y OCHO HORAS DE CONTRASTES.
La "Huerta" de Valencia.--San Felipe de Játiva.--La diligencia
española.--Almanza.--La Mancha y el valle del Tajo.--Un personaje de
España.
Una serie de curiosísimos contrastes me esperaba en el trayecto que
debia recorrer desda Valencia hasta Madrid. El opulento valle se
extiende, largo y angosto, al norte y sur de Valencia, limitado al
poniente por las montañas que determinan la curiosa formacion de la
alti-planicie de Cuenca. Hácia las alturas del _Bonete_ se desprende de
la serranía circular un ramal de cerros que cierra por el sur el valle
de Valencia y va á morir sobre la costa de Alicante entre Jijona y
Denia. El ferrocarril de Valencia surca el valle hácia el sur, cortará
la serranía por el abra ó "puerto" de Almanza, y se ligará en la villa
de este nombre con el ferrocarril que enlaza á Madrid con Alicante.
El tránsito por la via férrea desde Valencia hasta adelante de Alcudia,
donde terminaba la seccion en servicio, tiene no sé qué de fabuloso, que
hace recordar los cuentos de las _Mil y una noches_. Una campiña
admirable, perfumada por las riquísimas esencias del azahar y el jazmin,
se extiende allí encuadrada entre cerros desnudos y rocallosos, como una
inmensa esmeralda engastada en acero occidado. Por todas partes el
cultivo mas perfecto, los angostos canales de irrigacion, los bosques de
naranjos y limoneros cargados conjuntamente de flores y amarillas frutas
en asombrosa profusion. Es de esa Huerta fabulosa que van á todas las
ciudades de Europa las deliciosas naranjas de finísima corteza. Parece
una tonta exageracion; pero yo alcanzaba casi á tocar los racimos de
naranjas, alargando el brazo desde el wagon del tren en que iba con la
velocidad del rayo. Imagínese lo que será esa _Huerta de Valencia_,
cuando el ferrocarril gira en gran parte de su trayecto por entre una
calle literalmente formada por bosques de naranjos y moreras, donde se
crian simultáneamente la almibarada fruta y el laborioso gusano de seda.
La parte meridional del valle, hasta el _puerto_ de Almanza, excluyendo
á Valencia, contiene en solo la linea del ferrocarril una poblacion de
55,000 almas, robusta y laboriosa en alto grado, concentrada en once
villas y distritos.
Algunos de esos pueblos tienen una situacion pintoresca y graciosa,
haciendo descollar sus campanarios como los centinelas de la llanura.
Causa un verdadero placer, mezclado de curiosidad, la rápida inspeccion,
en las estaciones del ferrocarril, de aquellos grupos de labriegos
encantados al oir el prolongado silbido de la locomotiva, que les ha
sorprendido en sus hábitos moriscos y su ignorancia peninsular. Sus
pardas ó amarillentas mantas, sostenidas como capas; sus sombreros de
anchurosas alas, cuando no de estilo calañes; sus pantalones cortos
ciñendo la rodilla; sus polainas ó calcetas de piel, y sus carcajadas
francas y ruidosas que les dan un aire de placer y satisfaccion, fijan
la atencion del viajero dejándole una impresion muy agradable.
De todas las pequeñas poblaciones del valle solo merecen especial
mencion, por su masa ó por su historia, las villas de _Alcira_ (que
tiene 14,000 almas), _Carcagente_ (bonita y rica poblacion, con 8,200) y
_San Felipe de Játiva_, que cuenta 15,800, y es bastante célebre en la
historia de España.
Alcira como un jardín flotante, ostenta sus tres torres entre dos
brazos del rio Júcar, sobre el cual existe todavía el puente romano por
donde pasaban los ejércitos de César. Es famosa en la historia la
resistencia tenaz que le opusieron á Cárlos V los comuneros alciranos,
que les costó la pérdida de sus fueros.
Cerca de _Játiva_ el valle se estrecha notablemente entre los cerros
escarpados que por todos lados lo dominan, y sobre cuyas eminencias se
destacan, como nidos colosales suspendidos de las rocas, los escombros
de algunos castillos feudales, testimonios que el tiempo ha querido
respetar en parte para recordarle al viajero la impotencia de las
civilizaciones fundadas en la fuerza y el aislamiento egoísta.
La pobre _Játiva_, de heróica memoria, cuna del _Españoleto_ y teatro
secular de tantos combates, no es hoy sino una momia de plaza fuerte,
con su castillo derrumbado y sus reductos en escombros. Parece la imágen
de una de esas mujeres altivas que, despues de haber brillado hermosas y
lozanas, dejan enmohecer sus joyas y no presentan sino caras arrugadas,
ojos enjutos, bocas sin dientes y cabezas calvas.... El aspecto
lamentable de esa ciudad _pretérita_ hace un extraño contraste con
aquella admirable campiña, llena de verdura, de galas y perfumes.
Dichoso contraste que está mostrándole al labriego que si las glorias
militares pueden engrandecer por un momento, se pierden luego en el
olvido, en tanto que el poder adquirido con la industria se reproduce y
perpetúa.
En Játiva tuerce su curso el ferrocarril, dirigiéndose rectamente al sur
hácia Almanza, por el fondo del estrechísimo valle, verdadera
bifurcacion del de Valencia. Allí, el terreno, careciendo de solidez y
de humedad y aproximándose á las montañas rocallosas, pierde esa
fertilidad de la gran llanura, y en vez de alimentar naranjos, moreras y
trigos, se cubre de viñas dispersas sobre las colinas ó de olivos que
entristecen la campiña con su tinta gris. Así, instantáneamente se pasa
de la vegetación risueña á la melancólica, y de la tersa llanura á los
planos inclinados y á las sinuosidades profundas.
La noche se acercaba cuando descendí en Alcudia del tren del
ferrocarril. Despues de aquellos contrastes puramente materiales iba á
conocer otros de carácter social muy interesantes. Allí hube de tomar
por primera vez esa _máquina infernal_ que se llama _diligencia_ y que
caracteriza vigorosamente á uno de los tipos mas curiosos,--tipo que se
divide en tres entidades homogéneas pero diversas: el _mayoral_, el
_delantero_ y el _zagal_.
Francamente, creo que Santo Domingo de Guzman, Felipe II y el amable
Torquemada no entendian el oficio. Si hubieran sido maestros en el arte
de torturar habrían inventado la _pena de viajar en diligencia_, y no
habría quedado un solo hereje en la piadosa España. En mis cavilaciones
sobre el infierno, en los ratos desocupados, no habia podido formarme
sino una idea muy confusa de los terribles dramas de aquel mundo de
cóleras, relámpagos y fuego. Cuando por primera vez viajé en diligencia
española, tuve la nocion completa de lo que debe de ser una legion de
demonios que se lleva un racimo de almas al infierno, por entre
precipicios espantosos y con grande orquesta de reniegos.
En el momento del arranque, al sentir aquella casa de madera arrastrada
por diez mulas frenéticas, como si la impeliese el huracan, la primera
impresion es de miedo, de cólera y horror.
Algunos minutos despues, cuando se ha visto que el peligro era
exagerado, se crispa uno de risa (porque tenderse ni exaltarse es
imposible en aquella prison celular), y se deleita como un salvaje en la
contemplacion del drama convertido en comedia.
Figúrese el lector una enorme caja (los Franceses la llaman _machine_)
dividida en cinco compartimientos en forma de palomares ó gallineros,
donde el viajero es la gallina y el _mayoral_ el gallo-sultan. Arriba,
una cueva que se llama _cupé_, donde empacan á cuatro bultos numerados
del género humano. Abajo, en primer término, la _berlina_, donde va en
número de tres la aristocracia de las victimas; en el centro una cripta
romana que llaman _interior_, calabozo de seis rematados; y atras la
cocina del infierno, pomposamente decorada con el nombre de _rotunda_.
Encima, el departamento de equipajes, denominado la _vaca_, Chimborazo
ambulante que se parece un poco á la cueva de _Montesinos_. Total, diez
y nueve Cristos que tienen la _idea_ de viajar, bajo el poder de un
Poncio Pilato que se llama el _mayoral_, como quien dice, don Manuel
Rosas y los _salvajes unitarios_ de marras.
Esto en cuanto á la parte animal que va adentro. Por lo que hace á la de
afuera se clasifica, en el órden de bestialidad, así:
El mayoral,
El zagal,
El delantero
Y las mulas.
Esas cuatro entidades se agitan, se atacan, se estropean y golpean
conjuntamente, formando los tres primeros individuos un alboroto
infernal, y levantando las ocho ó diez mulas bravías que les están
asociadas una nube de coces y de polvo, dentro de la cual se cierne una
lluvia de latigazos y garrotazos.
Los tres directores de aquel convoy de veintinueve víctimas (sumando
viajeros y mulas) llevan sus puestos respectivos. El mayoral, en el
pescante, entre el _cupé_ y la _berlina_, como un Phaeton que conduce su
alado carro. El zagal, á su lado, ó prendido de un garfio del pescante,
á guisa de apéndice. El delantero, á caballo sobre la bestia primera de
la fila izquierda, dando la direccion á las diez mulas.
Estas, formadas en columna, en dos filas, van ligadas entre sí por un
laberinto de pesadas cadenas, de garfios, correas y trozos de madera que
aumentan el enorme peso y la extravagancia de aquella montaña portátil.
De tiempo en tiempo, cuando alguna de las mulas afloja el paso (porque
van siempre á galope largo y al coche rueda como un huracan por cuestas
y valles), el zagal da un salto al suelo, y se lanza á la carrera, á la
par de las mulas, armado de un garrote delgado ó de un látigo fuerte. A
cada mula le reparte (porque siempre los justos pagan por los pecadores)
cuatro ó seis golpes frenéticos; y cada una de ellas responde, según su
estilo peculiar, con cuatro ó seis coces furibundas, que el zagal evita
con asombrosa habilidad. Entónces aquellos animales se enfurecen,
brincan como cabras, corren como demonios y levantan una polvareda que
hace perder de vista el horizonte é invade, á los viajeros en sus
navetas martirizadoras.
El mayoral grita como un dragon, sacudiendo las riendas y el
foete,--agitando en una convulsion rabiosa todo el cuerpo; el zagal le
acompaña en gritos, movimientos y reniegos; y el delantero, que les
sacude tambien á veces á las mulas que están á su alcance, redobla la
actividad para apurar la carrera. El viajero, entretanto, sintiéndose á
discrecion de aquellos salvajes y de diez mulas furiosas, se agita en un
drama cómico de las mas vivas emociones, acabando por resignarse á todo.
Imagínese lo que habrá de sentir el que, saliendo de un magnífico tren
de ferrocarril, se entrega por primera vez á esa pesadilla sin sueño que
se llama un viaje en diligencia.
Cuando el viaje es largo los peligros aumentan. Como jamas se varía el
mayoral ni el delantero, que son los pilotos de la diligencia, el sueño
los domina á veces, y con frecuencia el coche vuelca y se despedaza, se
estrella en un recodo, ó se precipita en un desfiladero, sucediendo no
pocas desgracias. Y no hay que hacer observacion alguna, ni quejarse de
hambre ó cosa parecida; porque el viajero que sufre la ley tiránica de
los empresarios, es un esclavo á la disposicion del sultan que tiene su
trono en el pescante. Todo eso sin perjuicio del escamoteo, al fin del
viaje, que los mayorales, delanteros y zagales ejercen contra el
viajero, mendigando como si no tuviesen dotacion ó paga.
Aconsejo á los que padezcan de los nervios y quieran obtener una
curacion violenta pero segura, que vayan á España á hacer un viajecito
en diligencia. En España casi siempre que cae un ministerio le
destierran, á lo ménos diplomáticamente. No sé por qué llega el rigor
hasta ese punto, cuando con unas doce horas de diligencia todo quedaría
compensado, aunque, á decir verdad, los pecados de casi todos los
ministerios españoles no son de los muy veniales.
Despues de cuatro horas de diligencia toqué en Almanza con el
ferrocarril de Alicante, empresa que, á pesar de los muy buenos
elementos con que cuenta, se distingue por su mal servicio. Algun dia se
corregirá. Nada diré sobre la ciudad de Almanza, porque la noche me
impidió observar siquiera su aspecto general. Con todo, de paso y al
claro-oscuro tuve mis sospechas de que es una poblacion que no brilla
por la hermosura ni la actividad. Es una ciudad de antiquísima data, muy
anterior á las guerras entre Romanos y Cartagineses. Así, aquella es una
de las ciudades españolas cuya historia está ligada á las cuatro
dominaciones sucesivas de mas significacion que han impreso su sello á
la nacion ibera. La llanura de Almanza es célebre por la famosa batalla
ganada allí por los Españoles, en abril de 1707, contra las tropas
anglo-portuguesas, dándole á España la imponderable ventaja de cambiar
de amos, puesto que los Borbones ocuparon con Felipe V el trono que la
casa de Austria habia tan atrozmente inmortalizado. Todavía se conserva
en la llanura el obelisco que conmemora el suceso. En España se
conservan esos monumentos muy bien, pero se dejan cegar los antiguos
canales que datan del siglo pasado.
De Almanza á Madrid el ferrocarril toca en veinte y dos poblaciones,
sobre terreno llano, con un total de cerca de 100,000 habitantes,
exclusivamente consagrados á la agricultura, cuyos productos principales
son los trigos y vinos y algun aceite de olivas. De esas veinte y dos
poblaciones solo tienen alguna importancia: _Almanza_ fuerte de mas de
9,000 almas; _Albacete_, capital de provincia, con cerca de 17,000;
_Villa-Robledo,_ que cuenta 8,000, y _Aranjuez_, ciudad cortesana, con
mas de 5,000, que es la Versalles de la corte de España, verdaderamente
primorosa. Mas adelante haré su descripcion.
Es curioso tambien, en el trayecto, el pueblo de Villacañas,
correspondiente al país de Don Quijote. Cuéntanse allí hasta trecientas
cuevas, practicadas en las colinas del campo (que se desprenden de la
sierra de Toledo), en donde viven todas las familias pobres. Esta
singular arquitectura de la miseria no es rara en España, y en ninguna
parte interesa tanto como en uno de los barrios de Granada. A su tiempo
descubriré ese curioso pormenor.
La travesía de la Nueva Castilla continuaba la serie de contrastes que
yo iba observando. La noche me habia hecho perder de vista las campiñas
al salir del valle de Alcudia, continuacion ó inflexion del de Valencia.
Cuando al siguiente dia ví aparecer en el horizonte las tintas primeras
de la aurora, el tren pasaba por las vastas y tristísimas llanuras de la
Mancha. Así, habia cerrado los ojos ante un paisaje en extremo
pintoresco, para abrirlos despues en el centro de un país singularmente
notable por su desolacion y su silencio. Ni la sombra de un árbol, ni el
rumor de un arroyo, ni el canto de un gallo ó de un pájaro campestre, ni
el mugido de una vaca, ni el mas leve ruido se sentia al atravesar aquel
desierto.... ¡Ni una choza en las praderas interminables, ni un cercado
para manifestar la presencia del hombre por allí!...
Y sinembargo, la Mancha es un país asombrosamente fértil en la
produccion de trigos y vinos, que cuando está cubierto de mieses y
sarmientos tiene una hermosura suntuosamente triste. ¿Por qué no hay
allí ni un solo árbol, ni casas, ni jardines, ni otra cosa que inmensos
prados ó trigales solitarios?--Porque no hay agua,--dicen los
optimistas, que creen que lo que no se hace es porque no se
puede.--Porque los manchegos son perezosos,--indican á su turno los
pesimistas que deprimen y calumnian al pueblo español.
Ambas disculpas son sofísticas. Donde quiera que en la Mancha se quiere
tener agua, no hay mas que cavar un poco y surge á torrentes. Ademas, á
corta distancia están las serranías, de cuyas corrientes purísimas puede
la industria obtener, por medio de canales, toda el agua necesaria. El
pueblo manchego no es tampoco perezoso por índole, como se dice. Esa es
una mentira que los malos gobiernos han inventado para encubrir su
incapacidad.
En materia de gobierno hay que optar entre uno de dos sistemas: ó la
represion reglamentaria, y entónces los gobiernos tienen el deber de
hacerlo _todo_, y son responsables del malestar social; ó la libertad y
la prescindencia, en cuyo caso el individuo tiene la iniciativa y los
pueblos la responsabilidad de sus actos de todo género. Como en España
se ha seguido el primer sistema, sus gobiernos son los responsables, los
verdaderos haraganes, puesto que no han abierto canales y caminos (hasta
ahora se trabaja en eso), á fin de que los pueblos manchegos tengan agua
(y con ella árboles, irrigacion, casas de campo, etc.) y medios de dar
salida á sus trigos, vinos y aceites, con lo cual la agricultura tomaría
un poderoso incremento. Si los gobiernos constitucionales tienen su
proceso en los presupuestos, los absolutos lo tienen en el aspecto de
las poblaciones y los campos.
El primoroso valle de Aranjuez, regado por el _Tajo_ y el _Jarama_
(nuevo contraste en la topografía), me ofreció una prueba evidente en
apoyo de las observaciones que acabo de hacer. Allí, en vez de la
soledad y la tristeza del resto de Castilla, hay una pompa de vegetacion
que arrebata y deleita. Aquel país es un verdadero paraíso, durante la
primavera. En un espacio pequeño se halla aglomerada una inmensa riqueza
en ganados, bosques, hortalizas y otros frutos agrícolas, sin contar los
tesoros artísticos. ¿Por qué tanta opulencia allí en el centro de una
vastísima planicie desierta? Se dirá que todo se debe á la abundancia de
aguas en Aranjuez. Error: he visto muchos otros valles de España,
admirablemente dotados de aguas y fertilidad, donde reina también la
soledad. El valle de Aranjuez es precioso, porque es un _dominio real_;
porque no le pertenece al pueblo español, pobre y abandonado, sino á sus
monarcas, opulentos siempre. Y sinembargo, los reyes que han gastado
inmensos tesoros en embellecer ese _Real-Sitio_, no han tratado de
suprimir las fiebres, que son el real patrimonio de los vecinos de
Aranjuez, á causa de las inundaciones que producen los rios. En tanto
que el Jarama y el Tajo desbordan por falta de canalizacion, los
palacios de Aranjuez rebosan en maravillas de pintura y escultura, que
han costado millones sin cuento. Miéntras que los cortesanos se alojan
allí en suntuosas habitaciones, el pueblo español sufre las fiebres
_tercianas_, ó se _aloja_ en Villacañas en cuevas húmedas y
desabrigadas, abiertas en las peñas.
Con excepcion de tres ó cuatro parajes bellos, como en las cercanías de
Toledo, de Valladolid ó de Palencia, no hay en las dos Castillas, otros
puntos notables por su hermosura artificial que los _Reales-Sitios_. Lo
demas son llanuras desiertas, aunque cubiertas de trigos ó viñas en gran
parte. Con el valor de los cuatro _Reales-Sitios_ podría el pueblo
español pagar todas sus deudas, ó cubrir de ferrocarriles todo el
territorio nacional, quedándole algo para _alfileres_. ¿Quién sabe si
algún día se hará ese negocio....?
Al tomar la diligecia en Mogente (ó Alcudia) tuve por compañero en la
_berlina_ á un sugeto que me impresionó vivamente y á quien no olvidaré
jamas. Era un doble tipo, como se verá, muy digno de atencion. Un hombre
corpulento, de unos cincuenta y cinco años, robusto y rosado, lleno de
salud y de vida, con una fisonomía admirablemente honrada, una risa
franca y llena de benevolencia, una mirada cordial, y una conversacion
en que se confundia la sencillez del lenguaje con el aticísmo del estilo
y la solidez de las observaciones.
Desde los primeros momentos de la conversacion (que empezó casi al
entrar á la diligencia) conocí que me las habia con un liberal de puño
cerrado, hombre de instruccion, e muy buen sentido y en extremo
tolerante. A juzgar por su aspecto modesto y su lenguaje sencillo y
chistoso, le tomé por un propietario campesino, de vida retirada, aunque
muy culto. Pero luego fuí cambiando de opínion. Al saber que yo era
republicano de Hispano-Colombia, me tomó cariño y me hizo mil preguntas
sobre la vida de perros que llevamos los demócratas en el Nuevo Mundo.
Mis respuestas le encantaban, y se mostraba como triunfante cada vez que
yo le indicaba algunas de las mas bellas conquistas hechas en Nueva
Granada por las ideas verdaderamente democráticas. Ya puede colegirse
que mi excelente compañero y yo quedamos muy amigos, sin conocernos. La
comunidad de creencia política y de toda clase de convicciones nos habia
ligado; y me aproveché de la ocasion para adquirir muchas luces sobre
la situacion de España.
Al día siguiente, cuando aquel excelente caballero se despedia de mí en
la estacion del ferrocarril, en Madrid, ofreciéndome cordialmente su
amistad, vine á saber que habia viajado nada ménos que con don José
María de Orense, _marques de Albaida_, grande de España de primera
clase, y jefe del partido _demócrata_ español, cosa que vale mucho mas
que todas las grandezas de pergaminos.
Así, aquel sujeto no solo me habia ofrecido un notable contraste social,
sino tambien un bello tipo de la sociedad española. En Barcelona habia
tratado en la fonda á un marques de muchas campanillas, absolutista de
_tuerca y tornillo_. Era un sugeto de excelente corazon, pero de
endemoniada cabeza, infatuado con su noble estirpe, intolerante en todo,
porque no admitia contradiccion, y energúmeno en su tenaz absolutismo y
su odio á las ideas democráticas.
El otro marques, mi compañero de viaje--el noble demócrata--era un tipo
enteramente opuesto. No hacia el menor caso de la pretendida nobleza; no
se nombraba sino por su simple apellido de Orense (sin partícula); se
distinguia por su sencillez modesta y su tolerancia; hablaba de los
_pueblos_, sin acordarse de los _reyes_ (que eran la pesadilla del otro
marques), y no reconocia en los hombres otro valor que el de su mérito
personal. Así, el estudio de las cuestiones sociales y el sentimiento
profundo de la justicia, habian hecho un _ciudadano_ de un _grande de
primera clase_. Orense me ofrecia, pues, el tipo del _noble moderno_,
que comprendiendo que los tiempos han cambiado y el mundo marcha hácia
el reinado de la libertad y la igualdad, se ha puesto del lado del
pueblo, para defender una causa que no ofrece medros sino gloriosa
pobreza, dejando el viejo camino por donde con tanta comodidad se iba
hácia el poder con la opulencia.
Orense, ademas, me mostraba el noble tipo del viejo castellano (no del
«castellano viejo»), tan simpático y respetable; es decir, del hombre
sencillo, de sólido juicio, francote, honradote, lleno de chiste,
espiritual en su conversacion, agradable en su porte, y hospitalario y
servicial en grado eminente.