validez, el Catalan hace sus negocios de palabra, y un asentimiento
cualquiera vale mas que el mejor documento. Varias veces ví en la Bolsa
hacerse muy fuertes transacciones, sin la intervencion de agentes de
cambio y sin buscar testigos esprofeso. Un dia que recorria yo, como
observador, el vasto salon de la Bolsa de Barcelona, en el palacio de
las Artes, me detuve delante de dos fuertes especuladores que hablaban
así:
--¿Tiene U. renta del tres?
--Tengo unos treinta mil duros.--¿A cómo?
--Al precio cotizado ayer.
--¿Rebajaría U. diez céntimos?
--Si no es á plazo sí,
--¿Podría U. conseguirme diez mil duros mas?
--Sí.
--¿Otros cinco mil?
--Sí.
--_Dicho._
Los dos negociantes, sin mas conversacion, se separaron, despues de
apretarse la mano. Al dia siguiente supe, porque el asunto me habia
interesado mucho, que el negociante interrogado habia ido, á las diez de
la mañana, á casa del otro á entregarle cuarenta y cinco mil duros en
renta del _tres_, y recibir el dinero en billetes de banco. El vendedor
habia perdido mil duros para poder conseguir los quince mil prometidos
de mas que no tenia en caja. Sin eso, habría quedado deshonrado y
perdido ante el comercio de Barcelona. La sola palabra _dicho_,
pronunciada despues de una conversacion clara, cierra un contrato y lo
hace obligatorio.
Si un negociante que acaba de hacer un cobro se apercibe ántes de las
veinticuatro horas de que ha recibido algo de menos, por equivocacion,
va donde el pagador, reclama, y sin mas prueba que su palabra (si es
hombre conocido), recibe el déficit. Como todo se puede verificar luego,
no se piensa jamas que un negociante conocido pueda faltar á la verdad
ni cometer un fraude. Un pueblo donde la palabra tiene tan alto valor,
es evidentemente un pueblo honrado y activo.
* * * * *
El aislamiento relativo en que los Catalanes habian vivido respecto de
los Españoles, ha creado allí un pueblo distinto del ibero en todas sus
condiciones y especialísimo. Cataluña no se parece sino á Cataluña. El
espíritu de independencia, desarrollado por los hábitos marítimos y
comerciales, ha hecho calificar á los Catalanes de revoltosos é
ingobernables, y especialmente á su poblacion montañesa de _terrible_.
Eso es un error. Los verdaderos intratables son los que han querido
oprimir á los Catalanes y privarles de sus libertades tradicionales, su
lengua, sus costumbres y prosperidad. El montañes de Cataluña, el
valeroso habitante de _Puigcerdá_, no es el hombre feroz que se supone.
Si se le deja en paz es excelente, laborioso y muy accesible; pero si se
le ataca, es implacable en la guerra y no da tregua hasta que país queda
libre de enemigos. El guerrillero catalan fué el mas tremendo enemigo de
Napoleon, y será en todo tiempo una garantía para la independencia
española.
Tan cierto es que los Catalanes son opuestos á la guerra y tienen un
profundo espíritu de progreso, que siempre han solicitado la demolicion
de las fortificaciones, á fin de poder ensanchar sus ciudades, confiando
su defensa á los intereses mas bien que á los cañones de las gruesas
murallas. Apénas acaba de autorizarse la demolicion de una parte de esas
fortificaciones, y ya las ciudades de Barcelona y Tarragona crecen y se
mejoran y regeneran como por encanto. Dentro de pocos años Barcelona
será una vasta y hermosa capital de 350,000 habitantes.
No hay en el pueblo catalan un sentimiento mas hondamente arraigado que
el de la igualdad y la personalidad. Esto procede del amor al trabajo y
el respeto que allí se tiene por la industria. La muestra de su tienda ó
su taller es un verdadero blason para el artesano ó el tratante. El
hombre mas noble en Cataluña, es el que trabaja con mas teson,
inteligencia y probidad. Allí no hay mas aristocracia que la del
trabajo; y como todos trabajan, todos se tienen por iguales y se tratan
con una sencillez que permite la fusion de todas las clases sociales.
Si el Catalan es esencialmente independiente y liberal, el artesano es
mas. Un pobre tendero se cree soberano en su tienda, como el banquero en
su escritorio y el batelero en su lancha. De ahí viene cierta dignidad
altiva sin grosería, cierta conciencia de su personalidad, que impulsa
al Catalan á todos los géneros de trabajo imaginables y puros, pero que
le hace absolutamente incapaz de degradarse en ocupaciones innobles,
como la del rufian ó el trapacero. Allí todo el mundo está ocupado en
producir algo.
Si el batelero es por lo comun áspero y soez, como en todas partes, el
artesano es atento y el campesino afectuoso. Al llegar á Barcelona se
siente una penosísima impresion, causada por los muchos mendigos que
rodean y atormentan al extranjero. La mendicidad me pareció muy extraña
en una ciudad tan activa y opulenta. En breve supe que allí hay
excelentes institutos de caridad para recoger á los mendigos, cuidarles
y darles trabajo. Pero esos mendigos no son de Barcelona: vienen desde
lejanas poblaciones del interior á explotar á los extranjeros; pero
huyen y se esconden cada vez que se les quiere recoger, para reaparecer
luego en bandas errantes. Los mendigos son en España el rastro viviente
que han dejado los conventos y las instituciones viciosas.
Los Catalanes tienen dos cualidades muy fecundas para la industria y el
progreso moral: un alto espíritu de asociacion, y el puntillo de la
imitacion de todo lo bueno, para no quedarse atras. Todas las grandes
cosas, como las mas pasajeras, se hacen en Cataluña á virtud de la
asociacion. Las empresas de navegacion, de alumbrado y de diligencias,
los ferrocarriles, los bancos, las grandes fábricas, los institutos
numerosos de crédito, los teatros, los casinos, los cafés y hasta los
bailes y fiestas, proceden de asociaciones voluntarias, sin ninguna
ingerencia ni garantía de la autoridad.
De ese espíritu de sociabilidad resultan muy buenos efectos. Todo el
mundo se interesa en las empresas, todo anda bien y apriesa, nada decae,
y los monumentos de recreo, como los teatros, casinos, etc., están
siempre en auje, aunque muchas veces sin producir utilidades. Como todos
son accionistas en los teatros, todos concurren, y Barcelona tiene
siempre excelentes artistas.
Los pueblos catalanes son los primeros de España que han establecido el
alumbrado de gas, ferrocarriles, compañías de crédito y aseguros,
irrigaciones inteligentes y cuantas cosas distinguen la civilizacion
avanzada de Inglaterra y Francia. Todo progreso tiene inmediata acogida
entre los Catalanes; y, lo que es mas notable aun, sus progresos ó sus
obras son el resultado de sus propios esfuerzos y recursos. Sus
ferrocarriles (que son ya numerosos) son _catalanas_ casi en la absoluta
acepcion de la palabra. En Cataluña hasta los pueblos de tres mil
habitantes tienen su alumbrado de gas, y el vapor ruge en todas partes
como el motor de los grandes trabajos de fabricacion. Aparte de sus
carreteras excelentes, sus ferrocarriles, sus muchas líneas de
diligencias y sus centenares de buques de vela, los Catalanes tienen un
buen servicio de vapores para la navegacion internacional y costanera.
Por eso sus puertos están siempre llenos de buques que alimentan
poderosamente la actividad del pais.
El país catalan es sumamente agrícola, haciendo fuertes exportaciones en
vinos, aceites, frutas y otros muchos artículos. Es tambien comercial
por excelencia. Pero lo que le imprime su sello mas característico es la
industria fabril, que asemeja la Cataluña á una comarca inglesa. No hay
género de fabricacion que allí no tenga acogida, siendo los mas
importantes los tejidos de algodon, lana, seda y lino en grande escala,
y la fabricacion de papel de lino.
Prescindiendo de las importantes ciudades de Tarragona y Reus, de que
luego hablaré, y de las de Lérida y Gerona, que no tienen carácter
industrial, las poblaciones mas importantes de Cataluña son fabricantes
por excelencia. Despues de Barcelona, cuya produccion es muy fuerte y en
cuyo seno se centraliza todo el movimiento, merecen especial mencion las
siguientes:
_Mataró_, puerto de mar, con una extensa fabricacion variada y 17,000
almas.
_Manresa_, con 15,300.
_Sabadell_, con 14,000 y una fabricacion muy fuerte y avanzada.
_Vich_, con 14,000, importante tambien como centro agrícola.
_Badalona_, puerto vecino de Barcelona, con 10,500 almas.
_San Andres de Palomar_, con 10,000 habitantes.
_Tarrasa_, con 9,000, famosa por sus paños superiores. _Clot_, con
7,000 almas.
_Arenys de Mar_, con 5,000, notable tambien por sus tres excelentes
astilleros.
Cataluña, por la naturaleza de sus producciones, tiene activas
relaciones con todos los mercados del mundo. Aunque comienza á explotar
activamente sus turberas y minas de carbon, recibe de Inglaterra una
enorme suma de valores en hulla, para alimentar sus fábricas,
ferrocarriles y vapores. Los aceites catalanes van á ser purificados en
Francia, ó al consumo general del mundo, como sus populares y baratos
vinos. Sus tejidos abastecen no solo al pais, sino á algunos pueblos del
Nuevo Mundo, á donde va tambien su papel florete tan estimado por los
abogados y notarios y los gobiernos que adoran el papel sellado. El
Nuevo Mundo le envia á Cataluña sus algodones; Italia, Valencia y otros
paises sus sedas, cáñamos, etc.
El Catalan, aunque ama su pais, es esencialmente viajero. No hay un país
civilizado, en ámbos continentes, donde no se vea la tienda del
laborioso Catalan, repleta de los mas variados artículos españoles. El
habitante de Cataluña considera su país como una nacion. Jamas dice:
_soy Español_, sino: _soy Catalan_. Si las clases mejor educadas de la
sociedad hablan bien el español, cuando les es preciso, la multitud lo
conoce mal, y en muchos pueblos lo ignora absolutamente y habla solo el
catalan, idioma que abunda en consonantes fuertes y sobre todo en
sonidos agudos.
Tal es Cataluña, segun he podido comprenderla con un rapidísimo estudio.
Si mis impresiones son equivocadas, al ménos tienen la cualidad de ser
sinceras.
* * * * *
La interesante y bella Barcelona está dividida en sus dos partes,
antigua y moderna, por su espléndida calle de la _Rambla_ (que es
tambien un paseo), donde se encuentran los dos grandes teatros, algunos
suntuosos casinos, los mejores hoteles y cafés y los despachos de muchas
diligencias diarias. Al norte está la ciudad antigua, aunque muy
embellecida y renovada; al sur la nueva, con su hermoso paseo del
_Prado_. En los términos de la ciudad están: de un lado, cerca de
Barceloneta, la magnífica _plaza de Toros_ (monumento indispensable en
toda ciudad española), y entre ella y la ciudad dos de las estaciones de
ferrocarriles. Del otro lado, al poniente, hácia la llanura, parten los
otros dos ferrocarriles.
Barcelona, pues, está ligada á los pueblos interiores y de la costa por
cuatro ferrocarriles, y no muy tarde habrá terminado los que conducen á
Madrid, por Lérida y Zaragoza, á Valencia ó el sur, por Tarragona, y á
Francia, por Gerona.
Barcelona es interesante bajo todos aspectos, porque ha querido
conciliar la actividad económica con los goces refinados de la
civilizacion. Hablaré primero de los monumentos que visité rápidamente,
y luego de los rasgos de costumbres que pude percibir.
Barcelona es una ciudad antiquísima, en cuyos monumentos han dejado sus
huellas, mas ó ménos marcadas, las dominaciones diferentes. Sobre todo,
el arte romano y el gótico levantaron memorias de piedra que el tiempo
ha respetado. En general las casas tienen una planta sólida, elegante y
levantada, y hoy se hacen innumerables construcciones muy bellas, en las
cuales predomina siempre el estilo frances, realzado por lo pintoresco
de los verdes ó azules balconcillos del gusto español moderno.
Entre los monumentos profanos se distinguen, por su forma ó por la
importancia de lo que contienen: el Palacio de las Artes, hermoso
edificio de estilo del Renacimiento, que es al mismo tiempo Museo y
Bolsa; el famoso archivo _Real_, de la corona de Aragon, el mas precioso
de Europa en su género; la Biblioteca principal, muy considerable y bien
mantenida (aparte de otras tres y varios archivos); la Aduana, edificio
de grandes y bellas proporciones; y los teatros _Principal_ y del
_Liceo_ (hay otros subalternos), que son de los mejores en España. El
del Liceo es considerado como el mas grande de Europa, y es de una
sencillez elegante, pudiendo contener hasta 4,800 personas; pero su
enormidad misma y algunos defectos de acústica lo hacen inadecuado para
todo lo que no es ópera ruidosa.
Barcelona tiene ademas hermosos paseos, algunos jardines públicos, un
colegio-hospicio de sordo-mudos, y una multitud de establecimientos de
enseñanza y beneficencia, de muy variados objetos, que le hacen alto
honor á la capital de Cataluña. Como edificio histórico y curioso, es de
citarse el antiguo palacio de los reyes de Aragon.
Merecen particular atencion, entre los muchos monumentos religiosos (que
no tienen gran mérito artístico), la catedral y las iglesias de San
Jaime y San Miguel. La catedral, de estilo gótico del siglo XII, aunque
carece de atrevimiento en sus tres naves, tiene una majestad imponente
por su interior de sombría severidad. Al hallarse en medio de sus
veinticuatro enormes columnas y delante de su coro de severas y ricas
esculturas de madera, que se destaca en la sombra de los altos muros
tristes y desnudos, se cree uno como encerrado en una catacumba con las
osamentas de la edad media. Si el hermoso claustro, descubierto á la
intemperie, llama con justicia la atencion, lo mas interesante del
monumento son sus torres colosales asombrosamente suspendidas como en el
aire sobre el arco gigantesco de la testera del templo. Esa construccion
caprichosa en apariencia, pero que tiene su filosofía religiosa, es la
mas atrevida que he encontrado en toda la arquitectura gótica de España.
La pequeña iglesia ó capilla de _San Miguel_ no es curiosa sino por su
antigüedad y su tipo especial. Es una _cripta_ romana, profunda en el
centro, sombría como un refugio de proscritos y que está revelando la
infancia del arte cristiano. Al penetrar allí no puede uno ménos que
evocar todos los recuerdos de los mártires del cristianismo naciente.
Hay allí algo que guarda las tradiciones de la abnegacion y del heroismo
resignado del creyente.
Para tener una idea de las costumbres catalanas, basta echarse á pasear,
con el ojo alerta y el humor alegre, por la calle mercantil de _Fernando
sétimo,_ ó la ancha alameda de la _Rambla_, orillada por hoteles y
cafés. Una inmensa multitud circula por allí, sea matando el tiempo,
sea buscando los negocios ó algo que si es _negocio_ no está esento de
ser pecaminoso.
Las Francesas pululan, ligeras y provocadoras, arrastrando las anchas
colas de sus trajes, y distinguiéndose perfectamente de las Catalanas y
Españolas. Mientras que la Francesa aventurera hace conocer su artificio
y esconde bajo la gorra su cabeza de cabellos pobres, la Española
ostenta con garbo su rica mantilla, bate con maestría singular el
inolvidable abanico, marcha con gracia y donaire pero sin esforzarse en
la coqueteria, y arrebata con su tez suavemente morena, sus grandes y
negros ojos, su rica dentadura y su ampulosa cabellera recogida en un
elegante peinado ó en hermosas trenzas. Ella desdeña la prudente gorra,
teniendo su soberbia cabeza, y la cubre apénas con un pañuelo (si es de
noche) atado por debajo de la garganta no mas, ó con un chal de lana ó
algodon de colores graciosos, envuelto con mucha originalidad.
Si os fijais en los hombres, les vereis divagar (envueltos en la
inevitable capa española, algunas veces ricamente adornada) en grupos
mas ó menos bulliciosos ó siquiera por parejas, aspirando el humeante
cigarrillo, con la mirada abierta, listos á la chanzoneta, la voz
robusta y el andar ligero. En el teatro les vereis aplaudir con
entusiasmo, aunque no siempre con criterio; en el baile, cordiales y
contentos; en la mesa expansivos; en el carnaval hechos locos y muy
espirituales en sus sátiras y disfraces.
Donde mas se revela el espíritu de asociacion del Catalan es en el
casino ó el café. El catalan no se resigna jamas al aislamiento. Por eso
los cafés de Barcelona son la imágen de Babel. Centenares de hombres y
señoras se amontonan alli, en grupos animadísimos, formando una alegre
algazara que apaga casi los ecos del piano. En España hay la costumbre
de establecer un piano en cada gran café para amenizar el pasatiempo; y
todo el que va a uno de esos lugares, donde la democracia absoluta no
degenera en desórdenes, pasa cuatro ó cinco horas en tertulia sin dejar
refrescar el asiento. El pueblo español, en su mejor sociedad, se
congrega en la iglesia, la plaza de toros y el café.
Barcelona es residencia ordinaria de doce ó catorce cónsules
extranjeros, y ofrece amplias facilidades al viajero. Temiendo
entregarme desde muy temprano al martirio de las diligencias, tomé
pasaje en el vapor «Cataluña,» que iba para Hamburgo, y me dirigí á la
provincia de Tarragona. Sin haber tenido _amigos_ en Barcelona, confieso
que me alejé de su animado puerto con algun pesar. Aquel es un país
libre, de poblacion inteligente, activa y honrada, que me habia
impresionado muy agradablemente.
* * * * *
El Mediterráneo estaba tranquilo como un lago, y su silencio absoluto no
era interrumpido sino por el estridor de la maquinaria del vapor, y los
resoplidos que de tiempo en tiempo lanzaba ese dragon de hierro y de
vientre inflamado que se llama _locomotiva_. La luna iluminaba las ondas
deliciosamente, produciendo admirables reflejos en la limpia estela del
vapor. Pero la tierra estaba velada por las nieblas de la costa, y no
fué posible verla sino en el momento de entrar al siguiente dia en el
puerto de Tarragona.
Centenares de presidiarios trabajaban allí en terminar el puerto con una
gran muralla edificada entre las ondas. Al mismo tiempo entraba un bote
guarda-costa tripulado por diez y seis conscritos de las _quintas_ de
marina. Así, la casualidad me presentaba en contraste dos clases de
presidiarios: los unos, condenados por la justicia social, como
_criminales_; los otros, condenados por la _suerte_ á servir en la
marina, por el solo hecho de ser _Españoles_, ¡Qué sarcasmo legal!
Puesto que el mundo tiene presidios todavía, pasemos adelante,
Una pintoresca llanura con suaves ondulaciones, primorosamente
cultivada, sembrada de pequeñas y alegres poblaciones, y de una
melancolía deliciosa, se extiende por el espacio de 30 kilómetros entre
la costa del Mediterráneo y un cordon de bajos y redondos cerros que
arrancan desde Teruel para seguir paralelos al mar hácia el norte de
Cataluña. Tarragona, situada en una eminencia de la costa á 760 piés
sobre el nivel del mar, y Reus, que reposa en la llanura, son las
principales ciudades de esa provincia catalana.
El orígen de Tarragona es antiquísimo, y tanto que remonta á la
dominación fenicia. Segun la tradicion, el inolvidable Poncio Pilato
nació allí (así como el emperador Trajano), y fué gobernador ó procónsul
de la ciudad en tiempos en que ella tenia la friolera de millon y medio
de habitantes. Hoy no cuenta sino 22,000, pero va en rápida
resurreccion, á virtud del ferrocarril que la enlaza á Reus y de la
demolicion de una gran parte de sus fortificaciones.
Si el guarismo de la antigua poblacion es exagerado, al menos las vastas
ruinas que la rodean y los monumentos romanos que se conservan hasta una
legua de distancia, revelan que la antigua ciudad, establecida sobre las
márgenes del rio Francolí, é incendiada en distintas épocas, fué muy
considerable y de grande importancia. La pobre ciudad de hoy ha vegetado
por siglos encerrada en su cárcel de piedra (sus fortificaciones), esa
tortura secular que el genio de la guerra ha impuesto á los pueblos
fronterizos. Por mucho tiempo Tarragona, trepada en su colina y
divorciada del puerto por las murallas que la estrangulaban, no ha sido
sino un apacible nido de canónigos, gorjeando en su catedral gótica, en
medio de inscripciones, lápidas y escombros.
Tarragona, en efecto, es un cementerio de las razas y civilizaciones
diferentes y sucesivas. Por cada calle que se recorre, el pié tropieza
con algo que parece ser un pedazo del cadáver colosal de Roma. Donde
quiera se ve alguna inscripcion romana, byzantina ó gótica, grabada en
alguna lápida que un albañil iliterato ajustó de lado ó á la inversa en
el muro remendado de alguna casa de menguado aspecto. Entre las baldosas
de las calles, en los portales, las escaleras, los patios y los
corredores de las casas, se ven en increible abundancia ó losas de
leyenda confusa, ó bustos deteriorados y truncos, ó columnas dislocadas
y de formas diversas. Aquella ciudad es en gran parte una ruina formada
con escombros antiquísimos, que el tiempo habia dispersado en la falda y
al pié de la colina.
A una legua de distancia se ven todavía dos monumentos incompletos y en
ruina: la _Torre de los Escipiones_, de carácter sepulcral, conservando
apénas una elevacion de 30 piés, y el llamado _puente de las Ferreras_,
admirable acueducto que ligaba dos altas colinas para conducir las aguas
potables á Tarragona. Todo el terreno circunvecino está cuajado de
escombros, y cada vez que el arado pasa por allí arranca de entre la
tierra algun músculo marmóreo de esa civilizacion romana inhumada por
los siglos allí.
La mencion de esas ruinas me hace recordar una anécdota de viaje. No
resisto á la tentacion de contarla, porque ella manifiesta uno de los
rasgos característicos del pueblo inglés, tan prosáico y excéntrico al
mismo tiempo.
Pocas horas antes de embarcarme en Marsella, llegó al hotel donde yo
estaba un caballero inglés muy serióte, de porte distinguido y con toda
la filiacion de un _turista_ ó aficionado á viajes. Sentóse á la mesa, y
habiendo oido decir que un vapor iba á partir para Barcelona,
desapareció pocos momentos despues.
Cuando fuí á bordo, al instalarme en un camarote, encontré al
parsimonioso insular establecido en la tarima superior, tocándome la de
abajo. Quise saludarle, á fuer de compañero de habitacion, pero no se
dignó mirarme sino con la esquina de un ojo. El insular, como todos sus
compatriotas que viajan, tenia vieja amistad con el mar, y el puente del
vapor le gustaba de preferencia. Yo, entretanto, leia ó dormia en el
camarote, una vez que se perdió de vista la costa de Marsella.
Al dia siguiente oí desde mi alcoba, en el hotel de las «Cuatro
naciones», en Barcelona, que en la pieza contigua silbaba alguno el
himno británico _God save the queen_. Era el Inglés consabido, instalado
á quema ropa, Al sentarme á la mesa, segun mi número, el Inglés quedó á
mi derecha, mano á mano; pero no me miró tampoco. Durante muchos dias
yo rabiaba por entablar conversacion, olvidando que si yo era expansivo
á fuer de Colombiano-español, mi vecino era de la raza taciturna y
ceremoniosa de _John Bull_. Todo lo que pude arrancarle, al cabo de
cinco dias, fué un _thank you, sir,_ sordamente pronunciado, por haberle
acercado un plato de naranjas.
Un dia desapareció mi insular. Confieso que me hizo falta ese compañero
mudo, que me picaba la curiosidad por su reserva. Por la noche subí á
bordo del vapor «Cataluña». Al irme á acostar, hallé en la tarima
superior de mi camarote un bulto con barbas rojas y cabellera crespa y
rubia, que roncaba con la franqueza de un ciudadano libre. ¡Era mi
Inglés!... Pero aquello era ya un progreso: el hombre renunciaba á su
silencio absoluto, puesto que roncaba.
Al dia siguiente, cuando me vió salir de debajo de su tarima, el insular
se sonrió, mirándome con una mezcla de recelo y curiosidad. Sin duda
hacia la observacion de que si él era mi sombra de viaje yo era también
la suya. Le saludé, y apénas hizo el sacrificio de inclinar la cabeza.
Despues nos tuvimos que sentar juntos á la mesa á fuer de vecinos.
Cuando el vapor hizo escala en Tarragona, por veinticuatro horas, para
tomar carga, salté á tierra y fuí á recorrer la ciudad y los
alderredores. Tres horas despues, cuando contemplaba las ruinas de que
he hablado, ví al pié de un árbol un hombre que tenia en la mano una
cartera de dibujo.... Era mi Inglés, que tomaba el diseño de unas ruinas
confundidas con un grupo de árboles, cerca del rio Francolí.