llegó el insular, se instaló en el extremo opuesto del salon y se puso á
escribir tambien, interrumpiendo de tiempo en tiempo su tarea para
meditar. Tentóme la curiosidad y pasé por detras para ver lo que hacia.
Eran líneas cortas é iguales, comenzadas con mayúsculas: _John Bull_
rimaba también.... Tantas coincidencias me desesperaban: aquel hombro
mudo era, pues, mi sombra, y esto que el silencio no entra en mis
hábitos de vida.
En el Grao de Valencia, al dia siguiente, el Inglés desembarcó en una
lancha y yo en otra. Entónces respiré como un hombre que despierta y se
libra de una pesadilla. «Heme aquí emancipado!» me dije, y tomé el
camino de Valencia. Poco despues almorzaba yo en un vasto salon del
hotel ó fonda del _Cid_, uno de los muchos que hay en Valencia. De
pronto volví la vista hácia un extremo del salon: el Inglés, el
interminable Inglés estaba allí, en otro rincon, almorzando!... Me vió,
me hizo un saludo, como diciendo: "¡Diantre! U. por aquí otra vez!"--y
ámbos soltamos una ruidosa carcajada que causó extrañeza á los que no
estaban en el secreto.
Tales fueron _mis relaciones_ con aquel honorable insular, inseparable
compañero. En Valencia le perdí definitivamente de vista; y sinembargo,
ahora que escribo estas líneas, en Paris, temo que de repente asome la
cabeza por la ventana de mi gabinete para decirme, por un exceso de
cordialidad y confianza: «_Good morning, sir._» Yo habría podido viajar
durante veinte años junto con mi Inglés, y es seguro que, en tanto que
no le hubiese sido _presentado_, jamas hubiera entrado en conversacion
conmigo, no obstante que, como pude observarlo, nos teníamos recíproca
simpatía.
Volvamos á Tarragona, y perdone el lector la digresion. La catedral de
Tarragona, una de las mas antiguas de España, es gótica y corresponde al
estilo del siglo X. Aunque no carece de mérito, no llama mucho la
atencion sino por una curiosidad de arte que es única en España: es una
inmensa alfombra gobelina, de una sola pieza, que cubre todo el
pavimento del templo, en los grandes dias. Ese magnífico tapiz contiene
toda la historia sagrada, en cuadros admirablemente bordados de trecho
en trecho. Los demas monumentos de la ciudad son insignificantes.
Como he dicho, Tarragona estaba divorciada de su puerto. Pero apénas se
ha permitido la demolicion de las fortificaciones ruinosas que se
interponian, y la ciudad se ha regenerado como por encanto. Sus dos
partes están ya unidas por hermosas calles, y todo anuncia allí la
resurreccion y el progreso.
La opulenta llanura que termina en Tarragona, entrecortada por suaves y
bellas colinas, produce grandes valores en vinos, aceite, olivas,
algarrobas, cáñamo, etc., que salen por los puertos de Tarragona y
Salou. Tengo entendido que los habitantes de la ciudad se glorían mas de
producir mucho vino y aceite, que del honor que le cupo á Tarragona de
ser en tiempos mas ortodoxos el asiento de mas de cien concilios.
Un excelente ferrocarril de 13 kilómetros de trayecto, construido por
una compañía francesa, y acaso el mas lujoso de España, liga á Tarragona
con Reus, pasando por el pueblo de Vilaseca. Tomé el tren, aprovechando
la facilidad, y en veinte minutos llegué á Reus, encantado con la
contemplacion de aquella hermosa campiña.
Por todos lados veia asomar á la vuelta de alguna colina, ó desaparecer
de pronto como una vista de cosmorama, alguno de esos pueblos, graciosos
por su conjunto campestre y sus permenores, que salpican la campaña.
Constaty, Marricart, Moster, Salos, La-Selva, Castellvertt y los demas
pueblos de esa comarca, hacen un contraste primoroso, por sus casas
pintorescas y sus campanarios, con la melancólica hermosura de esos
campos cubiertos de olivos y algarrobos, cuyo color gris y pálida
verdura dominan en las sinuosidades del terreno, ocultando las alegres
cepas de viñedos.
Reus, aunque centro agrícola, es una ciudad esencialmente fabril. Su
poblacion no baja de 32,000 almas, y su actividad industrial es muy
notable. Aunque en su conjunto no es una bonita ciudad, tiene muchas
casas elegantes y nuevas, un bello teatro, y entre sus pocos monumentos
la iglesia gótica de San Pedro, digna de atencion. Reus tiene todo el
tipo de una ciudad catalana, por sus progresos en la vida social, sus
muchas fábricas servidas por el vapor, y sus comodidades. Los tejidos de
algodon y seda, la peletería y la fabricacion de pipas, así como las
cosechas de trigo, aceite y vinos, constituyen su principal riqueza.
Las chimeneas del vapor "Cataluña" lanzaban sus remolinos de humo que
la brisa de la tarde dispersaba. Volví á bordo y seguí el rumbo hácia el
puerto de Valencia. Despues de visitar la Cataluña, iba á penetrar en la
España morisca, de tipo enteramente distinto. España no es un pueblo: es
un conjunto de pueblos ó restos de naciones aglomeradas.
* * * * *
CAPITULO V.
* * * * *
VALENCIA Y SU VALLE.
Una aduana española.--Del Grao á Valencia.--Estructura y panorama de la
ciudad.--Un juicio de aguas.--Tipos sociales y costumbres.
Al acercarse el vapor al seno del vasto golfo de Valencia, pude ver
destacarse á lo léjos, confusa pero pintoresca en su llanura, la ciudad
de Castellon de la Plana, situada á corta distancia de la costa. Casi
oculto el caserío entre la vegetacion de las cercanías, no se distingue
sino como una sombra vaga; pero se reconoce dónde está situado. Despues
se penetra al seno del golfo, en el puerto del Grao; detestable de suyo,
pero artificialmente mejorado en lo posible.
Llegó el momento de tocar con la aduana y los carabineros, esos cuervos
marinos del comercio. Honrado por inclinacion y educacion y extraño á
todo contrabando, me irritaba en el primer momento, á cada nuevo
registro, como si por mi sola figura pudiera estar exento de
inquisiciones aduaneras. Los compañeros me decian: «Haga U. como
nosotros y no le incomodarán con el registro.» Y las _pesetas_ se
deslizaban de las manos de los viajeros á las de los guardas y
carabineros, con presteza y disimulo, dando por resultado infalible el
paso de los baúles y maletas sin registro. Detesto con toda mi alma las
aduanas; pero detesto mucho mas la corrupcion. Así, incapaz de incitar á
ninguno á que faltase al cumplimiento de su deber, me resigné á dejarme
registrar mis efectos tres veces entre el Grao y Valencia (¡6
kilómetros!). Los guardas me miraban con curiosidad, vacilando en abrir,
como si pensaran en decirme: «No sea U. tonto; suelte unas pesetas al
descuido, y adelante.»
España es el país de los trabajos y las formalidades inútiles, con el
solo objeto de darle ocupacion á la autoridad y de hacer reglamentos que
no se cumplen. De ahí resulta que España es el país clásico del
contrabando. El sueldo eventual que los viajeros le pagan á cada guarda
es siempre superior al que le da el gobierno. Por tanto, el guarda es el
mejor y mas seguro agente del contrabando. Como la autoridad, con sus
trabas inútiles, está en lucha permanente con el individuo, todo el
mundo tiene la conviccion de que es justo burlarse de la ley. Y como el
guarda sería un mártir si cumpliese todo su deber, se limita á las
apariencias, y tiene interes en dejarse corromper.
No he visto un país donde haya, comparativamente, tantos empleados como
en España. Allí, al contrario de un trivial axioma de administracion, se
profesa el principio de tener «muchos empleados, y mal pagados.» La
empleomanía es una enfermedad endémica; pero la corrupcion oficial que
la acompaña es un cáncer. Así se explican la corrupcion general de los
partidos y el desgobierno en que vive el país de mas reglamentos y de
mas empleados. Es que el _gobierno_ no es la obra de los gobernantes,
sino de las instituciones y los pueblos. Mas adelante tendré ocasion de
hacer ciertas observaciones importantes de este género, pues Madrid,
Málaga, Cádiz y Santander me suministraron la ocasion, como Valencia.
El pequeño trayecto del Grao (poblacion puramente marítima, de 2,800
almas y de regular movimiento) á la ciudad de Valencia, reina de la
suntuosa _Huerta_, se atraviesa de dos modos: ó en _tartana_, por la vía
carretera, gastando tres cuartos de hora; ó en ferrocarril, en seis ú
ocho minutos. Preferí la primera via, por gozar de los encantos del
paisaje, porque ver una comarca en ferrocarril es como tomarse un manjar
á grandes bocados: ni se le toma el sabor, ni se mastica y digiere.
El camino del Grao á Valencia es una espléndida calle, cuyo pavimento es
la arena, cuyo cuadro es una primorosa campiña, y cuyos edificios son
cuatro inmensas hileras do álamos y chopos gigantescos; de pompa
secular, que enlazando sus ramas de un lado á otra forman una bóveda
moviente de 5 á 6 kilómetros. A los lados se destacan graciosas casas
campestres en gran número, cubiertas de paja, pulcramente blanqueadas y
rodeadas de jardines y huertos perfumados. Detras agitan sus copas de un
verde oscuro las moreras, salpican el campo los simétricos viñedos, ú
ondean como lagos de verdura los entables de trigos, dominados á veces
por las flotantes espigas y las rubias cabelleras de las cañas de maiz.
Aquel paisaje es de suyo primoroso; pero cuando se le ve viniendo uno de
surcar las soledades del mar, su encanto es indefinible. El corazon late
y respira como si sintiese una resurreccion. Es que en el mar el corazon
enmudece y el espíritu trabaja solo; miéntras que en la tierra el
sentimiento recupera su imperio.
No hay una ciudad que revele tanto como Valencia la lucha de siete
siglos en que estuvieron tenazmente empeñadas dos razas y dos
civilizaciones abiertamente opuestas. Todo indica allí la imposibilidad
anterior de la fusion, y la existencia de una sociedad engendrada entre
sangre y odios por el árabe conquistador en el seno de la goda vencida,
y luego trastornada por la reaccion de los conquistados sobre los
conquistadores. La raza, la lengua, la arquitectura, las costumbres y la
industria, son una _mezcla_, no un _amalgama_ de formas heterogéneas,
conservando cada cosa su tipo característico. La vieja España y la
Arabia moruna viven allí conjuntamente, codeándose, entrechocándose, y
rara vez armonizando en realidad. Tal parece como si la guerra de los
moros no hubiera terminado en Granada, sino que continúa en Valencia.
Veamos el conjunto de Valencia y su valle, y despues diremos algo sobre
los pormenores. La renombrada Valencia, perla conquistada por el Cid
campeador, cuya Huerta fué llamada por el historiador Mariana _los
Campos Eliseos_, está dividida por el rio Turia (reducido en el verano á
_cauce_), y tiene á su derredor muchos arrabales, así como vastas pero
ya inútiles fortificaciones. La poblacion interior alcanza á 66,000
habitantes, pero la total es de mas de 106,000. Aparte de su importante
y muy valiosa produccion agrícola, de que luego hablaré, y de algunos
trabajos de arte, se distingue por su fabricacion de sederías y sus
tejidos de lana muy graciosos, tales como las moriscas _mantas_ de
colores, que reemplazan la capa ó hacen el papel de la _ruana_, ó
_poncho_ ó _sarape_ de Colombia.
Valencia tiene numerosos y regulares institutos de instruccion y
beneficencia, que la hacen interesante, y cuenta muchos monumentos en
cuyo interior hay verdaderas preciosidades artísticas. Notablemente se
distinguen en esto la Catedral y la iglesia de los _Desamparados_ únicos
templos que pude visitar.
Para tener una idea exacta de Valencia, ciudad de la mas extraña
fisonomía, es necesario subir hasta la altísima plataforma de la
octógona torre de la catedral, edificio, singular, independiente del
templo y que arranca desde el exterior del muro de la fachada, sobre la
plazuela misma. El templo es sin duda interesante en su interior, por
algunos detalles artísticos muy bellos, y sobre todo por su asombrosa
profusion de mármoles que cubren los muros. Pero el conjunto carece de
gusto. Es un templo remendado, construido en el sitio de la gran
mezquita, con una mezcla informe de obras góticas en la forma general y
complementos del Renacimiento, como la cúpula; donde se ven las ogívas
góticas mano á mano con las molduras y los dorados de orden _compuesto_,
clamando á Dios unas y otros contra los incongruentes arquitectos. El
templo es ademas muy sombrío, de modo que sus adornos interiores pierden
por falta de luz gran parte de su valor.
Súbese á la plataforma de la pesada torre por 206 grades de piedra en
espiral, y al hallarse en la altura se experimenta de repente una
sensacion indefinible. La hermosura del paisaje que de allí se
contempla sobrepuja á toda ponderacion, y el que por primera vez (como
me sucedia) ve una ciudad como esa, tan esencialmente morisca en sus
formas, encuentra poderosamente excitada su curiosidad de viajero.
El espectáculo era simultáneamente grandioso, poético y repugnante. Al
tender la vista sobre la ciudad, en derredor, veia el país morisco; y
abarcando todo el horizonte, la magnificencia del suelo español y las
huellas de una lucha secular de civilizaciones distintas. En el centro
de la ciudad lo _pasado_, la historia; al derredor la época moderna.
En efecto, la parte central es la morisca. Calles tortuosas,
estrechísimas y en laberinto inescrutable, sucias y con detestable
pavimento; casas de una irregularidad absoluta, monstruosas, negras,
desmanteladas muchas, semejando verdaderos palomares, agrupadas á la
ventura y como encaramadas unas sobre otras.
Y todo ese conjunto informe, semejante á un inmenso monton de peñascos
despedazados, dominado por algunas cúpulas moriscas, por una infinidad
de azoteas y miradores irregulares, enclavados sobre hileras de
ventanillas y troneras y de lienzos de muros dentellados.
Al derredor de lo que fué la Valencia moruna está la Valencia española y
los arrabales. Allí hay mas órden en las calles; las construcciones son
de arquitectura vulgar y pesada, y se ven pulular por docenas las torres
de los viejos conventos de frailes y monjas. Por último, cierran el
cuadro de la ciudad las alegres casas campestres, las quintas elegantes,
las grandes fábricas y la estacion del ferrocarril, es decir, las
señales de la civilizacion moderna, que significa igualmente actividad y
comodidad.
Al extender la mirada ¡qué paisaje tan vasto y admirable se registra! Al
occidente el cordon de cerros ó montañas desnudas de árboles, que
determinan el valle marítimo de Valencia, cerrando el horizonte á
distancia de seis ó siete leguas. Al oriente el Mediterráneo, azul
blanquecino, tranquilo, surcado por los buques, veleros y reflejando
magníficamente los resplandores de un sol casi africano. Encima un cielo
purísimo y soberbio de luz y de belleza; y en el fondo del cuadro,
hácia todos los lados de Valencia, la llanura mas primorosa del
mundo--la opulenta y renombrada Huerta--de donde se exhalan los ricos
perfumes del azahar, el jazmin y la rosa, de entre bosques interminables
de naranjos ó limoneros que proyectan su oscuro follaje sobre campos de
espigas, de simétricas moreras y viñedos, como sobre entables de caña
dulce y plantaciones de algodon. Para completar lo pintoresco del
paisaje, las innumerables y graciosas casitas campestres, las infinitas
acequias de irrigacion (que son las joyas de la Huerta) y los muchos
pueblos dispersos en la vasta llanura en situaciones pintorescas, le dan
á la escena el tipo de un país eminentemente agrícola y poético. Parece
imposible hallar nada tan interesante como la campiña de Valencia.
Habia pasado tres horas en esa muda contemplacion. Al descender de la
torre me aguardaba, por una singular fortuna, un espectáculo social que
en cierto modo completaba el físico. La plazuela de la catedral, que es
muy pequeña, estaba casi llena de gente. Pregunté la razon de aquella
pacífica aglomeracion de hombres que tenian el aire de campesinos, y me
dijeron que acababa de tener lugar un _juicio de aguas_. La frase me
picó mas la curiosidad y seguí preguntando. Hé aquí la explicacion que
obtuve:
Los agricultores valencianos gozan de un fuero especial que les fué
concedido por uno de sus reyes católicos despues de la derrota ó
expulsión de los moros. Ese fuero consiste en el juicio de arbitramento
respecto de los litigios que se suscitan entre los agricultores por las
aguas ó acequias de irrigacion. En una comarca tan esencialmente
agrícola, el agua es el principal tesoro, y ella está distribuida con
admirable precision en los campos, mediante una vasta red de canales y
compuertas que hacen ir de los rios a todas las campiñas y plantaciones
la cantidad de agua necesaria. El gran beneficio del fuero consiste en
haber librado á los agricultores de las garras de los abogados y
curiales y de la absurda institucion del _papel sellado_.
Cada dos años se reunen los agricultores de la Huerta y eligen los
jueces-árbitros de su tribunal, ancianos sencillos, de experiencia en el
oficio del cultivador y venerables por su honradez y su buen sentido.
Cuando se suscita una disputa entre dos ó mas agricultores por alguna
acequia, sea en cuanto á su paso, su extension ó la cantidad de agua,
sea en cuanto á la oportunidad del regadío, la cuestion viene al
conocimiento de uno de esos árbitros (que muchas veces no saben ni leer)
y las partes son convocadas para ir al juicio en cierto dia, llevando
sus pruebas testimoniales. El juez, si acaso no conoce (por rareza) el
terreno especial de la cuestion, va y lo examina concienzudamente.
El dia del juicio, el tribunal se instala bajo el pórtico de la
catedral, al aire libre, como en campo raso. Cada parte relata el asunto
y defiende su causa como puede, sin mas abogados que su buen sentido y
su justicia. Los testigos son oidos, y el rústico tribunal, apoyándose
en los hechos que conoce por sí mismo y las circunstancias probadas,
pronuncia un fallo que es irrevocable, que todo el mundo respeta y
obedece religiosamente y que jamas se escribe. La expresion de esa
justicia sumaria y amigable no tiene mas archivo que la tradicion,
porque allí no se falla sobre _dominio_ ó propiedad sino sobre
servidumbres y usos de simple irrigacion. ¡Jamas pueblo alguno de los
tiempos modernos tuvo institucion mas sencillamente sublime! Ella es á
la vez una idea democrática, una elocuente condenacion de las manías
reglamentarias de los gobiernos, y una prueba de que la mejor base de la
justicia humana está en el buen sentido de los hombres libres guiado por
la simple nocion del interes comun. Los abogados y curiales detestan los
_juicios de aguas_, y tienen razon, segun su oficio. Pero los
agricultores los veneran con mucho mayor razon, y no permitirán jamas
que les arrebaten ese _fuero_. ¡Es cosa bien triste que todavía se llame
_fuero_ ó _privilegio_ una institucion que no es sino la forma mas
profundamente filosófica de la justicia social!
Una reflexion me ocurrió, al observar el alegre grupo de agricultores
que ya se disolvia, despues de un juicio que solo habia durado una hora.
¿Por qué ha subsistido esta institucion en Valencia, miéntras que el
absolutismo ha destruido casi todos los fueros mas importantes en el
resto de España, excepto en las provincias vascongadas? Recordé la
reciente lectura que habia hecho de un libro sobre las costumbres de los
árabes, y tuve la explicacion del fenómeno. Es que aquella poblacion
valenciana, eminentemente morisca, ha encontrado una armonía perfecta
entre el arbitramento de los _juicios de aguas_ y las costumbres
arábigas. Allí donde falta el antagonismo, las instituciones se
perpetúan respetadas religiosamente. El juez de la Huerta, ese rústico
_tío_ (como los llaman en España), ¿no es la verdadera continuacion del
_Kady_ árabe, que oye y falla patriarcalmente? No hay de estable y
fecundo en las sociedades, sobre todo en materia de instituciones, sino
lo que está en armonía con la naturaleza humana, esencialmente
razonable. En punto á justicia, siempre me atendré mas al juicio del
hombre rústico, de conciencia honrada y sencilla, que á la elocuencia
literaria de diez Cicerones.
* * * * *
Valencia es el país clásico de las mujeres hermosas,--tanto que allí es
casi difícil encontrar una fea. En las mas espléndidas calles de Paris,
Lyon y Marsella, y de Barcelona y Madrid me han mostrado soberbias
Valencianas, desgraciadamente..._desgraciadas_. Pero aquellas mujeres,
que fascinan todas con su hermosura, no seducen el corazon jamas, no
embelesan el alma. Al contrario, hay en esa hermosura no sé qué de
áspero y repelente que causa miedo, que hace adivinar las pasiones
terribles y la navaja oculta bajo la falda de colores vivos; que hace
pensar en la vengativa Italiana, lo mismo que en la mujer africana que
cruza los desiertos arenales al rayo del sol sobre la silla de su
galante jinete, ó que incita á las voluptuosidades del amor oriental
bajo la tienda de la carabana.
La Valenciana domina con su ardiente mirada, pero intimida ó amenaza. Su
abundante y sedosa cabellera, recogida en trenzas ó en un moño, y
cubierta con un pañuelo de listas, atado en derredor de la cabeza en
forma de turbante; sus ojos grandes, negros, ardientes y de mirada
profunda, que hieren como la hoja del cuchillo árabe; su aire garboso y
audaz; su fisonomía mas que redonda, casi ovalada, cortada por líneas
sumamente rígidas; la energía de su voz; lo pintoresco de su estrecho
vestido, compuesto de telas fuertes de colores brillantes, bajo las
cuales palpita un seno incendiado y se dibujan las formas de una
organizacion vigorosa; todo eso hace de la Valenciana (considerada la
masa mas numerosa) un tipo especial, que impone la atencion, y que
resiste á todas las influencias fusionistas de la civilizacion moderna.
El hombre de educación gusta mucho allí de las intrigas políticas, y
tiene al mismo tiempo, por una aparente contradiccion, muy pronunciado
el sentimiento artístico. El noble, el individuo de la clase mas alta,
es absolutista por excelencia. No tuve tiempo para averiguar la causa;
pero establezco el hecho. Valencia es en España la verdadera fortaleza
de las opiniones absolutistas. El _pueblo_--lo que en Europa llaman
simplemente así, y que en las democracias llamamos el _pueblo pobre_,
porque todos somos pueblo,--se deja guiar fácilmente por los
absolutistas, miéntras que la idea democrática no se abriga sino en la
clase media. Donde quiera he observado, personalmente ó por lecturas,
que los pueblos mas ásperos y brutales en sus costumbres son los mas
favorables al absolutismo. El pueblo de Paris, esencialmente culto, ha
sido siempre el salvador ó por lo menos el defensor de la libertad en
Francia. Los bandidos y pillos de Roma y los _lazzaroni_ de Nápoles,
magistrales en el manejo del puñal, han sido los mejores apoyos del
despotismo en la Italia meridional. Los salteadores de Grecia hacian la
guerra á la noble causa que tuvo por mártir al sublime Byron.
Hay en las clases inferiores (en educacion) de Valencia, una distincion
que establecer. El agricultor es un rudo tipo, pero es honrado y
pacífico. El obrero, el habitante de los arrabales y el ganapan de las
calles y del puerto, al contrario, son ásperos en todo, de mala índole,
de instintos pendencieros y brutales. Despues de las seis de la tarde es
muy imprudente aventurarse á recorrer solo los alderredores de Valencia;
y no porque estén plagados de ladrones y asesinos, como han dicho,
exagerando mucho, algunos viajeros, sino porque es muy fácil tener una
pendencia con un truhan de navaja lista y humor muy _despuntado_, que
termine por un drama sangriento, ó cuando ménos por un chaparron de
garrotazos. Sobre todo, si alguna hija de Eva anda en el asunto, el
galante forastero puede contar con un mal dia. Con las Valencianas de
cierta clase se cumplen á la letra las palabras de Cervantes: «hay cosas
que es mejor no meneallas,» y mujeres bonitas _que es mejor no
tocallas_.
El Valenciano de los arrabales tiene una fisonomía que parece el
amalgama del árabe guerrero con el Napolitano. Si en lo moral se
distingue por las fuertes pasiones, el sentimiento artístico, el humor
pendenciero, y el gusto por la algazara, el baile frenético, la
guitarra, la cancion bélico-amorosa y las alegres libaciones, en sus
hábitos exteriores tiene todo lo pintoresco de los pueblos apasionados.