En el centro de la plazuela dominada por el palacio del Congreso está

colocada, entre una verja de hierro, la bella estatua de bronce erigida

á Cervantes, y cantada por Zorrilla, el bardo de las fantasías y las

opulentas armonías. Los Españoles no han sido muy pródigos en estatuas y

monumentos para perpetuar la gloria de sus genios; pero ya comienzan á

pensar en eso. Sinembargo, aunque el inmortal Quintana tendrá su

monumento, ha sido asunto de grande y acolorada disputa entre los

partidos la ereccion de una estatua á Mendizábal. El proyecto nomas hizo

caer á un ministerio (ó contribuyó en mucho á la fechoría), convertido

en cuestión de gabinete. En un país donde no hay libertad para adorar á

Dios como le plazca á cada cual, no es extraño que se prohiba dar culto

á las ideas liberales representadas por un gran patriota.

Hay en Madrid un monumento que prueba, por su popularidad ó el respeto

universal que le rodea, que los Españoles, si bien se arrancan los ojos

por las cuestiones interiores, están unidos por un solo sentimiento--el

de la independencia--cuando se trata de la nacionalidad. Ese monumento,

tan noble por su severa sencillez como por las epopeyas que evoca, es el

del _Dos de Mayo_, que domina una de las espléndidas alamedas del Prado.

Una pirámide do granito y piedra, algunos nombres escritos que valen por

un poema, un leon en relieve, una inscripcion conmemorativa y un doble

círculo de cipreses, he ahí lo que basta para recordar á los Españoles

que en aquel sitio sufrieron su martirio glorioso algunos defensores de

la independencia y la libertad, y que no es digno de su patria ni de

llamarse ciudadano sino el que sabe darse todo con abnegacion á la causa

que la justicia, el derecho y el honor santifican.

Ese monumento me hizo fijarme en una observacion curiosa que he podido

repetir en muchos lugares de España. Los Franceses, invasores y

sacrificadores en la época del primer imperio, son muy simpáticos en

España; en tanto que los Ingleses, que le ayudaron al pueblo español á

rechazar la invasion, no gozan de simpatías en la península. ¿De qué

depende ese contraste al parecer injusto? Es que las razas llamadas

_latinas_ en Europa, tienen por distintivo esencial de su carácter la

abnegacion, el heroismo y la iniciativa espiritual; y la nacion

francesa, que á pesar de sus defectos políticos, es la primera en todo

lo que es generoso y magnánimo, ha adquirido un inmenso é indestructible

prestigio sobre los pueblos que se le asimilan.

Ademas, los Españoles han hecho, como lo hace todo extranjero que

visita el pais, una observacion muy importante. Durante la guerra de

1808, los Franceses, como enemigos, hicieron volar muchas fortalezas,

pero construyeron puentes, teatros y otras obras; en tanto que los

Ingleses, como aliados, aprovecharon la oportunidad para destruir en

España las _fábricas_ de porcelanas, paños y otros artículos, que podian

hacerles competencia. Muchas veces los _amigos_ hacen mas daño que los

enemigos.

Madrid posee siete ú ocho teatros, aunque regularmente no funcionan sino

cinco: el de la _Opera_, el _Frances_, el de la _Zarzuela_ y dos de

dramas y comedias, con acompañamiento de baile, etc. Los demas son

insignificantes. Con excepcion del _Teatro real_ ó de la ópera, que es

espléndido, suntuoso, muy vasto, bello como monumento y uno de los mas

grandiosos de Europa, en su género, los demas, aunque bonitos en su

interior, carecen de positivo mérito en sus formas. Mas adelante hablaré

de la situacion del arte dramático en Madrid, como un elemento de la

vida social.

Perdóneseme que pase de los monumentos personales y los teatros, _ex

abrupto_, á las _caballerizas reales_, monumento elevado á los caballos

y las mulas de la Corte con mucho mayor esmero que las vergonzantes

estatuas ó columnas consagradas á la gloria de los grandes genios. Si de

la transicion surge un curioso epígrama, la culpa no es por cierto mia.

Las _caballerizas_ reales son consideradas (con mucha razon por

desgracia) como una de las maravillas de España, el país por excelencia

de los contrastes y extraños fenómenos sociales. La Corte, que ocupa el

palacio real (que no pude visitar por estar presente la reina), tiene á

su derecha casi todas las Legaciones extranjeras, y á la izquierda las

caballerizas: las unas que tiran del coche de la nacion española, cada

cual por su lado; las otras que sirven para las carrozas de la reina de

España. No sé de qué lado tirarán con mas fuerza ó habrá genios mal

recalcitrantes.

Un inmenso palacio, aunque no de condiciones aristocráticas, sirve de

alojamiento á los dichosos brutos que tienen el honor de llevar sobre

sus lomos á las personas de la Corte ó tirar sus doradas carrozas y

berlinas. El edificio está dividido en grandes compartimientos adecuados

para guardar los carruajes y arreos, en asombrosa profusion; abrigar los

potros y las yeguas de primer órden, que están allí como joyas de

primor; alojar setenta soberbios caballos de tiro, otros tantos de

silla, doscientas mulas para los coches de palacio, y un enjambre de

lacayos y mozos puestos al servicio de sus amos, cuadrúpedos de sangre

azul. Los dignos brutos están todos enjaezados con hermosas libreas en

sus magnificas é interminables cuadras, y parecen enorgullecerse al

recibir las visitas de tantos extranjeros, ya pateando con garbosa

satisfaccion, ya irguiendo sus lustrosos cuellos y sus abundantes y

crespas colas, como cisnes terrestres. La gualdrapa que viste cada uno

de esos miembros de la aristocracia de los brutos, vale mas que todo el

vestido que un labriego español puede consumir en un año. Cada caballo

es un príncipe, con su corte de lacayos, cada yegua una jóven mimada, y

cada mula una matrona respetable y corpulenta que, al mirar con desden

al Español plebeyo que se acerca, parece tener la conciencia de su

dignidad y su grandeza.

Todo el edificio es admirable por la cómoda distribucion, el aseo, la

magnificencia de las razas de brutos y el buen servicio. Pero despues de

admirarlo pregunté si la Corte no permitia la propagacion en el país de

aquellas razas superiores, procedentes de diversas regiones del mundo, y

me dijeron que no. Todos esos tesoros son, pues, de puro lujo, sin

utilidad para el Estado. Y ese palacio de los brutos ha costado

millones, esos animales valen millones, y su manutencion espléndida

cuesta enormes sumas anuales. Entre tanto, hay poblaciones enteras de

mendigos, hay millares de familias que habitan cuevas practicadas en los

barrancos, hay canales cegados, puertos inseguros, rios sin puentes,

calles sin salubridad, y muchas miserias que remediar y obstáculos que

remover....

Parece que no alcanza el dinero para hacer todo eso, ni hay urgencia,

puesto que las mulas no tienen novedad en su importante salud.

* * * * *

CAPITULO II.

* * * * *

MADRID POLÍTICO Y SOCIAL.

La Corte y la nobleza.--La juventud española.--Escenas matinales.--Las

calles de Madrid.--El Prado.--El teatro español.--El café público en

España.--Tendencias sociales.

No pretendo en manera alguna centralizar la sociedad española, bajo

todas sus faces, en Madrid. Como he dicho, hay en España cuatro Españas

distintas, que tienden á confundirse, que se van mezclando fuertemente y

que no muy tarde formarán una sola. Pero Madrid, aunque no representa

principalmente sino la España castellana, es, como centro político, un

espejo fiel de la vida general de la nacion española. Lo que sucede en

Madrid, en lo político y social, so repite en las demas grandes ciudades

españolas, con mas ó ménos vigor segun las costumbres características de

cada provincia.

Si la Corte es un elemento de estudio para el viajero en España, por sus

especialidades, la sociedad de Madrid no deba observarse, para apreciar

sus cualidades y sus defectos, sino en el Prado, en los teatros, la

plaza de toros, los hoteles ó fondas, los cafés, las calles y las

reuniones públicas y privadas. En cuánto á _Madrid político_, hay que

buscarlo en las Cámaras, en el periodismo, los tribunales, las juntas

anónimas, el Ateneo, y sobre todo los cafés. El que juzgase á los

Españoles por lo que _escriben_ ó _peroran_ en público y solemnemente,

formaría opiniones muy erróneas. Para conocer el tipo del Español, como

_ciudadano_, hay que oirle _hablar_ en el café, donde se revela

libremente tal cual es. La mesa del café público es la verdadera tribuna

del Español.

La prensa en España está amordazada y generalmente prostituida en el

periodismo, como sucede con todo elemento de civilizacion que se degrada

cuando lo comprimen ó guian artificialmente. Pero los Españoles se

desquitan de palabra de la esclavitud que les han impuesto en la prensa.

No hay un país en Europa, inclusive Inglaterra, donde se hable con mas

libertad que en España, en los recintos que no tienen carácter oficial ó

político. Y puede decirse que donde realmente se discuten en ese país

los asuntos políticos es en los cafés, las mesas redondas de los hoteles

y los _casinos_ ó círculos privados.

Hablemos primero de la Corte y despues de los Españoles. Pero no hay que

confundir a la Corte y los cortesanos con la aristocracia. Talvez la

mayor parte de los verdaderos cortesanos no pertenece a la aristocracia,

la cual, en España, si vale mucho menos intelectualmente que la de

Inglaterra y Francia, tiene mejores cualidades morales.

Ese orgullo insolente de los nobles de otros paises no se conoce en

España. Su aristocracia moderna, la que se ha formado por su accion en

la política, en la literatura ó en la guerra, es muy reducida, y no

ostenta sus títulos (único distintivo), sino que se confunde con las

demas clases sociales en todas las relaciones. La aristocracia antigua ó

tradicional gusta, en lo general, de ostentar sus títulos en grandes

escudos de armas y blasones, en ruidosas denominaciones y en otras

exterioridades. Pero en realidad, esas demostraciones no revelan una

infatuacion personal sino un alto orgullo de familia, sentimiento

piadoso y patriótico en el fondo; puesto que consiste en el culto á las

glorias de sus antepasados y á las tradiciones de la independencia y de

las grandes proezas de la España antigua.

Creo muy sinceramente que la aristocracia de títulos ó hereditaria, no

tiene de malo sino los privilegios y las desigualdades inicuas en que

generalmente se apoya. Pero reducida á _títulos_, sin prerogativas

injustas, es meramente ridícula, y por tanto inofensiva, ó racional en

cuanto se funde en la conservacion incólume del honor, de la gloria y

del respeto hácia los progenitores, y entónces puede ser un estímulo

hasta cierto punto. Con todo, no vale la pena una aristocracia

inofensiva ó puramente titular de hacer tanto ruido y de empeñarse en

conservarla legalmente. Mejor sería que su valor se estableciese por la

opinion fundada en la libertad.

Como quiera que sea, la aristocracia española es realmente un pergamino

viviente. Sin mayorazgos ni privilegios ante la justicia, su poder es

nulo; y como no ha procurado adquirir influencia moral por medio de las

letras, la tribuna, etc., cada dia se hace mas insignificante, reducida

á muchos blasones y algunos doblones. Los nobles de España son, de

resto, los mas demócratas (si los puede haber) de cuantos se conocen en

el mundo. Ni piden limosna, como los de Italia; ni dan látigo, como los

de Rusia; ni se hacen caballeros de industria, como tantos en Francia;

ni viven á estilo feudal, como los de Alemania; ni viajan como los de

Inglaterra con orgullosas ínfulas. Confundidos frecuentemente con el

comun de la sociedad, se les ve en la mesa redonda del hotel, en el

corrillo de la calle ó del café, en al _parterre_ del teatro ó en la

_diligencia_ de viaje, muy contentos de alternar familiarmente con todo

el mundo. Ví en los cafés á muchos nobles discutiendo afectuosamente con

estudiantes y periodistas, y siempre mostrándose tolerantes.

Recuerdo que un dia cierto baron ó conde muy estimable, me invitaba á

dejarme presentar en Palacio para conocer la Corte de cerca y besar la

mano á la reina. Le contesté riendo: «Señor mio, no tengo inconveniente

en besarle la mano á una dama; por galantería; pero cuando la dama fuese

reina, me sentiría humillado en mi altivez de republicano. Ademas, los

reyes no son para mí sino animales curiosos; y despues de haber visto en

los jardines zoológicos las girafas, los hipopótamos y los orangutanes,

no me siento con urgencia de ser curioso.» El excelente sugeto, en vez

de picarse de mi brusquedad colombiana, me dijo con suma amabilidad:

«Vamos,--tiene U. razon; cada cual tiene el punto de vista de sus ideas

y de su educacion social. Nuestra reina es una guapa señora; pero para

U. no hay mejor reina que la libertad. Enhorabuena.»

Esas condiciones que distinguen á la aristocracia española (que no es

egoista ni avara) prueban dos verdades: 1ª que la nacion española es y

ha sido en el fondo, por su carácter, esencialmente democrática, á pesar

de sus detestables instituciones; y 2ª que su regeneracion actual es

mucho mas positiva de lo que las apariencias pueden hace creer.

La _Corte_ es un mundo muy diferente de la aristocracia. Talvez la de

España es la mas corrompida de Europa, despues de las de Turquía y Roma.

Es allí donde se agitan y pululan los mas extraños manejos y las mas

impuras intrigas, á despecho de la nacion española. Es allí donde se

hacen y deshacen ministerios, que no debieran tener su cuna ni su tumba

sino en el seno de la opinion nacional. Y á decir verdad, hay casas

entre las gentes de la Corte á donde las familias que se estiman no van

jamas ó van muy rara vez y por necesidades de etiqueta. La política mas

impura se elabora en esos salones y esas alcobas, donde tienen sus

templos la lisonja, la empleomanía y el interes.

No habiendo penetrado á las regiones de la Corte, ignoro personalmente

(y espero seguir viviendo en mi santa ignorancia) los misterios de ese

mundo de tinieblas. Pero he recogido en España abundante provision de

anécdotas que edificarían al mejor _amador_ de escándalos. No las

relataré, pues, gracias á los Españoles, tengo mejores cosas de qué

hablar....

En España hay una cuarta clase de la sociedad, compuesta de brillantes

párias, que inspira el mayor interes: la _juventud_. Es observando su

situacion y desarrollo que puede comprenderse mejor la lucha actual,

definitiva, entre la antigua y la moderna España. El ejército le es

antipático á esa noble falange; el foro y el profesorado le están casi

vedados, porque las leyes oponen poderosas cortapisas al libre acceso;

la vida parlamentaria está monopolizada por los empleados públicos y los

ministros, así como por los grandes capitalistas; el periodismo está

sometido á la censura previa y la persecucion, y la ingeniatura civil

misma está sujeta á las influencias oficiales. Así, la juventud pobre

que quiere avanzar y hacer carrera y se siente animada por las mas

generosas inspiraciones, vegeta en realidad, reducida á _rumiar_ ensayos

literarios, perorar en los cafés, mantener justas especulativas en los

círculos literarios y gastar su vigorosa naturaleza de un modo estéril.

Donde quiera, en Madrid, he visto una juventud muy inteligente,

ambiciosa de luz y de condiciones excelentes para desempeñar un gran

papel. La filosofía moderna alemana, la economía política y la historia

son muy cultivadas por esa clase briosa y casi abandonada; y es de su

seno que salen dia por dia, á pesar de mil dificultades, oradores

elocuentes y escritores de buen temple, que un dia serán hombres de

estado, porque el viento del siglo los empuja, pero que harán su carrera

muy trabajosamente. Toda esa juventud es liberal, demócrata, y es en sus

manos que veo el porvenir de España.

La gran mayoría social de Madrid es ardientemente liberal, y el espíritu

de progreso y de independencia se revela en los obreros ó artesanos de

un modo inequívoco.

Lo mismo sucede á casi todos los grandes centros de poblacion, donde el

fanatismo ha decaido notablemente y las ideas de gobierno civil son

generales. Creo que la democracia española, ántes de diez años, saldrá

triunfante de esas grandes ciudades á dominar toda la península, porque

en ellas se está verificando un trabajo de discusion privada y de

propaganda que acabará por crear las convicciones correlativas de los

instintos democráticos.

Varias veces asistí á las sesiones del Congreso en Madrid, y tuve la

fortuna de oir discurrir á los mejores oradores de todos los partidos. A

juzgar por ellos, y teniendo en cuenta la intolerancia reglamentaria que

les impide hablar con libertad, me pareció que España era superior en la

oratoria á la España periodista ó escritora. Y eso es muy natural,

puesto que allí todo el mundo tiene en el café una tribuna, donde entre

taza y taza de chocolate se producen excelentes cosas espontáneamente.

En lo general, los discursos de los diputados tenian una fuerte dósis de

personalidad, vicio que proviene de la organizacion artificial y

contrahecha que tienen los partidos. Tambien noté sobrada abundancia de

palabras y repeticiones aún en el afamado Olózaga y el brillante

Aparici; pero ese defecto no solo proviene del mal giro de la política

española, sino tambien de la natural ampulosidad de la lengua

castellana, de la cual se abusa mas cuando, por falta de libertad en el

discurso, se tienen que sacrificar las ideas á las formas.

El mariscal O'Donnell, jefe del gobierno, se ponia furioso cuando le

contradecian los oradores de la oposicion, sin saberse sujetar á las

buenas reglas parlamentarias. Es que; bajo todas las latitudes, los

hombres de sable se creen siempre en el cuartel, cualquiera que sea su

posicion. Cuando parecen hacer un argumento, en realidad no tienen la

intencion sino de decir á la asamblea que los escucha: _Armas al hombro

y paso redoblado_!

Madrid, que cuenta 281,170 habitantes, no solo tiene muchos institutos

literarios y cientificos importantes, sino que revela su vitalidad

política por medio de numerosas publicaciones periódicas. No tiene ménos

de veinte grandes periódicos, casi todos diarios, algunos muy bien

escritos, casi todos llenos de aticismo y personalidades; y publica

ademas gran número de revistas y periódicos _ilustrados_, que no carecen

de mérito.

Por desgracia, el periodismo español está demasiado afrancesado en

algunas materias; se descuida mucho lo nacional por las traducciones de

futilezas parisienses; y no pocas veces hay que recordar á _Fígaro_, á

propósito de ciertos traductores que no cuentan para su labor sino con

«atrevimiento y diccionario,--y algunos con el atrevimiento solo.»

¿Quereis tener alguna idea respeto de _Madrid social_? Acompañadme á

pasar allí un dia ordinario, y en todos sus incidentes hallareis mas de

cuatro revelaciones. Son las siete de la mañana y salgo á buscar el sol

y el aire puro. Madrid despierta á medias. Sus ricos capitalistas, sus

gentes de la aristocracia y sus hombres del mundo elegante y político,

duermen profundamente. No se levantarán sino á las once, á medio dia ó

mas tarde, porque no se han acostado sino á las dos ó las tres de la

mañana. Esa es la costumbre. Las puertas de las casas y tiendas se abren

lentamente, si son de rango subalterno. En la calle no se encuentra sino

al pobre vendedor de legumbres, sucio y harapiento; los barberos afilan

filosóficamente sus navajas, detras de sus celosías bajas; los aguateros

asturianos empiezan su tarea, arriando sus diminutos pollinos cargados

de pequeños toneles de agua; los mozos de café, trasnochados por sus

innumerables é inamovibles parroquianos, bostezan, se estiran

voluptuosamente, y hacen traquear sus coyunturas como matracas. Las

calles están...revelando que la noche ha pasado por encima de ellas, y

saludan el dia con los olores ménos confortables del mundo.

Oigo un extraño ruido sobre mi cabeza, cual si tuviese lugar un aéreo

tiroteo. Vuelvo la vista y descubro á todas las cocineras y sirvientas

de la real Madrid exhibiendo todas las curiosidades de los lechos

conyugales, celibatarios y de párvulos. La una sacude en el balcon,

sobre la calle, un viejo tapete, una sábana ó un faldellin de lana, si

no un cuero de oveja de indescriptible aplicacion; la otra desenrolla

una estera...imposible. Esa cuelga una crinolina al aire, como farol;

aquella pone en exposicion artística un colchon ó algo peor. Madrid

íntimo, el Madrid de la alcoba, sale á luz en toda su desnudez,

asomándose á todas las ventanas, sacudiendo su polvo en todos los

balcones, y ámbas aceras quedan colgadas durante dos ó tres horas, como

si fuese á pasar alguna procesion de caricaturas.

Tal es Madrid por la mañana, en casi todas sus calles. ¿Quereis

acompañarme al almuerzo? No vale la pena: es como en todas partes. Venid

mas bien conmigo al chirivitil del barbaro español, que hallareis en

cualquier entresuelo de casa vieja ó en una tienda que da sobre la

calle. Si no teneis barba que rapar no importa: entrad siempre y os

divertireis, conociendo un interesante tipo español.

Todo barbero charla sin cesar: eso es trivial y universal. Pero el

barbero español no se parece á ningun otro barbero en ciertas

cualidades. El viejo _Fígaro_ no existe: es un tipo que las revoluciones

han suprimido. Su sucesor en Madrid no tiene los recursos de intriga, ni

las mil hábilidades, ni la _literatura_ del héroe de Beaumarchais.

Truhan por excelencia y amable y meloso, el barbero contemporáneo os

hará reir, os hablará de teatros, de las corridas de toros, del

ministerio y las Córtes, de las muchachas bonitas, y sobre todo de las

vidas ajenas. Le hallareis malicioso, pero jamas calumniador; sumamente

chistoso, pero sin grosería; instruido en todos los misterios de alcoba

y de fortuna, pero sin llevar la indiscrecion muy adelante. Una palabra,

un gesto, una sonrisa burlona del barbero os dirá mas que un discurso.

El barbero español tiene la ática elocuencia del gesto.

No le hableis de religion, porque os barajará el asunto y agachará la

oreja con malicia. Dejáos manosear libremente, si quereis complacerle y

que os afeite bien. Su oficina carece de aseo, sus peines aterran por

las plantas parásitas que contienen; os enjabonará la cara con las

manos, en vez de la brocha; os raspará como si pelase á un cerdo; pero

al fin os divertirá, os hará mil cumplimientos y un hermoso par de

patillas andaluzas, y cuando le pregunteis cuánto vale su trabajo, os

responderá con el tono mas español, mas generoso, altivo sin afectacion:

«Lo que U. guste, caballero.»

* * * * *

Salgamos á dar una vuelta por las calles de Madrid. Su movimiento es

interesante. El aspecto material de las calles tiene bien poco de

importante, porque Madrid por ese lado es una mala copia de Paris.

Hoteles y cafés, almacenes y tiendas, casas y coches, todo se parece en

su exterior, si es nuevo. Es en los pormenores, en los grupos sociales

donde, apesar del _dandy_ madrileño, del _leon_ español (bastande

insípidos), se revela España, la verdadera España, compuesta de tantos

tipos diferentes, pero que armonizan en Madrid de un modo singular.

Apartemos la vista de lo que es puramente imitativo, exótico, aunque el

contraste no carece de interes. Allí un grupo de rancios castellanos

discurre bajo de un portal sobre las maravillas de una civilizacion que

les sorprende. Los ferrocarriles en España!--es cosa de perder la cabeza

para un segoviano de puño cerrado, ó uno de esos aragoneses ó burgueños

de la vieja estirpe. Mas allá departen sobre el precio de los _pellejos_

de vino algunos manchegos cosecheros, ó echan sus cuentas sobre la

escasez de los trigos, á la puerta de un ventorrillo de esquina, entre

uno y otro largo trago de Valdepeñas; con la manta amarillenta de lana

burda recogida sobre un brazo, medio levantado por delante el fieltro de

anchas alas, y dándole á la conversacion ese acento perezoso de los

paisanos del inmortal Caballero de la _triste figura_.

Mas léjos, al derredor de una fuente pública, se agrupan en desórden los

aguadores asturianos, de calzon corto y alpargata, chaqueta remendada,

camisa indefinible, sombrero diminuto y fisonomía contradictoria, en

cuyos rasgos parecen luchar la imbecilidad del servilismo y la inquietud

del genio pendenciero. Todos gritan, hormiguean al pié de la fuente, se

restregan, se apostrofan; pero al echar sobre la espalda el barril de

agua, recobran no sé qué del aire paciente de la mula de carga.

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 23 / 45 段