Por todas partes se cruzan las acequias, en una red inteligentemente

preparada, para la irrigacion de los campos; el obrero trabaja con

laboriosa asiduidad aún en medio de los depósitos de nieve que salpican

de trecho en trecho los setos de las llanuras y blanquean bajo la sombra

oscura de los pinos y abetos; innumerables quintas y casas campestres de

construccion pintoresca y caprichosa, se destacan en todos sentidos de

entre los grupos de pinos enanos y los jardines y huertos; los puentes,

los caminos vecinales, los pequeños diques de irrigacion, las fábricas

y los rediles se multiplican hasta lo infinito, dándole al inmenso

cuadro los mas graciosos contornos; y de tiempo en tiempo se alcanza á

ver el grupo encantador de las casas de alguna pequeña ciudad, dominada

por las altas torres de las iglesias, católicas y protestantes, miéntras

que atras oscurece la perspectiva el ancho lomo de alguna colina

cubierta de negros pinos repartidos en interminables callejuelas

sombrías, ó brilla á la luz momentánea del sol algun pequeño rio de

graciosa configuracion.

Al recorrer los campos de Inglaterra se comprende el misterio de la

grandeza universal que favorece á esa nacion, porque se ve que aquel

pueblo, que vive como en el puente de un inmenso navío flotando entre

dos mares, ha comprendido que su aislamiento físico le impone la

necesidad de desarrollar simultáneamente todos los intereses. En

presencia de la riqueza británica no se sabe qué decir de su

carácter,--si es agrícola, industrial ó comercial,--porque lo es todo, y

en alto grado en todo. La agricultura inglesa no tiene rival en Europa,

por su irrigacion, su régimen de cultivo, la educacion de las crias, sus

instrumentos de labor, sus excelentes abonos, la fecundidad del suelo,

la paciente laboriosidad de los obreros y otras circunstancias.

Pero si al recorrer los campos se cree que Inglaterra es principalmente

agrícola,--despues se la juzga fabricante al visitar las inmensas,

poderosas é innumerables fábricas de sus catorce ciudades

manufactureras, así como al conocer á Lóndres, Liverpool, Bristol,

Southampton y otros muchos puertos de mar y de rio se inclina el viajero

á reconocer que el carácter comercial es el predominante. Al cabo es

preciso persuadirse de que Inglaterra es todo en primera línea, excepto

espiritual y artística, pues sus géneros de trabajo son los que los

especuladores llaman _positivos_, como, si todo lo que es útil en el

mundo no produjese riqueza.

Las mas importantes ciudades del tránsito, entre Southampton y Lóndres,

son las de Winchester y Bishopstoke. La primera es de gran celebridad

histórica y bien considerable por su poblacion y su sociedad literata;

es el asiento de un arzobispado de primer órden, y á parte del mérito

de muchos de sus edificios antiguos tiene una famosa catedral de

arquitectura gótica que es uno de los mas notables monumentos de

Inglaterra y aún de toda la Europa. El exterior es imponente y

majestuoso por su tamaño y por el carácter secular y admirable de su

arquitectura,--y el interior tiene mil primores de arte y reliquias

históricas (no obstante que es catedral protestante) que son

consideradas como de mucho valor.

Bishopstoke es mucho mas reducida en todos sentidos, y es una ciudad

prosáica y sin particularidad alguna en lo material, pero tiene su

especialidad para la agricultura y el comercio que la hace notable. Es

un gran mercado de quesos, tan valioso, que de allí parten para todo el

país y el extranjero valores muy considerables en ese artículo que es al

mismo tiempo fruto pecuario y fabril.

La igualdad del terreno, que es perfectamente plano para el viajero, y

la multitud de puentes secos, _tunels_ y bosques de pinos en todo el

trayecto, no permiten registrar de lejos el inmenso panorama de Lóndres.

El viajero presiente que va á llegar, porque ve que los jardines, los

parques, los caminos y las quintas se multiplican de un modo prodigioso,

y siente muy cerca, casi de minuto en minuto, los silbidos de las

locomotivas que arrastran los trenes de otras líneas cercanas de

ferrocarriles dirigidas a la colosal metrópoli. Al fin se alcanza á ver

una larga fila de colinas, á la derecha, poblada de arrabales de Lóndres

y de castillos y quintas; luego se descubre á la izquierda la primorosa

planicie ó valle del Támesis que se extiende hacia Richemond, y se ve

serpentear el opulento rio por entre alamedas y edificios, á algunas

millas de distancia; en seguida se atraviesan los arrabales de la

ciudad, y cuando ménos se piensa está uno en el corazon de la metrópoli

monstruo, bajo la techumbre monumental de hierro y vidrio que cubre el

embarcadero del ferrocarril en la estacion de _Bishops Road_.

Hay no sé qué de fantástico, algo que hace recordar las románticas

visiones ó las extravagantes maniobras del «Diablo Cojuelo» de Lesage,

al pasar en alas de un wagon por encima de una ciudad, como una

gigantesca bruja saltando de torre en torre, de chimenea en chimenea y

de cuadra en cuadra. El ferrocarril está construido sobre un piso

artificial muy elevado que forma un inmenso puente sobre la ciudad, á

fin de poder penetrar hasta el centro, sin interrumpir el tránsito de

las calles; así es que, al pasar el viajero, ve debajo, en la

profundidad, las casas apiñadas en interminables filas, y las gentes

hormigueando por las calles como enanos ó liliputienses. Todo

contribuye, pues, á producir una ilusion completa de viaje aéreo y

extravagante, una profunda impresion que, por su novedad, persiste

grabada en el espíritu por muchos dias.

La idea de Lóndres no se puede adquirir al llegar, por falta de un punto

de vista que ofrezca el panorama completo. Para saber lo que es

Lóndres--ese mar de casas, de humeantes chimeneas, de torres y fábricas,

de parques y jardines, de coches, carros y almacenes, de moles

gigantescas salpicadas de niebla, por cuyo centro se desliza el Támesis,

cubierto de navíos y botes como un largo arrecife de millares y millares

de rocas multiformes;--para comprender la grandeza de ese mar

artificial, repito, es preciso subir á las cúpulas de San Pablo ó del

«Coliseo» y hundir la mirada, pasmado de admiracion, entre Dios y el

hombre, el cielo y la tierra, el horizonte y la pequeñez del balcon que

sirve de mirador. Entónces se comprende que, desde que se ha penetrado á

esa Babilonia, la personalidad ha desaparecido ante una grandeza que

aturde, que abruma, que pulveriza sin misericordia! Lóndres es una

inmensidad compuesta de ceros, es la paradoxa de millones de _nadas_, de

séres nulos ante el conjunto, formando la suprema grandeza! Lóndres,

bajo ese aspecto, es la verdadera imágen de la civilizacion, del

progreso, de la humanidad en su obra secular. La partícula parece

insignificante y lo es aisladamente; pero la armonía y la cohesion

providencial de todas las partículas producen la fuerza de la Creacion y

de la humanidad y el admirable fenómeno de la civilizacion.

Desde el momento en que el viajero extraño desciende del wagon del

ferrocarril, su persona es libre, enteramente libre, pero su bolsillo,

su fortuna portátil queda á discrecion de una legion tan extensa, tan

complicada y hábil de «filibusteros desarmados», que toda defensa es

imposible. Disputado por un enjambre de cocheros y carreteros que se

apoderan de todo el equipaje por sí y ante sí para llevarlo á su

destino, y pelotean al pasiente-propietario como una jauría de perros al

derredor de un ciervo humilde y aturdido,--el recien llegado se resigna

á abdicar su voluntad y entregarse al que tiene mas fuerza para

estrujarle y pulmones para ofrecerle á gritos sus servicios. El cochero

y el carretero son los reyes de las calles de Lóndres, como el mendigo y

el salteador entre las ruinas de Roma, Ademas, aquellos dos personajes

clásicos de Inglaterra son los «Carones» de esa laguna Estigia de

Lóndres: ellos se apoderan del extranjero, le despojan de una parte del

capital de viaje y le consignan al infierno del «hotel» para que la obra

se complete. Francamente, no he conocido ladrones iguales á los cocheros

de Lóndres (salvo los dueños de «hotel», á quienes no quiero defraudar

en su honorable reputacion); y lo peor de todo es, que aquellos

salteadores de «chelines» despluman á la víctima con una insolencia sin

igual.

El hotel es en Lóndres la forma conspicua del sofisma, pues está

preparado segun todas las reglas de la fascinacion para recibir dinero

sin ofrecer en cambio casi otra cosa que apariencias ó ilusiones.

Edificios inmensos y sombríos, que son como una ciudad bajo un mismo

techo; escaleras de mármol, suntuosas en apariencia; colgaduras,

lámparas, espejos, alfombras, camas monumentales; muebles brillantes y

todo lo que puede fascinar y excitar la vanidad,--he ahí lo que

constituye un hotel inglés, servido por criados que parecen miembros de

Parlamento. Todo aquello es suntuoso y promete un excelente servicio

para el viajero que llega fatigado y hambriento.

Pero luego viene la realidad á establecer una triste compensacion.

Comidas pobres y vulgares servidas con una calma capaz de hacer perder

el apetito, completando la digestion entre plato y plato; un café

detestablemente preparado; sopas inmundas (cuyo secreto vine á descubrir

por medio de un sirviente) que salen de una caldera general en donde

arrojan las sobras de los platos servidos á otros en el «restaurador»

del hotel; dificultades y dilaciones para todo; criados que el huésped

tiene que pagar de varios modos, y por remate de cuento y mil

contrariedades una «cuenta» escandalosa, de proporciones judáicas,

llevada hasta el abuso mas grosero de la superioridad del empresario: hé

ahí lo que son los hoteles de Lóndres. En resumidas cuentas, lo que el

viajero paga no es lo que se _come_ ó le _sirven_, sino lo que ve, es

decir, los espejos, los mármoles, las alfombras, las lujosas casacas de

los lacayos y todo el tren de ostentacion; sin que haya modo de

evitarlo, porque todos los hoteles que no son inmundos son así, Allí no

hay eleccion posible (si no se apela al _boarding house_, en caso de

larga residencia) entre el hotel-palacio, que saquea y arruina sin

provecho para el viajero, ó el hotel-figon, indigno y repugnante por su

desaseo y su vulgaridad.

En Inglaterra todo es extremoso, en general: allí la riqueza colosal

vive al lado de la miseria suprema;--lo admirable alterna con lo

inmundo. Pero en materia de hoteles, como de cafés, almacenes, etc., el

Inglés hace conocer que le falta absolutamente la nocion del arte y casi

del todo la del gusto delicado. Allí todo es vigoroso, segun la idea

materialista que se tiene de lo útil, y se piensa mas en la especulacion

y el lujo suntuoso y muy fascinador ú ostensible, que en el arreglo

agradable de las cosas que consulta al mismo tiempo la economía, la

delicadeza de gustos y la comodidad. Ese es el genio del pueblo inglés,

y sería inútil rebelarse contra los resultados que de él se derivan.

* * * * *

CAPITULO II.

* * * * *

ASPECTO GENERAL DE LONDRES.

Las grandes calles.--Costumbres diversas,--Miseria y beneficencia.

--Contrastes dolorosos.--Reflexiones sobre el pauperismo.

Mi residencia en Lóndres fué tan corta que á decir verdad, no alcancé á

ver sino los rasgos generales de su fisonomía. Lóndres es tan colosal,

tan complicada en su estructura material, que para recorrerla en todas

direcciones y escudriñar sus secretos se necesita un estudio permanente

de algunos años. Y sinembargo, qué extraño fenómeno se encuentra en el

carácter de esa inmensa metrópoli! Si para averiguar toda la estadística

de Lóndres es indispensable una larga observacion, para comprender su

estructura general bastan quince dias bien empleados.

París tiene apenas la mitad de la grandeza positiva de Lóndres, y

sinembargo, para estimar en todo su valor la capital francesa se

requiere mas tiempo que para conocer á Lóndres perfectamente. ¿Por

qué?--La razón es obvia: Londres no es absolutamente otra cosa que la

metrópoli de la industria y del comercio del mundo,--es decir, el

reflejo colosal de una de las grandes faces de la civilizacion; mientras

que París es la metrópoli de la civilizacion en todas sus

manifestaciones;--es una fisonomía compleja y de mil colores. En Londres

todo se reduce al movimiento de la riqueza material, con raras

excepciones. En París no solo se ve la riqueza en acción,--sino que

tambien se encuentran reunidos todos los tesoros del arte, de la ciencia

y de cuanto hay de espiritual y delicado en el refinamiento de la

humanidad.

Si la gran capital británica tiene espléndidos jardines y museos,

famosos templos, palacios y puentes, parques magníficos, bancos

opulentos y multitud de monumentos dignos de atención (generalmente

nuevos), los lugares donde esa sociedad debe ser estudiada

preferentemente para comprender su condición moral, social y económica,

son: la _prensa_, las _calles_ y el _Támesis_. Es allí donde Londres se

revela con toda su evidencia, al través de su ruido ensordecedor, á los

ojos del viajero que observa y medita sin preocupacion. Si los

monumentos públicos acreditan la fuerza y el orgullo del pueblo inglés,

las calles de Lóndres y las orillas del Támesis revelan conjuntamente

las debilidades y los vicios profundos como las cualidades de esa

sociedad, y la prensa su vida política y económica.

Pero para adquirir la idea completa, no basta recorrer las grandes

arterias de Lóndres donde está acumulada su vitalidad: al contrario

Lóndres tiene dos caras, la una que aterra y acongoja, y otra que

deslumbra. Es preciso verlas ámbas casi simultáneamente, y compararlas

sin prevencion, para comprender los contrastes asombrosos del conjunto.

Quien saliese de Lóndres después de haber estudiado una sola de las

faces del coloso,--verdadera esfinge de la humanidad,--llevaría las

ideas mas erróneas, creyendo, según la parte de fisonomía que hubiese

visto, que Lóndres es todo opulencia maravillosa, todo progreso y

bienestar,--ó bien todo miseria, inmundicia y degradacion suprema....

Examinemos, pues, á Lóndres, empezando por sus calles. No debe olvidarse

que Lóndres se ha formado por la reunion paulatina de muchas pequeñas

ciudades circunvecinas, ó distritos, á la antigua _City del Tamésis_,

privilegiada y poderosa, que ocupa casi el centro de la inmensa

poblacion actual. Así, aunque la ciudad es una sola en su apariencia, se

observa una profunda diferencia entre el centro y los arrabales. En

estos reina principalmente la actividad de la fabricacion, mientras que

en el interior está la del comercio;--de manera que en aquella parte

están aglomerados centenares de miles de obreros, las calles son mas

ámplias, las casas mas diseminadas y ménos altas, y se nota por punto

general cierto grado de bienestar modesto que está tan léjos de la

opulencia y el bullicio como de las miserias de los barrios centrales.

Allí se levantan por millares las altísimas chimeneas de las fábricas,

el elegante coche aparece rara vez, los carros repletos de mercancías se

cruzan en inmensa multitud, la mendicidad es ménos visible, y el trabajo

activo se manifiesta donde quiera, sin el espectáculo del lujo y de los

suntuosos palacios y almacenes brillantes.

Pasando de esos arrabales al centro de la ciudad hay un terreno de

transición generalmente apacible y hermoso, que se compone de barrios

aristocráticos y elegantes, establecidos al derredor de parques de una

magnificencia agradable, particularmente hácia el oeste de la ciudad.

Allí, en las cercanías de los parques del _Regente, San James,

Green-Park, Hyde Park_ y otros varios, están los ricos palacios, las

elegantes quintas de suntuosas fachadas, las bellas casas de tres ó

cuatro pisos nomas, que habitan las gentes acomodadas, los palacios de

recreo y de residencia real, y en fin toda la parte de la ciudad

destinada exclusivamente al _comfort_, donde en vez de fábricas y

almacenes no hay sino paseos, mansiones mas ó menos aristocráticas,

calles anchas, limpias y tranquilas, plazas en cuyo centro se mantienen

dentro de verjas de hierro bellísimos jardines, y todo lo que puede

revelar el buen gusto y la comodidad.

Si las fábricas y las clases trabajadoras sedentarias ocupan los

arrabales, y la sociedad elegante está agrupada al derredor ó en las

cercanías de los parques, así como en algunas grandes calles del centro,

tales como la de _Piccadilly_ y otras vecinas, el gran foco de los

negocios y la actividad comercial se encuentran en los barrios

centrales. Es recorriendo á _Oxford_ (la calle) _Regent_, el _Strand_ y

las calles mas animadas de la _City_, como _Ludgate, Cornhill,

Cheapside, etc._, que se puede admirar ese flujo y reflujo de gentes,

de coches, de mercancías y de cuanto puede causar ruido; ese hormigueo

de mendigos asquerosos frotando sus harapos con las capas suntuosas de

las damas elegantes; ese inmenso conjunto de almacenes y tiendas de

variedad y riqueza increibles; ese ruido sempiterno y complejo de mil

ecos que proceden de las voces mas heterogéneas; ese conjunto grotesco

de ventas de víveres, de órganos de Berbería, de artistas callejeros y

extravagantes, de saltimbancos brutales y adiestrados en la explotacion

de los necios, de pilluelos ladrones espiando toda ocasion de hacer su

negocio; ese ir y venir de cocheros insolentes, verdadera canalla entre

todos los bribones del mundo; ese espectáculo de oro y mugre, de

grandeza y oprobio, de orgullo y prostitucion, de hambre y egoismo, de

lujo y aniquilamiento social....

Lóndres tiene dos grandes aristocracias, á cual mas curiosa, que reinan

en todos sus barrios: la nobleza, orgullosa en extremo, pero que, no

obstante su orgullo, fundado en el nacimiento y la riqueza, tiene cierta

elevacion de ideas debida á la instruccion y á la ingerencia activa en

los negocios públicos; y la aristocracia monetaria, familia de banqueros

y especuladores de bolsa, de comerciantes, fabricantes y usureros que,

salidos de la nada, á fuerza de especulaciones laboriosas, cuando llegan

á la opulencia suelen olvidar su origen, renegar la santidad del trabajo

que les dió fortuna, y sentados sobre pilas de oro como sobre tronos

invulnerables, miran con desprecio á veces á la multitud como un

enjambre de viles insectos! Esta segunda aristocracia, la mas noble por

su origen--el trabajo,--pero la mas odiosa en parte, por su

conducta,--el egoismo y el orgullo,--es la que tiene la soberanía en el

centro de Lóndres.

¡Y qué contraste el que hacen las carrozas doradas de esos banqueros

millonarios y esos nobles opulentos, con los harapos hediondos y

ridículos de millares y millares de mendigos! Los unos salen á ostentar

su grandeza, y brillan á la luz del sol ó de las innumerables centellas

de gas que iluminan las calles, persuadidos de que la turba los admira

como semidioses. Su orgullo les hace mirar como animales á sus

semejantes que rodean la carroza, hambrientos, agotados de fatiga,

degradados por todos los vicios y luego pisoteados en las grandes calles

por los caballos que tiran la envidiada carroza. ¡Engaño miserable del

orgullo! Esa turba macilenta y enhambrecida ve pasar á los poderosos con

un sentimiento de odio profundo que los contrastes envenenan. Cada uno

de esos pobres párias de la sociedad se dice con despecho sombrío:

«Muchos de estos hombres tienen cien, doscientas, quinientas ó mas

libras esterlinas de renta _por dia_, ó cuando ménos veinte,--miéntras

que yo apénas puedo conseguir, cuando mejor me va, tres, cuatro ó seis

peníques para mantenerme con inmundicias.... Lo que uno de esos señores

gasta en uno solo de sus magníficos caballos sería bastante para

asegurar la subsistencia de toda mi familia.... Los perros de ese lord

son mas respetables y felices que yo; y la querida de ese banquero gasta

en sus guantes cada semana mucho mas de lo que mi esposa, que es

honrada, gana con sus fatigas de un año entero....»

¡Quién sabe cuántas maldiciones acompañan los suspiros del miserable

indigente que así piensa, en tanto que el noble lord medita en el

proyecto de una cacería ó en la seduccion de una jóven, ó el banquero

egoista va calculando las ventajas de su juego de bolsa!

La noche es el momento mas propicio para recibir el golpe de vista de

las calles de Lóndres en su parte mas concurrida. La luz del sol es casi

siempre triste y opaca, y solo al reflejo de la iluminacion deliciosa

que produce el gas se destacan las figuras con toda su energía y se ven

en toda su verdad los contrastes de luz, de sombra y claro-oscuro. Es

entónces que _Oxford_ y _Regent street_, el _Strand_, y todas las

grandes arterias del movimiento tienen su espléndida fisonomía que

pasma. Téngase presente que Lóndres cuenta casi tres millones de

habitantes,--que la afluencia de viajeros de todos los puntos del globo

es inmensa,--que durante la noche toda la poblacion indigente y la

obrera sale á buscar en las calles limosna ó distraccion,--que la

circulacion de coches es de 13,000 por hora, por término medio, sin

contar los millares de ómnibus y carros, cuyo conjunto asciende en la

ciudad á la enorme cifra de 80,000 vehículos de ruedas,--y por último,

que la noche favorece las transacciones de todo género y las escenas de

galantería á que da lugar la prostitucion,--y se comprenderá toda la

complicacion del cuadro inmenso que se ofrece á la vista.

Los almacenes y las tiendas, espléndidamente iluminados por el gas en el

interior y el exterior, ostentan la infinita variedad de los valores que

contienen, en términos que las muestras nomas, expuestas en las fachadas

y entre vidrieras luminosas, representan capitales ó fortunas

considerables. El oro, la plata, el cobre, el acero y todos los metales

bajo mil formas, brillan donde quiera en moles tentadoras para la

multitud,--miéntras que los diamantes, todas las piedras preciosas

conocidas y los cristales de imitacion, incrustados en una joyería de

inagotable variedad, multiplican los reflejos de la iluminacion,

dándoles á las calles no sé qué aspecto de fantasmagoría hechicera ó

prodigiosa como los cuentos de las _Mil y una noches_. Todo lo que la

industria puede producir, lo que el arte y el refinamiento son capaces

de labrar para alimentar la pasion del lujo, y cuanto es posible desear

para satisfacer todas las necesidades y todos los caprichos, se ve allí

detras de los cristales, realzado por la reproduccion de la luz y por el

bullicio de un mundo que fermenta sin cesar, mirando, comprando,

codiciando, vendiendo, agitándose en todas direcciones.

El viajero que no está habituado á esas escenas, que viene de las

soledades del Nuevo Mundo y trae nociones y recuerdos enteramente

exóticos en esa Babilonia del comercio, cree asistir á una

representacion fantástica, vivir soñando ó contemplar, al traves de los

lentes de un cosmorama, una coleccion extravagante de dibujos chinescos

ó de figuras producidas por el delirio de un artista invisible y

febricitante. Dichoso el que, trayendo formado su corazon y preparado su

espíritu á todas las sorpresas y al estudio atento de todos los

prodigios y fenómenos de la civilizacion, tiene la fuerza de resistir,

sin dejarse deslumbrar, á esa fascinacion que todo lo desconocido y lo

grande ejercen sobro las almas impresionables y sencillas!

Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · 第 7 / 45 段