con mas extravagancia las modas y toda clase de invenciones. Allí falta
en general la verdadera elegancia,--la que consiste en la sencillez y el
gusto delicado,--y hasta en el modo de insinuarse las gentes de la clase
media y de las masas hay un fondo de grosería y de insolencia, no sé qué
de tosco y áspero que repele y produce disgusto. Allí faltan ese
pulimento y esa gracia que cautivan, y que son siempre el resultado de
la educacion social y de los espectáculos que le inspiran á la multitud
el gusto por el arte y la espontaneidad seductora en las maneras. Como
en Lóndres todo es frio y severo, cuando no sucio, en los edificios
públicos, el pueblo no ha podido hacerse fino ni simpático. Y como la
libertad individual no está unida á la igualdad social, sino que el
orgullo de las aristocracias ha establecido una valla profunda entre las
clases, todo el mundo, altivo con su personalidad é insociable, se cree
con derecho de ser brusco y ordinario en su porte, sin cuidarse del
efecto que produce su modo de insinuarse. Allí se considera tiempo
perdido el segundo que se gasta en saludar ó pronunciar una frase cortés
y agradable. El interes domina en todo y cada palabra tiene su precio.
Recuerdo à propósito de esto un incidente que me impresionó mucho. Una
noche, paseándome por _Regent Street_, tropecé con una mujer hermosísima
y lujosamente vestida, que me miró al pasar, como por casualidad.
Despues de dar dos ó tres pasos dejó caer un pañuelo de olan, y yo con
mis preocupaciones colombianas de consideracion hácia las señoras,
tomándola por tal, levanté el pañuelo y quitándome el sombrero para
saludarla con respeto, le presenté su perfumado batista. La contestacion
fué darme un apreton en la mano, muy significativo, y engarzar su brazo
del mio sin decir una palabra. Lleno de admiracion, la miré con
estrañeza, apartándome, para hacerle comprender que sin duda se habia
equivocado; pero sin desplegar los labios volvió á darme un apreton
capaz de magullarme el brazo, Entónces comprendí que estaba al lado de
una indigna _loreta_ y le volví la espalda con desprecio. Mas tarde supe
que esas bellas y lujosas cortesanas, que se cruzan á millares por las
calles de Lóndres, se valian siempre de artificios como el del pañuelo
para sus impudentes provocaciones.
Todas esas mujeres son como estatuas, á juzgar por su exterior. Hermosas
admirablemente, frias y calculadoras, sin gracia ninguna en su actitud,
recargadas de seda, volantes y cadenas (fruto de su degradacion), y
siempre con el ojo atento á adivinar al extranjero que pasa por delante
para atraerle con demostraciones descaradas, esas mujeres son la
ignominia mayor de Lóndres, mil veces mas despreciables que el ratero ó
el mendigo borracho á quien pisan al pasar. Feliz el viajero que,
sabiendo estimar su propia dignidad y toda la santidad y el
espiritualismo del amor, desdeña á esas mujeres,--mercancías que se
venden públicamente al mejor postor, sin pensar en el hospital que las
aguarda para el tiempo de la miseria, la fealdad y el remordimiento!
Uno de los rasgos característicos de Inglaterra es la tendencia hácia la
ostentacion aristocrática, que se manifiesta en todas las clases, y
sobre todo ¡quien lo creyera! en los mendigos y las gentes mas
miserables. En Inglaterra, y particularmente en Lóndres, el indigente
carece de la _conciencia_ de su posicion. Si hay un estado que exija
mayor dignidad ó estimacion de sí mismo para soportarlo, es el de la
pobreza. El indigente debe llevar en su exterior _la lógica de su
indigencia_, que es su dignidad. Pero eso no sucede en Lóndres, la
tierra clásica de la _librea_ y la ostentacion. El mendigo se viste como
el lord, con la casaca del conde ó baronet, del banquero ó del ministro,
con la diferencia de que los vestidos de estos son brillantes, limpios y
magníficos, miéntras que sobre los miembros del obrero enhambrecido ó
del indigente que pide limosna están asquerosos y hechos hilachas.
He visto innumerables fruteras en las calles con gorras y chales de las
señoras aristocráticas;--los limpiabotas cubiertos de oropeles y
bordados, y los salta-caños y _chimny-sweepers_ (frotadores de
chimeneas) ataviados con casacas y sombreros que en su primera época de
servicio activo cubrieron á millonarios y lores del Parlamento. ¿Por qué
esos disfraces innobles y ridículos que hacen de la escena pública un
carnaval? El espíritu aristocrático y la vanidad los explican. El lacayo
hereda los ricos vestidos del amo, ya usados;--el mercader de trapos se
los compra al lacayo cuando están viejos;--el remendon y el limpia-botas
los toman del ropavejero, ya remendados, y al fin, cuando los harapos
galonados empiezan á deshacerse de viejos é inmundos, llegan hasta donde
el mendigo ó el salta-caños, en cambio de algunos peniques. ¡Tal es la
sucesion de las clases sociales en Lóndres! Ellas descienden de lo mas
alto hasta lo mas bajo, sin que en todas las gradas de la escala falten
el orgullo, la vanidad y el espíritu de ostentacion é imitacion.
Es increible hasta dónde llega la fecunda inventiva de los vagamundos,
los caballeros de industria, grandes y pequeños, y los perezosos é
indigentes, para crearse pequeñas manipulaciones y oficios de
explotacion de los ociosos, en infinita variedad. Podrian escribirse
volúmenes enteros solo para explicar las mas conocidas de esas _pequeñas
industrias_ que ocupan á los que quieren vivir en la vagancia,
degradándose en las calles con ejercicios que son el deshonor de la
sociedad, porque presentan al sér racional como inferior al bruto. Entre
esas industrias hay una que tiene verdadera utilidad, pero que provoca
la risa por su original extravagancia: la del _hombre-aviso_. Como
Inglaterra es el país de los anuncios y los rótulos en supremo grado, no
se considera bastante hacerlos circular en los diarios y en los
cartulones de las esquinas, y así como hay _individuos-escobas_ y de
peor condicion aun, hay _hombres-avisos_. El hombre-aviso es de dos
especies: parlante ó _berreante_, y de _bulto_; el primero no tiene mas
oficio que andar por las calles dando gritos atroces, que parecen
graznidos de un ganso, cuando no berridos de un ternero, haciendo saber
al público un suceso industrial cualquiera, con la direccion del
empresario ó interesado en el asunto. El segundo es un aviso mudo: el
pobre diablo va metido entre un enorme farol de papel ó de género
blanco, iluminado durante la noche, en cuyas cuatro faces está escrito
en letras monumentales el anuncio de alguna empresa, artículo en venta ó
cualquier otro objeto; y la obligacion del portador ó esquina ambulante
es vagamundear por todo Lóndres, en absoluto silencio, mostrando su
armazon elocuente, y soliendo á veces, por via de figura oratoria,
estrellar su farol contra las narices de algun pasante distraido. El
_hombre-aviso_ gana por dia tres, cuatro ó seis peniques, cuando mejor
le va!
Si en general los saltimbancos innumerables de las calles no inspiran
sino desprecio por su desvergüenza en escamotar, y si los mil y mil
vagamundos de órgano berberisco llevan su impertinencia hasta hacer
desesperar, hay entre las muchas clases de artistas y pobres ambulantes
una que suele inspirar simpatías al viajero:--es la de los músicos.
Verdad es que muchas veces el músico de callejuela ó de plaza no es mas
que un perezoso y un vulgar rascador de violin ó de arpa, sin gracia ni
atractivo alguno; pero de tiempo en tiempo se da con bandas de
verdaderos artistas nómades que encantan y merecen aplausos y favor.
En una de mis nocturnas excursiones en Lóndres me hallé cerca de siete ú
ocho músicos italianos que daban un concierto público en una esquina de
la gran calle del _Regente_. La tropa tenia mucha popularidad, porque se
componia de proscritos Italianos de Milan, Venecia, Roma y Nápoles,
hombres de familias honradas, y que careciendo de recursos para
subsistir habian organizado una compañía filarmónica para no ser
gravosos á nadie y vivir honradamente. Como en Italia todo el mundo sabe
algo de música, y el pueblo entero es artista, fácilmente se forma con
Italianos proscritos una banda escogida.
Creo que jamas la música me habia impresionado tanto como aquella noche.
Los ocho artistas tocaban por nota deliciosamente, sobresaliendo en el
violin y la flauta, y pude saborear las admirables cavatinas y
particiones de _Norma, il Trovatore, la Traviata_ y el _Himno de
Italia_. Aquellas armonías,--los recuerdos de Colombia que me hacian
evocar,--esas caras varoniles, de barba negra y crespa, llenas de la
melancolía del proscrito y de la del artista,--el efecto de la
iluminacion sobre el inmenso grupo de espectadores, y sobre todo, la
profunda emocion con que el concierto me hacia pensar en la desventurada
y noble Italia, cuyos hijos sufrían la esclavitud, el calabozo ó la
proscripcion, sin perder nunca la esperanza de la libertad y la
independencia: todo eso contribuyó á dejar en mi alma un sentimiento de
indefinible pesar que no he olvidado nunca. Después de poner mi óbolo
humilde en él gorro de uno de los artistas proscritos, me alejé
acongojado, sintiendo que llevaba en mi oido como el eco vago de los
últimos aires del himno italiano, y orgulloso de haber nacido en el seno
de la democracia para poder ofrecer desde el fondo de mi corazon un voto
de fraternidad á los hermanos oprimidos.
Cuando volvía pensativo, en la dirección de _Hyde Park_, pasando por
entre los grupos animados de la opulenta calle de _Oxford_, me decía con
tristeza: «¿De qué sirve toda esta grandeza deslumbradora, si ella es el
testimonio de un malestar profundo consistente en las mas crueles y
dolorosas desigualdades? ¿Es esta la civilización? ¿Es este el progreso,
ó es mas bien la decadencia? ¿Esta sociedad no está en peligro inminente
de una descomposición completa? ¿Este coloso que se llama Inglaterra no
está minado por su base?» No encontrando fácil solucion á tales
problemas, y comparando á Lóndres con los pobres pueblos de Colombia me
dije luego: «Nó! la civilizacion no es el refinamiento del bien y del
mal, no es la exuberancia de prodigios, de invencíones y
descubrimientos! La civilizacion es _justicia_, es el acuerdo de la
sociedad con la naturaleza, es la armonía de los hechos humanos con el
derecho eterno y divino, es la equidad en la distribucion del
bien--herencia divina--no del mal, que es un accidente del error! Ese
heróico y hospitalario pueblo de Colombia no es una sociedad bárbara,
como la califican los afortunados en Europa, puesto que allá ninguno se
muere de hambre, la igualdad avanza dia por dia, el corazon es generoso,
la nocion de la justicia es mas general, y el desgraciado no necesita
para buscar la subsistencia de entregarse á oficios infamantes que
degradan el alma, envenenan el corazon y hacen descender la humanidad
hasta el nivel del bruto!...»
* * * * *
Solo á los genios privilegiados es dado adquirir la nocion de la verdad
por intuicion; el comun de los hombres no conoce otra via que la de la
comparacion. Como en las cosas humanas casi todas las verdades son
relativas, porque lo absoluto en la tierra excluye la idea del progreso
indefinido, nada puede conducir el espíritu hácia la luz tanto como la
observacion de los contrastes.
Lóndres, esa mole colosal de grandeza y podredumbre, de oro y de hierro,
como de lodo y amarguras, es por excelencia la metrópoli del
romanticismo social. Allí el drama se confunde con la comedia, como el
millonario se codea con el mendigo, el dandy superficial y afeminado con
el bandido de larga experiencia en los misterios del crímen, y la
elegante y bellísima lady de esmerada cultura y candorosa pureza con la
meretriz infame que vive del inmundo comercio de la lujuria.
Pero el tiempo y el desórden en las construcciones de la gran ciudad han
confundido los escenarios del drama, de tal manera que el observador no
necesita de largas peregrinaciones al traves de los barrios desiertos
para descender al abismo de miseria y degradacion que se esconde bajo el
oropel y la ostentosa opulencia de una industria exuberante pero viciosa
en su organismo. El cuadro se ofrece allí con una pasmosa energía,
presentando á la sociedad de Lóndres como uno de esos suntuosos
palacios, entre cuyos bajos relieves, mármoles, cornisas doradas y
preciosos mosaicos se complace la brutalidad de los ociosos en trazar
caricaturas y mamarrachos con carbon, ó pegotear inmundicias de todo
género.
No tuve en 1868 tiempo para estudiar detenidamente las condiciones de la
sociedad inglesa, ni aún de Lóndres siquiera, y si pretendiese pasar por
conocedor, cien libros me servirían para ostentar el barniz del viajero
erudito. Pero mi propósito es describir mis propias impresiones, no las
ajenas, y por tanto mis pequeños cuadros solo pueden abarcar algunos
pormenores. Mas tarde debía adquirir, en un viaje completo por la Gran
Bretaña, las nociones que me faltaban. Entretanto, pintaré lo que _he
visto_, rápidamente es cierto, pero guiado por el deseo de encontrar la
verdad.
Lóndres tiene aglomeradas sus principales miserias en el inmenso barrio
de _Southwark_ comprendido entre la parte fronteriza de los _Docks de
Lóndres y Vauxháll Gardens_, con el Támesis de por medio que lo separa
de los cuarteles de _Westminsfer_, el _Strand_ y la _City_,--y ademas en
el corazon de los barrios mas activos y opulentos de la vieja ciudad. En
el primero de esos territorios de la miseria viven amontonados,
enhambrecidos y generalmente miserables, mas de novecientos mil
individuos. Allí se encuentran fábricas valiosas y en número muy
considerable, tienen su término tres grandes líneas de ferrocarriles,
hay cinco ó seis pequeños parques ó jardines públicos, vastas arterias
de comunicacion y un gran movimiento que ensordece,--no obstante que, en
lo general, esa es la peor de las inmensas porciones de poblacion que
constituyen á Lóndres.
¡Pero qué de tristes compensaciones de lo que en ese barrio interminable
revela algun bienestar! Es allí donde viven los ociosos amontonados como
brutos, harapientos, semi-proscritos como gitanos, lívidos como el
hambre que los devora, y hormigueando en las callejuelas, los sucios y
ennegrecidos patios y las cloacas, como semilleros de gusanos. Es allí
donde vagan ciento ó doscientos mil obreros sin trabajo, levantando su
triste clamoreo por do quiera, ostentando sus harapos, pidiendo limosna
á todo el mundo, aplacando el pesar con la embriaguez, y ofreciendo en
sus riñas, sus escenas de pugilato y sus mil actos de brutalidad
salvaje el espectáculo de la cólera, la degradacion y la miseria á que
la falta de trabajo, la absoluta ignorancia y los vicios de la ociosidad
los han conducido.
Pero el cuadro es muy extenso. Como una enorme serpiente que enrosca sus
anillos y se intercala por entre las hendeduras de un viejo tronco
roido, dejándose ver de trecho en trecho, pero asida á todas las
sinuosidades, la miseria oprime á Lóndres y la estrecha en todas
direcciones, asoma en todos los barrios y parece asfixiar con su aliento
y su presion horrible á la parte de la sociedad que vive en la
abundancia ó en la loca indolencia del lujo sibarita. Varias veces, al
recorrer las brillantes calles de _Oxford_ y el _Regente_, las bellas
plazas cubiertas de jardines (_squares_) ó las calles enlosadas, ámplias
y repletas de gente en actividad incesante, donde se ostentan los
tesoros del _Strand_ y de la _City_,--tesoros de arte, de elegancia, de
industria colosal y maravillosamente avanzada;--al recorrer esas calles,
repito, pensaba con tristeza que á dos pasos de allí está una raza
proscrita del bien y de la vida,--raza de mendigos y bandidos, de
prostitutas y muchachos hambrientos, de criaturas condenadas á la mas
espantosa degeneracion, que se revuelcan en el fango físico y moral,
como un sarcasmo animado que desmiente la civilizacion sofística de los
barrios vecinos.
Los barrios que sirven de asilo ó de foco principal á esa raza degradada
son los de _Saint Giles, Spitalfields, Bethnal-Green_ y _White-Chapel_;
pero no todos tienen el mismo destino ni una situacion análoga. Si
_San-Gil_ ocupa el centro mismo de Lóndres y es principalmente el barrio
de la indigencia, la inmundicia y la suprema desnudez,--_Bethnal-Green_
y _Spitalfields_ son los asientos del vicio en todas sus formas y con
toda la hediondez de la crápula infame,--en tanto que _White-Chapel_,
que recoge sus reclutas en las filas de la miseria, es la espantosa
madriguera del crímen. El ser que en _San-Gil_ es mendigo hambriento y
lastimoso, en _Bethnal-Green_ es jugador, concupiscente y ebrio, y en
_White-Chapel_ se convierte en bandido.
No pude tener ni el tiempo ni las facilidades necesarias para visitar
con _provecho_ los barrios de _Bethnal-Green, White-Chapel y
Spitalfields_, muy excéntricos y complicados pero vecinos de las
extremidades lejanas de la _City_. Hube, pues, de limitarme á _San-Gil_,
á donde es fácil penetrar por cualquiera de las grandes calles del
centro aristocrático. Y con todo, mis visitas, que no pasaron de dos,
fueron diurnas, escogiendo algunas de las callejuelas mas horribles,
como la de _Church-Lane_, tan á la vista de todo el mundo que desemboca
nada ménos que en la espléndida calle de _Oxford_ y el _Strand_.
El barrio de _San-Gil_ está enclavado, como un cangro ulcerado y fétido,
entre las magníficas vias públicas de _Picadilly_, la plaza de
_Trafalgar_, el _Strand_ y las calles de _Regent, Oxford_ y _Holborn_.
Una red inescrutable de callejuelas oscuras y estrechísimas, de patios
húmedos ó infectos, de calles tapadas ó laberintos sin salida, de cuevas
y guaridas horribles, con alguna que otra plazuela que horripila por su
mugre,--tal es la estructura exterior ú ostensible del barrio de la
muerte que se llama _San-Gil_! Dicen que aquello es aún mas espantoso
durante la noche que en el dia; y lo creo así, porque aún á la luz
nebulosa de las doce de la mañana sentí, al recorrer una parte de ese
laberinto, una impresion de angustia, de dolor y espanto que jamas habia
experimentado. Los cabellos se me erizaban, la carne me temblaba, sentia
la sangre helada y la respiracion difícil, y algo como un sudor frio,
como un vértigo de horror, me hizo, despues de dos horas de exámen la
primera vez, decirle al amigo bondadoso que me guiaba: «¡Salgamos,
salgamos de aquí, porque en esta cloaca se siente la tentacion de
blasfemar, se pierde la esperanza, la vida se esconde bajo el fango y se
adquiere una idea de la degradacion humana que abruma y trastorna la
razón....» Muchas de aquellas callejuelas se hallaban, aún á medio dia,
en una oscuridad casi completa, producida por la estrechez de las casas
y la elevacion de los muros; y muchos de los patios, los vericuetos y
las encrucijadas de aquel cementerio de cadáveres ambulantes, tenian el
frio, la fetidez y todo el aspecto de una fosa de cien cuerpos removida
por los cerdos.... Donde quiera la oscuridad, cien agujeros sombríos, la
humedad glacial, el fango pútrido, los muros negros y medrosos, los
depósitos de inmundicias, los harapos enmohecidos por la mugre flotando
delante de las troneras irregulares habilitadas con el carácter de
puertas y ventanas.... Y al pié de cada uno de esos edificios cubiertos
de ollín y de lama húmeda, una tumba subterránea! Allí no hay mas que
tumbas, porque no hay mas objetos que abrigar que enjambres de
esqueletos disecados por el hambre, la impiedad y la prostitucion!...
Como los edificios tienen cuatro, cinco ó siete pisos exteriores y las
aceras distan entre sí dos, tres ó cuatro metros, cada callejuela tiene
el aspecto de un abismo ó de una grieta enorme producida por algun
terremoto en los estratos rocallosos de una montaña caliza. Los pisos
ostensibles ó visibles se componen de una multitud de cuartos ó alcobas
de lamentable desnudez, sin aire, luz ni fuego, amontonados en desórden,
y á donde los miserables inquilinos trepan por andamios medrosos que no
merecen el nombre de escaleras. Y sinembargo, como todo en el mundo
tiene sus gradaciones, esas habitaciones, que son las de _la
aristocracia de la miseria_, parecen paraísos en comparacion de las
cloacas subterráneas que constituyen la base de cada uno de esos
palacios de la lujuria en harapos y del hambre y la intemperancia!
--¿Tiene U. valor para entrar?--me dijo mi amigo _cicerone_, mostrándome
un agujero practicado al pié del muro exterior de una casa mohosa.
--¿Entrar á dónde?--le contesté.
--Pues...al infierno! me repuso con profunda emocion.--Sí; aquí _vive_
una parte de la especie humana, de la Europa _civilizada_,--en el
corazon de Lóndres, como el enjambre de gusanos que vive en el centro de
una hermosa fruta. Vea Ud.; asómese por ese hueco, y dígame despues si
su Nuevo Mundo no vale mucho mas que esta podredumbre dorada....
En efecto, tuve valor para acercarme y ver.... Una estrecha escalera de
piedra bruta descendia de la abertura ó _puerta_, practicada al pié del
muro, al fondo de una cueva ó sótano húmedo y pestilente, sin mas luz
que la muy confusa que entraba de la calle por entre los barrotes de una
reja de hierro. El piso de esa cloaca era de tierra apénas apretada y
estaba casi todo cubierto de montones de paja sucia y empapada por la
humedad. Ningun mueble se veia en el centro, y solo en dos rincones se
destacaban las sombras de algunas esteras de tamo en forma de colchones
enrollados.
Entre uno de los montones de paja se movia un pequeño objeto
revolcándose sobre algunos harapos: un grito agudo me hizo ver que era
un niño. Muy cerca estaba sobre otro monton de tamo una vieja tullida
que pocos momentos despues se arrastró sobre las manos y las rodillas
para recoger la limosna que mi compañero le arrojó desde la escalera. En
otro rincon roncaba un hombre, con ese estertor característico del sueño
brutal de la embriaguez, tirado como un tronco negro, y á su lado se
rascaba un perro que empezó á gruñir con desconfianza al vernos aparecer
sobre la cima de la escalera. Cuando saqué la cabeza al aire ménos
infecto de la callejuela, sentí como si me hubiesen sometido á la accion
mortal de una máquina neumática....
--Oh! esto es espantoso! exclamé al respirar. No es posible que criatura
humana viva allí....
--Y sinembargo, me dijo mi compañero, U. no ha visto sino la muestra. La
cueva está vacía porque sus habitantes andan ahora por las calles
opulentas buscando la subsistencia con la mendicidad, el hurto ratero,
los mas viles _oficios_, los tratos de la prostitucion, ó los
desperdicios, huesos y cortezas que recogen en las orillas de los caños
ó en las puertas de los mercados y las tiendas de víveres. Cuando llegan
las ocho de la noche, se ve un largo cordon de miserables que vuelven
lentamente por sus oscuras callejuelas á buscar el rincon de sus
cloacas. Hombres y mujeres, ancianos y niños, adultos que pasan de la
pubertad á la vejez del cuerpo y del alma con una precocidad increible,
por la accion de los vicios y de las privaciones,--todos van entrando,
descendiendo esa escalera y aglomerándose como los insectos sobre una
charca pútrida, para pasar allí la noche, confundidos, revueltos, medio
ebrios, medio idiotas, extenuados de fatiga y hambrientos,--odiándose á
veces mútuamente,--sin conciencia de su ser,--ni nocion de Dios, ni amor
á la humanidad, ni resignacion, ni remordimiento, ni aspiraciones, ni
esperanza....
--Hebetados por la miseria (continuó diciendo mi guia), estos seres no
distinguen lo pasado de lo presente ni del porvenir, y como el bruto,
solo comprenden que existen porque tienen hambre ó sed, cansancio ó
frio, paja dura ó sueño.... El dolor no tiene para ellos ninguna
significacion moral; su espíritu ha muerto asfixiado por la inmundicia
que rodea la materia! Y apesar del hambre y del dolor físico, esos séres
que se amontonan allí sobre esa paja enmohecida por la humedad, buscan
frecuentemente los deleites asquerosos de la concupiscencia! Ahí los
sexos se confunden, y entre las 30 ó 40 personas que yacen en el fondo
de la cloaca sombría, suceden cosas que solo el ojo impasible de Dios
puede mirar sin estremecimiento, y que no tienen nombre en el
vocabulario de la civilización....
--Pero esas gentes que viven en los pisos altos ¿cómo pueden habitar tan
espantosa madriguera?--le dije á mi interlocutor.